"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 7 de enero de 2015

Me niego a ser Lesbiana (6).

Capítulo 6





La noche en que concreté el acto sexual con mi amiga Lara me fui a dormir con la cabeza hecha un ovillo. No podía quitarme de la mente sus palabras: “Desde que te vi y me enamoré” ¿Lo habrá dicho por amor verdadero o sólo usó esa palabra para referirse a que le gusté desde el primer día?

No pude evitar recordar el día en el que conocí a Lara. Ocurrió una mañana en la que tuve un examen bastante importante, pero me resultó sencillo. Fui la primera en entregarlo y decidí ir hasta la cafetería de la Universidad a tomar algo para matar el tiempo ya que después tendría otra clase. Me encontraba con un rico capuchino en la mano cuando una chica bajita de cabello negro se me acerca y me dice:

- Otra vez me ganaste, yo no sé cómo hacés.

Me quedé con el vaso apoyado en los labios mirando a la recién llegada.

- ¿Perdón? – estaba tan desorientada como Adán el día de la madre.
- En el examen. Siempre entregás antes que yo.

La miré bien, si iba a mi clase ni siquiera me había fijado en ella. Esto no era de extrañar ya que éramos muchas personas en cada comisión.

- No sabía que estuviéramos compitiendo.
- Vos no lo sabías – se sentó en la silla a mi derecha – hace como tres exámenes que intento entregar antes que vos y no puedo.
- Pero un examen no depende de cuándo lo entregás, sino de lo bien que lo hacés.
- Ya sé, pero vos aprobaste todos con la nota más alta. Yo también. La única diferencia está en el tiempo.
- Será porque yo lo hago tranquila, sin competir con nadie.
- Puede ser, no lo había pensado así. ¿Te parece bien si uno de estos días estudiamos juntas?
- No suelo estudiar acompañada, me distraigo mucho con otra persona hablándome.
- Si, a mí me pasa igual, por eso te prometo que vamos a estudiar en serio. Sin boludear, a no ser que hayamos terminado.

Desde ese día comenzamos a estudiar juntas, por lo general lo hacíamos en la biblioteca de la Universidad, donde había menos distracciones. Siempre nos sobraba tiempo para charlar un rato y así fue como nos hicimos amigas.

Nosotras a veces hablábamos de chicos que nos gustaban, ahora me puse a recapitular todo eso y lo cierto es que lo que menos hacíamos era hablar de ellos, sólo nombrábamos a alguno, decíamos dos o tres pavadas y cambiábamos de tema. Ahora hasta dudaba que esos chicos nos gustaran de verdad, por mi parte podía decir que ninguno me gustó, pero mi inconsciente me obligaba a seleccionar ejemplares masculinos para poder conversar con mis amigas.

Al dormir tan mal me levanté toda dolorida, o tal vez era por tanto sexo. Me di cuenta que de un día para otro me había vuelto sexualmente activa. Me sorprendí mucho, nunca había estado con nadie desde que el hijo de su madre ese me desvirgó y de golpe pasé a tener relaciones con tres personas diferentes. Debía sentirme mal. Debía sentirme culpable. Debía sentirme una puta. Lo cierto es que me sentí muy bien. Dolorida o no, me fui a la facultad con una sonrisa que casi me disloca la quijada.

Decidí no hacerme más la cabeza. Me la jugaría a todo o nada. Me mandaría de frente, apenas viera a Lara, la encararía y le diría eso que tanto había pensado durante la noche. Si ella se negaba, pues mala suerte. Al menos lo intentaría. La vida seguiría. Sin ponerme nerviosa, se lo diría de una. ¡Allí estaba ella! Sentada sola en una silla de la cafetería, parecía algo triste. Me le acerqué por detrás. Era el momento, tomé aire y me preparé. Ya no había vuelta a atrás. Como soldado marchando a la guerra, siempre para adelante, aunque le cueste la vida. Se lo diría. Estaba segura.

- Lara… esteee – se dio vuelta y me miró – te quería decir que… - apreté con fuerza mis apuntes - ¿me podrías prestar la continuación del Señor de los Anillos? Es que ya estoy por terminar con la primer parte.

¡Lucrecia, sos una pelotuda! Así de simple. Ya no tenía remedio. Me odiaba a mí misma. Tenía ganas de colgarme de las tetas del para rayos de la iglesia. Ni siquiera era cierto que ya estaba por terminar el primer libro.

- Ah sí. Obvio, cuando quieras te lo alcanzo – me contestó taciturna.
- Lo cierto es que te quería decir otra cosa, algo más importante. Pero acá no. ¿Dónde podemos hablar tranquilas? – las dos estábamos tensas.
- Vamos a la capilla, ahí nunca hay nadie a esta hora.
- ¿A la capilla? ¿Segura?
- ¿Te creés que le tengo miedo al tipo ese que está en la cruz?
- No lo digo por eso, es que no me parece el lugar apropiado. Mejor vamos a otro lado.
- Te espero en la capilla.

Se levantó y se fue, ni me miró al pasar, yo sí la miré. Bueno en realidad le miré el culo. ¡Qué lindo que lo tenía! Mierda, ya estaba actuando como hombre ¿Será común esto en las chicas bisexuales?

No me tuve más remedio que ir a la capilla. La encontré sentada en una de las hileras del centro, sobre la fila de la derecha. Me senté junto a ella y la tomé de la mano. Esto alivió mucho la tensión. Ella me sonrió. Como no me salieron las palabras me acerqué y puse mis labios sobre los suyos. Ella sumó intensidad al beso en cuanto nos tocamos.

- ¿Qué me querías decir? – preguntó.

Yo miraba para todos lados, temerosa de que alguna monjita nos hubiera visto. También miré el piso porque si la Madre Superiora nos vio, ahora debería estar muerta o desmayada. Gracias a Dios todo estaba bien, no había nadie más que figuras bíblicas.

- Tal vez te parezca que voy muy rápido – comencé diciendo – o por ahí pensás que estoy loca y puede que tengas razón en las dos cosas. Anoche me quedé pensando en lo que hicimos y en lo que dijiste. No sé si lo dijiste en serio – me miraba con sus grandes ojos llenos de incertidumbre – pero recapitulando un poco las cosas y… - estaba dando demasiadas vueltas, así nunca diría nada – ah, ya fue. ¿Querés ser mi novia?

Lara saltó como si hubiera recibido un choque eléctrico. Me quedó mirando durante unos segundos sin emitir sonido alguno, creo que hasta dejó de respirar.

- ¿Lo decís en serio?
- Sí, no digo que nos comprometamos ni nada de eso, sólo digo que estaría bueno que salgamos juntas, para conocernos de forma más íntima.
- ¿Vos estás preparada para tener como pareja a una mujer?
- No, ni un poquito. Pero seguramente vos tampoco, es algo que podemos ir descubriendo juntas. Contestame Lara porque tengo los ovarios de moño. En cualquier momento los voy a escupir – decir boludeces en los momentos más inapropiados, mi gran barrera emocional.
- Está bien. Sí, quiero ser tu novia. ¿Lo dije bien o querés que te lo dé por escrito también?

Me sentí sumamente feliz, me lancé sobre ella y le comí la boca. La hice caer sobre el largo banco de la iglesia, pero a ninguna nos importó. Jesús podía bajar de la cruz y molernos el lomo a latigazos que no nos íbamos a separar.

Desde ese día comenzamos una hermosa relación. Intentábamos ser lo más discretas posible. Sólo nosotras dos sabíamos que éramos novias. No hacía falta que nadie más lo supiera. De hecho era la primera vez que teníamos pareja. Si bien Lara es preciosa y tuvo miles de ofertas de hombres, siempre las rechazó. Ella creía que lo hacía sólo por ser antisocial, ahora se daba cuenta de que en realidad ella siempre esperó por la mujer de sus sueños. Tal vez a mí me pasó igual. Prácticamente no tuvimos relaciones sexuales en esos días porque no queríamos que sea todo sexo. Queríamos demostrarnos que podíamos pasar buen tiempo juntas y así fue. Nos divertíamos mucho, salíamos a pasear por cualquier lado, íbamos a sitios discretos en donde pudiéramos besarnos sin armar un escándalo. Sólo una vez nos ganó la calentura y terminamos haciéndolo, aunque fue algo rápido.

Llegó el sábado de nuestra primera semana como pareja. Qué lindo se sentía eso de “tener pareja” a veces podía ser un poquito cursi. Nos encontrábamos en su casa mirando películas. Sus padres estaban en un casamiento al que Lara no quiso ir, para tener tiempo a solas conmigo. En esos días leí algunas cosas sobre parejas lésbicas y supe que por lo general había una chica activa y la otra pasiva. En nuestro caso en particular era difícil saberlo con certeza, porque las dos solíamos tomar la iniciativa en ciertas ocasiones, pero por lo general ella era más sumisa que yo. Ahora podía comprobar que tal vez ella sea la chica pasiva en nuestra relación. Estábamos sentadas y abrazadas en el sofá. Lara tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho y yo la estaba rodeando con los brazos. Hice memoria y casi siempre que nos quedábamos abrazadas, lo hacíamos de esta forma. Era como si yo tuviera que protegerla todo el tiempo o como si ella se refugiara en mí.

Esa noche yo llevaba puesta una pollera que no llegaba a mis rodillas y la segunda película ya nos estaba aburriendo un poco, por eso no me sorprendí al sentir los dedos de Lara recorriendo la cara interna de mis piernas. En pocos segundos llegó hasta tocarme la entrepierna por arriba de la bombacha. Como dije, a veces ella tomaba la iniciativa y eso me encantaba. Cuando metió la mano dentro de mi ropa interior se sobresaltó y me miró con una sonrisa. Sabía muy bien a qué se debía su reacción y le devolví la sonrisa.

- Me encanta – me dijo.
- Supuse que como vos la tenés así, te iba a gustar.

Antes de venir a su casa me había afeitado por completo la entrepierna por primera vez en mi vida, la verdad es que era un lindo cambio, me agradaban los pelitos pero era bueno cambiar el look de vez en cuando. Gemí cuando los dedos de mi novia llegaron a mi clítoris. En pocos segundos me tuvo mojada y a su merced. Abrí las piernas y me recosté sobre el sofá. Sus labios buscaron los míos y su rosada lengua se hundió en mi boca. Estuvimos así durante unos cinco minutos. Apagamos el televisor ya que no pensábamos seguir mirando.

- Vamos a la pieza mi amor – ya nos decíamos así y a mí se me ponía la piel de gallina cada vez que lo escuchaba.

Fuimos hasta su cuarto besándonos a cada paso, no era la forma más rápida de avanzar pero sí la más apasionada. Cerramos la puerta por más que sus padres aún no estuvieran en la casa. Nos tendimos sobre la cama y nos fuimos desnudando entre besos y caricias. Rodamos por todo el ancho y largo del colchón comiéndonos las bocas y frotando nuestros cuerpos el uno contra el otro. A cada rato nos decíamos un bello y sincero “Te amo”. Todavía nos parecía extraño que hayamos llegado tan lejos en tan poco tiempo, pero al fin y al cabo esta era nuestra relación y podíamos llevarla al ritmo que quisiéramos, siempre y cuando las dos estemos de acuerdo. Nos quedamos quietas mirándonos a los ojos, yo estaba debajo.

- ¿Cómo querés hacerlo? – me preguntó.

Nos sabíamos nuevas en el tema del sexo por lo cual hicimos un trato, buscaríamos conocernos mejor en la cama, saber qué le gusta a la otra y experimentar con cosas nuevas, al menos una vez. Por eso mismo a veces nos deteníamos y preguntábamos qué podíamos incorporar o si queríamos probar algo nuevo. No quitaba la pasión del momento, al contrario, disparaba nuestra imaginación sexual. Mientras pensábamos nos acariciábamos en nuestras zonas más íntimas. Sólo habíamos tenido sexo una vez desde que nos pusimos de novias y aún teníamos un amplio mundo por recorrer.

- Con música, quiero hacerlo con música – se sorprendió ya que rara vez hablábamos de ese tema.
- ¿Qué clase de música?
- La que tengo en el celular – miré mi teléfono el cual estaba tirado en el piso – si es que todavía funciona.

Nos llevó poco tiempo conectar el celular a unos bonitos parlantes que Lara tenía en su cuarto. Fui preparada para la ocasión, tenía una selección de pistas de mi banda favorita, Radiohead, la cual mi madre odiaba y Lara ni siquiera conocía, aunque sabía que a las dos nos gustaba el rock.

Apenas comenzó a sonar la primera canción volvimos a la cama hechas un ovillo lésbico. La melodía nos absorbió al instante. Nuestros besos eran sumamente apasionados y nuestras vaginas se frotaban una contra la otra. Apreté sus nalgas con fuerza y ella me chupó con ansias un pezón. Yo aún me asombraba de que la anatomía femenina me calentara tanto. Empecé a masturbarla sin apartarme, ahora podía meter los dedos tranquilamente, a ella le encantaba sentir la penetración, aunque su vagina era bastante estrecha y debía hacerlo con cuidado para no lastimarla.

Volteamos una vez más. La dejé acostada de espaldas, de inmediato me deslicé hacia abajo hasta llegar a su entrepierna. Comencé a chuparla con la pasión que me transmitía la aguda voz de Thom Yorke. Me tragué todos sus jugos. A pesar de tener una almejita tan chiquita y delicada, Lara lubricaba muy bien. Eso tenía un efecto positivo en mi libido. Ella se permitió gemir tranquilamente, porque aunque sus padres regresaran, la música opacaría los ruidos.

Pude notar que mi novia buscaba a tientas su Smartphone que estaba sobre la mesita de noche. Cuando consiguió agarrarlo apuntó la cámara trasera hacia mí. Sonreí porque sabía que me estaba filmando, si ella quería tener un lindo recuerdo de este momento, yo se lo daría. Succioné su clítoris con fuerza para que el chasquido que producían mis labios al soltarlo se pudiera escuchar, al menos por debajo de la música. Luego metí la lengua en su agujerito, el teléfono estaba muy cerca y seguramente estaba tomando perfectamente la secuencia. Después de unos segundos levanté un poco sus piernas lo que generó que el apretado agujerito de su cola quedara frente a mi boca, lo lamí con la punta de la lengua y luego empecé a comerlo con ganas. Podía escuchar sus jadeos y eso me incentivaba a seguir, me producía mucho morbo sentir esa extraña textura en mis labios. Estuve dándole lengüetazos durante un buen rato hasta que supe que ya no grababa más.

Me tendí en la cama y la esperé con las piernas abiertas. Saltó hacia mí y comenzó a lamerme el ahora lampiño y suave monte de venus, el cosquilleo me hizo estremecer. El placer aumentó cuando me lamió el clítoris y fue bajando para recorrer toda mi vagina con su lengua. Me sacudí y rodeé su cabeza con las piernas. Me la estaba comiendo tan bien que me costaba mucho quedarme quieta. Sentí su lengua hurgando en mi agujerito y de a rato me daba unos tremendos chupones en el clítoris. Apreté más las piernas, no podía parar de gemir, cada minuto que pasaba me introducía más en el delicioso mundo del placer. Comencé a sobar mis tetas, pellizqué mis pezones, me lamí los dedos. Le pedía a Lara que no dejara de chupar y mi primer orgasmo de la noche llegó. La emoción me obligó a presionar más su cabeza con las piernas, la quería ahí, quería que siguiera chupando hasta que mi vagina estallara. El clímax sexual se extendió por unos quince segundos y ya más relajada la liberé.

- Eso fue fantástico mi amor – le dije jadeando, ella aún estaba sobre mi vagina, pero ya no me la estaba chupando - ¿Lara? – la miré, estaba quieta con la cara contra mi húmedo sexo - ¿Lara estás bien? – acaricié su cabeza, no se movía. Me senté de un salto - ¡Lara, Lara! – comencé a sacudirla con fuerza, la chica parecía un muñeco de trapo, tenía los ojos cerrados - ¡Ay por Dios, Lara despertate! – me desesperé.

¡Esto no podía ser cierto! La había matado, la asfixié con mis piernas o la desnuqué con mis movimientos. Empujé una vez más su cuerpo, se deslizó por la cama y cayó de cara al piso. No se movió más.

- ¡No Lara, NO! – mi rostro se llenó de lágrimas, me arrojé sobre ella y la abracé - ¡Lara por favor! ¡LARA! – sostuve su cabeza entre mis brazos, estaba pálida - ¡Ay Lara!

No aguanté más, cerré los ojos y comencé a llorar copiosamente. En eso sentí algo suave en mis labios. Me sobresalté, abrí los ojos y ella estaba ahí, sonriéndome cariñosamente.

- ¡Lara, estás bien! – sentí que el alma me volvía al cuerpo.
- Fue una bromita, espero que no te hayas enojado.

¿Enojada yo? ¿Por haber creído que maté a mi primer novia asfixiándola con mi vagina? ¿Enojada porque todo haya sido una macabra bromita? Para nada ¿Por qué debería estar enojada?

- ¡Te voy a matar! – la agarré de los pelos con fuerza y caí sobre ella al piso - ¿¡Cómo se te ocurre hacerme algo así Lara, estás loca!? Casi me da un infarto. Pensé que… pensé que… - ni siquiera me animaba a decir la palabra.
- Lo hice sólo para saber cuánto te preocupabas por mí – ella permanecía totalmente calmada.
- ¡Mucho me preocupo, mucho! Si te pasa algo yo me muero. ¿Entendés Lara? Me muero – la abracé con fuerza y seguí llorando.
- Perdón Lucre, no pensé que te lo ibas a tomar así. Perdoname, ya pasó. Ya pasó – me dio unas suaves palmaditas en la espalda.
- A veces tenés cada locura nena. Me hacés acordar a mi hermanita.

Nos quedamos abrazadas un largo rato sin decir nada.

- Prometeme que jamás me vas a hacer esto de nuevo.
- Te lo prometo Lucre.
- Bueno. Tengo que admitir que tenés talento para la actuación – intentaba mostrarme más calmada, aunque no podía ver la gracia en lo que hizo, tampoco quería hacerla sentir tan mal.
- Hacerse la muerta no requiere mucho talento.
- Si, pero te caíste de cara al piso y ni te moviste.
- Si, todavía me duele – se frotó la mejilla derecha
- Me alegro. Que te duela y mucho. Así aprendes que con estas cosas no se jode.

Volvimos a la cama, la música de Radiohead seguía sonando pero mi humor sexual estaba molido. Ella me acarició suavemente los pechos y el vientre.

- No tengo más ganas – me quejé.
- Oh, no seas malita – hizo pucherito con su boca y casi me derrito de ternura.
- No Lara, todavía estoy enojada con vos.
- ¿Y si te doy unos besitos? – comenzó a besarme suavemente el cuello.
- No, ni con eso – su boca se encontró con la mía, el beso me gustó mucho, aunque ni me moví.
- ¿Y si te chupo las tetas? – me dio suaves mordiscos en los pezones y pasó la lengua por las aureolas.
- Que no, en serio. Ya no estoy de humor – siguió bajando con sus besos.
- Capaz que te cambia el humor si te chupo la conchita – esa palabra me agrada sólo si venía de ella. Me dio una buena lamida en toda esa zona, por instinto abrí las piernas.
- Creeme que no Lara.
- Ya sé. Te voy a chupar el culito – me hizo reír, ella sabía que ese era mi punto débil. Pasó su lengua por mi asterisco y el cosquilleo me calentó. Ya sentía mi vagina manando jugos otra vez. Dejé que me lamiera por un rato. 
- Pero me lo vas a tener que chupar muy bien… y más que eso.

En pocos segundos me hizo cambiar de opinión, mis ganas de sexo se revigorizaron mientras su lengua recorría mi prohibido huequito. Con sus deditos me hizo delirar de placer, sin siquiera meterlos, lo mejor era que no se olvidaba de mis demás puntos sensibles, con su mano izquierda me acariciaba suavemente el clítoris. Me tuvo un par de minutos así, subiéndome la temperatura, mi termómetro interior reaccionaba como si lo hubieran sumergido en agua hirviendo.

- ¿Estás lista mi amor? – me preguntó con su vocecita tan cálida que era capaz de derretir la Antártida.
- Lista.

Su índice se enterró lentamente en mi culito. No paró hasta que entró completo.

- ¡Uyyyy siiii, que rico! Chupame la concha – fue la primera vez que lo pedí usando esa palabra, el morbo hizo que mi corazón latiera más rápido.

Me la chupó toda. Por momentos creí que me arrancaría el clítoris, mis gemidos se intensificaron o tal vez sonaban más fuerte debido a que la canción que sonaba en este momento era más suave. Supe que se trataba de “All I Need”, me pareció el tema ideal para este momento. Todo lo que necesitaba era a Lara conmigo. Siguió penetrándome por atrás con su dedito hasta que la canción llegó a su fin.

Le pedí que me permitiera cambiar de posición, me puse en cuatro sobre la cama y ella volvió a meterme el dedo apenas abrí mis nalgas con las manos.

- Ahh, cómo me gusta esto.

Pensar que hace unas semanas yo ni siquiera tenía intimidad con otra persona y ahora permitía que una chica me diera placer metiéndome dedos por el culo. Digo dedos en plural porque ya podía sentir que me estaba metiendo otro. Me ardió un poco, sentía que mi ano se estiraba. Miré hacia atrás. Lara estaba de rodillas a mi izquierda, se estaba masturbando copiosamente. A ella todo esto la excitaba tanto como a mí. Tal vez ella no disfrutaba tanto el sexo anal pero me había dicho varias veces que se calentaba escuchándome gemir, más sabiendo que era ella quien me cogía. Se sacó los dedos de la vagina y los extendió para que yo pueda lamerlos. Sus jugos sexuales eran deliciosos. Ya no podía estar enojada con ella, aunque la broma hubiera sido de muy mal gusto, la amaba y quería disfrutar de nuestro tiempo juntas.

Volvió a masturbarse. Apreté los dientes y comencé a resoplar, me estaba metiendo los dedos con fuerza, noté gotitas de sudor bajando por mi frente. Empecé a mandarme dedo yo también, mi conchita lo agradeció enormemente.

- ¿Te gusta mi amor? – me preguntó al oído.
- Me encanta.
- Se te está abriendo el culito.
- Abrimelo todo hermosa.

Se arrodilló detrás de mí y metió la cara entre mis nalgas, ella misma se encargó de separarlas. Mi culo estaba dilatado, lo supe cuando ella introdujo la punta de su lengua en él, casi me vuelvo loca. Me lo lamió tan rico que acabé. Mientras mi orgasmo se intensificaba ella metió cuatro dedos, dos por mi vagina y otros dos por atrás. Apreté las sábanas y creo que hasta las mordí. No apartó los dedos hasta que me tranquilicé.

- ¿Fueron dos? – me preguntó.
- No, fue uno solo, pero fue muy intenso – me tiré boca arriba en la cama – venga para acá mi reina.

Lara sonrió y se sentó sobre mi boca, de frente a mí, de esa forma ella podía mirar hacia abajo y encontrarse con mis ojos. Empecé a chuparla abriendo y cerrando mi boca, como un pez bajo el agua. Estaba muy mojada. Se apretó las tetas sin dejar de mirarme, podía sentir su agitada respiración. Tuve que masturbarme una vez más, la situación lo ameritaba, mi noviecita era divina, su blanca y suave piel brillaba con la luz, sus redondas tetitas se veían preciosas desde esta posición. En pocos segundos mi boca comenzó a llenarse de flujo vaginal, estaba teniendo un orgasmo. Cerró los ojos y llevó su cabeza hacia atrás. La chupé sin parar todo el tiempo y en lugar de detenerme seguí. Me estaba tragando todos sus jugos y yo también estaba cerca del tercer orgasmo de la noche.

- Así, así. Ahhhh, viene otro – me anunció.

Aceleré mis movimientos y su segundo orgasmo llegó casi detrás del primero. Se pellizcó los pezones y se meneó de atrás hacia adelante repetidas veces hasta que cayó rendida a mi lado. Tuve que seguir pajeándome un rato más mientras ella me miraba y acariciaba mis pechos. Cuando estallé una vez más, me besó. Tenía ese don de hacer las cosas que yo más quería sin que se las pidiera.

- Me gustó Radiohead – me dijo cuando ya estábamos tranquilas y abrazadas – me tenés que prestar algún CD de ellos.
- Te voy a prestar dos, que son mis favoritos. Uno se llama In Rainbows y el otro Ok Computer. Si los rompés te mato, pero te mato en serio.
- Te prometo que los voy a cuidar mucho. Estuvo bueno usar esa música para este momento.
- No creo que a Thom Yorke le gustara saber que la gente usa su música para tener sexo.
- Eso es porque no nos vio a nosotras.

Fuimos hasta el baño riéndonos y nos dimos una ducha rápida. Esa noche dormimos desnudas y muy pegadas una a la otra.

Al otro día nos levantamos muy tarde. Ya eran pasadas las 2 de la tarde, pero era domingo. No me importó. De pronto me acordé de Anabella.

- Me voy – le dije a Lara cuando terminamos de vestirnos – quiero visitar a mi amiga la monjita.
- Ok mi amor – me dio un beso – espero que no la termines pervirtiendo como hiciste conmigo.
- No, quedate tranquila – me reí – ella es muy devota. De pervertida no tiene nada. Y vos ya eras pervertida antes de conocerme.
- ¿Y vos cómo sabés?
- Porque me contaste que te matabas a pajas mirando porno, casi todos los días. Ni yo hacía eso.
- Pucha, una no puede ni confesar sus pecados. ¿No que los católicos eran más reservados con el tema?
- Los curas lo serán. Yo voy a usar todo lo que me digas en tu contra. Sabelo. 

Antes de ir hasta la iglesia de la universidad fui hasta mi casa a cambiarme. Escogí ropa linda pero discreta. Un pantalón de jean no muy ajustado y una simple blusa negra con el logotipo de mi banda favorita en blanco. Esto tal vez alarmaría un poco a la monjita ya que se trataba de un oso dibujado con figuras geométricas, pupilas verticales y una grotesca sonrisa de dientes puntiagudos.

Fue una gran casualidad que llegara en ese momento. Anabella justo estaba saliendo por la puerta de la capilla. Sonrió al verme bajar del auto.

- Hola Lucrecia. No sabía que ibas a venir, tampoco sabía que tenías auto.
- Te quería dar una sorpresa. El auto en realidad es de mis padres, pero últimamente lo estoy usando mucho, me mal acostumbré a la comodidad.
- Acá también tenemos un auto, pero hay que pedirle permiso a medio Vaticano para que te dejen usarlo, además yo ni sé manejar.
- ¿Ibas a algún lado? Si querés te llevo. ¡Hey, no tenés tus hábitos!

Si bien llevaba puesto su velo en la cabeza, el resto de su atuendo era diferente. Una triste y aburrida pollera gris que llegaba hasta sus pantorrillas y una camisa blanca. También podía ver una sencilla cruz de madera colgando de su cuello.

- Tampoco es que estoy obligada a tener los hábitos puestos todo el tiempo. Además ahora me iba a hacer unas compras y es mejor viajar cómoda.
- Entonces subí que te llevo – dudó unos instantes – dale boluda subí... – me tapé la boca – perdón. Es la costumbre.
- La mala costumbre diría yo. ¿Así les decís a todas tus amigas?
- De hecho sí.

Accedió a que la lleve, cuando estuvo sentada en el asiento de pasajero le dije:

- Si querés dejá la puerta abierta, para que puedas saltar por si estamos por chocar contra algo, no soy muy buena manejando – se rio.
- No creo que seas tan mala – se abrochó el cinturón de seguridad, vi que lo dejó bien ajustado. Creo que le hubiera dado dos vueltas de ser posible.  
- Gracias por la confianza – dije irónicamente.

Estuvimos dando algunas vueltas, fuimos a la zona céntrica de la ciudad donde abundaban los comercios. Me contó que necesitaba encargar ropa para ella y las demás hermanas. Me aburrí bastante mientras esperaba. Le dio tediosas indicaciones a una viejita que tomaba notas en un local lleno de ropa gris. Pensé que me había quedado daltónica.

- ¿Siempre son tan divertidos tus domingos? – le pregunté cuando salimos. Me alegró ver el semáforo cambiando de color, mis ojos aún funcionaban bien.
- De hecho este es uno de lo más divertidos en meses. Sin contar el de la semana pasada, cuando me visitaste.
- Ah que linda – le dije con una sonrisa – ¡Esperá! Tu vida es un embole.
- ¿Un qué?
- Un aburrimiento total, al igual que tu ropa.
- ¿Te parezco aburrida?
- Vos no sos aburrida, tu vida lo es. Tenés 28 años Anabella, monja o no. No podés vivir así. Tu máxima diversión debe ser contar las espinas de la corona de Cristo.
- Eso ya es un reventón para mí – me sonrió – puede que a veces me aburra un poco, hay días que no me entretengo ni con los jueguitos del celular y me desespero por encontrar alguna actividad.
- Hoy vamos a divertirnos – le prometí.
- Tené cuidado con lo que pensás hacer Lucrecia. Ya me imagino tus locuras.
- Hey, ¿pero cuándo hice locuras yo? No me contestes. Tenés que usar ropa más alegre, más divertida. Los colores no matan a la gente ¿Sabías?
- ¿No? Una aprende algo nuevo todos los días. Pero tendré que rechazar tu propuesta, primero no tengo dinero para comprarme ropa, segundo, no puedo estar por la vida vestida como una… una de esas que se paran en las esquinas.
- ¿Las inspectoras de tránsito?
- ¿Vos siempre tenés una respuesta para todo?
- No, todavía no puedo responder por qué una chica tan joven y linda como vos se rehúsa a disfrutar su vida. No importa lo malo que te haya pasado, vida hay una sola, es un regalo que Dios te dio y vos lo estás desperdiciando – sabía que la mención de Dios la haría recapacitar – por la plata no te hagas problema, yo pago, tomalo como un regalo de una amiga – estuvo a punto de negarse pero levanté la mano – es un regalo Anabella, no me hagas enojar. Además mirá mi ropa. Yo no parezco… “inspectora de tránsito” pero si estoy más alegre que vos.
- Está bien. Acepto sólo para que veas que si soy divertida, al menos una vez al año. ¿Llamás alegre a ese mono espantoso?
- Es un oso y no te metas con él que no te hizo nada y sonríe más que vos.

Subimos al auto y conduje directamente hasta la tienda en la que yo compraba mi ropa. Antes de bajar Anabella me dijo:

- Mejor me quito esto. Si ven a una monja probándose ropa de ese tipo se van a escandalizar.
- La escandalosa sos vos que…

Me quedé muda al ver su cabello cobrizo liberarse de la prisión de su velo. De pronto su rostro se volvió diez veces más hermoso. Su cabello flotaba como en una publicidad de shampoo, pero sin necesidad de efectos de cámara ni tanto photoshop.

- … que… que linda que sos – me miró con el ceño fruncido – este… te lo digo como amiga, no pienses nada raro… es que sos bonita… simpática… o sea, no es que yo quiera… tampoco es que no quiera… ¿cómo te explico?
- Lucrecia, callada te defendés mejor.

Tragué saliva y seguí su consejo. Entramos a la tienda y comenzamos a mirar ropa, ella parecía una heladera antigua enfundada en esa espantosa vestimenta. Quería encontrar algo que al menos marcara un poco su figura femenina pero que no matara de un paro cardíaco a la Madre Superiora.

Encontré un lindo pantalón de gabardina negro, pero necesitaba algo de color. Supuse que algún tono de rojo se llevaría bien con su color de cabello, aunque yo era pésima combinando ropa. Cuando encontré una blusa que me gustó le alcancé el conjunto a Anabella, ella miraba sorprendida los maniquíes que vestían ropa pequeña y ajustada, tal vez se imaginaba a ella misma vestida de esa forma. Era como salir de compras con una mujer del renacimiento.

- Probate esto, te va a quedar muy bien. Supongo que tenés el mismo talle que yo, somos prácticamente del mismo tamaño - No dijo nada, seguía anonadada, pero tomó la ropa y se metió en uno de los probadores.

La chica que atendía el local estaba más buena que nadar desnuda. Bueno, no es que lo haya hecho, pero me imagino que debe estar bueno. Era una rubiecita con una cintura de avispa. No dejé de mirarla hasta que Anabella salió, ahí toda la hermosura de la rubia se difuminó.

El pantalón marcaba el contorno de las largas piernas de la monjita sin llegar a ser indiscreto, la blusa roja no era escotada para nada pero dibujaba el contorno de dos grandes y redondos pechos. ¡Eran melones! ¿Cómo puede ser que cambiara tanto? Era como una chica común y corriente, como mis amigas de la facultad, pero mucho más hermosa. Aunque su belleza no se comparaba con la de mi querida Lara. ¿O sí?

- Te queda divino – la que habló fue la empleada del local.
- Eso lo llevamos, sin dudas – dije antes de que Anabella se arrepintiera. Su tímida sonrisa me decía que le gustaba mi forma de decirle que se veía espléndida con ese conjunto.
- ¿No te parece demasiado… ajustado?
- Para nada amiga, te queda hermoso – lo cierto es que la blusa le ajustaba más de lo que yo pensaba pero no se lo diría – te hace ver como de 30 años.
- ¿Entonces me hace ver vieja?
- No, con lo otro parecías de 48. Ahora te faltan unos pequeños toques para que lleguemos a tu edad.

Agregamos al canasto de compras un par de zapatillas que según la vendedora iban justo con ese atuendo.

- ¿Buscan algo de ropa interior? – preguntó la rubia.
- No, está bien – dijo Anabella
- Si, mostranos algunas bombachas – le pedí.

Podía notar la mirada inquisidora de la monjita clavándose en mi cuello pero decidí ignorarla. Las bombachas eran tipo colaless, de esas que se meten un poco entre las nalgas pero que no llegan a ser tangas. Además la tela no era nada transparente.

- Deme una de estas en rojo, otra en negro y una más en rosado. Con sus respectivos corpiños.
- No me voy a poner eso Lucrecia. Menos con esos colores. Ya tengo mi propia ropa interior.
- Seguro que con una de tus bombachas hacemos dos de estas – le dije – no te preocupes, no tenés que probártelas ahora. Decile a la chica el talle de tu corpiño así podés ponértelos cuando estés sola sin necesidad de cambiarlos. Vas a ver lo bien que te queda esto – sostuve una de las colaless tomándola por el elástico con ambas manos.

Se puso roja como un tomate pero al final accedió a llevar todo. Pagué con gusto, era dinero muy bien gastado. Agradecí la extensión de la tarjeta de crédito de mi madre, la cual casi nunca usaba. Además ella supondría que la ropa era para mí.

Mientras volvíamos en auto al convento no podía dejar de mirar de reojo los pechos de Anabella, eran dos pelotas. Si bien no eran gigantes ni grotescos, estaban muy bien formaditos.

- Si no mirás para adelante nos vamos a estrellar.
- ¡Ay perdón! – nunca me dejaba pasar una.
- Me parece un poco excesiva esta ropa. Las Hermanas se van a infartar cuando me vean así.
- Si alguna es lesbiana seguramente sí. Las otras sólo se van a morir de envidia – no pudo evitar reírse, y sus mejillas sonrojadas la hacían más bonita aún – prometeme que te vas a probar la ropa interior.
- Está bien, aunque sea la voy a probar. Pero eso no quiere decir que vaya a usarla. ¡Qué vergüenza me daría si alguna viera eso en mi cuarto!
- ¿Y por qué tendrían que verlo, acaso alguna entra a tu cuarto?
- No, solamente yo. Hay que llamar mucho la atención como para que lleguen a revisar tus pertenencias.
- Entonces no llames la atención – miré otra vez sus senos – aunque eso te va a costar un poco.
- Otro chiste más sobre mi cuerpo y me pongo la sotana hasta el día en que cumpla 80 años.
- Cada vez que te ponés esa sotana cumplís 80 años. De verdad no te entiendo Anabella, sos una chica tan linda, tan divertida e inteligente. ¿Qué hacés viviendo en ese convento? – de pronto se me ocurrió algo - ¿no tendrás miedo de que el hombre q te violó te encuentre? – se sorprendió con mi pregunta.
- No para nada. Eso no me da miedo.
- ¿Estás segura? Porque a mí sí me daría miedo.
- Es que está muerto. Murió el mismo día que mi papá. En un accidente en la ruta – quedé sorprendida por la gran coincidencia – de hecho chocó de frente contra la camioneta de mi padre… mejor dicho, mi padre lo chocó a él – se generó un incómodo silencio - Antes de morir mi papá me regaló esta cruz de madera. La hizo él mismo. Siempre la llevo conmigo.

Me quedé en silencio con un nudo en la garganta. No sabía cómo responder a eso y me aterraba decir alguna de mis estupideces, preferí quedarme callada. Seguí manejando hasta que llegamos a la puerta de la capilla. Pensé que su padre había hecho lo correcto pero no quería decírselo. Yo también hubiera matado a ese hijo de puta, pero comprendía su enorme tristeza. No era lo mismo saber que un trágico accidente la despojó de su padre a saber que él murió por culpa de un enfermo mental que no podía tolerar que una chica hermosa viviera feliz.

Cuando estacioné el auto no resistí el impulso de abrazarla. Al parecer ella lo necesitaba porque enseguida me rodeó con sus brazos. La posición era algo incómoda con cada una en su respectivo asiento, pero nuestras mejillas quedaron juntas y pude sentir su suave piel. Bajé un poco más la cabeza para sentir una leve caricia de su rostro. El olor de su cabello me transmitió mucha paz. De pronto un escalofrío me recorrió la columna vertebral, fue a consecuencia de los labios de Anabella, que se posaron suavemente sobre mi cuello. Permanecí estática con los ojos cerrados durante unos segundos, ella no se apartó. No era un beso, sólo tenía su boquita allí, pero el efecto en mí era tremendo. Un impulso me llevó a hacer lo mismo. Rocé su cuello con mis labios, tenía la piel suave de un durazno. En ese instante me olvidé del mundo, de mis problemas, de mi familia, me olvidé de mi novia. Le di un tierno beso y luego otro, subiendo de a poco. Ella se movió un poco y sus labios acariciaron mi piel, fue hacia arriba como lo hacía yo. Súbitamente se apartó de mí.

- Gracias por todo Lucre. Te prometo que voy a cuidar mucho la ropa – miraba para todos lados como si temiera que alguien nos estuviera espiando, lo cierto es que la calle estaba desierta. Su blusa parecía opaca comparada con el rojo de sus cachetes.
- No te preocupes, conque la uses me conformo. Más adelante podrías probarte algo más, no dejes de sentirte joven y bonita sólo porque estás al servicio de Dios – yo estaba tan nerviosa como ella.

Se bajó del auto llevando su ropa vieja en una bolsa, me saludó con la mano y me dedicó una luminosa sonrisa. Cuando se alejó no pude evitar mirar su respingada colita. Como si leyera mis pensamientos, giró su cabeza, me miró y miró su cola. Se paró frente a mí con los brazos en jarra, yo me hice mundialmente la pelotuda y me puse a limpiar imaginarias bolitas de pelusa en el asiento del auto. Pude ver que sonreía otra vez y tuve que sonreír como pidiéndole perdón una vez más.

Esa noche me encontraba acostada leyendo el libro que Lara me prestó, quería avanzar rápido ya que me había dado la segunda parte y aún no había finalizado la primera. En eso me llega un mensaje de texto. Era de Anabella.

~ Voy a tener que devolver la ropa interior, es demasiado chica.
~ Tal vez a vos te parezca chica – le contesté – lo cierto es que se usa así.
~ Pero YO no la uso así. Me queda espantoso, es una locura.

No pude evitar imaginarme cómo le quedaba ese precioso conjunto de ropa interior.

~ Si pudiera ver cómo te queda te daría mi opinión.
~ Pero no podés ver. Tendrá que bastar con mi opinión.
~ Podrías ver… podrías mandarme una foto.
~ Ni loca.
~ Sólo lo decía como amiga, me apena saber que siempre pienses mal de mí.
~ No pienso mal de vos. Al menos no siempre.
~ ¿Entonces me vas a mostrar?
~ ¡Me vas a volver loca Lucrecia!
~ Perdón. No era mi intención…

Ya no me contestó. Apenada retomé la lectura aunque me costaba concentrarme. Puse el libro sobre mi pecho y miré el techo. Un par de minutos más tarde mi teléfono volvió a sonar.

~ Confío en que no se la vas a mostrar a nadie.

Mi corazón dio un salto tan grande que casi sale por mi boca rompiéndome los dientes. Debajo del texto había una imagen espectacular. Una espalda suave y de piel clara que en la mitad superior tenía una línea roja, era el elástico del corpiño, no se veía el frente, pero bajé la vista siguiendo la curva de su columna hasta que dos nalgas partidas a la mitad como los gajos de una mandarina acapararon mi visión. Podía ver sólo la parte superior de la colaless que dibujaba un triángulo de tela roja, no era tan pequeño como el de una tanga, pero dejaba ver más de la mitad de la cola.

¡Cómo me metería de cabeza entre esas nalgas y le chuparía el culito hasta que los ojos le salgan por ahí!

~ Es bastante discreta Anabella. Hay ropa interior mucho peor.

¡Si te llego a ver en tanga te la arranco con los dientes con clítoris y todo!

~ Si querés podrías usarla con ropa suelta, así no se te nota tanto. Además son muy cómodas. Te queda muy bonita. Parecés un angelito.

¡Los ángeles no tendrán espalda, pero qué culo Dios mío!

~ Gracias Lucrecia. De verdad agradezco mucho todo lo que hiciste hoy por mí, hacía tiempo que no me sentía tan bien. Te prometo que alguna vez voy a usar la ropa interior.

¡Avisame cuando así voy para allá y hacemos una fiestita lésbica!

~ De nada Anabella, yo también la pasé muy lindo.

 Nos despedimos en pocas palabras pero yo quedé totalmente excitada. No podía dejar de mirar esa foto. Todavía no podía creer que la hubiera mandado. Pocas veces me había calentado tan rápido en mi vida y mucho menos con una imagen, lo mío siempre era por imaginar situaciones… aunque ese culito sí que me despertaba la imaginación.

Me despojé de toda mi ropa, me chupé los dedos y comencé a tocarme imaginando todas las cosas que le haría si la tuviera delante de mí en ese momento. No podía ver su vulva, pero sí me la imaginaba apretadita en esa bombachita. Me metí los dedos pensando que era ella quien me lo hacía. Recordé sus suaves besos en mi cuello. ¡Tendría que haberle partido la boca en ese momento! Froté mi clítoris intensamente.

No sé cuánto tiempo estuve pajeándome, pero en ningún momento aparté la vista de esas preciosas y redondas nalgas. Me las grabé en la mente. Por suerte no le había prometido que borraría la foto. Me la guardaría para mí. Llegué a un bonito orgasmo que me hizo sentir culpable como en mis primeras masturbaciones.

No sólo estaba fantaseando sexualmente con mi amiga la monjita, que tanto confiaba en mí, sino que además tenía la sensación de estar siéndole infiel a Lara. Por pura culpa le escribí a mi novia diciéndole que la amaba mucho y que ella era la mujer de mi vida. Me respondió casi al instante diciéndome algo similar y que le encantaba que le dijera eso.

Pasaron algunos días y me mantuve cerca de Lara todo lo que pude. Hicimos el amor todos los días, ya sea en mi casa o en la suya. Eso fue un alivio para mí. Confirmé que estaba enamorada de ella y ya ni siquiera pensaba en Anabella, al menos no de forma sexual.

El jueves de esa semana recibí un mensaje de la monjita, me pedía que fuera a verla cuanto antes porque tenía algo importante para decirme. No entendía nada. Esa misma tarde fui hasta el convento hecha un manojo de nervios, no se me ocurría qué era eso tan importante que quería decirme. Golpeé su puerta y me recibió casi al instante. Otra vez estaba sin sus hábitos y con esa aburrida ropa que yo tanto odiaba, al menos no traía puesto el velo y podía admirarla con su hermoso cabello. Nos sentamos y me extrañó que ni siquiera preparara el mate.

- ¿Qué querías decirme Anabella?
- Hoy ocurrió algo que me dejó anonadada. De verdad no lo podía creer. Mucho menos viniendo de vos.
- ¿De mí? Pero si yo hoy estuve todo el día estudiando – vi que sacaba algo de una bolsa de tela, era un teléfono celular, pero no era el suyo.
- Esto se lo saqué hoy a una chica del secundario.
- La que roba sos vos ¿y la culpa la tengo yo?
- No es momento para chistes Lucrecia. No robé nada. Se lo saqué con la promesa de devolvérselo y no contarles a sus padres lo que vi.
- ¿Y qué viste?
- Esto:

Puso la pantalla del teléfono frente a mis ojos y me vi a mi misma sonriendo. Me quedé boquiabierta, era el video que Lara filmó el sábado por la noche mientras yo le chupaba la vagina.


Fin del Capítulo 6.
Continúa en el Capítulo 7. 


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