¡La Concha de mi Hermana! [22]

 

Capítulo 22.


Lo que el viaje nos dejó.





El regreso fue mucho más rápido. Sin sucursales que visitar, sin desvíos ni paradas obligadas, la camioneta devoraba kilómetros por ruta pavimentada. Eso no significaba que el viaje fuera tranquilo.

Irma seguía sentada sobre mí, con mi verga enterrada hasta el fondo en su culo. Después del bache que la había hecho bajar de golpe, ya no intentó sacarla. Simplemente se acomodó, apoyó la espalda contra mi pecho y dejó que el movimiento de la camioneta dictara el ritmo. Cada irregularidad del asfalto —por mínima que fuera— la hacía subir un par de centímetros y caer de nuevo, clavándome más adentro. El anillo de su culo se había relajado lo suficiente como para que el dolor inicial se convirtiera en una presión caliente y constante que me volvía loco.

Katia se turnaba entre las dos. Un rato le chupaba la concha a Irma, y al rato siguiente se inclinaba hacia Trudy para seguir devorándola. Trudy no decía nada; solo gemía bajito, con los ojos entrecerrados y la mano enredada en el pelo de mi hermana, marcándole el ritmo.

Irma intentaba mantener la compostura. Tenía la pollera levantada hasta la cintura, la concha expuesta y chorreando, y sus melones temblaban cada vez que la camioneta rebotaba. Ya no disimulaba los gemidos, aunque sí intentaba controlar su volumen, para que no nos oyeran en el asiento de adelante.

Cuando Katia le metía la lengua bien profundo, se le escapaba un “ay, Dios…” entrecortado que trataba de disfrazar de tos. Trudy, ajena a lo que pasaba medio metro más abajo, solo sonreía y le metía y sacaba los dedos de la concha a Irma como si fuera lo más natural del mundo.

Yo no podía hacer mucho más que quedarme quieto y aguantar. Cada contracción del culo de Irma me apretaba la verga como un puño caliente. Sentía sus paredes internas latir alrededor de mí, el calor húmedo que bajaba por mis huevos, el sudor que nos pegaba la piel. En un momento Irma giró apenas la cabeza y me susurró al oído, con la voz rota:

—No sé cuánto más voy a aguantar sin acabar…

No llegó a terminar la frase. Un tramo de ruta con ondas hizo que la camioneta se sacudiera fuerte durante casi un minuto. Irma se tensó entera, me clavó las uñas en los muslos y acabó en silencio, temblando contra mi pecho. Su culo se contrajo en espasmos alrededor de mi verga y eso fue demasiado. Eyaculé dentro de ella sin poder evitarlo, chorros largos y calientes que sentí salir a presión mientras ella seguía temblando. El semen se filtró hacia afuera, mezclándose con los jugos que ya le chorreaban por los muslos.

Después de eso nos quedamos quietos los dos, respirando agitados. Katia levantó la vista, me guiñó un ojo y siguió chupando como si nada hubiera pasado.

Llegamos a la ciudad al atardecer. Nadie dijo una palabra sobre lo que había sucedido en esos asientos traseros. Bajamos de la camioneta como si hubiéramos hecho un viaje de trabajo normal.

Trudy dijo que necesitaba ir al baño y Katia se ofreció a acompañarla al baño de la oficina de Stella. Obviamente era una excusa. Durante todo el viaje Trudy había recibido buenas lamidas, aunque no había tenido tiempo de saborear a Katia como quería. No me sorprendió verlas alejarse tomadas de la mano, casi riendo bajito.

Lo que sí me sorprendió fue que Irma tomara mi mano con fuerza y me llevara casi a rastras hacia su oficina. No dio explicaciones. Solo caminaba rápido, marcando el ritmo con sus tacos, la respiración todavía agitada.

Entramos y cerró la puerta con el pestillo. Sin decir una palabra se levantó la pollera hasta la cintura, se apoyó con las dos manos sobre el escritorio y separó un poco las piernas. Su culo grande y pálido quedó completamente expuesto, todavía rojo por las embestidas del viaje, con un hilo de semen seco y jugos brillando entre sus nalgas.

—Em… Irma, el viaje ya terminó, no es necesario que…

—No hables, Abel —me cortó, la voz ronca y temblorosa—. No me lo hagas más incómodo. No tengo excusas para esto. Solo… quiero que me la metas. Por favor.

Sus palabras me golpearon como un latigazo. Seguía siendo la jefa impecable, con su fachada de hielo profesional, pero ahora era pura lujuria desatada, una hembra en celo rogando por ser tomada sin piedad.

Me acerqué a ella por detrás. La verga se me puso dura enseguida. Sus labios vaginales, enmarcados en un nido de vello oscuro y húmedo, chorreaban jugos espesos que le bajaban por los muslos internos, dejando un rastro brillante y pegajoso.

Le estuve dando por la concha durante unos segundos: embestidas lentas y profundas, sintiendo cómo su interior todavía palpitaba por el orgasmo anterior.

Entonces ella giró la cabeza y me miró con ojos vidriosos de lujuria.

—Por el culo, Abel… por el culo… no me hagas repetirlo.

Sin decir una palabra, saqué la verga de la concha y la apunté a su culo. Estaba muy dilatado, por lo que había pasado en el viaje. Cuando la metí, Irma chilló y sus tetas se aplastaron contra el escritorio.

—No hace falta que seas gentil —me dijo—. Podés darme con todo… lo voy a soportar.

La agarré de los pelos, le tiré la cabeza hacia atrás y empecé a bombear con fuerza. Le di todo lo que tenía. Embestidas brutales, profundas, sin pausa.

—¡Ay sí! Así es como quiero… así… bien duro… cogeme como a una puta, Abel… rompeme el culo… Dios, no puedo creer que haya dicho eso en voz alta…

—No te mortifiques, Irma… disfrutá…

—Sí, sí… tenés razón… llename el culo de semen, como lo hiciste en la camioneta. Fue la sensación más maravillosa que experimenté en mi vida.

Cuando no pude aguantar más, le clavé la verga hasta el fondo y exploté dentro de su culo. Chorros calientes y espesos la inundaron. Irma se mordió el antebrazo para no gritar cuando alcanzó el orgasmo. Luego colapsó sobre el escritorio, jadeante, mientras su culo seguía contrayéndose alrededor de mí y yo me retiraba lentamente. Un hilo de semen se escapó, goteando al suelo, y ella giró la cabeza con una sonrisa satisfecha, exhausta pero radiante.

—Gracias, Abel… vos sí que sabés cómo tratar a una mujer.

Esas palabras me conmovieron más de lo que esperaba. Mi ex nunca me las había dicho y, siendo sincero, probablemente tenía razón al no decírmelas. En los últimos meses aprendí mucho sobre sexo y sobre cómo satisfacer a mujeres en celo. Y todo eso se lo debía a Katia. Ella me dio el coraje necesario para encarar estas situaciones sin miedo.


***


Al día siguiente, a media mañana, Katia y yo teníamos programada una reunión con Irma. Queríamos saber qué había decidido Trudy sobre el préstamo. Los nervios nos comían vivos; nuestra continuidad en la empresa pendía de un hilo.

Entramos sin golpear. Encontramos a nuestra jefa sentada en su sillón ejecutivo, con la pollera floreada subida hasta la cintura, las piernas abiertas en V y tres dedos metidos dentro de su concha. Cuando nos vio se quedó petrificada, la mano congelada en pleno movimiento. La cara se le encendió hasta las orejas.

—Perdón… yo… no me di cuenta de la hora… —balbuceó, intentando bajar la pollera con la mano libre.

—No tenés que pedir perdón —le dije mientras cerraba la puerta con llave y daba dos vueltas—. Lo que pasó en el viaje no fue tu culpa. Y lo que estás haciendo ahora… tampoco.

Irma se tapó la cara con las manos húmedas. Olía a excitación desde donde estaba yo.

—Le fui infiel a mi marido… con un empleado de mi oficina. Varias veces. No sé cómo voy a mirarlo a los ojos cuando llegue a casa esta noche. Y, al mismo tiempo… nunca me sentí tan viva. Nunca había sentido ese fuego adentro, ese… hambre. No sé qué hacer conmigo misma.

—No te mortifiques tanto, Irma —tomé asiento frente a ella con mi taza de café en la mano. Me gustó ver cómo su concha peluda recibía sus dedos, cómo el vello negro se pegaba a la piel brillante de jugos—. Te va a costar asimilarlo al principio, pero pronto va a quedar todo en el pasado.

—¿Y si no quiero que quede en el pasado? —Se metió dos dedos más profundo, mirándome directo a los ojos mientras los sacaba y volvía a meterlos con un sonido húmedo—. ¿Y si quiero seguir sintiendo esto?

Esa no me la esperaba. Tomé un sorbo de café para ganar tiempo. Katia intervino antes de que yo pudiera articular algo coherente.

—Te noto nerviosa, Irma. ¿Pasó algo malo?

—Estaba masturbándome porque no podía más con la ansiedad. Trudy me prometió que me avisaría de su decisión a primera hora… y todavía no recibí nada. Para colmo, cada vez que cierro los ojos vuelvo a sentir… lo de la camioneta. Y me mojo otra vez. No puedo parar. Anoche no dormí nada.

—Quedate tranquila —dijo Katia—. Estoy segura de que va a aprobar el préstamo. De lo contrario, no se habría comportado como se comportó en el viaje. Tiene una reputación que cuidar.

—Pienso lo mismo —murmuré.

—Gracias, chicos. Son muy buenos conmi…

Katia rodeó el escritorio con gracia felina y se arrodilló frente a su jefa. Irma la miró como quien ve a un gato ajeno subirse al regazo sin permiso.

—Katia, ¿qué estás…?

—Te puedo ayudar a sacarte un poco ese peso de encima… si querés.

Irma dudó. Los ojos le brillaban, la respiración se le había acelerado tanto que los melones subían y bajaban bajo la blusa medio desabrochada.

—¿Qué querés decir?

—Te puedo chupar la concha. Acá. Ahora. Sin culpas, sin pensar en nadie más. Solo dejate llevar.

Irma cerró los ojos un segundo largo. Cuando los abrió, asintió apenas, casi imperceptible.

Katia no esperó más. Le bajó la bombacha con cuidado, la dejó caer al suelo y separó los muslos con las manos. Hundió la cara entre ellos sin preámbulo. Irma soltó un gemido largo, grave, se agarró de los apoyabrazos del sillón y echó la cabeza hacia atrás hasta que el respaldo crujió. Yo me quedé mirando, con la verga ya dura contra el cierre del pantalón.

Katia lamía con movimientos amplios al principio: recorría los labios mayores de abajo hacia arriba y los separaba con la lengua para exponer el interior rosado y brillante. Después se concentró en el clítoris: succiones cortas y rápidas alternadas con lamidas planas y lentas que hacían que Irma se arqueara y empujara la pelvis hacia adelante. Cada tanto Katia metía la lengua bien adentro, la sacaba empapada y volvía a frotar el clítoris con la punta. Irma empezó a jadear en serie, pequeños “ay… ay… ay…” que se le escapaban sin control.

Después de unos minutos Irma giró la cabeza hacia mí. Los ojos vidriosos, los labios entreabiertos, un hilo de saliva en la comisura.

—No puedo dejar de pensar en tu verga, Abel. No sé qué hiciste en mí… despertaste algo que llevaba dormido mucho tiempo. Juré que jamás tendría una aventura con uno de mis empleados… pero ahora mismo… solo quiero que me la metas… por el culo.

—Uy, Irma… —dijo Katia levantando la cara un segundo, los labios y la barbilla brillantes—. ¿Te gustó el sexo anal? Yo nunca lo hice, ni sé cómo se siente.

—Uff… me volvió loca. Me hizo sentir… puta. Sé que está mal… y creo que por eso me calentó tanto. El dolorcito al principio, después esa presión… y saber que nadie debería estar haciéndomelo… Dios, me mojo solo de acordarme.

—Si tenés ganas de portarte mal, puedo ayudarte —le aseguré.

Me puse de pie, rodeé el escritorio y saqué la verga del pantalón. Estaba tiesa, venosa, el glande ya brillante de líquido preseminal. Irma la miró como si fuera lo único que existía en el mundo en ese momento. Abrió la boca sin que se lo pidiera y se la metió hasta donde pudo. Chupó con ganas, sin delicadeza: la lengua plana contra la parte inferior, succiones fuertes que hundían las mejillas, la saliva empezando a gotear por la barbilla y caer sobre sus tetas que asomaban por la blusa abierta. No se entretuvo en caricias suaves; quería lubricarla rápido para lo que venía después.

Se puso de pie de golpe, se dio vuelta y apoyó las manos abiertas sobre el escritorio. Levantó la pollera hasta la cintura y separó un poco las piernas. El culo grande y pálido quedó expuesto, las nalgas temblando levemente. Katia se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos y empezó a lamerle el agujero con movimientos circulares largos y húmedos. Metía la punta de la lengua, la sacaba, volvía a meterla más profundo. Irma gemía con la frente apoyada en el escritorio, las tetas aplastadas contra la madera, los pezones duros rozando el frío.

—Dale, Abel… metémela —susurró Irma, la voz ronca—. No pares aunque me duela al principio. Quiero sentirlo todo.

Me acerqué, apoyé el glande contra ese anillo rosado y apretado que aún latía. Empujé despacio. Entró con resistencia; el músculo se contrajo instintivamente alrededor de la cabeza. Irma soltó un resoplido corto por la nariz, apretó los dientes y empujó hacia atrás para ayudarme. Sentí cómo el anillo se abría poco a poco, estirándose alrededor del tronco. El calor era intenso, seco al principio, aunque la saliva de Katia ayudaba. Centímetro a centímetro fui entrando. Cuando la mitad ya estaba adentro, Irma soltó un gemido largo y tembloroso.

—Más… toda… no pares…

Katia lamía alrededor de la base y su lengua me rozaba los huevos cada tanto mientras yo empujaba. Logré meterla casi completa. El culo de Irma me apretaba como un guante caliente y estrecho, palpitando con cada latido de su pulso. Empecé a moverme despacio: salidas cortas y entradas lentas para que se acostumbrara. Ella respiraba fuerte por la boca, los dedos clavados en el borde del escritorio.

—Más fuerte… por favor… —pidió.

Aumenté el ritmo. Las embestidas se volvieron más profundas, más rápidas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus nalgas se sacudían con un golpe sordo contra mis caderas. El sonido era obsceno: carne contra carne, el chapoteo húmedo de su concha que Katia seguía devorando desde abajo, los gemidos roncos de Irma que ya no intentaba contener.

—Uf… sí, Abel… sí… ya quisiera que mi marido viera cómo me hacen gozar por el culo… cómo me dan lo que él no sabe darme. Metémela toda… rompeme…

Esas palabras me pegaron como un puñetazo. Agarré sus caderas con más fuerza, los dedos hundiéndose en la carne suave, y empecé a bombear con todo. El escritorio crujía con cada embestida. Irma se arqueaba, empujaba hacia atrás para recibirme más profundo, el culo abriéndose cada vez más fácil alrededor de mi verga. Sentía cómo se contraía en espasmos, cómo el anillo me ordeñaba con cada salida. Katia metía dos dedos en la concha de Irma mientras lamía el clítoris, sincronizándose con mis movimientos.

Irma empezó a temblar. Un gemido largo y roto le salió del pecho. Su culo se apretó con fuerza alrededor de mí, espasmos rítmicos que me apretaban como si quisiera retenerme adentro para siempre. Acabó así, de pie, apoyada en el escritorio, la espalda arqueada, las tetas rebotando con cada contracción. Yo seguí bombeando y sentía cómo su interior me succionaba, cómo los jugos de su concha chorreaban por los muslos y caían al piso.

—Quiero… quiero ver cómo se la metés a ella… —susurró Irma, la voz tan baja que casi se perdía entre su respiración entrecortada—. Sé que está mal. Sé que es pecado. Aun así, no me deja dormir. Quiero verlo. Quiero verlo de cerca.

Katia levantó la cabeza, los labios y la barbilla todavía brillantes de los jugos de Irma. Se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró fijo.

—¿Estás segura?

Irma asintió y, inmediatamente después, negó con la cabeza, como si su propio cuerpo la contradijera.

—Sé que es una locura, pero… desde que vi a Katia chupándote la verga en el hotel… no puedo sacarme esa imagen de la cabeza. No sé cómo explicar lo que siento ahora. Es como una droga… no puedo detenerme. Sé que es una locura. No me hagan caso. No hagan nada de lo que les pido. Me estoy volviendo loca… no pienso con claridad.

Se tapó la boca con una mano, como si quisiera tragarse las palabras que acababa de decir. La otra mano seguía entre sus muslos, con los dedos en círculos lentos sobre el clítoris hinchado, traicionándola.

Katia se incorporó despacio, se apoyó con las palmas abiertas sobre el escritorio y abrió las piernas. Después, con las manos, se separó las nalgas, exponiendo la concha depilada y empapada que ya chorreaba por los muslos internos. Me miró directo a los ojos, con esa mezcla de picardía y desafío que siempre usaba cuando quería salirse con la suya.

—¿Vas a dejar a Irma con las ganas? ¿Después de todo lo que hizo por nosotros en el viaje?

No sé por qué lo hice. Sé que no fue solo por Irma. Creo que yo también me estaba volviendo loco. La verga me latía tan fuerte que dolía contra el pantalón. Me acerqué por detrás, me bajé el cierre del todo y la acomodé entre sus labios vaginales. La punta rozó esa humedad caliente y resbaladiza, y Katia empujó hacia atrás apenas, invitándome.

Irma rodó el sillón giratorio hasta quedar a menos de un metro. Se sentó con las piernas abiertas, la pollera hecha un bollo en la cintura, la bombacha tirada en el piso. Metió tres dedos de una vez en su concha y empezó a bombear despacio, los ojos clavados en nosotros.

Entré en Katia de un solo empujón profundo. Mi hermana soltó un gemido ronco, se agarró fuerte del borde del escritorio y arqueó la espalda. Sus paredes internas me envolvieron de inmediato, calientes, apretadas, succionándome hacia adentro como si no quisieran soltarme nunca. Empecé a moverme con embestidas lentas al principio, sintiendo cada centímetro de su concha deslizarse alrededor de mi verga.

Irma se masturbaba más rápido ahora. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo y rítmico, el clítoris hinchado y rojo asomando entre los pliegues cada vez que los separaba. Su otra mano se había subido a una teta; la apretaba con fuerza y pellizcaba el pezón hasta que se ponía más oscuro.

—Esto está mal… muy mal… —murmuró, la voz temblorosa—. Dios nos va a castigar por esto… un hermano y una hermana… delante de mí… ay, Señor, perdoname…

No paraba. Al contrario: metió un cuarto dedo, estirándose a sí misma, y soltó un gemido largo cuando los nudillos rozaron ese punto profundo. Sus caderas empezaron a moverse solas, empujando contra su propia mano como si cabalgara algo invisible.

Yo aceleré el ritmo. Las embestidas se volvieron más brutales, los choques de mis caderas contra el culo de Katia hacían que sus nalgas se sacudieran y se enrojecieran. Katia gemía sin filtro, empujando hacia atrás para recibirme más hondo. Sus tetas rebotaban contra el escritorio con cada impacto. El olor a sexo llenaba la oficina: sudor, jugos, el perfume barato de Irma mezclado con todo.

—Mirá cómo la penetra… —susurró Irma, los ojos vidriosos fijos en el punto donde mi verga desaparecía y reaparecía dentro de Katia—. Mirá cómo entra entera… hasta el fondo… Dios mío, es tan obsceno… tan sucio… no debería estar mirando esto… pero no puedo parar. No paren… no paren…

Sus dedos se movían frenéticos ahora, el pulgar frotando el clítoris en círculos rápidos mientras los otros tres bombeaban adentro y afuera. El sillón crujía bajo su peso con cada movimiento de cadera. Un hilo de jugos le corría por la muñeca y goteaba al piso.

—Perdoname, Señor… perdoname… —repetía entre gemidos—. Mirá cómo la coge… mirá cómo la llena… ay, no… no puedo… voy a…

Katia giró la cabeza para mirarme por encima del hombro, los ojos entrecerrados de placer.

—Dale más fuerte, Abel… que Irma lo vea todo…

Obedecí. Agarré sus caderas con las dos manos y empecé a bombear con fuerza, casi con rabia. Cada embestida hacía que Katia gritara bajito, que su concha se contrajera alrededor de mí en espasmos. Sentía cómo se acercaba, cómo sus paredes internas me apretaban más y más.

Irma acabó primero. Soltó un grito ahogado, tapándose la boca con la mano libre para no alertar a nadie en el pasillo. Su cuerpo se convulsionó en el sillón, las piernas temblando mientras los jugos le chorreaban por los dedos y salpicaban el tapizado. No dejó de masturbarse: siguió frotando el clítoris con movimientos desesperados y así prolongó el orgasmo hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Dios nos va a castigar… —susurró entre sollozos de placer—. Pero… seguí… no pares… quiero verte acabar adentro…

Eso me terminó de romper. Di tres embestidas más, profundas, brutales, y acabé dentro de Katia con un gruñido bajo. Chorros calientes y espesos salían a presión y la llenaban hasta que sentí que el exceso empezaba a filtrarse por los lados de mi verga y chorreaba por sus muslos. Katia acabó al mismo tiempo, su concha se contrajo en espasmos violentos, sacándome hasta la última gota.

Nos quedamos quietos un segundo eterno, los tres jadeando. Yo todavía dentro de Katia, ella apoyada en el escritorio con las piernas temblorosas, Irma desplomada en el sillón con la mano entre las piernas y la mirada perdida en el vacío.

Después se quedó quieta, con los ojos vidriosos, como si acabara de entender algo que no quería admitir.

El celular de Irma sonó sobre el escritorio. Lo miró con dedos temblorosos y una sonrisa lenta, casi incrédula, se dibujó en su rostro. Sus ojos se pusieron vidriosos.

—Es Trudy —dijo por fin, con la voz entrecortada—. Nos aprobaron el préstamo.

No supe qué decir. Tenía un nudo en la garganta. Al final todo ese delirante viaje valió la pena. Nuestra empresa se salvó —por muy poco— de ir a la quiebra. Katia y yo podríamos seguir conservando nuestros trabajos. La parte más sensata de mí suspiró, agradeciendo esta estabilidad económica.


***


Esa noche entré al cuarto de Katia sin golpear. La puerta estaba entreabierta, como siempre cuando ella estaba sola en casa. Ella doblaba una remera con movimientos mecánicos, casi robóticos, la mirada fija en la tela como si no quisiera levantar la vista y cruzarse con la mía.

—¿Qué hacés? —pregunté desde el umbral.

—Preparo las cosas —respondió sin mirarme—. No quiero seguir siendo una carga para vos. Si querés que me vaya, me voy. No pasa nada.

Me quedé quieto un segundo. La discusión de hace días me había quedado clavada como una astilla. Durante todo el viaje apenas le hablé, salvo para coordinar horarios o disimular frente a los demás. Ella lo dio todo: se expuso, se humilló, se dejó manosear por Trudy, se sentó encima de mí, se dejó penetrar “por accidente” una y otra vez, todo para que el préstamo saliera bien. Y yo… yo casi no la miré a los ojos.

Me imaginé la casa sin ella. Las tardes mudas, la cocina impecable, las sábanas siempre estiradas, el silencio que antes me tranquilizaba y ahora me parecía una cárcel. Katia había traído caos, ruido, olor a sexo y a sudor, ropa tirada por todos lados, gemidos a media noche. Y ese caos me había salvado de mí mismo.

No dije nada más. Cerré la puerta de una patada suave, crucé el cuarto en tres pasos y la agarré por la cintura desde atrás. La apreté contra mí con fuerza, mis dedos se hundieron en la carne suave de sus caderas. Ella se tensó un instante, pero no se resistió. La giré de un tirón y la besé como si quisiera comérmela viva: lengua profunda, choque de dientes, saliva mezclada. Katia soltó la remera que tenía en las manos y me devolvió el beso con la misma hambre, las uñas clavadas en mi nuca.

Le arranqué la remera por la cabeza de un solo movimiento. El corpiño de encaje negro quedó a la vista; se lo bajé de un tirón sin desabrocharlo, dejando que las tetas medianas y firmes saltaran libres. Los pezones ya estaban duros, oscuros, apuntando hacia mí. Le bajé los shorts y la bombacha de algodón gris de un solo gesto; la tela se enredó un segundo en sus tobillos antes de caer al piso. La empujé hacia la cama y ella cayó de espaldas, las piernas abiertas por instinto, la concha depilada y brillante de excitación expuesta bajo la luz tenue.

No hubo caricias suaves, no hubo besos en el cuello ni palabras bonitas. Solo urgencia pura.

La di vuelta de un empujón y la puse en cuatro. Katia se apoyó en los codos, el culo redondo y firme alzado hacia mí, las nalgas separadas apenas por la posición. Agarré un puñado de su pelo castaño con la mano izquierda, tiré hacia atrás lo justo para arquearle la espalda, y con la derecha guié mi verga —ya tiesa, venosa, el glande hinchado y brillante— hasta la entrada de su concha.

Empujé de una sola vez, sin avisar. Entré hasta el fondo en un solo movimiento brutal. Katia soltó un grito ronco que se quebró en el medio:

—¡¡AY!! ¡Ay… sí… sí… eso quiero! ¡Quiero pija, sí!

Sus paredes internas me envolvieron como un guante caliente y húmedo. Al principio estaba apretada, casi resistente, y se fue abriendo con cada embestida, lubricada por sus propios jugos que ya chorreaban por los muslos. Empecé a bombear sin control: salidas casi completas y entradas violentas que hacían que sus nalgas chocaran contra mis caderas con un sonido seco y rítmico. Cada golpe hacía que sus tetas se balancearan hacia adelante y hacia atrás, los pezones rozando las sábanas.

Katia empujaba hacia atrás con cada embestida, sincronizada conmigo y buscando que entrara más profundo. Sus gemidos se volvieron guturales, entrecortados:

—Más… más fuerte… rompeme… ¡dale, carajo, metémela toda!

Le solté el pelo y agarré sus caderas con las dos manos. Los dedos se me hundieron en la carne suave, dejando marcas rojas. Aumenté el ritmo hasta que el colchón empezó a crujir y la cabecera golpeaba contra la pared. Sentía cómo su concha se contraía alrededor de mi verga en espasmos involuntarios, cómo el clítoris hinchado rozaba contra mis huevos cada vez que llegaba hasta el fondo. La piel depilada de su pubis estaba empapada, y los jugos claros le corrían por el interior de los muslos, goteando sobre las sábanas.

En un momento cambié el ángulo: me incliné un poco hacia adelante, apoyé el pecho contra su espalda y metí una mano por debajo para frotarle el clítoris con dos dedos en círculos rápidos. Katia se tensó entera, soltó un grito ahogado y empezó a temblar.

—¡No pares… no pares…!

Su concha se contrajo con fuerza alrededor de mí, espasmos rítmicos que me ordeñaban. Sentí cómo acababa: un chorro caliente y transparente salió disparado entre mis dedos, salpicando mis muslos y el colchón. Ella se arqueó tanto que casi se cae hacia adelante, y la sostuve por las caderas y seguí bombeando sin piedad y prolongué su orgasmo hasta que los temblores se volvieron incontrolables.

Yo no aguanté mucho más. El placer me subió por la columna como una descarga eléctrica. Di tres embestidas más, profundas, brutales, y acabé dentro de ella con un gruñido bajo. Chorros espesos y calientes salieron a presión, llenándola hasta que sentí el exceso empezar a filtrarse por los lados de mi verga y chorrear por sus labios vaginales. Me moví despacio, vaciándome por completo, mientras su concha se contraía en pequeños espasmos post-orgásmicos.

Caímos los dos sobre el colchón, sudados y jadeantes, con mi verga todavía dentro de ella, palpitando con los últimos latidos. El olor a sexo crudo llenaba el cuarto: sudor, semen, jugos femeninos, el perfume dulce de Katia mezclado con todo.

La abracé por detrás, el pecho pegado a su espalda, la mano apoyada en su vientre.

—No te vas a ningún lado —le dije, todavía enterrado en ella—. Te quedás acá. Todo el tiempo que quieras.

Katia giró la cabeza lo justo para mirarme. Por primera vez en mucho tiempo no había picardía ni desafío en sus ojos. Solo alivio puro, casi ternura.

—Gracias —susurró.

Se pegó más a mí, su respiración calmándose contra mi cuello. La noche entraba por la ventana entreabierta, fresca y silenciosa, mientras nuestros cuerpos seguían unidos, calientes y pegajosos, como si nada más importara en el mundo.

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Comentarios

Nokomi ha dicho que…
Los que me apoyan en Patreon ya pueden leer hasta el capítulo 33 de "La Concha de mi Hermana" y ya estoy trabajando en el 34.
Mishell ha dicho que…
Muy buen capitulo

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