Relatos Eróticos Nokomi

"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
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miércoles, 15 de mayo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 19 - Karma Police.

Capítulo 19.



Karma Police.



Miércoles 18 de Junio, de 2014.


―1―





Me tomé muy en serio el asunto con Edith. Me había acostado con ella, y tenía la amarga sensación de que la había forzado un poco. Aunque tal vez “forzar” sea una palabra muy dura. Tal vez lo más apropiado sea decir que convencí a Edith con trucos poco éticos. Eso me tenía mal. Quería resolver esto lo antes posible.




Intenté llamarla por teléfono apenas me levanté, pero no respondió. Tal vez ella también había analizado la situación, y ahora estaba enojada conmigo.


Fui en taxi hasta la universidad, porque cuando estaba caminando hacia el garaje mi madre me miró de forma extraña, como si me estuviera reprochando que últimamente usaba mucho el auto.


Al llegar, llamé por teléfono a Edith, por suerte esta vez contestó al primer timbrazo. Le dije que tenía que hablar con ella, urgente, y le pedí que me esperara en un amplio patio interno del establecimiento, que por lo general estaba vacío a esta hora. En menos de cinco minutos me encontré con ella en el lugar acordado, estaba muy nerviosa y atemorizada. Pero todos esos sentimientos se transformaron en sorpresa, al verla tan radiante y alegre. Tenía puestos sus enormes anteojos, pero su cabello permanecía tan liso y suave como yo lo había dejado. Su vestimenta era más jovial que de costumbre, tenía un pantalón tres cuartos color azul marino, que le quedaba muy bonito, y una remera verde agua que resaltaba un poco sus pechos. Reconocí esa ropa, formaba parte de la que le había regalado. Ahora sí parecía una chica de dieciocho años.


―Hola Lucrecia ―me saludó con una sonrisa.


―Edith… digo, Lara…. No importa, como te llames. Te quería pedir disculpas por lo que pasó ayer, me comporté como una loca con vos… me siento muy mal… por un momento pensé que vos también querías…, pero creo que no usé métodos apropiados… ―mi cerebro se llenaba de incoherencias cuando me ponía nerviosa.


―¿De qué hablás?


―Es que ayer… abusé de tu inocencia ―dije esto último en voz baja, aunque estuviéramos solas.


―¿Estás loca, Lucrecia? ―empezó a reírse―. Te voy a dejar algo bien en claro, a ver si con eso te tranquilizás un poco. Yo no soy tan inocente como aparento, sé muy bien lo que pasó ayer, y supe lo que intentabas hacer, desde el primer momento. Estaba muy nerviosa, no lo voy a negar, fue mi primera experiencia sexual; pero si en algún momento me hubiera sentido forzada, te lo hubiera dicho. Además yo también te provoqué, a mi manera… ni yo sabía que tuviera una forma de provocar a alguien.


―¿O sea que no te molesta que tu primera vez haya sido con una mujer?


―No, al contrario. Yo veo el sexo como algo sin género, siempre me dio igual si pasaba con un chico o una chica, y me alegra un montón que haya pasado con vos. No lo podía creer... una chica tan linda se fijándose en mí. No te voy a negar que tuve fantasías con vos durante los pocos días en que nos vimos. Pero eran fantasías absurdas, que nunca se iban a volver realidad… eso sí que no me lo esperaba; ni en mis más locas fantasías eróticas. No te imaginás lo contenta que estoy ―me dio un fuerte abrazo―. Vos me caés súper bien, y sos muy sexy… ―bajó un poco la voz―. Me calentás desde el día en que te conocí. Ponete en mi lugar, Lucrecia… yo nunca me acosté con nadie, y de pronto pude hacerlo con la chica más linda y popular de la universidad. Sin que lo sepan, ahora debe haber mucha gente envidiándome. Estoy segura de que más de uno se quiere acostar con vos. ―Esta chica estaba inflándome el ego, más de lo que ya lo tenía―. Además le conté a mi mamá...


―¿Eh? ¿Le contaste a tu mamá? ―No podía creerlo, seguramente esa mujer tendría ganas de golpearme.


―Sí claro, yo le cuento todo. No te preocupes por ella, lesbiana… ah, cierto, ya te lo dije. Me crié en ese entorno, tal vez por eso no tengo prejuicios a la hora de acostarme con mujeres. Mi mamá se alegró tanto como yo, especialmente por mi cambio de look. Dice que tengo que vestirme como una chica de mi edad. Bueno, no… en realidad lo que más la alegró es que yo haya tenido mi primera vez. Nos quedamos toda la noche hablando de eso, incluso me dio algunos consejos… los cuales me gustaría poner en práctica. Espero que se repita alguna vez, y que no quede en una simple calentura del momento.


―Este… no, claro que no fue una simple calentura ―si lo fue, pero no podía negar que la chica me caía bien―. Vos me gustás mucho ―le sonreí, ya más tranquila―. No te digo que vayamos a comenzar una relación amorosa, porque no busco eso con nadie, no después de lo que me pasó con…


―Con la otra Lara. Te entiendo perfectamente. Yo tengo dieciocho años, y mi mamá me recomendó que lo del “noviazgo” lo deje para más adelante. Dice que ahora tengo que disfrutar de otras cosas de la vida, como del sexo. ―Me guiñó un ojo pero enseguida se puso toda roja y apartó la cara. Si bien estaba un poco más confiada, seguía siendo la tímida chica de siempre.


―Da muy buenos consejos tu mamá. ―Me acerqué a ella con paso sensual―. Entonces habrá que disfrutar del sexo mientras se pueda.





Me sentía aliviada, mi alma ya estaba tranquila una vez más. La tomé por la cintura y esperé a que ella levantara la cabeza. Instintivamente miramos alrededor, para comprobar que estuviéramos solas. Nos besamos. Fue un beso tranquilo, sin demasiada pasión; pero con mucho cariño. Como si fuéramos viejas amantes. Cuando nos separamos, activamos una actitud de amigas comunes y corrientes. Por si llegaba a aparecer algún curioso.


―Tenés que conocer a mis amigas ―le dije a Edith―. Te van a caer muy bien, especialmente Tatiana.


―Gracias Lucrecia, vos me cambiaste la vida. No te imaginás cuánto.


―Espero que esos cambios sean para bien ―caminamos por el pasillo.


―Sí, lo son. Al menos por ahora. Nunca creí que las chicas lindas se podrían fijar en mí ―Seguía repitiendo esto, pero lo dijo más para ella misma.


―No pienses esas cosas Edith, vos sos una chica con muchos atractivos. Sos muy linda ―vestida así era bonita―, sos culta, inteligente y simpática. Solo deberías levantar un poco esa autoestima; pero siempre manteniendo un poco de tu timidez, que te da un toque muy especial ―se sonrojó.


―Voy a encargar lentes de contacto, pero no sé si me voy a acostumbrar a usarlos. ¿Podrías ayudarme a elegir otro marco para mis nuevos anteojos? Alguno que se vea un poco menos como de “señora de ochenta años”.


―Claro que sí, dalo por hecho.


Ese día nuestra amistad quedó sellada. Edith comenzó a reunirse con mi grupo de amigas en cada receso que teníamos en común, y si podía se quedaba después de clases con nosotras. La pequeña se ganó nuestro aprecio por unanimidad, especialmente el de Tatiana, que apenas se enteró de las inclinaciones sexuales de la nueva integrante, comenzó a mirarla con otros ojos.


Me causó mucha gracia el día en que las descubrí besándose en los vestuarios, fui hasta ese lugar con la clara intención de sorprenderlas. A las pobres casi les da un infarto cuando me vieron; pero les dije que podían hacer lo que quisieran, que yo no era dueña de ninguna. Sé que sólo fueron puros besos y no llegaron a más, pero me alegró verlas tan felices juntas. Lo único malo era que para reunirnos con Tatiana, por lo general debíamos hacerlo aparte de las otras chicas; porque en el grueso de mi grupo de amigas casi siempre estaba Cintia, la homofóbica que cada día me caía peor. A mí me tenía cierto respeto, no hacía comentarios sobre mis preferencias sexuales, pero me molestaba mucho que se la agarrara con Tatiana o hasta con Lara... mi ex Lara. Ella no tenía derecho a opinar sobre los gustos sexuales de nadie, ella misma abrió las piernas por puro placer, para que una mujer le comiera la concha; y después se hace la inocente.


A Samantha la vi poco en el transcurso de la semana, por lo general estaba cargada de trabajo y aprovechaba pequeños momentos libres para sentarse conmigo en la cafetería de la universidad. No le molestaba que los curiosos hablaran de nuestra amistad, si al fin y al cabo era cierto que pretendíamos acostarnos. En nuestras breves reuniones por lo general contábamos anécdotas de nuestras vidas. La mayor parte de las suyas hacían referencia a los malos tratos de su ex novio, el chico solía tener reacciones violentas, aunque sin llegar a la violencia física. Me alegraba mucho saber que ya no estaban juntos. Eso me demostró que Sami era una chica inteligente, que sabía cuidarse sola.


En los días siguientes luché contra mis impulsos sexuales tanto como pude, mi meta era no mantener relaciones sexuales con nadie, durante al menos dos semanas. Para lograr eso debía masturbarme casi todos los días. Mi cuerpo se volvió un reloj sexual activo. Antes estaba dormido, letárgico, el sexo le daba lo mismo; pero cuando descubrió los placeres carnales, todo cambió.


A pesar de mis intentos, al principio de la segunda semana caí en la tentación, la noche en que Edith vino a mi casa a mirar la segunda película del Señor de los Anillos. Ella ya la había visto decenas de veces, por lo que no le entusiasmaba tanto; pero yo estaba mucho más metida en la trama y la calidad de imagen, por lo que me facilitaba un poco las cosas.


La película terminó, y empezamos a intercambiar opiniones, y a destacar las diferencias con el libro. En un momento ella se acercó a mí, y me dio un tímido beso en los labios. Luego se quedó mirándome, como esperando mi reacción.


―Bueno, al menos lo intenté por unos días ―le dije.


―¿Qué cosa intentaste?


―No acostarme con nadie… quería aguantar al menos dos semanas.


―Yo no podría aguantar dos semanas… ―bajó la voz―. La tengo toda mojada ―dijo, señalando su entrepierna.


―¿Mirar “El señor de los anillos” te pone así? ―Le pregunté, bromeando.


―No… vos me ponés así. Durante toda la película estuve esperando a que me arrancaras la ropa y…


―¿Y qué? ―Le mostré una sonrisa picarona.


―Y que me chuparas la concha ―las palabras salieron de sus labios como si hubieran estado contenidas allí durante siglos.


―La película estuvo muy buena, pero admito que yo pensé lo mismo en más de una ocasión.


―Me la depilé ―dijo, poniéndose de pie. Se quitó el pantalón, junto con la ropa interior, y pude ver sus labios rechonchos, completamente lampiños.


―¡Apa! Qué linda que estás… y es cierto que la tenés toda mojada. Te la quiero comer toda.


―¿Y por qué no empezás?


Dio media vuelta y se inclinó hacia adelante, ofreciéndome su culo, y esos dos gajos jugosos que conformaban su concha. Me puse de rodillas y empecé a lamerlos, disfrutando con cada paso de mi lengua.


―¡Hey, Lucre, te tengo que contar una co… ¡A la mierda!


Edith y yo nos llevamos un susto tremendo cuando la puerta se abrió. Ella se puso roja, e intentó cubrirse con ambas manos, sin mucho resultado. Yo me paré, como si quisiera salir corriendo.


Me tranquilicé un poco al ver que se trataba de mi hermana; pero de todas formas estaba avergonzada.


―¡Abigail! ¿Qué hacés acá? ¿Por qué entrás sin golpear?


―¡Ay, perdón! No sabía que estaban cogiendo ―cerró la puerta detrás de ella, se quedó en la habitación, pero al menos mi madre no nos vería―. Podrías haberme avisado.


―¿Y desde cuando te tengo que avisar? Además no sabía que esto iba a pasar…


―Bueno, perdón ―ella estaba verdaderamente apenada―. ¿Vos sos Lara?


―S… sí ―dijo le chica, con mucha timidez; aún intentaba taparse la concha con las manos.


―No sabía que habían vuelto a estar juntas…


―No, Abi ―la interrumpí―. Ella no es la misma Lara. Es otra…


―¿Otra Lara? Eso es nuevo… ¿y no hubiera sido más fácil buscarte una chica con otro nombre?


―No estoy con ella porque se llame Lara ―aclaré―. Además, yo le digo Edith, que es su segundo nombre; para evitar confusiones. ¿Pero qué carajo hago explicándote esto ahora? Vos ni siquiera tendrías que estar en mi cuarto. ¿Podés dejarnos un ratito solas? Después, si querés, charlamos con vos.


―Pero… pero…


―Nada de peros, Abi.


―¡Ufa!


No estoy orgullosa de mí misma por lo que hice con Edith, se suponía que tenía que no debía tener sexo por dos semanas, al menos; pero tengo que admitir que la pasé muy bien. Ella es una chica muy excitante.


La velada de películas fue un receso, que necesitaba para despejar un poco mi mente. Estaba en épocas de exámenes, y se acercaba uno muy importante. Sería el lunes siguiente. Llevaba mucho tiempo preparándome para aprobarlo con la mejor nota posible. Nunca estudio para aprobar con lo justo y necesario, ese era un riesgo que no me gusta correr; mi meta es buscar la calificación perfecta, entonces si cometo algunos errores, al menos me garantiza aprobar el examen.



―2―


Llegó el gran momento. Me hubiera gustado estar mejor preparada; pero ya no podía hacer nada al respecto. Intenté relajarme lo más posible, no pensar en nada referente a lo que vendría, me puse a mirar en mi celular nuevas novelas que podría comprar. Me había quedado sin libros del “Señor de los Anillos”, obviamente agregué la tercer parte a mi lista de futuras compras. De paso compraría la trilogía entera, en una bonita edición ilustrada, para poder tenerla en mi colección. Mi magra colección. Añadí algunos libros más de Stephen King y Edgar Allan Poe; quería ver si eran tan buenos como aseguraba Samantha. Esto me distrajo tanto que cuando llegó la hora de la evaluación, hasta me tomó por sorpresa. Vi que todos los alumnos entraban a la gran aula, y me apresuré por seguirlos. Quería un buen asiento, no me agradan los que están demasiado cerca de los profesores, me ponen sumamente nerviosa.


Me senté a mitad de la segunda fila y, para mi desagrado, comprobé que en la primera fila, a escasos metros de mí, se encontraba Lara. La miré con enfado, pero ella ni siquiera se percató de mi actitud amenazante. La vi más pálida de lo normal, supuse que estaba un poco abrumada ante la importancia del examen, el reprobarlo significaba cursar otra vez una materia muy densa. Repartieron las copias con las consignas a responder.


Desde mi posición tenía una vista perfecta de la mesa de Lara, podía ver su hoja de examen por encima de su hombro, si bien no podía leer las pequeñas letras, supe que le tocó el mismo tema que a mí. Por lo general dividían la evaluación en tres temas, con algunas diferencias, y se repartían de forma intercalada; para evitar que los alumnos se copiaran o evitar que sepan de antemano cuáles eran las preguntas del examen. Al parecer en este caso no era así o habían repartido mal las hojas, porque de lo contrario a Lara debía tocarle un enunciado diferente.


No tenía tiempo que perder, tomé mi lapicera y empecé a leer, buscando esas preguntas capciosas que responden enunciados anteriores. Casi siempre hay pequeñas trampas de ese estilo. A un profesor mío le gustaba poner varios enunciados que respondían otras preguntas, decía que de esta manera se aseguraba que leyéramos completo el examen antes de empezar a responder. Además, si contestábamos mal esas preguntas, era porque estábamos poco antentos, o no sabíamos absolutamente nada del tema.


Luego de la primera lectura comencé a responder desde el primer punto, salteando aquellas que requerían que me pusiera a pensar atentamente, primero descartaría las que podía responder sin esfuerzo. Esto lo hacía porque si el tiempo se terminaba, no quería dejar en blanco aquellos temas que conocía a la perfección. Me sorprendió la simplicidad del examen en general, algunas preguntas me mantuvieron pensando unos minutos, pero pude responder a todas. Cuando me encontraba haciendo las últimas revisiones antes de entregar miré por casualidad a Lara. Me resultó muy extraño verla tan nerviosa, su pie izquierdo repiqueteaba en el piso y daba vueltas al papel en sus manos una y otra vez, como si intentara descifrar en qué idioma estaba escrito. En ese momento sentí una pena enorme por ella, si bien después de lo ocurrido mis amigas me apoyaron, Lara se quedó sola; sin amiga alguna. A veces me entristecía verla caminar tan sola por los pasillos de la universidad. Si bien estaba muy enojada con ella, yo no pretendía que la dejaran abandonada. Me partía el alma verla tan sola. A veces tenía que luchar contra la tentación de abrazarla, darle un cálido beso, y decirle que la perdonaba. Pero la verdad era que aún estaba muy dolida por lo que hizo. Fue una total traición a nuestra confianza.


Pero… repito… me parte el alma verla sola.


¡Mierda, Lara! ¿Por qué las cosas tuvieron que ser así?


Yo te amaba, carajo. La pasábamos muy bien juntas.


Te extraño, petiza. Te extraño mucho.


Tal vez toda esta situación hizo mella en ella, y no pudo concentrarse lo suficiente como para estudiar. Conocía a Lara muy bien, y sólo una gran preocupación la haría fallar en sus estudios. No podía negar que me entristecía mucho verla así, no quería que ella tuviera que cursar otra vez toda la materia por culpa de un simple examen.


Carcomida por la pena, cometí uno de los actos más riesgosos de mi carrera estudiantil. Pude notar qué espacios tenía en blanco en su hoja, y sabía perfectamente qué enunciados le daban más trabajo. Comencé a anotar las respuestas a estos enunciados en un papel en blanco con la letra tan pequeña como pude. Por suerte algunas preguntas se respondían con un “verdadero o falso”, y sólo había que justificar las falsas afirmaciones. Todo el tiempo miré a los profesores, que estaban más concentrados en tomar mates y jugar con sus celulares, que controlar a los alumnos. Además hacía años que yo escapaba de la mirada exhaustiva de éstos, al principio creían que hacía trampas en los exámenes, debido a mis altas calificaciones; pero luego supieron que era todo a base de arduas horas de estudio.


Cuando tuve listo el papel con las respuestas, guardé todos mis útiles escolares, tomé mi bolso y me levanté, simulando estar apurada. Haciéndome mundialmente la boluda, dejé caer mi examen cerca del pupitre de Lara. Ella me miró sorprendida, como si yo fuera una aparición demoníaca. Obviamente ni se había enterado que yo estaba tan cerca. En el momento en que me agaché para recoger la hoja, extendí una mano hasta las piernas de mi ex novia, y dejé entre ellas las respuestas del examen.


Casi le da un infarto a la pobre, no sabía cómo reaccionar. Es medio lela para ésto de hacer trampas, y por un momento tuve miedo de que echara todo a perder. Para disimular, tuve que hacer de cuenta que no podía levantar el papel. De reojo miré a los profesores, ellos ni me miraban. Cuando vi que Lara cerró las piernas para cubrir el papelito, reanudé el paso. Ahora todo dependía de ella. Entregué mi examen y saludé a todos los profesores, dándole más tiempo a Lara para acomodarse. Además me sirvió para asegurarme de que ninguno sospechaba nada.


Como siempre, fui la primera en entregar, y fui hasta la vacía cafetería a tomar un capuchino de la máquina. Estaba un tanto excitada, no sexualmente, tampoco estoy tan loca; pero la adrenalina recorría mi cuerpo como esa vez que tuve sexo con Lara en el baño de la universidad. Una vez más había hecho algo prohibido, y ella era mi cómplice.


Rogué que nadie la descubriera haciendo trampas, eso significaría una tremenda sanción para ambas; porque allí estaba mi letra. Los profesores no tardarían en identificarla.


Diez minutos más tarde vi salir a algunos alumnos, por suerte nadie se me acercó, tenía ganas de estar sola un momento. ¿Haciendo qué? No sé, pensando, supongo. Tan ensimismada estaba en estos pensamientos, que me sobresalté al escuchar la voz de Lara a mi espalda.


―Gracias, Lucrecia ―me dijo, con calma.


Supe que no la habían atrapado haciendo trampa, y eso me tranquilizó mucho. Igual tenía que seguir con mi acto de hacerme la boluda.


―¿Eh? Ah, sí. De nada. ―Sinceramente, no esperaba que viniera a agradecerme.


―Creo que salió todo bien, eran muy buenas las respuestas. Las cambié un poco para que no queden tan parecidas. ―Miró al piso, con su característica timidez―. No pude estudiar bien. ―Se la veía muy triste.


Mi bella Lara estaba sufriendo. Parecía una niña indefensa. Estuve a punto de largarme a llorar. El deseo de abrazarla se hizo más fuerte que nunca; pero me contuve… no sé como, pero me contuve.


―¿Por algún motivo en particular? ―Pregunté, intentando sonar casual.


―Cosas de la vida. ―Se encogió de hombros―. Tengo algo para vos, hace rato que te lo quería dar, pero no tuve la oportunidad. ―Buscó en su bolso unos segundos y extrajo un grueso libro y los dos discos de Radiohead que le había prestado―. El libro te lo regalo, lo otro te lo devuelvo, sé que son muy importantes para vos, y no quiero que los pierdas. Ah, también podés quedarte con los otros dos libros. Gracias por tu ayuda.


De pronto estaba enojada. ¿Por qué? No sé, una mera cuestión irracional.


Tal vez sea porque cuando ella dijo que tenía algo para darme, creí que se trataba de una disculpa. Porque eso es lo único que quiero recibir de Lara. Al ver que se trataba de los discos y el libro, se me hirvió la sangre.


La tensión en el ambiente era tan fuerte que si alguien se hubiera acercado a saludarnos, lo hubiéramos mordido por puro instinto de defensa canino.


―A los discos dejátelos. ―Intenté suavizar un poco mis palabras. Ni siquiera podía enojarme con ella, porque me ofreció las cosas de la manera más dulce del mundo―. O sea, es que ya me los compré otra vez. Te los regalo. Prefiero que los escuches vos.


―Bueno, gracias. ―No parecía muy alegre―. ¿Y querés el libro?


Lo miré, llena de orgullo. Una vocecita en mi cabeza me decía: “No lo aceptes, ella te traicionó, ella no es buena”. “Sólo intenta quedar bien”. Pero por otro lado, me moría de ganas por saber qué ocurría en el tercer libro… especialmente porque ahí estaba el final de la serie.


Tomé el libro, como si fuera Gollum arrebatando el anillo de las manos de Frodo. “Ahora es mío”, dijo esa egoísta voz en mi cabeza.


Hubo un silencio, durante unos segundos. Luego ella dijo:


―Ah bueno, gracias. La verdad es que me gustaron mucho los discos. Radiohead es una buena banda. “Ok Computer” me gustó más, pero creo que después de un tiempo me voy a acostumbrar al otro disco… ¿cómo se llamaba?


―In Rainbows, respondí mecánicamente. Sí, Radiohead es una buena banda. Mirá Lara, no pienses que hice eso porque te haya perdonado, todavía estoy enojada con vos. Gracias por los libros, pero esto no cambia nada. Sé lo importante que es para vos tu rendimiento académico, y cuando te vi así no pude evitar ayudarte. Que esté enojada con vos no significa que quiera que te vaya mal en la vida. Pero que te haya ayudado no quiere decir que volvamos a ser amigas.


―Entiendo, ―dijo, cabizbaja―. Bueno, gracias por tu ayuda. Hoy sí que me salvaste las papas. Bueno, no te jodo más. Chau.


Se alejó caminando a paso lento, ¿por qué todo tenía que ser así? Me derretía al verla tan triste. Estuve a punto de ponerme de pie, y envolverla con mis brazos; brindarle ese refugio que tanto necesitaba. Quería decirle que todavía la amaba... pero no podía. No después de lo que me había hecho. Sentía que ya no podía confiar en ella.



―3―





Esa situación me dejó con mal sabor de boca, para colmo no tenía planes para esta tarde; había decidido tomármela libre, para descansar de las arduas horas de estudio. Cuando terminaron las clases del día, me di cuenta de que no tenía ganas de volver a mi casa y encerrarme en mi cuarto; que era la única forma de escapar de mis padres.


Recorrí los pasillos de la universidad buscando algún sitio apropiado para sentarme a leer un rato y di con un pequeño patio interno perdido en ese inmenso laberinto. Si se contaban todas las áreas y conexiones de las distintas instalaciones, uno se sorprendía de lo increíblemente grande que era el edificio. El pequeño patio estaba bien cuidado, con césped en cuatro cuadrados, divididos por dos caminos de piedra, que formaban una cruz al unirse en el centro. Hasta me causó cierta gracia encontrar un jardincito tan bonito y florido; me sentí un poco como “Alicia en el país de las Maravillas”. Ni siquiera sabía que un sitio tan bonito pudiera existir dentro de la universidad… o el convento; porque creo que esta zona ya se considera parte del convento. Lo mejor de todo era que lo tenía para mi sola. Me senté en uno de los bancos y saqué el libro que Lara me dio. Estuve varios días aguantando la ansiedad, y me sumergí en la Tierra Media al instante.


Apenas había leído tres páginas cuando mi visión periférica me advirtió que alguien caminaba frente a mí. Al levantar la vista me topé con los ojos de una monjita, a la que conocía muy bien.


―¿Qué hacés vos acá? ―Me preguntó con poco tacto, como si yo fuera un perro invadiendo la cama de su dueño.


―¿Acaso no puedo sentarme acá, hay algo que lo prohíba?


No lo podía creer, tuve que encontrarme con Anabella justo el mismo día que hablé con Lara; parecía que el karma estaba aburrido y decidió jugarme una mala broma.


Me puse un poco en el lugar de Anabella, tal vez para ella también había sido casualidad encontrarme ahí. Lo más probable era que ésta debía ser una sección del convento, y no de la universidad. De ser así, yo era la intrusa.


Recordé la canción de Radiohead, Karma Police, especialmente aquella frase que dice: “Policía del karma, arreste a esta chica. Ella me mira, como si fuera dueña del mundo”.


―¿No me estarás siguiendo? ―Movió nerviosa sus dedos.


―¿De qué hablas? Vos estás paranoica.


―Esto no es parte de la Universidad, pertenece al convento. ―Efectivamente, yo era la intrusa.


―No lo sabía, como está todo conectado, es fácil perderse ¿sabés? Además eso no me impide sentarme acá, no estoy molestando a nadie.


―Es que me parece demasiada casualidad verte acá.


―A ver Anabella, ¿qué tiene de raro que yo esté acá? ―Tenía ganas de tirarle el pesado libro por la cabeza. En su lápida diría “Muerte por Tolkien”.


―Este es el lugar al que siempre vengo cuando quiero tomar un poco de aire y estar sola. Casi nadie viene para acá. Prácticamente es mí lugar.


―Yo lo encontré de casualidad. Ni siquiera sabía que vos venías.


―¿De verdad? ―Se sentó en el banco enfrentado al mío.


―Claro, Anabella. ―Tenía un nudo en la garganta, me resultaba muy incómodo hablar con ella; más estando en clara situación de desventaja. Tenía que revertir eso―. No pienses que sos el centro del mundo. La verdad es que ni siquiera tenía ganas de verte. Me dolió mucho la forma en que me despachaste, pero ya estaba dejando eso atrás.


―Yo no te despaché.


―¿Ah no? ―Apreté el libro entre mis dedos, hasta que los nudillos se pusieron blancos―. Me borraste de tu vida, como si yo nunca hubiera existido; como si nunca hubiéramos sido amigas. Todo porque soy lesbiana, y al parecer eso a vos te jode mucho, o te da miedo. En una de esas pensás que es contagioso.


―A mí no me molesta que seas lesbiana.


Esta vez no pude resistirme, le tiré con el libro y todo su contenido. Lo hice con fuerza excesiva, pero ella logró esquivarlo. De haber sabido que las monjas tenían tan buenos reflejos, le hubiera apuntado al medio del pecho y no a la cabeza.


―¡Claro que te molesta! ―Estallé―. Vos misma lo dijiste. Me pediste que no te visite más, porque ahora todo el mundo sabe que me gustan las mujeres. ¡Ese fue el motivo! ―Mis ojos se llenaron de lágrimas―. No seas tan hipócrita de decirme que eso no te importa. Creí que éramos buenas amigas… de verdad la pasaba muy bien con vos. Pero arruinaste todo, y además me echás la culpa a mí.


―Tranquilizate Lucrecia, por favor. ―Su voz permaneció tan serena como la de un cura en un velorio―. Te pido disculpas. Tenés razón. Ese fue el motivo, no te lo puedo negar.


―Eso no arregla las cosas, ni me tranquiliza. ―Tenía los puños apretados, en cualquier momento hacía puré de monja.


―No fue mi intención hacerte enojar. ―Juntó mi libro, que por suerte seguía con todas sus páginas unidas―. A veces cometo el error… es que… bueno, vos ya lo habrás notado.


―No te entiendo una mierda.


―Nunca le dije esto a nadie, porque me hace sentir vergüenza de mi misma. Tengo la mala costumbre de hablar como si yo fuera dueña de la verdad, como si yo supiera todo; y la verdad es que no sé nada. Estoy todo el día encerrada en estas paredes y no tengo más vida que la que le dedico al Señor.


―Es lo mismo que te vengo diciendo desde el día en que te conocí, Anabella.


―Lo sé. Pero me cuesta mucho asumirlo. ―Acarició la tapa del libro, como si se tratara de un gatito. Leyó el título―. Ni siquiera leí libros que fueran ajenos a las Sagradas Escrituras. No pienses que te pedí que te vayas porque no te quería.


―Me pediste que me vaya porque sos una miedosa. Nunca tomas riesgos y sólo tuve que verte durante pocas semanas para notarlo. Sos demasiado transparente, aunque te escondas detrás de esa sotana. Hasta esos días que no la tenés puesta dejás ver… dejás ver… ―De pronto, un recuerdo me invadió. Se enterró en mi mente, como los clavos de la cruz―. Esa tarde… cuando me dijiste que no te vea más, no tenías puestos tus hábitos.


―¿Y eso que tiene de raro? Te dije que no siempre los uso.


―No es sólo eso. Tampoco llevabas la cruz que te regaló tu papá, me dijiste que siempre la llevabas. ―Ahora mismo podía verla colgando de su cuello, la pálida madera contrastaba con el negro de su atuendo―. ¿Por qué no la tenías puesta?


―Eso es personal, Lucrecia. No te voy a contestar.


―El video que Lara grabó también era personal, y sin embargo todo el mundo lo vio; vos inclusive. Decime, ¿por qué te sacaste la cruz ese día?


―Porque no tenía ganas de usarla…


―No me mientas. ―Las lágrimas brotaron una vez más―. Estoy harta de que me mientas y que me des las espalda, que me trates como si fuera una nena ingenua. Por primera vez te pido que seas totalmente honesta conmigo, así voy a saber que, al menos, confiaste en mí por un instante. ―Se puso tensa, y sus mejillas se sonrojaron. Como no dijo nada, tuve que responder yo misma la pregunta―. Si te sacaste la cruz, es porque sentiste que no la merecías. Hiciste algo malo, algo que te hizo sentir culpable, que te hizo sentir sucia. ―Miré a sus ojos, supe que había acertado―. Ese día te masturbaste.


―Pero… pero yo te dije que a veces lo hacía y que…


―Esa no fue como otras veces, ¿lo hiciste mirando mi video? ―Se quedó muda, con los ojos clavados en mí―. Contestame Anabella.


―No tengo por qué contestar esas cosas. Ya te dije que fue un motivo personal, y por más astuta que te creas, a veces te podés confundir y podés juzgar a las personas de forma errónea. Ese día le di la cruz al Padre para que la bendiga.


Al decir esto se puso de pie y dejó el libro sobre el banco. Abandonó el patio, con ese rápido andar de las monjitas, parecía que estuviera flotando sobre el suelo.


El día fue una mierda. Encontrarme con Lara y Anabella el mismo día me dejó muy molesta y triste a la vez. Estuve toda la tarde encerrada en mi cuarto, no sabía qué hacer. Ni siquiera me pude concentrar en la lectura del libro; porque me recordaba mucho a Lara. Hasta olía como Lara. ¿Acaso esa enana maldita le había puesto su perfume al libro, para que yo pensara en ella? Me daba la impresión de que sí lo había hecho, el aroma era potente.


No sabía qué mierda iba a hacer con ellas, pero al menos tenía otras amigas a las que podía recurrir. Me dije a mí misma que, como ya había estudiado mucho para el examen, podía aprovechar a salir a divertirme un poco.





Recordé que el miércoles no tendríamos clases. La universidad estaría por alguna reunión con el gremio, o algo así. Supe que esa era la oportunidad indicada para alegrarme. El martes podía salir a romper la noche con mis amigas; luego dormiría el miércoles entero.

3 comentarios:

Die dijo...

Hola Nokomi.

te saludos con afecto, quisiera tu ayuda para la revisión de un relato que estoy escribiendo así como el que me ayudes a saber como publicarlo espero me puedas ayudar

Saludos

Unknown dijo...

Para cuando el de la milf más deseada está ves tardaste mucho en el 8vo capítulo amigo.. buena noche saludos de Toluca ciudad del chorizo

susana dijo...

Wuao, llevo años leyendote sos fantastica.