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Emmanuelle Arsan.


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domingo, 8 de septiembre de 2019

El Fruto del Incesto (Malditas Uvas) [05].

Capítulo 05.

Interrogación.


Caminé desnuda hasta la botella de vino, me serví otro poco en una copa, y me lo bebí casi de un sorbo. Quería tener la garganta clara para hablar con el pibe que se cogía a mi hija. Si él pensaba meter el pito entre las piernas de mi nena, debería pagar peaje… y yo sería la cobradora.

Tengo que admitir que esa actitud de “madre superada” se deterioró mucho en el instante en que vi a Pablo entrar. Una vez más me sentí desnuda (bueno, realmente lo estaba) y expuesta. Tal vez todo esto era una locura. ¿Cómo se me ocurrió hablarle al chico estando completamente desnuda? Él podía ver las areolas de mis pezones, coronando mis grandes tetas. Y mi concha, sus ojos no dejaban de bajar hasta mi concha. Al parecer él quería evitar mirarme, pero no lo conseguía. Ahí estaba, toda mi húmeda concha, expuesta ante un desconocido.

Lo único que me ayudó a tomar un poco de coraje fue ver que el pibe tenía más miedo que yo. Estaba pálido, sus ojos se movían nerviosos sin saber dónde posarse y, por alguna razón, aún conservaba una marcada erección. Al parecer el tiempo que estuvo sólo no le bastó para “enfriarse”. ¿Habrá estado pensando en mi desnudez o en el pete que le hizo Luisa? Tal vez en ambas, sumando a la idea de que pronto se cogería a mi nena. Recordar eso me dio fuerzas para permanecer firme. Lo miré con actitud desafiante, poniendo los brazos en jarra e inflando mi pecho.

―Bueno, Pablo. Vos y yo tenemos que hablar muy seriamente ―comencé diciendo; esto lo hizo detener en seco, pero yo caminé hasta quedar muy cerca de él―. Luisa me habló de vos, me dijo que sos un buen chico; pero yo no estoy tan segura de eso.

Su mirada viajaba desde mis tetas hasta mi pubis velludo, una vez que llegaba allí abajo se detenía por un poco más de tiempo antes de volver a subir; separé un poco mis piernas, esto captó su atención de inmediato, se quedó mirándome la concha fijamente y su pene se puso más duro. Admito que me mojé. No sé si la calentura se debió al hecho de estar desnuda frente a un hombre, o si fue por la sensación de empoderamiento que me daba la situación. Posiblemente se deba a las dos cosas.

―Yo…

―Esperá, que todavía no terminé, ―le dije con severidad―. Sé que Luisa debió estar haciendo algo raro con vos, antes de que entraran. ¿Qué fue lo que pasó? ―Ya lo sabía, pero quería escucharlo de él.

―N… no pasó nada.

―Mirá, Pablo, yo soy una mujer grande y tengo mucha experiencia en estos temas ―Lo primero era cierto, lo segundo, no tanto―. ¿Te creés que yo no sé qué pudieron estar haciendo justo antes de entrar? No me mientas, porque es peor. Te vi entrar con el pito duro… es más, todavía lo tenés duro. ¿Me vas a decir que es casualidad?

―Bueno, es que yo… ella… ella quiso, yo no la obligué a nada.

―¿Te la chupó la verga? ―Pregunté. Por primera vez me miró a los ojos, pero estaba más confundido que antes―. Estoy segura de que eso pasó. Sé muy bien cómo son esas situaciones. Un chico y una chica en un auto, de noche… yo también he estado en esas situaciones. ―Me invadió la fuerte necesidad de sincerarme con él. De ser explícita―. Más de una vez tuve que hacer lo mismo que hizo Luisa. ―Esto pareció impactar mucho a Pablo―. No soy tonta, sé qué pasó; pero si querés que empecemos con buen pie, te sugiero que no me mientas. ¿Te la chupó? Contestame.

―S… sí ―agachó la cabeza otra vez.

―Ya veo. Así me gusta, que digas la verdad. ―Estaba muy caliente, el corazón me latía muy deprisa. Estaba disfrutando mucho del interrogatorio y de sus miradas mal disimuladas―. ¿Y cuáles son tus intenciones con mi hija? ―Mantuvo la cabeza agachada y no respondió―. ¿Podés dejar de mirarme tanto la concha? No es mi culpa que ustedes llegaran cuando yo andaba desnuda por mi propia casa…

―Perdón… perdón, señora. No quise ofenderla. Es que… ―apartó la mirada, y la fijó en un punto aleatorio de la pared―. Es que me pone un poco nervioso que usted esté desnuda.

―Más nerviosa me pone a mí, que lleguen sin avisar. Para colmo entrás con la verga dura… y me tengo que estar haciendo la idea de que tuviste a mi hija en el auto, comiéndote la verga. ¿No te parece que ese es suficiente motivo como para que yo esté incómoda?

―S… sí… perdón. Es que…

―No respondiste mi pregunta. ¿Qué intenciones tenés con mi hija?

―Em… si le digo se va a enojar.

―Más me voy a enojar si me mentís. Me hago una idea de qué está pasando entre ustedes; pero prefiero que seas sincero y me lo digas.

―Yo… yo la invité a mi casa.

―Para coger… me imagino ―él volvió a quedarse mudo―. Mirá, no soy tonta. Conozco a Luisa. A veces hablo con ella sobre estos temas. Sé bien cómo es. Si ella te chupó la verga, seguramente ya se habrá dejado coger… porque no es de las que se conforman con un pete. ―Mientras más explícitas eran mis palabras, más me calentaba. Podía sentir la humedad acumulándose en mi concha―. Lo sé muy bien porque yo soy igual, creo que es de familia. ―Pablo me miró a los ojos, con la cara llena de sorpresa―. Y si mi hija se parece a mí en otra cosa, vos debés estar bien dotado. Yo sé que vos te querés llevar a mi nena, para coger con ella. Pero no me importa, siempre y cuando me prometas que la vas a tratar bien.

―S… sí, la voy a tratar bien. Lo prometo.

―Perfecto. ¿Y te la vas a coger bien? ―Le pregunté acercándome mucho a él―. Contestame. ―Él no respondió―. Veo que la tenés re dura. ―Posé mi mano en su bulto. Me desconocía completamente, ni siquiera sabía qué me impulsaba a actuar de esa manera; pero era un impulso demasiado fuerte como para poder resistirse―. ¿Se la vas a meter toda? ―Apreté su verga con más fuerza.

Miré a Pablo con una sonrisa picarona, mientras le desprendía el pantalón. Había perdido completamente la compostura. Sabía que mi juego estaba yendo demasiado lejos; pero mi abstinencia sexual no me permitía detenerme. Liberé su pija del pantalón, y empecé a acariciarla y a presionarla con fuerza. Esto hizo suspirar a Pablo.

―Bien ―dije, soltando su verga―. Creo que pasaste la prueba. Ahora que estamos más en confianza… ¿te puedo pedir un favor?

―¿Qué favor?

Él estaba algo asustado, pero si conozco a los hombres la mitad de lo que creo conocerlos, puedo decir que le gustó mi actitud. Le agradó que le agarrara la pija de esa manera. No hizo ningún intento por cubrirse, la dejó fuera del pantalón, bien parada; apuntando hacia mí.

―Antes de que ustedes llegaran, me estaba haciendo tremenda paja ―dije, casi en un susurro―. Me interrumpieron, y me quedé con una calentura tremenda. Pero bueno, ese no es el caso. Lo que ocurrió fue que yo, como una boluda, decidí meterme uvas dentro de la concha… y quedaron ahí. No puedo sacarlas. Así que… ¿me podés meter los dedos en la concha? Vos tenés dedos largos…

Tragó saliva y pude ver cómo su verga daba un pequeño saltito.

―¿Esto también es parte de alguna prueba?

―No, de verdad que no. Lo de las uvas en serio, y me tiene preocupada. Logré sacar un par… y tal vez esas eran todas; pero no me voy a quedar tranquila hasta estar segura. ―Le agarré la mano y la dirigí hacia mi concha―. Dale… te vas a coger a mi hija; lo mínimo que podés hacer por mí es ayudarme con esto. ―Pude sentir la yema de sus finos dedos acariciando mis gruesos labios vaginales―. Dale, sin miedo, meteme los dedos bien adentro de la concha.

Por suerte el chico no era ningún quedado, ya le había quedado claro que yo estaba hablando en serio. Tal vez también pensó que él podía aprovecharse de esa situación. Me devolvió la sonrisa picarona, y comenzó a acariciarme la concha como si su única intención fuera masturbarme. Esta vez la que suspiró fui yo. Estaba demasiado caliente, y hacía tiempo que un hombre no me tocaba de esa manera… bueno, un hombre que no fuera mi hijo.

Tengo que reconocer que Pablo sabía cómo tocar a una mujer. Sus dedos se movieron con suavidad, buscando mi clítoris y acariciando mis labios vaginales.

―Si lo que intentás es lubricarme, te aseguro que estoy bien mojada. La calentura no se me pasó. Así que, meté los dedos sin miedo, que van a entrar muy bien.

Separé levemente mis piernas y él me clavó dos dedos, tan adentro como pudo. Empezó a meterlos y sacarlos rápidamente. Me dio la impresión de que no le importaba demasiado buscar las uvas, el pibe me estaba haciendo una paja… y una muy buena. Mi mano, picarona, buscó su pija. Yo también podía jugar a ese juego.

Empecé a masturbarlo lentamente, y le dije:

―Eso, así… buscá bien adentro. Sin miedo… me han metido cosas más grandes por la concha.

Esto pareció entusiasmarlo, porque sacó los dedos, me dio una buena frotada en el clítoris, y después clavó de a tres a la vez. Mi concha estaba de fiesta, y mi mano no perdía la oportunidad de recorrer todo ese falo masculino, desde el glande hasta los huevos.

Levanté un poco una de mis piernas, permitiéndole explorar con mayor libertad. Su pulgar no dejaba de frotarme el clítoris.

―Uf… ahora entiendo lo bien lo que la habrá pasado Luisa mientras te chupaba la pija… si la tocaste así, se habrá puesto como loca.

―Ella me puso como loco a mí… la chupa muy bien.

―Debe ser que lo heredó de mí. Yo también soy una buena petera.

Sabía que había entrado en otro terreno, las insinuaciones habían quedado detrás. Ahora lo único que me interesaba era pasar a la acción.

Me agaché ante él y, sin darle ningún aviso, me la metí en la boca. No se comparaba en tamaño a la de mi hijo, pero sí estaba muy buena. No quise mirar para arriba, por vergüenza, pero me aferré a ese miembro con una mano y empecé a mamarla como una experta.

Estaba motivada, por dos grandes razones. La primera era que llevaba mucho tiempo sin chupar una pija, y mi desesperación me llevó a comérmela como una actriz porno. Salivando mucho, llegando a atragantarme con toda esa carne. Manteniéndola bien metida dentro de la boca. Mi segunda motivación era mi propia hija. Sentía una especie de orgullo maternal al saber que ella era buena petera; pero quería demostrar que yo también sabía cómo chupar una pija.

No sé cuánto tiempo estuve metiendo y sacando esa pija de mi boca; sólo sé que Pablo no se quejó en ningún momento.

―¡Ah, bueno! Veo que no perdés el tiempo.

Miré a mi derecha, allí estaba Luisa de pie, con los brazos en jarra. Me asusté mucho y comencé a balbucear alguna explicación, pero ella no parecía estar enojada; por el contrario, sonreía.

―Si es por mí, no hace falta que pares ―me dijo.

La quedé mirando y le di una tímida lamida al glande. Ella me hizo una seña con su mano, invitándome a que siguiera adelante. Metí el glande en mi boca y lo lamí. Luisa seguía sin dar señales de enojo. ¿De verdad no le molestaba que le chupara la verga a su…? Allí recordé que en realidad ese no era su novio, sino un “amigo”. Tal vez ella no estaba demasiado vinculada emocionalmente a él, por eso no le importaba que yo le mamara la verga.

Con más confianza, reanudé mi mamada. Estaba muy sorprendida por la actitud de mi hija; sin embargo mi sorpresa no hacía más que comenzar.

Luisa se agachó a mi lado y sacó su lengua. Dio una lamida a la parte del tronco que no estaba dentro de mi boca. Quedé boquiabierta y al hacerlo liberé el pene. Ella aprovechó para tragárselo. Al parecer a ella también le había afectado mucho la charla que habíamos tenido minutos antes. No sabía qué estaba pasando por su cabeza, pero la noté decidida. Empezó a chupar la pija con tanta soltura como lo había hecho yo.

Miré hacia arriba y la sonrisa de felicidad de Pablo era indescriptible, nunca en mi vida había visto a alguien tan contento. Me reí. La noche marchaba muy bien para el pibe. Luisa le había hecho un pete en el auto, y ahora recibiría una mamada a dúo, de una madre y una hija. Seguramente esa debía ser una de las más grandes fantasías eróticas que podía tener un hombre heterosexual.

Después de chupar unos segundos, mi hija apartó la cara. No tuvo que deci nada, yo entendí perfectamente cómo haríamos esto. Empecé a chupar; pero no me entretuve mucho tiempo. Solo la metí hasta el fondo de mi garganta dos o tres veces, y luego se la cedí a ella; que hizo lo mismo. Fuimos adquiriendo un buen ritmo, en perfecta sincronía. Mientras ella se la metía en la boca, yo lamía los testículos o el resto del tronco. Luego intercambiamos lugares. Jamás imaginé que mi hija pudiera chupar pijas con tanta naturalidad… ¡y frente a su madre! Pero seguramente ella también estaría sorprendida de que yo accediera a hacerlo.

Empecé a masturbarme y a entrar cada vez más en calor. Me agradaba mucho el sexo oral y el compartir de ese momento con mi hija, tenía un gustito extra que me agradaba. Sabía que no deberíamos estar haciéndolo; pero ninguna de las dos mostraba la intención de detenerse.

Estuvimos concentradas bastante tiempo en esa tarea, hasta que yo dejé de chuparle la verga a Pablo. No podía resistirme más, la necesitaba dentro de mí. La calentura me estaba desbordando.

―Pablo me estaba ayudando con el asunto de las uvas…

―¿Ah sí? ¿Por eso le estás comiendo la pija? ―Preguntó ella, con una sonrisa picarona.

―Bueno, eso fue porque no aguanté la tentación… el chico tiene una buena verga; pero todavía necesito que me saquen las uvas…

―Ya entendí, vos seguí chupando tranquila. Yo te ayudo con las uvas.

―¿Segura?

―Sí, sos mi mamá. Te voy a ayudar con esto, ya te lo dije.

Me puse en cuclillas, con las piernas bien separadas. En mi mano tenía la pija de Pablo. Luisa se acostó bocabajo, en el piso, con la cara apuntando hacia mi concha. Empezó a explorarla con sus delicados dedos.

Cuando Fabián hurgó en mí, me sentí muy extraña; pero ahora se sentía todo incluso más raro. Tenía a mi hija metiéndome dedos en la concha, y al mismo tiempo estaba disfrutando de una pija en la boca… y no quería dejar de disfrutar.

Al menos Luisa sí parecía más concentrada en buscar las uvas. Se quedó allí, explorando mi intimidad, con mucha concentración. Yo seguí con mi tarea de comerme esa pija y lamer cada rincón de ella. Envidiaba un poco a mi hija, ella podría disfrutar todo un fin de semana de una verga tan hermosa. Definitivamente tenía que hacer grandes cambios en mi vida. Yo también tenía que conseguirme un buen amante, con una buena pija.

―A pesar de que tenés la concha re abierta ―dijo Luisa―, no puedo sacar ninguna uva. Tal vez ya salieron todas… o quedó alguna muy adentro.

―Puede ser ―dije, mientras pasaba toda la verga por mi cara―. Pero ahora mismo me tiene más preocupada otra cosa…

―¿Qué cosa?

―La calentura que tengo. No doy más… hace mucho que me meten una buena pija.

Me puse de pie y le di la espalda a los dos. Me incliné delante de la mesa, y apoyé mis grandes tetas en ella. Separé mis nalgas, exponiendo toda mi concha, y le dije a Pablo:

―¿Por qué no me mostrás cómo cogés? Quiero estar segura de que mi hija la va a pasar bien con vos.

Miré de reojo, Luisa no había perdido el tiempo, ya estaba comiendo verga otra vez; pero se detuvo y me miró. Con una sonrisa y un gesto de la mano le indicó a Pablo que hiciera lo que yo le pedía.

Mi hija ya me había visto chupando una verga, ¡y la habíamos chupado juntas! Estaba tan caliente que poco me importó que me viera coger.

Ni bien el pibe me la clavó, solté un fuerte gemido. Como tenía la concha muy húmeda y muy abierta, pudo metérmela toda de una sola vez. No me dolió, pero sí la sentí. El gemido no sólo simbolizaba el placer, sino que era también un gran gesto de alivio, por todo el tiempo que me había pasado sin una verga de verdad.

―¡Ay, por fin! ¡Cogeme bien fuerte! ―le pedí.

Pablo me tomó por la cintura y empezó a darme con todo lo que tenía. Su verga se enterraba completa y salía con total facilidad. En ese momento no me preocupó que pudieran quedar uvas adentro, ya que estas debían estar bastante profundas y la verga del pibe no llegaba tan lejos. Incluso, tal vez, con tanto bombeo, las uvas podrían llegar a salir solas.

«¡Al fin, una pija de verdad!», pensaba mientra s él me la metía. Tal vez no fuera el mejor del mundo, pero hacía su trabajo, al menos le ponía ganas. Yo sólo quería sentir una buena verga entrando y saliendo de mi concha, lo demás no me importaba.

Sentí una mano apoyándose en una de mis piernas. Giré la cabeza para ver hacia atrás y descubrí que Luisa se había agachado a mi lado y estaba metiendo la cabeza entre mis nalgas y el pubis de Pablo. No tuve que ponerme muy creativa para darme cuenta de que le estaba lamiendo los huevos y, posiblemente, parte de la pija. Pude sentir el cachete izquierdo de mi hija apretado contra mi cola, esto se debía a que Pablo le empujaba la cabeza contra mí cada vez que me penetraba; pero si a ella no le molestaba, a mí tampoco.

Las embestidas del amante de mi hija prosiguieron, yo cerré los ojos y me dediqué a gemir y a disfrutarlas. Hasta que de pronto sentí un húmedo cosquilleo en uno de mis labios vaginales. Abrí los ojos, sorprendida. Ese cosquilleo volvió a producirse, era algo húmedo tocándome. Caí en la cuenta de que se trataba de la lengua de Luisa. Tal vez en su afán por lamer la verga, había tocado sin querer mi vagina.

Cuando el pene retrocedió, volví a sentir ese cosquilleo, y otra vez cuando Pablo volvió a metérmelo. El corazón me dio un vuelco, se sentía muy bien. Sabía que era la lengua de mi hija y que lo hacía sin intención; pero de todas maneras se sentía muy bien. Lamió una vez más, mi concha estaba muy mojada, por lo que Luisa debía estar saboreando mis jugos. Otra más. Gemí. Una lamida más, pero esta vez fue más lenta… y le siguió otra.

Me costaba creer que lo estuviera haciendo sin querer. Pablo se detuvo y sacó toda su verga, dejando mi concha expuesta. La lengua de mi hija volvió a acariciarme el mismo labio vaginal. Me calenté aún más. De pronto sentí una fuerte succión. Luisa me había dado un tremendo chupón en la concha. Giré mi cabeza y la miré, con dificultad.

―Hija… ¿qué hacés?

―Perdón, mamá… no es nada raro, es que se me ocurrió que con la succión las uvas podrían salir.

―Ah, bueno… em… eso tiene sentido.

―¿Entonces, sigo?

―¿No te molesta? Soy tu mamá…

―Solamente lo hago para ayudarte con este problema.

―Em… bueno, si es por eso… entonces podés seguir.

Para brindarle mayor comodidad en su tarea, levanté mi pierna izquierda y la puse sobre la mesa. Requirió un gran esfuerzo hacerlo, pero lo conseguí. Ya no tengo veinte años, mi flexibilidad no es la misma que antes. Ahora mi concha estaba más expuesta.

Luisa volvió a lamer mi vagina, esta vez se tomó su tiempo, lo hizo lentamente, sin despegar la lengua, partiendo desde el clítoris hasta el otro extremo. Luego empezaron las fuertes succiones. Nuna antes me habían chupado la concha de esa manera. Mi hija lo hacía tan bien, con tanta destreza, que me resultó evidente que no era la primera vez que comía una concha. Eso tenía sentido… alguna vez llegué a sospechar de que ella tenía algunos jueguitos extraños con sus amigas, cuando se encerraban en su cuarto. A veces las escuchaba reírse a carcajadas, y luego se hacía el silencio… para dar paso a una especie de jadeos. Más de una vez estuve tentada a interrumpir lo que podrían estar haciendo; sin embargo no lo hice, por vergüenza. No quería descubrir que a mi hija le gustaba chupar conchas.

Pero ahora, que todas mis sospechas prácticamente se convirtieron en certezas, no me molestaba que Luisa le chupara la concha a alguna de sus amigas. Si a ella le gustaban esas prácticas, entonces estaba en todo su derecho poder disfrutarlas.

La puntita de su lengua me rozó el clítoris y me hizo soltar un fuerte gemido de placer. Pablo volvió a clavarme la pija, sin pedir permiso. En lugar de reprocharle su acción, usé una mano para abrir más mis nalgas. Fue una invitación a pasar, y él la aceptó. Luisa no se quedó fuera del juego, comenzó a darme rápidas lamidas, de abajo hacia arriba, a todo el largo de la concha, quedándose siempre del mismo lado; porque la verga de Pablo seguía entrando y saliendo y le impedía cruzar. Sin embargo ella pudo lamer cómodamente mi clítoris. De pronto le dio un fuerte chupón a mi botoncito, y me hizo estremecer.

Bajé la pierna de la mesa y me di la vuelta. Luisa se saltó como un resorte y me quedó mirando. Noté miedo en sus ojos.

―Me estaba doliendo la pierna ―dije, acariciándome el muslo. No quería que ella se sintiera mal.

Tampoco quería que se terminara la cogida que me estaba dando Pablo. Me senté en el borde de la mesa y separé las piernas. No tuve que decirle nada al pibe, él se acercó y me clavó otra vez. Luisa también se acercó, dubitativa. Me miró con sus ojos muy abiertos e hizo un amague por bajar la cabeza. Era muy tarde para arrepentirse. Puse una mano en la parte posterior de su cabeza y la guié hasta mi concha. Ella comenzó a jugar con mi clítoris, utilizando la punta de lengua, la cual estaba muy estirada fuera de su boca. Se me cerraron los ojos, por el placer. No quería pensar en lo que realmente estaba ocurriendo, sólo quería disfrutarlo. Esta vez mi calentura fue aún mayor, porque podía verla lamiéndome la concha. Aunque su lengua no sólo se interesaba en mi sexo, sino que también recorría el pene de Pablo, recolectando el flujo vaginal que éste extraía de mi cuevita.

Nunca en la vida había experimentado algo similar, mi cuerpo apenas podía contener tanta calentura. Mi hija cerró sus labios alrededor de mi clítoris y comenzó a chuparlo.

―¡Ay, sí! Así… así ―empecé a repetir.

La verga abandonó mi concha y Luisa aprovechó ese instante para metérsela en la boca. La saboreó durante unos segundos y luego la liberó. Ésta volvió a clavarse en mi agujero y la boquita de mi hijita regresó a mi clítoris.

Gemí descontroladamente.

―¡Chupá, chupá! ―Comencé a alentarla.

Ni yo podía creer mis palabras, no estaba pidiéndole a Pablo que me cogiera con más fuerza, sino que le estaba pidiendo a mi hija que me comiera el clítoris.

El pibe retrocedió, sacando toda su vega. Luisa se agachó delante de mí y hundió su cabeza entre mis piernas. Su lengua se encerró en mi húmedo huequecito y comenzó a moverla. Ya no se trataba de brindarme algún “estímulo extra”, ahora lo único que recibía eran las chupadas de mi propia hija. No podía pedirle que se detuviera. No quería que se detuviera. Nunca me la habían chupado de esa manera, y me volvía loca.

Bajé la mirada y me encontré con los grandes ojos de Luisa, nos quedamos mirando fijamente. Ella tenía su boca pegada a mi concha y chupaba sin despegarse. Sólo con la mirada le di a entender que me gustaba mucho lo que hacía.

Pablo se quedó de pie a mi lado, mirando la escena con una gran sonrisa. Apuesto toda mi casa a que nunca se imaginó que esa noche vería algo como esto.

Luisa continuó chupándome la concha con alevosía, los minutos pasaban y ella no me soltaba; yo tampoco dejaba de gemir. Nunca me había imaginado que una de mis mayores experiencias sexuales pudiera provenir de la boca de mi propia hija.

―Pará, pará, Luisa ―le dije cerrando las piernas. Ella se puso de pie.

―Mamá, perdón… sé que esto se ve raro; pero yo sigo intentando sacar las uvas.

―Está bien. Te dije que pares porque es muy incómodo estar sentada en esa mesa. Mejor me siento en el sillón.

Me acerqué hasta el gran sofá que había contra la pared, y me dejé caer en él. Levanté mis piernas y posé los pies sobre los suaves almohadones. Le hice señas a mi hija para que se acercara, ella sonrió y sin decir nada, se arrodilló una vez más frente a mí y comenzó a chuparme la concha. También le indiqué a Pablo que se nos uniera. Agarré su verga y la llevé a mi boca. Comencé a mamarla al mismo ritmo en que mi hija me comía la raja.

Con un ojo miré hacia abajo y noté que ella también tenía las piernas abiertas, la corta pollerita se le había levantado y había hecho a un lado la tanga. Se estaba masturbando copiosamente.

Pasados unos minutos Pablo anunció:

―Estoy por acabar.

―Mejor ―le dije―. Quiero tomarme toda la lechita.

―Yo también quiero.

Luisa dejó de chuparme la concha para llevar su cabeza hasta la verga. Una vez más nos vimos las dos mamando juntas ese falo; pero esta vez tenía sus ágiles dedos masturbándome. No podía ser tan egoísta y no devolverle el favor a mi nena. Con mi mano izquierda acaricié su cola y busqué su concha. Sin asco, se la acaricié. La tenía muy caliente y mojada. Le metí dos dedos y éstos entraron con facilidad. Ella chupaba la pija de Pablo con los ojos cerrados, mientras yo hacía lo posible por lamer el tronco.

De pronto ella sacó la verga de su boca y ésta comenzó a escupir leche en grandes cantidades. Nuestras lenguas se peleaban por recolectar la mayor cantidad posible. Tragué todo lo que pude y luego sentí la lengua de mi hija en mi mentón. Ésta subió hasta mis labios y se coló dentro. Comenzamos a besarnos y a intercambiar semen, sin dejar de masturbarnos mutuamente.

Cuando el apasionado y húmedo beso terminó, le dije:

―¿Me das otra chupadita? Estoy por acabar… puede que eso ayude a que las uvas salgan de una vez.

―Sí, yo te la chupo.

Se agachó una vez más y reanudó su excepcional trabajo. Metí la verga de Pablo en mi boca y limpié de ella los últimos rastros de semen.

―Si te chupo el culo, ¿eso te ayudaría a acabar más rápido? ―la pregunta de Luisa me descolocó; pero no podía responderle de otra manera.

―Sí. Definitivamente me ayudaría mucho… tengo la cola muy sensible.

―Entonces date vuelta.

―¿De verdad? ¿No te molesta chupar un culo?

―Mamá, no vas a ser la primera mujer a la que le chupe el culo, ni la última. Ya le chupé el orto a varias de mis amigas.

―Me parecía… se te nota la experiencia comiendo conchas.

―Bueno, creo que esa fue mi forma poco sutil de decirte que soy medio lesbiana. Me encanta la concha… bueno, la pija también. Me gusta todo. Me gusta coger.

―Y me alegra mucho que tengas amigas con quién disfrutar de eso. Bueno, estoy dispuesta, si vos también lo estás.

―Sí, date vuelta.

Hice lo que me pidió. Me puse de rodillas en el sofá y apoyé mis brazos en el respaldar. Casi de inmediato Luisa hundió su cara entre mis nalgas. Su lengua buscó rápidamente mi culo, éste se resistió un poquito, pero terminó cediendo ante las incesantes lamidas. Era la primera vez que me chupaban el culo y me lo estaban haciendo de maravilla. Luisa demostró ser una experta en sexo oral. Su lengua no se olvidó de mi concha, ya que ésta también recibió muchas lamidas. Comencé a masturbarme mientras ella volvía a centrarse en mi culo.

No pasó mucho tiempo hasta que pude comenzar a gozar de una seguidilla de orgasmos, algunos de los más ricos que experimenté en toda mi vida. Mi hija no dejó de lamerme ni por un segundo.

Cuando me di la vuelta, ella estaba con los ojos cerrados, masturbándose intensamente. La miré con una gran sonrisa en la cara y la dejé acabar. Sabía, por la expresión en su rostro, que ella estaba disfrutando de un intenso orgasmo.

Acumuló aire en sus pulmones y por fin lo dejó salir, en forma de un hermoso suspiro de placer.

―Eso fue de locos ―dijo entre jadeos―. De locos, pero mal.

Comencé a sentirme avergonzada por la forma en que había actuado y por lo permisiva que había sido con mi hija. No quería que ella se sintiera de la misma manera, por eso hice el comentario más positivo que se me ocurrió:

―A mí me gustó.

Ella me miró y me regaló una cálida sonrisa.

―Me alegro. Pero… me da pena que no haya servido para sacar las uvas. Tenía esperanzas de que fuera a funcionar.

―Eso no importa, al menos me ayudaron… y más de lo que se imaginan. Yo me voy a encargar de sacar las uvas. No te preocupes. Ustedes tienen que irse. No quiero robarles más tiempo.

―Pero…

―Nada, Luisa. Vayan tranquilos ―intenté mostrarme lo más alegre posible―. Además, después de esto estoy fundida. Necesito dormir. Antes voy a ir a algún ginecólogo de turno, para que me revise bien. Así me quedo tranquila.

Todo era una treta para que ella se fuera lo más rápido posible. No tenía intenciones de ir al médico, cuando en casa quedaba otra persona que me podía ayudar. Sabía que habíamos sido partícipes de algo demencial, y no quería hablar del tema en ese preciso momento. No quería que nada me arruinara la hermosa experiencia que había tenido.

―Vayan ―volví a decirles―. Después me cuentan qué tal la pasaron.

Luisa se resignó, pero no se enojó. Se despidió de mí con un fuerte abrazo y me dio otro beso en la boca. ¿Esa sería la forma en la que nos saludaríamos de ahora en adelante? Pablo también quiso darme un beso, pero me aparté. Riéndome le dije que se los reservara para mi hija. Él no comprendió, pero Luisa tiró de su brazo y lo arrastró fuera de la cocina-comedor.

Poco después los escuché salir de la casa.

Me quedé sentada en el sillón, con la cabeza a punto de estallar. Debía procesar demasiada información. De pronto recordé las malditas uvas y a mi hijo.

―¡Fabián, ya podés salir! ―grité.

Salió, completamente desnudo, pero su verga estaba flácida y se hamacaba como la trompa de un elefante. Soy su madre y puedo reconocer cuando mi hijo está enojado. Pero esta vez, enojado era poco. Estaba furioso. Imaginé que le su molestia se debía a todo el tiempo que tuvo que quedarse escondido, y desnudo; como si fuera un criminal escapando de la policía.

―¿Me vas a ayudar a sacar las uvas? ―Le pregunté, con la intención de calmarlo.

―¿Por qué no le pedís a Luisa y a su noviecito que te las saquen?



Caminó delante de mí, hecho una furia. Se fue directo hacia su cuarto y se encerró, dando un portazo que resonó en toda la casa.

2 comentarios:

Fake Famosas dijo...

Mil gracias por esta versión, más detallada e intensa.

Unknown dijo...

👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻