El Fruto del Incesto (Malditas Uvas) [04].

Capítulo 04.

Interrupción.



No cabía duda, inesperadamente mi hija había vuelto a casa. Esto era poco usual. Cuando ella salía a bailar, tenía la costumbre de no regresar hasta la mañana siguiente. Giré la cabeza para mirar a mi hijo, que estaba parado detrás de mí, metiéndome los dedos en la concha. Como si esto fuera poco, estaba desnudo de la cintura para abajo, y tenía la verga totalmente dura. A esto había que sumarle mi propia desnudez. Para quien no supiera cómo llegamos a esta situación, la escena sería muy difícil de explicar.


Estaba aterrada, no sabía qué hacer. Nunca antes me había visto envuelta en una situación como esta. Mi cerebro hacía lo posible por buscar una solución, pero estaba bloqueado.

Escuché la risa de mi hija y una grave voz masculina acercándose. Miré una vez más a Fabián intentando encontrar en él alguna ayuda; pero parecía estar tan desesperado como yo. Me aparté de él, sólo para que mi hija no viera esos dedos invadiendo mi concha; pero aún así la situación era extraña, especialmente por la verga parada de mi hijo.

Técnicamente no habíamos hecho nada malo… supongo; pero en el momento en que mi hija y su acompañante nos vieran así, podrían sacar la situación de contexto e imaginar cualquier cosa. ¿Cómo les explicaríamos lo que estaba ocurriendo? Ni siquiera sabía quién estaba con Luisa y no tenía idea de cómo reaccionaría ella.

—¡Qué linda casa tenés! —Exclamó la voz masculina desconocida.

—¡Gracias! No es tan grande, pero sí está muy linda...

No había más tiempo para nada, estaban cada vez más cerca. No podíamos hacer nada para remediarlo, estábamos atrapados. Nos veríamos obligados a explicar todo de la mejor forma posible y rogar que ellos comprendieran. Tuve que armarme de coraje y enfrentar mi destino, tomé aire y al exhalar procuré mantenerme tranquila. Debía encarar la situación con la mayor normalidad posible.

—A mí me encanta el patio —continuó diciendo Luisa—. Es donde más paso el tiemp...

Se quedó petrificada al verme, sus ojos se abrieron tanto que parecieron a punto de saltar fuera de sus cuencas. Estaba pálida y boquiabierta.

―¡Mamá! ―Exclamó repentinamente.

—Luisa, ¿qué hacés acá? —Fue la primera estupidez que atiné a decir.

—¿Vos qué hacés acá... desnuda?

El muchacho que estaba junto a ella estaba tan asustado como un gato que ve a un feroz perro enseñándole una boca espumosa cubierta de dientes afilados; retrocedió un paso y se puso tan nervioso que imaginé que en cualquier momento se echaría a correr. Debía tener la misma edad que mi hija, era un chico bonito, con barba de unos días, algo delgado, de cabeza fina y alargada y cabello negro peinado con raya al medio; aunque no a la manera antigua, sino que se trataba de un corte más moderno.

Giré la cabeza para buscar apoyo en Fabián y me llevé la sorpresa de mi vida al ver que él no estaba allí. Había desaparecido, como si fuera un fantasma. Antes de colapsar ante las incongruentes explicaciones paranormales que giraban en torno a mi cabeza, vi la puerta blanca y entendí todo. Ya sabía dónde se encontraba. Me había olvidado por completo de ella ya que era relativamente nueva y nunca la había usado. Era una puerta que estaba en un extremo de la cocina, y daba a un pequeño pasillo. Allí estábamos construyendo un quincho, que se conectaba con el patio de la casa. Al parecer Fabián pensó rápido y se escapó, como una rata; pero yo fui tan estúpida que no pensé ni por un segundo en eso.

Me sentí una estúpida al saber que toda esta incómoda situación se podría haber evitado si sólo hubiera podido reaccionar.

El problema se había reducido un poco, pero aún estaba yo, sin nada de ropa, frente a ese pibe que ni siquiera conocía. No me importaba que Luisa me viera así, ya que ella era mi hija y varias veces me había visto sin ropa; pero no me agradaba nada la idea de que ese fulano me conociera tal y como vine al mundo.

—Es mi casa... ¿no tengo derecho a andar desnuda? —Intenté sonar lo más autoritaria posible.

—Pero... pero... ¿y Fabián?

—Tu hermano se fue... a la casa de un amigo —Inventé. Dije esto con la voz lo suficientemente alta como para mi hijo pudiera oírme desde su escondite.

—¿Pero por qué andás así?

—Quería estar cómoda, pensé que vos ibas a volver tarde. Fabián me dijo que me iba a avisar cuando estuviera volviendo. —Eso, en parte, era cierto ya que mi hijo siempre me avisaba dónde estaba, para dejarme tranquila.

En ese momento me percaté de que el flaquito, amigo de mi hija, tenía una erección totalmente evidente, que amenazaba con romper su pantalón color beige. Esto me pareció muy raro, era muy poco probable que se le hubiera parado tan rápido, sólo con verme; por lo que la explicación más lógica era que ya la tenía así desde antes. Luisa se dio cuenta de que yo estaba mirando a su acompañante y en cuanto ella también notó la erección, le dijo:

—Pablo, ¿podrías esperarme en la sala? Necesito hablar con mi mamá. —Ella se ruborizó; mejor dicho, su cara empezó a recuperar su color habitual.

El pibe no se movió, Luisa tuvo que hacerle un gesto con la mano para que reaccionara. Cuando por fin estuvimos solas volvió a mirarme con sorpresa, como si fuese ésta la primera vez que me veía en mi patético estado de desnudez.

—¿Qué está pasando, mamá? No te creo ese cuento de que simplemente querías estar “cómoda”. —Preguntó, con su dulzura característica.

Ella siempre me hablaba en ese tono cuando quería ser sincera conmigo o cuando quería que yo me sincerara con ella. Era un truco infalible con el que Luisa contaba. Sabía muy bien que conmigo no funcionaba el acto de la niña rebelde, enojada con su madre. Si ella en verdad quería conseguir algo de mí, entonces mostraba su lado más tierno y cariñosos.

—Tuve un accidente —dije, con espontánea sinceridad.

—¿Qué te pasó? —Su mirada reflejó espanto.

—No te asustes, Luisa. No es tan grave. Es más bien algo… vergonzoso. —Tuve que bajar la cabeza, no me animaba a mirarla a los ojos.

—Mamá, contame qué te pasó. —Se acercó a mí y me tomó de las manos.

—Es que yo… —Ya se lo había contado a mi hijo y había sido suficientemente vergonzoso. No me agradaba para nada tener que atravesar otra vez por la misma situación; pero tampoco podía mentirle, ella me miraba con genuina preocupación—. Me sentía un poco sola e hice algo de lo que me arrepiento.

—No seas así mamá, me estás preocupando. Por favor, contame de una vez.

—Bueno… es que… se me ocurrió la estúpida idea de meterme uvas por la vagina. —En ese instante sus ojos se volvieron enormes y su boca se frunció y empequeñeció, como si quisiera silbar; pero ningún sonido salió de ella—. No me mires con esa cara, me hacés sentir una estúpida total.

—¡Perdón! Es que… no me esperaba eso. Mamá, no hacía falta que me contaras esas… intimidades.

—Te lo conté porque ese es el problema, las uvas quedaron adentro.

—¿Qué? ¿Todavía las tenés adentro?

—Sí, y no las puedo sacar, de ninguna forma. Intenté de mil maneras, y no hubo caso. Apenas si pude sacar algunas, pero sé que quedan más adentro.

—¿Por qué no me llamaste mamá? ¿Y Fabián? ¿Dónde está? ¿Él no te ayudó? —Esa pregunta me tomó por sorpresa, pero no le iba a confesar a mi hija que había permitido que Fabián hurgara en mí; aunque ella lo viera como una opción.

—No, ya te dije, él se fue a la casa de un amigo. —Mantuve la mentira. Esperaba que ella me creyera, pero era poco probable ya que Fabián no salía mucho.

—¿Justo hoy tuvo que irse?

—No, justo hoy tuve que hacer esto… es que esperé a que se fuera, para probarlo —mentí descaradamente; pero inconscientemente me preocupaba lo que ella pudiera opinar si se enteraba lo que había pasado con Fabián.

―Pablo me trajo en su auto, ¿querés que te llevemos al médico?

―Imagino que Pablo es ese chico con el pito duro. También me puedo imaginar qué habrán estado haciendo el auto.

―¿Te parece que este es el momento para estar echándome eso en cara?

―No te lo echo en cara, Luisa. No soy tan ingenua, vos sos una chica muy hermosa, te gusta salir a bailar. Me puedo imaginar las cosas que harás, no te voy a juzgar por eso. ―No me sentía en posición de juzgar a nadie―. ¿No querés tomar algo, para sacarte el sabor? ―Le pregunté, con una sonrisa, para que comprendiera que mis intenciones eran amistosas.

Ella abrió una vez más su boca, empezó a gesticular con las manos y a balbucear incoherencias. Tomé dos sillas y las coloqué una frente a la otra. Me senté y le hice señas para que ella también lo hiciera. Dudó por un instante, pero luego hizo lo que le pedía.

―Sé que fui muy severa con vos durante todo este tiempo ―comencé diciendo―; pero lo que me pasó hoy me hizo recapacitar. Soy una mujer y como tal, tengo necesidades. Vos también las debés tener, especialmente a esta edad, donde las hormonas están más alteradas. Mi mamá fue muy estricta conmigo, no me dejaba hacer nada. No quiero ser esa clase de madre. No quiero que llegues a ser una vieja amargada, como yo; quiero que disfrutes de la vida. ―Luisa me miró como si yo fuera una extraña―. No me molesta lo que hayas hecho con Pablo en el auto, sólo espero que no lo hayas hecho mientras él iba manejando. Eso sería peligroso.

―¿Qué… qué te imaginás que hice? ―Parecía confundida.

Tomé aire, no era nada fácil hablar de estas cosas con mi hija; pero quería que ella fuera testigo de mi cambio de actitud. Por eso intenté ser lo más franca y directa posible. Con una sonrisa cómplice, le dije:

―Me imagino que le chupaste la verga. Es más, diría que lo hiciste justo antes de entrar a la casa, apenas unos segundos antes.

―Y suponiendo que sea cierto, ¿de verdad no te molestaría?

―Ya te lo dije, sólo me molestaría que lo hayas hecho mientras él iba manejando; porque sería peligroso. Pero si fue después, cuando estacionaron, no me molestaría. Supongo que habrán sido lo suficientemente cautelosos para evitar que los vecinos los vieran.

―Esperamos a estacionar acá. En realidad llegamos hace un poco más de media hora. Nadie podía ver nada, estacionamos cerca del garaje de casa…

Sabía que nadie los había visto, la entrada al garaje estaba rodeada por tupidos arbustos, de ambos lados. Prácticamente era como estar en el interior de la casa. Eso me dejó más tranquila, no quería que los vecinos estuvieran hablando de las cosas que hace mi hija.

―¿Y todo ese rato estuviste…? ―Con la mano y la boca hice el típico gesto del sexo oral.

―¡Ay, mamá! Me da mucha vergüenza que me preguntes esas cosas.

―Te acabo de contar lo más vergonzoso que me pasó en la vida y tu… “noviecito” me vio totalmente desnuda. Además vos fuiste la que entró sin avisar. Sabías que yo estaba acá. Creo que merezco saber qué pasó. Así al menos estaríamos a mano.

―A veces te ponés muy infantil ―lo dijo con una sonrisa, no parecía estar molesta―. No avisé porque pensé que ibas a estar durmiendo. No te quería molestar.

―Lo que menos tengo, es sueño. Dormí toda la tarde, y con todo el asunto de las uvas no voy a pegar un ojo en toda la noche. Así que dale, podés contarme. ¿Se la estuviste chupando en el auto?

―¡Ay, me da mucha vergüenza! Nunca hablamos de estas cosas…

―Y creo que es un buen momento para empezar a hablarlas.

―¿Justo hoy?

―Sí, especialmente hoy, Luisa. Carajo, te conté que me hice una paja con uvas… ¿sabés lo íntimo que es eso? ¿Acaso vos le contarías a alguien cómo te hacés la paja? Porque a mí no me vas a mentir, sé que sos bastante pajera.

Ella se puso roja, escondió su cara entre las manos, y empezó a reírse.

―¿Y qué te hace pensar que soy pajera?

―Ay, nena… soy madre. Las madres sabemos esas cosas. Mi mamá siempre se enteraba si yo andaba pajeándome.

―Igual no entiendo, ¿cómo podés saber? Si nunca me viste haciéndolo.

―Porque cada vez que entro a tu pieza agarro los cepillos para el pelo… y a pesar de que yo los lavo, casi siempre los encuentro con olor a concha. Un intenso olor a concha.

―¡Ay, no! ¡Me muero! ―Volvió a reírse, era su forma natural de reaccionar ante los momentos incómodos―. Soy una boluda…

―Sos una pajera… nena, hubo veces que les sentí el olor a la mañana y a la tarde. Habiéndolos lavado muy bien. Yo te sugiero que seas un poquito más higiénica, y laves los cepillos después de metértelos en la concha. Para colmo se ve que te gusta probar con todos, no hay uno que no te hayas metido en la concha, y tenés como diez. Casualmente todos tienen un mango que parece un consolador.

―¡Ay, mamá! Me da mucha vergüenza que sepas esas cosas de mí…

―¿Y vos pensás que yo no me meto cosas en la concha?

―Bueno, pero vos te metés cosas que después no se pueden sacar. Sos más boluda que yo.

―Eso fue un golpe bajo. ―Nos reímos las dos―. Nena, quiero que empecemos a llevarnos mejor. No quiero ser la madre amargada, que le arruina la vida a sus hijos. Para mí lo más importante es la felicidad de ustedes. Y si a vos te hace feliz meterte cosas en la concha, entonces te voy a regalar un lindo consolador.

―¿Lo decís en serio? ―Ella seguía roja como un tomate.

―Sí, lo digo muy en serio. Me parece que es mejor que andar usando cepillos, o uvas… es decir, el consolador está diseñado para eso.

―Yo también pienso que es más seguro; pero siempre me dio vergüenza… pensé que si llegabas a encontrar un consolador en mi cuarto, lo ibas a tirar a la basura.

―Posiblemente te lo hubiera robado, para usarlo yo.

―Ay, no puedo creer que mi mamá sea más pajera que yo.

―Lo soy, creeme. Tengo muchos más años de experiencia en el tema. Pero como una boluda, no sabía que las uvas eran tan difíciles de sacar. Nunca te metas uvas en la concha.

―Tomo nota.

―Entonces… hagamos un trato ―le dije, con calma, para que supiera que hablaba en serio―. Vos me contás qué pasó con ese pibe, y yo te compro un lindo consolador. De paso me compro uno para mí, así no te lo tengo que estar robando. ¿Le estuviste chupando la verga todo ese tiempo?

―Sí, se la estuve chupando desde que llegamos a casa. Fue más de media hora, estoy segura, porque miré el reloj antes de empezar.

―Te debe gustar mucho.

―¿Pablo?

―La verga. ―Su sonrisa se hizo más amplia y noté un brillo de lujuria en ella.

―Sí, mucho.

―Saliste a tu madre. ―Volvió a mostrar sorpresa―. Aunque hace mucho tiempo que no hago eso. ―Luisa se cubrió la cara con las manos y comenzó a reírse bajito.

―No quería enterarme de que vos hiciste eso.

―Qué egoísta, vos sí tenés derecho a disfrutarlo, pero yo no.

―Vos tenés todo el derecho del mundo, mamá. Otra cosa es que yo quiera enterarme.

―Chupé varias pijas en mi vida…

―¡Ay, no!

―…y me gusta mucho hacerlo, extraño hacerlo…

―¡No me digas esas cosas! ―La estaba haciendo sufrir; pero las dos encontrábamos graciosa la situación. Lo sabía porque, aunque ella se estuviera muriendo de vergüenza, no dejaba de reírse.

―…no tiene nada de malo, ―volví a sentir el calor en mi vagina, era como si mi excitación reprimida por la repentina aparición de mi hija estuviera aflorando otra vez―. Me gusta chupar vergas.

―¡Ay, me muero!

―Mientras más gordas y venosas sean, más me gustan.

―¡Por favor, mamá! ¡No digas más nada! ―Me resultaba sumamente divertido decirle esas cosas, no podía detenerme.

―Por el bulto que tiene, se ve que Pablo tiene una buena verga…

―¡Mamá!

―...se ve que te comiste una buena… ¿te costó tragarla entera? Yo me mojo toda cuando no la puedo tragar completa…

―¡Ay, no! ¡Por favor!

―...porque si así me llena la boca, ya me pongo a imaginar cómo me va a llenar la concha

―Me costó tragarla entera ―confesó―. La tiene de buen tamaño.

―Pero me imagino que vos insististe, hasta que pudiste comértela toda.

―Sí, tuve que chupar mucho… y él también colaboró.

―¿De qué forma?

―Me agarró de los pelos, me hizo tragarla entera.

―Me re calienta cuando me agarran de los pelos y me clavan la pija en la boca. ―Aseguré, llena de morbo.

―A mí también, me pone como loca…

―Mirá como estoy ―abrí las piernas y separé los gajos de mi concha―. Me mojé toda, de solo imaginar cómo se la chupaste.

Pensé que esto ya era demasiado, y que mi hija se espantaría; pero ella demostró tener mucha actitud. Separó sus piernas, provocando que su corta pollera se subiera. Hizo a un lado la pequeña tanga, y me mostró su juvenil concha, cubierta de flujos.

―Yo también estoy toda mojada. Mientras la chupaba, Pablo me metió los dedos en la concha. Tiene dedos largos.

―¡Ay, qué chico atento! Así es como debe ser… aunque pocas veces tuve la oportunidad de disfrutar de ese tipo de atenciones mientras chupaba una verga. Casi siempre estuve con tipos que solamente estaban preocupados en acabar. Pero, hey… tampoco es que la haya pasado tan mal. Chupé varias vergas muy buenas, y no estoy precisamente hablando de la de tu papá.

―Me sorprende mucho enterarme de eso. Nunca pensé que hubieras estado con otros hombres.

―Me preocupé mucho por parecer una santa, ante los ojos del mundo; pero siendo honesta, yo también hice algunas cositas como lo que hiciste vos.

―¿Se la chupaste a algún tipo en un auto?

―Si, alguna vez lo hice… y también hice algún que otro pete en el baño de un restaurante. Aunque no es algo que me enorgullezca.

―¿Y por qué no? ―Dijo ella, encogiéndose de hombros―. ¿Acaso no la pasaste bien?

―Bueno, sí…

―Entonces no tenés que arrepentirte de nada, mamá. Vos deberías preocuparte más por tu felicidad, y menos por lo que opina la gente.

―Gracias… me dejás muy sorprendida.

―Más sorprendida estoy yo, que jamás pensé que podía hablar de esta manera con vos. O sea, sos mi mamá...

―Yo todavía no puedo creer que te hayas soltado tanto, al confesar lo que hiciste con Pablo.

―¡Ni yo! Pero… estuve tomando mucho, y después de chuparla me quedé muy excitada. No sé, no puedo pensar con mucha claridad. Además vos empezaste a decir barbaridades muy rápido… una detrás de la otra…

―Y eso que no tomé tanto como vos. Pero te aseguro que sí tengo la calentura. Ustedes llegaron justo cuando yo estaba…

―Pajeándote…

―Bueno, sí… en parte porque todavía estoy caliente, y también porque pensé que eso me ayudaría a sacar las uvas. Si hubiera sabido que vos estabas haciéndole un pete a un tipo, en la puerta de casa… al menos me hubiera puesto a mirar. Me hubiera calentado el doble.

―¡Ay, mamá! Soy tu hija…

―¿Y eso por qué sería un problema? Al fin y al cabo lo que a mí me calienta es ver a una mujer linda chupando una buena verga… es como cuando mirás porno.

―Puede ser… no sé… creo que no te hubiera gustado verme chupándola.

―Yo creo que sí, hasta te puedo imaginar con la pija en la boca. Es muy probable que le pongas tantas ganas como yo.

―Tal vez ―la sonrisa picarona volvió―. Sí le puse ganas, eso te lo aseguro.

Acaricié mi concha, sin ningún tipo de disimulo. Ella lo vio, pero no hizo ningún comentario al respecto.

―Te aseguro que no me hubiera molestado verlo. Debés ser buena petera.

―Puede que eso sea algo hereditario… desconocía tu afición por el pete.

―Y no es la única afición que tengo…

―¿Y cuál otra tenés?

―Mmm…. me gusta que me acaben en la boca. Me gusta sentir la boca y la cara bien llena de leche.

Ella de pronto se quedó muda y se cubrió la cara con las manos. Me miró con un solo ojo que se asomaba entre los dedos, como si éstos fueran una persiana. Por un momento creí que había ido demasiado lejos.

―A mi también me gusta ―dijo por fin.

Ese instante fue mágico. Nos quedamos mirando con una sonrisa cómplice. Esa barrera que existía entre mi hija y yo parecía haberse desmoronado en tan sólo unos pocos minutos. De pronto entendí que yo podía ser, además de madre, amiga de Luisa.

―Eso quiere decir que recién… ¿te acabó en la boca?

Ella asintió con la cabeza.

―Sí, y me la tragué.

―¿Estaba rica? ―Le pregunté, con picardía.

―Muy rica ―dejó de cubrirse con las manos y me miró con media sonrisa libidinosa.

―Me alegro mucho por vos, Luisa. Hace tanto que no me toca un hombre que… que termino haciendo locuras, como la de esta noche.

―Yo también hago locuras, a veces.

―¿Qué tipo de locuras?

―Por ejemplo, Pablo es mi amigo, bah, en realidad era el novio de una de mis amigas…

―Ay, nena… eso no se hace. Pobrecita tu amiga.

―Es una pelotuda, ya me peleé con ella. Maltrataba mucho a Pablo, ella no quería un novio, quería un esclavo. Yo hablé con él y se dio cuenta de que no podían seguir juntos. Ella no lo dejaba vivir. A mi amiga siempre le pasaba algo “malo”, y él tenía que estar ahí, para ayudarla. No lo dejaba salir a ningún lado.

―¿Por eso me gritaste cuando te fuiste de casa?

―Emm… ―ella estrujó sus dedos, parecía apenada.

―Podés ser sincera conmigo, Luisa. Sé que no fui la mejor madre…

―Tampoco es que seas mala madre. Yo te adoro. Pero bueno… a veces te ponés un poquito dependiente.

―Sí, lo sé… siempre me pasa algo “malo”. Ahora caigo. Muchas veces tuviste que quedarte sin salir, porque yo no me sentía bien. Eso es horrible, Luisa. No puedo pretender que mi hija se encargue de mi felicidad. Tampoco tenés por qué ayudarme con todos…

―Bueno, pero con este asunto de las uvas sí te voya ayudar. O sea, siempre y cuando sea algo importante, podés contar conmigo.

―Pero no te tengo que molestar con mis boludeces…

―Solamente quiero que entiendas que yo también estoy haciendo mi vida, intento ser feliz…

―Sí, y me encanta que estés poniendo tanto esfuerzo a tu felicidad, incluso si eso significa mandarme a la mierda a mí.

―Perdón, no quería gritarte de esa manera…

―Está bien, Luisa… eso fue lo que me ayudó a recapacitar. Si no te hubieras enojado de esa manera, posiblemente no me hubiera puesto a pensar en todas las molestias que te causé. Yo quiero que salgas a divertirte, que conozcas chicos buenos y atentos como Pablo… quiero que cojas mucho.

Ella empezó a reírse.

―Lo voy a intentar, mamá.

―Pero lo digo en serio, Luisa. No cometas el mismo error que yo, de atarte toda la vida a un hombre que no te haga feliz. Cogé mucho, con tipos distintos. Me encanta que te lleves bien con Pablo; pero si un día conocés a otro que te guste, acostaste con ese también. Y con otro más… cogé mucho. Disfrutá, porque coger es algo hermoso. Me encanta que se la hayas chupado a Pablo…

―No se suponía que se la tendría que haber chupado… pero no me aguanté las ganas. Él me cae bien, me cae mucho mejor que mi amiga.

―¿Te gusta mucho?

―Em… no sé. Puede ser… tal vez no me pondría de novia con él; pero sí quiero aprovechar para….

―Para coger…

―...para pasarla lindo. Y sí, coger mucho.

―Linda sorpresas le diste hoy. Le hiciste un pete y después me vio a mi desnuda.

―Bueno, técnicamente los petes no empezaron hoy. Esta es como la quinta o sexta vez que se la chupo…

―Ahh bien petera saliste. ―Ella estalló en risas. Por primera vez en muchos años, sentí a mi hija como una amiga. Una verdadera amiga―. Esto empezó hace un par de semanas.

―Y yo pensando que mi hija se comportaba al salir. Pero andabas haciendo petes por ahí. ―La expresión de alegría de su rostro se borró súbitamente―. Hey, pará… no te lo tomes como un reproche. Te lo digo en serio, vos sos grande y sabés cuidarte sola. Confío en tu criterio y se te gusta este chico tanto como para estar chupándosela, entonces me parece perfecto. ―Luisa se mostró más tranquila y la sonrisa volvió a aparecer―. Espero que entiendas que estoy dispuesta a hacer un gran cambio de paradigma con vos. Me di cuenta que al limitarte y al prohibirte cosas sólo consigo que me odies…

―Yo no te odio, mamá. ―Levanté mi índice, para pedirle que no me interrumpiera.

―…esta es una etapa de mi vida en la que comienzo a darme cuenta lo mucho que desperdicié mi juventud. Tuve mis andanzas, claro, yo no era ninguna monja; pero me hubiera gustado disfrutar mucho más del sexo sin compromisos y no pensar tanto en casarme lo más rápido posible. Por la forma en la que hablaste de Pablo imagino que no hay ningún tipo de compromiso serio entre ustedes, además de una amistad con derecho a roce.

―Sí, es algo así…

―Está bien. Disfrutá todo lo que puedas. Si querés contarme algo, lo que sea, podés hacerlo.

―Me está gustando esta “nueva mamá”. ¿Te hicieron algún lavado de cerebro mientras yo no estaba?

―Podría decirse que sí, pero me lo hice yo solita. ―No le iba a decir que Fabián también contribuyó mucho a ese súbito cambio―. Tendríamos que haber tenido esta misma charla hace mucho tiempo.

―Sí, totalmente, mamá. No sabés cuántas veces quise hablar sobre estos temas con vos… o sea, no me imaginé que fuéramos a hablarlos de forma tan explícita; y yo te imaginaba con la ropa puesta. Pero desde hace unos meses empecé a volverme activa sexualmente, y me moría de ganas por compartirlo con alguien.

―Pero para eso tenés tantas amigas…

―Sí, pero no es lo mismo. Yo necesitaba hablarlo con una mujer…

―¿Vieja?

―Experimentada. A mis amigas las quiero mucho, pero ellas son unas pendejas que recién están conociendo el mundo; igual que yo. La única persona que se me venía a la mente, para hablar de esto, eras vos. Varias veces lo intenté… pero tuve miedo.

―Sí, no creas que no me di cuenta de esos intentos. Sé que varias veces quisiste preguntarme cosas íntimas, relacionadas a la sexualidad. Pero por andar tan metida en mi propia depresión, te ignoré.

―Yo sabía que estabas deprimida… pero también creí que no querías hacer nada para cambiar la situación.

―Y no quería, en eso tenés razón. Pero esta noche algo cambió en mí… no sabría decir exactamente qué; pero sé que toda esta situación con las uvas me hizo recapacitar. Para poder satisfacerme sexualmente llegué a cometer una idiotez. No quiero estar así; preferiría llevar una vida sexual más parecida a la tuya, con un tipo lindo que me traiga en el auto… y chuparle la verga.

―La verdad es que la estoy pasando muy bien con Pablo.

―Eso se nota. Aunque… hay una cosa que no me quedó clara. ¿Por qué vinieron hasta acá?

―Prometeme que no te vas a enojar. ―Me miró con sus ojos de cachorrita.

―Si tenés algo que confesar, este es el mejor momento el que podés hacerlo.

―Mi intención era buscar algo de ropa e irme a pasar el resto del fin de semana con Pablo.

Abrí grandes los ojos. Eso sí que no me lo esperaba.

―¿Todo el fin de semana? ¿Y con el permiso de quién ibas a hacer eso?

―Con el tuyo… pero te iba a mentir. Pretendía decirte que me quedaba en lo de una amiga.

―Muy, muy mal Luisa.

―Perdón, mamá… estoy intentando ser honesta…

Levanté mi mano, pidiéndole silencio. Ella enmudeció al instante. Respiré profundamente y dije:

―No estoy enojada, Luisa. Estoy intentando ver esto desde tu punto de vida. Entiendo que lo hiciste porque yo siempre me pongo en contra de esas cosas, sin ninguna verdadera razón. No te di muchas alternativas. Si no hubiéramos pasado por esta situación, si no hubiéramos tenido esta charla… tal vez no te hubiera dejado pasar el fin de semana con Pablo. Pero… quiero cambiar las cosas, quiero que entiendas que confío en vos. Siempre fuiste muy responsable, nunca me diste problemas. Al contrario, era yo quien te daba problemas a vos. Estás en edad de disfrutar, no conozco mucho a este chico; pero te juro que prefiero saber que te vas a estar todo el fin de semana cogiendo con un pibe antes de no saber realmente dónde estás. Así me quedaría más tranquila. Prometeme que siempre vas a ser sincera conmigo. Aunque me tengas que decír: “Mamá, me voy un fin de semana a una quinta, y me van a coger entre cinco”.

Ella volvió a reírse a carcajadas.

―No creo que me animara a hacer algo así. Pero, suponiendo que se de el caso… ¿Estás segura de que eso también te lo puedo decir?

―Sí, totalmente. Solamente te pido que te cuides de las enfermedades de transmisión sexual, que me imagino que ya lo hacés; y que no uses drogas.

―No las uso, quedate tranquila.

―Eso lo sabía, pero es bueno confirmarlo. En cuanto al sexo… qué se yo, a veces pienso que me preocupé demasiado por el “qué dirán”. Pero los tiempos cambian. Vos tenés que vivir tu vida, disfrutala. Porque después se te pasa el tiempo, y te arrepentís. Si tenés ganas de ir a coger con cinco tipos, hacelo. Yo no te voy a juzgar, para mí vas a seguir siendo mi hija, y te voy a seguir amando.

―Ay mamá…

Se lanzó sobre mí, y me abrazó con fuerza. Cuando se apartó pude ver que secaba algunas lágrimas de sus mejillas.

―¿Este chico es de confianza? ―Le pregunté.

―Sí, lo conozco hace mucho. Además de ser el novio de mi amiga, íbamos juntos al colegio secundario. Él se queda solo en el departamento, por un fin de semana, porque los padres se van de viaje… y bueno, se nos ocurrió esto.

―Igual te digo que tuviste suerte de encontrarme de buen humor; porque no te hubiera creído la mentira de tu amiga.

―¿Por qué no?

―Porque entraste con el pibe con la pija dura. ¿Qué hubiera pensado?

―Bueno, en primer lugar él no iba a entrar; pero como quería hacer pis no me quedó más opción que decirle que pase. Era eso o mearte las plantas de la entrada.

―Agradezco mucho que hayas sido considerada con mis plantas. Está bien Luisa, podés ir, pero quiero que me mandes mensajes diciéndome que estás bien. Voy a intentar no llamarte a cada rato, no me gustaría estar interrumpiendo nada.

―Tampoco vamos a estar… cogiendo todo el tiempo.

―Sí, claro… y yo nací ayer. Tienen dieciocho años y una casa sola para ustedes. No tengo que ponerme muy creativa. Van a estar cogiendo como conejos. Te va a quedar paspada la concha. Es más, si podés, pasá por la farmacia a comprar un buen lubricante.

―¿A esta hora?

―Emm, sí… tenés razón. Bueno, cuando puedas, compralo. El chico parece estar bien dotado, y si te la da todo el día, entonces es mejor que estés bien lubricada. Ah, y no te olvides de tomar las pastillas anticonceptivas.

―Me encanta que me hables de esto de forma tan directa. Gracias, mamá. Por todo, pero especialmente por la confianza. No puedo creer que seas la misma mamá que vi hoy, antes de irme.

―Ni yo tampoco, pero ¿sabes qué pasa? Yo también me harté de la vieja Carmen. ¿Por qué tengo que pasar toda mi vida malhumorada? Lo único que conseguí con eso es que mi hija no me cuente lo que hace y que no confíe en mí. ―Ella estuvo a punto de decir algo, pero levanté una mano, para que no me interrumpiera―. No tenés por qué pedir perdón, yo solita me lo busqué. Sin embargo ya ves que mi actitud, de ahora en adelante, va a ser muy diferente. No quiero prohibirte el sexo, quiero que puedas disfrutarlo de la misma forma que debí haberlo hecho yo. Así que, tenemos un acuerdo: desde ahora quiero que confíes en mí y me cuentes con quién salís y qué hacés con esa persona. Pero ya sabés, no te lo digo para prohibirte nada, sino por dos motivos totalmente diferentes: el primero, para quedarme tranquila y saber dónde y con quién estás; el segundo es para que podamos compartir algún tipo de diálogo juntas, hace un montón que no hablamos de nada. Antes éramos muy amigas; pero a medida que vos fuiste creciendo y yo fui volviéndome una vieja amargada, nuestra amistad se perdió.

Los ojos de mi hija lagrimeaban cada vez más.

―A mí también me encantaría que volviéramos a ser amigas. ―Se lanzó otra vez sobre mí y me dio otro fuerte abrazo―. Gracias mamá, sos la mejor.

―Ahora sí puedo decir que soy la mejor. ―Nos quedamos abrazadas durante unos segundos―. ¿Te molesta si hablo un poquito con este tal Pablo?

―¿Por qué? ¿Querés interrogarlo? ―Preguntó apartándose de mí.

―Más o menos. Sólo quiero hacerlo sufrir un poquito. ―Le mostré una sonrisa maliciosa―. Soy tu madre, tengo derecho a hacer sufrir un poquito a tus pretendientes.

―¿Y eso por qué? ¿No dijiste que no me ibas a prohibir…?

―No quiero prohibirte nada, vos lo sabés… pero él no. Sólo quiero divertirme un poquito con él. Al fin y al cabo él me lo debe, por haberme hecho pasar el papelón de mi vida, al verme desnuda.

―¿Al menos te vas a vestir para hablar con él?

―No, ya me vio desnuda. No me importa que me vea un ratito más. Además, si estoy desnuda se va a poner nervioso…

―Eso seguro….

―Lo quiero bien nervioso ―me reí―. Pero no importa qué escuches, yo sólo voy a estar jugando con él. No te voya a prohibir que vayas el fin de semana a su casa. Pero eso él no lo sabe...

―Sos una maldita. ―Ella había heredado mi sonrisa de bruja malvada―. Pero me gusta la idea, porque se lo merece. Él me siempre me carga diciéndome que yo me dejé coger muy fácil.

―¿A vos te molesta que diga eso?

―No mucho; pero me gustaría tener algo para reírme un poquito de él, y un interrogatorio tuyo, al desnudo, sería genial.

―Está bien. Decile que pase, ¿podés dejarme un ratito a solas con él?

―Sí, mientras tanto yo voy a estar preparándome el bolso con ropa. Ya lo llamo.



La vi salir de la cocina, y me puse de pie para preparar mi papel de bruja malvada… y nudista.

Comentarios

Pedro Ricardo ha dicho que…
Que buen relato, en espera de la continuación, saludos
Fake Famosas ha dicho que…
Gracias por esta edición, poco a poco vamos llegando a mi parte favorita :)
monoraaa81 ha dicho que…
Me encanta esta historia!!! La repito cada tanto!! Gracias!