"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 7 de enero de 2015

Me niego a ser Lesbiana (5).

Capítulo 5




Me quería morir. Esta vez más que nunca. ¡No podía ser! ¿Cómo fui tan estúpida? Supongo que envié el video a la última persona que me escribió y como una estúpida creí que se trataba de Lara. Hubiera preferido que ese video le llegara a mi madre antes que a la Hermana Anabella. Ya estaba pensando de qué forma me mataría, pero primero debía pedir disculpas, aunque fuera un gesto inútil. Escribí apresurada pero intentando ser lo más clara posible:

~ ¡PERDON! ¡Le pido mil disculpas Hermana Anabella! Créame por favor. Fue un error, una equivocación. No estaba pensando claramente. Estaba completamente borracha y confundí el destinatario. Estoy siendo sincera. Quería enviar ese inmundo video a mi amiga, ahora me arrepiento por eso y me arrepiento el doble por habérselo enviado a usted. Sé que no hay forma de que me perdone, pero al menos quería que lo supiera. Fue una gran equivocación.

Releí el mensaje antes de enviarlo y corregí los errores, esta vez quería hacer las cosas bien, aunque me temblaran las manos. Quería llorar. Me odiaba a mí misma, todo esto echaba por el caño mi noche de lujuria, ahora me arrepentía enormemente de todo, me sentía sucia, de cuerpo y alma. Envié el mensaje y arrojé el celular sobre la cama. Corrí al baño a darme una ducha. Ni siquiera esperé a que el agua comience a salir tibia, me metí bajo la lluvia fría rogando que eso al menos me limpiara el exterior y parte del espíritu. Me sentía una idiota total. Le di un golpe a la pared y los nudillos me quedaron rojos y adoloridos. Quería gritar. Me arrodillé en el suelo y agarré mi cabeza estrujándome el cabello con los dedos. Me quedé en esa posición intentando apartar todo lo malo que había hecho.

El agua tibia hizo un milagro en mí. Logró serenarme mucho y de a poco fui pensando con más claridad. No podía decir que todo lo que hice en la noche fue producto del desenfreno. No, para nada. Había planeado todo, yo quería que cada una de esas cosas ocurriera, mi único error fue confundir el destinatario del mensaje. Porque si se lo hubiera enviado a Lara, como debía ser, no estaría arrepentida. De nada. Ni siquiera de haber tenido sexo con una desconocida, así que debía ver las cosas como eran, sólo debía sentirme mal por lo que le hice a Anabella, nada más. De lo contrario me volvería loca.

Envuelta en una toalla volví a mi cama, las sábanas eran una mugre. Estaban todas húmedas. Vi que había recibido un nuevo mensaje. Al principio no me animé a leerlo, pero tenía que ser fuerte y enfrentar mis problemas.

~ Ya me parecía. Pero eso no quita la mala acción. Tampoco creo que debas culpar al alcohol. Entiendo que me llegó a mí por un simple error al presionar botones, pero de todas formas tenías intenciones de enviar esas cosas. Yo no puedo perdonarte porque no soy quién para juzgarte. Si buscás perdón te sugiero que lo hagas mediante la confesión. Al menos puedo decirte, para que no te sientas tan mal, no estoy enojada con vos. Hagamos de cuenta que esto nunca ocurrió. Te espero esta tarde, así vamos a poder charlar más tranquilas.

El alma me volvió al cuerpo. Esta mujer era una santa, otra monja me hubiera mandado a la hoguera. Le aseguré que iría esa tarde a verla, aunque en realidad me muriera de la vergüenza. No dije nada sobre la confesión ya que últimamente no veía a la iglesia como una ayuda, aunque a veces mi temor a Dios me hiciera opinar diferente. No me animaría a contarle eso a un cura, jamás. Aunque él fuera los oídos del mismísimo Dios.  

Esa tarde fui en el auto hasta la Universidad. En realidad entré por la capilla manteniendo la cabeza gacha temerosa de la mirada acusadora de los santos, vírgenes y del mismo Jesucristo. Enfilé directo hacia los aposentos de Anabella ignorando a casi todos los que me crucé en el camino. Sólo saludé a Tatiana, pude verla a lo lejos entrando a un aula cargando un balde y un trapeador. Me dio un poco de lástima que la chica tuviera que hacer esos trabajos, más un día domingo. Pero ella parecía tomárselo con naturalidad y me saludó con una sonrisa. Al fin y al cabo era un trabajo digno y una forma de pago hacia la absurda cuota mensual de la Universidad. Ya había chequeado el monto y hasta a mí me pareció una locura total. No sabía cómo tanta gente podía costearla.

Anabella me recibió con una sonrisa. Iba enfundada en sus hábitos y volví a verla como si se tratase de una viejita caderona. Estuve a punto de arrodillarme ante a ella y suplicarle que me perdone por todo pero en ese momento me dijo:

- Ni se te ocurra empezar a disculparte otra vez, ya te dije que para mí es como si no hubiese pasado nada – asentí con la cabeza.

Ya instaladas, con mate de por medio, retomamos la charla desde el punto en que la habíamos dejado. No quería hablar sobre el incidente con el video y me alegraba que ella tampoco quisiera hacerlo.  

- Me ibas a contar por qué fue que decidiste ser monja a tan temprana edad.
- Ah sí. Primero te aclaro que muchas Hermanas comenzaron con su servicio al señor a edad muy temprana. Eso de que las monjas nacen viejas es un mito, aunque tengo mis sospechas sobre Francisca, la Madre Superiora. Creo que ella si nació tal cual está ahora – me reí por su comentario – lo cierto es que, como te dije antes, mi historia es muy triste y no quisiera amargarte el día.
- Mi día ya se amargó desde temprano, por mi culpa. Así que podés contarme con confianza.
- Está bien. En mi vida ocurrió algo muy feo hace diez años. Ahora me siento mucho mejor y puedo hablar del tema sin entristecerme demasiado. Lo acepté como algo que ocurrió y aprendí a vivir con ello, gracias a la ayuda del Señor – hizo una pausa para tomar el mate y arrojó la bomba – fui violada por un hombre cuando tenía 18 años. Fue algo muy feo e impactante. Me maltrató y me golpeó mucho. Quedé destruida física y emocionalmente. Para colmo provengo de un pueblito chiquito y todo el mundo sabía lo que me ocurrió, hasta sabían quién era el violador, pero nadie hizo nada. Absolutamente nada. Por miedo. El hombre era peligroso e iba armado casi siempre. Un tipo de campo, bien rudo y brabucón que se creía el dueño del mundo.
- Que triste – se me llenaron los ojos de lágrimas de sólo imaginarme la situación – yo pasé por algo parecido, ni de cerca es tan trágico como lo tuyo, pero también me sentí abusada y ultrajada por un chico que se aprovechó de mi ingenuidad.

Anabella me tomó de la mano, la suya era muy suave y tenía los dedos fríos como teta de monja. No es que yo le haya tocado una teta a una monja, sólo era un dicho popular. Si ya se… mi cerebro a veces salta para el lado equivocado, es como una defensa personal ante los momentos tristes.

- Te entiendo Lucrecia, puede que eso mismo repercuta hoy en día en tu vida y te lleve a actuar de forma inapropiada – asentí con la cabeza – pero eso no fue todo lo que me ocurrió. Dos meses después, mientras me reponía de mis heridas y temía salir a la calle, mi padre falleció en un accidente de auto, en la ruta.

Me quedé helada. Pobre chica, en dos meses se le había ido la vida al caño. Yo estaba  más triste que ella. No pude soportarlo, me puse de pie y la abracé fuerte. Mi maldito instinto lésbico reaccionó al instante, aunque yo no quisiera. Pude adivinar sus curvas bajo toda esa ropa, sus senos parecían grandes y firmes, ella se puso de pie para devolverme el abrazo.

- Gracias Lucrecia, no sabés cuánto bien me hace esto.

La pobre chica debía estar más sola que Hitler en Janucá. Froté su espalda con ambas manos, al no tener delimitación en la ropa cometí el error de bajar demasiado. Sentí una redonda nalga contra mi palma, para colmo estaba apretando con firmeza. Ella dio un respingo pero no me dijo nada, no sabía qué hacer. Decidí no moverme muy rápido y retirar la manos suavemente. Haría de cuenta que nada pasó, a menos que ella se quejara. La liberé de mis peligrosos brazos y volví a mi asiento. Ella hizo lo mismo, me miró con la misma sonrisa de siempre.

- Ni me puedo imaginar cómo habrás reaccionado con mi mensaje – decidí sacar el tema para zanjarlo de una vez.
- La verdad es que al principio no entendí nada. La imagen se movía para todos lados y se escuchaban ruidos raros, pero de pronto supe que era… bueno. Vi de qué se trataba.
- ¿Y qué hiciste? – estaba muy nerviosa.
- Detuve el video y lo borré de inmediato. Tengo que admitir que me enojé y ofendí mucho. Pero luego lo pensé con más claridad. Lo más lógico era suponer que te habías confundido.
- Y así fue… creeme. Era para mi amiga.
- ¿Esa amiga con la que pasaron cosas? No entiendo cómo es que llegaste a tanto Lucrecia.
- Si, esa misma amiga. Yo tampoco lo entiendo, pero fue una serie de procesos que no pude controlar, por eso quería hablar con vos la última vez, quería saber cómo hacés para controlarte. Aunque ahora ya es muy tarde para eso.
- ¿Cómo hago para controlar qué? – o era tan ingenua como yo solía serlo o me estaba probando.
- Cómo hacés para… - tragué saliva – para no masturbarte – me miró con los ojos abiertos al máximo. Noté que eran de un color extraño, como ámbar – no me malinterpretes, pero sé que ustedes tienen que mantener la abstinencia sexual y no creo que lo hagan sólo por milagro del cielo, debe haber un método.
- De hecho lo hay. Es rezar mucho y servir a Dios.
- No te ofendas Anabella, pero yo hice eso mismo y sin embargo ahora no puedo parar de… - me quedé muda – bueno, ya sabés – noté que la estaba poniendo muy incómoda, ya ni cebaba mates.
- Este es un tema muy delicado, no sé si estoy preparada para hablar de esto.
- Es que sos la única con la que puedo hablarlo, a no ser que quieras que le pregunte a Sor Francisca si se masturba o no. Ahí si la termino de matar a la pobre viejita – no pudo evitar reírse, aunque se cubrió la boca.
- Mejor te mantenemos alejada de ella – suspiró – ¡Ay Lucrecia! – me miró como si yo fuera la mismísima Lucrecia Borgia – me llevás por un terreno sumamente difícil. Pero es mi deber responder con la verdad. Sólo quiero que prometas que no vas a hablar de esto con nadie – se lo prometí de corazón – lo cierto es que yo sigo siendo mujer, por más hábitos que me ponga. No te voy a mentir, a veces es sumamente difícil resistir a la tentación, pero por lo general suelo mantenerme fuerte. De verdad que rezar me ayuda mucho. Puedo pasar meses sin siquiera pensar en el tema, pero a veces el cuerpo se acuerda que también fui hecha con órganos sexuales – intenté imaginar cómo sería su vagina, pero esto era muy sucio, decidí evitar pensar en eso, volvió a tomarme de las manos – a veces caigo en la tentación y lo hago.
- ¿Lo hacés hasta terminar o te da culpa? – el corazón me latía muy rápido, no podía aparar la mirada de sus ojitos.
- Si empiezo lo hago hasta el final, porque sé que si me detengo es peor, luego las ganas vuelven más rápido. Al menos al quedar… satisfecha ya puedo olvidarme del tema por varios días. Aunque la culpa está latente – la imaginé tendida en su cama, vistiendo los hábitos y hundiendo la mano en su entrepierna, noté que me estaba mojando – cuando eso ocurre me confieso.
- ¿Le contás al cura que te masturbaste? – ella apretó mi mano al escuchar esa palabra prohibida. Me refiero a “masturbarse” porque a los curas sólo los evitaba yo.
- No con esas palabras. Sólo le digo que caí en la tentación, supongo que él sabe a qué me refiero. Debe saberlo porque la Penitencia suele ser severa. Aunque la cumplo al pie de la letra.
- Yo también sentía mucha culpa al hacerlo, pero anoche no lo sentí así. Me dije a mi misma que algo tan bonito y placentero no podía ser pecado. Nadie sale lastimado y hasta me siento mejor física y anímicamente.
- No digo que sea pecado hacerlo, siempre y cuando se lo haga con moderación… y no a tu ritmo actual – palazo en la nuca para la pobre Lucrecia – pero yo tengo un voto de castidad que debo cumplir.
- Claro, eso lo entiendo perfectamente. Pero yo veo por “castidad” el no tener relaciones sexuales con otras personas. Al menos debería permitirse la autosatisfacción.
- La autosatisfacción – esa palabra le gustó más – también es un acto sexual. Es tener sexo con uno mismo.

Pasé mi mano libre por mi entrepierna. Me estaba calentando. Por suerte ella no podía verme, la mesa me cubría. El pantalón blanco que tenía puesto era de tela liviana, por lo que mis toqueteos se sentían perfectamente.

- Y cuando lo hacés… ¿cómo lo hacés?
- Esa pregunta es un poquito personal Lucrecia ¿no te parece?
- Si, perdón. Tenés razón – que estúpida que fui – podés decirme Lucre.
- No, prefiero llamar a la gente por su nombre completo. Eso quiere decir que no me gusta que me digan Ana – asentí – Supongo que lo hago como lo hace cualquier otra mujer – respondió a mi pregunta de todos modos – esas cosas se hacen por instinto, no es que alguien tiene que venir a explicarte.
- De hecho se puede aprender más, cuando yo estuve con una amiga… ella me enseñó a tocar de forma más delicada y midiendo mejor los tiempos. La idea es esperar a estar bien lubricada para no hacerse daño y estimular la zona del clítoris – eso mismo estaba haciendo debajo de la mesa – no recurrir tanto a la introducción de dedos, al menos no al principio – Anabella estaba pálida como la luz de Cristo.
- Gracias por los consejos Lucrecia. Pero ¿te puedo pedir un favor?
- El que quieras.
- Poné las dos manos sobre la mesa, me estás poniendo un poco incómoda.

Ok, ya está. ¿Cuál era la forma más rápida y dolorosa de matarse? No podía ser que siempre me meta en estos quilombos. Tenía que terminar con mi miseria, pero ya. Lo peor es que no se me ocurría nada, ni siquiera arrojándome por la ventana me mataría, sólo haría enojar más a Anabella por romper sus bonitos cristales. Puse la mano del pecado suavemente sobre la mesa y me sonrojé al máximo. Bajé la mirada y quise soltar su mano, pero ella no me lo permitió.

- No llores – me dijo con su dulce vocecita. ¿Esta chica jamás se enojaba? Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.
- Perdón, soy una completa estúpida – limpié mis lágrimas con una servilleta.
- No sos estúpida. Al contrario, sos muy inteligente. Desde que empecé a hablar con vos me di cuenta de que a veces decís grandes verdades, por más que te equivoques, como todo el mundo.
- Pero… pero cómo me voy a poner así justamente frente a vos. No pienses que me excito con vos, es que… la conversación… y las cosas que hice… me acordé de todo… - intenté quedarme callada para no decir más estupideces.
- Ya, ya. Ya pasó – me dio unos golpecitos suaves en la mano – entiendo que es por la conversación, a mí me pasa lo mismo – la miré sorprendida – si Lucrecia, no te puedo negar que tocar estos temas tiene repercusiones en mi cuerpo, pero yo sé disimularlas, vos podrías aprender a hacer lo mismo.
- Para vos es más fácil, estás vestida con cuarenta kilos de ropa.
- De hecho no es tanta, estos días de calor sólo uso el hábito y ropa interior. Pero no se lo digas a nadie – me guiñó un ojo, no sabía que las monjas supieran hacer eso.

Basta Lucrecia, dejá de imaginar a la monjita en calzones. Ella te está hablando de buena fe, no para que te pongas cachonda.

- Ah, pensé que debían usar alguna ropa especial debajo de eso.
- Por lo general usamos nuestra ropa normal debajo, pero hoy hacía demasiado calor y me gusta llevar mis hábitos. Me siento protegida con ellos.
- Claro, ¿quién se va a meter con una monjita tan astuta como vos? – me sonrió – Dejame decirte una cosa, como amiga. No deberías sentirte tan culpable por… por masturbarte – lo dije susurrando en complicidad – no creo que Dios se ofenda por eso, no estás haciendo mal a nadie.
- Agradezco tus palabras pero prefiero mantener mis votos. Al menos mantenerlos lo mejor que pueda. La confesión limpia todos los pecados pero tampoco quiero abusar de la bondad del Señor.

Miré la hora y vi que ya eran las 6:20 de la tarde. Sabía muy bien que a las 7 comenzaba otra misa y seguramente Anabella tendría cosas que hacer. Me despedí de ella amablemente y le prometí visitarla pronto. Me despidió con un cálido beso en la mejilla.

Caminé por los pasillos de la escuela y crucé hacia la Universidad, no estaba pensando muy claramente, no podía quitarme de la cabeza lo hablado con Anabella. En ese momento vi a alguien que no esperaba en absoluto. Parada frente a mí, con una amplia sonrisa, estaba Lara.

- ¡Al fin te encuentro che! – me dijo.
- Lara ¿Qué hacés acá? – tuve que repasar mentalmente los días, tal vez mi cerebro había colapsado y ya era lunes.
- Te estaba buscando.
- ¿Y cómo sabías que estaba acá?
- Me lo dijo Tatiana, que te vio entrando. ¿A qué viniste?
- A conversar con una monjita amiga – me miró como si yo fuera de otro planeta, de uno en el cual la gente sobrevivía a base de ostias y vino tinto - ¿no puedo tener una amiga que sea monja?
- ¿Eh? Sí, sí. Claro que sí. Perdón, hasta yo debo haber hablado con algún rabino… alguna vez – se quedó en silencio unos segundos - es que estoy nerviosa, necesito hablar con vos de algo muy importante – de pronto recordé por qué estaba esquivando a Lara.
- Te escucho – miró para todos lados y cuando vio que estábamos completamente solas habló.
- Es sobre lo que pasó la otra noche. Estuve pensando mucho al respecto. Mucho en serio. No creas que me tomé a la ligera lo que pasó y todo lo que me dijiste. Y decidí una cosa.
- ¿Qué decidiste? – pregunté temerosa.
- Que quiero probar. Quiero saber qué se siente, porque al igual que a vos, creo que me está gustando todo esto de… de las mujeres.
- ¿De verdad lo decís? – abrí grande los ojos, yo aún estaba mojada por los toqueteos en el cuarto de Anabella.
- Sí, de verdad. No creo que haga falta decirte que quiero probar con vos, no lo haría con otra – me conmovió tanto que la abracé.
- Solamente decime dónde y cuándo – estaba feliz.
- Acá y ahora.
- ¿Qué, estás loca?
- No más loca que vos. Seguime.

Caminamos a paso ligero hasta lo que yo sabía eran los baños. Entramos al de mujeres, estaba completamente vació. Agradecí que fuera domingo. Tomé a Lara por la cintura y la besé en la boca, ella respondió sin problemas, nuestros labios se masajearon mutuamente. Me encantaba besar mujeres, ya no podía negarlo.

- Vamos – dijo Lara señalando uno de los cubículos del baño – no quiero perder tiempo, no quiero otra interrupción.

Me recordó a mi actitud la noche anterior con esa chica desconocida. Estaba sumamente ansiosa porque esta vez no había alcohol de por medio. Intenté no pensar más de la cuenta. Mi amiga me empujó dentro, ella estaba más impaciente que yo, me dio un poco de gracia verla así. Quedé de espaldas a Lara y me tomó por sorpresa, ni bien cerró la puerta del cubículo se agachó y me bajó los pantalones, junto con la bombacha, hasta las rodillas. Casi al instante sentí su cara entre mis nalgas desnudas, no pensé que todo ocurriría tan rápido, debido a que ya estaba muy excitada, todos esos actos impulsivos me pusieron como loca. Me apoyé de manos contra la pared separando las piernas tanto como pude e intentando dejar el inodoro entre ellas.

Lara no perdió ni un segundo, su boca abarcó la mitad de mi vagina y la chupó, luego le pasó la lengua saboreando mis jugos. Mi almejita debía estar muy cargada de aromas sexuales, me encendía el pensar que Lara los estaba disfrutando, aunque no pudiera ver su rostro. Paré más la colita y la chica se prendió a mi vulva con la misma intensidad con la cual yo lo había hecho con la suya, o con la de la chica desconocida en el boliche. Ahora Lara actuaba con firmeza y seguridad. Me agarró de las nalgas con ambas manos y sentí unos intensos chupones en el centro de mi vagina.

Pasado un rato se las ingenió para meterme dos dedos sin dejar de lamerme, no pude evitar gemir de gusto. Todo esto era demasiado bueno. Sus dedos danzaban en mi interior buscando cada punto sensible. De pronto recordé lo que la chica del bar había hecho, me mordí el labio inferior, me di cuenta que tenía ganas de probar eso una vez más.

- Meteme… - no me animaba a pedírselo – meteme los dedos en la cola – si con eso no la espantaba, no lo haría más.
- ¿Estás segura?
- Sí, segura.

Tuvo la gentileza de humedecer mi ano usando mis propios flujos vaginales y pocos segundos después sentí ese rico ardor en mi agujerito trasero. Lo fue metiendo de a poquito, dándole tiempo a mi colita a acostumbrarse, en todo ese rato no dejó de lamerme, pudo ponerse debajo de mi vagina, allí encontró mi clítoris. Lara tenía talento. Me estaba haciendo gozar como nunca.

Cada vez que hundía su índice en mi ano me hacía suspirar, aunque me doliera y ardiera, me producía mucho morbo, me sorprendía que me agradara tanto. Nunca había siquiera fantaseado con esto, pero lo estaba disfrutando, aunque podía soportarlo sólo por un tiempo. Di media vuelta obligándola a quitar el dedo, pero estaba lejos de quedar satisfecha. Le sonreí, se veía tan linda de rodillas ante mí. Me quité el pantalón y me senté sobre el inodoro abriendo las piernas.

Separó un poco mis labios vaginales al pasar su lengua entre ellos, apreté su cabeza hacia abajo y me dejé llevar por el placer. ¡Mi mejor amiga me la estaba chupando! Todavía no podía creerlo. Mi respiración se estaba agitando, cada vez me costaba más reprimir mis gemidos. En ese preciso momento escuchamos ruidos dentro del baño, parecían dos chicas que venían conversando, posiblemente venían a la misa de las 19 horas. Me espanté. Una de ellas intentó abrir la puerta del cubículo, por suerte Lara había colocado la traba.

- ¡Ocupado! – Grité – Ahhhhhhhhhhh – Lara me estaba chupando el clítoris intensamente.
- ¡Uy, perdón! – Dijo una chica con una voz suave, volví a gemir, mi amiga no dejaba mi vagina en paz - ¿Estás bien?
- Vamos Sami – dijo una segunda voz femenina.

Estaba tan excitada que no podía parar de gemir, me di cuenta que me producía mucho morbo el que me escucharan, además no me conocían y no podían verme. El cubículo del baño no era de esos que dejan ver los pies, este cubría todo por completo.

- Vamos te digo – insistió la segunda voz.
- Pero algo le pasa a la chica. ¿Flaca, estás bien?
- Estoy excelenteeeeee, ahhhh – di una suave patada a una de las paredes mientras mi amiga me metía la lengua, todo esto me causaba mucha gracia, la calentura me desinhibía. Se ve que a Lara le pasaba lo mismo porque también gemía, aunque tuviera la boca ocupada.
- Vamos Sami, ¿no te das cuenta? Dejémoslas solas – insistió la segunda chica.
- ¿Solas?
- Son dos lesbianas boluda – intentaba hablar en voz baja pero podía escucharlas perfectamente.
- ¡Soy bisexual! – gritar eso fue un alivio, fue mi primera aceptación real de mis preferencias sexuales. De hoy en más me consideraría bisexual.
- ¿Dos chicas? – la primer chica parecía confundida, se quedó en silencio unos segundos - ¿Cómo te llamas flaca? – me extrañó que me preguntara eso, tal vez quería acusarme con la Madre Superiora. No le diría mi nombre.
- Eso no te va a importar mientras te la esté chupando hermosa – Lara se rio por mi atrevida contestación, ni yo lo podía creer.
- Vamos Sami, o te dejo acá.
- Esperá – dijo Sami.
- ¿Qué hacés, dale vamos? Apurate.

Mi calentura era brutal, ya gemía sin limitarme, tuve un orgasmo que me nubló aún más el buen juicio.

- ¡Ay si, chupamela toda divina! Comemela.

No lo decía sólo para Lara, quería que las otras chicas también escucharan. Jamás me había atrevido a decir semejantes cosas pero el mantenerme anónima me lo dejaba mucho más fácil. Escuché a las chicas saliendo del baño y empecé a reírme.

- ¿Vos estás loca? – me dijo Lara poniéndose de pie.
- ¿Me vas a decir que a no te gustó?
- Me encantó, me calenté muchísimo. ¡Mal!

En eso miramos al piso y vimos una tarjetita blanca que antes no estaba allí. Al parecer una de las chicas la había deslizado por debajo de la puerta. Lara la recogió y me la alcanzó:

- Al parecer tenés una nueva admiradora.

Escrito con tinta roja en la tarjeta podía leerse: “Llamame” a esto le seguía un número de teléfono, estaba firmada por Samantha. Me dio otro ataque de risita nerviosa. No pensaba llamarla pero igual conservé la tarjeta, para recordar el buen momento. Vi que Lara se estaba desprendiendo el botón del pantalón, estaba decida a seguir, me encantó que estuviera tan segura, yo también lo estaba. Ya no podía negar que me gustaban las mujeres. Al menos para tener sexo. Disfrutaría de esto hasta que llegara el hombre de mi vida y tal vez ahí ya no me haría falta acostarme con mujeres.

- No, esperá – le dije – vamos a hacerlo bien, como se debe. ¿Estás lista para llevar esta amistad a un nivel superior? – una amplia sonrisa se dibujó con sus preciosos labios.
- Si, lista y ansiosa.

Salimos de la Universidad tomadas de la mano, casi corriendo. Subimos a mi auto. Conduje directamente hasta mi casa mientras íbamos charlando.

- Amiga, perdoname por actuar tan rara, es que tenía muchas dudas – me dijo.
- No te preocupes Lara, de hecho te decidiste mucho más rápido que yo. Tuve las mismas dudas. Sé lo difícil que puede ser y te digo que todavía tengo mis miedos, pero al menos estoy mucho más tranquila.

Llegamos a mi casa y saludamos a mi mamá. Al vernos pasó de largo con su acostumbrada cara de perro rabioso y apenas si gruñó para saludarnos. Se ve que ya se había olvidado del favor que Lara le hizo al conseguirle su bendito salón de fiestas.

- No te preocupes Lara, es común que esté de mal humor. No te lo tomes en serio.
- Todo bien, no pasa nada – en ese momento pasamos frente al cuarto de mi hermana, ella estaba cambiando las sábanas de su cama, Lara se detuvo en seco al verla – Abigail – dijo en voz baja.
- Ah sí, mi hermanita – mi amiga tenía la vista clavada en ella - ¡Hey no la mires tanto!
- ¿Celosa? – Preguntó sin dejar de mirarla – es muy linda.
- No estoy celosa – mentí – sí, es muy bonita – tuve que tirar del brazo de Lara para que me siguiera – pero vos viniste conmigo - entramos a mi cuarto riéndonos - ¿Cuándo te dije el nombre de mi hermana?
- Me lo dijiste una vez, es un nombre raro pero fácil de recordad. ¿Por qué preguntás?
- Es que yo no hablo mucho de ella.
- ¿No se llevan bien?
- Nos llevamos poco, o sea, nunca peleamos ni nada, pero ella está un poco… loquita. Es una chica bastante rara.
- ¿Rara como lesbiana?
- ¡No tarada! Abigail está loca en serio, va al psicólogo y todo.
- No hace falta estar loca para ir a un psicólogo.
- Si ya sé. Yo también fui a uno.
- Pero vos sí estás loca Lucre.
- ¡Te voy a matar! – la agarré de los pelos y nos tiramos sobre la cama, estaba tan linda que la besé en la boca – yo podré estar un poquito loca, pero ella está loca en serio. Me refiero a una locura clínica.
- ¿Es peligrosa?
- No para nada, de hecho es súper simpática y divertida. Pero puede tener ideas muy extrañas. Una vez llegó con el pelo teñido de fucsia. Decía que quería ser un muñequito Troll – las dos nos reímos.
- Son lindos esos muñequitos.
- Yo los odio, pero Abi los ama. Mi mamá se enojó mucho cuando le vio el pelo así, la hizo teñir otra vez con su color natural.
- Pobrecita. ¿Era muy chica?
- Me dio mucha pena. Ella lloró mucho. No era más chica de lo que es ahora, esto pasó el mes pasado. Mi mamá es muy estricta, más cuando se trata de nuestra apariencia, yo siempre quise tener el pelo negro pero ella no me deja.
- Pero vos ya sos grandecita – me dio otro besito – te quedaría hermoso el pelo negro. No tanto como a mí, obvio – dijo en tono burlón – pero sí te quedaría muy bien.
- Vos sos la más hermosa Lara – de verdad me gustaba esta chica, volví a besarla – sacate toda la ropa.
- Si señorita.

Nos desnudamos por completo, ya no había pudor entre nosotras. Le hice señas para que me acompañara al baño. Abrí la ducha y en cuanto el agua salió tibia, nos metimos debajo. Acaricié su cuerpo mojado, tenía una figura admirable y la piel sumamente suave. Todo cuanto deseaba era sentir su cuerpo contra el mío. La abracé, nuestros pechos se acariciaron mutuamente, mi pierna izquierda se deslizó entre las suyas y nos fundimos en un romántico beso, como ella es algo más baja que yo se vio obligada a inclinar la cabeza hacia atrás. Mi corazón daba martillazos pausados pero enérgicos. Sus labios mojados por el agua estaban más suaves y delicados que nunca. Pasé mis manos por sus redondas nalgas y busqué su vagina. La acaricié con suavidad, podía sentir cómo el agua de la ducha lavaba sus fluidos.

- Que bien besás Lucre – me dijo en voz baja cuando separamos nuestras bocas. Era la segunda mujer que me decía eso y me sentí muy bien, aunque tampoco permitiría que mi ego se disparara hacia las nubes.
- Y vos la… la chupás muy pero muy bien – era totalmente cierto – me encantó como lo hiciste.
- ¿Me harías lo mismo? – las dos sonreímos.
- Obvio. Me muero de ganas.

Bajamos lentamente hasta el piso, ella se acostó boca arriba dejando que la tibieza del agua salpicara por todo su hermoso cuerpito. Pasé mi lengua por su boca y fui lamiéndola por todos lados, seguí por el cuello y cuando llegué a sus tetas me detuve allí. Jugué con los pezones dentro de mi boca, dibujé círculos alrededor de ellos con la punta de mi lengua y los chupé mientras apretaba sus senos hasta deformarlos todos.

En su vientre también me quedé un buen rato, era suave y plano, parecía una planicie que se conectaba a lo lejos con un monte, el llamado monte de venus y hacia allí viajaba yo. Cuando llegué a él, lo besé. Separé sus piernas lentamente sin dejar de lamerle la cara interna de los muslos y cuando tuve el acceso libre fui directamente a su clítoris, quise tomarla por sorpresa, dejé mi delicadeza de lado y empecé a chupárselo intensamente. Ella soltó un fuerte gemido y arqueó la espalda, apreté sus tetas y succioné tanto como pude. Lara se retorcía de placer.

- ¡Te quiero Lucre! ¡Te quiero! – me dijo entre jadeos.

Me conmovió muchísimo, pero no dejé de comerle la vagina. La lamí por todos los rincones y chupé sus delgados labios estirándolos hasta donde se pudo. Aumenté la intensidad de mis chupadas para demostrarle cuánto me gustó lo que dijo. Vi el agujerito de su culito y no aguanté la tentación, quería probarlo. Comencé a lamerlo y pude escuchar su risa.

- Ay, me hacés cosquillas – se sacudió sin dejar de reírse – Ay no, pará.
- ¿Te molesta?
- No sé. Se siente raro.
- ¿Te molestó que te haya pedido que me metieras los dedos por atrás?
- No, para nada. Si a vos te gusta no tengo drama. Haría cualquier cosa que te guste – me lancé sobre ella y la besé locamente.
- Te quiero nena – le dije mirándola a los ojos - ¿De verdad harías algo así sólo porque a mí me gusta?
- Obvio. ¿Querés que te haga algo?
- Quiero que me lo chupes – de verdad me moría de curiosidad, quería sentir su lengua ahí atrás.
- Ponete arriba mío.

Así lo hice, me puse en cuclillas dejando mi cola sobre su cara, parecía una rana. Cerré los ojos y disfruté del agua cayendo sobre mi rostro y todo mi cuerpo. Me sobé los pechos y sentí un cosquilleo en la colita, era su lengua. Me estaba lamiendo. No dudaba en sus movimientos. Lo hacía como si se tratase de mi vagina. Me encantaba. Esto era perverso y sucio, hasta me avergonzaba estar mostrando a otra persona mis más bajos instintos sexuales, pero como se trataba de Lara no me importaba que ella supiera cuáles eran mis placeres, con ella me sentía cómoda. Comenzó a chuparme con fuerza, tuve que empezar a masturbarme, estaba tremendamente excitada. Sentí uno de sus dedos y me levanté un poco. Me lo metió provocándome ese dulce dolor anal. Me incliné u poco hacia adelante para que ella pudiera chuparme la vagina. Se prendió a mi clítoris sin dejar de penetrarme por atrás con su dedo mayor. Levanté sus piernas y me zambullí en su almejita. Quedamos chupándonos mutuamente. Luego de un rato pasé mi dedo índice sobre su asterisco, acariciándolo suavemente.

- ¿Puedo? – pregunté.
- Sí, dale.

Introduje la primera falange, estaba muy apretadito. Era como ponerme un anillo que me quedaba chico. Lo saqué y volví a entrar, repetí esa acción tres o cuatro veces hasta que logré meter el dedo completo. En ningún momento dejé de comerle el clítoris. De pronto ella movió el dedo en mi ano como si estuviera rascándome por dentro, tuve que soltar su botoncito para gemir, me encantó y le mostré lo lindo que se sentía moviendo mi dedo de la misma forma dentro de su culito. Juntas estábamos experimentando y descubriendo los placeres del sexo lésbico. Seguimos con lo mismo durante algunos minutos hasta que llegamos al orgasmo al unísono. Me sorprendió nuestra coordinación, pero eso hizo todo increíblemente placentero. Nos retorcimos de gusto y nos chupamos las vaginas. Cuando nos calmamos un poco me senté sobre su vientre.

No dijimos nada, sólo nos miramos con una gran sonrisa en los labios. Tomé el envase de champú y puse un poco en mis manos. Comencé a lavar su cabello llenándolo de espuma. Ella hizo lo mismo con el mío, nos movíamos un poco ya que nuestros sexos se estaban tocando y eso nos producía mucho placer.

- Esta es mi primera vez – dijo Lara mirándome a los ojos.
- ¿Y te está gustando? – lo dije de esa forma porque aún no habíamos terminado.
- Si, muchísimo. Ni soñando creí que sería así de buena. Te quiero pedir algo.
- Pedime lo que quieras.
- Quiero que me desvirgues. Quiero que esta sea mi primera vez en todo sentido.

Estuve a punto de negarme pero luego entendí su punto, si yo aún tuviera mi himen intacto me gustaría que se rompiera en este mismo momento.

- Yo sentí que mi primera vez fue cuando lo hicimos en tu casa – le aseguré.
- Lo que pasó en mi casa quedó incompleto. También me encantó, pero ahora estamos teniendo relaciones de verdad. Hasta el final.

Nos enjuagamos bien las cabezas y me tendí sobre ella para besarla. Llevé mi mano hasta su vagina deslizándola por todo su vientre. Puse dos dedos en la entrada de su cuevita virginal y la miré a los ojos.

- ¿Estás lista hermosa?
- Muy lista. Te quiero mucho – era un amor.
- Yo también te quiero mucho Larita.

Volví a besarla, el corazón casi me estalla por la ansiedad y la intensidad del momento. Presioné con dos dedos a la vez hacia adentro y sentí la presión de su himen resistiéndose, pero yo insistí y logré la penetración completa. Ella emitió un suave quejido que se perdió en mi boca. Me besó más fuerte y yo seguí con mi tarea de masturbarla, pero esta vez lo hacía por dentro. Ella también me penetró vaginalmente y comenzamos nuestro round final de sexo y amor lésbico bajo el cálido manto de lluvia. Le ofrecí una de mis tetas y ella la devoró completa. Nuestros dedos entraban y salían cada vez más rápido y el baño se llenó con nuestros gemidos. Luego me comí sus pechos blancos como la leche y continué haciéndolo hasta que sentí que estaba llegando al orgasmo. Apuré mi penetración y supe que Lara también estaba cerca de acabar, ella me tocó con más suavidad intentando que acabáramos al mismo tiempo y casi lo logramos. Nuestros orgasmos iniciaron con pocos segundos de diferencia, el de ella fue más extenso, supuse que tuvo dos juntos. Me dolía el vientre de tantos espasmos pero estaba más feliz que nunca.

Nos llevó un rato recomponernos pero cuando salimos del baño envueltas en toallas ya estábamos muy bien, aunque algo más alteradas que de costumbre. Nos secamos mutuamente las espaldas y fuimos vistiéndonos. Esta vez le presté algo de mi ropa, en realidad se la regalé. Le di un pantaloncito tipo capri de jean y me sorprendió lo ajustado que le quedaba, pensé que al ser más bajita le quedaría más suelto.

- Que culito que tenés mamita – le dije apretándole una nalga. Con eso ya aceptaba totalmente que mirarles el culo a las mujeres me calentaba.
- Y es todo para vos – me contestó dándome un piquito.

Sabía que pronto debería marcharse pero igual nos sentamos un ratito a charlar.

- Te digo una cosa – me dijo en complicidad – yo sabía que nosotras dos íbamos a terminar haciendo esto.
- ¿Sabías que íbamos a tener sexo? Yo no me lo imaginé nunca.
- Si, lo sabía. Estaba segura, mi instinto me lo decía, casi desde el día en que te conocí. Por eso no me enojé cuando me la chupaste esa noche.
- La noche en que te desperté.
- No, la noche anterior. La primera vez – me quedé perpleja, boquiabierta, anonadada. Como Lara vio que yo no iba a reaccionar de aquí a mil años, continuó hablando – me pareció un poco loco que te animaras, pero la verdad me gustó mucho.
- ¿O sea que estuviste despierta todo el tiempo?
- Casi todo. No tengo el sueño tan profundo como pensás.
- Pero si ni te movías… casi ni respirabas… yo pensé que…
- Me costó mucho quedarme tan tranquila, pero quería ver hasta dónde ibas a llegar. La que tiene sueño profundo sos vos.
- ¿Yo, por qué? – cada vez entendía menos.
- Porque después yo te hice lo mismo y ni te enteraste.
- ¿!QUE!?
- Si, te pasé la lengua por ahí. Dormías como una morsa, como decís vos.

No podía creerlo, en un segundo pasé de ser la violadora a  ser la violada. No sabía cómo reaccionar, estaba tildada. Mi cerebro hizo cortocircuito y comencé a reírme como loca.

- Que hija de puta – creo que fue la primera vez en mi vida que dije eso -  y yo sintiéndome mal todo ese tiempo. ¡Te voy a matar!
- No te dije nada porque soy un poquito cruel, te quería ver sufriendo, pero un ratito nomás – acto seguido me dio un rico beso.
- ¿Y la segunda noche?
- Esa noche estaba despierta desde el principio, me levanté porque casi me hacés acabar. Ya no pude disimular más.
- No hay quién se resista a mi boquita – le dije sonriendo burlonamente – ¿pero por qué me dijiste lo de no generarme ilusiones y todo eso?
- Porque al igual que vos yo también dudé, como te dije en el auto. Tenía miedo de estar usándote por una simple calentura. Pero ahora sé que no es así. De verdad quiero estar con vos.
- ¿Estar conmigo cómo?
- Así, como amigas con derecho a roce.
- Me parece bien entonces. Me gusta la idea – mi sonrisa era sincera - Te la voy a perdonar sólo porque terminó todo bien.
- Esto recién empieza Lucre – me miró con lujuria – yo también te voy a perdonar que me hayas robado el video. Eso no se hace, una no puede ni hacerse una paja en paz y hacer un video que ya se lo afanan.

Me puse de pie de un salto, ya eran demasiadas sorpresas juntas. No sabía si correr o abrazarla para pedirle perdón. Hice lo segundo sólo porque correr no me llevaría a ninguna parte.

- Perdoname, en serio. No lo hice a propósito, es que ni siquiera estaba pensando. Me dio mucha curiosidad – volví a mi asiento - ¿Cómo te diste cuenta que te lo saqué?
- Porque lo borraste. No sé qué tocaste, la cosa es que terminaste borrando el video, sabía que lo habías visto y supuse que me lo habías robado, pero no estaba segura. Vos ahora me lo confirmás.
- Que boluda soy, para colmo confesé todo. Hasta tenía la oportunidad de negarlo y no lo hice.
- Es que sos pésima mintiendo Lucre. Además no te preocupes, de todas formas ese video era para vos.
-¿Para mí?
- Si, lo filmé una noche que estaba muy caliente con vos y casi te lo mando, estuve a un segundo de mandarlo y se iba a ir todo a la mierda. Por suerte me contuve.
- Si amiga, por suerte. Porque si me lo hubieras mandado en frío me lo hubiera tomado mal, capaz que hasta me enojaba. Qué se yo, no sé cómo hubiera reaccionado – lo cierto es que no lo sabía – ¿Desde cuándo te gustan las mujeres a vos?
- Desde que te vi y me enamoré.

Me quedé muda. Ella se tapó la boca como si hubiera hablado de más.

- Me tengo que ir – dijo poniéndose de pie.

Fui tan estúpida que ni siquiera la saludé cuando se fue.


Fin del Capítulo 5.
Continúa en el Capítulo 6. 



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