Capítulo 01.
Destino Navideño.
La Navidad de 2021 fue… para el olvido. La idea era hacer un viaje en familia, lejos de la casa donde estuvimos encerrados más de un año y medio. No sería un viaje muy largo, el destino era Punta del Este. Lo había elegido Macarena, con la esperanza de repetir algunas de sus aventuras sexuales en la playa, al menos eso creo yo. Logró convencernos a todos y había un gran entusiasmo por nuestro primer viaje “post-pandemia”. Teníamos los bolsos preparados cuando el 22 de Diciembre a mi madre le dio un ataque de nervios.
Se encerró en su cuarto a llorar y dijo que no quería ir, porque tenía un mal presentimiento. El Covid aún estaba allá afuera y por más que ya tuviéramos dos dosis de la vacuna, ella no quería arriesgarse.
Creíamos que la crisis se le iba a terminar en un par de días, pero llegó nochebuena y nos agarró a todos encerrados en la misma casa de nuestro confinamiento.
Se notaba el malestar general en las caras de todas mis hermanas. Intenté ponerle la mejor onda. Desistí porque todas se hartaron de mis malos chistes sobre Papá Noel quedando atascado en el ventiluz del baño, porque no tenemos chimenea.
La cena estuvo bien, gracias a que Gisela y Cristela consiguieron cordero en una carnicería de no sé donde, y lo hicieron al horno. De no ser por ellas, hubiéramos tenido que cancelar la navidad.
Hicimos mal en creer que Alicia había cambiado al cien por ciento después de todo lo que nos pasó durante la cuarentena. Sus fobias siguen estando allí. A pesar de que intenta llevarlas lo mejor posible, de vez en cuando tiene una de estas crisis.
Ya pasó un año de esa triste navidad. Nadie estaba haciendo planes para viajar a ningún lado, porque los considerábamos inútiles. Por eso nos sorprendimos cuando el quince de noviembre de 2022 Alicia soltó, en medio de una cena familiar, una frase que rompería con la monotonía:
—Siempre quise disfrutar de una navidad con nieve… y este año lo voy a hacer.
Se produjo un silencio incómodo donde todas dejaron de comer. Yo seguí tragando puré con milanesas, pero sin dejar de mirar a Alicia con la misma expresión de desconcierto que mis hermanas. A mí el asombro no me quita el hambre.
—¿Para qué? —Preguntó Macarena—. ¿Para cancelarlo a último momento y que no nos reintegren los boletos de avión?
La mirada de Alicia se quedó perdida en su plato. Dicen que en momentos como éste la tensión se puede cortar con un cuchillo. Yo creo que Alicia en realidad quería cortar otra cosa.
—Para ser futura psicóloga sos muy poco pedagógica —intervino Tefi.
Ella no vive con nosotros, participa en las cenas familiares cuando se harta de la comida de delivery. Meses viviendo sola y todavía no sabe hacer ni un huevo duro. No es que la esté criticando, lo más complejo que cociné en mi vida fueron unos fideos con manteca. Una obra de arte abstracto a la que llamé: “El apelmazamiento del glúten”. Pero, en mi defensa… yo no vivo solo. Casi nunca tengo la necesidad de cocinar… o hacer algo.
—No quiero pelear —dijo Maca, lo cual es raro, porque ella siempre quiere pelear—. La idea me gusta. Solo quiero estar segura de que esta vez vamos a hacer el viaje —miró a Alicia, con cara de pedir perdón—. Si de verdad querés hacerlo, podés contar conmigo.
Alicia la miró de reojo y en sus labios se dibujó una tenue sonrisa. Estas dos se pelean todos los días, pero es innegable que se quieren mucho. Quien no me crea, puede verlas cogiendo. Sacuden la cama como si fuera un lavarropas a punto de reventar.
Sí, ya sé. Es una madre cogiendo con su hija, es algo a lo que creí que me acostumbraría; pero en realidad no. Creo que es una de esas cosas de la vida que uno simplemente nunca podrá ver como “normales”. Aunque… me encanta verlas coger. En especial cuando me permiten participar. Lo cual no ocurre tan seguido como a mí me gustaría.
Es difícil de explicar, pero después de meses de desenfreno sexual, mi familia entró en un estadío de “Esto está mal y no deberíamos hacerlo”. Así que se supone que nadie está cogiendo con nadie. Peeeero…. a veces la tentación es más fuerte. Ahí surgen pequeños episodios que se hacen a escondidas. Porque si alguna de mis hermanas sorprende a Alicia cogiendo con una de sus hijas… o conmigo, empiezan los reproches. “¿Por qué con ella sí, y conmigo no?”; “Siempre dándole un trato especial a Nahuel, no cambiás más”. Siempre es para quilombo.
Al día siguiente empezamos con los preparativos para el viaje. Alicia se pasó varias horas elaborando una lista (demasiado larga) con todo lo que debíamos llevar. Había incluido abrigos especiales para la nieve, lo cual tiene sentido; pero también incluyó elementos de supervivencia. Botiquín; brújula; cantimplora; navaja suiza; linternas que puedan cargarse con dinamos. Todo lo necesario para vivir la fantasía de ser Rambo en la naturaleza. Sí, incluso añadió un cuchillo a la lista.
—No seas ridícula, mamá —le espetó Macarena—. No nos van a dejar subir con un cuchillo así al avión.
—Entonces vamos a comprarlo allá.
—¿Es realmente necesario todo esto? —Preguntó Tefi, mientras nos cebaba mates.
—Quiero estar lista para cualquier emergencia.
—Bueno, con Nahuel nos encargamos de los abrigos, ustedes compren todo el equipo necesario para matar a Depredador. —Me gustó esa referencia, con Tefi nos vimos todas las pelis de Depredador, descubrimos que nos gustan mucho—. ¿Vamos Nahuel?
Pasamos una larga jornada de compras. Ella cubrió todos los gastos, porque le está yendo muy bien con su negocio de Only Fans. Cada día tiene más suscriptores. Tal es su éxito, que pronto podría ser la única que mantenga a toda la familia. Por el momento no nos mantiene a todos, solo a mí. Algo que no me hace sentir como un parásito, porque yo también contribuí con las fotos que vende. A la única que le molesta que me pase todo el día sin hacer nada es a mi mamá.
Mientras estábamos haciendo las compras, recibimos mensajes de Pilar y Gisela al grupo familiar de Whatsapp. Yo no le doy mucha bola, porque Alicia prohibió las fotos “subidas de tono”, a pesar de que ella era una de las que más mandaba.
Pilar y Gisela pidieron que no las contemos para el viaje. Ellas tenían otros planes. No les creímos, seguramente era una excusa para no tener que organizar un viaje que seguramente se cancelaría a último momento. Cristela escribió poco después diciendo que Ayelén prefería ir a un destino con playa, y que ella la iba a acompañar. Eso me alegró mucho, no tenía ganas de aguantar a mi prima y sus quejas durante todo el viaje.
Para que Alicia no se desanimara por estos rechazos, Tefi, Macarena y yo le confirmamos que iríamos.
—Muy bien —contestó mi madre—. Me alcanza con no viajar sola.
Aún así, sé que le molestó que dos de sus hijas decidieran no ir.
Contra todo pronóstico, el viaje no se canceló. Alicia aseguró que tenía el plan perfecto. Subiríamos al avión y ella se tomaría un par de calmantes que le había recetado el médico. Y se despertaría justo después de aterrizar. Un plan sin fisuras.
—Siempre y cuando el avión no se caiga —le dije.
Era una broma, pero a ella no le hizo ni un poco de gracia. Macarena me dio un golpe en la nuca.
—No seas pelotudo, Nahuel. ¿Querés que le de otra crisis de nervios?
—Bueno, che… no es para tanto. Hoy en día es raro que un avión se caiga.
—Basta de hablar de aviones que se caen —intervino Tefi—. Si lo volvés a repetir, te doy una patada en las pelotas.
Como sé que cumple sus promesas, no volví a mencionar accidentes aéreos.
Nuestro destino era Alemania. Un pequeño pueblo turístico perdido en medio de un bosque. Ya teníamos reservada nuestra cabaña. Allí pasaríamos el resto de diciembre, y los primeros días de enero.
—Lo mejor de todo es que podemos pasear en la naturaleza —aseguró Alicia, con entusiasmo, mientras metía ropa en una valija—. Hay trayectos para hacer trekking que no son muy difíciles. También hay una pista de esquí cerca. La vamos a pasar genial.
Debo reconocer que el entusiasmo de Alicia nos contagió, incluso a Macarena. De pronto la idea de pasar una blanca navidad no parecía tan mala.
El vuelo fue tranquilo y el plan de mi madre funcionó a la perfección. El avión podría haber dado volteretas en el aire, y ella nunca se hubiera despertado. Con las tres pastillas que se tomó creí que dormiría hasta fin de año. Pero se despertó cuando la azafata le tocó el brazo, para avisarle que ya habíamos aterrizado.
Luego hicimos un trayecto en bus. Creí que sería muy largo, por eso de “un pueblito remoto, cerca de un bosque”. Pero Alemania no es un país muy grande. En menos de dos horas llegamos a nuestro destino. Y debo reconocer que era fantástico.
Había montañas rodeándonos, pobladas por bosques nevados. Aún se podían ver espacios verdes, pero seguramente la nieve se encargaría pronto de pintarlos de blanco. En la agencia de turismo local nos atendió la propia dueña. Era una de esas pequeñas empresas familiares. Hasta sus hijas estaba trabajando con ella. Tefi no hizo más que darme codazos en las costillas. Porque, a ver… permítanme explicarme.
La empresa de turismo estaba dirigida por una mujer que hablaba en español argentino, con un ligero acento alemán. Se llamaba Mandy y había vivido veinte años en Argentina. De hecho, sus dos hijas habían nacido ahí, así que técnicamente eran de la misma nacionalidad que nosotros. Y hablaban español tan bien como yo.
Pero no fue esto lo que me llamó la atención de Mandy y de sus hijas. Lo que me cautivó fue su belleza. Las tres parecían hechas con el mismo molde, aunque con sutiles diferencias. Eran rubias de grandes ojos azules, tenían el pelo muy lacio y la tez tersa y pálida. Parecían ninfas del bosque. Mandy era la que tenía el pelo más corto, justo por encima de los hombros. Y si no fuera por unas sutiles arrugas en la comisura de sus ojos y boca, pasaría como la tercer hermana.
La mayor se llama Valery, con Y. Tiene el pelo más largo y los labios más carnosos de las tres. También es la más simpática. Se la pasa sonriendo. Aunque sus ojos me dan un poco de miedo. A veces creo que sonríe para que la miren, y así poder robarte el alma con esos zafiros helados. Probablemente esté exagerando; pero aún así, hay algo en su mirada que me resulta inquietante.
Valery apareció de repente, mientras su madre nos daba los detalles de la cabaña.
—Te estábamos esperando —le dijo Mandy, en español. Lo hizo con una sonrisa, pero en esas palabras había un reproche mal disimulado.
—Perdón, perdí la noción del tiempo —su acento argentino era tan bueno como el mío o el de mis hermanas—. Estaba limpiando una de las cabañas.
—Ah, muy bien. Justo le estaba comentando a Alicia que tenemos lista la cabaña número…
—La cinco está perfecta, ahora nadie la está usando —interrumpió Valery—. Y está acá cerca, un par de cuadras. Les queda todo cerca.
—Gracias, pero preferimos una cabaña más tranquila —dijo Alicia—. Que esté cerca del bosque y de las montañas.
—Por eso mismo les ofrecí la cabaña catorce —dijo Mandy, esforzándose por mantener la sonrisa.
—¿La catorce? —Preguntó Valery.
—Es la que estuviste limpiando ¿cierto? —Dijo su hermana menor.
La más joven tiene dieciocho años. Se llama Elisa. Sí, como la obra de Beethoven: “Para Elisa”. Por eso cada vez que la veo empieza a sonar esa melodía en mi cabeza. Me pasa algo parecido cuando miro a Macarena…
“Heeey, Macarena…”
—Em, sí; pero… no sé si quedó tan bien.
—Es una cabaña a estrenar —dijo Elisa, con tono serio—. Todo tiene que estar perfecto.
Si Valey me da miedo, Elisa me da pánico. Esta ni siquiera sonríe. Se quiere comer tu alma, y ni siquiera lo disimula. Su madre la mira a cada rato, con una sonrisa tensa, como si le estuviera pidiendo “Por favor, sonreí frente a los clientes, no me hagas quedar mal”. Pero la chica ni se inmuta. Ella sigue seria. Nos sirvió chocolate caliente y si un robot hubiera hecho la entrega, hubiera sido más afectuoso. Aún así es preciosa, y no puedo dejar de mirarla.
Mandy le está explicando a mi mamá por qué la cabaña catorce es la mejor opción. No le presté mucha atención, yo estaba mirándole el culo a Elisa. Lo tenía bien empaquetado dentro de un jean ajustado, y las polainas de invierno le dan un atractivo particular a sus piernas.
De ahí los codazos de Tefi. Me pega para que disimule un poco. Intenté mantener mis ojos quietos, cuando me puse a tomar chocolate caliente con algunas masas dulces. Muy ricas, por cierto. Sin embargo, no podía dejar de preguntarme cómo se verían esas tres mujeres con menos ropa. Con esos pulóveres de invierno no se adivinaba demasiado de sus anatomías.
—Ya está todo listo —dijo Mandy—. Cuando terminen el chocolate, los llevamos a la cabaña.
Luego le dio instrucciones en alemán a sus hijas, para que la ayuden a cargar todos los víveres y las valijas en la camioneta. Me juego la cabeza a que, entre todas esas palabras, dijo: “Elisa, sonreí un poco, por favor”.
Alicia estaba preocupada porque aún no habíamos comprado el cuchillo. Yo le pregunté para qué quería uno. ¿Acaso tenía planeado luchar contra un lobo en el bosque? Ella insistió que era solo por precaución.
Partimos hacia las cabañas en un viaje que duró más de lo que me imaginaba. Creí que serían menos de diez minutos, pero tardamos casi una hora, serpenteando por caminos de montaña rodeados de bosques. El paisaje es espectacular, eso debo reconocerlo. Desde el viaje de egresados a Bariloche que no me encuentro con montañas nevadas tan bonitas como ésta. Ahora que lo pienso, Bariloche se parece mucho a Alemania. ¿Será por eso que hay tantos alemanes viviendo allí?
Apenas puse un pie fuera de la camioneta, la nieve crujió bajo mis botas y lo primero que vi fue la cabaña. Tenía ese estilo clásico de madera que uno espera en una postal alemana, pero se notaba que era nueva: las tablas aún tenían ese color tostado parejo y el barniz relucía.
Me llamó la atención un pequeño detalle en la galería: una guirnalda navideña colgada con una prolijidad casi exagerada, cada ramita artificial acomodada hacia el mismo lado. En la puerta, un moño rojo vibrante hacía contraste con todo lo demás, brindando un toque de optimismo al clima invernal.
Las ventanas tenían luces cálidas encendidas, no muchas, solo las suficientes para que pareciera habitada aunque yo sabía que estaba vacía esperándonos. Desde un alero colgaban dos campanitas plateadas que tintineaban con el viento, un sonido suave que rompía el silencio del bosque. A un costado vi una pila de leña perfectamente apilada, demasiado perfecta para ser casual; parecía hecha para impresionar al turista que recién llega.
Respiré hondo. La montaña detrás, los pinos cargados de nieve y esa cabaña arreglada para las fiestas me dieron la sensación de estar entrando en un escenario preparado especialmente para mí.
Macarena y Alicia estaban ayudando a las ninfas rubias a bajar el equipaje. Escuché a Tefi pidiéndome que lleve las cajas con provisiones; pero me distraje con algo.
Levanté la vista casi sin pensarlo, como si necesitara confirmar que el cielo seguía ahí arriba. Y sí: estaba, pero con una pinta poco amistosa. Las nubes avanzaban en bloque, densas, bajas, de un gris tan oscuro que parecían aplastarse unas contra otras. No tenían esa suavidad esponjosa de las nubes inofensivas; estas venían con una actitud más bien intimidante, como la de Elisa.
—¿Por acá llueve mucho? —Pregunté.
—Mmm… en esta época del año no es la lluvia lo que me preocupa —dijo Mandy, mirando las nubes—. Las tormentas de nieve pueden ser muy peligrosas. Les aconsejo que no salgan hasta que pase. Les muestro rápido la casa, no podemos quedarnos mucho tiempo. En cualquier momento puede empezar a nevar, y no es seguro manejar así.
Mandy abrió la puerta y entramos detrás de ella, sacudiéndonos el frío de encima. El interior tenía ese olor a madera recién cortada. Me dio una sensación inmediata de orden, casi de estreno. Quizás éramos los primeros en usar esta cabaña. Mientras avanzábamos, ella iba señalando cosas, y yo trataba de grabarlas en la cabeza para no andar perdido más tarde.
Primero nos llevó a una pequeña bodega que estaba en el subsuelo. No era una cueva misteriosa ni nada por el estilo: era limpia, iluminada, con estantes perfectamente alineados y víveres suficientes para tres meses. Conservas, pastas, agua, latas, frascos… todo etiquetado, todo en su lugar. Me sorprendió lo meticuloso del arreglo, como si esperaran una nevada que nos dejaría incomunicados hasta la próxima era del hielo.
Subimos otra vez y pasamos por las tres habitaciones. No eran grandes, pero cada una tenía su encanto: camas bien tendidas, muebles simples, mantas suaves dobladas con esa precisión casi militar que solo se consigue cuando uno quiere impresionar a un huésped. Tomé nota mental de cuál sería la mía, aunque ya sabía que iba a elegir la que estuviera más cerca del cuarto de Tefi. Mi madre no nos dejaría compartir habitación. Lo más probable era que Maca y Tefi compartieran la suya. Eso complica un poco las cosas.
Estudiar tanto de psicología hizo que Macarena empezara a cuestionarse sobre los peligros del incesto. Asegura que puede provocar traumas a corto y largo plazo. Y sí bien a veces cae a la tentación de sacudir la cama con Alicia, es la que convenció a mi madre de que todos esos jueguitos incestuosos debían terminar. Me sorprendió que fuera justamente ella la que pusiera el freno. Lo sentí como una traición. ¿Dónde quedó la Macarena alocada que solo quería disfrutar del sexo y pasarla bien? La extraño mucho.
La sala de estar era probablemente el corazón del lugar. Una chimenea amplia, lista para usarse, ya con un par de troncos acomodados como si estuvieran esperando la señal para encenderse. Había un sillón de esos que invitan a hundirse en ellos y quedarse ahí hasta que el clima decida portarse mejor.
Finalmente, la cocina comedor. Compacta, pero todo a mano: mesada impecable, vajilla nueva, una pequeña mesa de madera que parecía resistirse a la idea de ser manchada con algo tan mundano como salsa de tomate. No era una cabaña enorme, pero tenía ese aire acogedor que hace que uno piense que, si el mundo se descontrola allá afuera, acá adentro todavía se puede respirar tranquilo.
Volví a la habitación que me había interesado. Quería reclamarla como mía, antes de que alguien se me adelantara. Entré y le di un gran susto a Valery. Ella cerró con un portazo el ropero y se quedó mirándome con los ojos muy abiertos.
—Perdón, no quería asustarte.
—Ay, no pasa nada —mostró una simpática sonrisa mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja—. Estaba limpiando un poco —Me mostró el trapo que tenía en la mano.
Miré la habitación y resplandecía de limpio. Solo había una sutil diferencia: el aroma. Esta habitación no olía a pino artificial como las demás. Tenía… no sé, un olor que me resulta familiar pero que no puedo precisar.
—Uy, qué olor a concha que hay en esta pieza… ¡Ay, perdón! —Era Tefi, haciendo una de sus bromas tontas. Siempre me costó entender su sentido del humor—. No vi que estabas acá —Valery la miraba pálida, si es que se puede ser más pálida—. Fue un chiste de mal gusto, perdón.
—Emm… si quieren puedo tirar un poco de desodorante —la pobre parecía a punto de llorar.
—Sos una pelotuda, Tefi. La hiciste poner incómoda. No te preocupes, Valery. La habitación está tan limpia que hasta mi madre te daría un premio… y mirá que ella es muy obsesiva con la limpieza.
La hice sonreír otra vez.
—Perdón, Valery, en serio —dijo Tefi—. Creí que mi hermano estaba solo. Si te hubiera visto, nunca hubiera dicho eso.
—Está bien, no se preocupen. Sé cómo pueden ser las bromas entre hermanos. Elisa tiene mucho sentido del humor.
¿Estará hablando de otra Elisa, que casualmente también es hermana suya?
—Esta es mi pieza —dije, mirando a Tefi, porque ya podía adivinar sus intenciones—. Tengo unas vistas espectaculares.
Me acerqué a la ventana. Era una postal en movimiento. Árboles nevados, montañas imponentes… y nubes que harían asustar a Superman.
—Es hermoso —dijo Tefi, acercándose a mí—. A mí también me gusta este cuarto. Podemos comparti…
—No, no… no. No pienso compartir mi cuarto con nadie. Y mamá tampoco, ya la concés. Tu única opción es dormir con Macarena.
—Antes que compartir el cuarto con Maca, prefiero dormir en el sótano.
—Bien, me alegra que hayas encontrado un lugar para dormir.
A mi espalda escuché la risita de Valery. Ésta desapareció al instante cuando Tefi la fulminó con la mirada. Las mejillas de la rubia se pusieron rojas como un semáforo. Uf… qué hermosa es cuando siente vergüenza.
En ese momento me di cuenta de que sobre la mesita de luz había una cámara de fotos. Valery notó que la estaba mirando y dijo:
—Ah, es mía. ¿Quieren que les saque una foto con la ventana de fondo?
—Sí, dale —A Tefi le gustó la idea.
Me quedé parado firme, con el paisaje a la espalda. Tefi se me acercó, me tomó de la cintura y flexionó una pierna delante mío, como si fuéramos pareja. Ella posaba con la gracia de una diva, yo con la gracia de un soldado en servicio. Valery tomó la foto y la cámara escupió un papel cuadrado.
—Es una Polaroid —nos explicó—. Saca fotos instantáneas. Son más lindas que las digitales. Acá tienen. En unos minutos se va a ver la imagen perfecta. Pero… no la sacudan, la gente siempre hace eso cuando saca una foto con la Polaroid, y solo arruina la imágen.
—Muchas gracias, Valery —Tefi agarró la foto—. Wow, mirá… —La imagen fue cobrando forma de a poco. Debe ser brujería. No me explico de qué otra forma eso es posible—. Salimos muy bien. Tenés mucho talento, deberías ser fotógrafa.
—Nah, es solo un hobbie. Me alegra saber que les gustó. Si quieren puedo hacer un retrato familiar antes de que nos vayamos.
—Eso sería genial. A mi mamá le va a encantar —aseguró Tefi.
Mientras terminábamos el recorrido, me quedó claro que este lugar estaba preparado para recibir a alguien como Alicia: medio cansada, un poco (demasiado) ansiosa… y buscando un refugio que no tuviera ninguna costura suelta. Aquí, a simple vista, no faltaba nada. Y eso ya era bastante. La sonrisa no cabía en el rostro de mi madre. Ella estaba encantada y convencida de que esta había sido la mejor idea del mundo… y al menos así fue, hasta que llegó la nieve.
En la sala de estar posamos en familia para Valery. Dejamos de fondo la chimenea y el enorme árbol de navidad que ya estaba decorado. Una perfecta postal navideña.
Apenas Valery terminó con la foto, escuché un golpecito suave en el techo, como si alguien hubiera arrojado un puñado de arroz. Miré por la ventana y ya estaba cayendo nieve, primero tímida, después con más decisión. La dueña también lo notó y frunció los labios, como si hubiera llegado antes de lo previsto.
—Tenemos que irnos ya mismo —dijo Mandy, ajustándose la campera con un gesto rápido—. Vamos, chicas. Esta tormenta no es para andar dando vueltas. —Nos miró con seriedad—. Por favor, no salgan de la casa hasta que pase, ¿sí? Sé que eso les complica un poco las vacaciones; pero el clima no se puede controlar. Y este tipo de tormentas pueden ser muy peligrosas para los que no están acostumbrados. Si se quedan acá, va a estar todo bien.
Asentí, más por la urgencia en su tono que por la advertencia en sí. Ella me dedicó una despedida breve, pero correcta, una de esas sonrisas educadas que se dan cuando hay prisa pero también cierta responsabilidad.
Abrió la puerta, dejó entrar una ráfaga helada que me hizo retroceder un paso, y salió, acompañada por sus hijas, directo hacia su camioneta. Las vi subir, el motor se encendió, y en cuestión de segundos las luces delanteras se volvieron un par de manchas borrosas detrás del manto blanco que empezaba a espesarse.
Me quedé en la entrada, observando cómo el vehículo se alejaba por el camino, cada vez más difuso, como si los copos se lo fueran tragando de a poco. Hasta que finalmente desapareció por completo.
—Tengo hambre —dije, mientras cerraba la puerta—. ¿Qué podemos cocinar?
—Lo que quieran, hay de todo en la bodega —anunció mi madre. Mantenía una sonrisa que pretendía ser alegre, pero ya se notaba la preocupación que intentaba maquillar.
—Bueno, preparen algo… yo voy a darme una ducha.
—Muy bien, querido… cuando la comida esté lista, te aviso.
—Mamá, ¿podés dejar de consentirlo todo el tiempo? —Dijo Macarena—. Así vas a criar a un inútil bueno para nada.
—Ay, pero no me cuesta nada. No empieces con tus “consejos de psicóloga sin título”, ¿eh? Por favor. Quiero disfrutar de estas vacaciones sin peleas. ¿Es mucho pedir?
Macarena sopló el mechón de pelo negro que le cubría la cara. Sus ojos grises centellearon al mirarme; pero por esta vez lo dejó pasar. Últimamente mi relación con Macarena está cada vez más tensa. Es muy curioso, cuando por fin empiezo a llevarme bien con Tefi, otra de mis hermanas empieza a detestarme. Y ni siquiera sé por qué. Bueno, me hago una idea. Sé que le molesta que yo no tenga trabajo, y que no estudie… y que en general no haga nada. Pero a todas mis hermanas les molesta eso, y no por eso me tratan mal.
Anuncié que iba a darme una ducha caliente. Necesitaba sacarme la ropa con la que había viajado en avión por tantas horas.
Estaba bañándome tranquilamente cuando la puerta se abrió… porque las viejas costumbres nunca mueren. No me asusté, ya estoy tan acostumbrado a que pase esto que me lo tomo con total naturalidad. Seguí masajeando mis rulos con shampoo mientas veía como Tefi se desnudaba.
—Yo también quiero bañarme.
—¿No podés esperar un rato?
—Podría… pero no quiero.
Me miró con esa sonrisa de gata en celo que busca problemas. Cerró la puerta y se metió a la ducha conmigo. La vi desnuda mil veces, pero todavía se me corta el aliento al poner los ojos en su pubis. Lo tiene perfectamente depilado. Mi verga está igual, ella me pidió que me quitara todo el vello púbico, porque quedaba mejor en las fotos. Y si bien ya no hacemos fotos juntos, me quedó la costumbre de depilarme.
En la ducha apenas había espacio para los dos. Ella pegó sus tetas a mi pecho y comenzó a acariciarme la verga.
—Si mamá se entera de esto, se va a enojar.
—Por eso no se tiene que enterar.
Se puso de rodillas y, sin perder un segundo, se metió la verga en la boca. Aún estaba flácida, pero ella es toda una experta poniéndola dura. Lo digo en serio. Ninguna otra mujer me pone la verga tan dura como Tefi, ni tan rápido. Cuando la tuve erecta, se la tragó toda. Aprendió dominar la técnica de garganta profunda a la perfección. En realidad todas mis hermanas la dominan, incluso Pilar, a quien le da mucha vergüenza hacerlo. “Es que me hace sentir muy puta”; pero en el fondo sé que le gusta. Sin embargo, ninguna de ellas lo hace tan bien como Tefi. Es que mi familia no sabe la gran cantidad de horas que pasó practicando esto. Cada vez que yo me quedaba a dormir en su departamento, cogíamos sin parar. Me duele mucho saber que eso se terminó. Y todo por culpa de Macarena y Alicia, que no soportan ver a nadie feliz.
Me da un poco de miedo que Tefi me esté chupando la verga con esas dos tan cerca. Aún así, no hice nada para detenerla. Cuando enjuagué mi cabello decidí tomar la iniciativa. A Tefi le calienta cuando hago eso. La agarré por la cintura y la hice girar, para que me dé la espalda. Quedó con las manos apoyadas en la pared. Ahí nomás… la clavé.
Le metí la pija hasta el fondo de la concha y tapé su boca con una mano. Eso también le calienta… además previene que la escuchen gemir. Empecé a darle con todo, apurándome tanto como me era posible. Sabía que teníamos poco tiempo. Ella contribuyó meneando ese perfecto culo que me hace delirar de deseo. Cualquiera que nos viera coger, se sorprendería. Sé que lo hacemos muy bien. Pasamos horas mirando porno y practicando para hacerlo igual que los profesionales. Esto hizo que la calidad de sus videos subiera mucho.
Ella estaba alentándome para que siguiera cogiéndola, aunque no entendía bien sus palabras. Mi mano seguía cubriendo su boca. Estaba a punto de acabar, cuando la puerta se abrió otra vez.
Era Alicia. Tenía los brazos en jarra y cara de pocos amigos.
—Ya se me hacía raro que hubieran desaparecido los dos al mismo tiempo.
—¡Macarena, sos una buchona! —Gritó Tefi.
—Yo no le dije nada —Maca se asomó detrás de Alicia—. Aunque estoy de acuerdo con ella. Ya hablamos de este tema. Se terminó… y se tiene que terminar para todos. Sin excepciones.
—No vamos a hacer un escándalo por esto —dijo Alicia—. Pero en serio, chicos… basta. Lo que estuvimos haciendo no es sano. Vamos a terminar mucho peor de lo que estábamos. No quiero que vivamos en una familia de degenerados.
—¿Al menos podemos terminar? —Pregunté.
—No. Salgan de la ducha. Ya mismo.
—Ah, carajo… ya me tienen harta con su hipocresía —espetó Tefi.
Salió del baño sin molestarse en agarrar una toalla. Mi madre la siguió, pero no para hablarle. Le pasó por al lado sin dirigirle la palabra. Macarena también fue con ellas. Cerré la ducha, tomé una toalla y las seguí.
Encontré a Tefi en la cocina comedor, discutiendo mientras Alicia revolvía algo en una olla. Tenía un aroma exquisito. Me rugió la panza.
—Es solo una cogida, mamá… tampoco es que nos vayamos a pasar las vacaciones cogiendo. Solo un par de veces y ya.
—A ver, si fuera solo un par de veces, quizás lo permitiría. Pero sé que no es así. Empiezan a coger ahora, y después no paran más.
—¿Eso también cuenta para vos y Macarena?
—Hey, no metas a mí.
—¿Cómo que no? Si la que vino con estas ideas de “el incesto está mal” fuiste vos. Y hace un par de noches las sorprendí cogiendo como conejos. Las dos revolcadas en la cama, tijereteando como si fuera una olimpíada lésbica —en lugar de enojarse, Alicia y Macarena mostraron media sonrisa, como si estuvieran orgullosas de su proeza.
—Eso fue diferente —dijo Maca.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de diferente? —Pregunté—. ¿Es porque las dos son mujeres? Ya les dijimos que no hay riesgo de embarazo, Tefi siempre toma anticonceptivos.
—No me refería a eso —respondió Macarena.
—¿Entonces a que? ¿Por qué no nos dejan en paz? —Tefi se me acercó y me abrazó tal y como lo había hecho cuando Valery nos tomó la foto. Solo que esta vez acarició mi verga.
En ese instante la cara de Alicia se desfiguró, como si hubiera visto el monstruo más horripilante de una película de terror. Todos giramos la cabeza hacia donde ella estaba mirando. Allí nos encontramos tres cabelleras rubias, coronando a tres mujeres hermosas.
Mandy nos saludó desde la ventana, con los ojos desencajados y la mandíbula abierta. La expresión de sus hijas era idéntica a la de ella.
Tefi y yo salimos corriendo de inmediato, alejándonos de estas miradas invasoras. Subimos la escalera y desde el pasillo asomamos la cabeza, mirando hacia la puerta principal. Nuestros cuerpos desnudos quedaban cubiertos por la pared.
Vimos a Alicia acercándose a la puerta de entrada mientras se secaba las manos con un repasador. Ya conocía esa expresión en su rostro. Era la que veíamos minutos antes de una crisis de nervios. Hizo girar la llave lentamente, nos miró para cerciorarse de que habíamos ocultado nuestra desnudez, y luego abrió la puerta.
—Ho… hola, Alicia —Mandy y sus tres hijas parecían a punto de cantarnos un villancico—. Perdón la intromisión. Hicimos mal en volver sin avisar. Violamos la privacidad del cliente y eso…
—No te preocupes —no podía ver la cara de mi madre, pero me la imaginé con la sonrisa más tensa del mundo—. ¿Qué necesitan?
La nieve entró, arrastrada por el viento, manchando de blanco todo el lustroso piso de madera, y la alfombra de bienvenida.
—La tormenta… es muy fuerte. No podemos volver a casa. ¿Podríamos…?
—Sí, claro. Pasen, pasen. Esta es su casa.
Dies minutos más tarde estábamos todos sentados en la sala de estar, tomando el chocolate caliente que había preparado Elisa. El silencio incómodo quedaba opacado por el rugir de la tormenta. Aunque era atemorizante ver tanta nieve cayendo fuera de la ventana, por dentro todo estaba tranquilo.
—¿No se van a romper los vidrios? —Preguntó Alicia.
—No, son vidrios térmicos. Están preparados para esta clase de nevadas —explicó Mandy—. Pero si los hace sentir más seguros, pueden cerrar las ventanas.
—Creo que va a ser mejor cerrarlas —Se notaba que Alicia era la que estaba más asustada.
Mandy le hizo señas a sus hijas. Las dos se pusieron de pie de inmediato y comenzaron a cerrar las ventanas. De a poco nos fuimos quedando a oscuras. Macarena presionó uno de los interruptores, y el arbolito de Navidad se iluminó.
—¡Ay, qué lindo! —dijo Tefi—. Así a oscuras, se ve precioso. Tendrías que sacarle una foto, Valery.
—Muy bien, después le saco una.
Esa charla solo sirvió para mostrarnos que la tensión seguía latente. Hablaban con temor de decir algo inapropiado. Ninguna mencionó el episodio de la desnudez. Aunque solo fue por cortesía.
—Voy a pedir el informe climatológico —dijo Mandy—. ¿Puedo?
—Sí, sí… claro. La tormenta es tan fuerte que ni siquiera escuchamos la camioneta.
—Es que no vinimos en camioneta —explicó Elisa, como si estuviera dando una conferencia de prensa—. No sé qué hizo Valery con las cadenas para las ruedas. Sin eso no podemos manejar en la nieve. Ayer las había dejado en el baúl de la camioneta; pero hoy no estaban.
Miró de reojo a su hermana mayor. Ésta siguió cerrando ventanas, fingiendo no haberla escuchado.
—Tuvimos que dejar la camioneta al costado del camino —dijo Mandy—. Hicimos el trayecto a pie.
—Oh… ¿tan fuerte es la tormenta?
—Eso parece.
Mandy agarró un comunicador que estaba dentro de una cajita, junto al botiquín. Habló en alemán y esperó la respuesta, que llegó pocos segundos después en el mismo idioma. Noté la preocupación en la cara de sus hijas. Mandy siguió hablando con por el intercomunicador, recibió varias respuestas y luego lo dejó en su lugar.
—Es un temporal muy fuerte —anunció, mirándonos con preocupación—. La tormenta no va a parar.
—Bueno, pueden pasar la noche acá… mañana todo va a estar mejor —dijo Alicia, intentando mantener la calma.
Mandy bajó la cabeza y se mordió el labio inferior.
—Ese es el problema. Este tipo de tormentas pueden durar varios días.
—¡Carajo! —Exclamé.
—Yo sabía que no era buena idea venir a Alemania en invierno —dijo Tefi.
—Lo siento mucho —dijo Mandy, se notaba muy afectada por esta situación, como si su empresa de turismo nos hubiera fallado.
—No es tu culpa —le dije—. No podías adivinar que iba a haber una tormenta tan fuerte.
Mandy me sonrió y se sonrojó, luego esquivó mi mirada.
—¿Y de cuántos días estamos hablando? —Preguntó Alicia.
—Mmm… dijeron que podría ser una semana… o quizás diez días, hasta que sea seguro salir. —Entonces… ¿nos vamos a quedar encerrados acá hasta después de Navidad? —Preguntó Macarena.
Y el silencio silbó con el aullido de la tormenta.
Carajo.
¿Por qué tengo esta extraña sensación de deja vú?
Si Dios existe… me odia.
O quizás me ama mucho. No lo sé, aún no estoy seguro.
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