Despedida Lésbica [08] [Final]



Capítulo 08


Caos Lésbico.




El living del departamento de Sol era el escenario de una orgía lésbica filmada en slow-motion: cuerpos desnudos o semidesnudos brillando de sudor y jugos, gemidos entrecortados, el olor denso a sexo, lubricante, daiquiri derramado y perfume barato. La música seguía sonando baja, sensual, casi hipnótica, como si Ivana hubiera elegido la playlist perfecta para que la noche nunca terminara.

Sobre la alfombra, Alma y Raquel seguían enredadas en su 69 lento y profundo. La madre chupaba la concha de su hija con una entrega que ya no tenía excusas: con la lengua recorrió los labios hinchados. Le succionó el clítoris con hambre, mientras le metía dos dedos en la concha. Los gemidos ahogados de ambas se mezclaban con los sonidos húmedos de las bocas.

Al lado, Sol cogía el culo de Paz con el strap-on mientras Paz, en cuatro, le comía la concha a Valentina. Bianca, detrás de Sol, le metía los dedos en el culo a su amiga y le mordía el hombro. Helenna e Ivana se besaban con lengua cerca de la barra, tocándose las conchas mutuamente con las manos.

Emma era la única que aún conservaba algo de ropa (el vestido subido hasta la cintura) y estaba sentada en el sillón, con las piernas abiertas.

Ivana se separó de Helenna y volvió a arrodillarse entre las piernas de Emma. La mujer madura no puso ninguna objeción, se abrió para que la lengua de Ivanna le brindara placer. Ivana lamió con dedicación experta. Emma puso una mano en la nuca de la bartender y con la otra acarició sus propias tetas. Mientras Ivana le succionaba el clítoris, Emma seguía respirando agitada, con la mirada perdida entre todas las escenas que se desarrollaban frente a ella.

Nadie hablaba. Solo se oían gemidos, succiones, el slap ocasional de piel contra piel y la música.

Hasta que Paz, con la voz entrecortada por los embates de Sol en su culo, levantó la cabeza de entre las piernas de Valentina y habló:

—Uf, hermana… me vas a romper el orto. Creo que necesito darle un rato de respiro… no estoy acostumbrada a tanto sexo anal.

—Te saco el dildo si prometés que de ahora en adelante vas a coger por el culo sin prejuicios.

Paz soltó una risita tímida. Tenía los anteojos torcidos y el pelo pegado a la frente por el sudor. El dildo de Sol seguía moviéndose despacio dentro de su culo, estirándola con cada embestida suave.

—Con lo mucho que me gustó, no creo que deje de hacerlo.

—Eso es exactamente lo que quería escuchar.

Sol retiró el dildo del culo de su hermana. Estaba por buscar a su siguiente víctima, cuando Paz habló otra vez:

—Basta de secretos… ya es hora de que contemos todo. Toda la verdad.

Las demás ralentizaron sus movimientos, pero no se detuvieron del todo. Alma levantó la boca de la concha de su madre, los labios brillantes.

—¿Toda la verdad? —preguntó Alma, casi riendo, con los labios brillantes de los jugos de su madre—. ¿Estás segura, primita?

Paz asintió.

—Sí. Esta noche ya no hay vuelta atrás. Mañana me caso… . Pero hoy… hoy quiero que todo salga. Sin mentiras.

Raquel gimió cuando Alma volvió a hundir la lengua en su entrada, pero logró articular entre jadeos:

—¿Qué… qué más querés contar, Paz?

Paz miró directamente a Emma.

—Mamá… sé que vos también te tocaste mirando porno lésbico. Sé que la última vez fue hace dos semanas, cuando Alma me estaba ayudando a probarme el vestido de novia.

Emma se tensó. Ivana no dejó de lamerla, pero levantó la vista, curiosa.

—No es cierto —mintió Emma, la voz ronca.

—Sí lo es —intervino Alma, sin sacar la boca del todo de la concha de su madre—. Estabas en el cuarto de paz, con la puerta entreabierta. Vi como te metías los dedos en la concha. No dijimos nada por respeto; pero con Paz vimos todo claramente. Te hiciste la paja mirando porno lésbico…

—Y no creo que haya sido la primera vez —agregó Paz.

Emma se puso tensa. Tenía el cuerpo cubierto de perlas de sudor. Abrió la boca para responder, pero no le salió ninguna palabra. Solo apretó los labios y desvió la mirada.

Paz la observó unos segundos más. Notó la rigidez en los hombros de su madre, la forma en que cerraba las piernas con fuerza. Decidió no presionarla más.

—Está bien, mamá… no voy a obligarte a decir nada que no quieras —dijo con voz más suave—. Pero sí quiero cerrar esta noche de una forma especial.

Hizo una pausa. Sol detuvo el movimiento del dildo dentro de su culo, expectante.

—Quiero chuparle la concha a todas las mujeres de esta fiesta. Una por una. Como último juego. Para cerrar la noche como corresponde.

Bianca soltó una risita baja y se incorporó de inmediato.

—Esa es una excelente idea, nena —dijo con los ojos brillantes—. Yo quiero ser la primera.

Se levantó, agarró una de las sillas del living y la colocó en el centro de la alfombra. Se sentó con las piernas bien abiertas, la concha empapada y expuesta, y le hizo un gesto a Paz con la mano.

—Vení, agasajada. Dale con ganas.

Paz sonrió. Se arrodilló frente a Bianca sin dudar. Apoyó las manos en sus muslos y bajó la cabeza. Dio una primera lamida larga, de abajo hacia arriba, recorriendo toda la raja. Bianca soltó un suspiro profundo y le puso una mano en el pelo.

—Así… uf, qué rica que sos…

Paz no se apuró. Lamió con dedicación Separó los labios con los dedos, para llegar al interior, succionando el clítoris con movimientos lentos y firmes. Los gemidos de Bianca empezaron a llenar el living.

Una por una fueron pasando.

Valentina fue la segunda. Se sentó en la misma silla todavía caliente, abrió las piernas y miró a Paz con una sonrisa nerviosa pero excitada. Paz se lanzó sin dudar, chupándola con la misma dedicación, metiendo la lengua dentro y frotando el clítoris con el pulgar.

Helenna se sentó después, su concha oscura y brillante. Paz tuvo que abrir más la boca para abarcar esos labios gruesos. La stripper le agarró la cabeza con las dos manos y movió las caderas contra su cara, gimiendo bajito.

Ivana fue la siguiente. Todavía con las orejas de conejita puestas, se sentó con elegancia y dejó que Paz le devorara la concha con hambre. La bartender echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo cuando Paz le metió dos dedos mientras le chupaba el clítoris.

Alma y Raquel se turnaron. Primero Alma, que se sentó y abrió las piernas con una sonrisa pícara. Paz le comió la concha con ganas, saboreando el gusto familiar. Luego le tocó a Raquel, que se sentó con las mejillas rojas pero sin protestar. Paz lamió la concha de su tía con devoción, escuchando cómo la mujer intentaba contener los gemidos.

Sol fue la penúltima. Se sentó en la silla, todavía con el strap-on puesto, y le acarició el pelo a su hermana mientras Paz le chupaba la concha con la boca abierta y la lengua trabajando sin descanso.

Cuando terminó con Sol, Paz se levantó lentamente, la barbilla mojada de jugos. Respiraba agitada. Miró a su madre.

Emma seguía sentada en el sillón, con las piernas fuertemente cerradas y las manos apretadas sobre los muslos. Su expresión era tensa, casi rígida.

Paz se acercó despacio y se arrodilló frente a ella.

—¿Me dejás, mamá? —preguntó con voz baja, casi dulce—. Solo una vez. Para cerrar la noche.

Emma no respondió. Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija en un punto del suelo.

Sol intervino desde atrás, todavía jadeando:

—Dale, mamá… es solo un juego… vamos a cerrar esta despedida con buena onda. No le arruines la noche a Paz justo ahora.

Emma titubeó. Respiró hondo varias veces. Miró a su hija arrodillada frente a ella, con la cara mojada y los ojos expectantes. Miró al resto de las mujeres que la observaban en silencio.

—Todo esto me parece una locura… —murmuró al fin, la voz temblorosa.

Sin embargo, muy lentamente, separó las piernas.

Paz sonrió con ternura. No dijo nada más. Se inclinó hacia adelante y acercó su boca a la concha de su madre.

La primera lamida fue lenta, casi reverente. Emma soltó un suspiro entrecortado y cerró los ojos con fuerza. Paz siguió. Con la lengua recorrió los labios, separándolos con cuidado, subiendo hasta el clítoris hinchado. Lo succionó con suavidad.

Las demás empezaron a aplaudir bajito, con sonrisas cómplices.

Emma permaneció en silencio al principio, los labios apretados, pero poco a poco su respiración se volvió más agitada. Una mano subió tímidamente hasta la cabeza de Paz y se enredó en su pelo, sin apretar, solo acompañando el movimiento.

En su rostro apareció una tenue sonrisa, muy sutil, casi invisible. Solo las que estaban más cerca pudieron notarla. Paz siguió chupando con devoción, lamiendo y succionando la concha de su madre mientras el living se llenaba de nuevos gemidos y murmullos de aprobación.

La noche ya no tenía regreso.

—Ahora viene la segunda parte del juego —anunció Sol, levantando la voz para que todas la escucharan—. Nosotras le chupamos la concha a Paz. Una por una. Ella se queda sentada y nosotras le damos el gusto.

Paz soltó una risita nerviosa, todavía con la respiración agitada.

—¿En serio?

—En serio, hermanita. Es tu despedida. Sentate.

Paz se levantó y se sentó en la misma silla que había usado antes. Dejó las piernas bien abiertas, y apoyó los talones en los bordes del asiento. Su concha quedó completamente expuesta, hinchada y brillante por la saliva y sus propios jugos. Se acomodó los anteojos y miró a las demás con una mezcla de vergüenza y excitación.

Sol fue la primera. Se arrodilló frente a su hermana sin perder tiempo, le separó un poco más los muslos con las manos y bajó la cabeza. Empezó a lamerla despacio, recorriendo toda la raja con la lengua, saboreándola con ganas. Paz soltó un gemido largo y le puso una mano en la cabeza.

—Ay, Sol… —suspiró.

Sol chupó con más intensidad, metiendo la lengua dentro y succionando el clítoris con fuerza. Paz se arqueó en la silla, respirando agitada.

Cuando Sol terminó, se levantó y le guiñó un ojo.

—Siguiente.

Valentina fue la segunda. Se arrodilló con timidez al principio, pero en cuanto probó el sabor de Paz se animó. Lamió con dedicación, dando lengüetazos largos y chupones cortos en el clítoris. Paz gemía más fuerte ahora, moviendo las caderas contra la boca de su amiga.

Bianca no esperó mucho. Se arrodilló con una sonrisa grande y le comió la concha con hambre, metiendo dos dedos mientras le chupaba el clítoris sin piedad. Paz tuvo que agarrarse fuerte de la silla.

Helenna fue la siguiente. Su lengua era gruesa y caliente. Lamió toda la concha de Paz con movimientos amplios, saboreándola como si fuera un postre. Paz temblaba.

Ivana se arrodilló con elegancia, todavía con las orejas de conejita. Le dio una chupada profunda y lenta, metiendo la lengua lo más adentro que pudo. Paz soltó un quejido ahogado.

Alma fue después. Se tomó su tiempo, lamiendo con devoción, como si quisiera agradecerle a su prima por todo lo que había pasado esa noche. Paz le acariciaba el pelo mientras gemía bajito.

Raquel fue la penúltima. Dudó un segundo antes de arrodillarse, pero finalmente bajó la cabeza y le chupó la concha a su sobrina con movimientos torpes pero entusiastas. Paz echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo.

Cuando Raquel se levantó, todas miraron a Emma.

La mujer seguía sentada en el mismo lugar, las piernas bien cerradas, las manos apretadas sobre los muslos y la expresión tensa. No se había movido en todo el rato.

Paz la miró con suavidad, todavía jadeando.

—Para mí sería hermoso que lo hicieras, mamá… pero no te voy a presionar. Sé que tenés una fuerte curiosidad lésbica. Acá nadie te está juzgando. Solo queremos pasarla bien.

El living quedó en silencio absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de Paz y la música baja de fondo.

Emma se mordió el labio inferior con fuerza. Su pecho subía y bajaba rápido. Miró a su hija, luego a las demás mujeres que la observaban en silencio. Tragó saliva varias veces.

Finalmente, se puso de pie.

Todas contuvieron el aliento.

Emma caminó despacio hasta quedar frente a Paz. Se arrodilló con rigidez, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme. Miró la concha abierta y brillante de su hija durante varios segundos, titubeando.

—Sabía que algún día iba a tener sexo con una mujer… —dijo con voz baja y temblorosa—, pero nunca imaginé que sería con mi propia hija.

No dijo nada más.

Se inclinó hacia adelante y acercó la boca.

La primera lamida fue tímida, casi insegura. La segunda fue más larga. La tercera ya llevó más decisión. Emma empezó a lamer la concha de Paz con movimientos torpes pero cada vez más seguros, recorriendo los labios hinchados, subiendo hasta el clítoris y chupándolo con cuidado.

Paz soltó un gemido profundo y le puso una mano suave en la cabeza.

—Así, mamá… despacio… ay, qué rico…

Las demás mujeres miraban en completo silencio. Nadie aplaudía. Nadie hablaba. Solo observaban, conteniendo la respiración, mientras Emma le chupaba la concha a su propia hija.

Emma fue ganando confianza. Metió la lengua más profundo, succionó el clítoris con más fuerza, lamió con trazos más largos. Paz empezó a moverse contra su boca, gimiendo cada vez más alto, las piernas temblando.

—Seguí, mamá… no pares…

Emma no paró. Siguió chupando con dedicación, los ojos cerrados, entregada al momento.

Paz arqueó la espalda de golpe, apretó la cabeza de su madre contra su concha y soltó un gemido largo y entrecortado.

—Ay… mamá… voy a acabar.

Su cuerpo se sacudió con fuerza mientras llegaba al orgasmo en la boca de su madre. Emma siguió lamiendo hasta que los temblores de Paz se calmaron.

Cuando Paz por fin se relajó contra la silla, respirando agitada, Emma levantó la cabeza lentamente. Tenía los labios hinchados y brillantes, la barbilla mojada. Miró a su hija con una expresión que nadie supo descifrar del todo.

Fue como si hubiera dado la orden.

Bianca fue la primera en moverse. Agarró a Valentina por la nuca y la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo. Ivana se lanzó sobre Helenna, frotando su concha contra el muslo de la stripper mientras le chupaba una teta. Alma se tiró encima de su madre, besándola con desesperación y metiéndole dos dedos en la concha sin aviso.

En menos de un minuto el living se convirtió en un nudo de cuerpos.

Paz fue arrastrada a la alfombra. Sol se le puso encima, besándola mientras le metía dos dedos en el culo todavía abierto. Raquel se arrodilló entre las piernas de Paz y empezó a chuparle la concha otra vez, gimiendo contra su carne. Bianca se colocó detrás de Raquel, le abrió las nalgas y le metió la lengua directamente en el culo.

Todo se volvió caos.

Helenna estaba de cuatro, con la cara enterrada entre las piernas de Ivana mientras Sol le metía tres dedos en la concha y le daba cachetadas en el culo. Valentina se trepó sobre Alma, frotando su concha contra la de su prima en tijera salvaje, las tetas aplastadas, las bocas abiertas en gemidos constantes. Emma, todavía aturdida, fue jalada por Paz hacia el centro. Su hija la besó con hambre mientras Raquel le chupaba una teta y Bianca le metía dos dedos en la concha sin pedir permiso.

Nadie hablaba. Solo se escuchaban gemidos, sonidos húmedos de lenguas y dedos, carne chocando, respiraciones entrecortadas.

Paz tenía la boca llena con la concha de Sol, mientras Alma le metía dos dedos en el culo y Emma —sí, Emma— le chupaba el clítoris con torpeza pero con ganas crecientes. Raquel estaba acostada de espalda, con Ivana sentada en su cara y Helenna lamiéndole la concha al mismo tiempo. Bianca se había puesto detrás de Helenna y le cogía el culo con dos dedos mientras le mordía el hombro.

Los cuerpos se enredaban sin orden. Piernas abiertas, culos en pompa, tetas aplastadas contra tetas, bocas chupando conchas, culos, pezones. Dedos entraban y salían por todos lados: en conchas empapadas, en culos dilatados, frotando clítoris hinchados. Nadie preguntaba. Nadie dudaba. Nadie se detenía.

En un momento Paz estaba chupándole la concha a Valentina mientras su madre le metía la lengua en el culo. Al rato era Raquel la que tenía la cara enterrada entre las piernas de Emma, lamiendo con devoción mientras Sol le cogía la concha con el strap-on que alguien le había vuelto a poner. Ivana y Helenna se besaban con lengua encima de Alma, frotándose contra ella mientras Paz les metía los dedos a las dos al mismo tiempo.

Al lado, Raquel y Emma se habían separado un poco del resto. Estaban abrazadas, frente contra frente, besándose despacio en medio del descontrol. Alma le metía los dedos a su madre con cariño, casi con amor, mientras Raquel le acariciaba la cara.

—Nunca pensé que iba a cogerme con vos… —susurró Raquel, voz quebrada.

—Shh… callate y seguí —le respondió Emma, y le metió la lengua en la boca otra vez.

El living era un solo nudo de carne sudorosa y gemidos.

Una acababa en la boca de otra y enseguida alguien más se tiraba encima. Raquel acabó gritando contra la concha de Ivana. Emma soltó un gemido ronco y largo cuando Paz y Sol la cogieron juntas, una por la concha y la otra por el culo. Paz acabó por tercera vez cuando Alma le chupó el clítoris mientras su madre le metía dos dedos bien profundo.

No había orden. No había turnos. Solo manos, bocas, lenguas y dedos moviéndose sin parar.

Poco a poco los movimientos se volvieron más lentos, más pesados. Los gemidos se fueron apagando, reemplazados por respiraciones agitadas y quejidos suaves. Una por una fueron quedando tiradas sobre la alfombra, cuerpos entrelazados, sudorosos, brillantes de jugos y saliva.

Sol dirigía el caos con sonrisas y órdenes cortas.

—Bianca, metele los dedos en el culo a Valentina mientras yo le chupo la concha a Paz.

—Helenna, no pares, que a mi mamá le encanta que le coman el orto.

—Paz, mirá cómo se está dejando coger tu mamá… mirala.

Paz miró. Ver a Emma con la cara enterrada entre las piernas de Raquel, mientras Helenna le metía el dildo por el culo, le provocó una mezcla rara: celos leves, orgullo sucio y una excitación que le bajaba directo a la concha.

Paz quedó acostada de lado, con la cabeza apoyada en el pecho de Sol y una pierna sobre la de su madre. Emma tenía la cara escondida en el cuello de su hija, respirando todavía con dificultad. Raquel estaba abrazada a Alma, con una mano perezosa acariciándole una teta. Bianca y Valentina se besaban despacio, casi dormidas. Helenna e Ivana quedaron abrazadas cerca de la barra, las piernas enredadas.

El departamento olía a sexo puro. La música seguía sonando bajito, casi inaudible ahora.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaban respiraciones cansadas, algún suspiro ocasional y el leve sonido de una mano que todavía acariciaba perezosamente una piel húmeda.

La fiesta había terminado. Al menos por esa noche.

Todas quedaron rendidas sobre la alfombra. Cuerpos desnudos, sudorosos y brillantes de jugos, respirando agitadas, con las piernas y los brazos todavía entrelazados. El living olía a sexo puro. Nadie hablaba. Solo se escuchaban respiraciones pesadas y algún suspiro ocasional.

Poco a poco los movimientos se fueron apagando. Los gemidos se convirtieron en respiraciones pesadas, los cuerpos dejaron de empujar y se quedaron quietos, enredados unos sobre otros como si una ola los hubiera tirado todos juntos a la orilla.

El living era un desastre de carne sudorosa y cansada. Paz quedó acostada de lado, con la cabeza apoyada en el pecho de Sol y una pierna sobre el muslo de su madre. Emma tenía la cara escondida contra el cuello de Paz, respirando todavía con dificultad. Raquel estaba abrazada a Alma, acariciándole perezosamente una teta con la yema de los dedos. Bianca y Valentina se besaban despacio, casi sin fuerzas. Helenna e Ivana quedaron tiradas cerca de la barra, las piernas enredadas, con una mano cada una descansando sobre la concha de la otra.

El aire estaba caliente, con olor a concha y sudor. La música seguía sonando muy bajito, como si ni siquiera ella se animara a interrumpir el momento.

Nadie hablaba. Solo se escuchaban respiraciones agitadas y el sonido ocasional de una mano que acariciaba piel húmeda sin apuro.

Raquel fue la primera en romper el silencio, con la voz ronca y baja:

—Nunca pensé que me iba a gustar tanto que me chupen el culo… la puta madre. —Todas la miraron en silencio y luego empezaron a reírse—. ¿Dije algo malo?

—No, tía —respondió Sol. Es que nunca te habíamos escuchado hablar así —Hubo algunas risitas cansadas—. De repente sos toda una experta en el tema.

—Callate, boluda —murmuró Raquel, pero se le escapó una sonrisa.

Alma, con los ojos entrecerrados, acariciaba el pelo de su madre.

—Yo… nunca me sentí tan sucia y tan libre al mismo tiempo —confesó casi en un susurro—. Es como si me hubieran sacado un peso de encima.

Paz no dijo nada al principio. Miraba el techo, sintiendo el calor de los cuerpos alrededor. Tenía una mezcla extraña en el pecho: una libertad enorme, como si por fin hubiera respirado después de años conteniendo la respiración… pero también un miedo frío que le apretaba la garganta. Tenía que decidir qué iba a hacer con su vida. Mañana todo esto podía convertirse en un recuerdo prohibido… o en algo que cambiara todo para siempre.

Emma seguía callada. Su respiración era más irregular que la de las demás. Paz sintió cómo su madre temblaba ligeramente contra ella. Sabía que Emma estaba teniendo un pequeño colapso interno: culpa, excitación que todavía no se apagaba, vergüenza, y algo más profundo que no quería nombrar. Pero Emma no dijo una palabra.

Valentina, todavía abrazada a Bianca, soltó una risita débil.

—Estoy destruida… pero me siento viva. Por primera vez en años me siento viva.

Bianca le besó la frente con ternura.

—Te lo merecías, boluda.

Helenna, desde el otro lado, murmuró con voz ronca:

—Esta fue de las mejores despedidas de soltera que hice… y mirá que hice unas cuantas.

Ivana soltó una risa baja.

—Nunca había visto a tantas mujeres decentes portarse tan putas en una sola noche.

Hubo más risitas suaves, cansadas.

Sol miró a su hermana y le acarició el pelo con cariño.

—¿Y vos, Paz? ¿Cómo te sentís?

Paz tardó en responder. Tenía los ojos húmedos.

—Libre… —dijo al fin, casi en un susurro—. Y cagada de miedo al mismo tiempo. Mañana tengo que decidir si me caso o si mando todo a la mierda.

Nadie le contestó de inmediato. El silencio volvió a caer, pero era un silencio cómodo, casi protector.

Emma seguía sin hablar. Raquel la miró de reojo y, con voz muy baja, preguntó:

—¿Y vos, Emma? ¿Te gustó… tener sexo con una mujer?

Emma no respondió. Se quedó completamente quieta, con la cara todavía escondida contra el cuello de Paz. Ni siquiera movió un músculo.

Paz sintió la tensión en el cuerpo de su madre y le pasó una mano por la espalda con suavidad.

—Si no quiere hablar del tema, no la presionen —dijo con voz calma pero firme—. Dejémosla.

Nadie insistió.

Las caricias perezosas siguieron un rato más. Dedos que recorrían muslos, manos que se apoyaban en tetas o en la curva de una cintura. Alguna que otra risa baja, algún suspiro profundo. Nadie tenía ganas de moverse. Nadie quería que la noche terminara del todo.

Paz cerró los ojos, sintiendo el calor de todos esos cuerpos alrededor. Por primera vez en mucho tiempo se sentía completamente ella misma… aunque todavía no supiera qué iba a hacer con esa versión nueva de sí misma.

El living quedó en silencio otra vez, roto solo por respiraciones lentas y el latido suave de la música que seguía sonando de fondo.

De pronto, el celular de Valentina empezó a sonar sobre la mesa. Una, dos, tres veces. Mensajes entrantes sin parar.

Valentina, todavía acostada de lado con la cabeza sobre el muslo de Bianca, estiró la mano con pereza y miró la pantalla. Frunció el ceño. Abrió los mensajes y su expresión cambió de golpe.

Los mensajes de Marcos eran una seguidilla incoherente y furiosa:

“Puta de mierda”

“Yo sabía que eras lesbiana, hija de puta”

“Mirá cómo te comés la concha de esa puta”

“Te voy a dejar en la calle, sorete”

Valentina se incorporó de golpe, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué carajo…? —murmuró, pasando los mensajes uno tras otro.

Bianca se acercó despacio, todavía desnuda, y se sentó a su lado. Tenía una expresión culpable pero sin arrepentimiento.

—Ah… me olvidé de decirte… —dijo en voz baja—. Le mandé a tu marido el videito lésbico que grabamos esta noche.

Valentina la miró como si le hubieran dado una cachetada.

—¿Que hiciste qué?

Bianca se encogió de hombros.

—Ese tipo te engañó, Valen. Te puso los cuernos con Ivana. Merecía un castigo.

—¡Qué mierda hiciste, Bianca! —gritó Valentina, levantándose de un salto—. ¡La puta que te parió!

Se puso de pie de golpe, temblando de bronca. Empezó a buscar su ropa tirada por el suelo con movimientos bruscos.

—Yo solo quería ayudarte… —murmuró Bianca, con la voz más baja.

—¡Me arruinaste el matrimonio, Bianca! —Valentina se estaba vistiendo a toda velocidad, metiendo las piernas en la bombacha con rabia—. Voy a pedir un taxi…

Caminó hacia la puerta, taconeando con desesperación. Sol se incorporó desde la alfombra, todavía desnuda.

—No la voy a dejar sola. La acompaño.

Buscó su vestido y se lo puso tan rápido como le fue posible. Valentina ya tenía el celular en la mano, pidiendo un taxi con los dedos temblorosos.

Bianca se quedó sentada en el suelo, desnuda, con lágrimas en los ojos. Miró alrededor. Todas las presentes la estaban mirando. Paz, Emma, Raquel, Alma, Helenna e Ivana… todas con expresiones serias, juzgándola en silencio.

—Yo solo quería ayudarla… —dijo Bianca con la voz quebrada, casi suplicante.

—No era tu decisión, Bianca —le soltó Paz, todavía sentada en el sillón, con la voz fría.

En ese preciso momento, el celular de Paz vibró sobre la mesa. Ella lo agarró sin ganas y miró la pantalla. Era un mensaje de Sergio. Abrió el chat y se quedó helada.

El mensaje decía:

“Me llegó este video. Nuestra boda se cancela.”

Debajo había un archivo adjunto. Paz lo reprodujo. Era el video que habían grabado esa misma noche. Los ojos de Paz se llenaron de lágrimas al instante.

—Y veo que también arruinaste mi matrimonio —dijo con la voz rota, mirando fijamente a Bianca.

Sobre el living se posó un silencio sepulcral.

***

Varios días después de la despedida, Paz estaba sentada en el living del departamento de Sol. Las dos tomaban gin tonic bien frío mientras comían pizza directamente de la caja. Paz tenía los ojos hinchados y rojos, claras señales de que había llorado bastante. Apenas probaba bocado.

Sol la miraba con cariño, apoyada contra el respaldo del sillón.

—Vamos, hermanita… no estés así —dijo con voz suave—. La verdad es que no tenías futuro con Sergio. Ese tipo no te quería… y vos no lo querías a él.

Paz negó con la cabeza, sin levantar la vista.

—No digas boludeces, Sol. Sí que lo quería.

—Le tenías aprecio, pero no lo amabas. Eso es muy diferente.

Paz se quedó en silencio. Tomó el vaso de gin tonic y lo vació de un solo trago. El hielo chocó contra el vidrio cuando lo dejó sobre la mesa.

Sol esperó un momento antes de preguntar:

—¿Valentina ya arregló las cosas con su marido?

—No —respondió Paz con voz baja—. Está viviendo en un hotel. Le dije que podía quedarse en mi casa, pero dijo que necesitaba estar sola.

—Pobrecita. El caso de ella es diferente —dijo Sol, sacudiendo la cabeza—. Ella ya estaba casada. Lo que hizo Bianca estuvo mal…

—Solo quería ayudarnos. Qué sé yo… quizás me salvó de un matrimonio infeliz.

—Esa es la actitud, hermanita —dijo Sol, sonriendo por primera vez—. Vení, quiero mostrarte algo que te va a levantar el ánimo.

Paz la miró sin mucho entusiasmo, pero se dejó llevar. Las dos caminaron hasta la pieza de Sol. Cuando Sol abrió la puerta, Paz se quedó helada.

Helenna estaba parada en el medio del cuarto, con el conjunto más sexy y pornográfico que Paz había visto en su vida: un body negro de encaje transparente que apenas cubría sus pezones oscuros, una tanga diminuta que se perdía entre sus nalgas firmes, medias de red hasta los muslos y tacones altísimos. El conjunto se completaba con un collar de cuero con argolla y unas esposas colgando de una mano.

—Hola, hermosa —la saludó Helenna con una sonrisa amplia, abriendo los brazos—. ¿Lista para festejar tu nueva vida de soltera?

Paz soltó una risa sorprendida, entre nerviosa y divertida.

—Ay, Sol… estás completamente loca —dijo, tapándose la boca.

—Te lo merecés, hermanita —respondió Sol, empujándola suavemente hacia adentro—. Además… no me vengas con arrepentimientos ahora. Ya estamos las dos en el club de las lesbianas… y eso no va a cambiar.

Paz se quedó mirando a Helenna unos segundos más. Luego suspiró, todavía con una sonrisa tímida en los labios.

—Te lo agradezco un montón.

Entró al cuarto y, sin decir nada más, se acercó a Helenna y le dio un profundo beso en la boca. Helenna la recibió con ganas, rodeándole la cintura con los brazos y apretándola contra su cuerpo.

Sol también entró, cerró la puerta lentamente detrás de ella y giró la llave.

FIN.


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