Mis Vecinos Superdota-2 [01]

Esta serie es la continuación de mi relato titulado Mi Vecino Superdotado, el cual está publicado completo en el Blog de Nokomi Relatos.

En Mis Vecinos Superdota-2, la familia Himmel intenta reconstruir su vida después de un importante cambio económico y se muda a un departamento más modesto en el barrio de Caballito. Ingrid, la madre controladora y obsesionada con mantener la imagen de perfección familiar, se enfrenta a nuevos desafíos: adaptar a sus hijas Nerina y Frida a esta realidad más humilde, lidiar con un marido cada vez más distante y, sobre todo, manejar las tensiones que surgen con los vecinos del edificio.

La historia explora, con un tono erótico intenso y sin tabúes, los choques entre el deseo de control de Ingrid, la rebeldía natural de sus hijas y las personalidades peculiares de quienes ahora comparten su día a día en el mismo pasillo. Es una trama cargada de tensión sexual, dinámicas familiares complejas y situaciones cada vez más provocativas que ponen a prueba los límites de lo que cada uno considera “decente”.

No es estrictamente necesario haber leído la primera parte para disfrutar de esta continuación. Quienes ya leyeron Mi Vecino Superdotado van a reconocer mejor el origen de algunos personajes y entenderán con más profundidad ciertas dinámicas, pero la historia de esta segunda temporada se sostiene perfectamente por sí sola.



Capítulo 01.


La Familia Himmel.





El departamento no era ningún lujo, pero se adaptarían. Ingrid Himmel se aferraba a esa certeza como a un salvavidas. “Es algo transitorio, apenas un tropiezo”, se repetía una y otra vez, como si con pensarlo pudiera torcer la suerte de su familia.

—¡Mi cuarto es hermoso! —anunció Frida cuando irrumpió en el living. Sus ojos azules chispeaban de entusiasmo y la sonrisa perfecta le iluminaba el rostro. Rubia como sus padres, llevaba el cabello suelto en prolijos bucles que rebotaban al moverse.
—El mío es un desastre —rezongó Nerina, la mayor—. Ni siquiera tiene vestidor.
—Ahora no podemos darnos el lujo de cuartos con vestidor —replicó Ingrid, apretando los labios con firmeza.

El living olía a pintura fresca, aunque el piso de parquet, gastado y con marcas de arrastre, evidenciaba los años del edificio. En las esquinas, dos macetas con plantas apagaban la frialdad de las paredes blancas. Ingrid alcanzó a ver cómo Gustavo bajaba la cabeza, como si encontrara refugio en aquel pequeño rincón verde. Detestaba ese gesto en él: sabía que la mudanza hería su orgullo más que a nadie.

Aún así, sonrió al verlo. Mantenía su postura firme, como un hombre que no está dispuesto a agachar la cabeza ante la adversidad. Y aún seguía gustándole tanto como el día en que lo conoció. Gustavo Himmel siempre había sido un hombre atractivo, de presencia atlética y cabello rubio peinado hacia un lado. Llevaba puestos los inseparables lentes oscuros, con aumento, un recurso para disimular el astigmatismo que tanto odiaba mencionar. Ese defecto, para él, era una mancha invisible que lo volvía vulnerable. En cambio, jamás ocultaba la cicatriz que surcaba su mejilla. A Ingrid le había costado tiempo aceptarla; al principio, aquella línea irregular le parecía un tajo que arruinaba la perfección de su rostro. Ahora, en cambio, había aprendido a verla como él: una marca que no disminuía su atractivo, sino que lo volvía único.

Frida siguió recorriendo el departamento como si se tratara de una excursión. Abría las puertas de los placares, comentaba cada hallazgo y celebraba hasta lo más mínimo:


—¡Miren! Desde mi ventana se ven los árboles del parque Rivadavia. Y hay una heladería en la esquina. ¡Podemos comprar helado sin caminar diez cuadras!

Su entusiasmo chocaba con la cara larga de Nerina, que se había dejado caer en el sillón del living. Hundió las uñas en el tapizado descolorido, como si quisiera arrancarlo.

—Antes, desde mi cuarto, se veía la pileta. Y teníamos dos heladeras llenas de helado —su voz destilaba veneno—. Esto es deprimente.

Ingrid la observó con un gesto severo, pero no contestó de inmediato. Era consciente de que, en el fondo, su hija mayor no exageraba: las paredes desnudas, los techos bajos, la cocina minúscula. Nada de eso podía compararse con la mansión de San Isidro. Sin embargo, se obligó a mantener el tono firme:
—No sirve de nada comparar. Es otro lugar, otro comienzo.

Gustavo permanecía en silencio, recostado contra el marco de la ventana. No participaba de la discusión. Apenas levantó un hombro cuando Frida lo llamó para mostrarle su cuarto. Siguió con la vista fija en la calle, donde pasaban colectivos atestados y autos que tocaban bocina sin tregua. Ese murmullo urbano se filtraba en el departamento como un recordatorio incómodo: ya no estaban aislados por un parque privado ni custodiados por portones de hierro. Ahora eran uno más en Caballito, con vecinos en cada pared.

Ingrid se cruzó de brazos. Sabía que, pese al entusiasmo de Frida, todos estaban pensando lo mismo: la perfección de los Himmel se había reducido a un espejismo. La ropa de marca, las sonrisas blancas, las maneras impecables seguían intactas. Pero debajo de esa superficie empezaban a asomar las grietas.

El timbre del ascensor sonó al final del pasillo. La puerta metálica se abrió con un golpe seco y de allí salió un joven alto, de piel oscura y sonrisa franca. Llevaba una mochila al hombro y la ropa deportiva aún impregnada del olor a pasto recién cortado.

—Buenas tardes —saludó con un castellano marcado por un acento extranjero, profundo y musical.

Ingrid, que en ese instante acomodaba unas cajas frente a la puerta del departamento, se irguió como si le hubieran dado un sobresalto. Forzó una sonrisa automática, la misma que había usado tantas veces en cócteles y reuniones sociales.

—Buenas tardes —respondió, con un leve titubeo.

Frida agitó la mano con entusiasmo, siempre dispuesta a agradar.

—¡Hola!

Nerina, en cambio, bajó la mirada y apretó los labios. El saludo se le quedó atorado en la garganta.

Malik se detuvo a unos pasos, educado, manteniendo cierta distancia.
—Soy Malik, vivo justo enfrente —dijo, señalando la puerta al otro lado del pasillo.

Gustavo apareció detrás de su esposa. Traía aún los lentes de sol puestos, como una máscara que le permitía observar sin exponerse. Estiró la mano con un gesto firme, pero fugaz.
—Gustavo Himmel. Mucho gusto.

El contacto fue breve, apenas un roce. Malik asintió con naturalidad, sin notar —o prefiriendo no notar— la rigidez que impregnaba a la familia.

—Si necesitan algo, ya saben dónde estoy —añadió con una sonrisa amplia antes de abrir su puerta y desaparecer dentro.

Quedó un silencio espeso en el pasillo. Ingrid cerró la suya con cierta prisa, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso. Dentro, Nerina fue la primera en hablar:
—Genial. Justo enfrente.

Su tono era una mezcla de sarcasmo y desagrado. Gustavo no contestó; se limitó a dejar las llaves sobre la mesa y caminar hacia la ventana. Ingrid, con una calma tensa, fingió ordenar las cajas, aunque sabía perfectamente que todos habían sentido lo mismo: la perfección de su pequeño mundo acababa de ser sacudida por aquella presencia inesperada.

—Bueno, solo quería saludarlos y darles la bienvenida al barrio. Cualquier cosa que necesiten, me avisan.
—Muchas gracias, Malik —dijo Frida, con una sonrisa radiante. El senegalés también sonrió al darse cuenta de que al menos la más pequeña no parecía intimidada por su presencia.

Cuando Malik se marchó, Nerina cerró la puerta, quizás demasiado fuerte.

—¿Vos sabías esto, mamá? —Espetó, con los ojos chispeando.
—No tenía ni idea. Me dijeron que era un barrio respetable.




***




Después de una ducha, Ingrid se acostó usando el pecho de su marido como almohada. Él estaba mirando un partido de fútbol, con los anteojos negros aún puestos. Una escena que a cualquiera le hubiera resultado ridícula. Ingrid tuvo que acostumbrarse. Las insistencias para que Gustavo compre anteojos comunes solo generaron discusiones.




Los dedos de Ingrid recorrieron suavemente el contorno de los pectorales de su marido. Una costumbre tan arraigada que ya lo hace sin pensarlo. Siempre le gustó que Gustavo cuidara de su cuerpo. Lo conoció en un gimnasio, hace ya veinte años. Él se le acercó para explicarle que estaba haciendo mal sus abdominales, y que eso podría traerle problemas en la espalda… “Y sería una pena que una mujer con un porte tan recto como el suyo empezara a caminar torcida”.




Ingrid sintió el atractivo de ese hombre a primera vista. Alto, atlético y con una mirada fría, distante, que le aportaba misterio. Al final no hubo mucho misterio en Gustavo, más que aquellas cosas que solo se atrevió a hablar con Ingrid. Ella cayó rendida ante su encanto magnético y esa voz profunda que tantas veces la hizo suspirar. Ingrid supo que se casaría con él cuando una noche, luego de una fiesta en la que Gustavo había participado, terminó masturbándose sola, en la cama. Un actividad impropia de Ingrid, pero que aquellas vez le dio rienda suelta. Ese hombre no solo le parecía elegante y atractivo, también lograba excitarla como nadie más había hecho.




Continuó bajando por los abdominales, remarcado cada uno con la yema de sus dedos. Recordó la víspera de año nuevo en la que se dieron su primer beso. Ingrid tenía unas ganas locas de llevárselo a la cama; pero como ella era una mujer respetable y Gustavo estaba destinado a ser el padre de sus hijos, contuvo sus instintos primitivos.




Tuvieron su primer acto sexual en la luna de miel, como corresponde. Lo decidieron en conjunto y si bien no fue como Ingrid lo había soñado, tampoco estuvo tan mal. Ambos eran primerizos y estaban muy nerviosos. Esa noche Ingrid descubrió que los nervios pueden provocar “disfunción eréctil”. Un término que buscó varias veces en Google. Pero a Gustavo no le pasaba eso todo el tiempo. Era un hombre hecho y derecho, sabía cómo complacer a su mujer… y ella sabía cómo complacerlo a él.




Ingrid comenzó a juguetear con el pene de su marido, agarrándolo por debajo del bóxer. Se le puso dura casi de inmediato. Ella sonrió mientras miraba la pantalla sin mirar. Le importaba poco y nada el fútbol. Solo seguía algunos partidos porque su marido no podía dejar de mirarlos. Sí, puede que esto haya provocado alguna que otra discusión; pero hoy no… hoy se lo merece, por todo lo que tuvo que pasar.




La cabeza de Ingrid bajó lentamente, hasta que terminó con el pene dentro de la boca. Lo tragó completo y luego lo dejó salir, apretando fuerte los labios. Sabe que a su marido le gusta eso. Luego agarró el pene con fuerza. Le encantaba que ese miembro entrara perfecto en su mano, y que solo sobresaliera el glande. Así ella podía chuparlo mientras presionaba y lo masturbaba. Gustavo se mantuvo inmutable, siguió mirando el partido sin mover ni un solo músculo. Los único movimientos en esa cama los provocaba Ingrid, con su cabeza subiendo y bajando. Ella se llevó una mano a la entrepierna y notó lo mojada que estaba. Pero se abstuvo de tocarse mucho, solo se permitió un leve roce con su clítoris. Hay demonios internos que es mejor no despertar. ¿Qué pensarían sus amigas si ella fuera una de esas mujeres que se masturban aún estando casadas?




Gustavo eyaculó, y como Ingrid ya sabía detectar las señales, tuvo tiempo de apartarse. Presionó el miembro de su marido y exprimió toda la leche que salió de él. La fue limpiando de a poco con la ayuda de pañuelos descartables. Solo una vez Gustavo insinuó que ella podría tragar el semen después de chupársela. Ingrid estuvo dos semanas enojada con él, y se rehusó a acompañarlo a la cama. Desde aquella vez Gustavo no insistió más con el tema.




—¿Qué vamos a hacer con el vecino? —Preguntó Gustavo, sin apartar la mirada del televisor.
—No lo sé. Te juro que no sabía. La mujer que me mostró el departamento nunca mencionó a los vecinos.
—En Argentina es casi imposible cruzarse con un negro… y nos viene a tocar uno justo frente a nuestra puerta.
—Sí, es de no creer —Ingrid hizo un bollito con los pañuelos sucios y los tiró dentro de una bolsita de nylon—. Pero de momento no podemos hacer nada. Hay que mantener la puerta siempre bien cerrada, y decirle a las chicas que no hablen con él.
—¿Te fijaste cómo miró a Nerina?
—Sí; pero eso no me preocupa. Nerina sabe cuidarse sola. Ese tipo no tiene ni la más mínima oportunidad con ella. Eso sí, más le vale mantenerse alejado de Frida, porque ahí sí que le corto las pelotas.



Gustavo mostró media sonrisa. Siempre le gustó el carácter fuerte de su mujer.




—Bueno, voy a dormir —Anunció Ingrid—. Mañana será otro día. Y acordate que esto es temporal. Ya vamos a recuperar todo.
—Lo sé.

—Y por el vecino no te preocupes. Voy a tomar medidas. Ya tengo algo en mente. Dejamelo a mí.

—Muy bien. Que descanses.

—Y vos.




Se dieron un rápido beso en los labios, y después cada uno giró para su lado de la cama. Se quedaron dormidos en pocos segundos.




***




Ingrid volvió de la tienda de electrónica con una cámara de vigilancia y el técnico. Subieron en el ascensor hasta el piso diecinueve. El tipo no dejó de mirarle el culo a través del espejo, y eso que ella se había puesto un vestido algo suelto, que no le marcaba mucho la silueta. Pero su cuerpo era difícil de disimular.




—Por cierto, me llamo Cacho… bah, me dicen Cacho.




Ingrid lo analizó con la mirada. Era un hombre de estatura media y barba marrón bien arreglada. Su cabello, que ya dejaba ver unas pocas canas, estaba prolijamente cortado. Tenía puesta una chomba negra, con el logotipo de la empresa de electrónica, y un pantalón de jean. Los anteojos de montura metálica le daban un toque nerd.




—No tenés pinta de Cacho.

—¿Ah, no?

—No, un tipo al que le dicen Cacho debería ser mecánico… o carnicero. Quizás albañil. Vos tenés más pinta de Tincho, o de Santi.

—Bueno, gracias… supongo. —Se rascó la nuca—. Pero me llamo Carlos, y todo el mundo me dice Cacho.




Se encogió de hombros y le miró el escote sin disimulo. Podría haberlo insultado, por ser tan atrevido; pero con el tiempo Ingrid aprendió que estas cosas es mejor dejarlas pasar. En especial si necesita que ese hombre haga algo por ella. No tenía idea de cómo instalar la cámara.




Había aprovechado que la casa estaría vacía por el resto de la tarde. Nerina estaba ayudando a Frida a elegir su carrera universitaria. Gustavo tenía varias entrevistas de trabajo, y con suerte conseguiría algo decente.

Llegaron al departamento en el piso diecinueve, y el calor del día se colaba por las ventanas abiertas, haciendo que el aire se sintiera pesado y pegajoso. Ingrid abrió la puerta con su llave, sintiendo la mirada de Cacho clavada en su espalda mientras entraba. No era solo el ascensor; ahora, en el pasillo estrecho del pasillo, él la seguía de cerca, y ella podía percibir su presencia como una sombra insistente. El vestido de lino delgado se adhería ligeramente a su piel por el sudor sutil que empezaba a formarse en la nuca, y aunque era suelto, el movimiento de sus caderas lo hacía ondear de una manera que delataba las curvas generosas de su cuerpo.

—Pasá —dijo ella con voz neutra, señalando el living perfectamente ordenado. Su tono era cortés, pero con ese filo de distancia que usaba para mantener a la gente a raya.

Ingrid se giró hacia él, cruzando los brazos bajo el pecho, lo que inadvertidamente realzó la insinuación de sus pechos bajo la blusa blanca. El escote habría sido discreto en cualquier mujer, pero Ingrid tenía un busto generoso, que se insinuaba más de la cuenta. Con cada movimiento revelaba la curva superior de su piel pálida y suave, marcada por el leve brillo del calor.

Cacho entró, cargando la caja de la cámara con una mano, y sus ojos se detuvieron un segundo de más en ese escote antes de subir a su rostro. Era una mirada hambrienta, no burda, sino calculada, como si estuviera midiendo cada centímetro de ella, imaginando cómo se sentiría desabotonar esa blusa sencilla y ver qué había debajo. Ingrid lo notó, por supuesto; el calor en sus mejillas no era solo por el clima. Odiaba esa forma en que la devoraba con la vista, como si fuera un objeto en exhibición en lugar de la dueña de la casa. Pero necesitaba la cámara instalada, y rápido. No iba a complicar las cosas con un reclamo que podría hacer que el tipo se ofendiera y se fuera.

—Acá es donde la querés poner, ¿no? —preguntó él, señalando la esquina del living, cerca de la ventana que daba al balcón.

Su voz tenía un timbre ronco, casi casual, pero mientras hablaba, su mirada bajaba de nuevo, esta vez hacia la falda de lino que se pegaba sutilmente a sus muslos cuando ella se movía. El tejido delgado dejaba entrever el contorno de sus piernas, y Cacho se lamió los labios sin darse cuenta, ajustando sus anteojos con la mano libre como si eso lo ayudara a enfocarse.

—No. La cámara va en el pasillo.

—Ah, muy bien. ¿Ya le avisó a sus vecinos que va a colocar una cámara de vigilancia?

—Por supuesto —mintió Ingrid. No quería retrasar la instalación, sus vecinos ya se enterarían de la presencia de la cámara, al fin y al cabo es perfectamente visible.




La instalación de la cámara en el pasillo tomó una hora. Ingrid lo supervisó todo el tiempo, con ojos de halcón. No quería que Cacho fuera desprolijo y le dejara los cables sueltos por ahí. Le pidió que los adhiriera a la pared con clavos gancho y que hiciera la menor cantidad de agujeros posible, ya que el departamento no era de ella. Cacho se mostró claramente irritado por la constante vigilancia de esta autoritaria mujer; pero no podía negar que verla era todo un espectáculo. Esa rubia esbelta de estrecha cintura y pechos firmes podría quitarle el aliento a cualquiera.




—Muy bien, señora, la cámara ya está lista. Este es el disco externo que tiene que conectar a su computadora. Ahí se archivará todo lo que la cámara grabe. Ahora lo único que tiene que hacer es instalar el software, y configurarlo.

—No sé cómo hacer eso —dijo Ingrid, con los brazos cruzados y los labios apretados—. Y me imagino que si lo instala usted tendrá un costo extra.

—Imagina bien —le mostró una sonrisa de vendedor—. Pero solo serán unos pocos minutos.

—Mmm… muy bien, prefiero que lo haga usted.




Ingrid había instalado su computadora de escritorio en un cuartito pequeño. No sabía para qué estaba destinado, ¿quizás fuera la habitación del servicio de limpieza? Pero como no podían permitirse esa clase de servicios (ya no), lo transformó en su diminuto rincón personal.




Al pasar tantas horas sola en su casa, Ingrid había adquirido una gran afición a su computadora. Había hecho amigas por chat en todas partes del mundo, se podía pasar horas charlando con ellas. O mirando videos en YouTube… y, si nadie estaba mirando, hasta podría jugar a algún videojuego. Pero no hablaba de nadie con esto. Ni siquiera con su marido.




Cacho encendió la computadora y se sentó frente al monitor, su cuerpo ocupando el espacio de la silla de oficina con una familiaridad que hizo que Ingrid se tensara un poco más. Cuando el sistema operativo inició, apareció la imagen de fondo de pantalla. El hombre se quedó boquiabierto, sus ojos abriéndose detrás de los anteojos mientras recorría la foto con una lentitud deliberada: Ingrid en el centro, su bikini negro ajustado resaltando la curva generosa de sus pechos y caderas, flanqueada por sus hijas en prendas aún más reveladoras, sus cuerpos jóvenes y bronceados expuestos al sol de la playa. Las mejillas de Ingrid se sonrojaron al máximo, un calor que le subió desde el cuello hasta las orejas, recordándole cómo esa imagen la hacía sentir expuesta ahora, como si Cacho estuviera desvistiendo no solo a sus hijas, sino a ella misma en ese momento de vulnerabilidad familiar.

—Tiene usted hijas muy bonitas —dijo Cacho, sin poder apartar la mirada de la pantalla, su voz bajando un tono mientras sus dedos se demoraban en el teclado, como si quisiera prolongar el vistazo. Ingrid detestó ese comentario, un nudo formándose en su estómago al notar cómo su mirada se desviaba brevemente hacia su escote, comparando quizás la realidad con la foto. Hasta que el hombre siguió hablando—. ¿Sabe? Yo tengo una hija de dieciocho, creo que es la edad que tiene la menor de sus hijas ¿puede ser? Se llama Mariana. Y me preocupa que ahora tenga ganas de ir a la playa con sus amigas… y que use bikinis.

Esto tomó por sorpresa a Ingrid, quizás había juzgado mal a Cacho. Al final parece ser un padre preocupado. Ella podía entenderlo perfectamente, pero el roce de su propia falda contra sus muslos la hizo cruzar las piernas con inquietud, sintiendo el peso de sus ojos ahora sobre ella, como si la conversación la obligara a revivir esa exposición.

—Para mí no fue fácil acceder a esto, pero mis hijas insistieron mucho. Me preocupan la integridad y la decencia, pero tampoco quiero que me vean como una madre castradora que ni siquiera las deja usar bikini. Yo… yo no acostumbro a usarlo —sus mejillas recuperaron el intenso rubor, y apartó la vista hacia la ventana, deseando que el calor del día se disipara junto con esa incomodidad creciente que le apretaba el pecho—. Pero…

—Quería que sus hijas se sintieran acompañadas.

—Sí, eso mismo. Además… sabía que habría miradas indecentes, quizás si yo me vestía como ellas atraería algunas de esas miradas. —Se arrepintió al instante de confesar eso, mordiéndose el labio inferior mientras notaba cómo Cacho inclinaba la cabeza, su expresión cambiando a una de comprensión teñida de algo más íntimo—. No es que me interese que los hombres me miren en la playa, es que…

—Entiendo. Prefiere que la miren a usted antes que a sus hijas. Es lógico. Yo hubiera hecho lo mismo por mi hija, pero… conmigo no funcionaría igual.

—¿Usted no es casado?

—Divorciado. Mi mujer se fue de casa hace cuatro años. Ahora vive con otro tipo, y no visita nunca a Mariana.

—Oh… —Ingrid sintió una opresión en el pecho, un eco de su propia fragilidad financiera y familiar que la hizo apretar los puños a los lados, vulnerable bajo esa mirada que ahora parecía demasiado empática, demasiado cercana—. Lo siento mucho. No sé cómo una madre puede desentenderse así de su hija.

—Yo tampoco lo entiendo. En fin, no quiero amargarle el día con mis penas. Se nota que fueron unas bonitas vacaciones.

—Sí, lo fueron —Ingrid mostró una genuina sonrisa.

No quiso agregar que además esas fueron las últimas vacaciones en Acapulco, y que no podrían conseguir dinero para repetir eso en años. Viajaron para darse un último gusto, antes de cambiar de vida. Antes de perder la mansión de San Isidro.

—Entiendo —dijo Cacho, mientras comenzaba la instalación del software, sus dedos moviéndose con deliberada lentitud sobre el teclado, como si cada clic prolongara su presencia en el espacio personal de Ingrid—. Es complicado criar hijas en este mundo.

—Sí, mucho. Oiga… ¿alguien, además de mí, puede ver lo que graba la cámara?

—Oh, no se preocupe por eso, señora. Esto es un circuito cerrado. La única computadora que tiene acceso a la cámara es ésta.

—Pero… ¿por internet? Vi casos de cámaras para bebés que fueron hackeadas…

—Si le preocupa eso, le puedo instalar un programa de seguridad… aunque es un poco costoso.

—No me importa, instalelo. —No podía permitirse despilfarrar dinero, pero una nunca era lo suficientemente precavida, y el peso de su mirada la hacía sentir aún más expuesta, como si cada palabra suya abriera una grieta en su armadura.

—Muy bien. Déjeme comprobar algo… sí, ya está. En breve tendrá los dos programas funcionando. Ahora mismo le configuro la cámara.

Ingrid no se movió de su sitio. Vio cada uno de los pasos que realizó Cacho en la configuración, y a pesar de que no entendió mucho, tampoco vio nada raro. El cuarto aún no tenía un foco, por eso Ingrid había improvisado la iluminación con una lámpara sobre una mesita de luz en un rincón. Ella estaba de pie, con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas, justo frente al halo de luz de esa lámpara, la falda delgada adhiriéndose a sus muslos por el sudor del día, delineando sus curvas con una claridad que la hacía sentir desnuda bajo esa luz cruda. Cacho no sabía cómo disimular. Sus ojos se escapaban y se fijaban en esas piernas que ahora se veían nítidamente definidas por el contraste, un recorrido lento que le provocó a Ingrid un escalofrío involuntario, un hormigueo que subió por su piel hasta endurecerle los pezones contra la blusa blanca.

—Ahora solo queda instalar el disco externo —dijo, volviendo a mirar la pantalla, pero no antes de que su vista se detuviera un segundo de más en el contorno de sus caderas.

—¿Se va a llenar muy rápido?

—No, para nada. Tiene cuatro Terabytes, y la cámara solo graba cuando detecta movimiento. Además usted puede borrar los videos que no le sirvan con tan solo hacer un par de clics. Incluso… mm… sí, podría usar el disco externo para almacenar fotos o videos. Veo que tiene el disco rígido muy lleno.

—Ah… em… deben ser las fotos y los videos de las vacaciones.

Ingrid sabía que esa era una excusa un tanto ridícula. La verdad es que el disco estaba prácticamente lleno por los videojuegos que tenía instalados. En especial ese juego de Indiana Jones que compró a principio de año. Le resultó fascinante por su potencial gráfico y por lo divertido que era jugarlo. Sin embargo, le pareció que estaba muy politizado. Una historia más que caía en el cliché de tratar como villanos al Tercer Reich.

—Si quiere yo mismo le copio las imágenes… pero, em… bueno, tampoco quiero meterme en sus archivos personales. Puede haber cosas íntimas y…

—Yo no tengo nada que ocultar. —espetó Ingrid. Se arrepintió de haber dicho eso, pero ese hombre cuestionó su integridad, y eso no lo podía permitir. De ninguna manera, aunque el rubor que le subió a las mejillas traicionaba su creciente inquietud, sintiendo su mirada como un roce invasivo.

—Muy bien, entonces veamos… Mis Documentos. Imágenes… ajá… acá están. —Conectó el disco externo—. Veamos las fotos en cuestión. Ah… muy bonitas —dijo, mientras iba copiando los archivos, su voz bajando a un murmullo apreciativo que hizo que Ingrid apretara los labios, deseando retroceder pero clavada en el sitio—. ¿Puedo abrirlas?

—Sí, claro. Puede mirar cualquier cosa que haya en esta computadora. No hay nada indecente, ni privado. Podría subir todas esas fotos a Facebook. Quizás después lo haga.

Otras palabras de las que se arrepintió más pronto que tarde.




Las fotos de sus vacaciones en Acapulco pasaron una tras otra en la pantalla, el clic del mouse de Cacho resonando en el silencio cargado del cuarto. Muchas la mostraban a ella y a sus hijas en bikini, sonriendo a la cámara con esa despreocupación veraniega que ahora, bajo la mirada de este extraño, hacía que el estómago de Ingrid se contrajera.

Frida y Nerina posaban en la playa, sus cuerpos jóvenes y bronceados reluciendo bajo el sol, los bikinis diminutos apenas conteniendo sus curvas. En una, Frida saltaba en las olas, el top rojo ajustado marcando claramente sus pezones endurecidos por el agua fría, la tela fina pegándose a su piel como una segunda capa translúcida.

—Esa es Frida, mi hija menor —dijo Ingrid, forzando una sonrisa casual mientras se inclinaba un poco más cerca de la pantalla, como si estuviera revisando un álbum familiar inocente—. Ese bikini le queda un poco apretado, ¿ve? Por eso se le marcan tanto los pezones. Yo le compré uno más grande, pero ella insistió en usar este. Dice que se siente más cómoda así, aunque a mí me parece que resalta demasiado.

Cacho asintió, su respiración un poco más pesada, ajustándose los anteojos con una mano mientras sus ojos se demoraban en la imagen.

—Se ve que lo disfruta. Es una llena de energía. No hay nada malo en eso.

La siguiente foto era de Nerina recostada en una reposera junto a la piscina del hotel, las piernas abiertas en un ángulo que hacía que el bikini negro de tiro bajo se hundiera entre sus labios vaginales, delineando con precisión el contorno de su concha a través de la tela húmeda por el chapuzón reciente. El sol destacando cada gota de agua que perlaba su piel.

—Ah, em… esa… es Nerina, mi hija mayor. Su hermana le sacó esa foto… a modo de broma —explicó Ingrid, el rubor trepando por su cuello hasta teñir sus mejillas, pero manteniendo la voz firme, como si comentara el clima—. Estaba recién salida de la pileta, por eso el bikini se le pega tanto. Se le marca la vagina un poco. Es que ella también usa un bikini demasiado chico. Ya no sé qué hacer para que usen los que compré yo.

—Entiendo perfectamente —murmuró Cacho. Su voz se tornó más ronca por un instante, pero recuperó la compostura con un carraspeo. Pasó a la siguiente imagen sin prisa, aunque Ingrid notó cómo su muslo se movía ligeramente bajo el escritorio, un signo sutil de la excitación que contenía—. Se nota que fue un viaje divertido para todas.

Ahora apareció una de Ingrid misma, de espaldas a la cámara en la playa al atardecer, el bikini azul eléctrico subido alto en las caderas, la tela delgada estirándose sobre sus nalgas redondas y separándolas apenas, dejando ver la curva de su culo maduro pero tonificado.

—Esa también, la sacó Frida. Solo se estaba divirtiendo —continuó Ingrid, cruzando los brazos sobre su pecho para ocultar cómo sus propios pezones se endurecían bajo la blusa, traicionados por el calor y la tensión—. Si bien no me gustan este tipo de fotos… queríamos pasar unas buenas vacaciones, sin peleas. Por eso lo permití, de lo contrario… Bueno, las madres a veces cedemos para mantener la paz.

Cacho inclinó la cabeza, estudiando la foto con una apreciación contenida, sus dedos deteniéndose en el mouse.

—Se nota que usted es una mujer pudorosa. Y decente.

—Sí, lo soy —dijo Ingrid, inflando su pecho involuntariamente, lo que solo acentuó el escote de su blusa blanca—. No permita que estas fotos le den una idea equivocada. Solo son momentos familiares sacados de contexto, nada más.

La secuencia siguió con otra de Frida en el balcón del hotel, inclinada sobre la barandilla con el viento agitando su cabello, el bikini blanca casi transparente por el sudor, marcando no solo sus pezones rosados sino también el leve relieve de su monte de Venus presionado contra la tela inferior.

—¡Ay! Em… no me había fijado que esa foto era tan… reveladora —comentó Ingrid—. Es que… hacía mucho calor, y creo que me había dado una ducha fría antes de tomármela. Quizás usar una bikini blanca no haya sido la mejor idea.

—Emm… sí, la ropa blanca puede ser traicionera… en especial para las mujeres. Parece que lo pasaron genial. No hay por qué preocuparse; son fotos naturales, de familia.

Finalmente, una serie de Ingrid en la habitación del hotel, posando frente al espejo con Nerina y Frida a su lado. En una, Ingrid ajustaba las tiras de su bikini rojo, el top apenas conteniendo sus pechos generosos, los pezones endurecidos visibles como puntos oscuros contra la tela fina. En otra, se agachaba para recoger una toalla, el bikini inferior subiéndose y revelando el contorno preciso de sus labios vaginales, la tela clavándose en su coño maduro y húmedo por el calor.

—Estas son de la habitación —explicó Ingrid, su voz un poco más aguda, pero forzando normalidad al enderezarse y mirar directamente a Cacho—. Frida y Nerina me convencieron de posar. Ese bikini rojo es cómodo, aunque se me marca un poco ahí abajo. Pero en vacaciones, ¿qué importa? Solo queríamos capturar los recuerdos buenos.

—Son recuerdos preciosos —asintió Cacho, su postura relajada pero con las manos quietas en el teclado, conteniendo cualquier impulso—. Usted y sus hijas se ven radiantes. No hay nada de qué avergonzarse; es bonito ver una familia unida así.

Ingrid tragó saliva, sintiendo el peso de su mirada en cada imagen, mientras el software terminaba de copiar los archivos y la pantalla parpadeaba con la siguiente foto sugerente.

Cacho volvió a mirar a la rubia de pie a su lado, notando cómo su tensión la hacía separar un poco más las piernas. Un nudo se formó en su garganta al descubrir que Ingrid no llevaba ropa interior debajo de la pollera de lino. La luz del fondo la delataba sin piedad: la silueta de su vagina se recortaba nítida contra la tela casi transparente, los labios vaginales colgando sutiles y pequeños, pero perfectamente delineados en esa sombra alta definición que revelaba cada pliegue húmedo y el leve abultamiento de su monte. Ingrid, ajena a su exposición involuntaria, clavaba la vista en la pantalla, fingiendo concentración mientras el calor hacía que la tela se pegara aún más a su piel.

Ingrid quería ordenarle a Cacho que dejara de revisar las imágenes, pero eso solo admitiría su propia vergüenza. Se mordió el labio y observó en silencio cómo pasaban más fotos. Una mostraba a sus hijas de espaldas, exhibiendo las nalgas a la cámara —esa la había tomado ella misma en un arrebato juguetón—. El malestar la invadió al ver cómo los ojos de Cacho se fijaban en el culo de Frida, esa obra maestra redonda y firme a pesar de su cuerpo menudo de dieciocho años. Había robado todas las miradas en las vacaciones, eclipsando incluso las posaderas generosas de Ingrid y Nerina.

Cacho avanzó a la siguiente: Ingrid y Frida abrazadas desde un ángulo bajo, los escotes profundos dejando ver el valle entre sus pechos apretados. Luego, una idéntica con Nerina. En ese instante, Ingrid revivió el recuerdo de esa sesión fotográfica, el pulso acelerándose —pero ya era tarde para intervenir, con la tensión espesando el aire entre ellos.

La imagen ya estaba en pantalla, congelando el momento en píxeles reveladores.

Ingrid aparecía sin corpiño, un brazo cruzado sobre sus tetas generosas para cubrirlas a medias, mientras sonreía con una mezcla de picardía y vergüenza. A su lado, Frida sostenía la parte superior del bikini de su madre en alto, como un trofeo conquistado, sus dedos aferrando la tela húmeda y arrugada. Nerina, la fotógrafa invisible, había capturado esa travesura familiar en la habitación del hotel, con la luz del sol filtrándose por las cortinas y acentuando las curvas sudorosas de sus cuerpos.

—Eso… eso fue una broma de mal gusto de mi hija —murmuró Ingrid, sus mejillas ardiendo en un rojo intenso que se extendía hasta su cuello—. Tuvimos una seria conversación sobre esto cuando volvimos de las vacaciones. No debería haber permitido que llegara tan lejos.

Cacho inclinó la cabeza, sus ojos deteniéndose en los detalles: el brazo de Ingrid apenas ocultando el swell de sus pechos, la forma en que la piel pálida contrastaba con el bronceado de sus hombros.

—Ya veo… ¿es una chica muy bromista? —preguntó, su voz ronca por la sorpresa contenida.

—Le gusta divertirse, y lo hace de forma sana —respondió Ingrid, cruzando los brazos bajo sus propios senos para contener el temblor—. Es tan inocente que le cuesta entender dónde están los límites. Frida siempre ha sido así, juguetona, pero nunca malintencionada.

La siguiente foto surgió como un golpe: Ingrid sonriendo directamente a la cámara, el brazo ya retirado, dejando al descubierto sus tetas firmes y orgullosas. Los pezones marrones, endurecidos por el aire acondicionado o quizás por la emoción del momento, apuntaban hacia arriba, rodeados de areolas amplias y ligeramente arrugadas. El flash había capturado cada matiz, desde las venas sutiles bajo la piel hasta el leve rebote natural de su carne madura.

Ingrid sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Un desconocido devoraba con la mirada sus tetas, esas que solo su marido había lamido y chupado en la intimidad del matrimonio, y que sus hijas habían visto de pasada en momentos de descuido familiar. El calor entre sus piernas se intensificó, traicionándola con un pulso húmedo que hacía que la tela de lino se adhiriera aún más a su coño expuesto. Quería tapar la pantalla, borrar todo, pero su orgullo la clavó en el sitio.

—Son… impresionantes —dijo Cacho, su mirada fija en la imagen, imaginando el peso de esos senos en sus manos.

—Un hombre casado no debería decir esas cosas —replicó ella, la voz entrecortada, aunque un cosquilleo traidor le recorrió la espina dorsal.

—Le dije que estoy divorciado. Y no se confunda, señora. No lo digo con esa intención. Es solo una observación honesta. Debería estar muy orgullosa de su cuerpo; no muchas mujeres de su edad mantienen esa firmeza.

Ingrid tragó saliva, una oleada de adrenalina inundándola. Sí, en secreto, se admiraba en el espejo después de la ducha, pasando las manos por sus curvas, sintiendo el endurecimiento de sus pezones bajo los dedos. Pero admitir eso ahora sería rendirse.

—Perdón si la incomodé —agregó Cacho, rompiendo el silencio, aunque sus ojos se desviaron brevemente hacia la pollera de Ingrid.

—No me molesta que mire la foto —soltó Ingrid sin pensar, las palabras escapando como un desafío a su propia mortificación. Otra vez, su orgullo la traicionaba—. Solo son un par de tetas, no es para tanto. —Se mordió el interior de la mejilla, sabiendo que mentía; el mero hecho de que él las viera la hacía sentir expuesta, vulnerable, con un calor creciente entre los muslos.

—Sí, muy cierto. Hoy en día se ven fotos como esta todo el tiempo… en internet —comentó Cacho, su tono casual ocultando el pulso acelerado en su cuello.

—Así es —convino Ingrid, preguntándose qué rincones oscuros de la red exploraba este técnico para normalizar algo tan íntimo. Su mente divagó por un segundo, imaginando sus búsquedas—. Hay un par más, similares a esta. Nada del otro mundo.

Mientras hablaba, Cacho no pudo resistir: su mirada bajó de nuevo a la entrepierna de Ingrid, donde la luz del fondo delineaba con precisión cruel los labios de su concha a través del lino casi transparente. Esos pliegues sutiles colgaban ligeramente, formando una sombra nítida que sugería la entrada. Ella seguía de pie, piernas separadas por la tensión, ajena a cómo su intimidad se ofrecía en alta definición, avivando el deseo reprimido en el aire espeso de la habitación.

Luego volvió a la pantalla y cambió de foto. Ahora se veía a Ingrid recostada en la cama, con los ojos cerrados. Se agarraba los pechos desde abajo, y sus pezones eran perfectamente visibles. Ella sintió que todo el cuerpo le temblaba, pero no reconocería una derrota frente al técnico informático. Antes que eso prefería la muda humillación.




—Wow, es una foto realmente buena —dijo Cacho, como si fuera un crítico de arte—. Se la nota confiada, decidida. Se nota que usted es una mujer con una autoestima fuerte.

—Así es —dio golpecitos al suelo con su pie derecho, que comenzó a moverse en repetidos espasmos—. Y mire la tercera, es todavía mejor.




A veces Ingrid preferiría darse una cachetada antes de hablar. Pero cuando su orgullo estaba en juego, no conocía límites. Cacho pasó a la tercera foto y se quedó boquiabierto.




—¿Y? ¿Qué le parece? —Preguntó la rubia. No el interesaba en lo más mínimo la opinión de ese hombre, sin embargo sonrió triunfal, como si dijera “¡JA! Esta no te la esperabas”. Le había causado un gran impacto, podía notarlo en su cara.

—Uf… em… no sé qué decir, señora… es… impresionante.




Esta foto la había tomado ella misma. Acostada en la cama, apuntando la cámara hacia sus tetas, que abarcaban buena parte del plano. Y más allá de esas montañas, se veía otro monte femenino. Ingrid estaba desnuda y se veía claramente su pubis. Estaba un poco más pálido que el resto de su piel, la bikini le había dejado una marca. Su vello púbico, rubio natural, se lucía como una corona, prolijamente recortado en una franja ancha que conectaba el Monte de Venus con su clítoris. Por suerte para Ingrid el clítoris no era visible, por el ángulo en el que había sido tomada la foto. El temblor de su cuerpo se detuvo, por ridículo que fuera, sentía que había ganado esta batalla, y eso se sentía extrañamente bien.

“Creías que me ibas a incomodar, pelotudo… y el que terminó balbuceando fuiste vos”.




En ese momento Ingrid notó que Cacho miraba fijamente su pollera, como si estuviera buscando allí algo que se le perdió.




—¿Pasa algo?

—Ah, no… no señora. Disculpe —se sintió acorralado, no sabía qué excusa poner… hasta que se fijó en la tela, y no en lo que se traslucía debajo de ella, y encontró su salvación—. Es que tiene una mancha en la pollera.




Ingrid miró hacia abajo. Desde su posición, ella no podía ver que la tela trasluciera. Lo que vio fue una mancha negra tenue, que cruzaba horizontalmente justo a la altura de su pubis.




—Ay, carajo… seguro me manché cuando me apoyé en el mostrador de la tienda. —Ella comenzó a frotar la mancha,

—Puede ser.

—Deberían limpiar mejor el local.

—Es lo que siempre le digo a mi jefe —dijo, sin dejar de mirar los labios vaginales de la rubia.

—¿Salió? —Preguntó Ingrid.

—No, todavía la veo.

—Sí, es cierto… carajo. Esta pollera es muy cara, no puedo arruinarla. —”Mucho menos ahora, que no puedo comprar otra igual”, pensó.




Ingrid le dio la espalda a Cacho, y para él esto fue la gloria. La rubia se acercó más a la lámpara, para poder ver la mancha, y el trasluz se hizo aún más nítido. Tanto que ahora podía ver en colores esa concha perfectamente definida. Era como mirarla a través de un nylon que apenas la difuminaba. Y esas nalgas… ahora ganaban mucha presencia. Cacho no pudo evitarlo, agarró su celular mientras Ingrid luchaba con la mancha, y aprovechó para tomarle una foto. Quedó perfecta. La concha se veía claramente.

Guardó el celular en su bolsillo justo antes de que Ingrid se diera vuelta.




—Después tendré que poner la pollera en remojo —dijo, desilusionada por no haber podido quitar la mancha.

—Póngale un poco de jabón líquido a la mancha y frótelo en seco —la mirada de Cacho estaba sobre la pantalla, donde las tetas y el pubis de Ingrid seguían siendo el espectáculo—. Es un consejo que me dio mi madre el día que me independicé.

—Gracias, es un buen consejo. Lo voy a tomar en cuenta —Ingrid sintió una repentina ola de calor al notar que ese tipo no había apartado los ojos de su foto ni por un segundo. Si bien su cuerpo era solo para los ojos de su marido, había cierto orgullo femenino que afloraba en ella, incluso en contra de sus propias convicciones. Y una vez más ese orgullo la llevó a superar sus propios límites—. No sabe todo el trabajo que da tener el vello recortado de esa forma.

—Me imagino… no debe ser fácil —Cacho respondió confundido, no sabía si esa mujer estaba coqueteando con él o si simplemente se estaba regodeando—. Y se nota que le puso mucho empeño para que quede bien prolijo.




Aprovechó para hacer zoom en la foto. A Ingrid se le subieron los ovarios a la garganta al ver su pubis ocupando toda la pantalla. Para colmo la cámara era realmente muy buena. La foto tenía una resolución tan alta, que no perdió ni un poco de nitidez al ser aumentada. Sus pelitos se veían perfectamente definidos, y los laterales de esta alfombra púbica estaban lampiños, sin siquiera una tenue sombra de pelitos cortos.




—Me depilo con cera —comentó Ingrid, haciendo un enorme esfuerzo para mantener la calma. Quería gritarle a ese hombre que ya dejara esa foto en paz; pero se caería muerta antes de ceder. El temblor del cuerpo volvió y la tensión ya era muy difícil de disimular—. Duele un poco, pero el resultado vale la pena. ¿No le parece?

—Por supuesto. Una afeitadora nunca lograría un resultado tan bueno. Lo sé por experiencia.

—¿Acaso usted también se depila el pubis? —Preguntó sorprendida.

—No, no… me refiero al afeitarme la barba —se la rascó. Ingrid se sintió estúpida. Claro que hablaba de la barba.

—Ah sí, sí… perdón. Se nota que se la cuida mucho. Por lo general no me gustan las barbas, las considero sucias. Pero usted la tiene muy pulcra.

—Gracias. Le dedico mucho tiempo a cuidarla. Todas las semanas voy al barbero, a que me la recorten.




Ingrid sonrió. Le caían bien los hombres que cuidaban de su aspecto. Sin embargo no lo dijo, no quería que ese sujeto la malinterpretara.




—Bueno, no quiero incomodarla. Mejor dejemos de mirar fotos. Ya están todas copiadas —dijo Cacho, pasando a otra carpeta—. Espere, acá hay más fotos —la abrió sin pedir permiso. Apareció un paisaje con hermosas montañas—. ¿También quiere que guarde estas?

—No recuerdo haber guardado esa foto…

—Está en la carpeta de Whatsapp. ¿Usted lo usa en la compu?

—Sí, mucho.

—Se ve que tiene configurada la opción de guardar las imágenes automáticamente.

—Ah, no lo sabía.




Cacho comenzó a pasar las fotos. Ingrid se relajó, eran completamente inofensivas. Paisajes con montañas de picos nevados. Bosques con hojas de otoño. Patos nadando en el lago. Hasta que... Apareció una mujer de lacio pelo negro, cortado por encima de los hombros. Tenía los ojos tan grises como el acero y una sonrisa radiante. Su rostro era el de una modelo de pasarela, y su cuerpo el de una estrella porno. Estaba completamente desnuda, sentada en un tronco. Sus piernas le cubrían el sexo, pero los pechos estaban a la vista. Eran redondos y macizos, aún más grandes que los de Ingrid.




—¡Wow! Em… perdón, no quería ser impertinente…

—Esa es mi amiga Astrid —dijo, como si actuar con normalidad pudiera quitarle lo incómodo a la situación—. Es austríaca… y es nudista. Por lo general me manda fotos de paisajes de su país, pero nos conocemos hace tiempo… ya entramos en confianza. De hecho… la foto que me tomé desnuda fue para ella. No es que yo sea nudista, no… claro que no… es que, bueno. Quería demostrarle que no soy tan pudorosa como ella imagina. —¿Por qué sentía la necesidad de darle tantas explicaciones a un desconocido?—. Astrid practica el nudismo hace tanto tiempo que ya le da igual. Siempre que me manda fotos, está desnuda. A mí no me gustan estas cosas, pero… bueno, es su afición, y me parece bien que pueda compartirla con una amiga.

—Em, sí, claro… por supuesto. Es una mujer… impresionante.

—Sí que lo es. Y le aseguro que a ella no le molestaría saber que usted se encontró con estas fotos. Como dije: le da igual que la vean desnuda.




Cacho tomo esto como una invitación para mirar las siguientes imágenes. Pudo deleitarse con más versiones de las tetas de Astrid. Junto a una pileta, en el patio de una casa, junto a un lago, en una playa. La mujer parecía practicar nudismo donde fuera. Y de pronto apareció con las tetas firmes, seguidas, de pie y con las piernas algo separadas. Estaba parada con firmeza, como si fuera una soldado lista para la acción. Tenía puesta una gorra militar negra, con un emblema que parecía ser un águila. En las fotos anteriores, la vagina de Astrid siempre estaba cubierta por sus piernas. Pero ahora no. Se podía ver su clítoris listo para la guerra, y unos finos labios vaginales. Tenía unas botas de cuero negras que le llegaban hasta las rodillas. También guantes, del mismo material. Tenía la mano izquierda junto a su cuerpo, apretada en un puño, y con la derecha hacía un saludo militar. Lo más llamativo de la foto era que en el fondo había una gran bandera roja, con una esvástica negra.




—Ah… caray —dijo Cacho, con los ojos abiertos como platos.

—Eso fue una simple broma. Un ridículo disfraz. Ni siquiera sé por qué me lo mandó. Le gusta hacer estas bromas tontas —las mejillas de Ingrid estaban tan rojas como la bandera de la foto.

—Claro, sí, sí… entiendo…




Ingrid ya estaba llegando a un límite de paciencia. Pero esto cambió a una incómoda confusión cuando la siguiente foto apareció en pantalla. Astrid sonreía a la cámara, con las piernas bien separadas. Seguía con el mismo disfraz erótico-militar, pero ya no se veía la bandera. Con dos dedos se abría la concha, que estaba en un primer plano bien nítido.




—Esta es otra de sus bromas —Ingrid sintió una imperiosa necesidad de explicar por qué su amiga le mandaba fotos con la concha abierta—. Lo hace para molestarme. Verá, ella tiene la absurda teoría de que todas las mujeres podemos sentir una atracción sexual hacia otra mujer, al menos una vez… aunque seamos heterosexuales.

—Ajá… —Cacho hablaba sin poder apartar la mirada de esos deliciosos labios vaginales, húmedos y lampiños.

—Yo siempre le digo que eso es una tontería. A mí nunca me pasó ni me va a pasar —la rubia sonrió, como quitándole importancia al asunto—. Entiendo que Astrid es muy hermosa, y que incluso una mujer podría sentirse atraída hacia ella. Pero no es mi caso. A mí simplemente no me gustan las mujeres.

—Entiendo, sí… claro.




Cacho puso la siguiente imagen en pantalla. Ahora Astrid mostraba cómo metía dos dedos dentro de su concha. Ingrid sintió calor en sus mejillas. Estaba viendo, junto a un desconocido, cómo su amiga se masturbaba.




—¿Podrías dejar de mirar estas fotos? Como dije, yo no tengo nada para ocultar; pero estas son fotos de una amiga, y siento que estamos violando su privacidad.




Ingrid ni siquiera pensó en que eso contradecía lo que había dicho segundos antes, cuando afirmo que a Astrid no le molestaría.




—Sí, pido perdón. —Ingrid notó que Cacho no daba evidencias de sentirse avergonzado. Volvió a las fotos del viaje familiar, como si fueran suyas. La tensión de Ingrid aumentó, apretó las uñas sobre su antebrazo, hasta dejar marcas—. Son fotos muy lindas, nunca viajé a Acapulco.

—No es un sitio económico —dijo Ingrid, con un tono despectivo que dejaba leer entre líneas “Ni siquiera podés permitirtelo, ni lo sueñes”.

—Eso me queda claro.

Las fotos eran de paisajes de playa, lo que relajó un poco a Ingrid. A veces salían los cuatro miembros de la familia, sonriendo en algún restaurante o mientras tomaban algún jugo en un parador de la playa. No le molestaba que Cacho viera estas imágenes, al contrario, prefería que las mire… para que vea que fueron unas vacaciones comunes y corrientes. Sin cosas raras. Una familia feliz disfrutando de sus perfectas vacaciones. Hasta que…




La imagen tomó por sorpresa a los dos. Se quedaron pasmados al ver en pantalla a una preciosa rubia con una gran verga en la boca. La chica estaba desnuda, aunque al estar acostada boca abajo, en la playa, su cuerpo no se veía demasiado. Ni siquiera las tetas. Se estaba acomodando el el largo cabello rubio y parecía muy concentrada en chupar la punta de esa larga verga. De fondo se veía el mar.




—Ah… em… —comenzó a balbucear Cacho. Esta vez sí sintió que se había metido en un gran aprieto—. Perdón, es que…

—¿De dónde salió eso? —Los ojos de zafiro de Ingrid estaban desencajados—. ¿Qué carajo? Esa es Nerina, mi hija mayor.

—Sí, eso pensé. Em… ¿y usted dice que nunca había visto esta foto?

—No, claro que no. Desde que llegamos de Acapulco, no volví a revisar las fotos. Le juro que no entiendo nada —de pronto ella sentía que debía dar explicaciones, como si la hubieran sorprendido robando; pero no se le ocurría nada—. No sé por qué está haciendo esto. Nerina no es esa clase de mujeres. Ella siempre tiene un comportamiento intachable.

—Quizás solo fue a disfrutar de un momento íntimo con su novio.




Ingrid notó que Cacho tenía una marcada erección en el pantalón. Apretó los labios, y roja de furia dijo:




—Nerina no tiene novio… y tampoco está buscando.

—Está bien, señora, entiendo. No estoy juzgando. Este es un problema familiar, y yo no debería involucrarme.

—Así es. No debería. Pero le digo una cosa: voy a tener una charla muy seria con mi hija. Esto no puede ser.

—Muy bien.

—Necesita disciplina.




Cacho se quedó en silencio, consideró que era lo mejor. No quería hacer enojar más a una potencial clienta. Y mucho menos una tan bonita. Pero Ingrid sabía que no entendía. Ya no pudo seguir actuando con normalidad.




—¿Ya está lista la copia de las fotos? O va a seguir mirando fotos todo el día. Tengo cosas que hacer.

—Em… sí, por supuesto. Ya está todo listo.

—Muy bien. Y espero que no se haga una idea equivocada de todo esto. Ni de la conducta de mis hijas. Ellas son chicas decentes, las crié con mucha disciplina.

—Mmm… eso es exactamente lo que le hace falta a Marina. Disciplina. Sinceramente no sé cómo hacerlo. Siempre me gana todas las discusiones. —Miró a Ingrid a los ojos—. Dígame, señora… ¿podría Marina juntarse a charlar con su hija menor? Tienen las dos la misma edad, y creo que le vendría bien tener alguna amiga. Además, quizás aprenda algo de disciplina de ella.




Por primera vez desde que este tipo entró a su casa, Ingrid sonrió.




—Por supuesto. Dígale que venga. Si le hace falta disciplina, yo me encargo. Sé cómo lidiar con chicas revoltosas.

—Perfecto. Muchas gracias. Después le digo que le mande un mensaje, para que usted decida cuándo puede venir. Ya le dejé todo listo. La cámara está funcionando sin problemas. Mire…




Le mostró en pantalla algo que se estaba grabando en vivo y en directo. Malik saliendo del ascensor. La cámara lo siguió hasta que llegó a la puerta de su departamento.




—No se asuste —dijo Ingrid—. No es un ladrón. Resulta que ese es mi vecino.

—Ah… em… ah sí, ok. Muy bien. Em… le veo cara conocida de algún lado. En fin, no importa. La cámara funciona bien y, como verá, ahora que ya no hay movimiento en el pasillo, se apagó automáticamente. Eso ahorra mucha energía y espacio de almacenamiento.

—Muy bien, le agradezco. Venga que le doy el dinero.




***




Esa misma noche Ingrid se encerró en su cuartito. A su marido le habían ofrecido un trabajo de atención al público, pero él lo rechazó. Al principio Ingrid se molestó, porque necesitaban el dinero. Después consideró que Gustavo había hecho bien. Está sobrecalificado para un trabajo como este. Merece algo mejor.




Para matar la ofuscación, estaba inmersa en el juego de Indiana Jones, que no dejaba de sorprenderla. Sin embargo, le estaba costando mucho concentrarse. Tenía la cabeza llena de problemas. Frida le había dicho que quería estudiar Filosofía y Letras. ¿Qué carajo? ¿Por qué no elige una carrera en serio? Como abogacía, medicina o contaduría. ¿Qué mierda es esa de andar filosofando por la vida? “No crié una muerta de hambre —le había dicho Ingrid—. Vas a estudiar una buena carrera, como tu hermana, que estudia Ciencias Económicas. Esa sí que es una carrera. Estudiá algo así, de lo contrario buscate otro lugar para vivir”.

Había sido un poco dura; pero Frida entendió el mensaje. Agachó la cabeza y con ojos llorosos prometió que buscaría otra carrera.




Estaba distraída recorriendo unas alcantarillas antiguas con Indiana Jones cuando se activó la cámara de vigilancia. Era la primera vez que ocurría desde que se había sentado allí. Guiada por la curiosidad, se puso a ver las imágenes. Eran nítidas y a todo color, ella dejó bien claro que no quería una de esas cámaras en blanco y negro con baja resolución. Si alguien entraba a robar a su departamento, lo quería filmado en alta calidad.




La cámara se había activado cuando la puerta de su vecino se abrió. Vio a Malik, con el torso desnudo. Unos impresionantes pectorales y los abdominales marcados le dejaron claro que este hombre practica mucho deporte. Junto a él había una chica rubia muy bonita. Sintió repulsión al ver a una jovencita como ella, con un hombre como él. ¿Qué carajo le veía? Esa preciosa muchacha podría conseguirse el amante que le diera la gana. ¿Por qué se conformaría con un senegalés de barrio Caballito?




Y en ese momento la rubia se arrodilló. Le dio un tirón al short azul de Malik y liberó una anaconda oscura e intimidante. Ingrid se quedó boquiabierta, nunca había visto algo semejante. Parecía irreal. Inhumano. Lo primero que pensó fue que el pene de su marido parecía un mal chiste al lado de esa cosa enorme. Apartó rápidamente estos pensamientos de su cabeza, no podía faltarle el respeto a su marido de esa manera. Aún así… era descomunal.




La rubiecita abrió la boca tanto como la mandíbula se lo permitió, y tragó el glande gigantesco. Comenzó a chupar la verga, que en pocos segundos ganó rigidez. Si en estado de reposo se veía enorme, erecta ya era colosal. No podía creer que un pene de semejante tamaño funcionara.




La mamada siguió durante varios minutos, ahí en pleno pasillo. “¡No tienen vergüenza!” Pensó Ingrid. O quizás es que les gusta el riesgo de ser descubiertos. Su amiga Astrid le había hablado de eso. Le comentó que disfruta teniendo sexo en lugares públicos, por la adrenalina de que alguien la sorprenda. Pero que en realidad no quiere ser descubierta. Lo que la excita es el riesgo.




Aún así le parecía una vergüenza que Malik usara el pasillo del piso diecinueve para cumplir sus fantasías sexuales. Y esa rubia… ahora que la mira mejor, con ese gran escote y el short de jean tan corto. Probablemente sea prostituta. Sí, eso lo explicaría todo.




El desconcierto de Ingrid aumentó de golpe cuando la verga de Malik comenzó a soltar grandes cantidades de semen. Era como una manguera de bombero escupiendo litros y litros de leche. Quizás estuviera exagerando, pero aún así… nunca había visto una eyaculación tan potente en su vida. La joven rubia la recibió con la boca abierta. Tragó tanto como pudo, el resto fue a parar a su cara, a su pelo y, principalmente, a sus tetas. Incluso el cuello le quedó todo manchado de blanco. Era de no creer.




Y la acción terminó tan rápido como empezó. La rubia se puso de pie y saludó a Malik con la mano. Comenzó a alejarse de él y se subió al ascensor ¡con la cara cubierta de semen! Ni siquiera hizo el mínimo gesto para limpiarse.




La cámara volvió a enfocar a Malik, y el senegalés clavó los ojos en ella. Ingrid sintió una opresión en el pecho. Era como si la estuviera mirando directamente a los ojos. Imaginó que el senegalés se enojaría al verse descubierto, pero hizo todo lo contrario a lo que Ingrid esperaba.
Sonrió a la cámara y guiñó un ojo. Después, así sin más, volvió a meterse en su departamento.




Ingrid se quedó congelada, no podía creer semejante desfachatez.
Y ahí fue cuando notó que su mano se había colado dentro del pantalón de su pijama. Se estaba tocando la vagina y la tenía muy húmeda.
Apartó rápidamente la mano de allí, como si su madre la hubiera sorprendido… bueno, masturbándose.




Se lamentó por su mala suerte. De todos los departamentos de Caballito, le tocó de vecino un negro libidinoso y exhibicionista.

Ella quiere criar a sus hijas con buenos valores, para que sean mujeres de bien.

Y se viene a encontrar justo con Malik.

Pero esto no va a quedar así. No, de ninguna manera. Ese negro no va a arruinar su vida, ni el ambiente sano de su familia.


----------------------------


Link con todos los capítulos de

Mi Vecino Superdotado. Mis Vecinos Superdota-2.

--------------

Pueden sumarse a mi Patreon para acceder a los relatos que aún no se publicaron.


Todos mis links, para que puedan seguir y apoyar mis relatos:



Comentarios

Nokomi ha dicho que…
Los que me apoyan en Patreon ya pueden leer hasta el capítulo 07 de "Mis Vecinos Superdota-2"

Madre e Hija en un Recital

Madre e Hija en un Recital
Madre e Hija en un Recital

La Mansión de la Lujuria

Aislado Entre Mujeres

Mi Vecino Superdotado

Intriga Lasciva - El Instituto

La MILF más Deseada

Strip Póker en Familia

El Fruto del Incesto (Malditas Uvas)

Terapia Sexual Intensiva

Transferencia Erótica

Libres en la Oscuridad

Venus a la Deriva [Lucrecia]

Ayudando a Mamá