¡La Concha de mi Hermana! [17]

 

Capítulo 17.


Viaje Empresarial.





Salí de la ducha después de una larga jornada laboral, el vapor aún pegado a mi piel, y noté que la puerta del cuarto de Katia estaba entreabierta. Escuché gemidos roncos que no intentaban disimular nada. Me acerqué con curiosidad, el corazón latiéndome un poco más rápido, y me asomé por el marco. Allí estaba ella, de rodillas en el suelo justo frente a la cama, completamente desnuda, su cuerpo reluciente de sudor bajo la lámpara tenue. Sus tetas grandes y firmes se sacudían con cada movimiento salvaje, los pezones rosados erectos y duros como piedritas, balanceándose al ritmo de sus caderas que subían y bajaban sin piedad. Estaba montando el dildo que le había regalado yo mismo, ese de silicona gruesa y venosa que medía al menos veinte centímetros, clavándolo profundo en su concha empapada como si fuera su amante predilecto, el único que podía domarla de esa forma. La base del juguete estaba fija al suelo con ventosas, y Katia lo cabalgaba con furia, sus labios vaginales hinchados estirándose alrededor del eje falso, tragándoselo hasta la raíz con un sonido húmedo y chapoteante cada vez que bajaba. Jugos claros y espesos resbalaban por el dildo y por sus muslos internos, formando un charco brillante debajo de ella, y su clítoris asomaba rojo e inflamado, frotándose contra la base con cada embestida.

—¡Ay, sí! Vení… vení… dame pija… dale… que estoy re caliente… porfis… —gimió Katia, su voz entrecortada y desesperada, la cabeza echada hacia atrás, el pelo revuelto pegado a su cuello sudoroso. Sus ojos estaban semicerrados de placer, la boca entreabierta dejando escapar jadeos calientes, y sus tetas rebotaban hipnóticamente, el sudor goteando desde el valle entre ellas hasta su vientre plano.

Normalmente en estas situaciones pongo resistencia. Discuto con Katia, le digo que no es correcto, que somos hermanos, a pesar de que ella siempre termina ganando con sus ruegos y su cuerpo irresistible. Pero hoy no. No sé qué me pasó —quizás el cansancio del día, o el ver su concha abierta y palpitante así, rogando por más—, simplemente perdí el filtro de la inhibición en un segundo, y solo eso se necesitó.

Tiré la toalla húmeda sobre la cama con un gesto brusco, mi verga colgando flácida entre las piernas, aún tibia del agua de la ducha, y la agarré con la mano derecha, sintiendo su peso suave en la palma. Me acerqué a ella con pasos firmes, el piso crujiendo bajo mis pies descalzos, y la sujeté del cabello con la mano libre, enredando los dedos en sus mechones castaños sin mucha fuerza, solo lo suficiente para guiarla hacia mí. Katia abrió la boca de inmediato, los labios carnosos y húmedos separándose en una invitación obscena, y yo introduje mi miembro flácido directo en esa cavidad cálida y húmeda. Su lengua se enroscó alrededor del glande como una serpiente ansiosa, lamiendo la piel sensible mientras succionaba con un fervor que me erizó la piel.

Comenzó a chuparlo con más intensidad que nunca, sus mejillas hundiéndose con cada aspiración, la saliva acumulándose y goteando por la comisura de su boca hasta mi base. Vi a Katia excitada muchas veces, pero nunca a este nivel. Sus ojos brillaban con una lujuria animal, las pupilas dilatadas, y su concha chorreaba tanto que oía el golpeteo rítmico del dildo. Se empalaba cada vez más profundo. Se me puso dura la pija en cuestión de segundos, el sangre bombeando furiosa hasta endurecerla como una barra de hierro, las venas hinchándose a lo largo del tronco, el glande hinchándose y brillante de su saliva. Miré esas tetas, perfectas, con gotas de transpiración resbalando por las curvas inferiores hasta perderse en su ombligo, y me parecieron espectaculares, irresistibles.

—Usalas… —le dije, señalándolas con un gesto de la cabeza, mi voz ronca y baja, el pulso acelerado en las sienes.

Sí, quería que mi hermana usara sus tetas mientras me la chupaba, y eso fue exactamente lo que hizo, sin dudar un instante. Se incorporó un poco sobre las rodillas, soltando mi verga de su boca con un “pop” húmedo, y apretó mi miembro entre esos tibios melones suaves y resbaladizos por el sudor.

La piel de sus tetas era como terciopelo caliente envolviendo mi pija, el calor de su cuerpo irradiando a través de mí, y ella empujó los pechos uno contra el otro, aprisionándome en un canal estrecho y lubricado por su transpiración. Luego se metió el glande en la boca de nuevo, succionando con fuerza mientras su lengua giraba alrededor de la punta sensible, lamiendo el frenillo y la uretra con movimientos rápidos y precisos que me hicieron gemir. Mientras lo hacía, seguía montando el dildo sin pausa, sus caderas girando en círculos obscenos. El pene falso desapareciendo por completo en su concha dilatada, seguramente estirando sus paredes internas hasta el límite. Me recordó a esos toros mecánicos de las películas yankees, pero mucho más erótico: Katia se movía como poseída, el culo subiendo y bajando con un ritmo frenético. Un chorro de jugos salpicaba el suelo cada vez que el dildo la penetraba.

Siguió chupando sin parar, variando el asalto a mi verga como una experta: a veces usaba solo sus tetas, deslizándolas arriba y abajo en una “turca” resbaladiza que me hacía jadear. El glande asomando entre las tetas, para que ella lo lamiera rápido; otras veces incorporaba sus manos, una envolviendo la base y masturbándome con movimientos firmes mientras la otra masajeaba mis huevos. Y hubo ocasiones en las que solo usó la boca, tragándose la verga más de lo que había hecho nunca: casi completa, el glande golpeando el fondo de su garganta, su nariz rozando mi pubis lampiño mientras se ahogaba en saliva y gemía alrededor de mi carne, las arcadas suaves enviando vibraciones que me volvían loco. Su concha respondía al unísono, contrayéndose visiblemente alrededor del dildo, los labios mayores e internos hinchados y rojos, el clítoris latiendo expuesto como un botón de placer que rogaba ser tocado.

—Dame la lechita… dame… quiero mi dosis de lechita diaria —suplicó Katia, sacando mi pija de su boca por un segundo, los ojos desencajados de puro deseo, la lengua afuera lamiendo el aire como si ya probara el semen, la saliva hilando desde su barbilla hasta mis huevos.

Parecía un personaje de anime, esa expresión de éxtasis desquiciado, y no es que yo mire mucho esas cosas, pero hace poco la sorprendí haciéndose la paja mientras veía hentai en su laptop, sus dedos hundidos en la concha mientras gemía por esa chica de cabello rosa en la pantalla. Ahora tenía la misma cara: las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y brillantes, y sus tetas se sacudían por el ritmo frenético con el que montaba el dildo.

No pude aguantar más. Me masturbé con furia, la mano derecha volando sobre mi verga lubricada por su saliva, apretando el tronco mientras imaginaba cómo se vería su cara cuando estuviera cubierta de leche: los ojos cerrados en éxtasis, el semen caliente salpicando su piel.

Las venas de mi pija palpitaban por la acumulación de adrenalina y semen, los huevos contrayéndose en anticipación.

La explosión fue brutal, el primer chorro grueso y blanco saliendo disparado para aterrizar en su mejilla derecha, resbalando hacia su boca abierta; el segundo le pegó en la frente, goteando por las cejas; el tercero directo en los labios, donde su lengua lo atrapó ávidamente.

Katia gimió fuerte, su concha apretando el dildo en un orgasmo propio que la hizo temblar, jugos saltaron alrededor del juguete mientras su cuerpo se convulsionaba. Antes de terminar de acabar, volví a meter la pija en su boca, empujando profundo para que los últimos chorros cayeran allí dentro, sin escalas, inundando su garganta con semen caliente y salado. Ella chupó con ganas, succionando cada gota, la lengua masajeando el glande sensible mientras tragaba alrededor de mí, sus mejillas hundiéndose de nuevo.

Cuando yo terminé de eyacular, sacó mi verga con un suspiro, abrió su boca y me mostró todo lo que había logrado juntar: un charco blanco y espeso en su lengua, antes de cerrarla y tragar con un “glup” audible, lamiéndose los labios para limpiar los restos.

Esa fue una de las imágenes más excitantes que vi en mi vida. Nunca tuve una novia que se comportara de esa manera cuando yo acababa —ellas se apartaban o pedían pañuelos—, solo mi hermana lo hace como me gusta, con esa entrega total y sucia que me enciende el alma. Su cara estaba marcada con mi semen, hilos blancos en su piel, y aún jadeaba, el pecho subiendo y bajando con tetas temblorosas.

No tuve mucho tiempo para reflexionar sobre esto. Katia se puso de pie con las piernas temblorosas, el dildo saliendo de su concha y un chorro final de jugos resbalando por sus muslos. Giró lentamente para darme la espalda, arqueando la columna para empujar su culo redondo y firme hacia mí, las nalgas separadas lo justo para mostrar su entrada vaginal aún abierta y palpitante.

Luego se colocó de rodillas sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, con su cola redonda y firme sobresaliendo del borde como una invitación irresistible, apuntando justo hacia mí. Sus nalgas se separaron ligeramente por la posición, revelando el brillo de sus jugos que aún resbalaban desde su concha hinchada y abierta, el dildo habiéndola dejado lista, dilatada y palpitante. Con las manos, abrió sus nalgas más, los dedos hundiéndose en la carne suave y sudorosa, exponiendo por completo su entrada vaginal rosada y húmeda.

—¿Querés aprovechar que la tengo toda mojada y abierta? —preguntó con esa voz ronca y juguetona, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro, los ojos brillando con una mezcla de picardía y deseo puro. Su pelo revuelto cayendo sobre una mejilla marcada por mi semen seco.

No lo dudé, y eso es lo que más miedo me da. Actué sin pensar… como si yo fuera Katia, dejando que el instinto tomara el control por completo, el taboo de ser su hermano evaporándose en el calor del momento.

Mi verga aún seguía dura y resbaladiza por su saliva y los restos de mi eyaculación. El glande hinchado y palpitante, con hombre de más. Me acerqué más, arrodillándome detrás de ella en la cama, mis manos temblando ligeramente al posarse en sus caderas anchas, sintiendo la piel caliente y resbaladiza bajo mis palmas. La apunté hacia su concha con cuidado, el tronco grueso alineándose con esa cueva chorreante, y la hundí de una embestida lenta pero firme. Fue increíble sentirla toda allí. Dentro de esa cavidad húmeda y viscosa que se cerraba alrededor de mí como un guante de terciopelo caliente. Sus paredes internas contrayéndose en espasmos involuntarios, succionándome más profundo con cada pulgada que avanzaba.

Hasta ese momento, solo habíamos jugado con la boca —ella chupándome hasta el fondo, yo lamiéndole el clítoris—, o esos empujoncitos sutiles cuando compartíamos la cama con Paula, donde mi verga rozaba apenas la entrada de su concha sin entrar del todo, un roce prohibido que nos dejaba a ambos al borde. Pero esto era diferente, real, la primera vez que la penetraba por completo, mi hermana abriéndose para mí como nunca antes. Seguí empujando, para meterla más… y más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha se estiraba para acomodarme, los jugos de ella lubricando el camino. El calor de la habitación se volvió sofocante, como si supiera que estábamos haciendo algo prohibido.

Lo hice lentamente, saboreando cada sensación: el roce de sus pliegues contra mi piel, el pulso de su interior apretándome como si no quisiera soltarme, el aroma almizclado de su excitación mezclándose con el mío, y el gemido bajo que escapó de su garganta cuando la llené por completo, mi pubis presionando contra sus nalgas.

Me quedé quieto un segundo, enterrado hasta la raíz, respirando agitado contra su espalda. Mis manos explorando sus costados, bajando para apretar sus tetas colgantes desde atrás, pellizcando los pezones duros mientras ella arqueaba la espalda, empujando hacia mí para sentirme más adentro. Era íntimo, demasiado: el latido de su corazón sincronizándose con el mío, el sudor de nuestros cuerpos uniéndose, y esa conexión prohibida que nos hacía jadear al unísono. Mi verga se emocionó tanto con esto que soltó un par de chorros de semen extra, calientes y espesos, inundando su interior como si dijera: “Estaba reservando un pequeño regalo para este agujero”. Sentí el líquido caliente brotando dentro de ella, mezclándose con sus jugos, lubricando aún más el canal estrecho y haciendo que cada contracción de su concha se sintiera como una caricia directa en mi glande.

Su cuerpo temblaba bajo el mío mientras sus paredes vaginales se apretaban alrededor de mi verga en un espasmo de placer. Empujó hacia atrás con las caderas, girando ligeramente para aumentar la fricción, y yo respondí instintivamente, comenzando a moverme con embestidas más profundas y rítmicas.

—Uy, más lechita… qué rico… Hermano, oficialmente sos la primera persona que me mete leche por la concha —gimió Katia, su voz entrecortada por un jadeo profundo.

Y ahí fue cuando mi psiquis se rompió en mil pedazos, como un vidrio astillado bajo un martillo.

Le estaba llenando la concha de leche a mi propia hermana, mi verga enterrada hasta el fondo en ese lugar prohibido que había soñado tocar pero nunca cruzar del todo.

El calor de su interior me envolvía aún, viscoso y resbaladizo por mi semen: pero en lugar de placer puro, una ola de náuseas y culpa me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Pensé en mis compañeros de trabajo, no sé por qué, quizás porque representaban el mundo normal, el de afuera, donde las cosas no se salían de control. Los imaginé enterándose de esto, cuchicheando en la oficina con sonrisas asqueadas: “¿Saben que Abel le mete la verga a su hermana?”; “Sí, es un degenerado. Está completamente loco”. Las voces resonaban en mi cabeza, juzgándome, desnudándome, y el pánico me invadió como un veneno ardiente.

Ya no pude seguir. Todos mis mecanismos de autocontrol —esos que me habían mantenido cuerdo hasta ahora— me tiraron hacia atrás al mismo tiempo. Me alejé de ella, mi verga salió cubierta de una capa espesa de semen y sus fluidos.

No me atreví a mirar atrás, porque podía imaginarlo todo demasiado vívidamente. Su concha abierta, los labios hinchados, chorreando abundante semen —mi semen— en un hilo blanco que caía al colchón, manchando las sábanas limpias que yo mismo había cambiado esa mañana. Me alejé de Katia sin decirle nada, el corazón latiéndome en los oídos como un tambor de guerra, y salí de la pieza a trompicones, cerrando la puerta con un clic que sonó como una sentencia final.

Me encerré en mi cuarto y me tiré en la cama boca arriba. Mi verga seguía dura, traicionera, erguida contra mi vientre como una acusación, el glande brillante, por los restos del acto sexual recién consumado. Comencé a hacerme una paja furiosa, la mano envolviendo el tronco grueso y venoso, bombeando con saña desde la base hasta la punta, como si con eso pudiera extinguir el fuego que ardía en mi interior; purgar el pecado de mi piel. Cada tirón era un intento desesperado de borrar la sensación de su concha apretándome, de sus gemidos llamándome “hermanito” mientras la llenaba.

Se está metiendo en mi cabeza. Es como una droga que quiero rechazar, pero que siempre logra vencer mi autocontrol, colándose en mis venas como heroína pura. La verga todavía me palpita, hinchada y dolorida, y me encantaría volver a su cuarto, agarrarla de los pelos revueltos y decirle “Seguí chupando… chupá y no pares”, obligarla a arrodillarse y tragar hasta que me vacíe de nuevo. Todo el cuerpo me tiembla, los músculos tensos como cables, el sudor brotando en mi frente mientras acelero el ritmo, la piel del prepucio deslizándose con fricción ardiente.

Cerré los ojos e intenté pensar en otra. En Stella, con sus curvas suaves y su risa fácil; en Silvia, que me mira ardiente de placer en la oficina; Paula, la vecina que nos había visto rozarnos en la cama compartida; Celeste, con su boca experta; Mavi, misteriosa y lejana.

Pero me resulta imposible. Katia vuelve una y otra vez, un pensamiento intrusivo que no quiere darme ni un minuto de paz: su culo redondo empujando contra mí, sus tetas balanceándose, el sabor salado de su piel en mi lengua. La imagino ahora, sola en su cama, tocándose con los dedos, metiendo mi semen de vuelta en su concha mientras gime mi nombre. El clímax me golpea como un rayo, mi verga contrayéndose en mi puño, eyaculando chorros calientes y espesos que salpican mi pecho, mi abdomen, goteando hasta la cama. Volví a eyacular, manchando mi cuerpo y parte de las sábanas con un charco pegajoso que olía a mí, a culpa. Y yo justo que me había bañado esa tarde… y que había cambiado las sábanas con tanto cuidado, pensando en mantener todo en orden.

Y ahí me di cuenta de que tenía una forma de pensar en otra cosa, de sacarme a Katia de la cabeza, aunque sea por un rato. Me puse de pie de un salto, las piernas temblorosas, y arranqué las sábanas con rabia, enrollándolas en un bollo húmedo que cargué hasta el lavarropa. Las metí adentro, vertí detergente con manos torpes, y encendí el ciclo. El zumbido del agua fue como un mantra que ahogaba mis pensamientos. Luego entré al baño.

Y allí estaba ella… con la ducha de mano metida entre las piernas, el chorro de agua caliente golpeando directamente su concha. Lavaba los restos de semen, pero también estimulaba su vulva. Sus caderas se movían en círculos lentos, los ojos cerrados en un éxtasis solitario. El agua resbalaba por su cuerpo desnudo, perlando sus tetas firmes y bajando por su vientre plano hasta unirse al flujo entre sus muslos.

—¿Te quedaste con ganas de más, hermanito? —preguntó con esa voz juguetona, abriendo los ojos y sonriéndome, el agua goteando de sus labios entreabiertos.

No le respondí. Usé el lavamanos y me limpié lo mejor que pude con una toalla, frotando mi piel como si pudiera borrar las huellas de lo que habíamos hecho. Luego huí de ahí, como lo había hecho del cuarto de Katia, el corazón acelerado, pero a mitad de camino, en el pasillo, me detuve. Reflexioné durante unos segundos, el peso de la realidad aplastándome: esto no podía seguir, o me destruiría. Respiré hondo y regresé al baño, empujando la puerta con determinación.

—Quiero que te vayas de mi casa, Katia. —Me desgarró el alma ver la cara de cachorrito mojado que puso, los ojos grandes y húmedos, el agua aún corriendo detrás de ella—. Va a ser lo mejor. Ya no podemos seguir haciendo estas cosas… y evidentemente vos no querés parar.

—Pero, pero… —balbuceó, con su voz quebrándose.

—Nada de peros. No te voy a pedir que te vayas ahora mismo, porque tenemos ese viaje empresarial, que es más importante. Cuando volvamos, vas a tener que buscar otro lugar donde vivir. Ahora tenés trabajo, ya podés pagarte un alquiler.

Salí del baño justo en el momento en que ella empezó a llorar, sollozos ahogados que se mezclaban con el ruido del agua. No puedo ver a mi hermana llorando. Mucho menos por mi culpa. Cerré la puerta y me apoyé contra la pared del pasillo, el mundo girando a mi alrededor, preguntándome si alguna vez podría reparar lo que había roto.

***

Estábamos de pie en la cochera de la empresa, el aire cargado con el olor a aceite y concreto húmedo, esperando a que llegara nuestro transporte. Todos teníamos un bolso a nuestros pies y carpetas en las manos, el eco de nuestros pasos rebotando en las paredes grises. Sin dudas Stella estaba más nerviosa que nadie; caminaba de un lado a otro, sus tacos cliqueando contra el piso, sin querer verbalizar lo obvio: el transporte estaba demorando, y cada minuto que pasaba aumentaba la tensión como una cuerda a punto de romperse.

La que se encargó de coordinar el traslado fue Katia. Ella revisaba constantemente su celular, el brillo de la pantalla iluminando su rostro concentrado, como si estuviera esperando un mensaje salvador que disipara la demora. También se nos había sumado Silvia Daneri, la auditora empresarial; ella no parecía preocupada en absoluto, cruzada de brazos y mirando al vacío con una expresión indiferente. Al fin y al cabo, ¿qué más le da si la empresa se funde? No trabaja para nosotros, solo observa desde afuera.

Lo que me sorprendió fue ver tan tranquila a Irma Taglianessi. Ella sí se estaba jugando el futuro laboral, pero estaba de pie, firme y con una sonrisa que denotaba profesionalismo puro, como si el retraso fuera solo un inconveniente menor en su día. Era un tanto gracioso verla parada allí, al lado de Katia. Parecían madre e hija, porque llevaban la misma ropa: polleras largas hasta las rodillas, color blanco con un estampado sutil de flores amarillas que ondeaban levemente con la brisa del ventilador industrial. Arriba, blusas abotonadas de seda, también blancas, ceñidas lo justo para resaltar su postura erguida. Ambas llevaban el cabello prolijamente recogido en un rodete impecable, sin un mechón fuera de lugar. Cualquiera que las viera pensaría que son evangelistas o mormonas, listas para una reunión de fe en lugar de un viaje de negocios.

Estaba preocupado por Katia. Ella seguía comportándose como si no hubiéramos tenido la conversación sobre su mudanza, ignorando el peso que eso había dejado en mí. Y quizás fuera lo mejor, al menos por ahora. Tal vez solo se estaba comportando con profesionalismo, por una vez en su vida, enfocada en el trabajo en vez de en nuestras complicaciones. Sin embargo… no puedo quedarme tranquilo sabiendo que ella podría volverse inestable en cualquier momento. No tuve que pedirle que se mude justo antes del viaje. Eso fue un error, un timing pésimo que solo avivaba el fuego interno.

No… no podía esperar más. Tenía que decírselo de una vez, aclarar las cosas antes de que el viaje nos obligara a convivir aún más cerca. La situación ya era insostenible, un nudo que se apretaba con cada mirada fugaz que le robaba.

No somos amantes, carajo. Ella es mi hermana.

¿Por qué es tan difícil convivir con las mujeres de mi familia? Sus presencias me desestabilizan, me hacen cuestionar límites que no debería cruzar.

Volví al presente, sacudiendo la cabeza para despejarme. Me concentré en mi traje, ajustando la corbata con dedos inquietos; no quiero ser yo el que eche todo a perder con distracciones personales. Analicé a las personas que me rodeaban, midiendo el pulso del grupo. Sin dudas, la presencia más intimidante era la de Gertrudis Fernández, quien había insistido en que la llamemos Trudy; pero nadie se atrevió a hacerlo, el respeto —o el miedo— manteniéndonos en la formalidad. Nuestro futuro laboral dependía de ella. Teníamos una misión clara: convencerla de que la empresa es rentable, y que nos habilite un importante préstamo para salvarnos del borde. Ella trabaja directamente para el banco; si no queda satisfecha con nuestras proyecciones y números, nos podemos dar por despedidos.

Trudy esperaba junto a una columna del garaje, con la cartera colgando del antebrazo y esa sonrisa que parecía no deberle nada a nadie, serena como si el tiempo no la apurara. El cabello, castaño con reflejos rojizos que captaban la luz fluorescente, lo llevaba atado con una prolijidad que no resultaba rígida, sino casi amable, como todo en ella. Tenía algo de esas personas que pueden hacerte sentir cómodo incluso mientras revisan tus cosas más íntimas, desarmando defensas con una mirada.

La falda gris, plisada y ceñida a la altura perfecta, y la blusa clara de algodón suave le daban un aire de formalidad sin pretensión, equilibrando autoridad y accesibilidad. Los zapatos —de taco medio, impecables pero con un leve desgaste en los bordes— hablaban de alguien que camina más de lo que aparenta, navegando reuniones y calles con igual soltura. En una mano sostenía un vaso de café ya vacío, girándolo con distracción entre los dedos, como si pudiera leer el futuro en los restos de espuma pegados al fondo.

Trudy parecía estar en su propio clima: serena, ajena al apuro de los demás, el leve tic-tac de su reloj de pulsera marcando un ritmo calmado. Tenía esa clase de presencia que no imponía respeto, sino confianza; el tipo de persona a la que uno terminaría contándole más de lo que planeaba, abriéndose sin darse cuenta.

Debo admitir que sentí admiración por esta mujer desde el primer momento. No sé cómo logra una apariencia profesional, sin perder la simpatía que invita a la conversación. Algo que para mí resulta imposible, siempre atrapado entre la rigidez y el caos interno.

El ruido del motor me sacó del ensimismamiento. Una Nissan Pathfinder gris, flamante, entró al garaje. Se notaba que era modelo nuevo; el tipo de vehículo que uno no se atrevería a manejar por una calle de tierra.

Reconozco que me gustó. Tenía esa mezcla de poder y elegancia que da gusto mirar, aunque uno sepa que nunca va a manejar algo así. Pero la admiración me duró poco. Conté los asientos. Primero por curiosidad, después con cierta alarma. Sin contar el del conductor, quedaban cinco asientos libres.

¿Cinco?

Cinco asientos libres… pero somos seis.

Miré a los demás, como si alguno más hubiera hecho la cuenta. Nadie parecía notarlo todavía, ni siquiera Trudy, que seguía sonriendo con su café vacío en la mano. Por un momento pensé que quizá había otro vehículo detrás. Pero no: solo el eco del motor apagándose y ese silencio incómodo que precede a los malos entendidos logísticos.

Alguien había hecho mal la reserva. O peor: había supuesto que dos de nosotros podíamos viajar en el baúl. Y ese alguien era mi hermana.

Giré la cabeza y busqué a Katia. Ella ya me estaba mirando, con esa expresión de quien se adelanta al veredicto. No hizo falta decir nada. Con una sola mirada entendió que había metido la pata.

No dije nada tampoco. No quería exponerlo, aunque por dentro estuviera enojado con ella. En este viaje todo debía salir perfecto, y ya empezamos mal. Suspiré y me resigné a guardar silencio. Es una forma elegante de esperar el desastre.

Trudy, con su sonrisa inalterable, fue la primera en hablar.
—Bueno… muy linda la camioneta, pero… ¿cómo vamos a hacer para viajar todos?

Lo dijo con tono amable, casi divertido, como si propusiera un juego. Pero su pregunta cayó como una piedra en el agua.

Irma Taglianessi giró lentamente hacia Katia. No habló, no hizo falta. Esa mirada bastaba: la mezcla perfecta entre miedo, enojo y diplomacia corporativa. Katia se encogió apenas, como si el aire le pesara de golpe.

El silencio se volvió denso, casi físico. Todos miraban a Katia, como si la pobre chica agrandar la camioneta con la mente. Sentí una presión en el pecho, una especie de resignación adelantada. Ya lo veía venir: el viaje empresarial se iba a convertir en una coreografía de incomodidades. Y todavía ni habíamos salido del garaje.

Katia respiró hondo, se irguió un poco y dijo, con una calma que admiré sinceramente:
—Había vehículos más grandes, pero eran muy costosos. La idea de este viaje es ahorrar dinero, no despilfarrar.

Lo dijo con convicción, como si hubiera planeado el argumento de antemano. Pero yo supe, por la manera en que movió apenas los dedos, que lo estaba improvisando.

Fue entonces cuando la miré a Trudy.
En los días previos habíamos averiguado algunas cosas sobre ella, cortesía de Silvia Daneri. Y me siento orgulloso de eso, no solo la pasé genial cogiendo con Silvia, sino que además sumé información que podría ser clave durante este viaje.
Sabemos que Trudy es eficiente, amable, y sobre todo, austera. Austera en serio. De esas personas que guardan los sobres de azúcar “por si acaso”. Según las malas lenguas, llegaba al punto de robar saquitos de té o de café de las oficinas, para no tener que pagarlos ella. Incluso Silvia bromeó diciendo: “Sería capaz de pedir prestado un preservativo ya usado, con tal de no comprar uno nuevo”. Sé que es una exageración, pero nos da un claro panorama. Y al parecer Katia usó esa información de forma brillante.

Ella sonrió. No una sonrisa forzada, sino una de esas que parecen tener voluntad propia.
—Me parece muy bien —dijo, asintiendo con naturalidad—. Si la idea es ahorrar, lo están haciendo estupendamente. Ya nos las vamos a ingeniar.

Y ahí estaba: la auditora aprobando el error como si fuera una estrategia. Irma respiró un poco más tranquila. Katia sonrió, aliviada. Y yo… bueno, yo solo pensé que si el viaje empezaba así, no quería imaginar cómo iba a terminar.

Irma fue la primera en romper el breve espejismo de calma.
—Bueno —dijo, con ese tono que suena a orden disfrazada de pregunta—, ¿cómo nos vamos a acomodar? ¿Qué asientos van a usar?

Katia se adelantó enseguida, con una sonrisa apurada.
—Yo puedo ir adelante, si no les molesta.

El chofer, un tipo robusto con chaleco de la empresa y cara de haber repetido esa frase mil veces, giró apenas la cabeza.
—No puede, señora. Por normas internas no llevo pasajeros en el asiento delantero.

El golpe fue seco, casi cómico en su simpleza.
De cinco asientos pasamos a cuatro. Y éramos seis.

Sentí la opresión en el pecho otra vez. No de angustia, sino de puro agotamiento anticipado. Todo el viaje se resumía, de pronto, en una resta mal hecha.

Stella, siempre práctica, tomó la palabra:
—Entonces hagamos esto —dijo, mirando a Irma—. Que no vayan todos. Se pueden quedar dos y viajamos los cuatro. Es lo más razonable.

Irma frunció el ceño.
—¿Y quiénes se quedan?

Yo no dije nada. Pero lo pensé.
Katia.
Ella debería quedarse. No había razón para que viniera. Su parte ya estaba hecha —mal, pero hecha—. En este viaje no podía aportar nada: no era técnica, ni analista, ni auditora. Era la secretaria de Stella, la que servía café en las reuniones y tomaba nota de lo que otros decidían. Su trabajo real es chuparle la concha a Stella, todo lo demás es pura fachada. ¿De verdad es imprescindible traerla? ¿O simplemente nadie tuvo el valor de decirle que no hacía falta?

Miré al piso, fingiendo que pensaba en otra cosa. No quería ser cruel. Pero había verdades que, si se decían en voz alta, sonaban peor de lo que eran.

—Puedo quedarme —dijo Katia—. Al fin y al cabo, soy la menos importante del grupo.

Me conmovió que ella lo entendiera sin que nadie tuviera que explicarlo. Trudy la miró y por primera vez se puso seria.

—Nadie se queda —dijo, con una serenidad que desarmó a todos—. Viajamos todos.

Su voz no sonó autoritaria, pero tenía algo que la volvía indiscutible.
Irma asintió despacio, Stella frunció los labios, Katia suspiró como si acabaran de absolverla de un pecado menor.

Y yo, sin saber por qué, tuve la sensación de que Trudy acababa de tomar el mando sin pedir permiso.

—¿De verdad no podemos usar el asiento de adelante? —Preguntó Stella.

Se asomó por la ventanilla del pasajero. Era obvio que estaba coqueteando con el tipo. Y a pesar de que la rubia es preciosa, su treta no funcionó.

—No señora, de ninguna manera. Si tenemos un accidente, y alguien viaja en este asiento, el seguro no lo cubre. Son normas de la empresa —repitió de forma mecánica.
—¿Y habría un problema si una persona viaja sentada sobre otra? —Preguntó Katia.

Esto hizo dudar al chofer. Se rascó la barbilla y miró hacia el infinito, como si allí estuviera oculta la respuesta.

—Mmm… las normas no dicen nada sobre eso. Al menos no que yo recuerde.
—Muy bien, Katia —la felicitó Trudy—, encontraste un vacío legal que podemos aprovechar —luego le guiñó un ojo.

Es impresionante la capacidad que tiene Katia de caer siempre bien parada… aunque cometa errores. Si yo hubiera hecho esto, ya me habrían despedido.

—Está bien —dijo el chofer—. Pueden hacer eso, pero en los asientos de atrás de todo. Y si el cinturón de seguridad no cierra, la camioneta no arranca.
—Ok, vamos a organizarnos —dijo Stella, más nerviosa que resolutiva—. Silvia y Gertrudis se pueden quedar con los asientos de adelante. Vos Katia, podés viajar sentada arriba de tu hermano, y yo… —mirá a Irma. Su jefa le asintió con la cabeza.
—Sí, me parece una buena idea.
—Son muy considerados —dijo Trudy, mientras abría la puerta trasera izquierda de la camioneta—. Pero yo no tengo coronita de oro, si tengo que viajar con alguien más, lo hago. No me traten como si fuera la Reina Isabel, porque sé perfectamente lo que es adaptarse a situaciones desfavorables. —Ocupó uno de los asientos del fondo y dijo, con una gran sonrisa—. ¿Quién viaja conmigo?

Nadie respondió. Silvia tomó asiento justo delante de Trudy y yo rodeé la camioneta, para ocupar el segundo asiento del fondo. Katia estaba ayudando al chofer a guardar los bolsos en el baúl. Stella e Irma cuchicheaban intentando cubrirse con la columna, Trudy las miraba sin perder la simpatía. Al final se decidieron.

—Stella va a ir adelante, con Silvia —dijo Irma—. A mí me tocará viajar con vos. Espero que no te moleste. —Noté cómo sus mejillas se ponían rojas. Pobre mujer, está tan desesperada porque todo salga bien que prefiere viajar incómoda, sentada sobre la auditora.

De pronto Katia apareció a mi lado y arrojó toda su humanidad sobre mí. Es más pesada de lo que imagina. Mis piernas quedaron apretadas contra el asiento. Movió la cola, para acomodarse mejor, y ahí me di cuenta de que esto era un gran error. Mi pene sintió el roce con sus nalgas.
Katia empezó a luchar con el cinturón de seguridad, pero no conseguía abrocharlo. El chofer volvió a su asiento, miró por el retrovisor y dijo:

—Hasta que no abrochen los cinturones, no salimos.

Irma asintió, se sentó sobre Trudy, pidiendo disculpas una vez más, y agarró el cinturón de seguridad. Estaba tan nerviosa que se trabó.

—Perdón, Trudy —dijo mientras luchaba con el cinturón—. Sé que esta no es la forma apropiada de hacer las cosas, pero…
—Ay, Irma… no te preocupes. Son solo unas horas, intentemos disfrutar el viaje.

Y en ese momento ocurrió algo que me hizo dudar. La mano de Trudy se posó sobre la pierna derecha de Irma y la acarició. Fue una caricia sutil, con tono amistoso. Estoy seguro de que Irma ni siquiera la notó, ella seguía concentrada en el cinturón. Pero a mí me dio la sensación de que en ese leve gesto había intenciones ocultas. Aunque esto contrasta con la información que tengo de Gertrudis Fernández.

Silvia Daneri me habló de otro rumor sobre Trudy:

—Las malas lenguas cuentan que es lesbiana; pero si alguien le pregunta sobre esto, se enoja muchísimo. Se ofende y es capaz de insultarte. Una vez pasó cuando yo estaba presente… fue la única vez que vi a Trudy realmente enojada. De por sí odia toda temática relacionada al sexo.

Le pregunté si ese rechazo al sexo tenía que ver con alguna cuestión religiosa, como en el caso de Irma Taglianessi.

—No, para nada —dijo Silvia—. Gertrudis es la mujer menos religiosa que conocí en mi vida. Quizás el rechazo se debe a que no se anima a salir del clóset.
—Claro, como vos… —decir esto fue una estupidez. Silvia casi me prende fuego con la mirada.
—No te metas en mi vida personal, Abel. No tenemos tanta confianza, y no te olvides de qué cargo ocupo para esta empresa.
—Está bien, pido perdón. Solo fue un chiste que me salió mal.
—Muy bien… menos chistes y más acción.

Fue irónico que me viniera con planteos mientras la tenía apoyada contra el escritorio de Stella, y le estaba metiendo la pija por el culo. Mientras demarcaba “los límites de la confianza”, sus grandes nalgas rebotaban con cada una de mis embestidas, y la pija se le hundía hasta el fondo del culo. ¿Será ahí donde están sus límites?

Esto ocurrió ayer a la mañana, cuando estábamos haciendo los últimos preparativos para el viaje. A Silvia Daneri ya no le importaba disimular frente a Stella. La rubia estaba sentada justo frente al escritorio, mirando como yo le bombeaba pija por el orto a Silvia. Katia estaba de rodillas en el suelo, comiéndole la concha a su jefa. Le metía la lengua en la concha como si estuviera buscando oro allí dentro. Antes de esto se la había a chupado a Silvia, quien se mostró muy abierta (en todo sentido).

—Ay, sí… nena —le había dicho, mientras le aplastaba la cabeza contra su entrepierna—. Qué rico la chupás. Me encantaría llevarte a mi casa y que me la chupes así todas las mañanas.

A mí me dio la impresión que había algo de cierto en esa invitación. Y quizás Silvia quería algo más que sexo oral matutino. Por la forma en que le tocaba las tetas a mi hermana me di cuenta que le estaba gustando cada vez más ser atendida por una mujer.

Mientras tanto Stella me chupaba la pija. Este fue el tercer pete que me hizo mi jefa, y fue con la excusa de que yo la tuviera bien dura para metérsela a Silvia. Aún así fue una excelente mamada. Insisto que, para ser lesbiana, chupa vergas con maestría. Después Katia me la chupó un rato, a pedido de la misma Silvia. Ella insiste que le da mucho morbo ver a mi hermanita comiéndome la verga. Hasta pidió permiso para grabar la escena. Yo accedí, siempre y cuando no se me viera la cara. Katia no puso ninguna objeción, la chupó y sonrió a la cámara. Como si su trabajo fuera generar contenido pornográfico.

Me quedé pensando en la sutil caricia de Trudy. ¿Y si ella había elegido viajar con alguien más a propósito? Bueno, teniendo en cuenta que haya algo de cierto en los rumores lésbicos, basta mirar las otras cuatro mujeres que viajan con nosotros. Irma, Stela, Silvia… y Katia. Todas muy bonitas. Entonces Trudy hizo una apuesta. No importaba cuál de las cuatro viajara sentada sobre ella, igual recibía un buen premio. Aunque no creo que la mejor opción sea Irma Taglianessi. No lo digo por su porte físico. Irma es hermosa, y la más elegante de las cuatro, sin dudas. Pero también es la que tiene más ética, y está casada.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar en el encontronazo que tuvimos en la sala de archivos de la oficina. Pude ver y tocar sus tetas… pude ver su vagina debajo de la ropa interior traslúcida. Ella me vio con la verga dura… uf, son demasiadas cosas. ¿Está mal dedicarle una paja a tu jefa? Porque a Irma ya le dediqué unas cuantas. Aunque el premio de “pajas para la jefa” definitivamente se lo lleva Stella. A ella le tengo ganas desde la primera vez que pisé la empresa. Y me alegra haber podido avanzar un poco con ella. Aún no puedo creer que me haya chupado la pija… tres veces.

—Uy, qué difícil es esto —protestó Katia, que aún no podía con el cinturón. Esto me hizo bajar al presente otra vez.
—La culpa es nuestra, chiquita —dijo Irma—. Tenemos el busto muy grande, solo complica las cosas.

Y sí que lo complicaba todo. Podía ver las tetas de ambas aplastadas por el cinturón. Stella se bajó de la camioneta y vino a ayudar a Katia.

—La única alternativa es que el cinturón cruce por el medio —dijo, mientras lo colocaba en posición. Para esto tuvo que manipular, sin disimulo, cada una de las tetas.

La escena resultó un tanto grotesca. Las tetas de mi hermana quedaron como infladas, separadas por ese cinturón que las apartaba hacia los lados. Se le marcaron mucho los pezones, ya que no llevaba corpiño. Daba la sensación de que la tela iba a estallar en cualquier momento.

—Es cierto, esa es la única forma de hacerlo —dijo Trudy—. Dejá, Irma… yo te ayudo.

Agarró las dos tetas de Irma y las apretó con fuerza, aunque lo hizo sin sensualidad. Fue un gesto técnico bien calculado (quizás demasiado bien). Las empujó hacia los lados, y esto le permitió a Irma colocar el cinturón en el centro. Trudy parecía estar disfrutando de la operación, mientras la dueña de las tetas no parecía darse cuenta de nada. El cinturón por fin consiguió abrocharse.

—¡Funcionó! —Exclamó Irma, con ingenua alegría—. Muchas gracias, Trudy. Vivo acomplejada por el tamaño de mis pecho y en días como hoy me gustaría poder quitármelos.
—Ay, no digas tonterías, Irma… con lo linda que tenés las tetas —aprovechó para presionarlas, como si fueran cornetas de bicicleta, y luego las soltó. Una vez más sus movimientos fueron precisos, y el tono de su voz estuvo bien cuidado, para que no tuviera ni la más mínima intención de provocación—. Deberías estar orgullosa de tenerlas tan grandes. Y vos también, Katia.
—Gracias —dijo mi hermana, claramente sonrojada.
—Muy bien, todo arreglado, nos vamos —dijo Stella.

Volvió a su asiento, se colocó el cinturón de seguridad y le dio la orden al chofer. Así la camioneta se puso en marcha, dando inicio al que podría ser el peor viaje de mi vida. La verga ya se me estaba despertando, y Katia no dejaba de mover sus nalgas sobre ellas.

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Comentarios

Nokomi ha dicho que…
Los usuarios de Patreon (de cualquier Tier) ya pueden leer hasta el capítulo 20 de "La concha de mi hermana"
ha dicho que…
Excelente como siempre, besitos en la cola ;D
$$$ ha dicho que…
Cómo!!!

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