Capítulo 30
Desvarío Sexual.
Llegué al
consultorio de mi psicólogo creyendo que debería aguardar unos minutos antes de
ser atendida, me había preparado mentalmente para eso y pretendía utilizar ese
tiempo para ordenar mis ideas y decidir cuál sería la forma más apropiada de
exponer mis problemas; sin embargo me equivoqué.
Fabrizio
abrió la puerta con una radiante sonrisa. Era un hombre muy pulcro, vestido
todo de negro, con un mentón cuadrado prolijamente afeitado y peinado con raya
al medio; llevaba puestas un par de gafas rectangulares, que le brindaban un
aspecto aún más profesional.
Se hizo a un
lado, invitándome a pasar, y me pidió que tomara asiento; la sesión iniciaría
inmediatamente.
Eché un
rápido vistazo al consultorio, era pequeño pero estaba amueblado de forma tan
agradable, que daba gusto entrar. Tan sólo había dos sillones para elegir, por
lo que supuse que lo suyo no eran las terapias de pareja. Me senté en el que creí
sería para los pacientes, ya que era el más cercano a la puerta. Fabrizio se sentó frente a mí, sin quitar la
sonrisa de su rostro, y preguntó:
―¿Qué te trae
por aquí, Lucrecia?
La cabeza se
me llenó de posibles respuestas, fue como si un camión cargado de problemas
mentales vaciara todo el contenido de su remolque dentro de mi cerebro.
―Son muchos
motivos ―atiné a decir―. No sé por dónde empezar. Es la primera vez que hago
terapia, y creo que tendría que haber comenzado hace mucho tiempo. Quisiera
poder decirte algo ahora mismo, pero tengo tantos quilombos en la cabeza que no
sé qué decir. Perdón, tendría que haber ordenado un poco mis ideas antes de
venir, pero lo pospuse hasta último momento.
Fabrizio
cruzó las piernas y entrelazó los dedos de sus manos, seguía sonriéndome con
amabilidad.
―Lucrecia, no
te preocupes; no importa por dónde comiences, ahora mismo no es necesario que
sigamos algún tipo de orden para tus… inconvenientes. Podés limitarte a
contarme cuál es el que mayores dificultades te trae ahora mismo, luego vamos
hilando con los otros temas que te preocupan.
―Bueno, ahora
mismo lo que más me preocupa es Anabella.
―¿Quién es
Anabella?
―Una m…
mujer, de la que estoy enamorada.
―Dudaste.
¿Tenías miedo de decirme que estás enamorada de una mujer?
―No, eso no
me molesta. Dudé porque iba a decir “monja”.
Esta fue la
primera vez que noté genuino asombro en el rostro de Fabrizio, y no habían
pasado ni treinta segundos desde que inició la sesión.
―Sé que suena
disparatado ―continué―, pero es la verdad. Estoy enamorada de una monja. Ya
está, lo dije.
―Eso sí que
es poco convencional ―dijo rascándose la barbilla.
―Imagino que
no vendrán muchos pacientes a decirte que están enamorados de monjas; pero
estoy segura de que eso se debe a que nunca conocieron a una monja como
Anabella.
―¿Y cómo es
ella? ¿Qué la hace tan especial para vos?
Reflexioné
durante unos pocos segundos, no sabía cómo describirla, nunca me habían pedido
que lo hiciera; pero entre la confusión, llegó a mi cabeza una hermosa melodía,
trayéndome la respuesta que buscaba.
―¿Alguna vez
escuchaste una canción de Los Beatles llamada “The Inner Ligh”.
―La luz
interior… me suena el título, pero no la recuerdo muy bien.
―Bueno, tal
vez esto te parezca un poco abstracto, pero voy a intentar explicarme de la
mejor manera. Hace poco, escuchando esa canción atentamente, me di cuenta de lo
que dice la última estrofa, traducida al español sería algo así como: “Arribar
sin viajar; velo todo sin mirar; hazlo todo sin hacerlo”. Cuando capté esas
frases noté que Anabella me hacía sentir de esa misma manera.
―No te sigo.
―Te dije que
podía ser confuso. Veamos, ¿cómo puedo explicarlo mejor? Para arribar hace
falta llegar a un lugar nuevo, o regresar a uno que habías estado antes. ¿Cómo
se puede hacer eso sin viajar? Se puede si el movimiento es interno. ¿Se puede
ver todo sin mirar? Sí, cuando se mira desde el corazón. ¿Se puede hacer todo
sin hacerlo? Sí, usando la imaginación podemos hacer todo lo que deseemos, sin
realmente hacerlo. Sé que la canción tiene un sentido aún más místico, pero
creo que en parte a eso se refiere con lo de “luz interior”.
―Comprendo,
¿y dónde entra Anabella en todo esto?
―Muy
sencillo, ella moviliza todo en mí, sin moverme del lugar; ella me hizo ver
cosas que yo ni siquiera sabía que existían, sin necesidad de mostrármelas;
ella me lleva la imaginación a límites insospechados. En definitiva, ella es mi
luz interior.
Fabrizio no
dijo ni una palabra, se quedó muy quiero mirándome fijamente, por un momento
creí que se había convertido en una estatua de mármol; pero seguía respirando.
Él no había comprendido nada de lo que le dije y me sentí como una imbécil.
―Perdón ―le
dije―, creo que me expliqué de forma muy confusa.
―No, no…
entendí perfectamente, lo que pasó es que me conmovieron tus palabras; pensé en
la persona que amo y me di cuenta de que yo también me siento igual con él.
―Qué bueno
que puedas sentir eso con alguien ―dije sonriendo―, y que tengas la posibilidad
de estar junto a esa persona.
―Sí, sé que
soy muy afortunado. Te hago otra pregunta ¿Cómo conociste a Anabella?
Durante los
siguientes minutos le conté, de forma bastante resumida, mi historia con
Anabella, partiendo desde la primera vez que nos vimos, dentro de la capilla de
la universidad. Le hablé del tiempo que pasamos juntas, de mis deseos por ella,
le mencioné todas las veces que ella me ayudó cuando yo me encontré en
dificultades, y le conté de las discusiones que tuvimos. Incluso llegué a
narrarle, sin dar detalles sexuales, el fin de semana que pasamos juntas.
―¿Y qué es lo
que te preocupa? ―fue la primera pregunta que me hizo desde que comencé a
contarle todo―. Por lo que veo se llegó a concretar eso que tanto querías.
―Sí, pero al
mismo tiempo acordamos que no se repetiría. Prometimos que, luego de ese fin de
semana, no volveríamos a tener relaciones sexuales ni tampoco iniciaríamos
algún tipo de relación amorosa. Todo debe volver a ser como fue antes.
―¿Y por qué
razón llegaron a ese acuerdo? Lo pregunto porque vos no parecés estar conforme
con la situación, y sin embargo accediste.
―Accedí
porque quiero respetar su decisión. Ella es monja, dice que Dios es el centro
de su vida, y que debe continuar dedicándola a Él.
―¿Y vos qué
pensás acerca de eso?
―Pienso que,
de ser verdad, debería hacerlo.
―¿Y de no ser
verdad?
―Entonces no
vería razón alguna para que nuestra relación no se pueda llevar a cabo. La
verdad es que no creo que Anabella haya sido del todo sincera conmigo; creo que
el verdadero problema es que se niega a aceptar la realidad.
―¿Y cuál es
la realidad?
―Que es
lesbiana.
Aguardé por
alguna reacción de Fabrizio, pero no hubo ninguna, este tipo me ponía los
nervios de punta, a veces podía parecer un maniquí. Me miraba como si esperase
que yo siguiera hablando, pero como me mantuve en silencio no le quedó más
opción que hablar él.
―No todas las
personas son capaces de aceptarse como son. La sexualidad es un tema complejo.
―Lo sé, por
eso mismo no estoy enojada con ella. A mí me costó mucho trabajo aceptarlo, y
ni siquiera ahora puedo estar segura de si soy lesbiana o no.
―Este tema me
resulta interesante, puede traer muchas cuestiones útiles para la terapia.
―Miré la hora
en mi celular, habíamos estado conversando durante unos cincuenta minutos.
―¿Las
sesiones no son de una hora? ―pregunté.
―Por lo
general, sí; pero por ser la primera, podemos extendernos un poco más,
especialmente ahora, que salió un tema tan importante. ¿Por qué dudás de ser
lesbiana?
Apreté los
labios en una clara señal de que no quería hablar sobre eso; pero le estaba
pagando a Fabrizio para que escuchara mis problemas, y mis locuras; mi tarea
consistía en hablar de eso con la mayor franqueza posible. Tal vez era
justamente eso lo que más me incomodaba, tener que sincerarme con un
desconocido y decirle cosas que tal vez ni siquiera se las diría a mis mejores
amigas.
―En algunas
ocasiones ―dije después de unos segundos― he llegado a pensar que mi
“lesbianismo” no es más que una actitud de rebeldía, un intento por encontrar
un poco de libertad ―el psicólogo asintió con la cabeza, pero no dijo nada,
supuse que quería que yo siguiera hablando―. Hace un tiempo, cuando ni siquiera
dudaba de mi sexualidad, me sentía oprimida por mis padres, especialmente por
mi mamá. Yo era la típica “niña buena” que siempre hacía caso a su padres y se
esforzaba para que ellos pudieran presumir de tener una hija perfecta; pero con
el tiempo me harté de esa situación, y mandé todo a la mierda. Por esa razón ya
no vivo más con mis padres.
―¿Te fuiste
de tu casa?
―No, ellos me
echaron ―sentí un nudo en la garganta, de pronto tuve ganas de llorar―. Cuando
ocurrió eso no sabía dónde me iba a quedar, pero Lara, que era mi novia en
aquel momento, convenció a sus padres para que me albergaran durante unos días;
también estuve en la casa de una prima mía, e incluso llegué a dormir en una
habitación dentro del convento, gracias a Anabella.
―Lara… no la
habías mencionado hasta ahora.
―Sí, es que
ella no es un problema, con Lara me llevo muy bien, a pesar de que ya no
estamos juntas. Fue mi primera novia, estaba enamorada de ella.
―¿Y ya no?
―No lo sé… a
veces pienso en ella y me gustaría repetir muchos buenos momentos que pasamos
juntas, pero… no sé… ella dejó de atraerme cuando empecé a sentir cosas por
Anabella.
―¿La relación
con Lara era difícil?
―No, en
absoluto. Siempre nos poníamos de acuerdo en todo, incluso cuando no estábamos
de acuerdo. Sé que suena contradictorio, pero así era. Ambas intentábamos ceder
todo lo posible para adaptarnos a la relación. Lara siempre aceptaba mis
locuras, y yo las suyas; de hecho iniciamos y terminamos la relación de muy
buena manera. En el momento en que le planteé si ella quería ser mi novia,
aceptó inmediatamente y fuimos muy felices; pero después de un tiempo la cosa
se fue apagando, yo me enamoré de Anabella y a ella le empezó a gustar otra
chica, que se llama Samantha. Ahí fue cuando decidimos separarnos.
Fabrizio
volvió a rascarse la barbilla, luego dijo:
―Tengo una
teoría, pero no estoy del todo seguro si encaja con lo que te pasó a vos. Normalmente
no te diría nada si no estuviera seguro, pero quiero que me ayudes a entender
si esta teoría puede estar acertada o no.
―Está bien.
¿Cuál es tu teoría?
―Tu relación
con Anabella, según lo que me has contado, siempre fue problemática, además
ella te rechazaba constantemente. Por el otro lado tenemos a Lara, una chica
que buscaba adaptarse a vos, con la que tenías una relación más sana y menos
conflictiva. A lo que voy es que no te costó nada iniciar una relación con
Lara, en cambio con Anabella recibís un rechazo tras otro, incluso después del
fin de semana que pasaron juntas; volvió a rechazar la posibilidad de formar
una relación amorosa con vos. Muchas personas se sienten atraídas hacia el
rechazo, porque se empecinan en conseguir aquello que no tienen; pero ignoran
lo que ya tienen y no se dan cuenta de que esto a veces puede ser mucho mejor
que lo que intentan conseguir.
¡Páfate! Las
palabras de Fabrizio fueron como una descarga eléctrica. Me quedé boquiabierta,
gesticulando como un pez al que habían sacado del agua. Me sentí igual que la
vez que se me cayó la carpeta en plena clase, justo cuando debía entregarle un
trabajo práctico a un profesor; me sentía tan avergonzada y estaba tan
desconcertada que no podía ubicar el trabajo a entregar entre todas las hojas;
lo peor de todo era que el profesor me miraba con impaciencia, de la misma
forma en la que me estaba mirando Fabrizio. Él aguardaba por una respuesta y yo
tenía todos mis pensamientos desparramados por el piso y no sabía cuál juntar
para poder entregárselo.
―No todo fue
fácil con Lara ―fueron las primeras palabras que logré articular―. Una vez
tuvimos una pelea bastante fuerte, estuvimos un tiempo sin hablarnos. Me enojé
con ella por algo que pasó; pero…
―¿Pero? ―no
respondí―. Lucrecia, necesito que completes lo que ibas a decir, porque estoy
seguro de que ese “pero” esconde algo importante.
«Maldito y
perspicaz psicólogo de mármol», pensé.
―Pero al
final ella no tenía la culpa de nada, todo resultó ser un mal entendido y la
verdadera culpable del problema era otra persona.
―¿Después de
eso volvieron a estar juntas normalmente?
―Sí, de hecho
diría que nuestra relación mejoró después de esa separación.
―Entonces,
¿pensás que mi teoría es errónea?
―¿Me estás
diciendo que debería buscar a Lara y no a Anabella?
―No, yo no
estoy acá para tomar decisiones por vos, lo que pretendo es que analices la
situación desde otro punto de vista.
―¿Cuál sería
ese? ―estaba negada a considerar cualquier posibilidad que me hiciera apartarme
de Anabella.
―Vos me
dijiste que todavía te cuestionás tu sexualidad, ¿nunca te cuestionaste el por
qué de tu fijación con Anabella? Como te dije, mucha gente suele verse atraída
hacia aquellas personas que las rechazan, porque quieren aquello que no tienen…
―Ignorando lo
que sí tienen ―tragué saliva―. En algo tenés razón.
―¿En qué?
―En que yo
ignoré a Lara cuando empecé a sentir cosas por Anabella. Antes Lara estaba en
un primer plano para mí, pero luego ese puesto pasó a estar ocupado por la
monja. Ella se volvió casi una obsesión, hice muchas estupideces para acercarme
más a ella y mientras más conflictiva se volvía la relación, más la deseaba.
Incluso llegué a pedirle que dejara los hábitos, cosa que no dio resultado… me
siento mal por haberle dicho eso, ahora veo que fue una actitud egoísta; yo
sólo quiero que los deje para que esté conmigo, no porque piense que es lo
mejor para ella. Además ya sé que ella no los va a dejar sólo porque yo se lo
pida.
―Estás ante
una situación que vos no podés controlar ni cambiar; pero sí evitar.
―Es cierto,
podría evitarla alejándome de Anabella, pero en este momento ella es la razón
de mi felicidad… si me alejo de ella me voy a morir de angustia… ya de por sí
me cuesta dormir, si no la veo no sé cómo voy a terminar.
―¿Esos
problemas de sueño se deben a Anabella?
―No creo, ese
es otro problema, y tal vez sea uno mucho más serio que Anabella ―hundí mi cara
entre mis manos―. Te dije que estoy llena de quilombos… son muchas cosas, no sé
cómo procesar todo junto.
―Es que no
tenés que procesar todo junto, sino que tenés que ir de a poco. ¿Cuál es el
problema que te complica el sueño? No te lo pregunto para tratarlo ahora mismo,
sino para conocerlo. Me gustaría que entre esta sesión y las próximas me
expongas los que consideres los problemas más importantes, y luego iremos
tratando uno por uno.
Presioné mis
ojos con la yema de los dedos, los sentí humedecerse por las lágrimas que
afloraban; sentía un profundo dolor en el alma.
―Me violaron.
Inmediatamente
después de haber confesado eso, rompí a llorar copiosamente. Nunca creí que
tuviera que contarle eso a un extraño, pero confiaba en Fabrizio, no tanto
porque él fuera psicólogo, sino por mi maldito problema de confiar en todo el
mundo. Quise controlar mi llanto, pero no conseguí hacerlo. Algo suave tocó una
de mis manos, al abrir los ojos me di cuenta de que se trataba de un pañuelo
descartable. Le agradecí a Fabrizio y comencé a secarme las lágrimas.
―Perdón, te
estoy haciendo perder tiempo ―dije, sin poder dejar de llorar.
―No te
preocupes, vos tomate todo el tiempo que necesites.
No sé cuánto
tiempo me llevó tranquilizarme, pero sé que fueron más de cinco minutos, o al
menos así se sintieron. Tuve que usar una buena cantidad de pañuelos para
limpiarme las lágrimas y la nariz. Cuando por fin me sentí un poco mejor, dije:
―Desde que me
enteré de la violación, estoy sufriendo pánico al intentar dormir. A veces no
puedo conciliar el sueño, o me despierto a mitad de la noche con el pulso
acelerado.
―¿Sentís
miedo al estar sola?
―Sí… no lo
había considerado, pero a veces me da miedo quedarme sola en mi casa, por eso
siempre intento estar rodeada de gente.
―Hay una cosa
que no comprendo. ¿Cómo es eso de que te “enteraste” de la violación?
―Es que no me
acordaba. ¿Qué loco, no? ¿Cómo alguien puede olvidarse de un suceso tan
importante?
―¿Lo
olvidaste por completo o lo reemplazaste con otra cosa?
―Creo que lo
suavicé… recordaba haber tenido relaciones sexuales con un chico de mi edad, y
también recordaba que él había insistido mucho. En mi memoria era una mala
experiencia sexual, y fue la primera de mi vida; pero nunca me imaginé que en
realidad la cosa había sido mucho peor. Recordé todo hace poco, justo antes de
pasar ese fin de semana con Anabella. Me encontré con este… con este hijo de
puta…
―¿Dónde?
―En la
discoteca en la que trabajo, Afrodita. Él quería hablar conmigo… el muy hijo de
puta quería hablar conmigo y para colmo tenía la caradurez de venir con una
sonrisa, como si nada hubiera pasado. ¿Cómo se puede ser tan hijo de puta en la
vida? ―apreté los puños y las muelas, tenía ganas de romperle la cara a ese
hijo de puta―. De no ser por mi hermana, Abigail, tal vez hubiera ocurrido lo
mismo otra vez, pero ella se interpuso. Ella sí recordaba lo que me había
ocurrido. No entiendo cómo fue que yo me olvidé de todo.
―Se llama
amnesia disociativa, que es, justamente, la incapacidad de recordar hechos o
información personal importante, especialmente si están asociados a eventos
traumáticos. Hay varios tipos de amnesia disociativa, u caso en particular
entraría en lo que se denomina amnesia selectiva, porque vos recordás ciertos
detalles de lo que te sucedió, pero borraste los hechos más negativos y
traumáticos. Por lo general este tipo de amnesia no dura mucho tiempo, pero hay
casos extremos en los que puede llegar a durar años.
―¿Eso
significa que estoy loca? Bueno… no es nada que ya no supiera.
―No Lucrecia,
significa que viviste una experiencia muy traumática. No quiero adelantarme con
un diagnóstico, pero es muy posible que estés sufriendo de estrés
post-traumático. Por eso no podés dormir, todo el tiempo estás a la defensiva,
creyendo que alguien va a atacarte.
―¿Y eso tiene
arreglo?
―Sí, con
terapia, sí… pero tenés que seguir viniendo.
―Sí, te
prometo que voy a seguir viniendo.
Dimos la
sesión por concluída y yo salí del consultorio sabiendo que lo último que le
dije a Fabrizio había sido una mentira. No entendía por qué, pero a pesar de
haber encontrado útil la charla, me atemorizaba la idea de volver.
*****
Tuvimos dos
fines de semanas muy exitosos en Afrodita, para los cuales tuve que trabajar
mucho. Rodrigo se quejó, porque durante esas noches me vio muy tensa. Insistió
en que debía relajarme un poco, bailar con alguien, tomar algo, irme a la cama
con alguna chica linda. Le aseguré que ganas no me faltaban, pero que me ponía
tan nerviosa porque todo saliera bien, que me costaba mucho disfrutar la noche.
Él me hizo prometer que durante la noche de inauguración de Pandora, me lo
pasaría bien, aseguró que yo me lo merecía, porque gracias a mí conseguimos la
financiación necesaria para terminarlo, sin embargo yo tenía la sensación de
que él hacía demasiado por mí. Fue Miguel quien me llevó a hacer esa promesa,
porque él me explicó que si no fuera por mi trabajo de organización, Rodrigo
estaría desesperado, sin saber por dónde comenzar.
―Si no
hubieras aparecido ―me dijo el calvo―, lo más probable es que Rodrigo ya
estuviera en bancarrota. Él tiene muy buena voluntad para todo, también puede
tener buenas ideas; pero es pésimo organizándose, especialmente cuando se trata
de dinero. Su forma de agradecértelo es dándote todo lo que te da. Si él te ve
disfrutando de esa noche, entonces lo vas a convencer de que estás contenta al
trabajar con él.
―Pensé que
eso ya había quedado claro.
―Para mí sí,
pero no para él… porque Rodrigo sigue creyendo que él no hizo nada, y que al
final todos los problemas los arreglaste vos.
―Si no fuera
por él, yo no tendría trabajo.
―Y si no
fuera por vos, ninguno de nosotros tendría trabajo. ¿Por qué no te relajás un
poquito? Hay días en los que estás como loca, yendo de acá para allá, como si
todo se fuera a desmoronar en cualquier momento. Faltan dos días para la
apertura de Pandora ¿qué más tenés que hacer ahora mismo? Ya está todo en
marcha. No hay ni una sola cosa que dependa de vos, en este momento, porque te
ocupaste de que cada uno supiera exactamente lo que debe hacer.
―Bueno… ¿pero
si alguno tiene un problema?
―Entonces que
lo solucionen lo mejor que puedan, Lucrecia, no podés cargar toda la
responsabilidad sobre tus hombros. Vas a terminar estresada, no hoy, ni mañana;
pero dentro de un par de años vas a estar con los nervios de punta, y se te va
a empezar a caer el pelo. Te lo digo por experiencia, ¿o acaso pensás que me
quedé pelado por pura genética?
―¿Vos también
tuviste un trabajo estresante? ―sabía muy poco de la vida de Miguel.
―Sí, antes de
conocer a Rodrigo. Trabajaba en una oficina muy competitiva, me volvían loco.
Fue gracias a Rodrigo que decidí mandar todo a la mierda y empezar a trabajar
acá. Por eso escuchá mi consejo, Lucrecia. No te alteres tanto, ya todo está
marchando sobre ruedas… disfrutá lo que lograste construir. Cuando vengas el
sábado, hacelo con la idea de pasarlo bien, como si vos fueras un cliente más.
Después ya vas a tener suficiente tiempo para volverte loca.
―Está bien,
voy a venir a divertirme.
―Decíselo a
Rodrigo.
*****
Llegó la
noche tan esperada, Pandora ya no era un sueño o una posibilidad; era una
realidad. Llegué temprano, un par de horas antes de que se abrieran las puertas
del establecimiento, y Rodrigo me interceptó en cuanto estaba dirigiéndome
hacia una de las barras.
―¿No dijiste
que no ibas a trabajar esta noche? ―me preguntó el rubio.
―Sí, eso
dije.
―Entonces
¿Por qué viniste tan temprano?
―Porque le
dije a mis amigas que vinieran temprano ¿puedo hacerlas entrar antes, cierto?
―Ah, ok. Si
es eso, sí. Pueden pasar. Si más tarde no te veo bailando, le digo a Miguel que
te eche ―se fue, dejándome con una sonrisa en los labios.
Reanudé mi
camino hacia la barra y allí me encontré a Edith y a su madre, estaban
repasando el inventario de bebidas.
―¿Cómo va
todo? ―pregunté.
―¡A la
mierda! ―exclamó Edith al verme―. Parecés una modelo.
―¿Te gusta?
―sonreí y giré para mostrar mi atuendo. Me había comprado un vestido color vino,
muy ceñido al cuerpo, y un par de tacos negros; por lo general me hacen ver
demasiado alta, pero como esa noche no tenía cita con ningún enano, no me
molestó usarlos. Me había pintado los labios del mismo color que el vestido y
había vuelto a la peluquería, para que volvieran a darle forma a mi cabello,
además agregué un pequeño mechón plateado, del lado derecho.
―Me re gusta
lo que te hiciste en el pelo, si yo me hago algo como eso, parezco un zorrillo.
―No seas
tarada, Edith ―su madre se rió, pero no con malicia, al parecer ella tenía una
relación muy cercana con su hija, casi como si fueran amigas―. ¿Vos te vas a
quedar trabajando?
―Sí, quiero
ayudarla a mi mamá…
―Pero sólo un
ratito ―intervino ésta―, ya le dije que no la quiero toda la noche detrás de la
barra. Quiero que se divierta un rato… ¡y nada de tomar alcohol!
―Pero mamá,
¿cómo me voy a divertir si no puedo tomar alcohol?
―Quédese
tranquila ―le dije a la madre de Edith… ya me había olvidado de su nombre―, no
le vamos a permitir tomar alcohol. Ahora tenés que cuidar el bebé, Edith, así
que te la bancás.
―¡Ufa! ―me
daba mucha ternura verla hacer pucheritos de nena chiquita.
Diez minutos
después llegaron mis primeras invitadas, Lara y Samantha, las dos estaban
preciosas; la primera tenía un vestido negro bastante cortito, que le marcaba
mucho el culo, la segunda estaba vestida de verde esmeralda, lo cual quedaba
muy bien con su cabello rojo; tenía ganas de decirle que parecía un elfo salido
de alguna novela de fantasía épica, pero no quería amargarle la noche… aunque
fuera el elfo más sexy del mundo.
Me arrepentí
de haberme puesto los tacos ni bien me paré junto a Lara, había olvidado que
ella era cortita como patada de chancho.
Me miró de
arriba abajo y me dijo:
―Si hubiera
sabido que venías con tacos, me traía los zancos. Al lado de ustedes voy a
parecer un enano de jardín.
―Un enano de
jardín con el culo más lindo del mundo ―le aseguré.
―Exacto, nena
―dijo Samantha―. ¿Vos te creés que a alguien le va a importar tu estatura? A mí
no me importa, y soy tu novia… no veo la hora de arrancarte el vestido ―le
guiñó un ojo. «¡Qué buena estás, colorada ―pensé―, arráncame el vestido a mí!».
Pero eso no podía ser, los juegos entre parejas y amigas ya se habían
terminado.
Tomamos
asiento junto a una mesa que había preparado especialmente para mis amistades,
estaba muy entusiasmada ya que había pasado mucho tiempo desde la última vez
que estuvieron todas juntas. Más tarde se hicieron presentes Alejandro, Lorena,
y la cara de culo de Lorena; si alguna vez veía sonriendo a esa chica, pensaría
que es porque se acerca el fin del mundo.
Lorena y Lara
se llevaron fatal desde el primer momento, ya que ambas estaban vestidas
prácticamente igual, y tenían casi la misma contextura física… y a Alejandro no
se le ocurrió mejor idea que decir que parecían hermanas gemelas. Tuve que
hacerle señas para que me siguiera, y cuando estuvimos lo suficientemente lejos
le dije que dejara esos chistes, porque sólo conseguiría que las dos enanas se
arrancaran los ojos, y que después le cortarían las bolas a él.
Tatiana me
dio una inmensa sorpresa al llegar junto a mi hermana, corrí a darle un fuerte
abrazo a las dos.
―No me
imaginé que fueras a venir ―le dije a Abi, con una sonrisa.
―Tu amiga me
convenció, creo que me tiene ganas.
Miré a
Tatiana y la morocha se puso de todos los colores, parecía la bandera de
orgullo gay.
―No… no… yo…
no la traje por eso… nada que ver…
―Mirá, Tati
―la señalé con un dedo―, vos te pasás de viva con mi hermanita, y yo te meto un
taco aguja en el orto.
Un par de
horas más tarde el sitio ya estaba lleno de gente, me alegró mucho ver a mi
hermana bailando, o al menos haciendo el intento. Eso sí, lo hizo sola, y en un
rincón… tal vez junto a ella bailaban algunos de sus “amigos imaginarios”. Sin
embargo no se quedó todo el tiempo sola, después de un rato Lara y Samantha se
le unieron. Por alguna razón Tatiana no se le volvió a acercar en toda la
noche.
A medida que
yo consumía tragos, la noche se me hacía cada vez más turbia. La estaba pasando
de maravilla, bailé con muchas personas, la mayoría mujeres. Un pibe intentó
tocarme el culo, mientras bailábamos, pero no alcanzó a acercar la mano que yo
ya le había dado un cachetazo. Se avergonzó tanto que se alejó de mí sin mirar
hacia atrás.
A pesar de
tener la mente obnubilada por el alcohol, logré hilar la suficiente cantidad de
palabras necesarias como para robarles algunos besos a algunas chicas muy
bonitas. No tengo ni puta idea de cómo se llamaban, creo que ni siquiera se los
pregunté, pero les mandé tanta mano como ellas a mí.
En un momento
de la noche Lara se me acercó y me dijo que se iba a su casa. Ella también
estaba algo tomada, vi que tenía la pintura de labios corrida y que Samantha
estaba más o menos en el mismo estado. Era obvio que las dos querían irse a
coger lo antes posible, por eso las despedí y les agradecí por haber venido.
Poco después
miré mi celular. Encontré un mensaje de Abigail en el que decía que necesitaba mi
ayuda con un tema muy importante, lo más raro era que junto al mensaje me
enviaba el número de uno de los cuartos de Afrodita.
No entendía nada,
pero de todas formas me apresuré; tenía miedo de que le hubiera pasado algo
malo.
Entré a la
habitación y me llevé una de las más impactantes sorpresas de mi vida. Apenas a
un par de metros de la entrada, estaba la cama. Sobre ella había tres personas,
completamente desnudas. La del medio, en posición de “perrito”, era Abigail.
Justo frente a ella había un muchacho joven, con un grueso y venoso pene, el
cual entraba y salía rítmicamente de la boca de mi hermana. Detrás de ella, en
la misma posición que el primero, había otro pibe que debía tener más o menos
la misma edad. Él se balanceaba de atrás hacia adelante, enterrando todo su
miembro erecto dentro de la húmeda vagina de Abigail.
Ella me vio,
de reojo, pero no se detuvo en ningún momento. Continuó mamando ese pene, como
si yo no estuviera allí. Tuve unos breves instantes de sobriedad, fue como si
todo el alcohol de mi cuerpo se hubiera evaporado repentinamente. Estuve a
punto de gritarle a los pibes que dejaran en paz a mi hermana, pero resultaba
obvio que ella estaba disfrutándolo mucho.
«¡Se están
cogiendo a mi hermana… entre dos!», el estridente grito resonó dentro de mi
cabeza.
De pronto el
pibe que le brindaba el pene para la boca, eyaculó de una forma que yo sólo
había visto en películas pornográficas. Abigail recibió esas potentes descargas
de semen, con la boca abierta. Pude ver cómo tragaba parte del mismo, pero
mucho cayó fuera, manchándole la cara con grotescas líneas blancas, que
colgaban de su mentón.
Luego ella se
apartó, y con total naturalidad bajó de la cama y se acercó a mí. Me quedé
petrificada ante su total desnudez, sus pechos eran iguales a los míos, y su
pubis estaba completamente depilado. El semen aún estaba esparcido por su
rostro, usando una mano lo sacó de allí y lo embadurnó sobre sus tetas, como si
intentara deshacerse de él.
―No tengo
nada para limpiarme ―aseguró.
―¿Qué… qué
estás haciendo, Abi? ―no podía creer nada de lo que estaba ocurriendo, debía
ser parte de alguna horrible pesadilla.
―¿Son de
verdad?
―¿Qué cosa?
―Los chicos,
boluda ―miré a los pibes de la cama, ellos no parecían estar demasiado
preocupados porque mi hermana los hubiera abandonado, se besaban como si fueran
viejos amantes―. ¿Son de verdad?
―¿Eh? ¿Para
eso me llamaste?
―Sí, es que
quiero saber si no me los estoy imaginando.
Ella podía
llegar a inventar personas y situaciones completas. Su mente le jugaba malas
bromas. En más de una ocasión me había hablado de amigos o amigas, luego
descubrimos, con pesar, que eran puras creaciones de su enfermedad.
―S… sí, Abi,
son de verdad.
―¿Cuántos
ves?
―Dos.
―Bien. Son
los mismos que veo yo ―dijo con una amplia sonrisa.
―¿Pero… pero
por qué estás haciendo esto, Abi? No creí que vos…
―Lucre, hay
algo que siempre quise decirte, pero no sabía cómo hacerlo. Es mejor que te lo
diga ahora, y espero que puedas comprenderme. Soy consciente de que yo tengo
fecha de caducidad. Mi enfermedad me va a ir deteriorando la mente cada vez
más, y va a llegar un momento en que no voy a saber si vivo en la realidad o
no. Por eso quiero disfrutar de estas cosas, antes de perderme por completo.
Quiero disfrutar del sexo.
―Pero… ¿con
dos a la vez?
―¿Qué tiene
de malo? ¿Acaso vos no estuviste en una orgía, llena de mujeres?
Me quedé
pasmada.
―¿Quién te
contó eso?
―Tatiana.
Ella me dijo que vos pasaste por un largo período de experimentación sexual.
¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo?
―¿Así que
todo esto fue idea de Tatiana?
―Más o menos.
Ella me ayudó un poco.
Una vez más
ella sugestionaba a alguien para que experimentara su sexualidad. Ella era una
maquiavélica titiritera sexual.
―Pero... ¿de
dónde conocés a estos dos? ¿Qué pasa si te contagian con alguna enfermedad?
―No creo que
eso pase. Me los presentó tu amigo, Rodrigo. Él dijo que son “chicos sanos”… y
que tienen la pija gorda ―sonrió―. Esa última parte ya la comprobé.
―Voy a matar
a Rodrigo.
―¡No!
―pareció enojarse repentinamente―. ¿Por qué vos podés coger con cualquiera y yo
no?
Estuve a
punto de empezar una discusión, pero luego me serené. Comprendí lo que dijo
acerca de tener “fecha de caducidad”. Sabía que eso podía ser cierto, pero
nunca quise admitirlo. Ella merecía disfrutar su vida, y yo no era nadie para
impedírselo.
―Está bien,
tenés razón. Estás en todo tu derecho… además, parece que la estás pasando bien
―intenté sonreírle, pero se me hizo un poco difícil.
―La estoy
pasando de maravilla. Para ser gays, estos pibes cogen muy bien.
―Imagino que
ésta no es tu primera vez…
―No, no lo
es.
―Nunca me
contaste nada sobre eso.
―Podría
hacerlo, pero en otro momento. Ahora quiero que me sigan cogiendo.
Sin decir
más, regresó a la cama. Los dos muchachos la recibieron con una amplia sonrisa,
y las vergas bien duras. Me sorprendió que el chico que había eyaculado ya
tuviera otra erección. Abi se colocó como perrito, igual que antes, pero esta
vez lo hizo mirando hacia el otro extremo de la cama.
Debí
marcharme en ese preciso instante, es más, tuve la intención de hacerlo, pero
en cuanto vi lo que ocurrió, volví a quedarme petrificada. El muchacho que
antes había eyaculado apuntó su gruesa verga al culo de Abigail, y se la
enterró. Ella soltó un largo suspiro de placer. Por la enorme facilidad con la
que ese pene se deslizó dentro de ella, imaginé que antes de mi llegada, ya la
habían penetrado por detrás.
«¿También le
dan por el culo?», me pregunté. Pero no tenía autoridad moral para quejarme, yo
misma sabía lo agradable que podía ser el sexo anal. No me quedó más remedio
que alegrarme por ella, tal vez algún día su mente se perdería en un profundo
abismo, pero al menos ya sabría lo que es el sexo. Comenzó a mamarle el pene al
otro muchacho. No podía culparla por participar en un trío, yo misma había
participado en algunos, con mujeres; pero Abi no tenía ningún interés en
mujeres, por lo que era completamente lógico que prefiriera dos hombres para
cumplir sus fantasías eróticas.
Algo en esa
escena me resultó muy extraño, y no era exactamente el hecho de que le
estuvieran rompiendo el culo a mi hermanita, o que ella lo estuviera
disfrutando tanto. Lo que me llamó la atención fue la enorme similitud que
Abigail tenía conmigo. Todo su cuerpo, e incluso los gestos de su rostro,
parecían una copia bastante precisa de mí misma. Su cabello se asemejaba mucho
al que solía tener antes de mi cambio de look.
Fue como verme a mí misma dentro de una realidad alternativa. Esa podría haber
sido yo, si no me hubiera interesado por mujeres. Hubiera hecho exactamente
eso. Me hubiera metido en la cama con dos hombres… y hubiera entregado la cola.
Esta vez pude sonreír con mayor naturalidad, al parecer mi hermanita y yo somos
más similares de lo que creía.
De su vagina,
hinchada y sonrosada, colgaba una gotita de flujo. La verga entraba y salía de
su culo con gran potencia, mientras ella se concentraba en la que tenía dentro
de la boca.
―Disfrutalo,
Abi… yo haría lo mismo, me alegro mucho por vos ―ella me respondió con una
sonrisa extraña, ya que no dejó de mamarla en ningún momento.
Salí de la
habitación sabiendo que mi hermana pasaría una gran noche. Lo único que quería
para ella, era felicidad… y si dos vergas se la podían dar, entonces
bienvenidas sean.
Por mi parte,
iría en busca de mi propia alegría para la noche. Quería tener sexo, con
alguien que me resultara interesante. En ese momento recordé el mensaje de
Dani. «Es hombre, pero… ¿qué importa? Es buena persona, y se muere por coger
conmigo», me dije mentalmente. Debía probarme a mí misma que no era una
prejuiciosa que sólo se interesaba por alguien si era mujer.
«¿Todavía estás en el hotel? ―le
pregunté, en un mensaje de texto―. ¿Puedo
ir?»
Recibí la
respuesta casi de forma inmediata.
«Por supuesto que podés venir. Me alegraste
la noche» ―cerró el mensaje había una carita sonriente.
*****
Dani me
esperaba en la misma habitación en la que habíamos cenado tiempo atrás. Vestía
uno de sus acostumbrados trajes lujosos, pero éste era azul… del mismo azul
petróleo que el vestido que me regaló. Al parecer ese era su color favorito. Lo
saludé con un beso en la mejilla. Él era muy hermoso, lesbiana o no, debía
admitir que era un hombre muy atractivo y pulcro. Eso lo acompañaba con una
simpatía natural y buenas acciones, que lo hacían ver incluso más interesante.
«¿Qué importa si es hombre?», me dije.
Acepté la
copa de bourbon que me ofreció. Había olvidado el exquisito sabor de esa
bebida. Me tomé todo en dos tragos. Sabía que al día siguiente tendría una
fuerte resaca, pero no me importaba.
―Estás muy sexy
esta noche ―dijo admirando mi corto vestido.
―Y no tengo
nada abajo ―lo levanté, enseñándole mi vagina, que aún estaba húmeda.
―Por lo visto
estás… caliente.
―Muy caliente
―me acerqué a él, hasta que nuestros rostros casi se tocaron―. Dani… vos fuiste
muy bueno conmigo, desde el día en que te conocí. Sé que te conozco poco, pero
es la primera vez en mi vida que siento esta clase de atracción hacia un
hombre. También sé que vos te morís de ganas de coger conmigo, me lo dejaste
muy en claro la última vez que estuvimos acá.
―¿Vos me
estás diciendo que puedo…?
―Sí, Dani.
Podés cogerme. No me importa que seas hombre ―el alcohol me desinhibía mucho, y
me forzaba a decir las cosas de forma muy directa―. Quiero coger con vos, ahora
mismo.
―Me halaga
muchísimo eso que decís. ¿De verdad no te importa mi género?
―No, para
nada. Me resultas sexualmente atractivo, eso es lo único que me importa ―me
acerqué a la cama y me puse en cuatro sobre ella, levantando mi vestido―.
Quiero que me la metas toda ―abrí mi vagina con los dedos, ofreciéndosela.
―Me muero de
ganas de acostarme con vos, Lucrecia, pero tenía en mente algo diferente…
―¿Diferente
en qué sentido? ―volteé para mirarlo.
―Vení para
acá.
Confundida,
me le acerqué. ¿Por qué simplemente no me la metía de una buena vez? De pronto
noté cierto brillo en su mirada, y comprendí todo.
―¿Vos querías
algo más romántico? ―lo tomé de la cintura.
―¿Acaso tiene
algo de malo?
―No, para
nada. Me gusta el romance, pero no es lo que tenía en mente para esta ocasión.
―Sé que no
hay ningún sentimentalismo de tu parte. Vos estás caliente y querés sexo, no me
querés a mí como tu pareja.
―Exacto. Sé
que te puede parecer frío, pero prefiero ser honesta.
―La
honestidad es muy importante. Por eso te digo que no me estaba refiriendo a algo
más “romántico”.
―¿Entonces?
―Desprendeme
el pantalón ―me guiñó un ojo.
―Ah… vos
querés que te la chupe… picarón ―luché contra la hebilla de su cinto―. Está
bien, admito que mi estilo era demasiado directo, podemos tener un poquito de
juego previo ―una vez desprendido su cinto, desabotoné el pantalón―. De todas
formas, espero que se te ponga dura rápido, porque no tengo ganas de estar
“jugueteando” toda la noche ―le bajé el cierre y su pantalón cayó. Dani se bajó
la ropa interior y sonrió―. Si lo que querés es que empiece por un pete,
primero te advierto que no sé hacerlos bien, ya que tengo poca experiencia;
pero me las arreglaré ―lo miré a los ojos, con mucha sensualidad.
―Te vas a
llevar una “gran” sorpresa.
―¡Apa! ¿La
tenés grande? ―pregunté con una libidinosa sonrisa.
―No sé… ¿por
qué no me lo decís vos?
Miré para
abajo y mi sonrisa se desvaneció al instante. Ni siquiera las indirectas de
Dani pudieron prepararme para semejante sorpresa. Algo en esa escena no
encajaba, en absoluto. Estaba anonadada, confundida, sentía que el destino me
estaba jugando una mala broma. Dani no tenía pene, ni grande ni pequeño… tenía
vagina, una muy hermosa y completamente depilada.
―¿¡Qué
carajo…!? ―exclamé, me sentía como si… como si a un tipo le hubieran cortado el
pito, y le hubieran puesto vagina― ¿¡Qué carajo!? ―No había otra forma para expresarlo.
―Te dije que
te ibas a sorprender.
―Pero… pero…
¿qué mierda pasó? ¿Dónde tenés el…?
―No tengo
pene, Lucrecia. Nunca tuve. ¿No habías dicho que no te importaba mi género?
―¿Qué?
¿Quién? ¿Yo? ¿Cuándo? ―balbuceaba estupideces incoherentes.
―Eso mismo
dijiste, hace menos de dos minutos ―movió sus pies, apartándose de la ropa, se
quitó los zapatos y las medias―. ¿Acaso no lo decías en serio?
―Eso lo dije
porque yo… yo creía que… yo creía que eras hombre.
―Lo sé. Me
dijiste “Daniel” en más de una ocasión.
―¿No te
llamás así? ―era demasiada información junta para una mente turbada por el
alcohol… y por altas dosis de pelotudismo crónico.
―Nunca dije
que me llamara Daniel. Simplemente dije “Dani”. Mi nombre es Daniela… Daniela
Metzler, encantada de conocerte ―me tendió la mano, y yo la estreché
automáticamente―. Te noto muy pálida, espero que no estés enojada.
―¿Enojada? No
Danie, primero debería ser capaz de asimilar todo esto, antes de enojarme
―tambaleándome me acerqué a la cama y me senté en ella―. Dani tiene concha…
―dije con un susurro.
―Sí, tengo
concha. Siempre la tuve, nací con ella, al igual que vos ―se sentó a mi lado,
dejando su pantalón tirado en el piso―. También tengo tetas ―se quitó el saco y
la camisa―, aunque son chiquitas ―sus pechos eran blancos y menudos, similares
a los de Lara, pero un poco más pequeños―. Resulta muy sencillo esconderlos
debajo de la ropa.
―Pero… pero
cuando te dije Daniel, ¿por qué no me dijiste que te llamabas Daniela?
―Porque era
más divertido que me vieras como Daniel. Hacía todo esto más “estimulante”.
―¿Todo esto?
¿Más estimulante? No entiendo un carajo Dani… el… ela… como carajo te llames.
―No te voy a
mentir, Lucrecia ―sus ojitos eran preciosos, de pronto caí en la cuenta que sus
pestañas eran demasiado bonitas como para ser hombre―, desde el momento en que
te vi en el club, fantaseo con la idea de acostarme con vos. Sé perfectamente
que mucha gente piensa que soy hombre, y normalmente no me molesto en
corregirlos, es algo con lo que aprendí a vivir. Soy mujer, y me gusta serlo…
pero quiero serlo a mi estilo, al estilo que más me gusta, y resulta que ese
estilo es un poquito masculino.
―Un poquito
bastante, diría yo.
―Puede ser,
pero no es que pretenda ser hombre ni nada por el estilo, simplemente me gusta
vestirme así, me gusta ser así. Con el tiempo aprendí a disfrutar de ese
“juego” que se establece con las personas que piensan que soy hombre. ¿Te das
una idea de lo que cuesta excitar a un hombre heterosexual… si él te cree
hombre?
―Imagino que
vos lo hiciste ―aún estaba aturdida, pero de a poco iba comprendiendo todo.
―Sí. Lo hice
más de una vez. No te das una idea del alivio que sintieron esos hombres al ver
que tengo concha. Hubo uno que se largó a llorar de la emoción, porque tenía
miedo de ser “maricón”. Pobrecito… lloraba como maricón… igual lo atendí muy
bien. A mí me encanta seducir a la gente, a veces lo hago como mujer… cuando se
trata de mujeres heterosexuales. Otras veces lo hago como hombre, como en tu
caso, que te interesan las mujeres.
―Es un
quilombo… pero creo que ya voy entendiendo el juego… y yo caí, como una boluda.
―Sí. No te
voy a mentir, eso me alimenta el ego. Por eso lo hago. Sé que éticamente no
está bien, pero al fin y al cabo, les doy una lección a esas personas que logro
“engatusar”.
―Como lo
hiciste conmigo.
―Sí. Te gusté
cómo hombre, y eso me alegra mucho. Ahora la pregunta es: ¿también te gusto
como mujer? Porque, lamentablemente, no me puedo poner un pene para acostarme
con vos, al menos no uno real.
―De hecho… me
tranquiliza. No sé por qué, pero siento un gran alivio. Me siento como el
maricón que lloraba de emoción.
―Tal vez
fuera porque no estabas del todo segura que quisieras tener sexo con un hombre.
―Sí, fue por
eso. Es que estoy algo borracha y excitada… además vi a ―no quería decirle que
vi a mi hermana desnuda― una amiga, teniendo sexo con dos hombres. Eso fue
justo antes de escribirte a vos. Fue lo que me hizo decir: “Tal vez no sea tan
malo tener sexo con hombres”. Mi primera opción fuiste vos.
―Me halaga escuchar
eso.
―Y a mí me
alegra que seas mujer. Sé que mañana me hubiera arrepentido de hacerlo con un
hombre. A veces pierdo la poca cordura que tengo, y actúo sin pensar. No quiero
andar mirando a la gente por su género, pero todavía me hace un poco de ruido
una mala experiencia que tuve con un hombre… no me molestan los hombres; pero
antes de acostarme con uno, debería superar ese trauma… incluso empecé terapia
para solucionarlo.
―Qué bueno
que lo puedas analizar de una forma más sensata. Siendo ese el caso, considero
que no deberías intentar acostarte con hombres, mucho menos de una forma tan
forzada.
―Sí, actué
como una estúpida. Es que creí que al hacerlo con un hombre, de pronto se me
curaría ese trauma.
―Lamento
decirte que la mejor forma de que hagas eso, es con tu psicólogo. No con una
pija.
―Lo sé, lo
sé…
―Te conozco
poco, pero sé que estás dañada por dentro. A vos te pasaron muchas cosas, de
las cuales yo sólo sé una pequeña fracción. Ahora me acabo de enterar de otra,
y por eso mismo insisto con el terapeuta, no dejes de ir.
―Gracias. No
voy a dejarlo. Me harté de tener tantos mambos en la cabeza, y de querer
curarlos con sexo atolondrado y sin compromisos.
―Me parece muy
bien, aunque eso signifique que no vayamos a tener sexo.
―¿De verdad
lo decís?
―Claro. El
juego ya terminó, conseguí lo que quería. Espero que no te lo hayas tomado a
mal, porque pude haber jugado con mi género, pero todo lo demás que dije fue
cierto. Al igual que todo lo que hice por vos. Fue con la mejor intención del
mundo. Mil veces me dije a mí misma que si el juego llegaba a una situación que
a vos pudiera lastimarte, le iba a poner fin inmediatamente; pero bueno, todo
llegó a su fin en cuanto vos accediste a acostarte conmigo. Con eso me basta.
No necesito nada más.
Me perdí en
sus preciosos ojos, de pronto su belleza pareció incrementarse, sus rasgos me
parecieron mucho más hermosos, ahora que podía atribuirlos a una mujer. Me
abalancé sobre ella y comencé a besarla en la boca. Poco después descendí por
su cuello, hasta llegar a uno de sus pezones. Lo chupé.
―¿No era que
no querías usar más el sexo como terapia? ―me preguntó.
―No lo estoy
usando como terapia. Sé que esto no me va a curar ni va a hacer desaparecer mis
problemas. Lo hago porque quiero, y punto.
Lamí su
vientre, hasta llegar a su lampiño monte de Venus. Pude sentir el embriagador
aroma a sexo femenino, ella estaba excitada.
―Daniela, me
alegra que tengas vagina ―le aseguré.
―No vayas a
empezar a llorar como maricona…
―No, tenía
otra cosa en mente.
Luego comencé
a chupársela, con fervorosa pasión. Era deliciosa. Todo su menudo cuerpo se
arqueó y soltó un suspiro agudo. Fue la primera vez que la sentí mujer al
escucharla… porque su timbre de voz era tan neutro, que resultaba imposible
distinguir el género.
Mis labios se
mezclaron con los suyos y mi saliva con sus flujos.
No voy a
mentir diciendo que coger con Daniela fue lo mejor que me pasó en la vida, de
hecho fue un acto sexual como muchos otros; sin embargo tuvo algo de especial,
y no estuvo en el sexo en sí… sino en lo que significó. Por primera vez me
sentí atraída sexualmente hacia un hombre… que resultó ser mujer. Lo más
importante de la noche me lo dijo justo después de que terminamos de coger:
―Si alguna
vez dudaste de tu sexualidad, desde que reconociste ser lesbiana, dejame
decirte que tu interés por los hombres no es más que fálico.
―¿Cómo estás
tan segura?
―Porque te vi
cogiendo con una mina, que tenía puesto un pene de plástico, y es evidente que
disfrutás de la penetración, pero más disfrutás de la mujer en todo su contexto…
eso te lo puedo decir por lo que pasó ahora. La forma en la que me chupaste la
concha, la forma en la que te comiste mis tetas… cómo me besaste, cómo frotaste
tu cuerpo contra el mío… no te imagino haciendo nada de eso con un hombre;
porque a vos lo que te gusta de la mujer es, justamente, su sensualidad, su
encanto femenino. Eso no lo vas a encontrar en cualquier hombre… tal vez en uno
gay…pero en uno heterosexual, no. Por eso te sugiero que no te compliques la
vida por una verga, hay reemplazos… no serán perfectos, pero te va a ahorrar
muchos problemas. Si alguna vez te querés coger a un hombre, estás en todo tu
derecho; pero no lo hagas de la manera atolondrada en la que viniste a buscarme
a mí, porque la pasarías mal, y al otro día te sentirías culpable.
―Tenés mucha
razón, Daniela ―la abracé y le di un beso en la mejilla―. Gracias, me ayudaste
mucho. Más de lo que te imaginás.
―Me alegra
haberlo hecho antes de irme.
―¿Te vas?
―Sí, mañana
mismo. Tengo negocios que atender.
―¿Vas a venir
a visitarme?
―No soy de
esas personas que se aferran a los demás…
―Entiendo, ya
sé lo que querés decir.
―Espero que
no te lo tomes a mal.
―No, para
nada, al fin y al cabo yo también cogí con mujeres que después no volví a ver
nunca más. Nada nos ata, Daniela, vos seguí con tu vida, y yo voy a seguir con
la mía. Si volvés, porque me imagino que lo harás, sé que va a ser por
negocios.
―Gracias por
comprenderlo.
―Gracias a
vos, por todo lo que me diste.
*****
En cuanto
salí del hotel miré mi teléfono celular, tenía un mensaje sin leer, era de Lorena.
Ella me preguntaba dónde me había metido, porque estaba aburrida en la
discoteca. Le dije que me dirigía hacia allá.
Pocos minutos
más tarde me la encontré sentada, con su característica cara de culo, tomando
un trago. Tomé asiento a su lado y, con una sonrisa, me cedió su vaso. No sabía
qué carajo estaba tomando, pero tampoco me importaba.
―¿Dónde se
metió Alejandro? ―pregunté.
―No sé, se
fue hace un rato con unos amigos.
―¿Y por qué
no tirás de la correa, para ver si aparece?
―No lo tengo
atado con correa ―frunció el ceño.
―Pero te
morís de ganas por saber dónde está ahora mismo… debe estar con cinco trolas,
enfiestado a más no poder.
―Sos una
pelotuda. Confío en él…
―Sí, tanto
como yo le confiaría las llaves de un auto a mi hermana.
―Hablando de
tu hermana… hace como una hora la vi bailando con dos pibes, la estaban
manoseando toda…
―Sí, lo sé, e
hicieron más que meterle mano.
―¿No te
molesta?
―No, ella
tiene muy buenas razones para hacerlo. Quiere disfrutar un poco de su vida… vos
deberías hacer lo mismo, no podés pasarte la vida con cara de haberte sentado
sobre un clavo oxidado.
―Lo sé ―bajó
la cabeza, me sorprendió mucho esa reacción―. Alejandro se enojó conmigo, no se
fue con unos amigos, se fue a casa… me dijo que si yo iba a estar toda la noche
con cara de culo, prefería irse a dormir ―de pronto sentí pena por ella, y la
abracé.
―No te
preocupes, sonsa, a él se le va a pasar… ya sabés que Alejandro no puede estar
enojado por mucho tiempo, menos con vos, porque te adora.
―Sí, eso es
cierto.
―Se me hace
raro que no te hayas ido.
―Es que
quería hablar con vos…
―¿Por qué
motivo?
―Quiero que
me ayudes a soltarme un poquito… a no ser tan rígida. ¿Se podrá?
―Sí, claro
que sí… y el alcohol nos puede ayudar ―apuré el contenido del vaso―. Vení,
vamos a buscar otro trago.
*****
Regresé a la
vida alrededor de las tres de la tarde, al menos eso me pareció ver fugazmente en
la pantalla de mi celular. No lo había perdido, esa era una buena señal.
Una aguda
punzada atravesó mi cabeza y emití un agónico quejido, estaba sufriendo la peor
resaca de mi vida. Todo me daba vueltas, inclusive mi estómago. Temí vomitar,
por eso mi primera acción fue arrastrarme, casi literalmente, hasta el baño.
Abracé el
ídolo de porcelana y aguardé. Todo parecía estar volviendo a su lugar, como un
rompecabezas de un millón de piezas ensamblándose lenta y dolorosamente. Tomé
aire, que era lo único que podía tomar sin vomitar, y me puse de pie,
tambaleándome. Miré hacia el espejo y una prostituta despeinada, ojerosa y con
toneladas de maquillaje corrido, me devolvió la mirada. Le sonreí y ella me
dedico otra sonrisa igualmente estúpida. Me caía bien esa chica, estaba por
decirle que, a pesar de su estado decadente, seguía siendo bonita: pero el
revoltijo que tenía en mi estómago me obligó a voltear rápidamente y a ponerme
de rodillas junto al inodoro. Esta vez sí le di un buen uso.
Varios
minutos más tarde, luego de haberme lavado los dientes tres veces seguidas,
salí del baño. Mi estado había mejorado bastante, especialmente por haberme
lavado la cara con agua fría. Aún me atormentaba mi cerebro, que flotaba en
restos de bebidas alcohólicas, pero al menos era consciente de lo que ocurría a
mí alrededor. Miré hacia abajo y me encontré con mi vagina completamente
depilada, hice un gesto de sorpresa levantando las cejas.
«¿Pero quién
carajo me la dejó pelada?», me pregunté, confundida.
Nunca la
había usado de esa forma, se veía rara… mi clítoris parecía ser un poco más
grande de lo que recordaba, y mis arrugados labios vaginales resaltaban más de
lo habitual.
«Pobrecita,
te dejaron toda desnudita», le dije mentalmente a mi vagina.
Este era un
mal indicio, ya que no podía recordar parte de la noche. Lo último que podía
recordar era haber vuelto a Afrodita, con Daniela. Allí me encontré, una vez
más, con Alejandro y Loren, ellos me dieron un trago y… nada. Vacío. No podía
recordar nada más. Ni siquiera recordaba el sabor del trago.
Caminé de
regreso a mi cuarto y, por primera vez, me percaté de que alguien había pasado
la noche conmigo. Esto se ponía cada vez más confuso. Podía ver una blanca
espalda femenina y cabello oscuro arremolinado, cubriéndole el rostro. Me
acerqué cautelosamente, sabía que no se trataba de Daniela, ya que ella tenía
el pelo corto... entonces... ¿podría ser?
¡No! ¿Acaso
era...?
No podía ser…
pero se parecía mucho.
«¡Ay, no,
Alejandro me va a matar!»… si era ella, él no me perdonaría jamás.
Acerqué la
mano izquierda a la muchacha que dormía de lado. Cuidadosamente, fui quitándole la sábana que
la cubría. Su cuerpo era menudo, pero bien formado. Tragué saliva, se parecía
mucho a Lorena... demasiado. Ya casi no cabían dudas...
¿Había pasado
la noche con ella?
Mi vagina
reaccionó ante el morbo que me producía esa situación; pero al mismo tiempo me
sentí culpable y una terrible amiga. ¿Cómo le explicaría esto a Alejandro?
Aparté
lentamente el cabello de su cara y... ¡se despertó!
Salté hacia
atrás.
Estaba por
empezar a escupir una serie de disculpas cuando miré atentamente a la mujer de
mi cama, ella me sonrió somnolienta.
―¿Lara, qué
carajo hacés acá? ―pregunté anonadada.
Comentarios
Ya no sé ni con quién quiero que termine ennoviada ella, hahaha.