Relatos Eróticos Nokomi

"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


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sábado, 22 de junio de 2019

La MILF más Deseada [10].

Capítulo 10.


—1—



Diana aguardó, sentada en silencio en el sofá. Pudo escuchar la puerta abrirse y la voz de su hijo, conversando con un hombre a lo lejos. Ésto puso tensa a la rubia, porque el modelo ya era una persona real, no alguien hipotético; y ya estaba en su casa. Ella debería posar en actitudes absolutamente eróticas junto a un hombre que no conocía, mientras su propio hijo les tomaba fotos. El corazón se le fue acelerando a medida que las voces se acercaban al living. La idea de tener un momento de clara índole sexual con un desconocido le traía recuerdos muy excitantes, sobre las veces que estuvo en situaciones similares. Pero ya no tenía tiempo para fantasear, el hombre había llegado.

El modelo que contrató su hijo superó todas las expectativas de Diana, era un tipo realmente atractivo, con el cuerpo musculoso y bronceado, una sonrisa encantadora, y el pelo negro prolijamente cortado; a ella le agradaban mucho más los hombres con el pelo así.

—Diana, te presento a Lautaro —dijo Julián—. Lautaro, ella es Diana. Julián mantuvo un trato impersonal, para no exponer el hecho de que esa mujer con lencería erótica era su propia madre.

El recién llegado besó a la rubia en ambas mejillas y no dejó de mostrar sus blancos dientes en una gran sonrisa.

—Encantada de conocerte.

Diana se sentía como una adolescente que de pronto descubre que aquel chico que le enviaba notas en secreto, era el más hermoso de la clase. A pesar de que no hubo comunicación previa entre ellos, Diana tuvo tiempo de imaginar cómo sería, y por un momento llegó a pensar que su hijo buscaría al modelo más económico que pudiera hallar. Eso, en su mente, se traducía como: buscar un tipo medio feo, pero con la verga lo suficientemente grande como para ser modelo porno. Sin embargo el recién llegado la hacía sentir incómodamente bien. No podía creer que tuviera que realizar poses sexuales junto a un tipo con un físico tan bien definido. A Diana no le gustaba verse por encima de nadie, pero, inevitablemente, siempre había sentido ese pequeño aire de superioridad ante los hombres, sabiendo que ella era la más hermosa en la pareja. Incluso cuando estuvo con el Tano, y a pesar de la forma en la que él la trató, siempre se vio a sí misma como el “premio mayor”; aquello que el Tano debía esforzarse por alcanzar, y por mantener. Sin embargo Lautaro era el primer hombre que la hacía dudar acerca de su posición. Él le parecía mucho más atractivo de lo que ella podría ser, y además era más joven, no debía tener más de treinta años. De pronto la rubia ya no se sintió como un premio que debiera ser ganado, sino que experimentó la situación desde la perspectiva de todos los que la habían deseado. Ahora era ella la que suplicaba mentalmente tener una oportunidad con ese atractivo hombre. Sabía que en parte la tendría, por el contexto de la fotografía erótica, pero ella quería más. Deseaba demostrarle a Lautaro todo lo mujer que ella podía llegar a ser. Quería causarle la mejor impresión posible.

—No me habías dicho que la modelo era tan hermosa, —le dijo Lautaro a Julián.

Diana empezó a reírse, sintiéndose aún más como una adolescente ingenua e inexperta. Además de atractivo, el tipo le resultaba encantador. Sólo con su sonrisa era capaz de dejarla anonadada.

—Y a mí nadie me dijo que tendría que posar junto a un modelo tan… bien parecido.

—Bueno, me alegra que se sientan cómodos el uno con el otro, —dijo Julián—. Me gustaría empezar con la sesión de fotos lo antes posible, para los tres el tiempo es dinero.

—Así es. Yo ya estoy listo —aseguró Lautaro—. ¿Tienen algo en mente?

—Emm… no, no pensamos en nada en particular, —dijo la rubia.

—Iremos improvisando, —dijo Julián, mientras hacía los últimos preparativos a la cámara—. De momento, Diana, podrías sacarle la camiseta a Lautaro, lentamente… así saco algunas fotos de eso.

Diana asintió con la cabeza, mentalmente agradeció que su hijo le pidiera hacer algo sencillo, para ir entrando en clima. Le hubiera sido muy difícil si de entrada le pedía que se metiera la verga en la boca. Aunque la curiosidad la llevaba a pensar cómo sería el miembro del modelo. Le quitó lentamente la camiseta a Lautaro, maravillándose con sus marcados abdominales y pectorales. Sin lugar a dudas ese tipo pasaba largas horas en el gimnasio. Diana comenzó a acalorarse, instintivamente, como si se tratase de un amante; empezó a acariciar los músculos del torso de Lautaro, mientras él terminaba de sacarse la camiseta.

—Ahora lo mismo, pero con el pantalón —pidió Julián, sin dejar de tomar fotografías.

La rubia sonrió instantáneamente al mirar a los ojos a Lautaro, acababa de conocer a ese hombre, pero ya estaba fascinada por él. Le hubiera gustado conocerlo en otro contexto, como en una discoteca, para jugar un poco con él; pero al compartir una sesión de fotos eróticas, podía sacarle mucho provecho a la situación. Ella lo despojó de su pantalón, para encontrarse con un apretado bóxer blanco, que dejaba bien marcado el voluminoso paquete del modelo. Diana no perdió tiempo, llevó su mano hasta el bulto y lo acarició suavemente. Una potente ola de calor recorrió su cuerpo a medida que el bulto fue creciendo. Le encantaba saber que estaba produciendo ese efecto en un hombre tan atractivo. No esperó a que su hijo le diera más indicaciones, se puso de rodillas ante Lautaro y apretó el bulto con fuerza, él le acarició sus rubios cabellos con gentileza, como si fueran amantes de toda la vida.

Julián estaba sorprendido por cómo su madre había tomado la iniciativa, pero ésto le gustó. Le agradaba verla en ese estado, evidentemente cachonda, acariciando el pene de otro hombre. Como este hombre era un completo desconocido, y solamente era un modelo al que se le estaba pagando, él no sintió ningún tipo de celos. Se limitó a tomar las mejores fotografías que le fuera posible.

Diana, más llevada por la calentura que por el profesionalismo, bajó el bóxer hasta las rodillas de Lautaro, para maravillarse ante la aparición de un pene tan grande como el de su propio hijo… quizás incluso un poco más grande. Aún no estaba completamente erecto, pero sí lo tenía completamente depilado. Tomo nota mental, le pediría a Julián que se depilara de la misma manera, era muy agradable a la vista. Ella se aferró al pene con una mano y comenzó a masturbarlo lentamente. Desde arriba, Lautaro la miraba con una simpática sonrisa, que a ella la derretía. Su concha ya estaba completamente húmeda y se relamía los labios imaginando todo lo que podía hacer con esa verga.

Lentamente la recorrió con su lengua, desde el glande hasta los testículos. Repitió esto dos veces y luego se dijo a sí misma que Lautaro no era hijo suyo, por lo que no tenía sentido limitarse; con él podría soltarse.

Abrió la boca y tragó la mitad de la verga, y sin esperar a que nadie le dijera nada, empezó el vaivén de cabeza típico de una mamada. Ella estaba feliz, chupando esa pija con total naturalidad, de la misma forma en que se la había chupado tantas veces a su amante, el “Tano”. Diana quería demostrar que era una buena petera, quería que Lautaro quedara impresionado con su talento, por eso empezó a chupar con más ganas, haciendo un gran esfuerzo por tragar la verga completa. Lautaro la agarró de los pelos, sin excesiva fuerza, y la ayudó con la tarea de menear la cabeza de atrás hacia adelante. Ella ya lo estaba haciendo a buen ritmo, mientras se acariciaba la concha. Ya había perdido la noción de que eso era una sesión de fotos, ya no le importaba demasiado; estaba chupando una pija bastante grande y eso era todo lo que le importaba.

No se olvidó de darle unos buenos chupones a los testículos, pero tampoco les dedicó demasiado tiempo, su fascinación estaba en tragar esa verga tanto como le fuera posible, incluso aunque su saliva chorreara por la comisura de sus labios. Le encantaba sentirla dura dentro de su boca, y que la forzara a abrir la mandíbula al límite. Podía sentirla hasta el fondo de su garganta, y se preguntó más de una vez si conseguiría hacer acabar a Lautaro. Pero en realidad aún no quería que él acabara, todavía quedaba más para probar, podía ir mucho más lejos.

Después de estar varios minutos chupando la pija sin parar, Diana se puso de pie. Sonrió al modelo y sin decir nada dio media vuelta y se bajó la tanga, mostrándole a Lautaro lo mojada que tenía la concha. Acto seguido se puso de rodillas sobre un sillón, posando los brazos en el respaldar. Levantó la cola y le guiñó un ojo al modelo, como invitándolo a pasar.

Lautaro miró al fotógrafo y cuando Julián le indicó, con una seña, que podía proseguir, se acercó a la rubia, con la verga en su mano. No la penetró, aún no. Empezó a masajear esa concha húmeda y lampiña usando la punta de su verga. Ésto estimuló mucho a Diana, quien suspiró y comenzó a frotarse el clítoris. Las caricias que le proporcionaba el glande le hicieron recordar que llevaba años sin que le metieran una pija de ese tamaño. No podía aguantar más, la quería sentir dentro. Ella misma retrocedió, provocando que buena parte de la pija se le clavara dentro de la concha. Con un gemido le indicó a los dos hombres que había disfrutado mucho de esa penetración.

La concha le dolía, porque la tenía desacostumbrada a los penes grandes. El consolador la ayudó un poco a no estar tan estrecha, pero ese juguete plástico no era tan grande como la verga. Podía sentir cómo el agujero de su concha se dilataba dolorosamente, pero no le importaba, porque era un dolor dulce, lleno de placer.

Lautaro la tomó por la cintura y empezó a menearse lentamente, dando tiempo al fotógrafo a capturar cada momento. Pero Diana estaba impaciente, quería que se la cogieran, bien cogida. Llevaba años fantaseando con que otra pija de ese tamaño la hiciera feliz, y ahora que tenía la oportunidad no la iba a desperdiciar. Ella misma comenzó a menear su cuerpo, provocando que casi toda la verga saliera, para luego clavarse con fuerza en lo profundo de su sexo. La rubia dejó salir un quejido, que denotaba tanto dolor como placer. Pero ésto no la detuvo, repitió el movimiento con la misma fuerza, consiguiendo así otra intensa penetración. Ese vaivén castigó su concha, el dolor se hizo mayor, sin embargo venía acompañado de tanto morbo y goce, que Diana estaba decidida a tolerarlo. Incluso lo hubiera hecho si el sufrimiento fuera un poco más grande, porque este embriagante dolor ya lo había experimentado antes en su vida, cuando el Tano la penetraba antes de que ella estuviese completamente dilatada. Con él había descubierto lo mucho que podía disfrutar con esa práctica.

Julián estaba sorprendido por la actitud de su madre, la había visto excitada antes, pero no con otro hombre. Supuso que a ella le costaría soltarse ante el modelo, que pasarían varias sesiones hasta que se animara a llevar a cabo una penetración, pero allí estaba ella, resoplando como una yegua en celo, sin dejar de moverse. Sus grandes tetas se sacudían con el vaivén, y la gran verga se perdía completamente en el interior de su concha. Él aprovechó para sacar fotos de todo lo que pudo, le hubiera gustado que los movimientos de su madre fueran más lentos, pero ella parecía tan a gusto con las penetraciones que no se animó a pedirle que frenase un poco el ritmo. El chico capturó varias imágenes de su madre, en marcado gesto placer, y de a poco fue girando alrededor de ella, para fotografiar su cuerpo desde distintos ángulos, para por fin centrarse en esa lampiña concha que parecía dilatarse cada vez más. La verga entraba y salía con poca dificultad, y Julián sabía que eso se debía totalmente al trabajo que hacía su madre, porque Lautaro ni siquiera se estaba moviendo.

—Diana —dijo Julián—. ¿Qué tal si ahora te ponés boca arriba, con las piernas bien abiertas?

—Perfecto —dijo la rubia, con un jadeo.

Ella agradeció la idea de su hijo, le gustaba estar en cuatro, recibiendo una buena pija, pero Lautaro era un hombre digno de ver. Estando boca arriba podría disfrutar de ese adonis bronceado. Sin mucho preámbulo, la rubia se acostó en el sofá y abrió las piernas tanto como pudo, exponiendo obscenamente toda su concha. Julián aprovechó a sacarle una foto, antes de que la verga volviera entrar, para dejar constancia de lo dilatado que estaba el sexo de la rubia.

Lautaro apuntó con su pija a la concha de Diana, jugó con ella unos segundos, moviendo el glande por fuera, frotándole el clítoris. Ella disfrutó mucho de esto, pero más le gustó cuando la verga se clavó hasta el fondo. Soltó un potente gemido de placer que, probablemente, habrían escuchado todos sus vecinos. Pero ésto no la detuvo, cuando el vaivén comenzó, sus gemidos se intensificaron. Ahora sí parecía una verdadera actriz porno. Julián no veía la necesidad en que su madre gritara de esa manera, ya que nada de eso quedaría registrado en las fotos; pero le produjo tanto morbo escucharla gozar así, que no hizo ningún comentario al respecto.

Diana se moría de ganas de suplicar por la pija de Lautaro, como antaño lo había hecho con la del Tano; pero se reprimió, no quería espantar al modelo. Se suponía que ésto debía ser una sesión de fotos, y no una película porno. Sin embargo, mientras la verga entraba y salía de su sexo, ella se imaginaba en el rol de una actriz porno profesional, y se calentó con la idea de que muchos la vieran excitada, teniendo sexo. Al fin y al cabo eso ocurriría, pero en fotos.

La rubia se quedó en esa posición, recibiendo fuertes embestidas de ese hombre, como si ya fuera su nuevo amante. Con la mirada lo alentó a que le diera más fuerte, y él pareció entender el mensaje. Las penetraciones se hicieron más potentes, y ella continuó con sus gemidos de placer. La concha le chorreaba jugos sexuales, y la verga le llenaba cada rincón de su cueva femenina.

Pasado un rato, cuando supuso que Lautaro estaba llegando el clímax, se arrodilló en el piso y empezó a chuparle la pija una vez más. Lo hizo con mayor desenfreno, y en poco tiempo recibió su premio. Tenía ganas de tragar todo, pero como era una sesión de fotos, sacó la verga de su boca y permitió que el semen le cayera por toda la cara, a grandes chorros.

Julián pensó que esta escena valía oro. Dando lo mejor de su desempeño profesional, tomó fotos de todos los ángulos que pudo. Le hizo señas a su madre para que no mirase hacia la cámara, y que siguiera mamando como si estuviera sola con su amante. Ella entendió a la perfección, y volvió a tragarse esa verga, con mucho gusto. Le dio un par de fuertes chupones, y siguió tragando.

—Bueno, creo que ya tenemos fotos más que suficientes —dijo Julián, bajando la cámara. La rubia no abandonó su posición, siguió comiendo pija con gran entusiasmo—. Diana… ya terminamos. —No hubo respuesta, Lautaro miró a Julián, como pidiendo disculpas… la rubia seguía, con la cara llena de leche, tragando tanta carne como le era posible—. ¡Diana! —Exclamó… su madre lo miró de reojo, sin sacarse la verga de la boca—. Ya terminamos con la sesión de fotos… podés liberar a Lautaro....

—¡Ay, perdón! ¡Qué vergüenza! —Dijo Diana, limpiándose la comisura de los labios con la punta de los dedos—. Es que… me metí mucho en el papel. Quería hacerlo bien.

—Y lo hiciste de maravilla —aseguró Julián—. Pero ya no es necesario seguir, tenemos muchas fotos.

—Sí, sí… entiendo… este… bueno, un placer trabajar con vos, Lautaro… un gran placer.

—Lo mismo digo, Diana. Fue un gusto —el modelo le sonrió con simpatía, mientras se limpiaba el pene con una toallita húmeda que le brindó Julián—. Bueno, creo que me voy retirando… ustedes tendrán cosas importantes de qué hablar. Em… Julián, ya sabés cómo localizarme, si tenés en mente hacer otra sesión, contá conmigo.

—Por supuesto —dijo el chico—. Gracias por venir. Fue todo bastante rápido, y salió muy bien. Así da gusto trabajar.

Julián acompañó al modelo hasta la puerta, y luego regresó.

—Se ve que la pasaste muy bien con el modelo —dijo, luego de despedir a Lautaro.

—La pasé de maravilla…

Julián contempló el cuerpo de su madre, meses atrás ni siquiera se hubiera atrevido a fantasear con la idea de verla así. Ahora estaba acostada boca abajo, a lo largo del sofá, con la cola bien parada y las piernas algo separadas, de su lampiña concha goteaban flujos; sus grandes tetas estaban apretadas contra la cuerina del sofá, y la rubia tenía toda la cara salpicada de blanco semen. No pudo tolerarlo más, llevaba largos minutos aguantando una fuerte erección dentro del pantalón. Sacó su verga y en cuando Diana la vio sonrió con lujuria.

—¿Vos también me vas a dar pija?

Julián quedó boquiabierto, no podía creer que su propia madre le estuviera diciendo eso, aún tenía que procesar otras barbaridades que ella le había dicho. Decidió no darle más importancia de la que tenía, al fin y al cabo era un simple juego que Diana empleaba para estar más a tono con la situación. Con su pene rígido se acercó a su madre, la tomó de los pelos, y sin decirle nada, le clavó la verga en la boca, tan hondo como pudo.

Diana recibió ese segundo miembro viril con un ahogado gemido de placer, su lengua automáticamente comenzó a explorar cada centímetro de aquella verga, que tenía bien metida en la boca. Julián volvió a su tarea de tomar fotos, Diana miró la cámara con sensualidad. El chico pensó que esa era una de las imágenes más morbosas que había visto en su vida: una hermosa rubia cuarentona, con la cara llena de semen y una gruesa verga en la boca… y para colmo se trataba de su propia madre, quien tenía una lengua muy inquieta. Si hubiera sabido que ella se pondría así de cachonda con el modelo, lo hubiera contratado mucho antes.




—2—




Dos días después Diana se encontraba sola en su casa, algo que últimamente no ocurría con demasiada frecuencia. Julián había salido con sus amigos y dijo que volvería tarde. La rubia decidió ponerse algo de ropa sexy, sólo porque la hacía sentir bien, optó por el conjunto de tanga y corpiño negro, con sus respectivas medias y portaligas. Se miró al espejo desde todos los ángulos que pudo hacerlo, incluso se agachó y separó sus nalgas, para ver cómo se le dibujaba la línea de la concha en la fina tela negra. Arriba de la ropa interior sólo se puso un corto camisón, también negro, que apenas le cubría desde la mitad de la cola para arriba, y dejaba mucho escote por delante. Estuvo paseando por la casa, vestida de esa manera, mientras ordenaba algunas cosas. Luego decidió recostarse en el sofá, a mirar televisión. Llevaba unos veinte minutos en esta posición cuando escuchó el timbre.

Se sobresaltó, porque no esperaba a nadie, y para poder atender debería vestirse completamente, ya que estar vestida así era casi como ir desnuda… o tal vez peor. Antes de cambiarse espió por la mirilla y, sorprendida, corroboró que se trataba de Lucho y Esteban. No entendía qué hacían allí, pero recordó la última vez que se encontró con ellos, y se acaloró. Decidió darle una bonita sorpresa a los chicos. Abrió la puerta y, escondiéndose detrás de ella, les pidió que pasaran.

Una vez que ellos entraron, cerró la puerta. Los amigos de Julián se quedaron boquiabiertos al verla vestida de forma tan provocativa.

—¿Qué los trae por acá, chicos? —Preguntó ella, con una natural sonrisa.

—¡Diana! —Exclamó Esteban—. No me esperaba encontrarte vestida así… ¿ésta es la ropa que usás todos los días? Si es así, ¿Cuándo me puedo mudar a tu casa?

Diana se rió.

—No me visto así todos los días, sólo cuando me dan ganas… y hoy estaba sola, bueno, pensé que iba a estar sola. ¿A qué vinieron?

—A saludarte —dijo Lucho, mirándole las tetas sin disimulo—. Mejor dicho, a saludarlas a ellas —señaló los pechos. Una vez más, la rubia dejó escapar su risa.

—Julián no está, y no creo que hayan venido a saludarme a mí… o a ellas —meneó un poco las tetas.

—La verdad es que nos mandó Julián —dijo Esteban—. Venimos a buscar algunos juegos de PlayStation, para llevar a la casa de Bruno… esta noche nos vamos a quedar allá.

—Ah, qué bien… bueno, busquen los juegos que necesitan.

—¿Ya nos estás echando? —Preguntó Lucho.

—Es que me agarraron en un mal momento, como la última vez. No crean que me olvidé de lo que pasó… ustedes se portaron muy mal conmigo. —Los dos chicos agacharon la cabeza, apenados—. Puede que yo haya dicho algunas cosas inapropiadas, y estaba un poco borracha, pero ustedes no dudaron en sacar ventaja de eso.

—Perdón, Diana —dijo Esteban—. Es que estabas demasiado sexy… y bueno, las cosas que dijiste. No es una justificación, sabemos que nos portamos mal, pero…

—¿Pero?

Como Esteban no dijo nada, fue Lucho el que habló, lo hizo mientras admiraba el cuerpo de la rubia en ese sugerente conjunto de ropa interior.

—Pero nosotros tenemos fantasías con vos desde hace rato. Sos demasiado hermosa. —Este comentario hizo sonreír a Diana—. No queríamos propasarnos, pero entendimos que vos andabas con ganas… de hacer algo.

—¿Con ustedes? Están muy equivocados. Son los amigos de mi hijo, Julián se volvería loco si se enterara de que hago algo así con ustedes.

—Nunca se lo contaríamos a Julián, —se apresuró a decir Esteban, sin apartar la mirada de esa pequeña tanga negra, en la cual se marcaban los labios vaginales de la rubia—. Nunca.

—No pasa sólo por eso, —dijo Diana—. Ustedes son chicos… tienen unos 19 años, no más. Y por más que Julián no se entere, yo sentiría que lo estoy traicionando de alguna manera. Quítense esas ideas de la cabeza, porque no va a pasar.

—Podemos entender que no va a pasar —dijo Lucho—, pero las fantasías van a seguir estando ahí.

—Mientras no me molesten, pueden fantasear con lo que quieran. Eso no se los puedo prohibir.

Los chicos la admiraron en silencio durante unos segundos, como si no le importara la cosa, Diana se dio media vuelta y caminó hacia el sofá del living, sabiendo que los amigos de su hijo le miraban fijamente el culo, que estaba prácticamente al desnudo. Cuando los chicos se unieron a ella junto al sofá, Esteban dijo:

—Diana ¿te puedo pedir un favor?

—Presiento que ese favor no me va a gustar nada —dijo la rubia—. ¿Qué tenés en mente?

—Emmm… me gustaría sacarte una foto, así como estás vestida ahora mismo… te… te prometo que no se la muestro a nadie. Es sólo que…

—¿Una foto? —Preguntó Diana, con una sonrisa picarona. Le hizo gracia la ironía de la situación, ahora ella era una modelo porno, y había posado muchas veces frente a una cámara, pero nunca con un fotógrafo que no fuera su hijo. La idea la entusiasmaba—. Está bien, si con eso consigo que no insistan más con este asunto, entonces sí me pueden sacar un par de fotos. —Los chicos se miraron entre sí, como si no pudieran creer lo que oían—. ¿Y qué esperan? Mejor háganlo de una vez, antes de que me arrepienta.

Ambos se apresuraron a sacar su celular del bolsillo. Apuntaron las cámaras hacia Diana, ella permaneció de pie, con los brazos en jarra, no era una posición demasiado sensual, pero le permitía a Esteban y Lucho admirar toda la belleza de ese cuerpo.

—¿Ya está? —Preguntó Diana, luego de un par de segundos.

—Emm… ¿podrías darte la vuelta? —Preguntó Lucho, con las mejillas enrojecidas.

—Ah, ustedes se quieren toquetear mirando fotos de mi culo…

—¿Te molestaría que hiciéramos eso? —Preguntó Esteban.

—Si mantienen las fotos para ustedes, no me molesta. Como les dije, no puedo impedirles que fantaseen. Está bien, me doy vuelta.

Dicho esto la rubia giró sobre sus talones, exponiendo toda su retaguardia una vez más, giró la cabeza hacia atrás, dedicando una cálida sonrisa a las cámaras, supo que ésta vez la imagen sería mucho más sensual, y para darle un poquito más de picante al asunto, se inclinó un poco hacia adelante. Ésto permitió que su cola se levantara, y como tenía las piernas levemente separadas, se podía ver el apretado triángulo que formaba la tanga, justo donde estaba su voluptuosa vulva. Diana vio como Lucho se arrodillaba en el piso, como si quisiera rezar una plegaria al culo de la rubia. Apuntó la cámara de su teléfono y fotografió esas imponentes nalgas.

—¡Hey, eso es trampa! —Se quejó Diana—. Desde ahí me ves todo…

—Perdón, es que estás demasiado hermosa con ese conjunto… demasiado sexy… no podía perder la oportunidad de sacarte una foto así…

—Qué vivo que sos. Yo muestro la mejor voluntad, y ustedes enseguida buscan la forma de sacar provecho.

—No te lo tomes a mal, Diana… —dijo Esteban—. Al contrario, deberías sentirte halagada… sos hermosa y… mirá la reacción que nos provocás —señaló su propia entrepierna, y era evidente que tenía una erección, su pantalón parecía una carpa recién montada.

—¡Upa! ¿Ya se les puso así, con tan poquito?

—¿Te parece poco? —Preguntó Lucho—. Estás vestida como una diosa erótica… y tenés un culo monumental. A mí también se me paró…

—Bueno… tal vez ahora sí me siento un poquito halagada. No me malinterpreten, eso no significa que vaya a hacer nada con ustedes. Pero es lindo saber que todavía produzco esa clase de efecto en los hombres.

—¿Y no te molesta saber que nos vamos a hacer la paja mirando tus fotos? —Preguntó Esteban.

—Mmmm… no, creo que no… mientras no le pasen las fotos a nadie más. Me voy a sentir un poquito rara cuando los vean, sabiendo que estuvieron tocándose mientras pensaban en mí, y mientras miraban esas fotos. Pero no me molesta…

—Genial, porque a estas fotos les pensaba dedicar más de una —dijo Esteban—. Y no te preocupes, no se las vamos a pasar a nadie… mucho menos sabiendo que nosotros tuvimos el honor de sacarlas.

—Ay, qué dulce… —la rubia sonrió—. Sabiendo que las van a valorar, y que no se las van a pasar a nadie… puedo permitirles que saquen algunas fotitos un poquito más… candentes ¿les parece? —Ambos asintieron con la cabeza—. Bueno, está bien… con ésto van a poder fantasear de lo lindo, y estoy segura de que nunca me vieron así…

Diana se sentó en el sofá y separó las piernas tanto como pudo, exponiendo su vulva, que quedó apretada en la pequeña tanga. Los gajos de concha se asomaban a los lados de la tela. Ambos chicos empezaron a fotografiarla, de rodillas, como si ellos fueran los súbditos de una diosa sexual. Esta misma idea cruzó por la mente de Diana, y la encontró muy divertida.

—No tengan miedo, chicos. No soy tan mala. Pueden acercarse un poquito y sacar fotos más de cerca, sé que se mueren por hacerlo.

Ninguno de los chicos esperó a que la rubia lo pidiera dos veces, se acercaron tanto como les fue posible. Incluso hubo algunos codazos entre ellos, para quedarse con la mejor posición. Pero al ver que la rubia levantaba un poco las piernas, exponiendo más su vulva apretada en la tanga, sólo se concentraron en tomar fotos.

Diana quiso llevar las cosas un poco más lejos, llevó la mano derecha hasta su entrepierna y comenzó a acariciarla lentamente. Su cuerpo vibró de placer, tocarse de esa forma frente a los amigos de su hijo la hacía sentir como una puta, pero durante muchos años se había prohibido disfrutar de un momento así, y ahora no dejaría pasar la oportunidad.

—Diana, ¿te puedo hacer una pregunta? —Esteban habló levantando la cabeza, para contemplar a esa diosa rubia de grandes tetas—. Es algo muy personal… así que voy a entender si no querés contestar.

—¿Y qué querés preguntar? No me voy a enojar, pero tampoco te aseguro una respuesta.

—Emm… ¿vos te hacés la paja?

La rubia soltó una risita nerviosa, como si volviera hacer la adolescente inocente que alguna vez fue. Semanas atrás ni siquiera hubiera considerado responder a esa pregunta, hasta la hubiera considerado ofensiva. Pero en ese preciso momento, con los grandes cambios que había sufrido su vida, hasta le agradó que Esteban le planteara esa duda.

—Hoy andan con suerte —comenzó diciendo Diana—. Estoy un poquito cachonda… —hizo una breve pausa para admirar el brillo en los ojos de esos dos chicos. La ilusión palpitaba en ellos—. Por eso les voy a responder honestamente. La verdad es que sí, me hago la paja… y me gusta hacerlo. Con más frecuencia de la que se imaginan. —No lo estaba viendo, pero se imaginaba cómo los penes de los chicos se ponían aún más duros que antes. Ella siguió acariciándose la entrepierna, por encima de la tela esa pequeña tanga—. Últimamente ando re pajera. Pensé que después de probar una buena pija se me iba a pasar, pero no fue así… hasta me quedé con más ganas.

—¿Pro… probaste? ¿Eso fue hace poco? —Quiso saber Lucho.

—Sí… hace apenas dos días. Un… amigo vino a visitarme. Uno muy lindo, muy varonil… muy viril.

—¿Te cogió? —Lucho ya se estaba tocando la verga por encima del pantalón.

—Me cogió mucho… y bien cogida. Fue hermoso… hacía rato que no me metían una verga así. —Diana sabía que se estaba pasando de la raya con sus confesiones, y que tal vez luego lamentaría haberlo hecho. Pero en ese momento la calentura era más fuerte, y ya podía sentir su concha humedecida. La fascinación con la que la miraban Lucho y Esteban la embriagaba—. Andaba necesitando una buena cogida… con chupar la verga de la otra vez, no me alcanzó… necesitaba algo más. Necesitaba algo bien duro en la concha.

—¿Podemos… podemos verte la concha? —Las palabras de Lucho fueron más una súplica que una pregunta.

—No, chicos… eso no. Porque sé que van a intentar si me la ven… —Ella cerró lentamente sus piernas—. Creo que ya les mostré más que suficiente.

—¿Y las tetas? —Se apresuró a preguntar Esteban—. ¿Te molestaría mostrarnos las tetas?

—Mmmm —Diana pensó, con una sonrisa picarona en los labios—. Eso podría ser… bueno, está bien. Pero sólo las tetas.

Ella se desprendió el corpiño en apenas un instante, pero para quitárselo demoró un poco más. Jugó con la expectativa de los chicos. Primero les dejó ver la parte superior de sus tetas, hasta que luego, por fin, apartó el corpiño, exponiendo sus duros pezones.

Los chicos se pusieron de pie de un salto, sus crecidos bultos apuntaban directamente a la rubia, como si estuvieran señalando a la culpable de su excitación.

—Uy, pero cómo tienen eso… ¡les va a reventar el pantalón!

—Yo ya no aguanto más tenerla dentro del pantalón —dijo Esteban—. Ya me duele…

—No se les vaya a ocurrir sacarla…

—¿Te daría vergüenza vernos la verga? —Preguntó Lucho.

—No, vergüenza no… no le tengo miedo a un par de vergas.

—Entonces, permiso…

Al decir esto, Esteban liberó su pene del pantalón, exponiéndolo largo y duro, en todo su esplendor. Lucho no se quedó atrás, también dejó salir su verga, que era un poco más gruesa que la de su amigo, pero no tan larga. Los ojos de Diana se iluminaron al ver tan imponentes miembros masculinos. No llegaban a ser como el de su hijo, o como el de Lautaro, pero se acercaban bastante.

—Ay, chicos… ¡qué zarpados! ¿Ahora tengo que estar viéndoles el pito?

—Dijiste que no te daba miedo —Le recordó Lucho.

—No, miedo no es… es otra cosa. En fin, ¿no iban a sacarme fotos de las tetas? Aprovechen ahora, porque se les está terminando el tiempo.

De inmediato los dos comenzaron fotografiarla, Diana posó para ellos con su sonrisa más simpática, mientras se acariciaba los grandes pechos. Hizo de modelo durante unos minutos, con la misma naturalidad que lo hubiera hecho delante de su hijo, y luego se puso de pie, pasando junto a Lucho y Esteban, que la siguieron con la mirada.

—Bueno, ya está —dijo la rubia—. Creo que tienen material más que suficiente para matarse a pajas pensando en mí. No pueden decir que no fui buena con ustedes.

—Sos muy buena, Diana —aseguró Esteban—. Pero… me gustaría una última foto…

—Ya les dije que no les voy a mostrar la concha…

—No me refería a eso… ni siquiera tendrías que sacarte nada más de la ropa.

—¿Y qué tenés en mente? —Preguntó Diana, con un atisbo de curiosidad.

—Quiero… si no te molesta… una foto… en la que yo esté agarrándote las tetas. Por favor… sólo eso…

—Ah… me parece un poquito subido de tono. Y ya me manosearon las tetas la vez pasada ¿o piensan que me olvidé de cómo se aprovecharon de mí?

—No queremos aprovecharnos —dijo Esteban—. Por eso te pido permiso… si no querés, no me voy a enojar.

—Bueno… si se portan bien, puedo permitir eso. Una foto con las tetas.

—¿Una para cada uno? —Preguntó Lucho, lleno de ilusión.

—Creo que no tengo más opción, sería injusto decirle que sí a uno, y no al otro. Está bien, una foto para cada uno.

La sonrisa de los amigos se volvió incluso más radiante de lo que ya era. El primero en posar fue Esteban. Se paró detrás de la rubia y le entregó su celular a Lucho. Sus manos se aferraron con fuerza a los grandes y tibios pechos de Diana. Ella sintió una embriagante ola de placer. Pero Esteban no se iba a quedar allí sin hacer nada. Aprovechó que tenía la verga bien erecta, y fuera del pantalón. Con un leve movimiento de su cadera logró posicionarla justo detrás de la vulva de la rubia, y presionó con fuerza, como si fuera a penetrarla. A Diana no pareció molestarle, ya que no hizo ningún comentario al respecto, se limitó a sonreír para la foto.

Esteban no desperdició su gran oportunidad, con sus manos recorrió cada rincón de las tetas de la rubia, y le pellizcó los pezones con descaro. Mientras tanto, restregó su pene contra la vulva de Diana, con tanta fuerza que, de no ser por la tanga, la hubiera penetrado.

Diana podía sentir su concha dilatándose y humedeciéndose ante las insistentes embestidas de Esteban, y todo su cuerpo parecía estar conspirado en su contra. No quería que el amigo de su hijo la penetrara, sin embargo su calentura estaba creciendo tanto que le fue imposible no acompañar esos movimientos con algunos meneos de su cadera. Ésto incentivó más a Esteban, que se prendió a Diana como si fuera una muñeca inflable. Como Lucho notó que algo ocurría, demoró las fotos tanto como pudo, para ayudar a su amigo. Tuvo que ser Diana misma la que, en un atisbo de cordura, puso fin al asunto. Esteban se separó de ella, con la verga tan dura que ya le dolía. La rubia la miró unos segundos y se preguntó qué se sentiría tenerla dentro de la concha, pero apartó esos pensamientos de su mente, porque aún tenía que lidiar con Lucho. El segundo chico tomó su posición, detrás de la rubia, y no fue más cordial que el anterior. Él directamente usó sus manos para apuntar la verga hacia la vulva de Diana, y comenzó a frotarla de arriba hacia abajo, admirando cómo la tanga ya se le estaba metiendo en la concha. Podía ver gran parte de esos labios lampiños que parecían suplicar por una buena verga. Para penetrarla le hubiera bastado con apartar un poco la tela, y ya tendría vía libre; pero supuso que Diana se enojaría, por lo que decidió no correr el riesgo. Una vez que su verga estuvo en posición favorable, se aferró a las tetas. Diana, que ya podía sentir a la perfección ese miembro viril amenazando su concha, también aprovechó un poco la situación, y al igual que con Esteban, le regaló a Lucho un candente meneo de caderas, incrementando aún más la presión que ejercía el glande contra la vulva. Incluso llegó separar las piernas, como si se estuviera ofreciendo a un amante.

Parte de ella quería eso, pero esos chicos no dejaban de ser los amigos de su hijo, y sabía muy bien lo mal que Julián se tomaría el asunto. Ya se había comportado como una puta, y cuando Esteban o Lucho le hicieran bromas inapropiadas sobre lo bien que se sentía arrimar a su madre, lo estarían diciendo con fundamentos reales. Diana se sintió culpable por estar haciéndole esto a su hijo, por lo que, en ese mismo instante, decidió dar por terminada toda la sesión de fotos.

—Bien, chicos, creo que ya fue más que suficiente —dijo, apartándose de Lucho—. Se portaron mejor de lo que yo esperaba… bueno, más o menos. Pero prefiero que se vayan, antes de que las cosas se tornen más…

—Está bien, Diana… entendemos —dijo Lucho, él no tenía ganas de irse, pero comprendió que la rubia hablaba en serio, y no quería hacerla enojar. Mucho menos luego de haber logrado un avance tan importante—. Esteban y yo nos vamos ahora mismo. Gracias por las fotos, son geniales…

—Pero yo… —dijo Esteban.

—Nada, nos vamos —insistió Lucho—. Vení, vamos a buscar los juegos de play a la pieza de Julián. Diana, gracias por las fotos, sos de lo mejor… sos la mujer más hermosa que vi en mi vida.

—¡Ay, gracias! Son unos amores… me alegra que no se hayan enojado… yo… mejor me voy a mi pieza, para no provocar más las cosas… busquen tranquilos los juegos, y cierren la puerta al salir.

Cuando Diana se alejó, Esteban guardó su verga y miró con odio a Lucho.

—¿Por qué le dijiste que nos íbamos? —Preguntó, casi en un susurro—. ¿No ves que ya estaba casi entregada?

—Ella dijo que no quería seguir. A mí me re calienta esa mina… me la quiero coger tanto como vos. Pero no quiero estar suplicándole todo el tiempo. A mí lo que me calienta es que ella se entregue… se muere de ganas por coger, eso se le nota. Quiero que sea ella la que nos suplique a nosotros.

—Mmm… interesante idea. Yo me la hubiera cogido ahora mismo, pero lo que vos decís no está nada mal. ¿Creés que hay chances de que lleguemos a eso?

—Sí, no tengo ninguna duda. A esa rubia le encanta la pija.

Diana, que no pudo escuchar nada de esa conversación, se encerró en su cuarto y comenzó a castigarse la concha con el consolador. Se dio más fuerte de lo habitual, casi como si quisiera que le doliera. Se había portado mal, y no sabía cómo iba a encarar a Lucho y Esteban la próxima vez que vinieran a su casa, porque de algo sí estaba segura; ellos volverían… y no dejarían de buscar su “premio mayor”.






—3—




Desde la sesión de fotos con Lautaro, Diana y su hijo no habían trabajado en una nueva; tampoco lo creyeron necesario, Julián aseguró que tenían suficientes fotos para tres packs, o para uno muy grande. Él estuvo intercambiando mensajes con la agencia alemana, y llegaron al acuerdo de que preferían pagar todas las fotos como parte de un gran pack, y ofrecerlo así en la web. Después de ver la cantidad de dinero que ofrecían, Julián no lo dudó ni por un segundo. Cuando le comentó ésto a su madre, la rubia se puso feliz, porque todo el trabajo valdría la pena.

—Me parece que ésto de contratar el modelo sí nos favorece —dijo Diana—. Si armamos un pack grande, y obtenemos un buen precio por él…

—Sí, yo también pensé lo mismo, eso se debe a que vos sos una de las modelos más populares de la web, y nos ofrecen un mejor precio.

—Me halaga mucho escuchar eso. ¿Estás pensando en volver a llamar a Lautaro? Porque a mí me encantaría hacer otra sesión con él…

—Algún día lo voy a volver a llamar, es un buen modelo. Pero mientras tanto podemos seguir probando entre nosotros.

—¿Entre nosotros? Mmm… de eso quería hablarte, Julián —el chico se puso en alerta—. Entiendo que en un principio era nuestra mejor opción… me refiero a eso de posar juntos; pero ahora, con el modelo… es decir, Lautaro me parece un tipo genial, me solté mucho con él… como ya habrás visto. No tendría ningún problema en dejarme hacer de todo por él, hasta admito que me gustaría que me la metiera otra vez. A lo que voy es que, preferiría que nos ahorremos la incomodidad de posar juntos. Todo bien por lo que hicimos, era necesario, pero en algún momento eso debía terminar. ¿Me explico? Creo que con Lautaro llegó ese momento.

Julián la miró abatido, no se había sentido así desde la vez que su PlayStation 2 se cayó al piso y se hizo pedazos. Había logrado formar una gran relación de confianza con su madre, y cada vez le gustaban más esos “jueguitos” que iniciaban al momento de sacar las fotos, había hecho todo bien, todo a la perfección… hasta el momento en que contrató ese modelo. Ese fue su gran error. Lo hizo sólo por una cuestión económica, para que el negocio pudiera prosperar, pero no imaginó que éstas serían las consecuencias. Pensó que su madre aceptaría estar una vez con el modelo, y luego todo volvería a la “normalidad” entre ellos dos.

—Así que… ¿no haríamos más fotos juntos? —Preguntó, desanimado.

—Bueno, vos siempre serías el fotógrafo. Eso nunca va a cambiar, Julián. Ya no siento ningún tipo de pudor al posar desnuda frente a vos. Es algo que no me lo puedo creer, pero pasó. Me viste cogiendo con Lautaro, y no me molestó en lo más mínimo que vos estuvieras presente. Al contrario, me calentó saber que alguien nos miraba. Te cuento ésto para que entiendas que me siento cómoda trabajando con vos, y me encanta. Pero la otra parte… la que nos obliga a interactuar de forma prácticamente sexual… eso se tiene que terminar, Julián. Porque eso sí me sigue poniendo un poquito incómoda.

—Pero dijiste…

—Sí, sé que dije que me estaba acostumbrado. Pero entendeme, eso fue antes de conocer al modelo. No sabía que esta sesión podría resultar tan bien. Además con él me animo a hacer cosas que con vos no haría… eso ya lo habrás notado. Me imagino que ésto es algo bueno para el negocio… es decir, ahora la gente puede verme penetrada totalmente… y reconozco que al momento de chuparle la verga, con él me siento mucho más cómoda, es un tipo lindo y simpático… y no es mi hijo. Espero que sepas entender… para mí es un alivio el poder dejar atrás eso de modelar con vos, no porque me haya desagradado, sino porque me da un poco de miedo pensar hasta dónde podría llegar eso. Para mí es difícil procesar lo mucho que me excité al meterme tu verga en la boca… porque por más que seas mi hijo, tenés una muy buena verga… y me provoca mucho. No soy de madera.

—Está bien, lo entiendo —dijo Julián, dejándose caer pesadamente en el sofá—. Tenés toda la razón, es algo que no podía seguir, y ahora que está Lautaro, ya no tiene sentido. Tenemos que seguir con el asunto de las fotos, así que voy a llamar a Lautaro para que venga otra vez.

—Gracias, Julián. Te tomaste muy bien el asunto, por un momento creí que te ibas a enojar.

Diana le dio un beso en la mejilla a su hijo, y se fue a la cocina, a preparar la cena. Julián no se movió del lugar, quedó sentado, con la mirada perdida. Sabía que algún día se iban a terminar los “juegos” con su madre, pero no imaginó que sería tan pronto. No tuvo tiempo para mentalizarse. Ahora lo único que le quedaba era poder disfrutar de las fotos que sacaba, y masturbarse con ellas. Lo que para nada era algo despreciable, pero luego de haber probado la tibieza de la boca de su madre, ya no le parecía algo tan fantástico.




—4—




La segunda sesión con Lautaro llegó apenas tres días después, en esta ocasión trasladaron todo lo necesario al dormitorio de Diana. La rubia, que llevaba puesto un bello conjunto nuevo, color rosa, ni siquiera esperó a que Lautaro se sentara en la cama, o a que su hijo tuviera preparada la cámara. Se arrodilló, abrió el cierre del pantalón, y empezó a chuparle la pija al modelo, como si fueran viejos amantes que llevaban meses sin verse. Diana no se preocupó demasiado por las fotografías, se dedicó a chupar esa pija y a disfrutarlo. No estaba actuando, estaba haciendo un pete de verdad, y así lo sentía ella, que no dejaba de sacudir la cabeza, o de masturbar ese largo miembro erecto, mientras se lo tragaba una y otra vez.

En esta ocasión Diana no se entretuvo demasiado tiempo chupando, ella estaba lista para la acción. Minutos antes estuvo encerrada en su cuarto, castigándose la concha con el consolador, y no dejó de hacerlo hasta que llegó el modelo.

Se puso en cuatro sobre la cama, ofreciendo toda su retaguardia, e hizo a un lado su tanga, para exponer su sexo, sin necesidad de quitársela. Como lo había hecho antes, Lautaro jugueteó con la vagina de la rubia, frotando su verga contra esos turgentes labios, que babeaban de deseo. Ésto volvía loca a Diana, porque le causaba expectativas sobre lo que vendría a continuación. Amaba todas las sensaciones que le producía esa verga, y llegó a pensar que Lautaro pronto superaría al Tano, en la lista de sus mejores amantes.

Para Julián esta nueva sesión no se parecía en nada a la anterior, ahora sus sentimientos hacia Lautaro y hacia su madre eran muy diferentes. Presionó el disparador de la cámara con bronca, apretó tanto sus dientes que le dolieron. No le molestaba que su madre estuviera chupando una verga y cogiendo con otro hombre, lo que le jodía era saber que Diana ya no quería modelar con su hijo, y que no podía hacer nada para evitarlo; menos aún sabiendo que cualquier acto de rebeldía no sólo podría hacerla enojar, sino que además ponía en riesgo el único negocio lucrativo que tenían. Estaba viendo en vivo y en directo la oportunidad que él había perdido, y no le quedaban más opciones que aguantar lo mejor que pudiera.

Diana resopló de placer cuando la verga la penetró, allí estaba otra vez, disfrutando de ese adonis que la hacía delirar, que la hacía sentir mujer… y joven. Con el movimiento de la verga en el interior de su sexo, ella sentía como que iba recuperando de a poco los años perdidos, todos aquellos años en los que no se había permitido disfrutar del sexo libremente. Empezó con el movimiento característico del sexo, porque ya no aguantaba más las ganas de saborear toda la extensión de esa pija dentro de su concha. Necesitaba sentirla hasta el fondo, aunque le produjera un poco de dolor. Gracias al trabajo que hizo con el consolador, esta vez ya no le dolió tanto, y pudo moverse más rápido desde el principio.

Cuando Julián vio cómo su madre gozaba con esa gran verga, dejó de sacar fotos por unos instantes, tuvo que luchar contra la tentación de irse. Sabía que era absurdo pensar que él podría estar ocupando ese mismo lugar, su madre nunca lo hubiera permitido… pero al menos antes tenía una pequeña esperanza; la cual se había desvanecido completamente.

Lo peor vino después, cuando a Diana se le ocurrió cambiar la posición. Ella le pidió a Lautaro que se acostara boca arriba en la cama. Cuando el modelo estuvo en posición, la rubia se puso en cuclillas sobre él, con las piernas bien abiertas. Acomodó la pija en su concha y, como tenía las rodillas flexionadas, le resultó fácil montarla, como si ella fuera un jinete experimentado. Empezó a dar saltos sobre la verga, provocando que se le clavara completa en la concha, y emergiera casi en su totalidad. Estos bruscos movimientos provocaron que sus grandes tetas comenzaran a rebotar como locas.

Julián no tuvo más alternativa que masticar bronca en silencio, y continuar con las fotografías. No podía dejar pasar la oportunidad de fotografiar a la modelo, cuando ella estaba brindando un espectáculo sexual tan impresionante.

La rubia no prestó atención a la cámara, cerró sus ojos y dio rienda suelta a sus más puros instintos sexuales. Montó esa pija de la misma manera que lo había hecho, tantas veces, con el Tano. Hizo volar su cabello, al girar su cabeza, y sus gemidos resonaban por toda la habitación. Sus enérgicos saltos hacían vibrar la cama, y cada vez que la verga se le enterraba hasta el fondo de la concha, se producía un chasquido, producto del choque de su piel contra la de Lautaro. De vez en cuando Diana aprovechaba éste contacto para menear sus caderas en círculos, y así disfrutar de la verga moviéndose en el interior de su sexo.

Ella quería quedarse en esa posición todo el resto del día, pero al parecer Lautaro no pudo con tanta energía sexual, y eyaculó pasados unos minutos.

A Diana no le molestó, porque amó sentir su concha llenándose de tibia leche, y no dejó de dar saltos hasta que los chorros de semen cesaron. Luego se apartó, y se quedó acostada en la cama, con dos dedos se abrió la concha y le mostró a su hijo cómo salía todo el líquido blanco de su interior.

Julián, a pesar de estar molesto, no pudo negar que éste era un espectáculo digno de ser fotografiado. Capturó tantas imágenes como pudo, de cada instante en el que el espeso semen fluyó fuera de esa sonrosada cueva.

Diana se quedó allí, masturbándose con total soltura, mientras su respiración iba recobrando el ritmo normal. Sus tetas subían y bajaban al ritmo de sus jadeos.

Cuando Julián consideró que ya tenía suficientes fotos, le hizo una seña a Lautaro, indicándole que ya se podía retirar. Lautaro se puso de pie, se limpió el pene, y se vistió. Quiso despedirse de Diana, pero la encontró muy ensimismada, y prefirió no interrumpirla.

Julián acompañó al modelo hasta la puerta y se despidió de él, ya sin tanta cordialidad como la úlima vez. Al regresar al cuarto de su madre, vio que ella seguía haciéndose la paja.

Diana abrió los ojos y miró para todos lados.

—¿Qué pasó con Lautaro? ¿Se fue? —Preguntó.

—Eh… sí, ya habíamos sacado suficientes fotos.

—¿Pero por qué se fue tan rápido? Si descansaba un ratito podríamos haber hecho otra sesión.

—¿No te parece que por hoy ya fue suficiente?

—No, no me parece… fue re corta la sesión.

—Mamá, si te quedaste con ganas de coger…

—Ey, no me hables así… no lo digo porque tenga ganas de coger. ¿Y qué hay de malo si las tengo? ¿Acaso eso no es bueno para las fotos? Lo digo porque podríamos haber aprovechado para hacer un segundo pack… no sé, cambiándome la ropa, yendo a otro lugar de la casa. No entiendo por qué le pediste que se fuera. Si recién estábamos empezando.

—Está bien, tenés razón… le pedí que se fuera porque yo ya no tenía más ganas de sacar fotos ¿así te parece bien?

Diciendo esto, Julián abandonó la pieza. Diana se quedó preocupada, estuvo a punto de ir detrás de su hijo, pero estaba demasiado caliente por lo bien que la pasó con Lautaro. Buscó el consolador en el cajón de su mesita de luz, y empezó a metérselo, aprovechando la buena lubricación que le brindaba el semen. No sabía qué problema tenía su hijo, pero ella estaba decidida a disfrutar tanto como le fuera posible.




—5—




Le costó trabajo rebuscar entre la información que su hijo guardaba en la computadora hasta dar con la dirección de Lautaro, pero estaba decidida. Se había puesto un sexy vestido blanco, ceñido al cuerpo, que atrajo la mirada de toda la gente con la que se cruzó, y en especial la del taxista que la condujo hasta esa zona de la ciudad. Estaba oscureciendo, y eso la incomodaba un poco, pero ya estaba allí, frente a la puerta de la casa de ese hermoso modelo. Nunca se había sentido tan intimidada ante un hombre, se vio a sí misma como la adolescente que alguna vez fue, temerosa de no gustarle a aquel chico lindo del barrio. Con mano temblorosa acercó su dedo al timbre, y lo presionó.

En pocos segundos la puerta se abrió, y Lautaro quedó imponente frente a ella. Llevaba una camiseta negra, mangas cortas, que se ceñía a la perfección a sus torneados músculos. Él estaba claramente sorprendido de ver a la rubia allí.

—Hola, Lautaro, buenas noches —saludó ella, con una tímida sonrisa—. Espero no molestarte, pero… es que… bueno, no te voy a mentir. Es sábado y ando con ganas de salir a dar una vuelta, y me preguntaba si no tenés ganas de pasear conmigo, tal vez ir a tomar algo a algún lado. —Ella podía sentir cómo sus rodillas se debilitaban con cada palabra, por primera vez en la vida supo lo que sentían todos aquellos hombres que habían venido, prácticamente a suplicarle, que saliera con ellos. Ahora ella había encontrado su “premio mayor”, aquel que era capaz de llevarla hasta cometer la locura de invitarlo a salir sin previo aviso.

El modelo pestañeó unas cuantas veces, como si no pudiera creer lo que estaba viendo, y oyendo.

—Adelante, Diana. Pasá… —dijo, haciéndose a un lado.

—Está bien, gracias.

La rubia entró, temerosa. La casa de Lautaro era pequeña, pero bonita. Estaba bien decorada, y le gustaron los muebles.

—Si querés tomá asiento —le señaló un sofá, ella se sentó—. Me siento muy honrado de que hayas venido hasta acá…

—Sinceramente estoy aterrada. Nunca tuve que ser yo la que invitara a un hombre a salir, pero sentí una especie de “vibra” con vos… tengo la sensación de que podemos llevarnos muy bien, incluso fuera del ámbito profesional.

—¡Seguramente! —Exclamó Lautaro, con una sonrisa—. Vos sos una mujer maravillosa, Diana. Te conozco poco, pero puedo ver que sos buena gente… pero —Ese “pero” puso en alerta todo el cuerpo de la rubia. Lautaro tomó asiento frente a ella—. ¿Cómo decir ésto sin ser descortés? Estoy seguro de que muchos hombres se morirían de gusto al recibir una invitación así de tu parte… pero no es mi caso. A ver… yo soy homosexual, Diana. Tengo novio y todo. —La rubia pudo sentir cómo todas sus fantasías se desmoronaban en pedazos—. Mi trabajo como modelo no es más que eso, un trabajo. No pienses que me dio asco trabajar con vos, ni nada por el estilo. Lo disfruté mucho, de verdad. Se nota que te tomás con muchas ganas lo que hacés. Pero para mí eso termina una vez que guardaron la cámara. Después vuelvo a mi casa, a mi vida normal, en la que intento ser feliz junto a mi pareja.

—¡Ay! Me siento como una boluda total…

—No te sientas mal, vos no tenías forma de saberlo. Al fin y al cabo yo no te conté nada sobre mi vida.

—Justamente por eso me siento tan mal. Me hice una película absurda en la cabeza, sin saber nada de tu vida. Y mirá cómo quedé… resulta que ni siquiera te interesan las mujeres. Me quiero morir. Estoy muy avergonzada de mi actitud… perdón.

—No pidas perdón, no hiciste nada malo.

—¿Cómo que no? Básicamente arruiné nuestra posibilidad de seguir trabajando juntos. ¿O me vas a decir que ahora tenés ganas de seguir modelando con una loca que se inventa una película romántica después de dos sesiones de fotos?

—Bueno… es que…

—Quiero que seas honesto, Lautaro, como lo fuiste hasta ahora. Ya no te dan ganas de seguir trabajando conmigo.

—Ganas, sí… lo que pasa es que no quiero causarte más confusiones. Para mi novio es difícil tolerar la profesión a la que me dedico, es un poco celoso. Fue una suerte que hoy no estuviera en casa, porque de lo contrario hubiera tenido que darle muchas explicaciones.

—Claro, y trabajar conmigo es un riesgo que no podés correr —si bien Lautaro no dijo nada, a Diana le quedó claro el mensaje—. Bueno, mejor me retiro. Lamento haberte puesto en esa situación, y no lo digo con rencor, vos no tuviste la culpa de nada… la boluda fui yo. Perdón, en serio.

—No te preocupes tanto por eso, Diana. Creo que vos y Julián tienen un gran proyecto entre manos, y yo no soy estrictamente necesario en el mismo. Vas a poder encontrar enseguida otro modelo que quiera trabajar con vos.

—Eso lo dudo. Pero bueno, agradezco tu buena onda. Me retiro.

Diana le dio un cordial beso en la mejilla a Lautaro y éste le abrió la puerta de la calle. Fue una suerte que ella pudiera localizar rápidamente un taxi, para ahorrarse la vergüenza de seguir estando de pie junto al modelo.



Al regresar a su casa entró sin hacer ruido, como si se hubiera portado mal y temiera que sus padres la castigaran. Se encerró en su cuarto y se quitó el vestido. Se acostó en la cama y se tapó hasta la cabeza. No estaba tan mal como para querer llorar, pero sí lo suficiente mal como para querer que ese día terminase de una vez. Horas antes tuvo la intención de salir a bailar y divertirse, pero ahora lo único que quería hacer era dormir, y olvidarse de Lautaro.

jueves, 13 de junio de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 23 - La Monja Rebelde.

Capítulo 23.


La Monja Rebelde.


Jueves 25 de junio, de 2014.

―1―




Anabella me miró atónita, desde el umbral de la puerta. Como no reaccionó tuve que levantar el teléfono celular que cayó de sus manos.

―¿Puedo pasar? ―Le pregunté por segunda vez―. Nadie me vio llegar, así que no van a saber que estoy acá. ―Me miró boquiabierta, como si yo fuera la representación en carne y hueso de Lucifer―. Dale, Anabella. Mientras más demores, más nos arriesgamos a que nos vean juntas.

―Sí, perdón. Pasá. ―Se hizo a un lado.

En cuanto entré, ella miró hacia el pasillo y cerró la puerta. Obviamente se estaba asegurando de que nadie nos hubiera visto. Luego se volteó hacia mí, y permaneció estática; parecía una estampita de la Virgen María.

―¿No vas a poner el agua para el mate? ―Luego de haberme tomado un helado con mis amigas, no me apetecía mucho tomar mates; pero era una forma de pedirle que se tranquilizara.

―¿Pensás quedarte mucho tiempo?

―El que sea necesario, pero no pretendo molestarte ―Coloqué la tapita trasera en su smartphone, se había salido por el golpe. Lo prendí, para corroborar que no se hubiera roto―. Si te jode, me voy.

―No, ya estás acá… y si nadie te vio entrar, supongo que no hay problema. ―Se acercó al anafe y encendió una hornalla, luego colocó la pava con agua sobre ella.

―Tu teléfono funciona bien. Procurá no darle más golpes como ese. ¿Estabas escuchando música? No tengo idea de qué tipo de música podrá gustarte, ―dije, con sarcasmo.

―No creas que me la paso escuchando música religiosa. Lo que más suelo escuchar es León Gieco, Víctor Heredia o Atahualpa Yupanqui.

―Debo haber escuchado algo de ellos, pero no es mi estilo.

―También me gustan otras cosas del rock nacional, como Soda Stereo.

―No te imagino escuchando esa banda…

―¿Por qué no? Tienen temas muy lindos… me gusta mucho uno que se llama “En Remolinos”, hasta mencionan a Dios en ese tema.

―Sí, puede ser… no lo conozco; pero sé que es una banda con varios temas sexuales. Como ese de “Juegos de seducción”, o “Zoom”...

―Sí, esos temas no los escucho casi nunca. No me gustan.

―Ah, y “Persiana Americana”, ―dije, sentándome en una silla. Ella me miró intrigada.

―Persiana Americana es uno de mis temas favoritos… dice algo de la excitación; pero no lo veo muy sexual.

―Ay, Anabella, qué ingenua que sos… hasta yo me di cuenta de que Persiana Americana es un himno a la masturbación. ―Se puso roja.

―¿De verdad? Nunca lo había visto así.

―Claro que sí, escuchá la letra atentamente, y pensá en la masturbación. Vas a ver que todo encaja. ¿Y te gusta el tema “Un misil en mi placard”?

―Sí, pero nunca entendí la letra.

―Una vez leí que Gustavo Cerati sacó la idea al leer una revista Playboy. Habla de un consolador.

―La pucha… no sabía.

―¿Ahora vas a dejar de escuchar esos temas?

―No sé… tal vez… debería.

―¿Tanto asco te da el sexo, que sos capaz de dejar de escuchar canciones que te gustan, sólo porque hacen alusión al tema?

―Eso me sonó a reproche, ―me miró con el ceño fruncido.

―Y lo es. Bueno Anabella, dejemos de perder el tiempo. Vos y yo tenemos que hablar.

―Me parece bien. El agua para el mate ya casi está lista. Esperá un segundito más.

Pocos segundos después, se sentó frente a mí y dispuso todo lo necesario para preparar el mate; la pequeña mesita apenas podía contener estos objetos.

La verdad es que no tenía idea de por dónde comenzar, mi preocupación fue llegar hasta su cuarto sin que nadie me viese, y convencerla para que me dejara entrar; una vez cumplidos esos dos pasos no supe cómo proseguir.

―Te escucho Lucrecia ¿qué ibas a decirme? ―Su voz fue tan amable y dulce como siempre. A veces pensaba que esa era su característica más atractiva, pero también me perdía mirando sus ojos como ventanas a un alma pura, y sus labios tan bien torneados.

―Hace poco aprendí que en la vida no hay que ser tan orgullosa, ―comencé diciendo―. Una puede tener amor propio, pero también debe saber reconocer cuando una persona vale lo suficiente como para dejar de lado el ego, e intentar solucionar las diferencias.

―Es muy sabio eso que decís, creo que por primera vez estoy totalmente de acuerdo con vos.

―No me importa quién tuvo la culpa de que las cosas hayan salido así, el punto es que pasó, y por ese motivo estamos distanciadas. Te lo dije la otra vez, por más que te haya visto pocas veces, sentí una conexión especial con vos.

―¿De qué tipo de conexión hablás? ―Tomó el primer mate.

―No pienses mal, hablo de amistad. Esa es una de mis características, sé muy bien cuando voy a llegar a considerar amiga a una persona poco tiempo después de conocerla. Eso mismo me pasó con muchas de mis amigas actuales, y con vos también. ―Omití el detalle de que terminé acostándome con muchas de esas amigas―. No quiero que estemos peleadas, ni que dejemos de vernos. Estuve pensando, porque a veces pienso, y sé lo difícil que puede ser para vos ser vista con una… con una lesbiana.

―¿Ya te considerás lesbiana?

―Sí. Totalmente, ya no lo puedo negar. Los hombres no me interesan en lo más mínimo. Al menos no por ahora. Qué se yo… es algo en lo que no me interesa pensar demasiado. Estoy feliz con mi vida sexual actual.

―Veo que diste un paso importante en tu vida. No debe haber sido fácil. ―Me ofreció un mate.

―Yo no quiero mates, recién me tomé un helado, y me va a hacer mal. Te dije que lo preparas porque sé que eso te tranquiliza. ―Ella sonrió por primera vez desde que entré.

―Eso es cierto, para mí tomar mates es como un ritual de relajación. Me estabas por contar cómo fue tu proceso de aceptación.

―No fue fácil, para nada. Ahora hasta mi mamá conoce mis preferencias sexuales. Es todo un problema, mucha gente te juzga sin conocerte. No quiero que vos hagas lo mismo.

―Te prometo no hacerlo. Ya que estás acá, hablándome de frente, y sin rencores, te voy a proponer una cosa: Podemos seguir siendo amigas, y podemos vernos tanto como queramos ―sonreí al escuchar esas palabras―; pero prometeme que vas a entrar y salir con cuidado. Al menos para que no te vean siempre, no es que me de vergüenza estar con vos…

―Si lo sé. Es que te puede generar problemas, eso lo entiendo muy bien. Perdón por haberme enojado con vos, de verdad que entiendo el riesgo que es para vos. No quiero perjudicar tu labor en este convento. Además, tengo otra propuesta: un día podrías visitarme en mi casa.

―Emm… ¿te parece eso prudente?

―¡Claro! Somos la familia más católica del barrio. Para mi mamá va a ser todo un orgullo tener a una monja en casa.

―¿Sabías que el orgullo es un pecado capital?

―Por favor, explicale eso a mi mamá… por favor, por favor. ―Le supliqué, poniendo mis manos como si fuera a rezar. Ella volvió a sonreír.

―¿Y tu mamá no pensará algo raro al verme? Lo digo porque ella ahora sabe que sos lesbiana.

―Pensaba decirle que vos me estás ayudando a “reestructurar mi vida”. Además tiene algo de cierto, con vos puedo aprender a controlar mis impulsos.

―Sería un gran logro si yo pudiera enseñarte a controlarlos. Está bien, un día voy a ir a tu casa.

―¡Genial! Vamos a poder charlar toda la tarde, sin que nadie nos joda, y si levantar sospechas. A todo esto, permitime poner una condición más. ―Me miró como si yo fuera un juez dictando una sentencia―. Quiero que seamos amigas normales. Con esto me refiero a que, cuando estés conmigo, te olvides por un rato de que sos monja. No podés ser tan estructurada, Anabella. Te vas a morir sin haberte reído a carcajadas ni una sola vez en tu santa vida. ―Se quedó helada, no emitió ningún sonido―. ¿Dije algo malo?

―No, al contrario. Recién ahora me doy cuenta… no lo había pensado antes.

―¿Que sos estructurada?

―No, eso ya lo sabía. Pero tenés razón en eso de que nunca me río a carcajadas. Sé sonreír y sé cómo reírme; pero acá, entre estas cuatro paredes, son muy pocas las cosas que me causan verdadera gracia. De hecho, vos sos la única que me hace reír, cada vez que venís.

―Qué bueno poder ser tu payaso personal. Pero tampoco es que te haga reír siempre, a veces te enojás conmigo; por mis locuras.

―Es que justamente son esas locuras las que me causan gracia, aunque no lo demuestre. Cuando se me pasa el enojo, y vos ya no estás, me río sola como una…

―Como una boluda…

―Como una loca. Pero es porque me acuerdo de las cosas que decís, y de las que hacés. Estos días, en los que no estuviste, fueron muy tristes. No me pasó nada interesante. Nada. Ah bueno, sí… una cosa.

―¿Qué? Contame. ―La miré, con genuino interés.

―Empecé a leer libros que no están directamente relacionados con las Santas Escrituras.

―¡Wow, qué reventón! ¡Vos sí que sabés divertirte! ¡La puta madre, estás tirando el convento por la ventana! ―Ella empezó a reírse. Me encantaba verla feliz.

―Bueno, che… para mí fue un gran cambio. Sinceramente no sé por qué nunca lo hice. Técnicamente no hay nada que me prohíba hacerlo. Creo que censuré a mí misma, casi sin darme cuenta. Ahora estoy muy enganchada con un libro de Ken Follet, llamado “Los pilares de la Tierra”. Es maravilloso. Tiene un poco que ver con la religión, pero también me resultó muy impactante en muchas escenas.

―Tomo nota, lo voy a leer, cuando termine con lo que estoy leyendo ahora. Por cierto, te recomiendo mucho “El señor de los anillos”. Tiene un poco que ver con el poema de Sigfrid. No sé si lo conocés.

―Sí, algo familiarizada estoy con el tema, aunque nunca lo leí.

―Es un libro genial, con mucha magia y fantasía. Harry Potter es otra gran recomendación, este convento se parece al castillo de esos libros; vas a delirar con que estás dentro de Hogwart.

―¿Dentro de qué?

―El castillo en el que estudia Harry Potter.

―Ah bien. ¿Y de dónde voy a sacar yo esos libros? No creo que estén en la biblioteca del convento.

―Yo te los voy a conseguir, no te preocupes por eso. Me encantaría que los leas, a tu vida le vendría bien un poquito de magia.

―Sí, puede ser. Yo nunca hago locuras.

―A veces sí. ―Busqué rápido en mi celular, hasta que encontré la foto que me envió una vez Anabella; la de su culo entangado―. Como ésta. ―Le mostré la imagen, y fue como si le hubiera tirado un baldazo de pintura roja en la cara.

―¿Todavía tenés eso? Pensé que ya lo habías borrado.

―No la pienso borrar nunca en la vida. No te preocupes, acá no la va a ver nadie más que yo. ―No sabía si contarle de las veces que me masturbé mirando esa foto, e imaginándola desnuda―. ¿Seguís usando la ropa interior que compramos juntas?

―Sí, de hecho tengo puesta una de esas ahora. La negra. A la rosada no la usé nunca, es muy chica, y me da mucha vergüenza.

―Debajo de todos esos trapos, no creo que haya mucha diferencia; podrías estar usando los calzones de mi papá, y nadie se enteraría.

Verla riéndose otra vez, me iluminó el alma. Era mucho más hermosa cuando estaba feliz.

―Aunque no lo creas, hice algunas travesuras. Acá en el convento me tienen como “La monja rebelde”. Tal vez para vos sea una boludez, como siempre decís; pero para los estándares del convento, yo soy la más “loquita”.

―La verdad es que tenés pinta de ser menos estructurada que las demás monjas. Contame algo muy loco que hayas hecho en tu vida, ―le pedí―. Algo divertido.

―Bueno. ―Meditó unos instantes―. Hace cosa de un año desperté a una de las Hermanas con música de Black Sabbath, la pobre creyó que se había muerto y había ido a parar al infierno.

―¡Ah, qué loco! ―Exclamé, riéndome―. No te imaginaba escuchando esa banda.

―No la escucho, no me gusta. Pero encontré un video de ellos en internet y me pareció buena idea despertar de esa forma a alguien del convento. La verdad que es una música muy tétrica.

―Eso que nunca escuchaste Radiohead.

―Ni quiero hacerlo.

―Y en cuanto a lo sexual ¿Qué fue lo más loco que hiciste?

―¿Por qué todo tiene que estar relacionado con el sexo con vos Lucrecia? ―Me sentí muy mal con esa acusación, agaché la cabeza y me quedé mirando el piso. Aún estaba cachonda por lo que pasó con Cintia, pero no podía explicarle eso―. Bueno, no quiero que peleemos, voy a intentar ser lo más paciente posible, supongo que sólo lo preguntás como amiga. Seguramente con tus amigas hablás de sexo, y eso no significa que estés provocándolas.

―Así es, justamente hoy tuvimos una charla sobre sexo con mis amigas, incluso con las que son heterosexuales. Fue muy divertido, nos reímos un montón. Y en ningún momento intentamos pasarnos de la raya con ninguna de nosotras. El sexo puede ser sólo un tema más de conversación entre amigas. Pero aclaro que no estás obligada a contar nada que no quieras.

―Tengo que admitir que el tema sexo es muy difícil para mí, después de lo que me pasó. Nunca pude hablar con nadie sobre sexualidad.

―Yo podría ser tu amiga, y confidente. A mí podés contarme lo que quieras, nunca te voy a juzgar.

―Lamento desilusionarte, pero nunca estuve con nadie, y no tengo nada para contarte; aparte de lo que ya te conté. Hubo veces en las que me pregunté qué se sentiría hacerlo con un hombre que fuera cariñoso, pero al pensarlo se me llena la cabeza con malos recuerdos.

―No puedo ayudarte en ese tema, yo tampoco tengo mucha experiencia con los hombres, ya lo sabés. De hecho me volví sexualmente activa recién este año y sólo lo hice… con mujeres.

―¿En plural? ―Asentí con la cabeza― ¿De cuántas estamos hablando?

―Prometeme que no te vas a enojar si te lo digo.

―Te lo prometo.

―Tuve relaciones con seis mujeres. ―En la lista incluí a Cintia y a la desconocida del boliche. Anabella abrió grande los ojos.

―Son muchas más de las que imaginé. ―A mí también me parecía un número inmenso― ¿Y… qué se siente?

―¿De verdad querés saber?

―Sí, supongo que sí. Digo… Para charlar de algo. Como vos decís, el sexo puede ser otro tema de conversación. Vos tenés más cosas para contar que yo. Sin ánimo de ofender, pero no entiendo cómo encontrás satisfacción sexual con otra mujer.

―Es muy fácil: porque me gustan mucho. A veces tengo la sensación de que pienso como hombre; veo el cuerpo de una mujer desnuda y me pongo loca. Pero otras veces pienso que son los hombres los que piensan como mujeres. Porque tengo varias amigas que son tan sexuales como yo. El estar con una mujer en la cama es una sensación maravillosa. ―Esto me recordaba a una charla que tuve con Samantha―. Es muy difícil de explicar con palabras. Interviene mucho la sensualidad y el encanto femenino.

―Pero las mujeres no tienen… ―me miró como para que yo completara la frase, pero no pensaba hacerlo. La dejé sufrir un poquito más―. No tienen eso… ―Volvió a clavar su mirada en mí buscando apoyo, pero me hice la boluda―. Ya sabés… ―Comenzó a sonrojarse otra vez. Yo permanecí en silencio―. Las mujeres no tienen pene. Listo, ya lo dije. ¿Contenta?

―¿Por qué debería estarlo? No dijiste nada que cualquier mujer de mi edad no sepa. Imagino que hasta vos debés saberlo. Si alguna vez te miraste ahí abajo, habrás descubierto que tampoco tenés pene. ―Imaginé su entrepierna repleta de polvo y telarañas, abandonada, a merced del olvido―. ¡Claro que no tenemos pene! ¿Y qué hay con eso? ―No se la dejaría nada fácil, necesitaba que ella fuera una parte activa en la conversación.

―Es que no entiendo cómo pueden dos mujeres satisfacerse sexualmente sin... pene.

―Hay muchos recursos, te los debés imaginar, aunque no quieras admitirlo. Incluso ya me viste haciendo algo de eso, en el video. ―Se puso tensa―. Se puede satisfacer mucho a una mujer usando los dedos y la lengua. No te imaginás lo bien que se siente una buena chupada. ―Abrió los ojos, hasta que parecieron dos platos―. Ya sea darla o recibirla. ―Sabía que la estaba incomodando, pero esa era mi intención―. Además también hay sustitutos para el pene, se los llama consoladores. ¿Te acordás de la canción de Soda Stereo? A vos te vendría bien tener uno.

―¿Y qué te hace pensar que necesito uno?

―-La expresión en tu cara, y lo necesitada que estás de pasar un buen rato en la cama, aunque sea sola.

―Yo no estoy…

―No hace falta que me mientas Anabella. Acordate lo que dijimos, que íbamos a hablar como amigas, no como monjas.

Suspiró, como si me estuviera diciendo: “Está bien, ganaste”.

―Bueno, puede que tal vez lo necesite; pero eso no quiere decir que lo vaya a hacer.

―¿Por qué no? No sería el fin del mundo. Si lo hacés, el día en que te mueras (y ojalá sea de viejita, a los ciento noventa años), vas a poder decir que al menos la pasaste bien una vez.

―Pero… está mal ―Se estaba quedando sin argumentos.

―La iglesia está cambiando Anabella, ya no es tan estricta como antes. Tal vez se están dando cuenta que Dios no castiga a la gente por masturbarse, o por tener sanas relaciones sexuales.

―¿Te parece sano estar acostándote con todas las mujeres que se te crucen?

―Con todas no. Con vos no me acosté… todavía ―Eso le cayó como baldazo de agua helada.

―Ni lo vas a hacer. Desde ya te digo que borres todas esas ideas locas de tu cabeza.

―Fue un chiste, no te lo tomes tan en serio. Además, vos no podés impedirme que fantasee, yo soy la dueña de mis pensamientos, ni siquiera Dios puede controlarlos. No te olvides del libre albedrío.

―También se puede pecar con el pensamiento y lo sabés.

―No, no lo sé. Porque yo no lo veo de esa forma. Todo esto te lo digo para que entiendas que vos también podés tener tus fantasías sexuales, y pensar en ellas cuando te masturbás. Son tus fantasías, no dañás a nadie al hacerlo.

―Puede ser, pero me pone incómoda saber que fantaseás conmigo.

―Bueno, no creo que sea un pecado tan grave fantasear con una mujer hermosa ―Agachó la cabeza y quedó mirando fijamente la mesa― ¿Te pasa algo?

―¿De verdad pensás que soy hermosa? ―Su voz fue tan tenue, que apenas pude oírla.

―Hermosa es poco Anabella, sos la mujer más atractiva que vi en mi vida; me parece un desperdicio total que te escondas debajo de esos hábitos. Al menos podrías buscarte un buen hombre para…

―Ese es el problema Lucrecia. Después de lo que me pasó, no puedo estar cerca de ningún hombre, por más bueno que sea. Con decirte que hasta me pongo incómoda al lado de un cura.

―No serías la primera. Los curas tienen fama de degenerados.

―¡Lucrecia!

―Pero si es la verdad. Mirá, mejor cambiemos de tema. Si no son hombres, entonces pueden ser mujeres. Conquistarías a cualquiera, si te lo propusieras; aunque la chica sea heterosexual. Te lo aseguro.

―No pretendo andar conquistando mujeres, ni que éstas me conquisten a mí. ¿Está claro?

―Perdón, no pretendía hacerte enojar.

―No Lucrecia, perdoname vos a mí. No estoy enojada, para nada. Es que este es un tema muy delicado para mí.

―Eso es porque lo ves como algo estrictamente prohibido, y pensás que por hablarlo se te van a abrir las puertas del infierno; pero la realidad es que a nadie le afecta esta conversación, más que a nosotras. Te lo repito por enésima vez. Acordate que debajo de esa sotana hay una mujer, y una muy hermosa; dejala respirar un poco. No la cubras de negro todos los días. Te estás muriendo por dentro, Anabella. ¿Lo pensaste alguna vez?

Por su expresión cabizbaja parecía estar totalmente abatida, era como si sus pocas ganas de vivir se hubieran esfumado de repente.

―Lo pensé muchas veces. Me genera mucha angustia. Amo lo que hago, y dedicaría toda mi vida a esto; pero a veces me siento tan sola y vacía que me dan ganas de llorar.

―Para colmo vos no colaborás Anabella. ¿Acaso no compramos ropa para que te vistas de forma más alegre? Pero no, ahí estás, otra vez dentro de esa sotana, como si fuera una prisión ¿y todo por qué? Porque sos una miedosa.

―No me digas miedosa.

―Es la realidad Anabella. Yo soy lesbiana, promiscua y vivo metiéndome en problemas. ¡Pero la paso muy bien! Y sí, también tengo malos momentos, cuando me peleé con mi novia, y con vos, me la pasé llorando. Pero me la banqué, porque al menos me había arriesgado a pasar un buen momento con gente que me cae bien. No siempre todo va a salir como una quiere que salga, a veces la vida te va a dar un duro golpe; pero afrontar esos golpes es mejor que no vivir la vida. Vos sos miedosa, no tomás riesgos, y no querés ni siquiera intentar vivir una vida más alegre. No hacés nunca nada osado.

―¿Sabés qué? ―Sus ojos brillaron como centellas, pensé que mandaría de una patada al séptimo infierno―. ¡Tenés razón! ―Me quedé boquiabierta―. Tengo que admitirlo. ―Tomó una buena bocanada de aire, y exhaló―. Soy miedosa… y está en mi cambiarlo. Dios me podrá ayudar mucho, pero yo también tengo que poner mi parte. No puedo vivir aterrada por algo que me pasó hace diez años. Desde ahora voy a tomar más riesgos, si es por una buena causa, y voy a hacer cosas osadas.

―Pero Anabella, hacer algo osado... para vos sería salir a la calle con la sotana sin planchar, o saltarte un “Padre Nuestro” cuando reces el Rosario.

Me miró con una malicia burlona y desafiante, me hizo dudar de mis propias palabras, nunca la había visto así. Acto seguido se puso de pie y de un tirón se quitó el velo de la cabeza, su cobrizo cabello flotó en el aire cayendo suavemente sobre sus hombros. Movió las manos en el frente de su sotana, como si desprendiera botones que yo no podía ver. Aguardé expectante e impaciente, cuando de pronto la negra tela se abrió por la mitad y cayó al suelo. Si hubiera encontrado al mismísimo Satanás besando a Jesucristo, no me hubiera sorprendido tanto. Su tersa y blanca piel era envidiable, al igual que su figura; ni siquiera yo tenía un vientre tan marcado, o unas caderas tan imponentes. Sólo vestía su ropa interior, aquella que yo le había comprado. Una pequeña colaless negra que se ceñía a su figura como si estuviera pintada, y un corpiño que elevaba sus voluptuosos pechos y hacía que estos se acariciaran mutuamente en el centro. Los engranajes de mi cerebro dejaron de girar, chocaron entre sí, rechinaron y lucharon por reanudar la marcha; pero era imposible, no podía reaccionar de ninguna forma, más que quedándome con la boca abierta como una gruta.

―Podés usar esa imagen como quieras, ―me dijo, con voz sensual.

¿Quién era esa mujer y qué había hecho con Anabella? Creo haberme preguntado eso mismo alguna vez, pero esta vez era en serio. Era imposible que esa ninfa imbuida de erotismo fuera la misma monja que había estado sentada frente a mí todo este rato. Me puse de pie de un salto ¿por qué? Ni idea, sólo sentí que el culo me quemaba ¿o era la vagina? La atractiva y sensual mujer dio media vuelta, mostrándome unos glúteos redondos y bien definidos, divididos al medio por esa hermosa colaless. Su espalda era extraordinaria, me daban ganas de recorrerla con mis labios, de abajo hacia arriba, para luego bajar usando mi lengua y perderla entre esas nalgas.

Atraída por una fuerza misteriosa e incontrolable, me acerqué a Anabella cuando ella comenzaba a buscar ropa dentro de un pequeño armario de madera. Su repentina actitud provocativa tuvo un efecto increíble en mí. La abracé por detrás, pegando mi cuerpo al suyo, posando delicadamente mis manos sobre su vientre y apoyando mi mentón en su hombro derecho. Como tenemos casi la misma altura fue muy fácil hacerlo. Al sentir mis cálidas caricias, inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y abrió la boca sensualmente. No medía mis actos, actuaba por puro instinto. El fresco aroma de su cabello inundó mis fosas nasales, mis labios rozaron su cuello y ella suspiró.

―No me hagas esto, Lucrecia, ―susurró.

―¿Por qué no?

―Porque no sé si voy a poder contenerme. ―La punta de mis dedos rozaron el elástico de su colaless.

―¿No era que no te gustaban las mujeres? ―Mantuve siempre mis ojos cerrados, concentrándome en todos los puntos de contacto entre nuestros cuerpos.

―Y no me gustan… ―Mi boca surcó el vórtice de su mandíbula―; pero… estoy…

―Pero estás excitada. ―Completé la frase, mientras uno de mis dedos intentaba esconderse debajo de la tela de la colaless.

―Sí, muy excitada. ―Me sorprendió que lo admitiera.

―No pienses en nada.

―No puedo.

Tomando la ropa interior por el elástico la fui bajando lentamente; pude escuchar su corazón acelerándose. Estiré mis manos todo lo que pude, sabía que su sexo ya estaba libre, pero permanecí con los ojos cerrados. Ella misma levantó una pierna permitiendo que la colaless se deslizara. Solté la tela, suponiendo que sola seguiría su camino hasta el suelo.

―No mires. ―Me suplicó, cuando comencé a acariciar sus piernas―. Por favor, no mires. ―Sentí pena por ella, no quería forzarla, no a Anabella―. Va a ser mejor que te vayas, Lucrecia.

―Te prometo que no voy a mirar, y me voy, ―dije, contra mi voluntad―. Pero con una condición.

―¿Cuál? ―Su voz no era más que un suave jadeo.

―Que te masturbes cuando yo me vaya. No lo hagas por mí, hacelo por vos. Permitite disfrutar este hermoso momento.

―Está bien, te prometo que lo voy a hacer.

Subí la mano que intentaba llegar a su sexo, ya no haría eso. En su lugar, crucé mis brazos en su vientre, y me pegué más a su espalda.

―Vos necesitás un buen abrazo, ―le dije―. Se te nota. ―La abracé más fuerte, y ella suspiró.

―Me pone algo incómoda.

―Pero te prometí no hacer nada. Es sólo un abrazo.

―¿Lo prometés?

―Sí, lo prometo. No voy a avanzar de ninguna manera, ni voy a abrir los ojos. Solamente te voy a dar un lindo abrazo.

Ella dio media vuelta, por un segundo nuestras bocas se rozaron. Se me puso la piel de gallina. Luego ella apoyó su mentón en mi hombro, y me abrazó. Sus brazos eran más fuertes de lo que yo imaginaba.

―Es cierto, ―dijo―. Necesitaba mucho un abrazo.

Nos quedamos así durante unos segundos que parecieron interminables. La tenía tan cerca que la tentación de besarla era inmensa. Pero me contuve. Apreté los dientes y giré mi cabeza hacia el otro lado.

No quería irme, pero se lo había prometido. A duras penas me separé de ella, y sólo abrí los ojos cuando le di la espalda. Sabía que estaba prácticamente desnuda, y me moría de ganas por ver su cuerpo; pero quería demostrarle que podía confiar en mí.

―Gracias por entenderme ―Su voz me derretía―. Y gracias por el abrazo, me hizo muy bien.

―Para eso están las amigas. Mejor me voy ahora. Que disfrutes del momento. ―Caminé con paso decidido hacia la puerta.

―Lo voy a hacer. ―Escuché que seguía mis pasos.

―Hasta luego, Anabella. Te quiero mucho.

―Yo también te quiero, Lucrecia.

No estaba enojada, pero tampoco me iba tan feliz como quisiera. Intenté borrar estos pensamientos de mi mente; al fin y al cabo había pasado un lindo momento con Anabella, y eso ya no me lo podía quitar nadie.

Abrí la puerta sólo un poco, para corroborar que no hubiera nadie en el amplio pasillo. Salí a hurtadillas, y justo antes de cerrarla, el corpiño de Anabella voló por encima de mi hombro, cayendo en el piso justo frente a mis ojos. Me apuré a juntarlo y escuché el clic de la puerta al cerrarse. Giré y arañé la madera como un perrito que había sido echado de su casa, quería verla desnuda, pero sabía muy bien que ella no abriría la puerta, ni aunque Dios mismo bajara de los cielos y golpeara. Escondí el corpiño negro entre mi ropa y en ese momento caí en la cuenta de lo cerca que estuve de ella; de lo cerca que estuvieron mis manos de ese precioso tesoro. Me alejé de allí, intentando imaginarla masturbándose. Si yo cumplí mi promesa, ella debía cumplir con la suya. Media sonrisa se dibujó en mis labios, había logrado que una estructurada monjita se masturbe, y posiblemente, que lo hiciera pensando en mí.

Mi vagina parecía el volcán Vesubio a punto de estallar, de ella manaba tibio líquido que comenzaba a escurrirse por mi pierna. Busqué mi celular para llamar a Lara, y en ese momento me di cuenta de que lo había dejado dentro. Me maldije a mí misma, sabía que Anabella no podría ver nada del contenido, ya que este estaba protegido con contraseña… me detuve en seco. No podía ser tan imbécil. ¿Se daría cuenta? ¿Lo intentaría siquiera? Tal vez era sólo cuestión de tiempo que descubriera que la contraseña era “Anabella”. ¿Por qué tenía que ser tan idiota y sentimental?

Repasé mentalmente el contenido del celular, allí había varias fotos de mujeres desnudas, algunas que me habían enviado, otras que había tomado yo misma. También había una muy interesante sesión de fotos mías, muy subidas de tono. Comencé a reírme como loca, ahora quería que ella las viera, quería que se masturbara mirando mis fotos pornográficas.

Esa misma tarde fui a la casa de Lara, y casi la maté, sexualmente hablando; tenía una de las calenturas más grandes de mi vida. Por suerte sus padres no estaban, porque monté un escándalo tremendo, el cual disfrutamos mucho.



―2―




Pasé el resto del jueves, y todo el viernes, sin celular; pero no me importó en lo más mínimo. Nunca fui muy adicta a ese aparato, y además sabía que estaba en buenas manos. Lo único que hice fue pedirle a mi hermana prestado su teléfono, para enviarle un mensaje a la monja. Le dije que podría venir el sábado a mi casa, y de paso traerme el teléfono. Ella accedió, encantada, y le pasé la dirección.

El sábado a la tarde, a la hora acordada, sonó el timbre. Casi nunca atiendo yo, pero esta vez me apresuré por llegar a la puerta. Cuando vi a la monjita, envuelta en sus hábitos, se me iluminó la cara. A ella le pasó lo mismo, sonrió como si hubiera visto una vieja amiga de la que llevaba años distanciada.

Juntas entramos, y yo me preparé para un gran momento. Hice pasar a Anabella justo por donde estaba, mi mamá, aunque éste no fuera el camino más directo hacia mi cuarto. Cuando ella vio a la monja, se puso de pie de un salto. Me miró sin entender nada.

―Mamá, ―dije, con mi más angelical sonrisa―. Te presento a Sor Anabella. Ella me está ayudando con mis… problemitas. Ya sabés a lo que me refiero. Creo que con ella voy a poder enderezar mi camino.

La mayor parte de lo que dije era mentira, pero mi mamá se lo creyó todo. Su sonrisa fue magistral, hasta la hacía parecer hermosa.

―Ay, no lo puedo creer, ―dijo―. Siempre fuiste una buena hija, Lucrecia; y siempre me preocupé por darte todo el cariño que necesitás. ―Si yo tuviera un detector de hipocresía, en ese momento hubiera estallado, por una sobrecarga―. Me alegra mucho saber que vos solita tomaste la iniciativa de solucionar tu… problemita. Un gusto, Sor Anabella, yo soy Adela.

Tendió la mano, y la monja la estrechó.

―Un placer conocerla, Adela. Escuché muy buenas cosas sobre usted, ha hecho grandes contribuciones a mi convento, y a la universidad de Lucrecia.

―Lo que sea necesario, para facilitar la obra del Señor. ―Esa frase la repetía tanto, que para mí ya había perdido todo sentido.

―Y seguramente el Señor va a estar muy agradecida con usted, ―dijo Anabella. No me quedaba claro si ella estaba fingiendo, o lo decía de corazón.

―Mamá, si no te molesta, con Sor Anabella vamos a hablar a mi cuarto, que es el lugar más tranquilo.

―Sí, sí, claro… está muy bien. Vayan tranquilas.

―Y te voy a pedir que no nos interrumpas, porque tal vez estemos rezando. ―Tenía ganas de revolcarme por el piso y reírme a carcajadas; pero lo dije todo con un tono tan serio, que mi madre lo creyó.

―Por supuesto, hija. No las voy a interrumpir en ningún momento. Me encanta que haya venido, Sor Anabella. Se lo agradezco mucho. Que el Señor la acompañe.

La monja también se despidió de manera cordial. Conteniendo mi risa, caminé con Anabella hasta mi dormitorio. Me resultaba muy irónico poder encerrarme en mi cuarto con una mujer, justo después de que mi mamá se hubiera enterado que yo era lesbiana; y que además ella estuviera de acuerdo.

Cerré la puerta con llave. Ya tenía todo preparado para tomar mates, ésto hizo sonreír a Anabella.

―Que bueno ver el mate, ―dijo―. Por un momento creí que me invitabas a tu pieza con otras intenciones.

―Claro que no, Anita. ―Recordé que no le gustaba que le dijeran así―. Te invité para charlar, para tomar unos mates. ¿Te gusta mi pieza?

―Es hermosa. ―Miró todo a su alrededor―. Es muy luminosa, y… ah… ahí está el mono ese de la banda que te gusta. ―Señaló un póster en la pared.

―Es un oso, y la banda es Radiohead. Te lo dije como mil veces.

―Sí, pero no me voy a acordar nunca. ¿Y ese chico de anteojos? ―Preguntó por otro póster.

―No puedo creer que no conozcas a Harry Potter. ¿Vivís adentro de un termo?

―No, vivo en un convento, que es más o menos lo mismo. Me dijiste que me ibas a prestar algún libro de Harry Potter.

―No dije eso…

―Pero el jueves dijiste que…

―Dije que te los iba a conseguir, no a prestar. Y cumplí mi palabra. ―Saqué una caja de abajo de la cama―. Estos libros son para vos. Hay once en total ―Los miró con los ojos muy abiertos.

―¿Tantos? ¿De dónde los sacaste?

―Los compré. Además aproveché, y compré algunos para mí.

―Habrás gastado mucha plata.

―No tanta, además le dije a mi mamá que parte de los libros eran para donarlos al convento; y en en realidad es cierto. Así que me insistió en que los comprara.

―Entonces, debería dejarlos en la biblioteca del convento.

―No, Anita. Estos son para vos. Además nadie te los va a censurar, a no ser que sea sacrilegio leer libros sobre magos.

―Hoy en día no lo es… no sabía que Harry Potter tuviera tantos libros.

―Es que no son todos de él, la saga de Harry Potter está compuesta por siete libros. Después tenés el Hobbit, y tres libros de El señor de los Anillos. En fin, ya vas a entender mejor todo cuando empieces a leerlos. Pero al menos hacé el intento de leerlos.

―Te prometo que sí.

Nos sentamos y empezamos a cebar mates.

―¿Trajiste mi celular? ―Pregunté. En ese momento ella se puso roja como un tomate, eso era una buena señal.

―Em… sí, claro. Acá está ―Lo dejó sobre la mesa.

Lo desbloqueé y estuve mirando el contenido. De pronto me quedé helada. En WhatsApp había muchos mensajes de Jorgelina, en los que me pasaba una gran cantidad de archivos de imágen y de video. Me había olvidado completamente de eso.

―Lo estuviste revisando, ―dije, mirándola a los ojos. Ella se puso aún más incómoda.

―Ehh… no, claro que no. ¿Cómo voy a hacer una cosa así?

―No te hagás la boluda, Anabella. ―Actué como si estuviera enojada, pero en realidad la situación me divertía mucho. Me agradaba saber que ella se había “portado mal”―. Me puedo dar cuenta fácilmente de que entraste, porque hay mensajes en Whatsapp que ya fueron leídos… mensajes que yo nunca vi, hasta ahora.

Me miró con cara de cordero degollado, la pobre no tenía cómo defenderse. Como no dije nada, tuvo que ser ella la que rompiera el silencio.

―Perdón… tenés razón, lo estuve revisando. No sé por qué… sé que hice algo horrible, pero…

―Pero te ganó la curiosidad.

―Sí, y me arrepiento de eso.

―A ver, Anabella, vos siempre te enojás conmigo por cualquier boludez que hago. ¿Cómo te sentirías si yo me hubiera puesto a revisar tu celular?

―Muy mal, me enojaría mucho con vos. ―Parecía una niña pequeña recibiendo un regaño de su madre―. ¿Estás enojada conmigo?

―No, ésta situación me encanta, ―me miró confundida―. Es que siempre la que se manda cagadas soy yo, me encanta poder estar del otro lado, al menos una vez. Al fin te portaste un poquito mal, Anabella. Sinceramente estoy orgullosa de vos. ―La monja sonrió con picardía―. Decime, ¿te gustó lo que encontraste en mi celular? Porque imagino que habrás revisado cada foto y video.

―¿Te molestaría si hubiera hecho eso?

―No, me molestaría que me mintieras, diciendo que no lo hiciste.

―Está bien, admito que revisé las imágenes y los videos.

―¿Todo?

―Sí, todo. Incluso las cosas que vos no sabés que están ahí.

―¿Qué? ¿De qué cosas hablás?

―Fijate, y vas a ver.

Me puse a revisar mi propio teléfono, no entendía nada. Encontré una imagen que me impactó de inmediato, era Jorgelina ¡completamente desnuda! Tenía las piernas abiertas, y se separaba los labios de la vagina con los dedos. Alguien le había tomado esa foto… y ahora estaba en mi celular. Recordé todo, y me avergoncé.

―¿Es una amiga tuya? ―Preguntó la monja, al ver mi reacción.

―Em… sí… pero no me acosté con ella, si es que estás pensando eso.

―¿Y tienen intenciones de hacerlo? Por las cosas que mandó, da la impresión de que sí…

―No, no… a ella ni siquiera le gustan las mujeres. Me mandó estas fotos porque yo se las pedí. ―Seguí mirando en la galería, y mi sorpresa iba creciendo. Había fotos de Jorgelina desnuda desde todos los ángulos, incluso varias en las que tenía un gran pene en la boca… y hasta semen en la cara. Empecé a mojarme toda―. ¡Por dios! No sabía que mandaría cosas tan explícitas.

―¿Y sólo te las pasó porque vos se las pediste?

―Emm… sí, más o menos. Lo que pasa es que Jorgelina, la chica de las fotos, es bastante promiscua…

―Eso lo noté, no siempre aparece con el mismo hombre. Creo que conté siete diferentes.

―¿Tantos?

―Sí… ¿Esto es alguna clase de experimento, para que terminen gustándote los hombres?

―¿Qué? No, nada que ver. Lo que pasa es que a mí no me molesta ver mujeres teniendo sexo con hombres. Me excito más con la mujer, pero verla teniendo sexo es agradable. Jorgelina, al igual que yo, sufrió el problemita de que algunos de sus videos eróticos terminaran en internet. Pero ella se lo tomó de una forma muy diferente, se enojó al principio, y después se le pasó; incluso llegó a excitarse sabiendo que mucha gente vio esos videos.

―Ah, pero que pu…

―¿Cómo? ―La miré sorprendida. La monja se tapó la boca antes de terminar la oración, quedó asustada, como si la hubieran sorprendido desnuda en plena calle―. ¿Qué estabas por decir, Anabella? ―Le pregunté, con una sonrisa picarona.

―Perdón, se me escapó. Es que me sorprende que la chica sea tan así… tan promiscua.

―Además es narcisista, le encanta que la vean desnuda, o teniendo relaciones sexuales. Por eso me mandó todo.

―Ahora entiendo, aunque igual se me sigue haciendo raro… pero todo lo que viene de vos es raro; ya me estoy acostumbrando.

―¿Y qué te parecieron las fotos de Jorgelina?

―Muy explícitas… y los videos fueron peores.

―¿Mandó los videos también? Dijo que eran tres…

―¿Tres? Mandó nueve…

―¿Tantos?

―Sí, se ve que a tu amiga le gusta mucho…

―¿La verga? ―Anabella se sonrojó.

―Iba a decir el sexo, pero creo que eso también sería apropiado.

―¿Y cuál fue tu video favorito? ―La monja se quedó muda, y agachó la cabeza―. Vamos, Anabella, estamos en confianza, ¿te creés que yo voy a pensar mal de vos si te hiciste una paja mirando estos videos? Yo pienso hacer exactamente lo mismo, es muy probable que lo haga apenas vos te vayas. Me imagino que vos habrás pasado una buena noche con mi celular… aunque tiene la batería llena, así que eso me hace dudar.

―Es que yo lo cargué, antes de traerlo.

―¡Ajá! Entonces sí lo usaste mucho.

―Sí, bastante. ―Una sonrisa apareció en sus labios.

―¡Me encanta! ¿Cuántas pajas te hiciste?

―Ni idea, perdí la cuenta… porque ayer estuve todo el día..

―Ay, Anita… te habrás paspado la concha de tanta paja.

―Y… más o menos. ―Ella estaba roja como un tomate, pero estoy segura de que habrá estado tan excitada como yo.

―Entonces viste todas las fotos y los videos varias veces. Seguramente viste todas las fotos mías, en las que estoy desnuda.

―Sí, me sorprendieron mucho… especialmente esas en las que tenés el cepillo para el pelo en....

―¿En el culo? ―Me reí―. Me había olvidado de esas fotos. Me las saqué para mandárselas a Lara. A ella le da morbo verme así. Y yo reconozco que me gusta el sexo anal.

―Eso me sorprendió mucho, porque son varias las fotos en las que lo tenés… metido. Y se nota que lo movías… te habrá dolido mucho.

―No me dolió, Anita, para nada. Al contrario, me encantó… me la pasé de maravilla. Nunca había hecho una cosa así con el cepillo, pero en cuanto empecé a meterlo, me di cuenta de que había encontrado una excelente forma de autocomplacerme. Vos deberías probarlo… seguramente tenés algún cepillo para el pelo, con un buen mango.

―Tener, tengo… pero yo no los usaría de esa manera. Se me hace doloroso… no sé, creo que nunca me animaría…

―Vas a cambiar de opinión cuando pruebes, yo sé lo que te digo. Te lubricás bien, y lo vas metiendo de a poco… al principio arde un poquito, pero cuando te acostumbrás, se siente de maravilla. Me dio morbo sacarme esas fotos.

―Son muy explícitas… me cuesta imaginar cómo hiciste para sacarlas…

―Fácil: con el temporizador. Dejé el celular fijo, y mientras me masturbaba por el culo, las fotos salían solitas.

―Ahh, mirá… tiene lógica.

Noté que ella estaba aún más roja, sabía que esta charla la estaba excitando, porque estaba perdiendo la vergüenza, y también supe que tenía mucha curiosidad por el tema. Decidí ir un poco más lejos, busqué una de esas fotos en el celular, y se la mostré.

―Ésta fue la que más me gustó…

Ella miró con los ojos bien abiertos. En la pantalla se podía ver un primer plano de mi culo, siendo penetrado por el grueso mango del cepillo. Mi vagina estaba completamente húmeda, y se podía ver mi cara, asomando en un segundo plano. Mi expresión era de absoluto placer.

―Esa foto me llamó la atención ―dijo la monja, algo tensa―. Se nota que la estabas pasando bien. Me sorprende lo ancho que es el mango del cepillo, y lo mucho que…

―¿Qué? Vamos, podés decirlo con total confianza…

―Lo mucho que se te dilata la cola… ¿de verdad se siente tan bien?

―Sí, se siente de maravilla… y sí, la cola me quedó bastante abierta; pero eso me da todavía más morbo.

―Sí, ví como te quedó, porque hay un par de fotos en las que estás sin el cepillo, y se nota… ¿pero qué pasa después? ¿eso se vuelve a cerrar bien?

―Claro que sí… aunque si lo hacés con cierta frecuencia, podés notar que la penetración es más fácil. Tengo que reconocer que me gusta mucho el sexo anal.

―A tu amiga Jorgelina también le gusta mucho.

―¿Qué, de verdad? ¡Me muero de ganas de ver eso! ―Busqué los videos y reproduje uno. Ella estaba chupando una verga, le mostré la pantalla a Anabella―. ¿En éste le dan por el culo?

―No, en ese no. Buscá en otro.

―Ah, te los estudiaste bien―. Salteé dos videos y puse el cuarto. No me quedó duda, estaba en cuatro, y la verga ya le estaba entrando en el culo―. En este sí ―le dije a la monja, mostrándole la pantalla.

―Sí, en ese sí… durante todo el video. Además son videos largos, la chica te llenó toda la memoria del celular.

―Eso no me molesta, después los guardaré en otro lado. ¿Querés que te los pase? A ella no le va a molestar que vos los tengas… aunque tampoco le voy a decir. Te paso todo, si querés, incluso mis fotos.

―Em… bueno, imagino que como me lo estás ofreciendo, no te vas a enojar si te digo que… ya copié todo. Lo guardé…

―¿Qué? Monjita picarona… ¿Dónde los guardaste? ¿En tu celular?

―No, en una laptop que tengo, y que casi nunca uso. A veces consigo alguna película, y la miro ahí. La pantalla es chiquita, pero se ve muy bien. Ayer le encontré otro uso.

―¡Wow! Una monja con la laptop llena de porno. ¡Qué loco!

―No te hagas muchas ilusiones, seguramente lo voy a terminar borrando en un día de arrepentimiento.

―No lo hagas, arrepentite, pero no los borres. Dejalos ahí, que sean tu pequeña vía de escape cuando estés excitada. Al menos te podés hacer la paja mirando algo interesante. Si querés puedo conseguirte más…

―No sé, me parece demasiado…

―Anita, es sólo sexo en imágenes. No tiene nada de malo que lo disfrutes de esa manera. No es como si estuvieras teniendo relaciones con alguien.

―Puede ser…

―En serio, yo te mando todo el porno que quieras. Aunque si yo voy a estar ahí, entonces es probable que sea con mujeres. ¿Eso te molesta?

―No tanto como me imaginaba. Todavía tengo tus videos… pero ojo, no es que me excite con vos, ni con las mujeres. Me excita lo prohibido.

―Igual que a mí… y me excita que vos te calientes viendo mis fotos. Justamente porque lo veo como algo prohibido… sos una monja. Así que… te voy a seguir pasando fotos y videos.

―Bueno, gracias… pero preferiría que mandes algo heterosexual, de vez en cuando. Como los de tu amiga Jorgelina.

―Bien, me gusta que pidas las cosas de forma directa, ―soltó una risita nerviosa―. Puedo bajar videos de internet, y pasártelos.

―No, eso no. No me interesa demasiado la gente que no conozco…

―Pero a Jorgelina no la conocés.

―Aunque no lo creas, sí la conozco. La vi muchas veces en la universidad, y sabía que era amiga tuya. Es una chica muy llamativa.

―Sí, porque es re tetona, y le gusta usar escotes. Tal vez algún día te la presente… pero ojo, ella no va a saber nada de que vos tenés sus videos.

―Bueno, si es así, no me molestaría saludarla algún día.

―Claro, al fin y al cabo te hiciste como mil pajas gracias a sus videos. Bueno, haré lo posible de conseguir material heterosexual, pero si no es de ella, no sé de quién. Vos no concés mucha gente, y dudo que alguna de las otras monjas me pasara videos porno de ellas.

―Pero conozco a tus amigas, al menos de vista.

―¿Estuviste espiándome en la universidad?

―No necesariamente… es que a veces te veía, de lejos. Y siempre estabas con las mismas chicas.

―Bueno, ahora una de esas ya no está más en el grupo, la echamos por traidora. Es una historia larga. Ella fue la responsable de que mi video se filtrara. Además de Jorgelina, hay dos chicas heterosexuales, una tiene novio. Pero no les tengo tanta confianza como para pedirles… ¡Hey! Me acordé de algo… ¿Conocés a una pelirroja llamada Samantha?

―¿La que trabaja en secretaría?

―Sí, esa misma. ¿Viste que linda que es?

―Es preciosa. Lo admito. Si yo fuera lesbiana, andaría con una chica así.

―Eso dolió… mucho. Pero al menos me alegra que hagas chistes al respecto, sin tomártelo con tanto temor y seriedad.

―Es más difícil de lo que vos te imaginás.

―Puede ser… bueno, te cuento que yo me acosté con ella.

―¿Qué? ¿De verdad? Eso me impresiona, no sabía que fuera lesbiana.

―No lo es. Yo fui su primera experiencia lésbica. Ella tuvo un novio, y bueno, es heterosexual. Ahora que nos tenemos más confianza, le puedo preguntar si tiene algo de… material de interés.

―Admito que sería muy interesante verla teniendo sexo.

―¿Con un hombre o una mujer?

―Ambos… es una chica preciosa.

―Sí, y es muy amable y buena onda. Pero a esa no te la presento, porque ya me estoy poniendo celosa.

―Debe ser muy lindo estar con una mujer así en la cama… no digo que yo quiera hacerlo, pero ella es como “el premio mayor” que cualquier hombre o mujer quisiera ganar.

―Sí, así es… y ella lo sabe muy bien. Aunque no es de hacer alardes de su belleza, sabe qué rol cumple en el sexo. Ella es el objeto de deseo. Si tengo la suerte de volver a acostarme con ella, lo voy a grabar, y le voy a pedir permiso para compartir eso con una amiga… o sea vos. Sin decirle que sos vos.

―Me gustaría ver eso. Incluso si ella tiene sexo con una mujer… no sé, me daría morbo verla…

―¿Si?

―Ya sabés…

―Puede ser, pero quiero que lo digas. Sin miedo… no pasa nada.

―Bien… me gustaría verla chupando una vagina. Me daría morbo. También me gustaría verla desnuda. A veces me la cruzo por los pasillos de la universidad, y me daría morbo saber cómo es sin nada de ropa.

―¿Te daría morbo cruzártela otra vez sabiendo que la viste desnuda?

―Sí, exactamente. ¿Te parece una locura?

―Puede ser, pero es tú locura. Dijiste que te excita lo prohibido… y se supone que vos no deberías saber cómo es Samantha desnuda. Entonces cruzártela, sin que ella sepa que la viste desnuda, sería muy morboso.

―Sí… así es… y me pasaría exactamente lo mismo con Jorgelina. Más después de todo lo que le vi hacer en los videos. La cruzaría y no podría dejar de pensar cómo la penetraron por la cola… durante tanto tiempo.

―Apa, me gustó que fueras específica con ese detalle ―ella soltó una risita, evidentemente el tema le divertía tanto como a mí―. ¿Y qué otra cosa te causaría morbo de ella?

―Mmm…

―Dale, que no te dé vergüenza, me encanta la charla… quiero que sigas siendo sincera.

―Está bien ―me miró con su mejor sonrisa, me derretí toda―. Me daría morbo cruzarla sabiendo que la vi varias veces con… semen en la cara. Nunca había visto a una mujer recibiendo una eyaculación en la cara… aunque no soy tan ingenua, sé que algunas lo hacen. Pero Jorgelina lo hace casi siempre, incluso se traga el semen. Eso me… me calentó muchísimo.

―Seguí… soltate un poquito más, que me encanta.

―Admito que a mí también me está gustando. Nunca pude ser honesta con estos temas… con nadie. Es muy difícil para mí hablar sinceramente sobre esto, estoy muy acostumbrada a no exponer mis pensamientos sexuales. Que, aunque te parezca raro, sí que los tengo… e incluso los tenía mucho antes de conocerte a vos. Hasta me masturbaba… aunque siempre terminaba arrepintiéndome, sintiéndome sucia. Vos sos la primera persona con la que puedo compartir todo esto… y eso me agrada, se siente liberador.

―Me honra ser la primera. Así que contame más, sin ningún tipo de filtros… te conté cómo me hago el culo con un cepillo, incluso lo viste. Nada de lo que digas me puede hacer pensar mal de vos, Anabella.

―Es cierto, después de lo honesta que fuiste con el tema… como que ya superamos una gran barrera de intimidad.

―Y la puedo superar aún más, si es con vos. Te puedo confesar que me hice un montón de pajas mirando la foto de tu culo… y eso que estás en ropa interior.

―Aunque te cueste creerlo, me produce cierto agrado saber que lo hiciste… no sé, como que es lindo saber que podés excitar a alguien ―me miró con una hermosa sonrisa, y con sus mejillas enrojecidas.

―Así es, ya vas entendiendo cómo funciona esto. ¿Te seguís sintiendo culpable al masturbarte?

―Sí, no lo voy a negar… la culpa siempre me va a acompañar. Incluso me voy a sentir culpable de tener toda esta conversación con vos, pero ahora mismo, en este preciso momento, no estoy sintiendo culpa… por eso es que quiero aprovechar al máximo, para poder hablar con vos del tema, de la manera más directa posible… pero te pido que no seas insistente si yo algún día prefiero no hablar de sexo.

―Ay, me encanta lo que estás diciendo, Anita… lo que estás sintiendo, en lugar de culpa, es calentura. Y sí, para hablar de sexo con este nivel de franqueza, la calentura es un factor importante. Prometo no insistirte con el asunto, habrá días en los que estés más… fría… más calmada, y no quieras hablar de ésto.

―Así es. Gracias por entender. Para mí, lo que pasó en estos últimos dos días, teniendo tu celular, significó dar un gran paso en mi vida sexual. Un enorme paso. No tuve sexo con nadie, pero te aseguro que me pasé los dos días encerrada en mi cuarto, prácticamente no salí para nada, y miré una y otra vez todos los videos y todas las fotos que hay… masturbándome todo el tiempo… fascinada por todo lo que veía, ya fuera anatomía masculina o femenina…

―Sí, y ya aclaraste que esa fascinación por el cuerpo feminino viene por ese facto de “prohibido” que tiene… no estás acostumbrada a ver gente desnuda, y verla… y en pleno acto sexual, te debe causar un gran impacto.

―Sí, lo estás entendiendo mejor de lo que me imaginaba, Lucrecia. Me alegra que lo veas así, y no pienses que soy…

―¿Lesbiana? ¿Por hacerte una paja mirando a una mujer desnuda? No, claro que no, Anabella. Más en tu caso, con tu historial en sexo. A mí me pasó igual al principio, me fascinaba ver mujeres desnudas, pero era porque no había tenido la oportunidad de disfrutar de eso antes… yo al final terminé decantándome más por el sexo con mujeres, pero puedo entender perfectamente que no en todos los casos va a ser así.

―¿De verdad que no considerás que yo pueda ser un poquito lesbiana porque me haya gustado ver mujeres desnudas?

―Claro que no, te lo prometo, Anabella. Sólo lo veo como un tanteo de terreno, estás introduciéndote en este mundo de la pornografía, y es lógico que sientas fascinación por todo. No importa si te excitaste con una mujer… incluso si lo hiciste al ver mis fotos. No voy a pensar que sos lesbiana, ni que quieras acostarte conmigo. Promesa de amiga… de corazón ―levanté la mano derecha, como si estuviera jurando ante la biblia.

La reacción de Anabella me tomó por sorpresa. Ella se abalanzó sobre mí, y me dio un fuerte abrazo. Pude sentir la calidad de su cuerpo contra el mío, y la abracé con la misma energía. Nos quedamos así unos segundos, en silencio, y cuando ella se apartó me pareció ver que tenía los ojos vidriosos, como si en cualquier momento fuera a llorar.

―Gracias Lucrecia, no sabés lo bien que me hace sentir eso. Estaba aterrada de que malinterpretaras todo el asunto. De que creyeras algo de mí que no era. Nunca tuve tanta confianza con nadie, te conozco desde hace apenas unos meses, pero siento como si fueras mi mejor amiga de toda la vida. ―Ahora la que tenía ganas de llorar era yo―. Después de todo lo que hice en estos días, necesitaba compartirlo con alguien… pero de verdad me daba mucho miedo soltarme. Pero después de lo que dijiste, siento un gran alivio, siento que te puedo contar todo sin miedo a que pienses mal de mí. Para mí es súper importante sentir esta clase de confianza con alguien, y saber que no me van a traicionar. Es muy pero muy importante, porque nunca en la vida tuve alguien así a mi lado.

―Ay, ¿puedo besarte? ―Ella reaccionó con miedo, abrió mucho los ojos―. ¡En la mejilla! Nada raro… es que me emocionó tanto lo que…

―Si es en la mejilla, podés hacerlo ―me interrumpió, volviendo a sonreír. Giró un poco la cara, ofreciéndome su mejilla derecha.

Volví a abrazarla y le di un buen beso en la suave piel de su rostro. Y luego otro… y otro. Luego del cuarto beso la cosa ya parecía estar tomando otro rumbo, por lo que empecé a apartarme de ella, sin embargo Anabella me sujetó fuerte con sus brazos, como si no quisiera dejarme ir. No dijo nada, pero el mensaje era claro, me permitía seguir besando su mejilla, y así lo hice, una vez más, pero con una suavidad casi romántica. Me acomodé en la silla para que mi cuerpo quedara incluso más cerca del de ella, y ésto no le generó rechazo. Volví a besarla en la mejilla, pero ésta vez me atreví a ir un poco más cerca de la boca. Me acerqué aún más en un siguiente beso. Allí fue cuando ella se movió, por un momento creí que se estaba apartando de mí, temerosa a lo que podría ocurrir después, pero en realidad sólo posiciónó su cabeza de forma tal que ahora era su boca la que estaba sobre mi mejilla. Me llenó de pasión sentir sus tibios labios posándose en mi cara. La tentación de buscar su boca con la mía era inmensa, pero me quedé quieta, quería que ella sintiera seguridad. Volvió a besarme, de una manera muy tierna, y al tercer beso lo sentí más cerca de mis labios. Me besó dos beses más, con la misma calidez, y luego posó su mentón en mi hombro.

―¿Puedo pedirte algo? ―Preguntó con su voz suave, que sonando a mi oído parecía un coro de ángeles―. Sé que te va a parecer una locura…

―Podés pedirme lo que quieras, Anabella…

―¿Podrías sacarte la ropa?



Me aparté de ella como si su cuerpo me hubiera dado una descarga eléctrica, la miré con los ojos tan abiertos que pensé que iban a salirse de sus cuencas. No podía creer que esas palabras hubieran salido de la boca de la monja, pero ella me sonreía de una forma que me demostraba que hablaba en serio. Muy en serio.