Capítulo 19.
Medidas Desesperadas.
Miré el gran edificio de frente blanco con la mente hecha un ovillo. No reconocía este sitio como una de las sucursales de la empresa. Estuve a punto de quedar como un idiota al preguntar dónde estábamos hasta que Katia dijo:
—Reservé dos habitaciones, con tres camas cada una, para no salirme del presupuesto.
—Hiciste bien, chiquita —dijo Trudy con una afable sonrisa. Aprovechó para acariciar las manos de mi hermana.
Yo aún estaba en la camioneta, revisando carpetas. Buscaba parecer muy concentrado en esta actividad. Irma estaba a mi lado, señalando puntos aleatorios en los papeles. Fue una bendición tenerla como aliada. Gracias a ella tuve el tiempo suficiente para que mi erección desapareciera. Y debo añadir que fue la misma Irma quien se tomó el trabajo de meter mi pene, ya flácido, dentro del pantalón. Lo hizo con mucho cuidado, como si estuviera manipulando material frágil. Luego cerró el cierre y seguimos esperando, hasta que ya no pudimos disimular más. El chofer nos pidió que bajemos, tenía que guardar la camioneta en el garaje.
Bajamos y vi el vehículo alejándose. Y ahí caí en la cuenta de algo.
—¿Dónde va a dormir él?
—Ah, no te preocupes —respondió Katia—. Él tiene una habitación aparte, se incluye con el costo de los traslados.
—Ah muy bien.
Suspiré aliviado. Por un momento temí que tuviera que compartir cama con ese sujeto… o peor aún: que mi hermana tuviera que hacerlo.
Tuvimos una sencilla cena que vino incluida con el precio de las habitaciones. A mí no me gustó. Nos sirvieron unas milanesas aceitosas y un puré digno de hospital. Katia vació su plato con avidez. Ya sé quién eligió el menú. Si bien nadie se quejó, podía ver en la cara de las demás que no estaban disfrutando de la comida. Además de Katia, la única que comía con una sonrisa era Trudy. Me molesta no poder adivinar qué está pensando. ¿Es una sonrisa de felicidad? O quizás es una maquiavélica forma de decirnos: “Los voy a hundir a todos, y la culpa la tiene el exceso de aceite en estas milanesas y un puré insípido… y esa tetoncita a la que no dejo de mirar” Porque sí, era impresionante cómo los ojos se le perdían en escote de Katia. Es que, déjenme decirles, que mi hermanita no tuvo mejor idea que desprenderse los primeros botones de la camisa, alegando que tenía calor. Todos podíamos ver gran parte de su busto y el inicio decorativo de su corpiño de encaje.
Voy a darle a Katia el beneficio de la duda. Quizás notó las mismas tendencias lésbicas en Trudy que noté yo. Si es así, su plan está funcionando de maravilla.
Cuando terminamos de comer Katia empezó a hacerme unas señas extrañas. Movía la cabeza como si dijera “Allá está pasando algo”. Al mirar solo vi gente cenando tranquilamente. Luego de varios intentos fallidos, por fin entendí lo que quería decirme. Pretendía que la acompañara fuera del comedor, para hablar en privado.
Salimos juntos, con la excusa de que estábamos cansados. Las demás se quedaron comiendo postre. Katia me tomó de la mano y me llevó hasta nuestra habitación. Una vez dentro dijo: “Vamos a la ducha”.
—¿Qué? ¿Eso es lo que querías decirme?
—No, tarado. No quería decirte nada… solo intento ayudarte.
—¿Ayudarme con qué?
—Con ese problema del pito duro. Dale, apurate. En un rato viene Trudy. ¿Acaso querés que te vea con una erección?
—¿Trudy? ¿Por qué ella? ¿Por qué no compartimos la habitación con Stella?
—Yo no elegí quién se queda en cada habitación. No me dieron tiempo para eso. La que decidió fue la propia Trudy. Voy a intentar convencerla de que en el próximo hotel comparta habitación con Irma y con Silvia. Ahora vení… dale, sacate la ropa.
Evalué rápidamente la situación. Después de estar todo el día con la verga dura, sin eyacular… seguramente se me va a parar otra vez. Y Katia tenía razón, no nos queda mucho tiempo. Trudy puede aparecer en cualquier momento.
Nos quitamos la ropa y nos metimos juntos en la ducha. Katia no tardó ni un minuto, se puso de rodillas y empezó a devorar mi verga. Una táctica demasiado arriesgada. Si Trudy nos sorprendía bañándonos juntos, quizás podríamos apelar a la gran confianza de hermanos que tenemos. Pero… si de casualidad llega a abrir la puerta. ¿Cómo le explico que mi hermana me está chupando la verga? Esto no solo echaría a la basura todo el esfuerzo que hicimos para conseguir el préstamo, también nos garantizaría un despido.
Sin embargo Katia tenía mucha confianza en sí misma. Mamó la verga mientras la masturbaba con fuerza. Estoy seguro que aprendió esto mirando videos porno. Se metía el glande en la boca y daba fuertes chupones, si es que no estaba moviendo la lengua para todos lados. Era… impresionante. Mejoró mucho desde la primera vez que me la chupó. Y con la calentura que vengo acumulando, no tardé mucho en explotar.
Le llené la cara de leche. No podía ser de otra forma. La erección constante no hizo más que aumentar las reservas de semen. Ella podría haberse apartado, pero decidió no hacerlo. Dejó que la leche le cayera en la cara y dentro de la boca. No era necesario que la tragara, pero lo hizo igual.
Luego terminamos de darnos una ducha rápida. No teníamos demasiado tiempo para hablar de lo sucedido.
Salimos del baño apenas un par de minutos antes de que entrara Trudy. Katia ya estaba en su cama y yo justo me estaba metiendo a la mía. La saludamos con incomodidad, pero ella se mostró alegre y simpática. Dijo que iba a darse una ducha y eso es todo lo que recuerdo de esa noche. Porque mientras Trudy se bañaba, me quedé dormido. Eso fue una bendición. Me ahorró todos los momentos incómodos de compartir habitación con una desconocida.
A la mañana siguiente me encontré a Irma discutiendo con Katia. Ambas tenían puesto un conjunto limpio del mismo diseño que el día anterior: una blusa abotonada blanca y una larga pollera. Pensé que Irma le estaba reprochando a Katia que tuviera las tetas tan a la vista. Había desabrochado los primeros botones de la camisa y se podía ver el inicio de su corpiño de encaje. Sus tetas ya se estaban robando las miradas de las personas que deambulaban por el hotel.
—Ni hablar, Katia… ya está decidido.
—Le pido perdón, Irma —dije, metiéndome en la conversación—. A Katia le cuesta entender normas básicas de decencia. Abrochate bien la camisa, que en un rato tenemos que salir.
Las dos mujeres me miraron como si yo hablara otro idioma.
—¿De qué hablás? —Preguntó Katia—. Irma ni siquiera mencionó la camisa.
—Es cierto —dijo la jefa—. Si bien preferiría que la lleve abrochada, también entiendo que hace mucho calor. No es culpa de ella tener tanto busto. —Esa última frase la agregó como si quisiera decir: “Y mía tampoco”. Porque las tetas de Irma parecían estar sufriendo dentro de la apretada camisa.
—Ah, em… perdón. ¿Por qué discutían entonces?
—Le dije a Katia que tenemos que cambiar de lugar. Que ella viaje sentada arriba de Trudy.
—¿Y vos dónde vas a viajar?
—Arriba tuyo.
Me quedé paralizado. Sabía que hasta la próxima sucursal de la empresa nos quedaba como una hora y media de viaje, quizás más, dependiendo del tráfico.
—Emmm… Irma, este… no creo que eso sea buena idea.
—No veo otra opción. No después de lo que ocurrió ayer… ¿sos conciente de que penetraste a tu propia hermana? —Habló apretando los dientes, en un susurro que solo nosotros podíamos oír—. Entiendo que fue un accidente, pero mi religión, y mi forma de ver la vida, no me permiten ignorar este asunto. No si puedo hacer algo para evitarlo. Y mientras yo esté acá, eso no vuelve a entrar en tu hermana —señaló el bulto en mi pantalón—. ¿Pudieron hablar de este tema? ¿Cómo van a hacer para convivir después de lo que pasó? —Ni siquiera esperó una respuesta a sus preguntas—. Dios mío, esto nunca debió pasar. Es mi culpa, porque no presté atención a los detalles. Sabía que Katia no tenía ropa interior y… ay, Abel, no me mires con esa cara. Entiendo que vos no querías hacerlo, y que lo tuyo es una condición médica. Es inevitable. No es tu culpa.
Cada vez que Irma decía “no es tu culpa”, más culpable me sentía. Lo mío no es ninguna condición médica. Es que simplemente no puedo evitar que se me pare la pija al tener una mujer sentada arriba. Y menos si esa mujer es mi hermana. Es como si mi verga se hubiera acostumbrado a reaccionar de esa manera con Katia.
No hubo forma de convencerla. A pesar de que Katia aseguró que no le molestaba viajar sentada arriba mío y que esta vez traía ropa interior. Irma insistió en que su conciencia no la dejaría en paz si la penetración volvía a ocurrir. Cuando entendí que ya era una decisión tomada, solo me quedó por decirle que haría mi mayor esfuerzo para evitar cualquier tipo de incidentes.
—Es lo mínimo que espero —dijo Irma, con firmeza jerárquica—. No quiero que ocurra el mismo accidente conmigo. Soy una mujer casada, y sobre todo, una mujer de Fe. No quiero tener que explicarle a mi marido que el pene de uno de mis subordinados estuvo dentro de mi vagina. Y mucho menos quiero tener que confesar esto ante un cura.
—Emm… ¿usted es católica, Irma? —Pregunté, confundido.
—No. Pero sí soy cristiana. Hay muchas cosas de la iglesia católica que no me gustan, pero sí considero que la confesión es la única forma de limpiar el alma. Por suerte hay un cura amigo que me toma la confesión cada vez que lo necesito.
No es que me importen las cuestiones religiosas, pero no me gustaría ser el motivo de una confesión. Solo pensar que un cura podría enterarse de algún momento íntimo e incómodo me genera escalofríos. ¿Le contará lo que hizo para evitar que la penetración vuelva a ocurrir? Preferí no preguntarle.
Gertrudis no puso ninguna objeción cuando Katia se sentó sobre ella. Al contrario, se mostró gustosa de agarrar sus tetas, presionándolas con firmeza. Las separó para que ella pudiera pasar el cinturón de seguridad por el medio. Cuando éste quedó abrochado, y las manos de Trudy las liberaron, pude ver que las tetas de Katia estaban forzando al límite al primer botón de la camisa y que se veía un poco más que el inicio de encaje de su corpiño.
Por su parte Irma se sentó sobre su vestido, y yo mantuve el pantalón cerrado… como corresponde. Esto fue un alivio. Entre mi pene y su vagina había varias capas de tela. Mi bóxer, el pantalón, la pollera y su bombacha. No hay riesgo de penetración.
—¿Podrías ayudarme? —Preguntó Irma, mientras luchaba con el cinturón de seguridad.
—¿Em? ¿Yo?
—Sí, dale… como hizo Trudy con tu hermana…
Quería que me tragara la tierra. Tuve que agarrarle las tetas a mi jefa y las separé. Ahí me di cuenta que con lo pechugona que es, no es nada fácil hacer lugar para el cinturón de seguridad. Tuve que mantenerlas bien agarradas más tiempo del que imaginé. Y debo confesar que las tetas de Irma se sienten muy bien al tacto. Tienen un punto suave, y al mismo tiempo una firmeza propia de una joven de veintipocos, a pesar de que ya tiene el doble de edad.
La camioneta comenzó a moverse y con eso mi impaciencia fue en aumento. Este va a ser un viaje demasiado largo.
Una vez más la monotonía del paisaje me hizo imposible distraerme. Solo vi campo y algunos árboles. Hubiera sido lo mismo poner la cortina en la ventana.
Al ser más alta, Irma era más pesada que Katia. Sus nalgas me estaban apretando tanto, y su espalda estaba tan cerca de mi espalda que comencé a sentir signos de claustrofobia. Algo que no me pasa desde hace años. Por lo general no tengo problemas al estar en espacios cerrados, excepto cuando me pongo nervioso.
—¿Podemos bajar la ventanilla?
—El aire acondicionado está prendido —dijo el chofer.
—No es lo mismo, necesito tomar aire.
—Puedo aumentar el aire acondicionado…
—No, no… ¿cómo se abre esto? —No encontraba ningún botón o palanca que me permitiera bajar la ventanilla. Empecé a tocar todo con desesperación. Sentía que cada vez me costaba más meter aire en mis pulmones—. ¿Cómo carajo se abre esto?
—Los pasajeros no pueden abrir las…
—¡No sea maleducado, carajo! —El grito de Trudy me dejó boquiabierto—. ¡Baje la ventanilla de una vez! ¿Acaso es sordo?
—Disculpe, señora… —masculló el chofer entre dientes.
Por fin la ventanilla bajó y pude sentir el viento en mi cara. Estaba caliente, pero lo prefería antes que el tenue clima frío del aire acondicionado que no me deja respirar.
—Mi hermano es un poco claustrofóbico —Katia dio explicaciones por mí.
—Muy bien, no tiene que preocuparse —dijo Trudy—. Dejaremos la ventanilla abierta… y si es necesario, podemos parar a tomar un poco de aire.
—Muchas gracias —dije, sintiéndome muy avergonzado—. Disculpen el calor… es que… necesito sentir el viento en la cara. De lo contrario siento que me asfixio.
—No hace falta que pidas perdón —dijo Irma—. Yo también necesitaba respirar un poco. Este cinturón me está matando.
—Los cinturones deben quedar siempre abrochados —recitó el chofer.
—Sí, sí… ya entendimos —Trudy parecía haber perdido la paciencia. Espero que solo sea por el chofer, y no por las situaciones incómodas del viaje.
Pasamos unos minutos en silencio, estábamos peor que antes. Ahora, por mi culpa, debíamos pasar calor. Y con la temperatura veraniega que hace en esta época del año, empezó a sentirse más pronto que tarde.
De pronto vi que Irma cerraba la ventanilla que separaba los asientos de atrás de los de adelante. Le pidió al chofer que subiera el volúmen de la música y éste obedeció sin chistar. Cuando quedamos aislados en nuestro pequeño cubículo, junto a Trudy y Katia, Irma dijo:
—Abel, necesito que me ayudes con algo. Los botones de la camisa me están lastimando, por culpa de este maldito cinturón. Necesito desprenderlos.
—Muy bien, ¿qué debo hacer? —Pregunté.
—Vas a tener que desprenderlos vos.
No entendía por qué necesitaba mi ayuda. ¿Acaso no podía desprender ella misma esos botones? Pero cuando la vi agarrar el cinturón de seguridad entendí todo. Si ella no lo sostenía con firmeza, con ambas manos, éste le hacía imposible la tarea. Lo estiró tanto como le fue posible y me dijo: “Ahora, dale”
Metí las manos entre sus tetas, e intenté desprender el primer botón. Los dedos me temblaban. En especial porque tenía a Trudy y a Katia, mirando atentamente la escena.
—Sé que esto es incómodo, Abel —dijo Irma—. Pero hacelo sin miedo, te estoy dando permiso.
—Sí, sí… ya casi lo tengo.
Podía sentir el roce de sus tetas contra el dorso de mis manos. El primer botón salió y fui por el otro. Este costó un poco menos. El tercero me obligó a meter más las manos entre sus tetas.
—Uno más —pidió Irma, haciendo un gran esfuerzo.
Pude ver como su escote iba mostrando la tersa piel de esos pechos redondos. Quité el cuarto botón e Irma me pidió que abriera la camisa. Lo hice con cuidado, no quería romperla… o revelar demasiado. Ella me fue diciendo “un poco más”, hasta que quedó como la de Katia. Pudimos ver la parte superior de su corpiño. Eran unas tetazas impresionante.
—¿Vos tenés el mismo problema? —Le preguntó Trudy a Katia.
—No, los botones no molestan. Lo que me está matando es la arandela metálica del corpiño.
—¿Y por qué no te lo sacás?
—¿En serio? ¿No les va a molestar?
—A la que podría molestarle es a vos —dijo Trudy—. A nosotros no tendría por qué…
—A mí también me vendría bien eso —dijo Irma, aunque ella sonaba claramente más nerviosa que mi hermana.
—Sí, me pareció. Las veo sufrir, con todo apretado… mejor se lo quitan y ya está. No es para hacer un escándalo.
Yo no estaba tan seguro. Sé el efecto que pueden provocar tetas tan grandes como éstas. Cuando Irma me pidió que la ayude con eso, no pude negarme.
—Se desabrocha por delante —me dijo.
—Em… muy bien.
Vi como Trudy metía las manos por debajo de la camisa de Katia, en su espalda. El de mi hermana tenía el mecanismo clásico, que se desprende por detrás. ¿Por qué Irma usa estos? Me resultan anticuados… y además… tuve que meter las manos dentro de su escote. Empecé a luchar ferozmente contra un broche que no entiendo. Irma seguía esforzándose por sostener el cinturón. Trudy le quitó el corpiño a Katia en cuestión de segundos. Lo vi salir por el escote de mi hermana. Luego la mujer se tomó la libertad de “acomodar” las tetas de Katia, que ahora estaban mucho más accesibles que antes. Las agarró con sus manos y las presionó con fuerza.
—Uy, cómo se nota que tenés menos de veinte años —comentó Trudy—. Ya quisiera yo tenerlas así de firmes.
—Gracias… solo espero que se mantengan así cuando pase los cuarenta. Como las de Irma.
—Yo a veces preferiría que las mías no fueran tan grandes.
—Ay, no digas tonterías, Irma —le reprochó Trudy—. Deberías estar orgullosa de tus tetas —y mientras decía esto, apretó con fuerza las tetas de mi hermana. Cuando sacó la mano pude ver los pezones marcados sobre la fina tela blanca de la blusa.
Por fin conseguí quitar el gancho del corpiño y tiré de él, para sacarlo por el escote. Costó un poco pero por fin salió. Aunque con un pequeño accidente: uno de los pezones de Irma quedó completamente a la vista.
—Uy, perdón —dije, poniéndome rojo.
—No pasa nada —respondió Irma, al instante—. Era esperable que esto ocurriera. ¿Podrías acomodarlo?
—Yo lo dejaría así —dijo Trudy, en ese tono de bromas que no son bromas—. Es un lindo espectáculo.
—Ay, no digas tonterías —Irma se lo tomó con gracia y soltó una risita tímida—. Dale, Abel… acomodá la blusa.
—Em… no sé como hacerlo sin…
—No se puede hacer sin tocar. Dale, rápido. Ya no aguanto el cinturón. Metela dentro de la blusa…
Tuve que agarrar su teta izquierda, la que quedó a la vista, y empujarla hacia abajo. Acomodé la blusa hasta que al menos el pezón quedó cubierto. Luego Irma me pidió que hiciera lo mismo con la otra, para evitar futuros accidentes. Pude notar que ya había sudor acumulándose entre sus pechos.
Cuando por fin solté esos melones, pude ver cómo los pezones habían quedado marcados en la tela blanca. Hasta se podía ver una tenue sombra marrón, transparentando en la tela. Un espectáculo tan erótico que ocurrió lo inevitable, o quizás ocurrió antes y yo recién ahora lo noto.
La verga se me puso dura como un garrote.
Solté las tetas e intenté disimular un poco. Al mirar hacia la izquierda vi que Trudy estaba acomodando, con mucha paciencia, las tetas de Katia. Las agarraba como si fueran suyas y las acomodaba dentro de la fina tela de la blusa, tomándose el tiempo de tocar los pezones. Lo hacía como si quisiera asegurarse de que no se saldrían. Si Irma vio este espectáculo claramente erótico, no dijo nada. Aunque sí comenzó a moverse incómoda, al sentir mi erección. Giré la cabeza hacia el lado de la ventanilla. Necesitaba tomar aire.
Mi corazón comenzó a latir como el de un colibrí. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Cada vez me costaba más respirar y mi visión comenzó a nublarse. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Años de crianza con una madre psicóloga me preparon para identificar un ataque de pánico.
—Necesito bajar…
—¿Dijiste algo? —Preguntó Irma.
—Necesito bajar… ya mismo. Ya…
—¡Pare la camioneta! ¡Pare! —Gritó Trudy, sin mover las cortinas.
El vehículo comenzó a detenerse casi al instante. Fuimos perdiendo velocidad y nos desviamos hacia la banquina. Cuando nos detuvimos por completo, desabroché el cinturón de seguridad. No sabía cómo iba a hacer para bajar y que nadie notara mi erección. La respuesta a eso me la dio la propia Irma. Ella abrió la puerta y me tomó de la mano. Bajamos juntos, con nuestros cuerpos pegados. Nos pusimos de pie junto a la rueda trasera de la camioneta. Ella se quedó bloqueando la vista de cualquiera que quisiera mirar, aunque fuera por el retrovisor.
—Perdón, perdón… me siento un boludo.
—No pasa nada, Abel. No es tu culpa. ¿Fue por esto, verdad? —Señaló mi bulto, claramente empinado.
—Sí… me da mucho miedo que Trudy se de cuenta y…
—Y porque te duele, ¿cierto?
—No es exactamente dolor… más bien es opresión.
—Entiendo, sí. Aunque eventualmente va a empezar a doler.
—Puede ser…
—Hagamos una cosa. Sacala del pantalón… pero ahora no, cuando estemos sentados otra vez. Voy a usar mi vestido para taparte.
—No, Irma, no es necesario que…
—No discutas conmigo Abel. Lo que te pasa es más serio de lo que me imaginaba. No quiero que te dé un ataque de nervios durante el viaje. Te necesitamos. Sos el único que puede convencer a Trudy de que la empresa todavía se puede salvar. Estás haciendo mucho por mí… por todos nosotros. Yo también tengo que hacer algunos sacrificios.
Asentí con la cabeza mientras tomaba tanto aire como me era posible. Cerré los ojos durante unos segundos y comencé a sentirme mejor.
—Ya estoy bien. Podemos volver.
—¿Seguro?
—Sí, sí… seguro. Vamos.
—Muy bien, aprovechá cuando yo me incline hacia adelante… ahí sacala.
—Ok… —dije, sin mucha convicción.
Entramos juntos a la camioneta. Como había dicho, Irma dejó suelto su vestido, para que sirviera de carpa. Se sentó arriba de mi pene y sentí un agudo dolor. Sus nalgas casi me lo aplastan. Ella se asomó entre las cortinas entre los asientos y habló con Stella.
—Ya está mejor. Solo necesitaba tomar un poco de aire…
Mientras ella ejecutaba esta maniobra de distracción, yo moví rápidamente mis manos debajo de la cobertura de su pollera. Desprendí el pantalón y dejé salir mi verga. Admito que fue un gran alivio.
La tenía apuntando hacia ariba cuando Irma intentó sentarse otra vez. La punta de la verga se le encajó entre los labios de la concha, pude sentir cómo su ropa interior se hundía.
—¡Ay! —Saltó por la sorpresa.
—¿Pasó algo? —Preguntó Trudy.
—No, nada… es que… me di el techo en la cabeza. Pero no me dolió mucho, fue solo por la sorpresa —entendí que esas últimas palabras me las estaba diciendo a mí.
Bajé el pene tanto como pude, e Irma se sentó sobre él. La sensación fue agradable. Demasiado. Aunque eso no restó incomodidad.
—Ayudame con esto —dijo Irma mientras intentaba prender el cinturón de seguridad.
Supe lo que tenía que hacer. Me tragué la timidez y agarré sus tetas. Las separé y ella metió el cinturón en el centro. Por el forcejeo sus pezones quedaron a la vista. La imagen era pornográfica. Ella sentada ahí, con la blusa abierta y las tetazas transpiradas casi completamente a la vista.
—Wow, Irma… eso sí que es un buen espectáculo —bromeó Trudy—. Dejalas así, que es hermoso verlas. Además… con el calor que hace. —Volvimos a ponernos en marcha en cuanto cerré la puerta.
—Si estuviera sola en mi casa, seguramente las dejaría así —dijo Irma—. Pero hacerlo acá, no me parece apropiado.
—¿Por qué no? ¿Acaso te da vergüenza que Abel te mire las tetas?
—No, no… no es eso. De hecho, eso no me molesta para nada. Abel es un chico muy respetuoso… y sabe lo que es convivir con una mujer con un busto generoso. ¿No es así, Katia?
—Yo ando todo el día en tetas en mi casa. Nunca me molestó que Abel las mire.
—Demasiada información —mascullé entre dientes. Trudy soltó una risotada.
—Me caen bien estos chicos. Si no te da vergüenza Abel, ¿entonces es por mí?
—Bueno, es que sos la auditora del Banco y… estamos en horario laboral.
—Ay, no seas tan rígida, Irma. En la vida hay que relajarse un poco… y mirá como las tenés… todas transpiradas. Igual que Katia.
Sin pedir permiso ni perdón, metió la mano en el escote de mi hermana y comenzó a quitar las gotitas de sudor con su mano. También se tomó el atrevimiento de abrir la blusa, exponiendo sus tetazas.
—Así está mejor… hay que dejarlas respirar —dijo dándoles golpecitos, y haciéndolas rebotar—. ¡Chofer! ¡Abra la otra ventanilla, por favor!
No hubo respuesta, pero la ventanilla comenzó a bajar. Katia cerró los ojos en cuanto el viento le pegó en la cara y sonrió.
—Ahora estoy mucho más cómoda —aseguró—. Me estaba asfixiando con tanto calor.
—¿Ves, Irma? Dejalas respirar. Las cortinas están cerradas y acá nadie se va a escandalizar por ver un par de tetas.
—Mmm… bueno, está bien. Lo hago solo para que Katia no sea la única. Creo que acá es cuando las mujeres debemos ser solidarias entre nosotras. ¿Me ayudás, Abel?
—Sí, claro… —dije, intentando no sonar demasiado entusiasta.
Agarré la teta izquierda de Irma y la saqué de la blusa al completo. Luego repetí la acción con la otra. Mi verga palpitaba entre sus nalgas y podía sentir la tibieza de sus labios vaginales, protegidos solamente por su ropa interior.
Continuamos viajando en silencio, aparentando completa normalidad. Pasados unos minutos noté que la mano derecha de Trudy estaba acariciando la pierna de Katia, demasiado cerca del centro. Mi hermana no daba ninguna señal. Ella seguía admirando el monótono paisaje como si nada pasara. Yo intenté borrar de mi mente el hecho de que había dos buenos pares de tetas completamente a la vista. Me resultó imposible hacerlo, teniendo las de Irma rebotando justo frente a mis ojos. Podía ver tan claramente sus pezones duros, que me costaba aguantar la tentación de pellizcarlos. Algo que al parecer a Trudy no le importaba, porque llegué a ver su mano izquierda apareciendo sobre la teta de Katia, para darle un buen pellizco al pezón. Luego volvió a esconderse. Esa mujer realmente había encontrado con qué entretenerse.
El chofer nos anunció que ya habíamos llegado a nuestro destino. Por fin este incómodo trayecto llegó a su fin. Tuvimos que apresurarnos a prender las camisas de Katia e Irma. Trudy, por supuesto, aprovechó tanto como pudo para manosearlas. Por mi parte intenté no tocar las tetas de Irma más de lo estrictamente necesario.
Cuando nos detuvimos, esperamos a que Katia se llevara lejos a Trudy, con la excusa de tomar un café con unas medialunas en la cocina de la sucursal. Stella y Silvia se unieron a ellas y por fin Irma pudo bajar.
—¿Estás bien? —Le pregunté. Ella, de pie fuera de la camioneta, miraba fijamente mi verga erecta.
—Sí, solo algo… confundida. No te preocupes. —Sin dudarlo, agarró mi verga y la guardó dentro del pantalón—. Tu hermana es muy astuta. Nos compró unos minutos de ventaja. Esperá a que esto baje y después nos reunimos adentro. ¿Estás listo para hacer tu trabajo?
—Sí, no te preocupes. Lo voy a hacer bien.
Lo dije en voz alta más para convencerme a mí mismo.
Por suerte mi verga no tardó demasiado en volver a dormir. Bajé de la camioneta decidido a dar lo mejor de mí, para no pensar en lo vergonzoso que se estaba volviendo este viaje.
Me pasé la siguiente hora y media mostrándole planillas de datos interminables a Trudy. Los empleados de la sucursal nos seguían, como si Gertrudis fuera una mujer famosa y todos quisieran pedirle un autógrafo. Sostenían carpetas con la esperanza de explicarle algo, pero no tuvieron chances de hacerlo. Trudy solo me escuchó a mí. Cada vez que alguien se le acercó, ella los despachó con cortesía, diciendo: “Abel está haciendo muy bien su trabajo, por favor no lo interrumpan”.
Detecté muchas miradas de celos y envidia. No me importaron, no estoy acá para hacer amigos. Esta puede ser la oportunidad que necesitaba para ascender en mi vida laboral. No voy a desperdiciarla.
—Todo parece estar marchando mejor de lo que esperaba —dijo Trudy, cuando terminé con el recorrido. Parecía sincera y satisfecha. Irma sonrió y me levantó el dedo pulgar—. ¿Seguimos viaje hacia la siguiente sucursal?
—Antes tenemos que hacer una parada de descanso —comunicó Katia—. La empresa para la que trabaja el chofer lo obliga a descansar cada cierta cantidad de horas.
—Pero si solo viajamos durante una hora y media, como mucho habrán sido dos.
—Sí, pero la próxima sucursal está cruzando las sierras. Vamos a tardar como seis horas. Quizás más, si es que hay tráfico. Por eso reservé habitaciones en un hotel cercano. Vamos a descansar tres horas y después seguimos. De paso podemos almorzar.
—Muy bien, entiendo.
Luego de comer algo, nos trasladamos a las habitaciones. Esta vez Katia y yo la compartimos con Irma. La primera en entrar a bañarse fue Katia, dijo que estaba muerta de calor y necesitaba una buena ducha refrescante. Me quedé solo con Irma durante unos minutos. Para disimular el incómodo silencio, me puse a mirar datos empresariales en el celular.
—Hiciste muy bien tu trabajo, Abel.
—Muchas gracias. Y perdón por…
—No quiero escucharte pedir perdón nunca más. Quizás seas la persona que está salvando esta empresa. Si viajar sentada sobre un palo es el precio a pagar, lo hago con mucho gusto… em… umm… eso no sonó bien. Lo que quería decir es que…
—No te preocupes, Irma, entendí perfectamente. Todos tenemos que hacer sacrificios.
—Así es. Eso mismo quería decir.
Ella permitió que yo fuera el segundo en ducharse. El viaje y los números me habían dejado agotado, así que al salir de la ducha me fui directo a la cama… y me quedé dormido al instante.
Me despertó la alarma del celular. Me senté en la cama sobresaltado, sin entender dónde carajo estaba. Vi a Katia y a Irma sentadas en una cama, conversando tranquilamente.
—Te despertaste justo —dijo Katia—. En un ratito salimos. —Eso me relajó, por un momento tuve miedo de haber dormido más de la cuenta—. Ay, no… otra vez…
—¿Otra vez qué? —Pregunté.
Katia señaló hacia mi entrepierna. Cuando miré me encontré una tensa carpa formada con la sábana. Esto ya perecía una broma de mal gusto. Pero, en defensa de mi pene, el pobre se pasó casi dos horas entre las nalgas de Irma. No lo culpo por estar tan tenso.
—Hay que hacer algo para bajarlo —dijo Irma—. Salimos en diez minutos.
—Tendremos que recurrir a medidas drásticas —anunció Katia.
A continuación se acercó a mi cama y apartó la sábana. Yo no había tenido tiempo de vestirme antes de acostarme. Solo me tapé y me dormí al instante. Ahí estaba mi verga, saludando a las dos mujeres presentes. Irma miraba, sin moverse de su lugar, lo que hacía Katia.
Mi hermana me agarró la verga y comenzó a masturbarme frente a la jefa.
—Em… no, Katia… esperá —le dije—. No hace falta que eso lo hagas vos. Puedo ir al baño y hacerlo yo solo.
—No tenemos tiempo. —Miró a Irma y agregó—. Se le para fácil, pero tarda mucho en acabar. Bah, eso es lo que me dijo su ex novia.
Al menos tuvo la decencia de añadir una pequeña mentira.
—Ay, no… —pude ver preocupación en el rostro de Irma—. ¿Y qué vamos a hacer?
—Se me ocurre algo…
Y a continuación agachó la cabeza y se tragó buena parte de mi verga. Comenzó a chuparla rápidamente. Los ojos de Irma se abrieron tanto que casi se le salen.
—Pero… ¡Katia! —Chilló, con la voz rota—. ¡Es tu hermano!
—Lo sé, pero esto es una emergencia. Además… después del accidente de ayer, no me preocupa tanto metérmela en la boca. —Y volvió a tragarla. Pude sentir cómo su boca succionaba mi glande.
—No, Katia… no puedo permitir eso. Ni siquiera como una medida desesperada. No si yo estoy acá…
Irma se acercó a nosotros, se sentó junto a Katia y agarró mi verga.
—¿Estás segura? —Le preguntó mi hermana.
—Siempre y cuando Abel entienda por qué lo hago. Espero que no confunda esta situación…
—Al contrario, Irma. Soy yo el que debería sentirse mal. Todo esto es culpa mía.
—¿Va a funcionar? Digo… si hago esto…
—Sí —aseguré. No supe qué más decir.
—Muy bien… allá vamos. Y espero que mi marido nunca se entere de esto. Jamás lo entendería.
Bajó la cabeza y comenzó a tragar el glande con timidez. Al principio creí que estaba nerviosa, luego entendí que Irma no tiene experiencia en esto. Probablemente nunca le chupó la verga a su marido.
—Disculpen, no sé cómo hacerlo…
—Solamente tenés que dejarte llevar —le dijo Katia—. Dejá salir a la mujer sensual que hay en vos. Hacelo como si realmente quisieras. Te aseguro que la diferencia es muy grande. Así…
Katia chupó mi verga, tragando buena parte de ella. Irma observó en silencio, comprendió que Katia solo lo hacía para darle instrucciones. Luego Irma replicó la acción. Lo hizo con torpeza, pero ya había más decisión. Usó más su lengua y apretó mi glande con sus labios.
—Eso, con ganas. No pares —la alentó Katia.
Irma siguió mamando y yo no sabía si alegrarme o considerarme despedido. Cerré los ojos, intentando no pensar que eran mi jefa y mi hermana las que me chupaban la pija. Y menciono a Katia porque ella siguió dando chupones ocasionales, para mostrarle a Irma cómo debía hacerlo.
—Tenés que darle un buen uso a tus tetas, Irma. Aprovechalas, que para algo las tenés.
—¿Qué? ¿Y cómo se supone que debo hacer eso? —Preguntó mirando a Katia.
—Muy simple… abramos la blusa.
Ahí noté que ninguna de las dos llevaba puesto un corpiño. Katia desprendió los botones con rapidez y las grandes tetas de Irma quedaron a la vista. Fue la propia Katia quien puso la verga justo entre ellas, y las apretó.
—Ahora movelas así —replicó el movimiento de la masturbación, pero usando las tetas de Irma.
—¿Y esto ayuda?
—Te aseguro que sí —le respondió Katia—. Y al mismo tiempo la tenés que chupar.
—Voy a intentarlo. Perdón si lo hago mal. Nunca había hecho una cosa así. Ni siquiera sabía que se podía.
—Ay, Irma… ¿nunca usaste las tetas para hacer una turca? —Katia parecía asombrada—. Qué lástima, con lo lindas que las tenés. ¿No es así, Abel?
—Mm…. pseee…
No quería hablar, y tampoco pude mantener los ojos cerrados. Era hipnótico ver a Irma presionando sus tetas contra mi verga mientras le daba unos buenos chupones al glande. Le llevó tiempo agarrar ritmo, pero lo logró gracias a las constantes instrucciones de Katia.
—¡Hey! ¿Están listos?
Nos sobresaltamos al escuchar el golpeteo en la puerta y la voz aguda de Stella.
—Ya vamos… esperá, tenemos un pequeño problema —se excusó Irma—. Necesitamos cinco minutos más.
—Bueno, apurense. Ya estamos todos listos para seguir.
—¿Qué puedo hacer para acelerar esto? —Le preguntó Irma a Katia.
—Emm… podés sentarte arriba…
—Espero que no estés pensando en una penetración.
—No hace falta llegar a eso. Es más, ni siquiera tenés que sacarte la bombacha. Sacate la pollera, que te voy dando instrucciones.
La pollera se desprendía por el costado. Katia la ayudó. En cuestión de segundos pude ver las torneadas piernas de Irma y su ropa interior de algodón blanca. Ahora sí que parece una mujer joven y vigorosa. Solo necesita dejar de lado su vestimenta anticuada.
Se sentó sobre mi verga, aplastándola con su cuerpo. El tronco de mi falo quedó presionado bajo los labios vaginales de Irma.
—Eso mismo. Ahora movete —Katia se sentó sobre mis piernas, justo detrás de Irma—. Movete como si estuvieras teniendo sexo… me imagino que sabés hacer eso.
—Em… no exactamente. Perdón, no es que sea virgen ni nada eso. No después de tantos años de casada. Es solo que mi marido y yo seguimos los consejos de la Fe… y solo lo hacemos en la posición del misionero.
—Dios, que aburrido.
—Quizás lo sea, pero no vemos el sexo como una diversión.
—Bueno, no es muy difícil hacerlo, Irma. Seguí tu instinto femenino, mové las caderas así… con ganas. Yo voy a hacer algo que te va ayudar a entrar en sintonía.
—¿Qué tenés en men…? ¡Ay… no! No, Katia… eso no…
Mi hermana le agarró una teta con su mano izquierda y la derecha la metió dentro de la bombacha. Resultó obvio lo que estaba haciendo con los dedos dentro de la ropa interior.
—No tenemos tiempo, Irma… movete. Seguí mi ritmo. Dale, con ganas…
—Ay, Dios mío… Ay Dios mío…
Irma comenzó a menear las cadar. Bah, en realidad fue Katia la que se movió, a mi jefa no le quedó más opción que acompañarla en el bamboleo. Podía sentir cómo la tela de la bombacha rozaba contra mi verga. El calor y la humedad del sexo de Irma llegaban hasta mi piel. Era una sensación maravillosa. Ella comenzó a gemir, estoy seguro de que fue porque Katia la estaba masturbando. No creo que estuviera metiéndole los dedos, pero sí que le estaba dando un feroz tratamiento a su clítoris.
—Ay, Katia… ¡por favor! Ni mi marido me toca así…
—Lo sé, yo lo hago mejor ¿cierto?
Irma se puso roja y ni siquiera respondió. Katia deslizó su boca por todo el cuello de Irma, esto la hizo gemir. La mujer se movía sin parar, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. La verga me palpitaba cada vez más fuerte. Tenía ganas de arrancarle la bombacha y penetrarla. Me contuve proque no quiero que Irma me asesine. Sé que no toleraría una cosa así.
Tanto movimiento provocó un gran efecto en mi verga. Eyaculé con violencia, soltando todo el semen que tenía acumulado. La bombacha de Irma se llenó de leche, aún así ella siguió moviéndose, porque Katia no se detuvo ni por un instante. Le pellizcaba los pezones, le besaba el cuello y le frotaba el clítoris. Todo al mismo tiempo. Pobre mujer, no debe estar acostumbrada a sentir tanto estímulos sexuales al mismo tiempo, y mucho menos viniendo de una mujer.
—¿Listo? —Preguntó Irma, con la voz entrecortada.
—Sí, ya está —aseguré—. Tengo que ir a lavarme.
—Sí, sí… yo también. Vamos a la ducha, rápido…
Irma parecía avergonzada, aún así se quitó la bombacha y la blusa, quedando completamente desnuda. Fuimos juntos al baño y abrimos la ducha, cuidándonos de no mojarnos el pelo. Nos lavamos rápido. Intenté no pirar su pubis peludo, pero fue imposible.
Por suerte esta situación incómoda solo duró unos segundos. Salimos del baño, nos secamos rápidamente mientras Stella nos decía, desde el otro lado de la puerta, que el chofer se estaba impacientando. Comenzamos a vestirnos a toda prisa.
—Katia ¿tenés una bombacha? —Preguntó Irma—. No voy a ponerme la que quedó llena de semen…
—Em… la que compré esta mañana la tuve que guardar. El viaje fue más húmedo de lo que me imaginaba.
—Ay, sí… hacía mucho calor. —Estoy seguro de que Katia no se refería al sudor, pero lo dejé pasar—. Entonces… ¿qué me pongo?
—No tenemos tiempo para ir a comprar bombachas.
—Ay, no…
—¿Qué hacemos? —Pregunté.
—Em… no podemos hacer nada. Vamos así, ya buscaremos alguna solución durante el viaje. No pienso viajar seis horas sin bombacha sentada arriba de… emm… ¿podrías dejarla dentro del bóxer al menos?
—Sí, claro… por supuesto.
Estuve a punto de agregar que yo era el único que llevó ropa interior suficiente como para todo un mes, porque soy así de precavido. Pero me imaginé que a Irma no le haría mucha gracia el comentario.
Salimos de la habitación simulando que nada extraño había ocurrido. La camioneta nos esperaba en la puerta del hotel. Subimos para hacerle frente a un largo viaje que deberíamos haber hecho en avión… o al menos en un colectivo de larga distancia, en asientos más cómodos.
Esta vez sí que tuve ganas de putear a Katia por haber confundido la cantidad de asientos disponibles.
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