Relatos Eróticos Nokomi

"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


Entrada destacada

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 01. La Caja de Pandora

Importante: Esta es una reedición de mi serie de relatos titulada “Me niego a ser Lesbiana”. En esta nueva versión encontrarán una narrati...

lunes, 20 de mayo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 20 - Femme Fatale.

Capítulo 20.



Femme Fatale.



Martes 24 de Junio.


―1―




Apreveché a organizar con tiempo la salida para el martes. Aún no sabía quién de mis amigas me acompañaría; pero no me importaba, siempre y cuando pudiera conseguir gente para salir a divertirme un rato. Especialmente para poder olvidarme de Anabella y Lara.

Comencé a llamarlas una por una, empezando por Tatiana; si ella me decía que sí, entonces limitaba el grupo al que podía recurrir. Como accedió encantada, llamé a Edith; se alegró tanto al recibir la invitación que me llevó un buen rato calmarla. La tercera en la lista era Samantha, que aún no formaba parte de ningún grupo dentro de mis amistades, y como sabía de sus inclinaciones sexuales, no tendría problemas con las otras dos. Pensé que tal vez podía afectarle la reunión de la universidad, pero me dijo que sólo afectaba a profesores. La pelirroja se sorprendió por la invitación, nunca había salido a bailar con alumnas de la universidad; pero le insistí hasta que logré convencerla.



―2―




Llegó el martes y se me ocurrió hacer algo diferente con mi apariencia. Tenía dos opciones: maquillarme hasta parecer un payaso, o comprar ropa nueva. Opté por la segunda.

Conduje hasta la misma tienda de ropa que había visitado con Anabella, y me atendió la misma rubia. Mi instinto depredador se activó al ver a esa preciosa rubia. Tenía puesta una remerita sin mangas, color amarillo, que parecía apunto de estallar por la presión que ejercían sus grandes tetas. Mis ojos se perdieron en su escote. Reaccioné cuando ella habló:

―¡Lucrecia! ¿Cómo estás?

―Hey, te acordás de mi nombre.

―Sí, claro, ya lo leí mil veces.

―Ah sí, en mi tarjeta de crédito.

―No, en los mensajes que me mandaste preguntando si ya estaban las remeras de Radiohead.

―Ay, perdón… ―una vez más me avergoncé por eso. Pobre chica, seguramente la había vuelto loca; pero de verdad me moría de ganas de tener esas remeras.

―Ya te dije que no hay problema por eso. Es mi trabajo. ―Su sonrisa era muy dulce, la rubia era muy hermosa―. Bueno, decime en qué te puedo ayudar.

Se me ocurrían muchas formas en las que esa chica podría ayudarme; pero me contuve.

―Estoy buscando algo lindo, para salir a bailar.

―Ah, genial. Seguramente tenemos muchas cosas que pueden gustarte. ¿Algún color en especial?

―Ninguno, me da lo mismo el color. Me basta con que sea algo… llamativo. O sea, no chillón, sino llamativo. No sé cómo explicarlo.

―Creo que ya voy entendiendo. ―Me guiñó un ojo de una forma muy sensual. ¿Estaba coqueteando conmigo? Nah, no podía pensar eso. Seguramente era una estrategia de venta.

Me mostró varios vestidos, elegí dos y me metí en el probador. Los dos me gustaron mucho, y ella había entendido a qué me refería con “llamativo”. Me quedaban re cortos. Tanto que si me agachaba un poquito, se me veía parte del culo.

<¿De verdad pensás salir con esto, Lucrecia?>, me pregunté a mí misma. Era algo muy radical para mí. Pero tal y como le había dicho a Anabella que debía modernizar su ropero, Abi me había dicho lo mismo a mí. Éste era un vestido que Abi usaría… siempre y cuando mis padres no estuvieran presentes. Estaba decidido, ésto era justo lo que necesitaba.

―Eh… rubia… ¿podés venir un momento?

La cortina del probador se abrió casi al instante. La rubia recorrió todo mi cuerpo con la mirada, y se detuvo en mis largas piernas.

―¡Wow! ―Exclamó―. ¡Qué bien te queda!

―Necesito que seas honesta, rubia.

―No me llamo “Rubia”.

―Perdón, es que soy medio mala para acordarme de los nombres de la gente, especialmente de aquellas personas que no veo muy seguido.

―Me llamo Selene.

―¡Ay, qué lindo nombre!

―Es exactamente lo que dijiste la primera vez que te dije mi nombre, ―se rió.

―¡Perdón! Te prometo que voy a hacer un esfuerzo para acordarme. Bueno, Selene, necesito que seas honesta conmigo. Voy a llevar algún vestido sí o sí, así que no te preocupes por la venta. Quiero que me digas, honestamente, si ésto me queda bien.

―A ver, veamos. ―Me analizó detenidamente―. ¿Podés girar un poquito? ―Hice lo que me pidió, por el espejo podía ver cómo ella me miraba la espalda, las piernas… y el culo―. A ver, agachate un poquito. ―Me incliné hacia adelante, sus ojos estaban fijos en mi culo. Empecé a pensar mal de ella… mal, pero bien. Me gustaba que me mirara el culo. Además, con lo corto que era el vestido, seguramente me estaría viendo un poco más que el culo―. Lo que yo pensaba, ―dijo―. Bueno, ésto ya depende de vos; puede que sea un punto a favor, o uno en contra. Pero tengo la obligación de avisarte que se te ve todo cuando te agachás.

―¿Qué tanto es todo?

―Esperame un momentito. ―Desapareció de mi vista, y volvió casi enseguida, cargando un gran espejo―. Agachate y mirá los espejos, así lo vas a comprobar vos misma.

Me agaché una vez más, el vestido se me subió un poco y pude ver aparecer mis nalgas desnudas, así como parte de mi vulva; la cual estaba cubierta por una pequeña tanga blanca. No podía negarlo, me gustaba lo que veía. Me agaché un poco más, y separé las piernas. Noté una sonrisa en los labios de Selene. ¿A ella le estaba gustando lo que veía, o sólo estaba siendo simpática para poder vender? La vagina se me marcó mucho más, y el vestido ya dejaba al desnudo la mitad de mi culo. No pretendía agacharme tanto en la discoteca; pero tal vez sí lo hiciera en algún momento íntimo con alguna de mis amigas. Me encantaba.

―Está bien, ―dije, enderezando mi cuerpo―. Lo veo como un punto a favor. Tengo intenciones de pasarla muy bien esta noche. Me llevo los dos vestidos, así tengo para elegir. ―Eran modelos medio parecidos, sólo diferían en algunos detalles, y en el color. El que tenía puesto era azul, y el otro gris perla.

―Mmm… a tu chico le va a encantar este vestido. Te lo puedo asegurar.

―No tengo ningún “chico”.

―Ah, ¿salís soltera?

―Así es.

―Me parece que salís con la intención de conquistar a alguien. ¿Algún amigo?

―Sí quiero sorprender a alguien, pero no es un amigo, es… ―dudé unos segundos, pensé que ella no estaba muy interesada en mi historia, y que sólo quería terminar con la venta―. No importa, no te voy a aburrir con detalles.

―A mí no me aburrís, al contrario. Estoy sola todo el día en este maldito local, está bueno poder hablar un poco con la gente.

―¿De verdad? Yo soy de hablar mucho, pero nunca me puse a hablar con vos, porque creí que estabas enojada conmigo… ya sabés, por lo de las remeras de Radiohead.

―Te dije mil veces que no me enojé. Solamente me dio gracia. Me encanta ver que la gente es tan fan de algo. Me hiciste acordar un poco a mí, cuando encargué remeras de los Rolling Stones. Son mi banda favorita, y las malditas remeras no llegaban. Para colmo yo no quería cualquier cosa, quería productos de buena calidad.

―Sí, me pasó igual, ―le sonreí―. Hay muchas tiendas con remeras de Radiohead, pero ustedes venden cosas de buena calidad. Por eso las quería comprar acá. Me llama la atención lo amplio que es este rubro… o sea, no sólo venden ropa “normal”, sino que también venden ropa para salir, e indumentaria relacionadas a bandas de rock…

―Y a películas, videojuegos, de todo. Este es un polirrubro. Antes sólo vendíamos ropa “para salir”; pero le insistí tanto a mi jefa con lo de expandir el rubro, que al final me hizo caso. Ahora las ventas son mejores que antes.

―¡Qué copado! Pará… ¿de películas también? ¿Tienen algo de “El Señor de los Anillos”?

―Sí, claro. ¿Querés que te muestre?

―Obvio… estoy re enganchada con esos libros, y con las películas también. Está muy bueno.

―No sabría decirte, nunca los leí. No soy de leer mucho, lo mío es la música.

―Bueno, si algún día se te da por leer algo, te recomiendo estos libros. Están geniales.

Me mostró varias remeras, la mayoría eran negras. Todas tenían hermosos diseños basados en las películas. Me encantó una que era muy sencilla, decía el nombre de la película, en inglés, y con letras doradas; debajo tenía una imagen en grande del anillo. Me llevé dos iguales a esas. También me llevé otra donde se veían todos los personajes principales, y una de Gollum… ese bicho rastrero me genera tanto amor como odio. Me dio la impresión de que, mientras me mostraba la ropa, Selene me miraba mucho el culo. Como yo tenía puesto el vestido azul, seguramente le di un buen espectáculo. Pero siempre fui pésima para este tipo de cosas, y tal vez sólo me lo estaba imaginando. Lo que sí puedo asegurar es que yo le miré las tetas cada vez que pude. Para colmo en varias ocasiones se agachó para buscar una de las remeras de más abajo, y hasta pude ver sus pezones asomándose. La rubia me estaba acalorando. Me sentí culpable ¿cómo podía ser que me pusiera así cada vez que veía una mujer hermosa?

<¿Será porque durante años tuviste que reprimir todos tus impulsos sexuales?>, me preguntó una voz en mi cabeza. Y era probable que tuviera razón.

―Llevo todo esto, ―le dije, dando una palmadita a la pila de ropa. Ya me había quitado el vestido, y me había puesto la ropa con la que entré al local.

―Bien, genial, ―dijo con su mejor sonrisa―. Como tu compra es muy buena, te voy a hacer un descuento.

―No te preocupes por eso, total pagan mis padres, y a ellos le sobra la plata. Incluso me dicen que gasto poco dinero… imaginate.

―Wow, ojalá mis padres me dijeran eso.

―Sí, yo no me llevo muy bien con mis viejos. Creen que todo se soluciona con plata… por eso a veces los castigo un poquito haciendo compras como ésta.

―Bueno, entonces no te hago un descuento… aunque yo a veces hago descuentos para castigar un poco a mi jefa; porque piensa que la plata es lo único importante en la vida.

―Ah, pensé que el local era tuyo… como siempre te vi a vos.

―¿Viste? Todo el mundo piensa lo mismo. Pero la verdad es que no es mi local, yo soy una empleada. Mi jefa me tiene harta. Me paga poco, y me tiene todo el día trabajando. Sé que no está bien quejarme de estas cosas con los clientes, pero es así.

―Está bien, con alguien te tenés que quejar. Odio a la gente como tu jefa. Si yo tuviera mi propia empresa, me sentiría bien sabiendo que mis empleados ganan un salario justo.

―Ojalá hubiera más gente como vos, Lucrecia. Pero el mundo es una mierda. Bueno, ya te cobré todo. Espero que la pases lindo con tu… no sé cómo llamarlo…

―Em… amiga. Creo que la podemos llamar amiga. Aunque la conozco hace poco…

―¿Amiga? ―Abrió mucho los ojos―. Eso quiere decir que…

―Sí, soy lesbiana… o algo menos eso creo. Tal vez bisexual… qué se yo…

―No hace falta que des tantas explicaciones. Entendí que tu amiga te gusta, y la querés impresionar…

―Sí, esta misma noche.

―¿Un martes?

―Es que mañana ella no trabaja, y yo no curso en la universidad… así que salimos esta noche, con otras amigas.

―Ah, pero qué lindo… ¿y ella sabe de tus intenciones? ―Al preguntar esto se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en el mostrador, y sus grandes tetas se inflaron, como globos de agua.

―Sí, ya hablamos de esto. Ella quiere… probar. Nunca estuvo con una mujer, no es que yo tenga toda la experiencia del mundo, pero… ya me acosté con algunas mujeres.

―Ohh… qué loco. No tenés pinta de…

―¿De lesbiana?

―No… es decir, tenés pinta de chica virgen. Siempre que te vi, pensé que eras virgen. Por eso me sorprendió mucho el vestido.

―Bueno, ―dije, mirando fijamente sus tetas. Seguramente ella lo notó, pero no dijo nada―. Cuando vos me conociste era prácticamente virgen, mi experiencia sexual con mujeres es bastante nueva. Mis padres no saben nada, si se enteran, me muero…

―¿Y cómo vas a hacer el día que decidas tener una novia?

―Mmhh… ya tuve algo así como una novia. Duró poco. A mis viejos no le dije nada. Si alguna vez tengo otra novia… no sé qué voy a hacer, intentaré guardarlo en secreto lo más que pueda.

―Los padres a veces pueden ser un gran problema. Te lo digo por experiencia.

Se hizo un silencio incómodo, ni siquiera nos queríamos mirar a los ojos.

―Bueno, me voy, ―dije―. Gracias por todo, y ya voy a darme una vuelta para seguir mirando ropa.

―Dale, que andes bien… y mucha suerte con tu amiga. ―Me guiñó un ojo. Di un último vistazo a sus tetas, y me fui.



―3―




Estaba ansiosa, tanto que si me quedaba un minuto más en mi casa, iba a terminar caminando por las paredes. Cuando ya estuve lista y arreglada para salir, me topé con mi madre en el pasillo que daba a los dormitorios.

―¿Adónde vas? ―Me preguntó, analizando mi atuendo.

Agradecí enormemente el haber empleado la antigua treta de ponerme ropa común sobre el vestido, y así aparentar que era una salida casual.

―Voy a la casa de Lara, vamos a mirar unas películas. ―Respondí tranquila. Mi mamá no sabía nada de mi discusión con Lara, así que podía usarla tranquilamente como excusa; era muy improbable que la llamara―. Mañana no tenemos clases, ¿te acordás que te conté?

―Bueno, pero andá en el auto. No quiero que andes por la calle tan tarde.

―Está bien. ―De todas formas estaba en mis planes ir en el auto.

Les prometí a mis amigas pasarlas a buscar, comencé con Samantha, por ser la que vive más cerca de mi casa. Casi me da un soponcio cuando la vi enfundada en un corto vestido verde manzana, que hacía resaltar el rojo de su cabello. Además se le marcaban un poco los pezones, y eso me calentó desde el comienzo. Esa sí que era una mujer capaz de detener el tráfico.

―Estás hermosa. –Me dijo en cuanto se subió al auto. Yo estaba babeando, mirando todo su cuerpo―. Aunque te queda un poco corto el vestido.

Miré hacia abajo, me había decidido por un hermoso vestido color gris perla que compré, pocos días antes, para esta ocasión. Me encantó desde el momento en que me lo probé. Era el vestido más corto que me había puesto en mi vida. Como tenía las piernas algo separadas, para poder presionar los pedales del vehículo, podía verse parte de mi blanca bombacha.

―No sé cómo saludarte. ―Continuó diciendo, mientras se acercaba a mí.

―Yo sí sé cómo.

Giré mi cabeza y le di un intenso beso en la boca. Esta vez no me lo esquivó, todo lo contrario, me demostró que le gustó mi saludo. Pocos segundos después, sentí su mano derecha sobre mi muslo. La deslizó hasta que acarició la zona de mi vagina por arriba de la tela. Me aparté de inmediato.

―¡Epa! Cuidadito con las manos, o podés terminar mal. ―Le advertí, con una sonrisa.

―Perdón, no me aguanté. ―Me miró sonrojada―. ¿Sabías que nunca se la toqué a otra mujer?

―¿Nunca? Bueno, eso se puede solucionar ahora mismo.

Tomé su mano y la dirigí hacia mi entrepierna. Sami apoyó suavemente los dedos y los movió en círculos, estimulando mi clítoris, un agradable cosquilleo me recorrió el cuerpo. Volvimos a besarnos, mientras ella continuaba dándome cariño ahí abajo. Samantha estaba tan hermosa, y era tan gentil al tocarme, que me mojó toda. Tenía ganas de arrancarle la ropa y cogerla allí mismo, en el auto. Siguió tocando durante unos pocos segundos, y luego se apartó.

―No, seguí, seguí. ―Supliqué, entre jadeos.

―Lucre, estamos en el medio de la calle, cualquiera nos puede ver.

Debía limitar mis impulsos sexuales, era cierto que ahí podríamos brindarle un bonito espectáculo a cualquiera que pasara. Asentí con la cabeza y puse el auto en marcha. Hablamos alegremente todo el camino hasta la casa de Tatiana. La morocha estaba que rajaba la tierra. Tenía puesto un impresionante vestido blanco, de amplio escote, que se unía en el centro de sus pechos con una pequeña arandela. Daban ganas de arrancarla con los dientes. En cuanto se sentó en el asiento trasero, las presenté.

―Samantha, ella es Tatiana.

―Ah sí, la conozco. La vi un par de veces con vos. –Dijo Sami. Noté cómo miraba los voluptuosos pechos de mi amiga, que lucían espléndidos dentro de su escote.

―Hola Samantha, un gusto.

Advertí de antemano a Tatiana, para que no mencionara el mensaje con la foto que me mandó la pelirroja; no quería que ninguna se pusiera incómoda. La tercera parada fue en la casa de Edith. Su casita era pequeña, pero estaba pintada con bonitos y alegres colores. La niña salió, saludando hacia adentro; una mano le devolvió el saludo. Vi que llevaba puesto un divino vestido amarillo, que resaltaba enormemente su encanto juvenil, y marcaba su menuda figura. Esperaba que ninguna notara mi deliberada selección de amigas, pero la pequeña echó todo al traste ni bien se sentó.

―¿Ella también es lesbiana? ―Preguntó con una indiscreta ingenuidad, mirando a la pelirroja. Tatiana comenzó a reírse y yo tuve que disimular. A la que no le causó gracia fue a la aludida, que de pronto tuvo una cara de culo tremenda.

―No es lesbiana, –dije, acelerando antes de que Samantha quisiera salir corriendo.

―Ah bueno, yo tampoco lo soy ―Afirmó Edith―. A mí me da igual.

―Digamos que a mí también, ―respondió Sami.

―Sí, yo soy bisexual, ―dije, con poca convicción. Recordé que a Anabella le había dicho que era lesbiana, pero eso sólo lo hice porque necesitaba una palabra contundente para explicar la situación.

―Cobardes. ¿Acaso la única lesbiana soy yo? ―Se quejó Tatiana.

Ni siquiera les pregunté a dónde querían ir, supuse que no había mejor opción que la misma a la que venía recurriendo en todas mis salidas. Afrodita se había transformado en mi sitio predilecto para tomar algo con “amigas”.

En cuanto llegamos me alegré de ver a Miguel, me reconoció al instante, y con una sonrisa me invitó a pasar.

―¡Pero cuántas chicas lindas que te acompañan hoy! El gerente del club va a tener que darte un pase VIP.

―¿Regalan algo con el pase VIP? ―pregunté, bromeando.

―No es que te regalen algo, pero tiene sus ventajas. En los días que hay mucha gente, podés hacer una cola más corta. Tenés descuentos en ciertos tragos (esos varían dependiendo de la noche), y lo mejor de todo: podés tener acceso a las habitaciones de los pisos superiores, por un precio reducido. ―Señaló hacia arriba.

El edificio contaba con cuatro pisos, pero yo creía que eran sólo departamentos. Tal vez en alguno de ellos vivía el dueño del local. Aunque pensándolo bien… ¿a quién le gustaría vivir arriba de una discoteca, con música a todo volumen durante toda la noche?

―Ah, eso sería muy útil. ―Le guiñé el ojo a Tatiana, y mis amigas se rieron.

―Entonces acompañame y hacemos los arreglos.

―¿Eh, de verdad? Pero si sólo vine tres veces.

―Pero no pudimos evitar notar cómo acaparás la atención, y tus amigas también. Hoy sólo puedo ofrecerte el pase VIP a vos sola; pero puedo ir consiguiendo de a uno por vez, si les interesa.

―Me parece buena idea. Espérenme acá, chicas, ya vengo. Y si no me reconocer al volver, es porque voy a ser una chica VIP. ―Les sonreí. Samantha se rió y se cubrió la cara, avergonzada, como si estuviera diciendo: “¿Quién me manda a salir con esta boluda?”.

Acompañé a Miguel a través de una puerta que estaba bastante disimulada. El pasillo era angosto y Miguel apenas cabía, si pasaba por al lado de una lámpara debía inclinarse de lado para no golpearla con sus anchos hombros. Llegamos a una pequeña oficina que no tenía más que una mesa negra, una computadora y algunas chucherías típicas. El guardia de seguridad tocó un pequeño timbre que sólo emitió una luz, y una segunda puerta se abrió casi al instante. De allí salió un joven rubio de buen aspecto, que estaba prendiendo los botones de su camisa. Pude ver sus pectorales marcados y, una vez más, confirmé que los hombres me atraían poco. No podía entender cómo semejante escultura masculina no me movía un pelo.

―Te presento al señor Pilaressi, el propietario y dirigente de todo el establecimiento.

―¡Rodrigo! ―Era mi amigo gay. Bueno, aunque no sea correcto definirlo de esa manera. A mí no me gusta que me consideren “la amiga lesbiana”. Digamos que era mi amigo rubio, con cuerpo escultural… y con una discoteca. Tenía muchos buenos atributos, debería sentirme atraída por él; pero me bastaba girar un poco la cabeza y encontrarme a Samantha enfundada en ese vestido verde… ella sí me movía el piso.

Mi contacto con Rodrigo se mantuvo por mensaje de texto durante estos últimos días. Me di cuenta de que era un chico muy educado, y bastante inteligente; a pesar de mis prejuicios al respecto. Había imaginado que un chico rubio y apuesto no tendría muchas neuronas, pero por su forma de hablar demostraba que no era ningún imbécil. Mucho menos ahora, que sabía que era el dueño de Afrodita; aunque supuse que tal vez tuviera un padre adinerado que pagaba por todo esto, para mantener alejado y ocupado a su hijo homosexual.

―Que tal Lucrecia, te estaba esperando, me imaginé que volverías un día de estos.

―No sabía que vos eras el dueño.

―Prefiero que nadie lo sepa de entrada, es increíble la cantidad de gente que busca amistad por conveniencia. Además me gusta deambular por el boliche sin que nadie sepa quién soy. Como un cliente más. Hasta pago por las bebidas.

―¿Pero por qué las pagas? Si el lugar es tuyo.

―Porque eso es lo que paga el sueldo de los empleados de la barra. Además yo no controlo el 100% de la concesión de las mismas. En fin, no te voy a aburrir con detalles del negocio.

―No me aburre, estudio Administración de Empresas, y el tema me interesa.

―¿Ah sí? Bueno, te prometo que un día nos juntamos a charlar al respecto, y tal vez puedas darme algunos consejitos. Esto es para vos. ―Me alcanzó una tarjeta dorada con mi foto impresa en ella―. Me imagino que Miguel ya te habrá puesto un poco al tanto.

―¿De dónde sacaste la foto? ―Pero ya sabía la respuesta.

―Es la que tenés de perfil en todos lados, me tomé el atrevimiento de robarla. Sé tu primer nombre, pero me costó un poco averiguar tu apellido, hasta que te ubiqué en Facebook.

―Lucrecia Zimmer ―leí en voz baja.

―Me hizo acordar a Hans Zimmer, un músico que me agrada bastane.

―Ah, sí, lo conozco. Compone bandas sonoras para películas. Pero lamento decirte que no es pariente mío. ―Estaba maravillada con esa tarjeta, no sólo por el hermoso diseño dorado, sino porque me otorgaba cierto status dentro de Afrodita―. Muchísimas gracias por el pase VIP.

―Con eso también podés tener una cuenta en la casa, y pagarla en cómodas cuotas.

―Perfecto ¿y puedo hacer que mis amigas consuman con la misma cuenta?

―Sí, siempre y cuando vos estés presente.

Agradecí nuevamente a Rodrigo y volví con mis amigas, enseñándoles la reluciente tarjeta. Nuestros coloridos vestidos, y llamativos cuerpos, atraían la mirada de muchos de los presentes en el boliche. Ahora sabía a qué se refería Miguel, al parecer no era sólo cuestión de amistad el que dieran un pase VIP, a ellos también les convenía tener clientela fuera capaz de “alegrar” la vista.

Comenzamos a tomar, esta vez me decidí por probar algún trago nuevo, pero no quería abusar, ya que después tenía que manejar. Samantha me recomendó uno llamado Pisco Sour, el cual conoció en un viaje que hizo a Perú. El trago era fantástico. Nos pareció tan bueno que todas pedimos lo mismo. El barman nos advirtió que tuviéramos cuidado, ya que era un trago engañoso; a pesar de que no se notara demasiado, tenía un gran porcentaje de alcohol. El sabor a limón era refrescante y le daba un toque agrio, a pesar de que el trago fuera tan dulce.

Noté que una mujer de pelo negro, bastante bonita y bien arreglada. Debía tener unos treinta y muchos, o unos cuarenta y pocos. Miraba hacia nosotras con más frecuencia que el resto de los presentes; debatimos sobre qué intenciones tendría.

―Yo creo que te mira a vos, Lucrecia, ―dijo Edith―. Te tiene ganas.

―No, a mí no me mira, lo sé porque cuando la miro a los ojos le importa poco. Aparta la mirada sin mostrar nungún interés.

―Que analítica. ―Samantha me estaba acariciando la espalda de forma disimulada, mientras yo daba sorbos al trago.

―Está mirando a Tatiana, ―continué diciendo―. Sí, definitivamente te mira a vos Tati.

―¿A mí? Vos estás loca ¿por qué me va a mirar a mí?

―Porque te tiene ganas. ―Repitió Edith; dio un sorbo a su trago.

―Hacé una cosa Tati, ―sugerí―. Caminá hasta la punta de la barra, y preguntale cualquier cosa al barman. Pero vos no la mires, nosotras te decimos si te mira o no.

La morocha obedeció y cuando regresó pocos segundos después no nos cabía ninguna duda, la mujer la siguió con la mirada todo el tiempo.

―Invitale un trago, amiga. ―Le dije, alcanzándole un vaso intacto de Pisco Sour―. Vas a tener suerte.

―Me gustan las veteranas. ―Sonrió, tomó el vaso y caminó con paso firme hasta la mesa en la que se encontraba la mujer.

Nos alegramos cuando las vimos conversando alegremente. La mujer no perdió tiempo, comenzó a acariciar la pierna de mi amiga, mientras le susurraba cosas al oído. En ese momento se nos acercó Rodrigo, se lo presenté a mis amigas, y olvidé que ellas no eran totalmente lesbianas. Aunque, supuestamente yo tampoco lo soy; pero Rodrigo no me provoca. Si mis amigas hubieran sido hombres, las dos hubieran tenido una notoria erección al ver al rubio. Resultó totalmente obvio que ambas estaban maravilladas con él, Samantha disimuló un poco más, creo que por respeto a mí; pero Edith parecía fuera de sus cabales.

―¿Quién es este papito? ―Preguntó, con la boca abierta.

―Él es mi amigo, Rodrigo. ―No di más detalles porque sabía que a él no le agradaría eso―. Ellas son Edith y Samantha.

―Un gusto señoritas ¿qué tal la están pasando?

―Ahora mejor que nunca. ―dijo Edith, con un fallido intento de voz sensual.

A pesar de no ser hermosa, la chica tenía un sutil encanto femenino que me agradaba mucho. Además hoy estaba muy bien vestida y arreglada; su cabello estaba más suave y lacio que nunca, y los ojos resaltaban, no por unas horripilantes gafas, sino por unas mucho más bonitas y modernas, que eligió con mi recomendación.

―Qué simpática es tu amiga. ―Me dijo el adonis, con una amplia sonrisa.

―Y tengo más virtudes. ―La pendeja estaba descontrolada, hasta causaba gracia verla así.

Luego de un rato, tuve que intervenir de forma sutil, para advertirle a Rodrigo de lo que estaba pasando. Lo llevé hasta el otro extremo de la barra, con la excusa de que me recomendase algún otro trago. En parte era cierto, a pesar de que el Pisco me gustó mucho, quería algo con menos graduación alcohólica.




―¿Pasa algo malo? ―Me preguntó.

―No nada, por ahora. Sólo te quería decir que Edith es una chica un tanto especial. No está acostumbrada a este tipo de salidas, es como si recién estuviera descubriendo el mundo. Hace poco perdió la virginidad… conmigo. ―No me molestó dar esos detalles a mi amigo, al fin y al cabo él sabía de mis preferencias sexuales―. Ahora está en una etapa en la que se quiere acostar con todo lo que ve, lo sé porque yo pasé por lo mismo… estoy pasando por lo mismo; con la pequeña diferencia de que a mí los hombres no me interesan.

―Sigo sin ver el problema.

―Es que tengo miedo de que ella se haga ilusiones con vos, y que después tengas que rechazarla.

―¿Y qué te hace pensar que la rechazaría?

―¿No que eras gay?

―Y lo sigo siendo, pero eso no descarta que de vez en cuando pueda divertirme con una chica, siempre y cuando encuentre una que me caiga tan bien como para hacerlo.

―Bueno, pero ella no es una reina de belleza. En serio, no quiero que la chica termine lastimada; me cae muy bien y la quiero ver feliz.

―Tal vez no sea la más bonita del boliche, pero es una de las más simpáticas. Además te digo una cosa: tiene tanta ternura natural, que hasta me da un poco de morbo imaginarla sin ropa.

―Verla sin ropa es lo mejor, te lo aseguro. Entiendo tu morbo. Yo creo que si se acuesta con vos va a ser como ganarse el premio mayor. La pendeja debe estar alucinando con que eso pase, y estoy segura de que ya está pensando que no tiene chances de lograr algo con vos; porque a veces se tira abajo solita.

―Entonces tendré que hacerle ver que sí tiene chances. ¿Estás segura que ella querrá? No quiero rebotar en frente de todos.

―Rodrigo, creeme que si rebotás, Samantha te agarra al vuelo. Ella también está caliente con vos. ―Nos reímos―. Pero a la colorada déjamela a mí, tengo cuentas pendientes con ella.

Volvimos con mis amigas llevando el nuevo trago, propuesto por Rodrigo. Me dijo que a él le gustan las cosas muy sofisticadas, así que se decidió por un trago típico argentino: Fernet con Coca-Cola. Tengo que confesar que no era gran aficionada a tomar esto, hasta ahora. Estaba mucho mejor de lo que yo recordaba, si bien el sabor era amargo, la gaseosa le daba un toque muy agradable. Debía parar de tomar, o luego no podría manejar ni media cuadra. Mis padres se morirían del disgusto si yo tuviera un accidente, no porque yo pudiera estar lastimada o al borde de la muerte; a ellos les dolería más el daño al auto. Ya había pensado en una alternativa: si estaba medio borracha, me iría en taxi, y le pediría a Miguel que estacionara mi auto en alguna parte. Confiaba lo suficiente en él como para hacer eso.

Noté que Tatiana y la misteriosa mujer habían desaparecido; supuse que estarían perdidas en alguno de los cubículos con cortinas rojas, o que tal vez habían optado por alguna habitación. ¿Cómo no se me ocurrió antes preguntar por eso? Aquella noche con Tati, nos podríamos haber ahorrado la búsqueda de hotel.

La noche transcurrió de forma rápida y divertida, pude bailar apretada con Samantha, lo cual me puso cachonda; esperaba que surtiera el mismo efecto en ella. Edith y Rodrigo se quedaron charlando junto a la barra, al parecer se llevaban muy bien. La piba no paraba de sonreír, temía que su quijada quedara trabada en esa posición. El paso que dieron estos tortolitos me dejó muy sorprendida. De un momento a otro, se estaban besando. La pobre Edith debía ponerse en puntas de pie, para llegar hasta la boca de su amante. Cuando se separaron noté que ella estaba roja, como el cabello de Sami, y él sonreía grácilmente. Rodrigo me hizo una seña con las manos, que no comprendí, acto seguido desapareció llevando a Edith prendida del brazo.

―¿A dónde van? ―Le pregunté a la pelirroja.

―¿A dónde pensás que van? A ponerla, estos se van a un cuarto, a garchar. ―Abrí grande los ojos, y me llené de ilusión; mi pequeña Edith se iba a convertir en mujer.

―Ay, qué tiernos. Seguro la van a pasar muy bien. ―Miré a mi alrededor, no había señales de Tatiana―. Creo que quedamos solas ―Puse los brazos sobre sus hombros.

―Mejor así, ―dijo, con una sonrisa picarona―. ¿Puedo ser honesta? ―No esperó mi respuesta―. Estaba un poco celosa de tus amigas. Cuando las ví en el auto creí que a mí me traías sólo por compromiso… pensé que te ibas a ir con una de ellas.

―Las traje porque son mis amigas, quería una noche de chicas. Pero desde el primer momento, vos fuiste la frutilla del postre. Si alguna de ellas me insunaba algo, pensaba decirle que esta noche tenía planes con vos. Porque tenemos planes, ¿cierto?

―Puede ser. No te voy a negar que estoy nerviosa, pero te cuento un secretito, ―se acercó a mi oído―, el alcohol me pone cachonda.

―Ya mismo voy a pedir lo más fuerte que tengan. ¿Si es alcohol puro, te da igual? ―Ella se rio.

―No hace falta, ya tomé suficiente. ―Entrecerrando los ojos acercó su boca a la mía, y nos unimos en un beso.

Si su idea era calentarme, lo estaba consiguiendo a la perfección. Sentí su mano subiendo por la cara interna de mis piernas hasta tocar suavemente mi vulva.

―En estos días estuve pensando mucho, y decidí que quiero hacerlo, ―me dijo, con su natural sensualidad.

―Entonces no se habla más. Seguime.

Pregunté a Miguel dónde debía pedir una habitación, él nos llevó a través de un pasillo amplio y bien iluminado, hasta que llegamos a una ventanilla con una recepcionista tras ella. Agradecimos al gigante calvo por la atención, y reservamos un bonito cuarto. Fue un trámite que duró pocos segundos, la tarjeta dorada facilitaba mucho las cosas. Me preguntaba si Rodrigo había hecho averiguaciones sobre cuentas bancarias a mi nombre, o si simplemente confiaba en que yo pagaría todo eso. Me incliné más por lo segundo.

La habitación era preciosa, la cama envuelta en blanco me recordaba un poco a mi propia casa; pero sabía que no estaba allí, y eso era lo que más me gusta de los hoteles: mi familia no está cerca.

Nos sentamos en el borde de la cama y nos miramos a los ojos, quería crear un ambiente de relax para mi nueva compañera sexual. Podía atacar de mil formas diferentes, pero intenté evaluar la situación y así encontrar la manera más adecuada. Acaricié suavemente una de sus piernas mientras acomodaba su cabello con mi otra mano. Desde que corté con Lara ya no veía tanto el romanticismo del acto sexual, aunque era un factor importante que no podía quitarme. Me encantaba besar, abrazar, acariciar y decir cosas lindas a mi pareja, así sea alguien con quien me acostaría una sola vez.

―Me matan tus ojos, ―le dije, casi susurrando, justo antes de besarla en la boca. Luego la dejé respirar, no quería que se sienta presionada.

―Lucre ¿qué te excita de las mujeres?

―Todo. Pero me imagino que buscás una respuesta más específica. ―Asintió con la cabeza, mientras yo le acariciaba una mejilla―-. Me gusta lo prohibido, saber que me excito pensando en una mujer. Me encanta la sensualidad femenina, de la cual vos tenés de sobra. Me fascina el desafío que implica calentar a una chica, especialmente si no es lesbiana, o si nunca se acostó con otra mujer.

―Conmigo lo estás logrando a la perfección, estoy muy excitada. No pensé que una mujer me pudiera poner así. ―Pasó sus dedos sobre mi muslo y llegó hasta mi tanga blanca, comenzó a tocarme toda esa zona―. Contame más, en lo sexual ¿qué es lo que más te calienta de las mujeres?

―Me calienta poder tocarlas. ―Hice lo mismo que ella y llegué a su entrepierna, sentí las pequeñas protuberancias que delineaban su sexo―. Me encanta sentir un pezón dentro de mi boca, me vuelve loca pasar la lengua por todo el cuerpo de la chica; especialmente entre las piernas. Me encanta ver cómo se mojan mientras están conmigo.

―¿Cómo se siente chupar una vagina? ―La charla se estaba tornando sumamente erótica, y yo ya estaba empapando mi ropa interior.

―Es maravilloso, no es fácil describirlo con palabras, tenés que sentirlo. Ver cómo una vagina se abre cuando pasar la lengua, sentir ese sabor prohibido, y ese olor que te embriaga. Tener la sensación de que el mundo se detuvo por completo, y sólo estás vos con esa vagina, y la chica a la cual ésta pertenece. Escuchar el gemido de una mujer en celo, y saber que lo hace por el placer que le estás dando.

―Me encanta tu forma de hablar.

Caímos al unísono de lado sobre la cama, nuestras piernas quedaron fuera de la misma pero no nos importó. Tomé su vestido por debajo y comencé a subirlo, ella hizo lo mismo con el mío. Ninguna de las dos llevaba corpiño, por lo cual pudimos mirarnos las tetas cuando nos despojamos de nuestra ropa. Sus pezones eran diminutos, con areolas apenas visibles, muy diferente a los míos que estaban muy bien definidos y abarcaban más área. Pasé un dedo alrededor de los suyos, estaban bien duritos; eso explicaba por qué se le marcaban tanto sobre la tela del vestido. Al parecer mis caricias le produjeron cosquillas, porque se apartó riéndose. Sabía que debía ser yo quien llevara las riendas, y también sabía que no debía presionarla mucho. Acaricié su vientre bajando con precaución; como ella me permitió llegar hasta su pubis, supe que no tendría problemas en dar el siguiente paso. Levanté sus piernas y le fui quitando de a poco la pequeña tanga blanca. En cuanto sus piernas descendieron, vi un monte de Venus lampiño y bien definido.

―No tiene más pelitos. ―Dije, recordando que en la foto que me envió a través de Tatiana tenía abundante vello púbico.

―Me la depilé hoy, sabía que iba a ser una noche especial.

―En eso no te equivocás. Ponete cómoda.

Se acostó a lo largo de la cama, poniendo su cabeza sobre la almohada. Estaba tan ansiosa como yo cuando di mis primeros pasos en el sexo lésbico.

―¿Por dónde querés que empiece? ―Le pregunté para elevar aún más su ansiedad.

―La verdad es que llevo un tiempo largo de abstinencia, y no aguanto más. ―Respondió abriendo las piernas―. Quiero que me chupes la concha, ahora.

―Tus deseos son órdenes, hermosa.

Al fin probaría esta preciosura, los labios de su vagina eran casi tan pálidos como su piel; eran suaves en la primera mitad, desde el clítoris, y rugosos al final. Acerqué mi lengua y di una pequeña lamida, para comprobar que el sabor sexual era tan delicioso como yo suponía. Ella inclinaba la cabeza hacia adelante, esforzándose por ver bien. Cerré los ojos y me dejé llevar, los primeros lengüetazos fueron suaves, en ocasiones apretaba el capullo que envolvía su clítoris con mi boca; ya podía escuchar la respiración agitada de Samantha, y que intentara separar más las piernas me indicaba que disfrutaba de mis chupadas. Lamí con la punta de mi lengua desde su ano hasta su ombligo, sin detenerme. Repetí la acción sólo que esta vez no me detuve, seguí hasta sus pechos y me prendí a sus pezones; aprovechando para que mi cuerpo quedara en contacto con el suyo. Me entretuve un buen rato con sus sabrosas tetas y luego regresé a la jugosa almeja. Todo el tiempo de espera valió la pena, la pelirroja estaba muy rica. Seguí chupando con ímpetu, haciéndola gozar, tal como lo había dicho; me encantaba escuchar gemir a una mujer, especialmente si lo hacía en respuesta a mis atenciones.

―Yo también quiero probar, ―me dijo, con la respiración entrecortada.

―Eso me encantaría.

Me aparté, dejándole lugar para sentarse en la cama, yo quedé en posición de perrito, y ella me despojó de mi tanga. Estaba más que entusiasmada. Abracé una mullida almohada y esperé. Lo primero que sentí fueron sus manos sobre mis nalgas y casi al mismo tiempo, las besó. Luego sus dedos fueron a acariciar mi rajita que, a pesar de estar tan húmeda, estaba sedienta de sexo.




―Se siente muy bien, ―me dijo, mientras exploraba la superficie de mi intimidad femenina.

A continuación introdujo un dedo, solté un gemido al tenerlo adentro por completo, yo misma podía sentir la calidez de mi cavidad vaginal. Un segundo dedo acompañó al primero, empezó a penetrarme con ellos, tal y como lo haría un pene; con la diferencia de que sus dedos giraban de un lado a otro mientras entraban y salían. Tuve que acostarme boca abajo y abrazar más fuerte la almohada, mis gemidos llenaron la habitación. A pesar de su nula experiencia en sexo lésbico, la pelirroja era muy instintiva y sabía cómo dar placer a una mujer. Su pulgar jugaba con mi clítoris mientras seguía bombeando con el índice y el dedo mayor. Su mano se movía cada vez más rápido, a ella también la entusiasmaba todo esto, y seguramente se estimulaba al verme gozar de tal forma. Pasados unos minutos ella se detuvo y aproveché la ocasión para darme la vuelta y abrir las piernas. Pensé que ella titubearía al ver mi sexo tan cerca de su rostro, pero en menos de un segundo me demostró lo equivocada que estaba. Se lanzó directamente, sin miedos. Comenzó a chupármela con gusto, como si lo hubiera hecho muchas veces. Lo hacía con tantas ganas y con tanta seguridad que mi excitación aumentó considerablemente.

Mientras más tiempo pasaba, más ganas le ponía Samantha al sexo oral. Mi vagina estaba de fiesta, y todo el jugo que salía de ella terminaba dentro de la boca de mi nueva amante. ¿Quién necesitaba a los hombres? Esto no tenía comparación. La sensualidad de una mujer era algo inigualable. La dejé un buen rato chupando, pero yo quería volver a la acción. Sorprendiéndola me lancé sobre ella y la hice girar, hasta que quedó de espalda contra la cama; sin pensarlo ni un segundo comencé a meterle los dedos. Ahora su vagina estaba mucho más húmeda que antes y ella soltó un fuerte gemido mientras yo la penetraba. Abrí un poco la boca y me acerqué a la suya, en nuestro beso intercambiamos los fluidos vaginales y entrelazamos las lenguas. Instintiva, y acertadamente, ella buscó mi almejita, comenzó a masturbarme con destreza. Así fue que llegué a mi primer orgasmo de la noche. Se lo hice notar gimiendo de una forma muy particular. Seguí tocándola sin parar, ella disfrutaba pero el momento que yo tanto esperaba no llegaba.

―¿No tuviste un orgasmo, cierto? ―Pregunté.

―No soy de “orgasmo fácil”, muchas veces ni siquiera llego a tener uno; pero la estoy pasando bárbaro, me encanta todo lo que hacés. Me gustás mucho Lucrecia. ―Me estampó un fuerte beso en la boca.

Una vez más le brindé los placeres del sexo oral, en cuanto bajé hasta su vagina ella comenzó a susurrar “Sí, sí. Comemela toda mamita”. Esas palabras me incentivaron mucho, puse todo mi empeño en darle una buena chupada. Si a esta chica le costaba llegar al orgasmo, entonces sería todo un desafío. Mientras succionaba su clítoris le metía los dedos por el agujerito. Ella arqueaba su espalda y presionaba sus pechos. Yo también disfrutaba con la idea de poder seguir jugando con esa rica vagina. Samantha provocaba una atracción como de imán conmigo. Entre jadeos, lamidas, estremecimientos y exploraciones vaginales, fui llevándola al clímax; pero una vez más, su orgasmo nunca llegó. Seguiría siendo un desafío lograr que ella lo alcanzara.

Nos pusimos de rodillas en la cama y nos besamos apasionadamente. Acaricié su espalda, ella imitó mis movimientos, incluso cuando llegué a sus nalgas y las sobé. El besar sus gruesos labios me transmitía una calidez, similar a la que produce una buena probada de miel pura. Toqué su vagina, humedeciendo mis dedos con ella, y decidí tomarla por sorpresa. Fui hasta su culo, y presioné fuerte. Mi dedo mayor se enterró en él, con suavidad y Sami dio un respingo, quedó con los ojos bien abiertos y me miró sin apartarse mucho.

―¿Y eso qué fue? ―Moví un poco el dedo dentro de ella.

―Te metí un dedo en la cola, ―le dije, con una sonrisa. Al parecer le estaba gustando, porque entrecerraba los ojos y abría la boca formando una O.

―Ya sé que me lo metiste… puedo sentirlo. ―Ella dejó escapar un gemido. Inicié el bombeo tan rápido como la posición me lo permitía―. Nunca me habían hecho eso.

―¿Te molesta? ―A pesar de mi pregunta, no me detuve; su apretado culo era muy apetecible.

―La verdad que no. ―Buscó entre mis nalgas, hasta que llegó a mi orificio prohibido; sin pedir permiso clavó un dedo en él, ese dolor agridulce me hizo gemir.

Volvimos a fusionarnos en un beso y aproveché mi mano libre para estimular su clítoris, a ella le pareció buena idea, porque hizo lo mismo con el mío. Sentía que iba a escupir el corazón en cualquier momento. Quería gemir pero el tenerla pegada a mi boca me lo impedía, lo cual aportaba un condimento extra a mi desesperación sexual. Me animé a ir con un segundo dedo por su culo. Sentí como se dilataba y me permitía pasar. Fue como decirle: “Meteme dos dedos”, porque pocos segundos después ella consiguió hacerlo en mi culo.

Necesitaba aire, aparté mi cabeza y la puse a un lado de la suya, apoyando el mentón en su hombro. Nuestros gemidos estallaron al unísono. Introduje dos dedos en su vagina, procurando frotar su clítoris con la palma de mi mano, y supe que estábamos en perfecta sincronía. Mi segundo orgasmo se avecinaba, y quería que ella me acompañara en esta ocasión. Aceleré mis movimientos y pasé la lengua por su suave cuello de marfil hasta llegar al lóbulo de su oreja; en cuanto lo lamí y besé, noté como mi mano se llenaba de flujos vaginales. Sus gemidos se hacían cada vez más intensos, al igual que los míos. Ambas sentíamos una extraña necesidad de huir de esos dedos de placer; pero permanecimos juntas todo el tiempo, aunque nuestros cuerpos parecieran no tolerarlo.

Esa noche con Samantha fue inolvidable. Supe que ese era sólo el inicio de una gran amistad cargada de sexo lésbico. Nos dimos un rápido baño. Quería que nos ducháramos juntas, pero decidí que era mejor darle un poco de intimidad, no quería asfixiarla. Esperé acostada en la cama, pensando en todas las hermosas aventuras que estaba viviendo con mujeres. Esto estaba marcando un estilo en mi vida. Ya no era simple curiosidad, era necesidad, tanto física como emocional. En ese momento recordé a Tatiana, me apresuré a llamarla. Quería saber si estaba bien.

―Hola Tati, ¿Dónde estás? ―Pregunté, apenas respondió.

―Hola… ―soltó un fuerte gemido de placer―… hola, Lucre. Estoy bien, no te preocupes.

―Upa, parece que la estás pasando bien. ―No pude evitar sonreír.

―La estoy pasando genial, ―otro gemido, incluso más potente que el anterior.

―¡Qué bueno amiga! ¿Te espero así te llevo a tu casa?

―No hace falta, no estoy en Afrodita. Después me vuelvo en un taxi, no te preocupes. ¡Ahhhh siiii, así!

―Está bien amiga, no te jodo más. Pasala lindo, mañana hablamos.

En cuanto estuve limpia y con toda mi ropa en su lugar, Samantha y yo abandonamos la habitación. Ni bien salimos nos encontramos con Rodrigo y Edith, estaban sentados en un pequeño apartado con sillones y una pequeña mesa de vidrio. Pude ver cuatro vasos de Fernet con Coca-Cola sobre la mesa, dos estaban intactos por lo que supe que nos estaban esperando.

―Ah, aparecieron. Tenía miedo que la bebida se caliente, pero supuse que tampoco se quedarían a vivir allí dentro, ―dijo el rubio, cuando nos acercamos.

Edith estaba más feliz que nunca, sus facciones parecían mucho más hermosas que antes; el buen sexo embellece a las mujeres. Sí, ya era una mujer. Si alguna vez fue una niña, esa niña ya había quedado en el pasado. Me conmovió verla tan alegre. Estuvimos charlando de cualquier cosa, intentando evitar los temas obvios, como los detalles en la cama de cada pareja. No hacía falta hablar del tema, era evidente que todos la habíamos pasado muy bien. Dejé mi vaso de Fernet por la mitad, no porque no me gustara, sino que no quería emborracharme justo ahora, que ya estaba con la mente despejada gracias al renovador baño.

―Cuando quieran ir, me avisan. Yo las llevo en el auto.

―Si es por mí, ya podemos volver, ―me contestó Samantha.

―Bueno vamos, –dije. Edith no parecía tan contenta por marcharse.

―Si querés después te llevo yo, ―intervino Rodrigo.

Esto sí se me hizo raro. Una cosa era que él accediera a acostarse con la chica, y otra es que de verdad quisiera pasar tiempo junto a ella. Rodrigo era un galán, un romántico. No se lo había tomado sólo como sexo casual.

―¿De verdad? ―La sonrisa de la más pequeña reapareció―. Bueno dale. Llevame cuando quieras… o no me lleves, me da igual. ―Nos reímos por su comentario.

―Bueno, nosotras nos vamos.

Si bien no conocía mucho a Rodrigo, confiaba en él. Además si cualquier cosa le pasaba a Edith, yo sabía con quién la había dejado al finalizar la noche.

En cuanto estuvimos en el auto, me di cuenta que entre una cosa y otra, la noche se empeñaba en dejarnos solas a Samantha y a mí; lo cual era una ventaja para nosotras. Conduje hasta su casa mientras charlábamos de diversos temas, ese era otro gran punto a favor; no sólo demostró ser una gran amante sino que además era una gran compañera. Siempre tenía algún tema de conversación, y era imposible aburrirse a su lado.

―¿No vas a pasar? ―Me preguntó, en cuanto llegamos a destino.

―Si no te molesta… ―le sonreí.

―Claro que no, vamos adentro, ―me guiñó un ojo. Habría guerra otra vez.

Hicimos el amor con la misma pasión que la primera vez, sólo que ahora estábamos en la intimidad de su hogar, lo cual aportaba un ambiente más acogedor. Recorrí cada centímetro de su cuerpo y otra vez disfrutamos de penetraciones anales; al parecer a ella le gustaron tanto como a mí. Ya estábamos estableciendo un código para esto, el arrodillarnos una frente a la otra era señal inequívoca de que queríamos hacerlo.

Regresé a mi casa ya bien entrada la mañana, eran casi las diez. Como soy precavida me puse la ropa casual que había llevado; para que no fuera obvio que regresaba de un boliche lleno de lesbianas, dirigido por un adonis homosexual. Ni bien entré a la casa, por la puerta del garaje, me encontré con mi madre, con una cara que me recordó al inmundo pequinés que tenía mi ex novia.

―¿Se puede saber dónde estuviste toda la noche? ―Ni la policía sería capaz de interrogar de una forma tan atemorizante.

―Te dije que iba a la casa de Lara…

―¿Así que estabas en la casa de Lara, eh?

Se apartó hacia un lado y detrás de ella apareció la ya mencionada Lara, estaba sentada en una silla con las manos entre las rodillas. Se la veía avergonzada, y yo esperaba que lo estuviera, por poner mi cabeza en una guillotina dirigida por mi madre.



¿Qué carajo hacía en mi casa?

miércoles, 15 de mayo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 19 - Karma Police.

Capítulo 19.



Karma Police.


Miércoles 18 de Junio, de 2014.


―1―





Me tomé muy en serio el asunto con Edith. Me había acostado con ella, y tenía la amarga sensación de que la había forzado un poco. Aunque tal vez “forzar” sea una palabra muy dura. Tal vez lo más apropiado sea decir que convencí a Edith con trucos poco éticos. Eso me tenía mal. Quería resolver esto lo antes posible.


Intenté llamarla por teléfono apenas me levanté, pero no respondió. Tal vez ella también había analizado la situación, y ahora estaba enojada conmigo.


Fui en taxi hasta la universidad, porque cuando estaba caminando hacia el garaje mi madre me miró de forma extraña, como si me estuviera reprochando que últimamente usaba mucho el auto.


Al llegar, llamé por teléfono a Edith, por suerte esta vez contestó al primer timbrazo. Le dije que tenía que hablar con ella, urgente, y le pedí que me esperara en un amplio patio interno del establecimiento, que por lo general estaba vacío a esta hora. En menos de cinco minutos me encontré con ella en el lugar acordado, estaba muy nerviosa y atemorizada. Pero todos esos sentimientos se transformaron en sorpresa, al verla tan radiante y alegre. Tenía puestos sus enormes anteojos, pero su cabello permanecía tan liso y suave como yo lo había dejado. Su vestimenta era más jovial que de costumbre, tenía un pantalón tres cuartos color azul marino, que le quedaba muy bonito, y una remera verde agua que resaltaba un poco sus pechos. Reconocí esa ropa, formaba parte de la que le había regalado. Ahora sí parecía una chica de dieciocho años.


―Hola Lucrecia ―me saludó con una sonrisa.


―Edith… digo, Lara…. No importa, como te llames. Te quería pedir disculpas por lo que pasó ayer, me comporté como una loca con vos… me siento muy mal… por un momento pensé que vos también querías…, pero creo que no usé métodos apropiados… ―mi cerebro se llenaba de incoherencias cuando me ponía nerviosa.


―¿De qué hablás?


―Es que ayer… abusé de tu inocencia ―dije esto último en voz baja, aunque estuviéramos solas.


―¿Estás loca, Lucrecia? ―empezó a reírse―. Te voy a dejar algo bien en claro, a ver si con eso te tranquilizás un poco. Yo no soy tan inocente como aparento, sé muy bien lo que pasó ayer, y supe lo que intentabas hacer, desde el primer momento. Estaba muy nerviosa, no lo voy a negar, fue mi primera experiencia sexual; pero si en algún momento me hubiera sentido forzada, te lo hubiera dicho. Además yo también te provoqué, a mi manera… ni yo sabía que tuviera una forma de provocar a alguien.


―¿O sea que no te molesta que tu primera vez haya sido con una mujer?


―No, al contrario. Yo veo el sexo como algo sin género, siempre me dio igual si pasaba con un chico o una chica, y me alegra un montón que haya pasado con vos. No lo podía creer... una chica tan linda se fijándose en mí. No te voy a negar que tuve fantasías con vos durante los pocos días en que nos vimos. Pero eran fantasías absurdas, que nunca se iban a volver realidad… eso sí que no me lo esperaba; ni en mis más locas fantasías eróticas. No te imaginás lo contenta que estoy ―me dio un fuerte abrazo―. Vos me caés súper bien, y sos muy sexy… ―bajó un poco la voz―. Me calentás desde el día en que te conocí. Ponete en mi lugar, Lucrecia… yo nunca me acosté con nadie, y de pronto pude hacerlo con la chica más linda y popular de la universidad. Sin que lo sepan, ahora debe haber mucha gente envidiándome. Estoy segura de que más de uno se quiere acostar con vos. ―Esta chica estaba inflándome el ego, más de lo que ya lo tenía―. Además le conté a mi mamá...


―¿Eh? ¿Le contaste a tu mamá? ―No podía creerlo, seguramente esa mujer tendría ganas de golpearme.


―Sí claro, yo le cuento todo. No te preocupes por ella, lesbiana… ah, cierto, ya te lo dije. Me crié en ese entorno, tal vez por eso no tengo prejuicios a la hora de acostarme con mujeres. Mi mamá se alegró tanto como yo, especialmente por mi cambio de look. Dice que tengo que vestirme como una chica de mi edad. Bueno, no… en realidad lo que más la alegró es que yo haya tenido mi primera vez. Nos quedamos toda la noche hablando de eso, incluso me dio algunos consejos… los cuales me gustaría poner en práctica. Espero que se repita alguna vez, y que no quede en una simple calentura del momento.


―Este… no, claro que no fue una simple calentura ―si lo fue, pero no podía negar que la chica me caía bien―. Vos me gustás mucho ―le sonreí, ya más tranquila―. No te digo que vayamos a comenzar una relación amorosa, porque no busco eso con nadie, no después de lo que me pasó con…


―Con la otra Lara. Te entiendo perfectamente. Yo tengo dieciocho años, y mi mamá me recomendó que lo del “noviazgo” lo deje para más adelante. Dice que ahora tengo que disfrutar de otras cosas de la vida, como del sexo. ―Me guiñó un ojo pero enseguida se puso toda roja y apartó la cara. Si bien estaba un poco más confiada, seguía siendo la tímida chica de siempre.


―Da muy buenos consejos tu mamá. ―Me acerqué a ella con paso sensual―. Entonces habrá que disfrutar del sexo mientras se pueda.





Me sentía aliviada, mi alma ya estaba tranquila una vez más. La tomé por la cintura y esperé a que ella levantara la cabeza. Instintivamente miramos alrededor, para comprobar que estuviéramos solas. Nos besamos. Fue un beso tranquilo, sin demasiada pasión; pero con mucho cariño. Como si fuéramos viejas amantes. Cuando nos separamos, activamos una actitud de amigas comunes y corrientes. Por si llegaba a aparecer algún curioso.


―Tenés que conocer a mis amigas ―le dije a Edith―. Te van a caer muy bien, especialmente Tatiana.


―Gracias Lucrecia, vos me cambiaste la vida. No te imaginás cuánto.


―Espero que esos cambios sean para bien ―caminamos por el pasillo.


―Sí, lo son. Al menos por ahora. Nunca creí que las chicas lindas se podrían fijar en mí ―Seguía repitiendo esto, pero lo dijo más para ella misma.


―No pienses esas cosas Edith, vos sos una chica con muchos atractivos. Sos muy linda ―vestida así era bonita―, sos culta, inteligente y simpática. Solo deberías levantar un poco esa autoestima; pero siempre manteniendo un poco de tu timidez, que te da un toque muy especial ―se sonrojó.


―Voy a encargar lentes de contacto, pero no sé si me voy a acostumbrar a usarlos. ¿Podrías ayudarme a elegir otro marco para mis nuevos anteojos? Alguno que se vea un poco menos como de “señora de ochenta años”.


―Claro que sí, dalo por hecho.


Ese día nuestra amistad quedó sellada. Edith comenzó a reunirse con mi grupo de amigas en cada receso que teníamos en común, y si podía se quedaba después de clases con nosotras. La pequeña se ganó nuestro aprecio por unanimidad, especialmente el de Tatiana, que apenas se enteró de las inclinaciones sexuales de la nueva integrante, comenzó a mirarla con otros ojos.


Me causó mucha gracia el día en que las descubrí besándose en los vestuarios, fui hasta ese lugar con la clara intención de sorprenderlas. A las pobres casi les da un infarto cuando me vieron; pero les dije que podían hacer lo que quisieran, que yo no era dueña de ninguna. Sé que sólo fueron puros besos y no llegaron a más, pero me alegró verlas tan felices juntas. Lo único malo era que para reunirnos con Tatiana, por lo general debíamos hacerlo aparte de las otras chicas; porque en el grueso de mi grupo de amigas casi siempre estaba Cintia, la homofóbica que cada día me caía peor. A mí me tenía cierto respeto, no hacía comentarios sobre mis preferencias sexuales, pero me molestaba mucho que se la agarrara con Tatiana o hasta con Lara... mi ex Lara. Ella no tenía derecho a opinar sobre los gustos sexuales de nadie, ella misma abrió las piernas por puro placer, para que una mujer le comiera la concha; y después se hace la inocente.


A Samantha la vi poco en el transcurso de la semana, por lo general estaba cargada de trabajo y aprovechaba pequeños momentos libres para sentarse conmigo en la cafetería de la universidad. No le molestaba que los curiosos hablaran de nuestra amistad, si al fin y al cabo era cierto que pretendíamos acostarnos. En nuestras breves reuniones por lo general contábamos anécdotas de nuestras vidas. La mayor parte de las suyas hacían referencia a los malos tratos de su ex novio, el chico solía tener reacciones violentas, aunque sin llegar a la violencia física. Me alegraba mucho saber que ya no estaban juntos. Eso me demostró que Sami era una chica inteligente, que sabía cuidarse sola.


En los días siguientes luché contra mis impulsos sexuales tanto como pude, mi meta era no mantener relaciones sexuales con nadie, durante al menos dos semanas. Para lograr eso debía masturbarme casi todos los días. Mi cuerpo se volvió un reloj sexual activo. Antes estaba dormido, letárgico, el sexo le daba lo mismo; pero cuando descubrió los placeres carnales, todo cambió.


A pesar de mis intentos, al principio de la segunda semana caí en la tentación, la noche en que Edith vino a mi casa a mirar la segunda película del Señor de los Anillos. Ella ya la había visto decenas de veces, por lo que no le entusiasmaba tanto; pero yo estaba mucho más metida en la trama y la calidad de imagen, por lo que me facilitaba un poco las cosas.


La película terminó, y empezamos a intercambiar opiniones, y a destacar las diferencias con el libro. En un momento ella se acercó a mí, y me dio un tímido beso en los labios. Luego se quedó mirándome, como esperando mi reacción.


―Bueno, al menos lo intenté por unos días ―le dije.


―¿Qué cosa intentaste?


―No acostarme con nadie… quería aguantar al menos dos semanas.


―Yo no podría aguantar dos semanas… ―bajó la voz―. La tengo toda mojada ―dijo, señalando su entrepierna.


―¿Mirar “El señor de los anillos” te pone así? ―Le pregunté, bromeando.


―No… vos me ponés así. Durante toda la película estuve esperando a que me arrancaras la ropa y…


―¿Y qué? ―Le mostré una sonrisa picarona.


―Y que me chuparas la concha ―las palabras salieron de sus labios como si hubieran estado contenidas allí durante siglos.


―La película estuvo muy buena, pero admito que yo pensé lo mismo en más de una ocasión.


―Me la depilé ―dijo, poniéndose de pie. Se quitó el pantalón, junto con la ropa interior, y pude ver sus labios rechonchos, completamente lampiños.


―¡Apa! Qué linda que estás… y es cierto que la tenés toda mojada. Te la quiero comer toda.


―¿Y por qué no empezás?


Dio media vuelta y se inclinó hacia adelante, ofreciéndome su culo, y esos dos gajos jugosos que conformaban su concha. Me puse de rodillas y empecé a lamerlos, disfrutando con cada paso de mi lengua.


―¡Hey, Lucre, te tengo que contar una co… ¡A la mierda!


Edith y yo nos llevamos un susto tremendo cuando la puerta se abrió. Ella se puso roja, e intentó cubrirse con ambas manos, sin mucho resultado. Yo me paré, como si quisiera salir corriendo.


Me tranquilicé un poco al ver que se trataba de mi hermana; pero de todas formas estaba avergonzada.


―¡Abigail! ¿Qué hacés acá? ¿Por qué entrás sin golpear?


―¡Ay, perdón! No sabía que estaban cogiendo ―cerró la puerta detrás de ella, se quedó en la habitación, pero al menos mi madre no nos vería―. Podrías haberme avisado.


―¿Y desde cuando te tengo que avisar? Además no sabía que esto iba a pasar…


―Bueno, perdón ―ella estaba verdaderamente apenada―. ¿Vos sos Lara?


―S… sí ―dijo le chica, con mucha timidez; aún intentaba taparse la concha con las manos.


―No sabía que habían vuelto a estar juntas…


―No, Abi ―la interrumpí―. Ella no es la misma Lara. Es otra…


―¿Otra Lara? Eso es nuevo… ¿y no hubiera sido más fácil buscarte una chica con otro nombre?


―No estoy con ella porque se llame Lara ―aclaré―. Además, yo le digo Edith, que es su segundo nombre; para evitar confusiones. ¿Pero qué carajo hago explicándote esto ahora? Vos ni siquiera tendrías que estar en mi cuarto. ¿Podés dejarnos un ratito solas? Después, si querés, charlamos con vos.


―Pero… pero…


―Nada de peros, Abi.


―¡Ufa!


No estoy orgullosa de mí misma por lo que hice con Edith, se suponía que tenía que no debía tener sexo por dos semanas, al menos; pero tengo que admitir que la pasé muy bien. Ella es una chica muy excitante.


La velada de películas fue un receso, que necesitaba para despejar un poco mi mente. Estaba en épocas de exámenes, y se acercaba uno muy importante. Sería el lunes siguiente. Llevaba mucho tiempo preparándome para aprobarlo con la mejor nota posible. Nunca estudio para aprobar con lo justo y necesario, ese era un riesgo que no me gusta correr; mi meta es buscar la calificación perfecta, entonces si cometo algunos errores, al menos me garantiza aprobar el examen.



―2―


Llegó el gran momento. Me hubiera gustado estar mejor preparada; pero ya no podía hacer nada al respecto. Intenté relajarme lo más posible, no pensar en nada referente a lo que vendría, me puse a mirar en mi celular nuevas novelas que podría comprar. Me había quedado sin libros del “Señor de los Anillos”, obviamente agregué la tercer parte a mi lista de futuras compras. De paso compraría la trilogía entera, en una bonita edición ilustrada, para poder tenerla en mi colección. Mi magra colección. Añadí algunos libros más de Stephen King y Edgar Allan Poe; quería ver si eran tan buenos como aseguraba Samantha. Esto me distrajo tanto que cuando llegó la hora de la evaluación, hasta me tomó por sorpresa. Vi que todos los alumnos entraban a la gran aula, y me apresuré por seguirlos. Quería un buen asiento, no me agradan los que están demasiado cerca de los profesores, me ponen sumamente nerviosa.


Me senté a mitad de la segunda fila y, para mi desagrado, comprobé que en la primera fila, a escasos metros de mí, se encontraba Lara. La miré con enfado, pero ella ni siquiera se percató de mi actitud amenazante. La vi más pálida de lo normal, supuse que estaba un poco abrumada ante la importancia del examen, el reprobarlo significaba cursar otra vez una materia muy densa. Repartieron las copias con las consignas a responder.


Desde mi posición tenía una vista perfecta de la mesa de Lara, podía ver su hoja de examen por encima de su hombro, si bien no podía leer las pequeñas letras, supe que le tocó el mismo tema que a mí. Por lo general dividían la evaluación en tres temas, con algunas diferencias, y se repartían de forma intercalada; para evitar que los alumnos se copiaran o evitar que sepan de antemano cuáles eran las preguntas del examen. Al parecer en este caso no era así o habían repartido mal las hojas, porque de lo contrario a Lara debía tocarle un enunciado diferente.


No tenía tiempo que perder, tomé mi lapicera y empecé a leer, buscando esas preguntas capciosas que responden enunciados anteriores. Casi siempre hay pequeñas trampas de ese estilo. A un profesor mío le gustaba poner varios enunciados que respondían otras preguntas, decía que de esta manera se aseguraba que leyéramos completo el examen antes de empezar a responder. Además, si contestábamos mal esas preguntas, era porque estábamos poco antentos, o no sabíamos absolutamente nada del tema.


Luego de la primera lectura comencé a responder desde el primer punto, salteando aquellas que requerían que me pusiera a pensar atentamente, primero descartaría las que podía responder sin esfuerzo. Esto lo hacía porque si el tiempo se terminaba, no quería dejar en blanco aquellos temas que conocía a la perfección. Me sorprendió la simplicidad del examen en general, algunas preguntas me mantuvieron pensando unos minutos, pero pude responder a todas. Cuando me encontraba haciendo las últimas revisiones antes de entregar miré por casualidad a Lara. Me resultó muy extraño verla tan nerviosa, su pie izquierdo repiqueteaba en el piso y daba vueltas al papel en sus manos una y otra vez, como si intentara descifrar en qué idioma estaba escrito. En ese momento sentí una pena enorme por ella, si bien después de lo ocurrido mis amigas me apoyaron, Lara se quedó sola; sin amiga alguna. A veces me entristecía verla caminar tan sola por los pasillos de la universidad. Si bien estaba muy enojada con ella, yo no pretendía que la dejaran abandonada. Me partía el alma verla tan sola. A veces tenía que luchar contra la tentación de abrazarla, darle un cálido beso, y decirle que la perdonaba. Pero la verdad era que aún estaba muy dolida por lo que hizo. Fue una total traición a nuestra confianza.


Pero… repito… me parte el alma verla sola.


¡Mierda, Lara! ¿Por qué las cosas tuvieron que ser así?


Yo te amaba, carajo. La pasábamos muy bien juntas.


Te extraño, petiza. Te extraño mucho.


Tal vez toda esta situación hizo mella en ella, y no pudo concentrarse lo suficiente como para estudiar. Conocía a Lara muy bien, y sólo una gran preocupación la haría fallar en sus estudios. No podía negar que me entristecía mucho verla así, no quería que ella tuviera que cursar otra vez toda la materia por culpa de un simple examen.


Carcomida por la pena, cometí uno de los actos más riesgosos de mi carrera estudiantil. Pude notar qué espacios tenía en blanco en su hoja, y sabía perfectamente qué enunciados le daban más trabajo. Comencé a anotar las respuestas a estos enunciados en un papel en blanco con la letra tan pequeña como pude. Por suerte algunas preguntas se respondían con un “verdadero o falso”, y sólo había que justificar las falsas afirmaciones. Todo el tiempo miré a los profesores, que estaban más concentrados en tomar mates y jugar con sus celulares, que controlar a los alumnos. Además hacía años que yo escapaba de la mirada exhaustiva de éstos, al principio creían que hacía trampas en los exámenes, debido a mis altas calificaciones; pero luego supieron que era todo a base de arduas horas de estudio.


Cuando tuve listo el papel con las respuestas, guardé todos mis útiles escolares, tomé mi bolso y me levanté, simulando estar apurada. Haciéndome mundialmente la boluda, dejé caer mi examen cerca del pupitre de Lara. Ella me miró sorprendida, como si yo fuera una aparición demoníaca. Obviamente ni se había enterado que yo estaba tan cerca. En el momento en que me agaché para recoger la hoja, extendí una mano hasta las piernas de mi ex novia, y dejé entre ellas las respuestas del examen.


Casi le da un infarto a la pobre, no sabía cómo reaccionar. Es medio lela para ésto de hacer trampas, y por un momento tuve miedo de que echara todo a perder. Para disimular, tuve que hacer de cuenta que no podía levantar el papel. De reojo miré a los profesores, ellos ni me miraban. Cuando vi que Lara cerró las piernas para cubrir el papelito, reanudé el paso. Ahora todo dependía de ella. Entregué mi examen y saludé a todos los profesores, dándole más tiempo a Lara para acomodarse. Además me sirvió para asegurarme de que ninguno sospechaba nada.


Como siempre, fui la primera en entregar, y fui hasta la vacía cafetería a tomar un capuchino de la máquina. Estaba un tanto excitada, no sexualmente, tampoco estoy tan loca; pero la adrenalina recorría mi cuerpo como esa vez que tuve sexo con Lara en el baño de la universidad. Una vez más había hecho algo prohibido, y ella era mi cómplice.


Rogué que nadie la descubriera haciendo trampas, eso significaría una tremenda sanción para ambas; porque allí estaba mi letra. Los profesores no tardarían en identificarla.


Diez minutos más tarde vi salir a algunos alumnos, por suerte nadie se me acercó, tenía ganas de estar sola un momento. ¿Haciendo qué? No sé, pensando, supongo. Tan ensimismada estaba en estos pensamientos, que me sobresalté al escuchar la voz de Lara a mi espalda.


―Gracias, Lucrecia ―me dijo, con calma.


Supe que no la habían atrapado haciendo trampa, y eso me tranquilizó mucho. Igual tenía que seguir con mi acto de hacerme la boluda.


―¿Eh? Ah, sí. De nada. ―Sinceramente, no esperaba que viniera a agradecerme.


―Creo que salió todo bien, eran muy buenas las respuestas. Las cambié un poco para que no queden tan parecidas. ―Miró al piso, con su característica timidez―. No pude estudiar bien. ―Se la veía muy triste.


Mi bella Lara estaba sufriendo. Parecía una niña indefensa. Estuve a punto de largarme a llorar. El deseo de abrazarla se hizo más fuerte que nunca; pero me contuve… no sé como, pero me contuve.


―¿Por algún motivo en particular? ―Pregunté, intentando sonar casual.


―Cosas de la vida. ―Se encogió de hombros―. Tengo algo para vos, hace rato que te lo quería dar, pero no tuve la oportunidad. ―Buscó en su bolso unos segundos y extrajo un grueso libro y los dos discos de Radiohead que le había prestado―. El libro te lo regalo, lo otro te lo devuelvo, sé que son muy importantes para vos, y no quiero que los pierdas. Ah, también podés quedarte con los otros dos libros. Gracias por tu ayuda.


De pronto estaba enojada. ¿Por qué? No sé, una mera cuestión irracional.


Tal vez sea porque cuando ella dijo que tenía algo para darme, creí que se trataba de una disculpa. Porque eso es lo único que quiero recibir de Lara. Al ver que se trataba de los discos y el libro, se me hirvió la sangre.


La tensión en el ambiente era tan fuerte que si alguien se hubiera acercado a saludarnos, lo hubiéramos mordido por puro instinto de defensa canino.


―A los discos dejátelos. ―Intenté suavizar un poco mis palabras. Ni siquiera podía enojarme con ella, porque me ofreció las cosas de la manera más dulce del mundo―. O sea, es que ya me los compré otra vez. Te los regalo. Prefiero que los escuches vos.


―Bueno, gracias. ―No parecía muy alegre―. ¿Y querés el libro?


Lo miré, llena de orgullo. Una vocecita en mi cabeza me decía: “No lo aceptes, ella te traicionó, ella no es buena”. “Sólo intenta quedar bien”. Pero por otro lado, me moría de ganas por saber qué ocurría en el tercer libro… especialmente porque ahí estaba el final de la serie.


Tomé el libro, como si fuera Gollum arrebatando el anillo de las manos de Frodo. “Ahora es mío”, dijo esa egoísta voz en mi cabeza.


Hubo un silencio, durante unos segundos. Luego ella dijo:


―Ah bueno, gracias. La verdad es que me gustaron mucho los discos. Radiohead es una buena banda. “Ok Computer” me gustó más, pero creo que después de un tiempo me voy a acostumbrar al otro disco… ¿cómo se llamaba?


―In Rainbows, respondí mecánicamente. Sí, Radiohead es una buena banda. Mirá Lara, no pienses que hice eso porque te haya perdonado, todavía estoy enojada con vos. Gracias por los libros, pero esto no cambia nada. Sé lo importante que es para vos tu rendimiento académico, y cuando te vi así no pude evitar ayudarte. Que esté enojada con vos no significa que quiera que te vaya mal en la vida. Pero que te haya ayudado no quiere decir que volvamos a ser amigas.


―Entiendo, ―dijo, cabizbaja―. Bueno, gracias por tu ayuda. Hoy sí que me salvaste las papas. Bueno, no te jodo más. Chau.


Se alejó caminando a paso lento, ¿por qué todo tenía que ser así? Me derretía al verla tan triste. Estuve a punto de ponerme de pie, y envolverla con mis brazos; brindarle ese refugio que tanto necesitaba. Quería decirle que todavía la amaba... pero no podía. No después de lo que me había hecho. Sentía que ya no podía confiar en ella.



―3―





Esa situación me dejó con mal sabor de boca, para colmo no tenía planes para esta tarde; había decidido tomármela libre, para descansar de las arduas horas de estudio. Cuando terminaron las clases del día, me di cuenta de que no tenía ganas de volver a mi casa y encerrarme en mi cuarto; que era la única forma de escapar de mis padres.


Recorrí los pasillos de la universidad buscando algún sitio apropiado para sentarme a leer un rato y di con un pequeño patio interno perdido en ese inmenso laberinto. Si se contaban todas las áreas y conexiones de las distintas instalaciones, uno se sorprendía de lo increíblemente grande que era el edificio. El pequeño patio estaba bien cuidado, con césped en cuatro cuadrados, divididos por dos caminos de piedra, que formaban una cruz al unirse en el centro. Hasta me causó cierta gracia encontrar un jardincito tan bonito y florido; me sentí un poco como “Alicia en el país de las Maravillas”. Ni siquiera sabía que un sitio tan bonito pudiera existir dentro de la universidad… o el convento; porque creo que esta zona ya se considera parte del convento. Lo mejor de todo era que lo tenía para mi sola. Me senté en uno de los bancos y saqué el libro que Lara me dio. Estuve varios días aguantando la ansiedad, y me sumergí en la Tierra Media al instante.


Apenas había leído tres páginas cuando mi visión periférica me advirtió que alguien caminaba frente a mí. Al levantar la vista me topé con los ojos de una monjita, a la que conocía muy bien.


―¿Qué hacés vos acá? ―Me preguntó con poco tacto, como si yo fuera un perro invadiendo la cama de su dueño.


―¿Acaso no puedo sentarme acá, hay algo que lo prohíba?


No lo podía creer, tuve que encontrarme con Anabella justo el mismo día que hablé con Lara; parecía que el karma estaba aburrido y decidió jugarme una mala broma.


Me puse un poco en el lugar de Anabella, tal vez para ella también había sido casualidad encontrarme ahí. Lo más probable era que ésta debía ser una sección del convento, y no de la universidad. De ser así, yo era la intrusa.


Recordé la canción de Radiohead, Karma Police, especialmente aquella frase que dice: “Policía del karma, arreste a esta chica. Ella me mira, como si fuera dueña del mundo”.


―¿No me estarás siguiendo? ―Movió nerviosa sus dedos.


―¿De qué hablas? Vos estás paranoica.


―Esto no es parte de la Universidad, pertenece al convento. ―Efectivamente, yo era la intrusa.


―No lo sabía, como está todo conectado, es fácil perderse ¿sabés? Además eso no me impide sentarme acá, no estoy molestando a nadie.


―Es que me parece demasiada casualidad verte acá.


―A ver Anabella, ¿qué tiene de raro que yo esté acá? ―Tenía ganas de tirarle el pesado libro por la cabeza. En su lápida diría “Muerte por Tolkien”.


―Este es el lugar al que siempre vengo cuando quiero tomar un poco de aire y estar sola. Casi nadie viene para acá. Prácticamente es mí lugar.


―Yo lo encontré de casualidad. Ni siquiera sabía que vos venías.


―¿De verdad? ―Se sentó en el banco enfrentado al mío.


―Claro, Anabella. ―Tenía un nudo en la garganta, me resultaba muy incómodo hablar con ella; más estando en clara situación de desventaja. Tenía que revertir eso―. No pienses que sos el centro del mundo. La verdad es que ni siquiera tenía ganas de verte. Me dolió mucho la forma en que me despachaste, pero ya estaba dejando eso atrás.


―Yo no te despaché.


―¿Ah no? ―Apreté el libro entre mis dedos, hasta que los nudillos se pusieron blancos―. Me borraste de tu vida, como si yo nunca hubiera existido; como si nunca hubiéramos sido amigas. Todo porque soy lesbiana, y al parecer eso a vos te jode mucho, o te da miedo. En una de esas pensás que es contagioso.


―A mí no me molesta que seas lesbiana.


Esta vez no pude resistirme, le tiré con el libro y todo su contenido. Lo hice con fuerza excesiva, pero ella logró esquivarlo. De haber sabido que las monjas tenían tan buenos reflejos, le hubiera apuntado al medio del pecho y no a la cabeza.


―¡Claro que te molesta! ―Estallé―. Vos misma lo dijiste. Me pediste que no te visite más, porque ahora todo el mundo sabe que me gustan las mujeres. ¡Ese fue el motivo! ―Mis ojos se llenaron de lágrimas―. No seas tan hipócrita de decirme que eso no te importa. Creí que éramos buenas amigas… de verdad la pasaba muy bien con vos. Pero arruinaste todo, y además me echás la culpa a mí.


―Tranquilizate Lucrecia, por favor. ―Su voz permaneció tan serena como la de un cura en un velorio―. Te pido disculpas. Tenés razón. Ese fue el motivo, no te lo puedo negar.


―Eso no arregla las cosas, ni me tranquiliza. ―Tenía los puños apretados, en cualquier momento hacía puré de monja.


―No fue mi intención hacerte enojar. ―Juntó mi libro, que por suerte seguía con todas sus páginas unidas―. A veces cometo el error… es que… bueno, vos ya lo habrás notado.


―No te entiendo una mierda.


―Nunca le dije esto a nadie, porque me hace sentir vergüenza de mi misma. Tengo la mala costumbre de hablar como si yo fuera dueña de la verdad, como si yo supiera todo; y la verdad es que no sé nada. Estoy todo el día encerrada en estas paredes y no tengo más vida que la que le dedico al Señor.


―Es lo mismo que te vengo diciendo desde el día en que te conocí, Anabella.


―Lo sé. Pero me cuesta mucho asumirlo. ―Acarició la tapa del libro, como si se tratara de un gatito. Leyó el título―. Ni siquiera leí libros que fueran ajenos a las Sagradas Escrituras. No pienses que te pedí que te vayas porque no te quería.


―Me pediste que me vaya porque sos una miedosa. Nunca tomas riesgos y sólo tuve que verte durante pocas semanas para notarlo. Sos demasiado transparente, aunque te escondas detrás de esa sotana. Hasta esos días que no la tenés puesta dejás ver… dejás ver… ―De pronto, un recuerdo me invadió. Se enterró en mi mente, como los clavos de la cruz―. Esa tarde… cuando me dijiste que no te vea más, no tenías puestos tus hábitos.


―¿Y eso que tiene de raro? Te dije que no siempre los uso.


―No es sólo eso. Tampoco llevabas la cruz que te regaló tu papá, me dijiste que siempre la llevabas. ―Ahora mismo podía verla colgando de su cuello, la pálida madera contrastaba con el negro de su atuendo―. ¿Por qué no la tenías puesta?


―Eso es personal, Lucrecia. No te voy a contestar.


―El video que Lara grabó también era personal, y sin embargo todo el mundo lo vio; vos inclusive. Decime, ¿por qué te sacaste la cruz ese día?


―Porque no tenía ganas de usarla…


―No me mientas. ―Las lágrimas brotaron una vez más―. Estoy harta de que me mientas y que me des las espalda, que me trates como si fuera una nena ingenua. Por primera vez te pido que seas totalmente honesta conmigo, así voy a saber que, al menos, confiaste en mí por un instante. ―Se puso tensa, y sus mejillas se sonrojaron. Como no dijo nada, tuve que responder yo misma la pregunta―. Si te sacaste la cruz, es porque sentiste que no la merecías. Hiciste algo malo, algo que te hizo sentir culpable, que te hizo sentir sucia. ―Miré a sus ojos, supe que había acertado―. Ese día te masturbaste.


―Pero… pero yo te dije que a veces lo hacía y que…


―Esa no fue como otras veces, ¿lo hiciste mirando mi video? ―Se quedó muda, con los ojos clavados en mí―. Contestame Anabella.


―No tengo por qué contestar esas cosas. Ya te dije que fue un motivo personal, y por más astuta que te creas, a veces te podés confundir y podés juzgar a las personas de forma errónea. Ese día le di la cruz al Padre para que la bendiga.


Al decir esto se puso de pie y dejó el libro sobre el banco. Abandonó el patio, con ese rápido andar de las monjitas, parecía que estuviera flotando sobre el suelo.


El día fue una mierda. Encontrarme con Lara y Anabella el mismo día me dejó muy molesta y triste a la vez. Estuve toda la tarde encerrada en mi cuarto, no sabía qué hacer. Ni siquiera me pude concentrar en la lectura del libro; porque me recordaba mucho a Lara. Hasta olía como Lara. ¿Acaso esa enana maldita le había puesto su perfume al libro, para que yo pensara en ella? Me daba la impresión de que sí lo había hecho, el aroma era potente.


No sabía qué mierda iba a hacer con ellas, pero al menos tenía otras amigas a las que podía recurrir. Me dije a mí misma que, como ya había estudiado mucho para el examen, podía aprovechar a salir a divertirme un poco.





Recordé que el miércoles no tendríamos clases. La universidad estaría por alguna reunión con el gremio, o algo así. Supe que esa era la oportunidad indicada para alegrarme. El martes podía salir a romper la noche con mis amigas; luego dormiría el miércoles entero.

miércoles, 8 de mayo de 2019

La MILF más Deseada [08].

    1. Capítulo 8.


      1. -1-



El día anterior Julián se había ido a dormir pensando en las anécdotas sexuales que su madre le contó; pero lo mejor de todo fue rememorar la sensación de tener su verga dentro de la boca de su mamá. Había sido un mero ensayo, y ella se había atrevido a más después de contarle sobre sus experiencias sexuales; por lo que al otro día se despertó recordando la promesa que ella le había hecho: le contaría más.

No quería presionarla, por lo que actuó con normalidad durante toda la mañana, y gran parte de la tarde. Imaginó que ese momento llegaría en la noche, y que se sentarían juntos en la cama, y ella le narraría otra de sus vivencias sexuales mientras él se hacía la paja… y tal vez ella se animaría a meterse la pija en la boca.

Estaba oscureciendo cuando Julián vio a su madre salir del dormitorio, tenía puesto un vestido negro elegante, y muy ceñido al cuerpo; la tela le dibujaba las curvas con la maestría de un artista profesional. El chico se quedó boquiabierto. No reaccionó hasta que vio a esa despampanante rubia tomando un bolso de mano, y las llaves de la casa.

—¿Te vas? —Preguntó, claramente decepcionado.

—Sí, Débora, mi ex jefa me invitó a cenar a la casa… creo que quiere ofrecerme el trabajo otra vez. Me contó que las cosas en el negocio están funcionado mejor.

—Pero… pero… ¿entonces?

—No te preocupes, Julián, aunque me de el trabajo de vuelta, lo de las fotos sigue en pie. No te olvides que sólo trabajaría unas cuatro horas al día, y no me van a pagar mucho. Además… ni sé por qué me hago ilusión, lo más probable es que ella sólo quiera una cena de amigas, como para que la relación siga bien, aunque ya no trabaje para ella.

—Vos me habías hecho una promesa…

—¿Qué promesa? —Preguntó ella, mientras se miraba en un pequeño espejo de mano.

—Me dijiste que me ibas a contar del tipo que conociste.

—Ah, sí… ya me acuerdo. Bueno, eso tendrá que esperar.

—¿Hasta que vuelvas de la casa de Débora?

—No sé, tal vez hasta mañana. Por si no te diste cuenta, hoy es sábado. Hace mil años que no salgo a pasear, principalmente porque nunca tengo plata. Ahora tengo…. y le dije a Débora que podíamos salir a dar una vuelta. ¿Vos ya no salís más a bailar con tus amigos?

—No, no me gusta bailar. Me aburro en las discotecas.

—Es una lástima, yo siempre la paso bien.

—Será porque te arriman pijas, y eso te gusta, —dijo Julián, con una sonrisa libidinosa—. Y con ese vestido tan corto, seguramente te van a arrimar de lo lindo.

—Bueno, eso es cierto.

—¿Y pensás hacer algo?

—¿Con algún tipo?

—Sí…

—¿Te molestaría si eso ocurriera?

—Nah, para nada. Al contrario. Te sugiero que lo hagas. Pasala lindo, divertite. Hacé un poco de vida de soltera.

—De viuda, querrás decir.

—No, de soltera. Lo que le pasó a papá es una pena. Pero ya pasó, hace tiempo. Vos te merecés disfrutar de tu vida.

—Bueno, me alegra mucho escuchar eso. Sinceramente salgo a divertirme un poco con mi amiga, no sé si pasará algo con algún tipo. Si se da la oportunidad, es muy probable que la aproveche; pero tampoco voy a estar buscando eso.

—Está bien, vos salí a divertirte. Yo voy a aprovechar para invitar a mis amigos a jugar a la play, y a tomar unas cervezas.

—Ok, pero ustedes limpian todo el desorden. Pienso dormir hasta tarde, y no quiero levantarme a limpiar… ¿está claro?

Julián empezó a reírse.

—¿Qué es tan gracioso? —Preguntó la rubia.

—Es que vestida así no tenés mucha “autoridad de madre”. Parecés un gato barato.

—¡Hey! ¡Este gato sigue siendo tu madre! ¡Y de barato, nada! Me están pagando muy bien por mostrar el culo. Y eso no significa que pierda mi autoridad como madre. Vas a tener que limpiar todo, porque sino se arma la gorda.

—Está bien, te lo prometo. De todas formas los que van a limpiar son mis amigos, porque yo voy a pagar las cervezas, aprovechando que ahora puedo hacerlo.

—Mientras quede todo limpio, no me importa que vengan y que se queden hasta la hora que quieran.

Diana se despidió de su hijo dándole un beso en la mejilla. Salió de la casa acomodándose el vestido, que se le subía con cada paso y corría el riesgo de estar mostrando su diminuta tanga.




—2—

Eran aproximadamente las cinco de la madrugada cuando Diana regresó a su casa. Se encontró con un gran desorden de cajas de pizza a medio comer, botellas de cerveza vacías y un bullicio que provenía del living. Tambaleándose, por los efectos del alcohol, se dirigió hacia donde provenía el griterío. Encontró a a dos de los mejores amigos de Julián: Lucho y Esteban. Se encontraban sentados frente al televisor, charlando entre ellos. Al parecer estaban disputando un partido de fútbol en la Play Station. No había señales de su hijo.

Los dos chicos se quedaron petrificados al instante en cuanto ella entró al living. Sin mover ni un solo músculo, la recorrieron con la mirada. Diana tenía las piernas al desnudo, y había que subir mucho la mirada para encontrarse con su corta pollera, la cual le tapaba en parte la tanga blanca, que se asomaba por debajo. Al seguir subiendo pudieron admirar cómo ese vestido se ceñía perfectamente a las curvas de la rubia, para coronarse en ese gran par de tetas, que parecían apunto de hacer explotar la tela. La areola de uno de los pezones era perfectamente visible, y la otra no debía estar muy lejos de asomarse.

—Hola, chicos —saludó Diana, su lengua estaba un tanto adormecida por efecto del alcohol—. No hace falta que dejen de jugar… Julián ya me había dicho que ustedes venían. Por cierto ¿Dónde está él?

La respuesta tardó en llegar, pasados unos segundos de incómodo silencio, Lucho fue el primero en hablar:

—Eh… se fue a dormir. Dijo que estaba muy cansado, porque había estado trabajando toda la tarde con el asunto de las fotos —el pobre chico no sabía cómo hacer para hablarle a Diana y al mismo tiempo mirarla a los ojos. Su mirada saltaba de la tanga a las tetas, idea y vuelta.

—Ah, bien… ¿por qué tan tensos, chicos? No se asusten, no soy una de esas madres medio brujas, a mí me encanta que vengan a casa y la pasen bien. Pueden quedarse hasta la hora que quieran.

—Sí, lo sabemos, Diana —dijo Esteban, él era un poco más sinvergüenza que Lucho—. Es que nos sorprendimos al verte… ¿adónde fuiste tan linda? Si es que se puede saber.

—Salí a divertirme un rato —dijo Diana, con una amplia sonrisa, meneando un poco las caderas—. Hacía mucho que no salía a bailar… ¡Ay, perdón, ni los saludé!

La rubia se acercó a los chicos, tambaleándose un poco en sus tacos altos, se inclinó delante de Lucho y los ojos de éste se clavaron direcamente en esas grandes tetas, que le quedaron a centímetros de la cara. Diana le dio un beso en la mejilla y el chico se puso rojo. Luego repitió el saludo para Esteban, quien, siendo un poco más pícaro, aprovechó para posar una mano en la cintura de Diana. Después de recibir su beso en la mejilla, le dijo a la rubia:

—¡Diana! ¡Qué olor a alcohol tenés en la boca!

La aludida empezó a reírse como una adolescente, y dijo:

—Lo que tengo en la boca es olor a pija.

Una vez más los amigos de Julián se quedaron paralizados, incluso Esteban, que no se esperaba esa respuesta por nada del mundo.

—¡Apa! —Exclamó Lucho, luego de un rato en silencio, como si su cerebro tuviera delay—. ¿Estás diciendo que…¡

—Shhh —lo hizo callar Diana, llevándose un dedo a la boca—. No le cuenten nada a Julián… pero sí —le guiñó un ojo a los chicos.

—Esperá —dijo Esteban, como si quisiera detener el tiempo en ese preciso instante—. ¿Lo decís en serio? Estuviste… chupando… —tragó saliva—¿una pija?

—¿Tiene algo de malo? —Preguntó la rubia, parándose bien recta de golpe, lo que hizo que sus tetas dieran un salto. Uno de sus pezones ya se estaba asomando, y el otro estaba a mitad de camino. Los ojos de los chicos se clavaron en esos grandes melones blancos, coronados por picos marrones.

—No tiene nada de malo —Se apresuró a decir Lucho.

—No, de verdad que no —aseguró Esteban—. Es que se nos hace muy raro que vos salgas a bailar y termines haciendo algo como eso.

—¿Por qué es raro? —Quiso saber ella, tenía los brazos en jarra, lo que dejaba su voluminoso pecho completamente a la vista—. Muchas mujeres lo hacen.

—Es cierto… —dijo Esteban. Se acordó momentáneamente del partido de fútbol, en el que los jugadores miraban una pelota inmóvil, puso en pausa el juego y continuó—. Estás en todo tu derecho de hacerlo, Diana… es sólo que… vos sos la mamá de Julián, y nunca que pensamos que las madres de nuestros amigos fueran capaces de hacer cosas como esas.

—Bueno, pero yo sí las hago. Tal vez no soy como la mamá de todos tus amigos —ella sonreía, la situación le divertía mucho.

—Eso seguro, —dijo Lucho—. Ninguna de las madres de mis amigos está tan buena como vos, Diana… incluyendo a la mamá de Esteban.

—Puedo asegurar lo mismo —dijo Esteban—. De las madres de nuestro grupo de amigos, por mucho, vos sos la más hermosa.

—¡Ay, gracias, chicos! No saben cuánto me halaga escuchar eso. De todas formas no anden pensando que soy una puta… no es que haga esto todas las noches. Llevaba tiempo sin salir a divertirme… y sin chupar una verga.

—Diana —dijo Esteban, quien ya podía sentir su pene poniéndose rígido—. Por más que lo hicieras todas las noches, nosotros no pensaríamos mal de vos.

—Claro que no —agregó Lucho—. Además, con lo hermosa que sos seguramente tenés muchas propuestas.

—No tengo tantas como se imaginan. Lo de hoy fue algo improvisado… tengo sed, ¿hay algo fresco para tomar?

—En la heladera quedaron algunas latas de cerveza.

Sin decir nada más, la rubia dio media vuelta y caminó hacia la cocina. Los chicos se miraron el uno al otro, y luego contemplaron el vaivén de esas caderas y ese gran culo perfectamente encajado en la tela blanca del vestido. Se pusieron de pie de un salto, y la siguieron.

Diana sacó una lata de cerveza de la heladera, la abrió y tomó un buen sorbo.

—¿Estás segura de que es buena idea seguir tomando alcohol? —Le preguntó Lucho, con genuina preocuapación.

—Sí, no pasa nada… ya me voy a dormir, pero tenía la garganta seca, de tanto chupar… ya saben —volvió a guiñarles un ojo.

—¿Y qué tal estuvo la verga? —Quiso saber Esteban.

Diana soltó una risa demasiado estridente, poniendo aún más en evidencia su estado de ebriedad.

—¡Ay, chicos! No les voy a estar contando esas cosas.

—Pero ya nos contaste que chupaste una, —insistió Esteban—. No nos vamos a escandalizar por algunos detalles extras.

—Bueno, ustedes ya son grandes, y seguramente alguna vez les habrán chupado la verga ¿cierto? —Ambos asintieron con la cabeza. Ninguno de los dos era virgen, motivo por el cual no estaban tan inhibidos ante la rubia, pero no tenían la suficiente experiencia como para encarar el asunto de forma más directa—. La verdad es que… ¡Ay!

Diana intentó caminar, pero perdió el equilibrio por culpa de sus tacos, y del alcohol. Lucho se apresuró a sujetarla. Se aferró a la rubia desde atrás, envolviéndola con sus brazos. Sus manos quedaron justo debajo de las tetas de Diana, el vestido ya no resitió la presión, y ambos pechos quedaron en completa libertad, inflados ante la presión que venía de abajo. Sin quererlo, pero sin apartarse, el bulto de Lucho había quedado bien pegado a la cola de Diana. El vestido blanco se subió, mostrando toda la tanga blanca de la rubia, era tan pequeña que de no tenerla completamente depilada, se le vería buena parte del vello púbico.

A pesar de que Lucho la sujetó muy bien, Esteban consideró que él también debía colaborar. Se posicionó delante de Diana, muy pegado a ella, y la agarró de ambas piernas, y ésto provocó que se le subiera más el vestido.

—¡Ay, se me ven todas las tetas! —Alcanzó a exclamar la rubia.

—No pasa nada, Diana. —Dijo Esteban—. Casi te caés. ¿No te parece que deberías dejar de tomar?

—No fue por eso, es la culpa de estos zapatos de mierda.

Ella se movió un poco, intentanto quitarse los zapatos, con el meneo de su culo pudo sentir todo el bulto de Lucho restregándose entre sus nalgas. Con una mano hizo el ademán de subirse el vestido para taparse las tetas, pero éstas eran tan grandes, y las manos de Lucho estaban sujetando tan fuerte la tela, que no pudo cubrirlas en absoluto.

—Ya me pueden soltar —dijo, una vez que se quitó los zapatos—. No me voy a caer.

—¡Qué buenas tetas, Diana! —Exclamó Esteban, ignorándola por completo—. Más de una vez me pregunté cómo serían, pero no me imaginé que fueran tan lindas.

—¡Ay, che! —Exclamó ella, riéndose—. ¡Qué vergüenza! No me gusta que los amigos de mi hijo me estén mirando las tetas.

—¿Por qué no? —Preguntó Esteban—. Ya somos grandes, no es la primera vez que vemos un buen par de tetas. Aunque no sé si tan lindas como las tuyas.

—Bueno, gracias… pero Julián se va a enojar. Suficiente tiene con los chistes que le hacen sobre mí.

—¿Qué chistes? —Preguntó Lucho, con fingida incredulidad.

—Vamos, chicos… no se hagan los sonsos. Sé muy bien que a Julián le hacen muchos comentarios refiriéndose a mí… más de una vez los escuché decirle cosas como: “Qué buena está tu mamá”... “Y lo que le haría a tu mamá”.

—¿Y a vos te molestan esos comentarios? —Preguntó Esteban, pegando su bulto a la concha de Diana.

—A mí… no, para nada —dijo ella, acalarándose aún más—. Pero a Julián le molestan… y ahora le van a hacer chistes porque me vieron las tetas.

—Te prometemos que no le decimos nada —dijo Lucho, quien en un atolondrado acto de valentía, subió sus manos y se aferró a las tetas de la rubia.

—¡Ay, che! Nadie dijo que podían tocar. No me esperaba esto de ustedes, chicos…

—Y nosotros no esperábamos verte vestida así… —dijo Esteban—. Así como tampoco esperábamos saber que estuviste chupando una verga. ¿Cómo fue?

—Grande —dijo Diana, con una pícara sonrisa—. Si iba a chupar una, quería que fuera bien grande.

—¿Te gustan las pijas grandes? —Preguntó Esteban, restregándole el bulto contra la concha, que estaba apenas protegida por la fina tela de la tanga.

—Sí, me encantan las pijas grandes.

Diana también colaboró, meneando un poco la cintura, entrecerró los ojos y disfrutó de los apretones que recibía en las tetas, y de esos duros bultos que se frotaban contra partes sensibles de su cuerpo. Esteban aprovechó el momento para subir el vestido de la rubia tanto como pudo, la tela blanca quedó formando una especie de cinturón, ya no cubría nada de las tetas o de la zona de la tanga; Diana estaba prácticamente desnuda.

—¿Y quién era el tipo al que le chupaste la verga? —Quiso saber Lucho, quien no dejaba de manosearle las tetas a la rubia.

—Era un pendejo, de la edad de ustedes. Estuvo arrimándome toda la noche, mientras yo bailaba. Me manoseó todo el orto… me dejó re caliente. Le agarré el bulto y me di cuenta de que la tenía bastante grande, ahí fue cuando le dije que podíamos irnos juntos. Me llevó al auto y ahí nomás empecé a chuparle la pija…

—¿Y estuviste mucho rato haciéndolo? —Preguntó Esteban.

—Sí, bastante… me tomé mi tiempo, no apuré las cosas. Hacía rato que no me comía una pija así… quería disfrutarla lo más posible.

—¿Y te dejaste coger? —Preguntó Lucho, pellizcándole un pezón.

—No me garchó de casualidad… yo me hubiera dejado. Lo que pasa es que después de la chupada de pija, no se le paró más. Me acabó en toda la cara… me dejó llena de leche… pero no se le paró más. Después le pedí que me trajera a casa, y bueno, acá estoy…

—¿Así que te quedaste con ganas de coger? —Esteban sacó la verga de su pantalón. En cuando Diana sintió el contacto con la piel tibia del miembro masculino, se sobresaltó.

—¡Ay, no chicos! Ya me imagino en qué estarán pensando, pero no va a pasar… son los amigos de mi hijo —diciendo esto se apartó, haciendo un poco de fuerza—. Me voy a la pieza, a dormir… ustedes quédense hasta la hora que quieran, pero antes de irse limpien todo.

—Vamos, Diana… —dijo Esteban, intentando aferrarse a ella por detrás.

—No, Esteban… perdón si entendieron mal, chicos… pero ésto no va a pasar. No se hagan ilusiones. Estoy algo borracha y eso me hace decir barbaridades de las que me voy a arrepentir. Pero estoy lo suficientemente lúcida como para reaccionar y que todo quede acá. —Se acomodó el vestido lo mejor que pudo, cubriendo parcialmente su desnudez—. Lo siento mucho, chicos, sé que en parte es mi culpa, espero que no se enojen conmigo… pero eso que tienen en mente, no va a pasar. Ni esta noche, ni nunca. ¿Quedó claro?

—Está bien, Diana. —Dijo Lucho, con amabilidad—. Te respetamos y no vamos a hacer nada que no quieras—. Esteban parecía con ganas de seguir insitiendo, pero un gesto de Lucho fue suficiente para que no abriera la boca—. Andá a dormir tranquila, nosotros vamos a limpiar todo antes de irnos. Tenés mucha razón en algo, vos sos la mamá de nuestro amigo, y no vamos a forzarte a hacer algo que no quieras. Así que no tengas miedo.

—Gracias, chicos. Son unos amores. Por favor no le cuenten nada de esto a Julián.

—No vamos a decir nada —aseguró Esteban.

Diana le dio un beso en la mejilla a cada uno, tomó un último trago de la lata de cerveza y luego se fue a su pieza.

Cerró la puerta con tranca, no le gustaba usarla, pero esa noche lo ameritaba. Confiaba en los amigos de su hijo, pero la tranca la hacía sentirse más segura. Su intención no era dormir, al menos no de momento. Abrió el cajón de la mesita de luz y sacó su preciado consolador. Se desnudó completamente, se tendió en la cama con las piernas bien abiertas, y sin ningún tipo de preámbulo, se penetró con el pene plástico. Éste entró con relativa facilidad, a pesar de que ella es algo estrecha, esa noche estaba tan caliente que su concha se abrió como una flor en primavera.

Se dio duro con el consolador, meneándose en la cama, y recordando cada detalle de la pija que chupó en el auto. No podía recordar muy bien la cara del pibe, pero sí su largo y ancho miembro viril, así como el sabor de su semen. Omitió un pequeño detalle al contarle la anécdota a los amigos de su hijo, no dijo que ella se tragó hasta la última gota de esa espesa y tibia leche… y que se quedó con ganas de más. También fantaseó con las caricias y arrimones que recibió por parte de Lucho y Esteban, y se dijo que si ellos no fueran amigos de su hijo, tal vez se hubiera dejado coger… quién sabe, incluso por los dos a la vez. Esta fantasía la hizo volar, y aceleró el ritmo con el que se metía el consolador. Entre gemidos y sacudidas llegó a un fuerte orgasmo. Quedó rendida ante el cansancio, y sin darse cuenta, se quedó dormida.




—3—




Al día siguiente Diana se levantó muy tarde, y con mucho dolor de cabeza. Completamente desnuda caminó por la casa, por suerte los amigos de su hijo ya no estaban allí, pero Julián sí. Él se quedó mirándola fijamente.

—¿Qué tal la pasaste anoche? —Preguntó él.

La rubia se puso en alerta, pero se tranquilizó enseguida al darse cuenta que no había ningún tono extraño en la voz de su hijo. Él lo preguntaba sinceramente.

—Bien, la pasé lindo. Aunque creo que tomé mucho. Me duele mucho la cabeza.

—Deberías darte un baño, eso ayuda con la resaca… creo… porque yo no soy de andar tomando tanto como vos.

—Te voy a hacer caso.

—Está bien… y mirá que todavía no me olvidé de lo que me debés.

—¿Y qué te debo?

—La historia… sobre el tipo ese que conociste cuando estabas peleada con papá.

—Ah, sí… sé que te la debo, y te prometo que si me siento bien, hoy te cuento esa historia. Ahora me quiero bañar.

Ella se dio una buena ducha, disfrutando de la tibieza del agua. Se quedó allí más tiempo de lo que acostumbraba, pero necesitaba calmar el dolor de cabeza. La lluvia no hacía milagros, pero era mejor que nada. La puerta del baño se abrió y Julián entró con un vaso de agua en una mano, y una pequeña pastilla blanca en la otra.

—Tomate esto —le dijo a su madre—. Te va ayudar con el dolor de cabeza… en el agua disolví un antiácido. Eso también te va ayudar.

—Sos el mejor hijo del mundo.

Ella tomó el agua y tragó la pastilla, se dio cuenta de que los ojos de Julián recorrían todo su cuerpo, pero ya había superado esa etapa. No le importaba estar completamente desnuda frente a su hijo. El chico se marchó y ella consideró que debía hacer algo para devolverle el favor, y si él estaba tan interesado en conocer la historia que tuvo ella con aquel tipo, entonces se la contaría.

Después de unos minutos salió del baño, envuelta en una toalla, y cuando vio a su hijo le dijo:

—Vamos a la pieza, así te cuento esa historia que tanto querés escuchar.

Julián sonrió y sin decir nada siguió a su madre. Le dio unos minutos para que se secara un poco, y cuando ella se acostó en la cama, él se puso a su lado, no sin antes sacarse toda la ropa.

—¿No te molesta que…?

—¿Que te desnudes? Ay, no Julián. No me molesta… además sé que vas a terminar haciéndote una paja. Así que ¿por qué no sacarse la ropa de una vez?

—Incluso podrías…

—¿Podría qué?

—Es que se me ocurrió que podrías… emm… practicar.

—¿Practicar qué?

—Lo de metértela en la boca…

—¡Ah, qué boluda, ya tendí! ¿Vos querés que aproveche para acostumbrarme a meterme tu verga en la boca?

—Y… lo necesitamos para las fotos. Y la última vez que me contaste una de tus anécdotas, te animaste a hacerlo, más de una vez.

—Es que me caliento mucho contándote esas cosas, y la calentura me ayuda a perder un poquito la vergüenza. Está bien, voy a ver si me animo a probar un poco… pero no te prometo nada.

—Bueno, ahora sí… contame ¿Quién era ese tipo?

—No te voy a decir el nombre... igual no sabés quién es, no lo viste nunca. Lo conocí un día que fui a la playa. Yo estaba sola, porque me había peleado con tu padre, como ya sabés. Ese día me animé a usar un bikini medio chico. Soy consciente del impacto que causa mi cuerpo, pero son pocas veces las que lo usé como un arma a mi favor. Aquella vez no fui con la intención de conseguir un amante, pero sí tenía ganas de sentirme hermosa, y que la gente me mirara. Este tipo...

—Ponele un nombre, porque si cada vez que te refieras a él vas a decir “este tipo”...

—Bueno, yo le decía “Tano”, porque tenía apellido italiano.

—Me imagino que se te acercó en la playa.

—Sí, lo hizo apenas me vio. Me causó gracia, porque empezó a chamuyarme con las típicas frases de siempre: “¿Qué hace una chica tan linda como vos solita en la playa?”; “Esperé toda mi vida para conocerte”, y boludeces por el estilo. Nada que no hubiera escuchado antes. Sin embargo esta vez necesitaba oír esas palabras, y esa fue la gran diferencia... bueno, eso y que el tipo estaba re bueno. Perdón que te lo diga, pero es la verdad.

—Papá nunca fue un hombre muy atractivo, —dijo Julián—, todavía no entiendo cómo te casaste con él. Yo lo quería un montón, pero seamos sinceros, mamá... vos podías elegir a un hombre mucho mejor.

—Tu padre siempre fue consciente de eso, motivo por el cual siempre se esforzó mucho. Yo prefería tener a mi lado a un hombre que se esforzara por complacerme, y no a uno que le diera igual. Al único hombre genuinamente honesto en ese sentido que conocí, fue a tu padre. Por eso me casé con él. Así que imaginate cómo me sentí cuando me engañó... lo más irónico es que todo el mundo creía que el cornudo era él, y yo siempre me enojaba.

—Bueno, un poco de cuernos tenía… no te olvides de que te dejaste arrimar de lo lindo por un tipo en una discoteca, y de que le chupaste la pija a otro en un hotel.

—Nunca me voy a poder olvidar de eso, y sé que estuvo muy mal de mi parte… sé que eso debe haber hecho que los cuernos de tu padre crecieran un poco, pero creeme, en comparación la más cornuda fui yo. Porque él se acostó varias veces con la mujer con la que me engañó.

—No entiendo cómo un tipo como él podría engañarte a vos con otra mujer… siendo vos tan hermosa.

—Es que a mí ya me tenía ganada… yo creo que él buscaba un desafío, poder conquistar a otra mujer hermosa y llevársela a la cama. Y lo consiguió. Por más que no fuera el tipo más lindo del mundo, tu padre sabía cómo tratar a una mujer y hacerla sentir de maravilla.

—¿Y qué pasó con el Tano en la playa? —mientras hablaban, cada uno se acariciaba su propio sexo, lentamente, como si estuvieran entrando en calor.

—Nada, sólo hablamos y tomamos una cerveza juntos. Él me invitó a su casa, pero vivía en una zona medio fea, así que le dije que no. Bueno, por eso y porque era un desconocido, por más bueno que estuviera. Él se portó muy bien y me dijo que no me quería presionar, me contó que iba a esa playa todos los fines de semana, de viernes a domingo, y que si quería verlo otra vez, ya sabía dónde encontrarlo.

—Obviamente volviste.

—Sí, y volví al otro día, que era domingo. Lo encontré sentado en el mismo lugar en el que nos conocimos. Se puso muy contento al verme, y me elogió las tetas. Aclaro que yo tenía puesto un bikini muy parecido al del día anterior. Esta vez fui más sincera con él, y le conté que tenía marido. Creo que lo dije porque me daba miedo que él pensara que había vuelto para que pasara algo entre nosotros. Él me dijo que no era celoso y que no le importaba que yo fuera casada. Si bien no lo conocía, él me hacía sentir deseada, y eso era justo lo que yo andaba necesitando. Le dije que me ponía nerviosa que algún conocido me viera con él, pero que tampoco iría a su casa. Entonces a él se le ocurrió que fuéramos a un sector de la playa que está bastante apartado de la zona que suele concurrir la gente. Es una zona medio fea, con yuyos largos y camalotes, no se puede nadar ahí.

—Ya sé de qué parte hablás, yo saqué algunas fotos de ese lugar, no es tan feo... tiene su encanto.

—Sí, puede ser. Lo mejor es que ahí no había nadie, ni un alma. Él empezó a pedirme por favor que lo dejara pasarme el bronceador...

—Típico...

—Seee... la originalidad nunca fue su fuerte; pero tenía mucho carisma. Yo, como una boluda, le dije que sí. ¡Para qué! —Diana aceleró el ritmo con el que se frotaba la concha—. El muy desgraciado aprovechó para manosearme las piernas, la espalda, la panza... y bueno... ya sabés.

—Sí, me imagino; pero quiero que lo sigas contando... está muy bueno el relato.

Diana miró la verga de su hijo, él se estaba pajeando con tantas ganas como ella. Luego dijo:

—Mmm... mirá que yo tengo ganas de contar muchos detalles zarpados, ¿no te va a molestar?

—¿De verdad pensás que me puede molestar, después de todo lo que hablamos?

—Sí, porque tal vez sientas que traicioné a tu padre...

—La relación que haya habido entre papá y vos es cosa de ustedes, él era mi viejo y siempre lo voy a extrañar; pero ahora que sé que él te engañó, no encuentro motivo para enojarme con vos por cualquier cosa que hayas hecho después.

—Bueno, gracias, eso me tranquiliza mucho. Está bien, preparate porque no le voy a poner filtro a nada, te voy a contar todo tal y como pasó... aunque tal vez no te lo cuente todo en un día; porque es una historia medio larga.

—Vos tomate el tiempo que quieras, yo no tengo ningún apuro.

—Pero te advierto que vas a conocer muchas cosas de mí, que tal vez ni te las imaginabas. No siempre fui la esposa ejemplar.

—No hace falta que te justifiques tanto, mamá. Si lo engañaste o no, eso no me importa. Él te engañó y no creo que debas sentirte muy culpable si alguna vez le pusiste los cuernos. Pero quiero saber todo, aunque vos creas que me vaya a molestar. Contame todo sin miedo.

—Está bien. Te voy a contar todo, y ya te aviso que te va a cambiar mucho la imagen que tenés de mí. Mmmm... mirá cómo estoy —Diana extrajo los dedos de su concha, estaban llenos de flujo—. Me está gustando esto de que nos hagamos la paja juntos. Es muy loco... pero me agrada.

—Sí, a mí también. No siempre tengo la oportunidad de mirar un par de tetas como esas...

—Es cierto, sos un chico muy afortunado de tener una mamá tan linda como yo.

—Y tan modesta.

—Estoy harta de la modestia. Estoy muy buena, carajo... y me gusta saberlo. Y me encanta que te gusten mis tetas... como sos tan buen hijo, te doy permiso para que las toques un poquito.

—¿De verdad?

—Sí, aprovechá ahora que estoy caliente —ella misma agarró la mano libre de su hijo y la posicionó sobre una de sus tetas—. Pero no aprietes mucho, porque duele. ¿Te gusta?

—Está genial —dijo Julián, sobando la teta de su madre—. Seguí contándome del tipo de la playa.

—Sí, obvio, ahora tengo más ganas que nunca de contarte. Te dije que le di permiso para que me pasara el bronceador, y que él se aprovechó... me pasó la mano por la parte de arriba de las tetas, no las metió en el bikini, pero poco le faltó; de todas maneras, como el corpiño no era muy grande, tenía mucha teta para explorar. Yo me reía como una boluda mientras él me acariciaba. Después me pidió que me acostara boca abajo. Volvió a pasarme bronceador en la espalda y en las piernas, pero de a poco se iba acercando a mi culo. Al principio yo le apartaba la mano, pero él insistía y a mí se me estaba levantando la temperatura. Como ya te imaginarás, no tardó mucho en acariciarme la concha... y yo ya no tenía muchas ganas de apartarlo. Al ver que yo no me quejaba, metió la mano en el bikini, y me empezó a colar los dedos en la concha.

—Y vos te dejaste...

—Sí... yo me dejé. Después de un rato de estar masturbándome, me dijo que si yo quería me podía dar una buena cogida ahí mismo, total no nos vería nadie. Le dije que no me animaba a coger con él, menos al aire libre. Entonces sacó la verga y me dijo: “Al menos me podrías hacer un pete, la tengo re dura”. Yo me quedé asombrada cuando la vi, era bastante más grande que la de tu padre... bueno, era medio parecida a la tuya, así que te harás una idea. Obviamente mi primer impulso fue decirle que no, pero estaba tan caliente que me arrodillé y así sin más, empecé a hacerle un pete. No sabía qué me estaba pasando, pero era muy similar a lo que sentí cuando le chupé la verga al tipo del hotel. Ahí estaba, una vez más, chupándole la pija a un tipo que apenas conocía, en medio de una playa.

—¿Y te gustó?

—Si dejo de lado la culpa que me agarró, sí. Tengo que reconocer que me gustó mucho hacerlo. Además él no dejaba de alentarme diciéndome cosas como “Así, putita, la estás chupando muy bien”, o “Qué buena petera que sos, rubia”. A mí estas palabras me hubieran molestado en otro contexto, pero ahí, con la verga de ese tipo en la boca, me calentaban todavía más. Me gustaba sentirme un poquito puta, algo que muy pocas veces había podido experimentar. Pasé muchos años aguantando la opinión de los demás, algunos sólo con verme rubia y voluptuosa, ya asumían que yo era una puta; incluso amigos y amigas. Entonces, para demostrar que yo no era así, casi siempre hice buena letra; me porté bien. Aquella tarde, con la pija del tipo en la boca, sentí que al fin me podía liberar, y ser esa puta que todos pensaban que yo era.

Diana vio que su hijo tenía la verga bien dura, sin pedir permiso se inclinó hacia él, abrió grande la boca y se tragó una buena parte de ese miembro viril. Lo tuvo en la boca durante unos segundos, sin moverse en absoluto, pero con los labios bien apretados. Después, sin dejar de hacer presión con los labios, la fue sacando de su boca lentamente.

—Tenías razón —le dijo a Julián—. Si te cuento estas cosas me animo más a probar. Todavía me resulta difícil, y se siente muy raro tener tu pija en la boca; pero creo que vamos a poder hacer buenas fotos.

—Todo sea por nuestro trabajo.

—Exacto… hay que hacer algunos sacrificios.

—Aunque auqella vez, en la playa, no habrá sido mucho sacrificio chupar la verga.

Diana sonrió con lujuria.

—No, para nada. Me la comí toda, con mucho gusto. Le hice un buen pete, con muchas ganas. Creeme que ni a tu papá se la chupaba de esa manera. Parecía una actriz porno profesional comiendo pija. ¿Y vos qué creés que pasó cuando el tipo acabó?

—Ya me imagino, pero quiero que lo cuentes vos.

—Como ya te habrás dado cuenta, me tragué toda la leche. Para colmo, mientras él me acababa dentro de la boca, me decía cosas como: “Dale putita, tomate toda la leche, que te encanta”. “La de petes que andarás haciendo por ahí”. “Tu marido debe tener tremendos cuernos”. Fui muy obediente y me tragué hasta la última gota. Me hubiera quedado más tiempo, pero me sentí muy culpable… si bien yo estaba distanciada de tu padre, no tenía “permiso” para andar chupando pijas, mucho menos a desconocidos. Le dije que me tenía que ir, y eso mismo hice.

—Pero me imagino que volviste a verlo.

—Sí, obviamente. Estuve una semana sintiéndome mal por lo que hice, pero también me hice un montón de pajas recordando ese momento. —Mientras narraba, Diana no dejaba de frotarse con la concha con intensidad. Ocasionalmente su hijo le manoseaba un poco las tetas o le pellizcaba algún pezón—. Después de darle muchas vueltas al asunto, decidí visitar la playa una vez más, justo una semana después de haberlo conocido. Cuando él me vio sonrió como un chico en una juguetería, me dio un fuerte abrazo y me dijo que me esperó todo el viernes, ahí en la playa, pero yo no aparecí. Tenía miedo de no volver a verme. Esta vez me hizo darle mi número de teléfono… bueno, tampoco es que me hubiera obligado. Yo tampoco tenía ganas de perder el contacto con él. Esa tarde fuimos a nuestro rincón especial de la playa, dejé que él me desnudara, y estuvo un buen rato colándome los dedos en la concha. Como ya te imaginarás, le hice otro pete, con la misma intensidad que el de la vez anterior, pero esta vez con más culpa. Porque ya no era un desliz de una sola vez, como habían sido los casos anteriores. Ahora estaba chupándola por segunda vez. En esta ocasión él me acabó en toda la cara, porque dijo que me quería ver bien llena de leche. Después nos metimos a nadar un rato. En un par de ocasiones él intentó penetrarme, pero yo sólo permití que me frotara un poco la pija contra la concha.

Una vez más Diana se inclinó hacia donde estaba su hijo, le agarró la verga y lo pajeó con intensidad durante unos segundos. Él ya la tenía bastante dura, pero ella quería que estuviera tan rígida como fuera posible. Cuando consiguió el efecto deseado, volvió a tragarla. Esta vez lo hizo lentamente, dejando que la verga se deslizara sobre su lengua. Dedicó un poco más de tiempo a tenerla dentro de la boca, mientras se frotaba la concha. Su mente estaba saturada de los recuerdos de aquellas tardes que pasó chupándole la pija al Tano. La que tenía en la boca era la de su hijo, pero se sentía muy similar a la que había chupado en aquella playa. Ésto la asustó un poco, y sacó la verga rápidamente. Sin embargo logró disimular su incomodidad, sonrió a su hijo y continuó masturbándose como lo había estado haciendo hasta el momento.

—¿Qué más pasó? —Preguntó Julián.

—Como te imaginarás, seguimos en contacto.

—Sí, y también me imagino que alguna vez organizaron para verse en otro lado, que no fuera la playa.

—Así es. Uf… ahora empieza la mejor parte. Un día el Tano vino a casa… y me dio para que tenga. —Al decir esto aceleró un poco el ritmo de su masturbación—. Fue fabuloso, Julián… yo a tu padre lo quise mucho, pero este tipo tenía algo… además de la verga grande. Era salvaje. —Sus dedos se colaron dentro de su concha y comenzó a soltar gemidos de placer—. ¡Uf, me acuerdo de eso y me mojo toda! Perdón que te diga esto, pero… qué buenas cogidas me daba ese tipo.

—No me molesta que lo digas. Si la pasaste bien, entonces está bueno que lo recuerdes, más si te ayuda a entrar en confianza.

—Sí, ayuda mucho. Esto nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a tu papá. Él nunca supo qué hice yo durante nuestro período de “separación”. Me pareció mejor así. No quería contarle lo mucho que disfruté cogiendo con ese tipo. —Diana guardó silencio durante unos segundos, mientras cerraba los ojos y se concentraba en su masturbación—. Él hacía algo que me gustaba mucho…

—¿Qué cosa? —Preguntó Julián, con verdadero interés, sin dejar de masajearse la verga.

—Me hacía chupársela… pero de una manera que yo nunca había experimentado. Prácticamente me obligaba a comerle la pija. Me agarraba de los pelos y me hacía tragarla entera… y yo me mojaba toda.

—Por la forma en que lo contás parece que él vino más de una vez…

—Sí, fue más de una vez… mucho más que una vez.

—Seguí contándome, que es interesante.

—Unos días después vino y me dijo «Te voy a enseñar a chupar pijas como una puta». En otra situación eso me hubiera ofendido mucho, pero viniendo de él, me calentaba. Y además fue cierto: con él aprendí a chupar pijas. Me entrenó mucho. Cada vez que venía a casa ni siquiera me decía “Hola”, sacaba la verga y me decía: «Vení, putita, empezá a chupar, que acá hay mucha pija para vos».

—¿Y a vos no te molestaba?

—¿Molestarme? Yo me volvía loca, se me hacía agua la concha... Me ponía de rodillas y se la chupaba toda… además dejaba que me acabara en la cara, o en la boca. Normalmente, después de eso, él me cogía. Me cogía mucho… pero mucho en serio… en el living, la cocina, en el baño… en la pieza, en cualquier parte de la casa. Como verás, no siempre fui la esposa ejemplar. Durante ese período de separación, tuve mi etapa de puta… muy puta; pero la pasé muy bien. Siendo aún más honesta, ese tipo me cogió tan bien… y tantas veces, que cuando me pajeo suelo pensar en él. Todavía me acuerdo de cómo me hacía poner en cuatro en el piso, me metía toda la pija en la concha, y me montaba como a una yegua en celo. —Mientras hablaba, Diana no dejaba de frotarse la concha—. Cuando analicé mejor la situación, me di cuenta de que tu papá me trataba demasiado bien, era muy respetuoso conmigo; incluso durante el sexo. Yo necesitaba sentirme una puta, al menos por un rato.

A Julián se le puso la verga como garrote al escuchar esa confesión por parte de su madre, pero no entendía muy bien por qué de pronto se le había ocurrido contarle todo eso… hasta que se le ocurrió una idea.

Diana se hacía la paja, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Julián, sin pedir permiso, la agarró de los pelos con su mano derecha y a continuación la obligó a bajar la cabeza. Ella no opuso ninguna resistencia, se dejó llevar y abrió grande la boca para recibir la pija de su hijo. Esta vez tragó un poco más de la mitad de la misma, haciendo un gran esfuerzo por no sufrir arcadas. Todo ese falo le llenaba completamente la boca y ella se vio inundada por el recuerdo de aquel amante que la forzaba a mamarle la verga. Su hijo, en cambio, la liberó después de unos segundos.

—¡A la mierda, eso fue intenso! —Exclamó ella, al mismo tiempo que reanudaba su masturbación.

—¿Te gustó?

—Sí… —dijo jadeando—. Hacelo otra vez.

Él obedeció al instante. Volvió a sujetar el cabello rubio de su madre y la forzó a tragarse la verga. En esta ocasión esperó un poco más de tiempo antes de apartar la mano y permitirle retirarse.

—¡Ay, mamita querida! —Dijo Diana—. ¡Eso me vuelve loca! ¡Me encantan las pijas grandes!

—¿Querés probar otra vez?

—No, no… me parece que eso ya sería demasiado… ahora solamente quiero pajearme.

Diana volvió a acostarse sobre la cama, con las piernas bien abiertas, y sus dedos se encargaron de brindarle placer directamente en su concha. Dejó salir algunos suaves gemidos, no sabía muy bien por qué, pero se excitaba al saber que su hijo podía escucharlos, y que además él se estaba masturbando a su lado.

De pronto Julián se puso de pie y dijo:

—Sé que querías dejar la cámara para otro momento, pero la verdad es que quiero aprovechar lo que estás haciendo ahora para sacar algunas fotos.

—Está bien… traela.

En cuanto su hijo regresó con la cámara, Diana abrió la concha usando la punta de sus dedos y permitió que él la fotografiara a gusto, luego reanudó la masturbación. Julián siguió tomando fotos, de todo el cuerpo de su madre, desde distintos ángulos. De vez en cuando detenía esta acción para poder sacudirse la verga.

A Diana se le ocurrió levantar las piernas, manteniéndolas separadas, Julián aprovechó para arrodillarse en la cama, justo delante ella, y comenzó a presionar el disparador de la cámara. Luego reanudó su masturbación. La rubia miró detenidamente la forma en que su hijo se pajeaba justo delante de ella, con la verga a pocos centímetros de su concha.

—¿Me vas a acabar como la otra vez? —Preguntó ella.

—Dijiste que no querías repetir eso.

—Sí, pero ya no me importa tanto. Hacelo.

—¿Estás segura?

—Sí… hacelo más que nada sobre la zona de la concha. Esas fotos quedaron muy bien la última vez, y creo que podríamos tener algunas parecidas.

Julián miró incrédulo a su madre, sin embargo no puso objeción alguna; por el contrario, aceleró el ritmo de su masturbación, mientras ella hacía lo mismo. Diana le miraba la pija y él miraba directamente hacia la concha lampiña de su madre.

El muchacho se calentó tanto que no pasó mucho tiempo hasta que su verga empezó a escupir grandes cantidades de semen, su madre apartó la mano a tiempo y todo ese líquido espeso y blancuzco le cubrió la vagina.

—¡Ay, Julián, me llenaste la concha de leche!

—Dijiste que no te iba a molestar…

—No, no me molesta, es sólo que me sorprende. Hace mucho que no me dejan la concha así. Dale, sacá las fotos.

Ella permitió que su hijo se tomara el tiempo necesario para capturar las imágenes y luego reanudó su masturbación, esta vez usando como lubricante el semen de su propio hijo. Podía sentir cómo esta líquido tibio y espeso se le colaba entre las rendijas de la concha y chorreaba hacia su culo. Esto la calentó aún más, por lo que pocos segundos más tarde ella ya estaba sufriendo un intenso orgasmo. Julián aprovechó para seguir sacando fotos, toda su leche había quedado mezclada con los jugos vaginales de su madre y gran parte estaba en los dedos de ella. Diana no dejó de tocarse, mientras gemía y se sacudía en la cama. Redujo la velocidad durante un instante, como si estuviera dispuesta a detenerse, pero de inmediato volvió a acelerar el ritmo y a gemir.

—¡Ay, sí… sí…! —Exclamó la rubia, mientras se colaba los dedos llenos de semen—. ¡Qué rico… me encanta!

Una vez más se sacudió entre espasmos sexuales y dejó salir un profundo gemido de placer. Luego cayó rendida, y se quedó mirando al techo, con una amplia sonrisa en los labios.

—Se ve que la pasaste bien —dijo Julián, quien ya no tomaba más fotografías.

—La pasé de maravilla, hacía tiempo que no me calentaba tanto.

—¿Creés estar lista para sacarte fotos con la verga en la boca?

—No lo sé… probaremos otro día, hoy ya quedé agotada. Fue todo muy intenso y necesito asimilarlo. Gracias por tu colaboración, realmente lo hiciste muy bien.

—Hice lo que vos me pediste que hiciera, nada más.

—Al menos ya sabemos cómo hacer que esto funcione.

—Sí, y ya tenemos más fotos, que son muy buenas, por cierto.

—Bueno, me voy a dar un baño.

—Recién te diste un baño.

—Sí, pero ésto amerita otro. Estoy toda pegajosa… como si alguien me hubiera acabado en la concha. Además, con tanta paja, transpiré bastante.

—Yo también debería darme un baño —aseguró Julián—. ¿Te molesta si nos bañamos juntos?

—Em… no me molesta… pero mejor otro día. No te lo tomes a mal, pero ahora preferiría mantenerme lejos de tu pija. Por más que sea tuya, no deja de ser una tentación… y con esto de estar metiéndomela en la boca, como que le estoy perdiendo un poquito el miedo. —Julián la miró en silencio, sin saber qué responder—. Hey, que soy tu madre… no pienses que voy a hacerte un pete o algo así… pero tal vez sí me darían ganas de “practicar” para las fotos, y considero que por hoy ya hubo práctica más que suficiente. Está bien que nos estemos tomando ciertas libertades, en beneficio de nuestro trabajo… pero tenemos que hacerlo con moderación.

—Claro, entiendo.

—Me alegra saber que entendiste. Te prometo que mañana vamos a intentar otra vez con las fotos.



Esta vez la ducha le sirvió a Diana para bajar la temperatura, aunque primero tuvo que masturbarse durante un rato. Cuando se sintió satisfecha salió del baño y se puso la ropa más casual y menos erótica que encontró. Le gustaba la confianza que estaba desarrollando con su hijo, pero no quería abusar de ella. No tenía idea de si algún día las cosas volverían a la normalidad entre ellos, pero tampoco podía ponerse a pensar mucho en ese asunto. De momento tenía que aceptar las cosas tal y como eran, porque así necesitaban que fueran.