Capítulo 02.
La Vecina Tortillera.
Era sábado por la mañana y, por primera vez en meses, Nerina no tenía clases ni turnos que la obligaran a salir temprano. Decidió salir a correr. Necesitaba sudar, agotar el cuerpo hasta que la cabeza dejara de dar vueltas. Atravesó el departamento con pasos rápidos, sin detenerse en su cuarto. Ese espacio ya no era más que un lugar para dormir: una cama deshecha, ropa tirada, paredes que todavía olían a pintura fresca y a nada que la hiciera sentir como un lugar de su pertenencia. El verdadero hogar se había quedado en la vieja casa de dos pisos, bajo el jacarandá que en primavera cubría el jardín de flores violetas. Todavía podía evocar ese perfume dulce y polvoriento, un recuerdo que dolía porque sabía que no iba a volver. Esos años de abundancia habían quedado atrás.
Antes de salir, quiso ver cómo estaba el clima allá afuera. Al abrir la ventana de la cocina, el aire de Caballito entró tibio y cargado: humo de escape, olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina, el zumbido permanente del tráfico en Rivadavia. Un colectivero silbó largo y seco. Alguien subió el volumen de un televisor en el edificio de enfrente. No era el peor barrio del mundo, pero para ella carecía de alma: demasiado ruido, demasiada gente, demasiado lejos de lo que alguna vez había sentido como suyo.
Se agachó frente a la puerta para ajustarse las zapatillas y, desde el pasillo, llegó la voz de Ingrid, afilada como un cuchillo.
—Ni se te ocurra salir con eso puesto.
Nerina se enderezó con un suspiro teatral.
—Ay, mamá… ¿Otra vez con lo mismo? Tengo veinte años. No podés seguir eligiendo mi ropa como cuando tenía diez.
—Y se ve que te da la gana andar mostrándole el culo a medio barrio —respondió Ingrid, acercándose dos pasos.
Sus ojos se clavaron en la calza blanca que Nerina llevaba puesta. La tela era fina, elástica, casi translúcida bajo la luz que entraba por la ventana. Se pegaba a la piel como una segunda capa, hundida entre las nalgas hasta marcar la división profunda de las dos mitades. Las posaderas de Nerina, redondas y firmes, empujaban la tela hacia afuera; cada movimiento hacía que el material se tensara y revelara la forma exacta de los glúteos, la curva inferior donde se unían con los muslos, la línea sutil donde la carne se abría ligeramente al caminar.
Ingrid tragó saliva sin querer. Lo que más la descolocaba era que la calza delineaba la vulva con precisión obscena: los labios mayores se insinuaban hinchados bajo la tela, separados por una ranura central que la prenda hundía y acentuaba. Era un “camel toe” evidente, casi dibujado, como si la calza hubiera sido diseñada para eso. No dejaba espacio para la imaginación; mostraba todo lo que una prenda debería ocultar.
—Así se usan ahora, mamá. No estamos en el siglo XIX —dijo Nerina. Levantó un poco la cola, giró la cabeza para mirarse a sí misma por encima del hombro y sonrió con desafío—. Creo que me queda bien, ¿no?
Ingrid no respondió de inmediato. Sus ojos subieron al top rosa que completaba el conjunto. Era un crop ajustado, con un escote en V profundo que empezaba justo debajo de las clavículas y bajaba hasta exponer la mayor parte del pecho. Las tetas de Nerina empujaban la tela hacia adelante. Los pezones se marcaban levemente bajo el tejido fino, y el escote hacía que parecieran aún más prominentes, como si estuvieran a punto de desbordar con cualquier movimiento brusco. El ombligo quedaba al descubierto, y la cintura estrecha contrastaba con las caderas anchas que la calza apenas contenía.
—Andá a cambiarte, Nerina. No voy a discutir. No quiero que salgas vestida como… como una puta.
Nerina puso los brazos en jarra, lo que hizo que el top subiera un poco más y dejara ver la curva inferior de los pechos.
—No me visto como puta. Me visto como una mujer que no se avergüenza de su cuerpo. Al contrario de vos.
—¿Yo? —Ingrid cruzó los brazos, instintivamente cubriéndose el torso con la blusa holgada de algodón gris que siempre usaba en casa.
—No digas boludeces, mamá. Siempre con ropa ancha, sin forma, sin color. Parecés una monja que se odia a sí misma. Da pena verte así, con lo linda que sos todavía.
Ingrid sintió un pinchazo en el estómago. Lo que más le dolió fue ese “todavía”, un recuerdo de que sus mejores años ya habían quedado atrás. No era solo bronca; había algo más, algo que no quería nombrar. Miró una vez más la silueta de su hija —la calza blanca que se le metía entre las piernas, el top que apenas contenía los pechos— y por un segundo se imaginó a sí misma con veinte años menos, con esa misma libertad. Pero lo aplastó rápido. El orgullo no le permitía admitir ni un gramo de envidia.
—Está bien, andate… pero no quiero quejas si la gente del barrio deja de respetarte porque te vestís como una cualquiera —dijo al fin Ingrid, la voz más baja, más controlada, casi un murmullo que intentaba sonar firme.
Nerina soltó una risa corta, se colocó los auriculares en los oídos y abrió la puerta de par en par. El aire caliente del edificio entró de golpe. Salió sin mirar atrás, el pelo recogido en una cola alta que se balanceaba con cada paso apresurado.
La discusión se cortó en seco cuando Nerina llegó al ascensor y presionó el botón varias veces, como si eso lo hiciera bajar más rápido. Justo en ese instante, la puerta del departamento de Malik se abrió. El senegalés salió al pasillo, alto, hombros anchos, camiseta negra ajustada que marcaba el pecho y los brazos. Sonrió al ver a Ingrid parada en el umbral de su propia puerta, pero no dijo nada de inmediato. En cambio, sacó el celular del bolsillo del pantalón deportivo y deslizó el dedo por la pantalla con aire distraído.
Ingrid ya tenía la bronca lista en la punta de la lengua: “¿Por qué le mirás el culo a mi hija?”. Pero Malik ni siquiera giró la cabeza hacia Nerina. Sus ojos siguieron fijos en el teléfono, como si la chica no existiera. Si estaba disimulando, lo hacía con una naturalidad irritante. Nerina, por su parte, se pegó más a la pared del ascensor, mirando el panel luminoso con urgencia. Las puertas se abrieron por fin; entró rápido y desapareció tras el metal.
Ingrid soltó el aire que había estado conteniendo. Malik se quedó solo en el pasillo, todavía con el celular en la mano.
—¿Estás esperando un mensaje de una de tus amiguitas? —le espetó Ingrid, abriendo apenas la puerta otra vez, la voz cargada de desprecio.
Malik ni levantó la vista.
—No exactamente —respondió con calma, casi aburrido.
—¿Te parece bien hacer esas cosas en el pasillo de un edificio residencial?
—¿Revisar los mensajes del celular? —Esta vez sí la miró, las cejas ligeramente arqueadas, como si de verdad no entendiera.
—No te hagas el tonto. Sabés muy bien de lo que te hablo. Lo vi todo… —Ingrid señaló con el mentón la pequeña cámara de vigilancia que había instalado sobre el marco de su puerta. El led rojo parpadeaba con regularidad, como un ojo que no dormía.
Malik siguió la dirección de su dedo y soltó una risa baja, casi inaudible.
—Ah… bueno, señora… si a usted le gusta espiar a los vecinos, no soy nadie para juzgar. Cada quien tiene sus morbos. Sepa que a mí no me molesta que mire.
—¿Qué? —Ingrid retrocedió un paso, el rostro encendido. Sintió el calor subirle por el cuello hasta las orejas—. No digas estupideces. No te estaba mirando con esas intenciones. Puse la cámara para proteger a mis hijas.
—¿Protegerlas de qué?
—De depredadores sexuales, como vos.
Los ojos de Malik se endurecieron. La sonrisa desapareció. La miró fijo, sin parpadear, y por primera vez Ingrid sintió un frío real en la espalda, como si el pasillo se hubiera enfriado de golpe.
—Señora, yo no soy ningún depredador sexual —dijo despacio, cada palabra medida—. Me ofende que insinúe algo así. Yo ni siquiera busco a las mujeres… dejo que ellas me busquen a mí. Eso me ahorra muchos malentendidos.
Ingrid tragó saliva. La voz le salió más temblorosa de lo que quería.
—Muy bien… muy bien… —Retrocedió otro paso, caminando hacia atrás sin darle la espalda, como si temiera que él se abalanzara en cualquier segundo—. No se acerque a mis hijas, ¿está claro?
—Señora —repitió él, y esa palabra la pinchó como siempre, haciendo que frunciera el ceño con fastidio—. Le prometo que no voy a hacer ningún intento por acercarme a sus hijas. Aunque tampoco las voy a detener, si ellas quieren acercarse a mí.
Ingrid sintió que algo se le aflojaba en el pecho. El miedo se transformó en una satisfacción aguda, casi triunfal. Enderezó la espalda y mostró una sonrisa fina, cortante.
—¡Ja! Eso no va a pasar ni en un millón de años —espetó—. Mis hijas nunca se acercarían a un hombre como usted.
Y le cerró la puerta en la cara, el golpe resonando en el pasillo vacío. Se quedó un segundo apoyada contra la madera, respirando fuerte, el corazón latiéndole en los oídos. Del otro lado, oyó los pasos tranquilos de Malik alejándose hacia su departamento. Luego, silencio.
Ingrid se apartó de la puerta y miró la pantalla de su celular. La app de la cámara seguía abierta, mostrando el pasillo desierto. El led rojo parpadeaba en vivo. Por un instante dudó si tocar el botón de reproducción para revisar lo que había grabado esa mañana. Pero no lo hizo. Todavía no.
***
Ingrid Himmel se sentó frente al escritorio con la espalda rígida, el mouse temblándole ligeramente en la mano. Había intentado jugar —un juego de estrategia que solía calmarla, con sus mapas limpios y sus reglas claras— pero no podía concentrarse. Cada pocos minutos pausaba la partida, minimizaba la ventana y abría la carpeta oculta donde guardaba las fotos. No necesitaba buscar mucho: la imagen estaba ahí, en la raíz, como si Nerina la hubiera dejado a propósito para que la encontrara.
Cerró los ojos un segundo, respiró hondo. Volvió a abrirla.
La foto llenaba la pantalla entera. Nerina acostada boca abajo en la arena, en topless, el sol de de Acapulco bañándole la piel hasta hacerla brillar. El pelo rubio suelto, mechones pegados a la mejilla y al cuello por la brisa marina. Los pechos firmes, los pezones oscurecidos por el contraste con la piel clara, ligeramente erguidos como si el aire salado los hubiera excitado. Pero lo que dominaba la imagen era la verga: gruesa, venosa, completamente erecta, desapareciendo hasta la mitad en la boca abierta de su hija. Los labios de Nerina se estiraban alrededor del grosor, las comisuras tensas, una fina línea de saliva brillando en la comisura izquierda. La mano de Nerina —la izquierda— rodeaba la base, los dedos apenas alcanzando a cerrarse por completo. La derecha descansaba sobre el muslo del hombre invisible, como si lo estuviera sujetando para mantener el control.
La perspectiva era inconfundible: tomada desde el punto de vista del hombre que recibía el sexo oral. No se veía su cara, ni su cuerpo más allá de la pelvis y los muslos fuertes. De fondo, la playa desierta: arena blanca, olas rompiendo a lo lejos, un horizonte azul sin nubes. Ni una sola persona a la vista. Nadie que pudiera haber interrumpido, nadie que pudiera haber visto. Solo ellos dos, el mar y esa intimidad cruda capturada en un clic.
Ingrid sintió que el estómago se le contraía. No era solo vergüenza. Era algo más viscoso, más confuso. ¿Por qué no la borró? ¿Por qué dejó que esa foto quedara en la memoria de la cámara, en la computadora familiar, en un lugar donde cualquiera —Cacho, por ejemplo— pudiera verla? ¿Fue descuido? ¿O fue deliberado? Ingrid imaginó a Nerina revisando las fotos después de la playa, deteniéndose en esa, sonriendo para sí misma, decidiendo guardarla. O peor: decidiendo no borrarla porque le gustaba mirarla después, sola, en su cuarto.
Recordó las tardes en Acapulco. Nerina siempre elegía el bikini más pequeño que encontraba. Caminaba por la orilla con la cabeza alta, con las caderas balanceándose sin disimulo. Cuando los hombres la miraban —y la miraban mucho—, ella no se cubría. Al contrario: se detenía, se inclinaba a recoger una ostra, dejaba que la tela se le metiera entre las nalgas. “Dejalos que miren, mamá. A mí no me molesta”, decía con esa risa ligera que Ingrid odiaba porque sonaba a libertad. Frida, en cambio, se envolvía en la toalla al acostarse boca abajo, como si quisiera desaparecer. Nerina no. Nerina se ofrecía al sol y a las miradas como si fueran un derecho.
Ingrid no pretendía que sus hijas fueran monjas. Entendía que el cuerpo joven atrae, que el deseo existe. Ella misma había sido hermosa, todavía lo era en ciertos ángulos, y eso le causaba un orgullo sordo que nunca admitía en voz alta. Pero el orgullo venía siempre con miedo. Miedo a que la belleza se convirtiera en moneda barata. Miedo a que la gente pensara que sus hijas eran fáciles, que no tenían valores, que no habían sido criadas con decencia. Y ahora, con Malik enfrente —ese hombre alto, negro, con esa sonrisa que parecía saberlo todo—, el miedo se volvía concreto. ¿Y si Nerina lo miraba como miraba a los hombres en la playa? ¿Y si esa foto era solo el comienzo de algo que Ingrid no podía controlar?
Cerró la imagen de golpe, pero la volvió a abrir casi de inmediato. No podía dejar de mirarla. Los labios de Nerina alrededor de la verga. La forma en que la lengua —apenas visible— se curvaba contra la piel oscura. El brillo en la barbilla. La expresión de concentración, casi de placer. Ingrid sintió un calor traicionero subirle por el cuello. No era excitación, se dijo. Era indignación. Era preocupación. Era el deber de una madre. Pero el calor no se iba.
Ingrid movió el cursor sobre el archivo. El dedo índice se quedó suspendido sobre la tecla Supr. Podía hacerlo ahora. Eliminarla. Borrar la evidencia. Pero algo la detuvo. Tal vez curiosidad. Tal vez miedo a que Nerina se diera cuenta y la confrontara. Tal vez —y esto lo pensó tan rápido que casi no lo registró— el deseo secreto de entender qué se sentía al ser así de libre, al tomar una verga en la boca sin pedir permiso a nadie.
Cerró la carpeta. Apagó la pantalla. Se quedó mirando el reflejo oscuro de su propia cara en el monitor apagado: los labios apretados, las arrugas alrededor de los ojos más marcadas de lo que recordaba.
Se levantó, fue hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua fría. Bebió despacio, intentando enfriar el nudo que tenía en el pecho.
Pero la foto seguía ahí, en su cabeza, más nítida que nunca. Y la calza blanca de Nerina, esa mañana, marcándole la vulva como si quisiera gritar lo mismo que gritaba la foto: mirame. Deseame. No me controles.
Ingrid apoyó las manos en la mesada. Respiró hondo una vez más. Mañana hablaría con Nerina. Mañana le diría que tenía que madurar, que tenía que pensar en las consecuencias. Mañana.
Pero hoy, la foto seguía abierta en su mente. Y no sabía cómo cerrarla.
Ingrid volvió al pequeño cuarto de la computadora. Estaba sentada frente al escritorio, con el cursor parpadeando inútilmente sobre el mapa del juego. Ara: History Untold. Un clon de Civilization más que competente. Sus ciudades en miniatura y sus ejércitos esperaban órdenes, pero la concentración de Ingrid ya se había disipado mucho. Había perdido un asentamiento clave en la frontera norte y la guerra con una facción poderosa era cuestión de turnos. Pero su mente no estaba ahí.
De pronto, el celular vibró sobre la mesa con un sonido seco. La app de la cámara de vigilancia lanzó una notificación: “Movimiento detectado en el pasillo”. Ingrid sintió un pinchazo de alerta inmediata. Malik. Seguro era él otra vez, saliendo a fumarse un cigarrillo o a esperar a alguna de sus “amiguitas”. Se levantó rápido, arrastrando la silla, y entró al pequeño cuarto que usaba como oficina improvisada. Encendió la pantalla secundaria donde tenía la transmisión en vivo.
No era Malik.
Dos mujeres acababan de salir del ascensor. La cámara las captó en un plano amplio antes de enfocarlas con el zoom automático. La mayor —cabello trigueño corto, corte impecable pero con algunas canas plateadas que no disimulaba— debía tener más de cincuenta. Llevaba un vestido rojo escotado, de tela elástica que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Tenía kilos de más, pero los llevaba con una seguridad que los convertía en curvas: caderas anchas, cintura marcada, pechos pesados que empujaban el escote hasta el límite. Caminaba con tacones altos, el balanceo de las caderas lento y deliberado.
A su lado, una chica mucho más joven: cabello negro lacio hasta los hombros, maquillaje cargado —labios rojo sangre, delineador negro grueso, pestañas postizas—. Llevaba una blusa blanca fina, casi transparente bajo la luz del pasillo, que dejaba ver el ombligo y la curva inferior de los pechos pequeños pero firmes, redondos, sin corpiño visible. Los pezones se marcaban levemente contra la tela. Debajo, una minifalda blanca tan corta que apenas cubría la mitad de los muslos. Tacones negros de aguja que la hacían caminar con un vaivén exagerado. Parecía vestida para salir de noche, no para un pasillo de departamento a media tarde.
Ingrid frunció el ceño. Dos mujeres tan distintas en edad y estilo. Pensó por un segundo que podían ser madre e hija, pero no había parecido físico: ni en los rasgos, ni en el color de piel, ni en la forma de moverse. La mayor sonreía con complicidad; la joven reía bajito, como si compartieran un secreto.
Salieron del ascensor y avanzaron por el pasillo. La cámara las siguió hasta que se detuvieron a pocos metros de la puerta de Malik. La chica de pelo negro se apoyó contra la pared, espalda recta, piernas ligeramente abiertas. Miró a la izquierda, luego a la derecha —un gesto rápido, casi infantil, como si estuviera cruzando una calle vacía—. Cuando confirmó que no había nadie, levantó la minifalda con ambas manos.
No llevaba ropa interior.
La cámara captó todo con nitidez cruel: una vagina depilada en los bordes, con una prolija tira de vello negro en el centro. Los labios mayores ligeramente hinchados, rosados, brillando bajo la luz fluorescente del pasillo. Ingrid sintió que el aire se le atoraba en la garganta. La mandíbula se le aflojó sin querer.
La mujer mayor no dudó. Se arrodilló despacio, con cuidado de no arrugar el vestido rojo. Apoyó las manos en los muslos de la chica, abrió un poco más las piernas y acercó la boca. La lengua salió primero, plana y lenta, recorriendo la longitud de la vulva desde abajo hacia arriba. Luego se centró en el clítoris, movimientos circulares pequeños pero firmes. La joven cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior, una mano enredada en el pelo corto de la otra.
Ingrid se quedó inmóvil, los dedos clavados en el borde del escritorio. ¿Qué carajo pasaba en ese edificio? ¿Acaso todos habían perdido la vergüenza? Primero Malik con sus miradas, ahora esto… sexo en el pasillo común, a plena luz del día. Y lesbianas, encima. “Tortilleras”, pensó con una palabra que no usaba desde hacía años, pero que le salió cruda y cargada de desprecio. Sintió una opresión fuerte en el pecho, como si el aire del cuarto se hubiera vuelto más espeso. Era como si el destino la hubiera mandado al peor lugar del mundo para castigarla por algo que ni siquiera recordaba haber hecho.
Y había algo peor, algo que le retorcía el estómago más que la escena en sí: la diferencia de edad. La mujer de rodillas tenía por lo menos treinta años más que la chica. Treinta años. Diez años más que la brecha que separaba a Ingrid de Frida o Nerina. La idea le provocó un escalofrío. ¿Y si alguna de sus hijas terminaba así, con una mujer mayor lamiéndole la concha en un pasillo sucio? ¿O peor: disfrutándolo?
Intentó apartar la mirada. Cerró la ventana de la transmisión, volvió al juego. Ara: History Untold. Los turnos seguían avanzando sin ella. Su imperio se desmoronaba: un asentamiento perdido, tropas enemigas acercándose a la capital. Intentó concentrarse en las decisiones —construir murallas, reclutar arqueros, negociar una tregua—. Pero las manos le temblaban sobre el mouse.
Apenas pasaron tres minutos y ya había minimizado el juego otra vez. La transmisión seguía abierta en segundo plano. La mujer mayor seguía de rodillas, ahora con la cara enterrada entre los muslos de la chica. La joven tenía la cabeza echada hacia atrás, contra la pared, la boca abierta en un gemido silencioso que la cámara no captaba pero que Ingrid podía imaginar perfectamente.
Ingrid no cerró la ventana. No podía. Se quedó mirando, el pulso acelerado, una mezcla de asco, indignación y algo más que no quería nombrar, algo que le apretaba el estómago y le calentaba la piel debajo de la blusa holgada.
La secuencia cambió en cuestión de segundos. Ahora era la chica joven la que se había arrodillado. La minifalda blanca estaba subida hasta la cintura, arrugada en un nudo inútil. La cincuentona, con el vestido rojo todavía puesto pero subido hasta las caderas, había abierto las piernas y apoyado la espalda contra la pared del pasillo. Sus muslos gruesos, pálidos y con leves estrías plateadas, temblaban ligeramente mientras la joven enterraba la cara entre ellos. La lengua de la chica salía y entraba con movimientos largos y lentos: lamía los labios de la mujer mayor, los separaba con la punta, luego se centraba en el clítoris, lo succionaba con fuerza. La cincuentona arqueaba la espalda y abría la boca en un gemido silencioso que Ingrid podía imaginar por el modo en que se le tensaba la garganta. La mano de la mujer mayor se enredó en el pelo negro lacio de la joven, empujándola más adentro, obligándola a hundir la lengua hasta el fondo. Un hilo de saliva y fluidos brillaba en la barbilla de la chica, goteando hasta el suelo del pasillo. La vulva de la cincuentona estaba completamente expuesta: vello púbico abundante y oscuro, labios mayores carnosos y enrojecidos por la fricción. Cada lamida hacía que los muslos se contrajeran, que los pechos pesados subieran y bajaran con respiraciones entrecortadas.
—Puta degenerada —dijo Ingrid entre dientes, la voz ronca, casi un siseo.
¿Qué pasaría si sus hijas decidían volver justo en ese momento? Nerina podía pasar mucho tiempo trotando —era su forma de “quemar energía”, decía—, pero no tardaría tanto en regresar. El sudor le pegaría la calza blanca aún más a la piel, marcándole la vulva como esa mañana, y se encontraría con esa escena: dos mujeres devorándose en el pasillo, una de rodillas chupando con avidez la concha peluda y mojada de la otra. Frida estaba en lo de una amiga, pero podía decidir volver temprano, con su mochila al hombro y esa cara de niña buena que ponía cuando algo la inquietaba. Incluso Gustavo podría salir del cuarto: estaba mirando fútbol, el volumen alto, pero en cualquier momento podía levantarse a buscar cervezas o algo para picar y abrir la puerta.
Ingrid apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas y volvió al videojuego. Esta vez sí logró concentrarse unos minutos: mataba nazis en un shooter viejo llamado Wolfenstein, que había descargado hacía años. El sonido de los disparos y los gritos digitales tapando un poco el ruido de su propia cabeza. No le hacía especial gracia, pero era mejor que seguir mirando lesbianas chupando concha en vivo.
Cuando volvió a acordarse de la escena, minimizó el juego y abrió la transmisión otra vez. Estaba segura de que encontraría el pasillo vacío; pero no. Ahí estaban todavía. Habían pasado más de veinte minutos desde que aparecieron en la cámara. Ahora la cincuentona había vuelto a arrodillarse. La chica joven estaba de espaldas contra la pared, una pierna levantada y apoyada en el hombro de la mujer mayor. El vestido rojo de la cincuentona estaba completamente subido, las tetas pesadas fuera del escote, los pezones grandes y oscuros erectos. La cincuentona tenía la cara enterrada entre los muslos de la joven: lamía con avidez, la lengua recorriendo toda la longitud de la vulva depilada, deteniéndose en el clítoris para succionarlo con fuerza. Luego bajaba para meter la punta dentro del orificio y bombearla como si quisiera beberse todo. La chica tenía los ojos cerrados, la boca abierta, una mano apretando su propio pecho, pellizcándose el pezón con dos dedos mientras la otra se aferraba al pelo trigueño de la mujer. Los jugos brillaban en la barbilla de la cincuentona, goteaban por su cuello y manchaban el escote rojo. Cada lamida hacía que las caderas de la joven se movieran hacia adelante, empujando la concha contra la boca que la devoraba.
Ingrid miró el reloj en la esquina de la pantalla. Veintitrés minutos. Veintitrés minutos de sexo oral en el pasillo común, sin vergüenza, sin prisa.
—Esto es intolerable —dijo, poniéndose de pie de golpe.
Ingrid cruzó el departamento con pasos pesados, la furia contenida en cada pisada. Al llegar a la puerta de entrada hizo tintinear las llaves con deliberada lentitud, como si estuviera buscando la correcta entre un manojo enorme. Giró el picaporte con fuerza y abrió lentamente.
Allí estaba la cincuentona —Sonia, según diría después— poniéndose de pie de un salto torpe, como si alguien hubiera accionado un resorte en su espalda. El vestido rojo seguía subido hasta la cintura, dejando al descubierto los muslos gruesos y brillantes de saliva y fluidos. Se lo bajó con manos temblorosas, pero no lo suficiente: un pliegue quedó torcido, y el borde de su ropa interior negra asomaba por un lado. La cara se le puso roja al instante, no solo por el esfuerzo reciente, sino por una vergüenza que le subía desde el cuello hasta las orejas. Los ojos se le abrieron enormes, saltones, y la boca se le quedó entreabierta sin saber qué decir. Intentó enderezar la postura, cuadrar los hombros, pero el cuerpo no obedecía del todo.
Detrás de ella, la jovencita se acomodaba la minifalda blanca con movimientos rápidos y nerviosos. La tela se había subido tanto que Ingrid alcanzó a ver, por un segundo fugaz, la vulva depilada todavía hinchada y reluciente, los labios enrojecidos. Malena bajó la minifalda de un tirón, pero no antes de que Ingrid registrara el detalle: un hilo de saliva colgaba entre los muslos, como si la boca de Sonia hubiera dejado su marca.
Ingrid fingió no haber visto nada. Compuso una sonrisa cortés, de esas que usaba en las reuniones sociales cuando quería parecer amable sin comprometerse. Los labios se curvaron con precisión, pero los ojos seguían fríos.
—Oh, hola. ¿Cómo les va? —Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio se extendiera—. No quise asustarlas. Soy nueva en el edificio. Mi familia y yo nos mudamos hace poco. ¿Ustedes son de por acá?
Sonia tragó saliva audiblemente. Se pasó la mano por la boca, intentando borrar el brillo húmedo, pero solo consiguió extenderlo hacia la mejilla. La voz le salió ronca, entrecortada.
—Ah, sí, sí… —Se alisó el vestido otra vez, pero el gesto era inútil: la tela se pegaba a la piel sudada y se arrugaba en los lugares equivocados—. Mi nombre es Sonia.
—Encantada, Sonia —dijo Ingrid, manteniendo la sonrisa fija, como una máscara. Luego giró la cabeza hacia la joven.
—Ah, y ella es Malena… mi sobrina del interior, que vino a visitarme.
—Hola, Malena. Un gusto. —Ingrid no creyó ni por un segundo la mentira. La diferencia de edad, la forma en que Sonia la había empujado contra la pared minutos antes, el modo en que Malena evitaba mirarla a los ojos… todo gritaba otra cosa.
—¿Se va a quedar unos días?
—Eh, no, no… justamente ya se iba. Me estaba despidiendo ella.
“Vaya forma de despedirse de una sobrina”, pensó Ingrid, pero no lo dijo. En cambio, amplió la sonrisa un poco más, dejando que pareciera genuina.
—Muy bien, no las molesto más. Fue un gusto conocerlas. Yo vivo acá, cualquier cosa que necesites, Sonia, podés avisarme.
—Muchas gracias. Encantada de conocerte…
—Ingrid. Ingrid Himmel.
Ingrid se dio media vuelta y caminó hacia el ascensor con pasos medidos. Antes de entrar, giró apenas la cabeza y le dedicó a Sonia una sonrisa triunfal, silenciosa pero clara: “Te atrapé infraganti, puta degenerada”. Los ojos de Sonia se agrandaron aún más; bajó la mirada al suelo, las manos apretando el borde del vestido como si quisiera desaparecer dentro de él. El rubor le cubría ahora toda la cara y el cuello, y respiraba por la boca, corto y agitado.
Ingrid entró al ascensor y pulsó el botón de planta baja. No había pensado en qué hacer después. Solo quería interrumpir el acto, hacer que se sintieran expuestas, pequeñas. Las puertas se cerraron y el ascensor descendió con un zumbido suave.
Llegó al hall de entrada y se sentó en uno de los sillones de cuero marrón. El lugar era impecable: plantas altas en macetas de cerámica, suelo de mármol brillante, aroma a limón y cera para pisos. Un hombre de uniforme caqui regaba las plantas con una manguera fina. Ni siquiera levantó la vista cuando Ingrid se sentó. Perfecto, pensó ella. Así debía comportarse el personal: invisible, profesional, sin meterse en los asuntos de los inquilinos.
Pasaron unos minutos. El silencio era cómodo, roto solo por el goteo del agua y el rumor lejano del tráfico. Entonces oyó los tacos resonando en el pasillo del ascensor. Malena salió primero, caminando rápido, la cabeza gacha, la minifalda todavía arrugada en los costados. No miró a nadie. Los tacos hicieron eco en el hall vacío. El hombre de mantenimiento siguió regando las plantas sin inmutarse, como si no existiera.
Ingrid asintió para sí misma. Por fin algo decente en este edificio lleno de libertinos. Un auténtico profesional.
Ingrid volvió al ascensor sin prisa. Ya no tenía nada más que hacer abajo; el hall había cumplido su función de refugio temporal. Pulsó el botón del piso 19 y subió con la espalda recta, convencida de que el pasillo estaría vacío, que Sonia habría desaparecido con su vergüenza a cuestas.
Cuando las puertas se abrieron, el pasillo no estaba vacío.
Sonia estaba sentada en el suelo, justo contra la pared opuesta a la puerta de Ingrid. Las rodillas recogidas contra el pecho, los brazos alrededor de las piernas, la cabeza baja. Las manos cubrían su rostro casi por completo, pero no lo suficiente como para ocultar el temblor sutil de los hombros. No era un llanto ruidoso ni histérico: solo lágrimas silenciosas que caían despacio, mojando los dedos y goteando sobre el vestido rojo arrugado. El maquillaje se le había corrido en finas líneas negras bajo los ojos, pero no se lo limpiaba. Parecía haberse rendido a la quietud del llanto, como si moverse requiriera una energía que ya no tenía.
Ingrid se detuvo un segundo en el umbral del ascensor. La puerta se cerró a su espalda con un ding suave. Caminó despacio hacia ella.
—Sonia… ¿pasó algo?
La mujer se sobresaltó. Levantó la cabeza lo justo para mirarla entre los dedos. Los ojos estaban enrojecidos, hinchados, pero no desorbitados. La vergüenza estaba ahí, contenida, como un peso que le aplastaba el pecho y le impedía respirar hondo.
—¡Ay, perdón! No te vi llegar… disculpá… —Se puso de pie con torpeza, apoyándose en la pared para no tambalearse. Las piernas le temblaron un instante antes de estabilizarse.
Ingrid vio entonces el pequeño bolso de mano negro tirado a sus pies. Sonia lo recogió con manos inseguras, abrió el cierre y sacó un pañuelo descartable. Se secó las lágrimas con toques rápidos, casi mecánicos, como si quisiera borrar la evidencia antes de que alguien más la viera. Pero las manos le temblaban lo suficiente como para que el pañuelo se arrugara y se le escapara un sollozo corto, ahogado.
—No quiero parecer una metida… ¿te pasó algo malo? —preguntó Ingrid, manteniendo la voz neutra.
Los ojos de Sonia se desviaron un segundo hacia la cámara de vigilancia. El movimiento fue casi imperceptible, pero Ingrid lo registró. El pecho se le contrajo un poco; su vecina ya sospechaba que ella lo había visto todo.
—Eh… eso lo puse por seguridad —dijo Ingrid, señalando la cámara con un gesto vago.
Sonia dejó escapar un suspiro largo, tembloroso. Bajó la mirada al suelo, los hombros cayendo un poco más.
—No tiene sentido mentir —murmuró—. Esa chica no era mi sobrina.
—Eso me pareció.
—Era una prostituta. —La voz se le quebró apenas en la última sílaba, pero se recompuso rápido. Se pasó la mano por la cara, como si quisiera borrar las palabras que acababa de decir—. Se me cae la cara de vergüenza al tener que reconocerlo, pero… ¿qué más da? Igual debe haber quedado todo registrado en la cámara.
Ingrid la miró en silencio un segundo.
—Si eso es lo que te preocupa, te aseguro que no vi nada —mintió con calma—. Y ya mismo puedo borrar el video.
Sonia negó con la cabeza despacio. Los ojos se le llenaron otra vez, pero no dejó que las lágrimas cayeran.
—No, no… no es eso lo que me preocupa. Bah, sí… me preocupa. Pero… hay otra cosa peor. —Ingrid aguardó, sin presionarla—. Estoy buscando mi celular… y no está en el bolso. Lo tenía cuando bajé, estoy segura, porque le escribí un mensaje a esta chica, para coordinar el encuentro.
—¿Te lo robó? —Ingrid abrió mucho los ojos, genuina esta vez.
—Creo que sí. No hay otra explicación. —Sonia apretó los labios, como si le doliera decirlo en voz alta—. Estoy segura de que no se me cayó. Lo guardé en el bolso… te juro que lo tenía ahí.
—Tenés que hacer la denuncia, Sonia. No podés permitir que esa puta te robe.
—No sé… —La voz se le hizo más baja, casi un susurro—. Me daría mucha vergüenza tener que explicarle esto a la policía.
—De vergüenza, nada. Esa puta te robó. Tenés que denunciarla. Si te sacó el celular del bolso, la cámara debe haber registrado todo. ¿Querés que miremos el video?
Sonia levantó la vista por primera vez desde que empezó a hablar. Los ojos brillaban, pero no con lágrimas nuevas; era una mezcla de incredulidad y agotamiento.
—¿Harías eso por mí? Ni siquiera me conocés.
—Eso no importa. No puedo tolerar que haya ladrones en la puerta de mi departamento. Y vos tenés que recuperar tu celular.
—Ok, muchas gracias. Aunque primero me gustaría ir a mi casa a…
—No, Sonia —Ingrid la agarró de la mano con firmeza, pero sin apretar—. No hay que perder el tiempo. Vamos.
Prácticamente la arrastró al interior de su departamento. Sonia no se resistió; solo caminó detrás, la cabeza baja, el bolso apretado contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba de dignidad.
Fueron directamente al pequeño cuarto con la computadora. Ingrid arrastró una silla extra desde la cocina y la colocó al lado de la suya. Se sentaron una junto a la otra, tan cerca que Ingrid podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Sonia y el leve temblor de su pierna contra la suya. Sonia estaba más tensa que nunca: los dientes apretados hasta que los músculos de la mandíbula se marcaban bajo la piel, los puños cerrados sobre los muslos, las uñas clavadas en las palmas. Las mejillas le ardían de un rojo intenso, casi febril, y cada tanto tragaba saliva con un sonido audible, como si intentara tragarse la vergüenza entera.
Ingrid abrió la app de la cámara y retrocedió la grabación hasta el momento en que las puertas del ascensor se abrían. Pulsó play.
En la pantalla, las dos mujeres aparecían de nuevo: Sonia con el vestido rojo subido, las piernas abiertas contra la pared, Malena arrodillada entre ellas. La lengua de la Sonia del video salía lenta al principio, plana, recorriendo la vulva depilada de la joven desde el perineo hasta el clítoris. Luego aceleraba: lamidas largas y firmes que separaban los labios mayores, la punta hundiéndose en el interior húmedo, succionando el clítoris con pequeños ruidos que la cámara no captaba pero que Ingrid imaginaba perfectamente. Malena empujaba las caderas hacia adelante, la mano enredada en el pelo trigueño de Sonia, obligándola a quedarse ahí, a beberse todo.
Ingrid sintió una furia efervescente subirle por el pecho, caliente y ácida.
—Disculpá que te lo diga, Sonia —dijo con voz baja, controlada—, pero esto me parece una falta de respeto tremenda. ¿Qué necesidad había de hacerlo en el pasillo, donde cualquiera pudiera verlas?
Sonia bajó la cabeza. El rubor le llegó hasta las orejas. Las manos se le crisparon más fuerte sobre los muslos.
—Perdón, Ingrid. Sabía que no había nadie en los otros departamentos… conozco los horarios de mis vecinos. Y pensaba que acá no vivía nadie. Creí que tenía el piso diecinueve para mí sola.
—Mmm… bien, nosotros nos mudamos hace poco y al parecer nadie te avisó, eso lo puedo entender. De todas formas… —Ingrid señaló la pantalla justo cuando la lengua de Sonia se hundía más profundo, los labios vaginales de Malena abriéndose alrededor de ella, brillando con saliva y jugos—. Esto no está bien. Nada bien. ¿Por qué con una mujer?
Sonia se mordió el interior de la mejilla. El pecho le subía y bajaba rápido, como si le costara respirar.
—Fue… una locura. Me siento muy sola. Llevaba tiempo sin tener sexo con nadie y… se me ocurrió contratar a alguien. Nunca lo había hecho antes, te lo juro. Estaba… desesperada.
—Eso no explica por qué lo estabas haciendo con una mujer.
—No es fácil contratar a hombres que se dediquen a esto. La mayoría son mujeres, y… bueno, como te dije, fue un acto de desesperación. No lo pensé. Solo necesitaba estar con alguien.
Ingrid apretó los puños bajo el escritorio. No le creyó del todo. La pasión con que Sonia devoraba esa concha en la pantalla no era de alguien que improvisa por primera vez. Cualquier mujer heterosexual habría dudado, habría lamido con cautela, con curiosidad torpe. Sonia no. Se había lanzado de una: la boca abierta, la lengua experta, succionando el clítoris como si quisiera extraerlo entero. Ahora la veía en cámara lenta —Ingrid había pausado sin darse cuenta—: la barbilla brillante de fluidos, la nariz pegada al monte de Venus, los ojos cerrados en una concentración casi religiosa.
La bronca de Ingrid crecía. Quería humillarla, hacerla sentir pequeña, por haberse comportado de forma tan inapropiada justo frente a su puerta.
—¿No es un poco joven esa chica? Tiene edad para ser tu hija. Y no me vengas con que era la única que había disponible, porque no te voy a creer. Seguramente había muchas, y vos elegiste esta.
Sonia se encogió un poco más en la silla. Los ojos se le humedecieron, pero no lloró.
—Es cierto —admitió en un susurro—. Quería una chica joven. Me dan morbo las jovencitas. Podés juzgarme si querés. No me importa.
—¿Las… jovencitas? —Ingrid giró la cabeza despacio, clavándole la mirada—. Entonces… te gustan las mujeres.
Sonia mordió su labio inferior hasta que se puso blanco. Intentó esquivar los ojos de Ingrid, pero no pudo. La rubia la tenía atrapada.
—Sí. Soy lesbiana. Lo descubrí hace poco.
—¿Cómo que hace poco? Me imagino que una lesbiana siempre sabe que es lesbiana. Al menos eso me dijeron las pocas que llegué a conocer.
—No lo sé. Creo que no es igual para todas. Tal vez siempre fui lesbiana, pero lo reprimía. —La voz le tembló apenas—. No lo tuve claro hasta que me acosté con una mujer.
—Mmm… me resulta difícil de creer. No creo que una mujer heterosexual se convierta en lesbiana automáticamente, solo por haber tenido sexo con otra mujer.
—Por eso mismo digo que, quizás, siempre fui lesbiana. Sinceramente no entiendo cómo pasó. Ocurrió así, sin más…
La grabación avanzó. Ahora era Malena la que estaba de rodillas. Sonia tenía el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, los muslos temblando. La joven lamía con avidez: la lengua plana recorriendo la vulva peluda de arriba abajo, separando los labios mayores carnosos y oscuros, hundiéndose en el interior húmedo y caliente. Sonia arqueaba la espalda en la pantalla, una mano en la nuca de Malena empujándola más adentro. La cincuentona apretaba su propio pecho, pellizcándose el pezón grande y erecto. Los jugos de Malena aún brillaban en la barbilla de Sonia y goteaban hasta perderse en el centro del escote rojo. Cada lamida de la jovencita hacía que las caderas de Sonia se movieran hacia adelante, buscando más lengua, más succión, más fricción en el clítoris hinchado y expuesto.
Ingrid sintió el estómago contraerse. No era solo bronca. Era algo más oscuro, más viscoso.
—Supongo que nunca viste la cámara de vigilancia.
Sonia negó con la cabeza, los ojos fijos en la pantalla donde su propio rostro se retorcía de placer.
—No me di cuenta hasta que Malena se fue. De lo contrario hubiera detenido todo al instante.
Ingrid se inclinó un poco más hacia la pantalla, el codo apoyado en el escritorio, el mentón en la mano. La proximidad con Sonia era casi innecesaria; el cuarto era pequeño, pero Ingrid la había elegido para que no hubiera escapatoria, para que cada respiración entrecortada de la vecina le llegara al oído.
—¿Y qué era lo que te tenía tan desesperada? —presionó Ingrid, la voz baja, casi un ronroneo calculado—. ¿Chupar una vagina… o que te la chupen?
Sonia tragó saliva. Los ojos seguían fijos en la grabación, donde su versión digital tenía la cara enterrada entre los muslos de Malena. La lengua salía y entraba con lentitud deliberada, separando los labios depilados, dejando un brillo viscoso que se extendía por la barbilla. Sonia del video succionaba el clítoris con pequeños tirones, haciendo que las caderas de la joven se sacudieran.
—Tenía ganas de que me la chupen, sí… —admitió Sonia, la voz ronca, como si las palabras le costaran salir—. Pero definitivamente lo que más loca me tenía era chuparla.
La confesión cayó pesada entre ellas. Sonia no apartó la mirada de la pantalla; era como si necesitara verse a sí misma para creer que estaba diciendo aquello en voz alta. Las manos seguían apretadas en los muslos, pero ahora los dedos se clavaban más hondo, dejando medias lunas rojas en la piel.
Ingrid retrocedió la grabación unos segundos con un clic lento, casi ceremonial. Volvió al momento exacto: la lengua de Sonia plana contra la vulva de Malena, lamiendo de abajo hacia arriba, recogiendo los jugos que ya goteaban por el interior de los muslos. Pausó justo cuando la punta se hundía en el orificio, los labios vaginales abriéndose alrededor de ella como si quisieran tragársela.
—Y por cómo se la chupaste, se nota que te calientan mucho las conchas —dijo Ingrid, sin disimular el desprecio mezclado con algo más oscuro—. Mira cómo la abrís con la lengua… cómo la succionás como si quisieras beberte todo lo que tiene adentro. ¿Por qué te calientan tanto las jovencitas?
Sonia se mordió el labio inferior hasta que se puso blanco. El rubor le cubría ahora el cuello y subía hasta las orejas. Respiraba por la boca, corto y agitado.
—Desde que descubrí mis inclinaciones lésbicas empecé a leer muchos relatos eróticos en internet —confesó, la voz temblando—. Te sorprenderías al ver cuántos hay con tramas incestuosas. Madres con hijas, tías con sobrinas… primas… Esos relatos… me dan mucho morbo. Yo no tengo hijas ni sobrinas… contraté a una prostituta para poder cumplir esa fantasía.
Ingrid sintió un pinchazo en el estómago. No era solo bronca; era algo que le apretaba entre las piernas, una humedad traicionera que empezaba a empapar la tela de la bombacha.
—O sea que… mientras se la chupabas a Malena… ¿pensabas que era tu sobrina de verdad?
—Así es. —Sonia cerró los ojos un segundo, como si revivirlo la golpeara de nuevo—. Esa fue la primera fantasía a cumplir. Una tía poniéndose cachonda con su sobrina… imaginándome que era una chica joven, inocente, que nunca había sido tocada por otra mujer… y que yo era la que la iniciaba.
—¡Qué degenerada! —espetó Ingrid, pero la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
Sonia se encogió de hombros, un gesto mínimo, casi resignado.
—Todas tenemos nuestros morbos y fantasías… y yo me cansé de esconder los míos. Es muy opresivo vivir así.
—La opresión es control —citó Ingrid de forma mecánica, como si recitara un mantra—. Es importante mantener el autocontrol… para no terminar haciendo cosas como ésta.
Pero no podía apartar los ojos de la pantalla. La lengua de Sonia se perdía dentro de la concha de Malena, entraba y salía con un ritmo hipnótico, los labios carnosos y enrojecidos envolviéndola cada vez que succionaba. La cincuentona chupaba con una devoción casi religiosa, la nariz pegada al monte de Venus, inhalando el olor que Ingrid imaginaba intenso, salado, almizclado. En la grabación, Malena gemía en silencio, las caderas empujando hacia la boca que la devoraba, los jugos goteando por la barbilla de Sonia y cayendo al suelo del pasillo en gotas brillantes.
Ingrid sintió que algo se le revolvía dentro. Una incomodidad húmeda que bajó despacio por sus piernas, empapando la entrepierna. Las rodillas se le apretaron instintivamente, intentando contener el calor que crecía entre los muslos. No era excitación, se dijo. Era indignación. Era asco. Pero el clítoris le latía contra la tela de la ropa interior, traicionándola.
Se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo necesario. Sonia, a su lado, respiraba fuerte, los pechos subiendo y bajando bajo el vestido rojo todavía arrugado. Ninguna de las dos habló por un momento. Solo el sonido suave del ventilador de la computadora y el pulso acelerado de ambas llenaban el cuarto pequeño.
De pronto se escuchó el ruido seco de una puerta abriéndose en el pasillo. Ingrid se tensó al instante, el dedo todavía suspendido sobre el mouse. Por un segundo pensó que era Gustavo, saliendo a comprar unas cervezas al kiosco de la esquina. Pero los pasos que siguieron eran más ligeros, más rápidos, con el eco inconfundible de zapatillas deportivas contra el piso.
—Carajo… es mi hija —murmuró Ingrid entre dientes. Cerró la ventana de la grabación con un clic brusco y abrió a toda prisa la carpeta de fotos familiares. El corazón le latía fuerte contra las costillas—. Disimulá. No le digas nada de lo que pasó.
—Muy bien —respondió Sonia en un susurro ronco, la voz todavía temblorosa. Se enderezó en la silla, alisándose el vestido rojo con manos nerviosas, intentando recomponer la dignidad que había perdido minutos antes.
Los pasos se acercaron. Una voz femenina gritó desde el pasillo:
—¡Mamá, ¿dónde estás?!
—Acá, Nerina. En el cuartito de la compu.
La puerta se abrió casi de golpe. Nerina entró con el pelo todavía húmedo de sudor por el esfuerzo físico. Tenía la calza blanca pegada a la piel como una segunda capa, el top rosa subido apenas lo suficiente para dejar ver la curva inferior de los pechos. Se quedó paralizada un segundo al ver a la desconocida sentada junto a su madre.
—Ella es Sonia —dijo Ingrid con calma forzada—. Es nuestra vecina. La invité a mirar unas fotos…
—Ah, bien. Encantada, Sonia —Nerina sonrió con naturalidad, esa sonrisa abierta y confiada que siempre desarmaba a cualquiera—. ¿Cuáles les estás mostrando?
—Las del viaje a Acapulco.
—Son muy lindas —dijo Sonia, la voz todavía entrecortada, como si le costara modularla. Sus ojos, sin embargo, ya recorrían a Nerina de arriba abajo: los pechos empujando el top, la cintura estrecha, las caderas anchas que tensaban la calza hasta el límite. Se detuvieron más tiempo en las nalgas redondas, marcadas con precisión obscena por la tela blanca.
—Sí, ese viaje fue genial —dijo Nerina, acercándose al escritorio. Se inclinó un poco sobre el hombro de Ingrid para ver mejor la pantalla—. Me encanta esa foto, es una de las mejores que nos sacamos.
En la imagen aparecían las tres de espaldas a la cámara: Ingrid en el centro, flanqueada por Frida y Nerina. Los bikinis diminutos apenas contenían los cuerpos bronceados. El sol del atardecer teñía todo de naranja y violeta intenso; las nalgas firmes parecían enmarcadas por el resplandor rojo del horizonte. La tela de los bikinis se hundía entre las mitades, delineando la división profunda, y más abajo, justo debajo, se marcaba la vulva de cada una: una ranura central evidente, los labios insinuados por la presión de la prenda mojada por el mar.
—Es una foto impresionante —dijo Sonia, con una sonrisa que intentaba ser casual pero salía demasiado amplia, demasiado hambrienta—. Ya quisiera yo poder vacacionar en Acapulco. Con suerte llego hasta Mar del Plata.
—Es una experiencia hermosa —respondió Ingrid, el orgullo asomando en su voz a pesar de todo. Pasó a la siguiente foto con el mouse. Y se detuvo.
—Ah, caray…
—¡Ay, amo esa foto! —Nerina se acercó más, prácticamente pegándose al escritorio. Sus nalgas grandes, apretadas en la calza blanca, quedaron a escasos centímetros de la cara de Sonia. La tela se hundía entre ellas, marcando la línea profunda del culo y, más abajo, el camel toe evidente. Los ojos de Sonia se centraron en esos labios hinchados por el ejercicio, separados por una ranura central que la prenda hundía sin piedad.
En la pantalla, Nerina sonreía a la cámara con el torso desnudo. Los pechos grandes y altos, pezones rosados erectos por la brisa marina, brillaban bajo el sol. El pelo suelto, la piel dorada, una expresión de pura libertad.
Ingrid sintió una oleada de bronca y vergüenza mezcladas. Si hubieran estado solas, le habría dicho a Nerina que borrara esa foto, que no era decente, que pensara en las consecuencias. Y de paso le habría mencionado —aunque solo en privado— esa otra imagen, la de la playa, con una verga erecta desapareciendo en su boca. Pero no iba a armar un escándalo delante de Sonia. No delante de la vecina que acababa de confesarle sus fantasías incestuosas mientras se lamía los labios resecos.
—Es una foto preciosa. ¿No te parece, Sonia? —preguntó Ingrid, forzando una sonrisa serena.
—S… sí, claro que sí —balbuceó Sonia. Tragó saliva audiblemente—. Sos muy hermosa, Nerina. Tenés unos pechos de película.
—Ay, gracias, Sonia. Ya me cae bien nuestra nueva vecina —dijo Nerina con una risa ligera. Ingrid notó cómo la sonrisa se le torcía un segundo, un tic de irritación que reprimió rápido—. Yo quería tomar sol en topless, pero mi mamá no me dejó.
—No veo cuál sería el problema —comentó Sonia, la voz más ronca ahora. Sus ojos seguían clavados en la calza blanca de Nerina, en la forma en que la tela se adhería a cada curva, marcando la vulva con precisión pornográfica—. Estoy segura de que en esas playas debe haber muchas mujeres tomando sol en topless.
—Eso es lo que yo le dije… —empezó Nerina.
—El topless no era el único problema —interrumpió Ingrid. Se fijó en cómo Sonia tenía los ojos fijos en la entrepierna de su hija, en ese triángulo oscuro que se insinuaba bajo la tela blanca. Una idea maquiavélica le cruzó la mente. Quería humillar a Sonia un poco más, hacerla retorcerse en su propia lujuria—. Mirá… te muestro.
Sin pedir permiso, Ingrid agarró el borde de la calza blanca de Nerina y tiró hacia abajo con un movimiento seco. La tela bajó hasta la mitad de los muslos, exponiendo las nalgas firmes y redondas. Nerina soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero no se movió ni protestó; solo se quedó ahí, con el culo al aire, la piel todavía caliente por esfuerzo físico.
—¿Te das cuenta, Sonia? —dijo Ingrid con voz fría, casi pedagógica—. Ella no quería usar una bikini para tomar sol… quería usar esto.
Los ojos de Sonia se agrandaron hasta casi salírsele de las cuencas. La tanga negra era escandalosamente diminuta: un triángulo minúsculo de tela que apenas cubría el monte de Venus. Los labios mayores asomaban por los lados, carnosos, ligeramente hinchados por el roce constante de la calza durante el trote. La tela se hundía entre ellos, marcando la ranura central con crudeza, y un leve brillo de sudor —o algo más— hacía que la piel reluciera bajo la luz amarillenta del cuarto.
—Ay, mamá… ya te dije, es lo mismo que una bikini. No se transparenta nada. ¿No es cierto, Sonia? —preguntó Nerina con tono desafiante, pero sin subir la prenda. Al contrario: se inclinó un poco más sobre el escritorio, haciendo que las nalgas se inflaran y separaran, dejando que la tanga se hundiera más profundo entre ellas.
La vecina pudo ver con claridad cómo la tela negra se adhería a los labios vaginales de Nerina.
—Es cierto… no se transparenta nada —murmuró Sonia, la voz entrecortada, los ojos vidriosos. Tragó saliva con fuerza, las manos apretadas en el regazo como si quisiera contenerse.
—No es solo por la transparencia —dijo Ingrid, enderezándose despacio—. Se nota que esto es una tanga. ¿Cómo va a ir a tomar sol en tanga?
—Estábamos en Acapulco, mamá —replicó Nerina—. Con tantas chicas en micro-bikini nadie lo hubiera notado.
—Es posible —concedió Sonia, casi sin aliento—. Además, con lo hermosa que te queda… es una pena que no hayas podido usarla en la playa. Tenés un cuerpo asombroso, Nerina.
—Gracias —dijo Nerina. Las tetas se le inflaron de orgullo bajo el top rosa, los pezones marcándose más contra la tela fina.
Ingrid se deleitaba en silencio al ver cómo la cara de Sonia se desfiguraba: los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el rubor que le subía desde el cuello hasta las sienes como si la piel estuviera ardiendo por dentro. Decidió apretar un poco más el tornillo.
—Además… mirá, date vuelta, Nerina… sacate la calza.
Nerina obedeció sin chistar, con esa naturalidad despreocupada que siempre desarmaba a Ingrid. Bajó la prenda blanca despacio, dejando que la tela se deslizara por los muslos sudorosos hasta caer en un montón a sus tobillos. La tanga negra quedó expuesta por completo: un triángulo minúsculo que apenas cubría el monte de Venus, los cordones laterales hundidos en la carne suave de las caderas. A Sonia le quedó claro al instante que a esa jovencita no le importaba en absoluto que una desconocida la viera semi-desnuda; al contrario, parecía disfrutar el escrutinio.
—Ella tiene la costumbre de acostarse a tomar sol con las piernas abiertas —continuó Ingrid, la voz baja y controlada, pero con un filo de crueldad—. Dice que es para broncearse de forma más pareja. Fijate lo que pasa cuando abre las piernas con esto puesto. Dale, Nerina… mostrale.
—Uf, no es para tanto —dijo Nerina, poniendo los ojos en blanco con una sonrisa pícara. Se sentó sobre el borde del escritorio, apoyando las palmas hacia atrás, y abrió las piernas despacio, sin prisa. Los muslos se separaron lo suficiente para que la tanga quedara tensa como una cuerda. La tela se hundió más profundo entre los labios, delineando cada pliegue con precisión obscena. Uno de los labios externos asomó por el lado izquierdo, carnoso y rosado, brillando con una fina capa de humedad que no era solo sudor de la corrida por el parque Rivadavia.
Sonia estaba tan cerca que su aliento rozaba la piel de Nerina. Contuvo la respiración, como si temiera que cualquier movimiento la delatara. Los ojos se le clavaron en esa vulva expuesta: los labios hinchados por el roce constante de la tela durante el trote; el clítoris insinuado bajo la presión de la tanga; un leve brillo viscoso que se extendía por la cara interna de los muslos.
—Acomodate bien, Nerina… que se te mete toda la tanga —dijo Ingrid, estirando la mano hacia la entrepierna de su hija.
Quería burlarse de las fantasías incestuosas que Sonia acababa de confesarle, darle un roce que ella jamás podría tener: el tacto prohibido de una hija. Pero la jugada le salió mal desde el primer segundo. Metió dos dedos entre la concha y la tela para agarrar el borde de la tanga y acomodarla. Al instante sintió el calor húmedo, el flujo pegajoso que empapaba los dedos como miel tibia. La vulva de Nerina estaba hinchada, caliente, los labios internos resbaladizos y abiertos. Ingrid intentó ajustar la prenda con movimientos torpes, pero solo consiguió extender más el líquido.
Las tres mujeres se quedaron mirando esos hilos viscosos colgando entre el índice y el medio de Ingrid. Los jugos se adherían a sus dedos, formando hilos transparentes. Brillaban bajo la luz fría del monitor.
—Cuánta… humedad —murmuró Sonia, las mejillas enrojecidas hasta el punto de parecer quemadas. La voz le salió ronca, entrecortada.
—No más de la habitual —bromeó Nerina con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. Corrí un buen rato, mamá. El cuerpo se calienta, ya sabés.
Ingrid se puso tensa. ¿Por qué su hija tenía la concha tan mojada? Solo había trotado por el parque Rivadavia, nada más. Sacó un pañuelo descartable del cajón del escritorio con dedos temblorosos y limpió los jugos de Nerina. Pasó el papel por los labios expuestos, por la ranura central donde la tanga seguía hundida. El pañuelo se empapó al instante, volviéndose translúcido.
—Ay, mamá… si guardás pañuelos junto a la compu la vecina va a pensar que los usás para secarte la concha después de hacerte la paja —dijo Nerina con una risa ligera.
—¡Nerina! —protestó Ingrid, la cara violeta de bronca y vergüenza—. Sabés muy bien que yo no hago esas cosas.
—No te pongas histérica, mamá… todas lo hacemos. Hasta Sonia lo debe hacer, ¿no es así?
—Por supuesto —respondió Sonia, sonriendo con una mezcla de timidez y desafío. Miró directamente a los ojos azules y radiantes de Nerina—. Y más seguido de lo que te imaginás.
—Uf… —Nerina soltó una risita baja, casi ronroneante.
—Bueno, bueno… estábamos hablando de la tanga. No nos vayamos de tema —interrumpió Ingrid, intentando recuperar el control—. ¿No te parece que es escandalosa?
—Em… es cierto que sí se ve un poquito —admitió Sonia, roja como un tomate, incapaz de apartar la mirada. Sus ojos volvían una y otra vez a esa vulva apenas cubierta—. Aunque… si yo tuviera un cuerpo como el tuyo, Nerina… sinceramente no me molestaría que la gente mirase un poco.
—¡Ay! ¿Escuchaste lo que dijo, mamá? —Nerina se giró un poco hacia Ingrid, las tetas empujando el top rosa, los pezones duros marcándose contra la tela fina—. Es lo mismo que opino yo, Sonia. No voy a permitir que nadie se propase conmigo… pero no me molesta que la gente mire un poquito.
Ingrid no respondió de inmediato. Se quedó mirando la mano todavía húmeda, los restos de flujo de su hija pegados a los dedos. El aire del cuartito se sentía denso, cargado de calor corporal y algo más oscuro que ninguna quería nombrar. Sonia respiraba por la boca, los pechos subiendo y bajando bajo el vestido rojo arrugado. Nerina, sentada sobre el escritorio con las piernas abiertas, parecía disfrutar el silencio tenso, el modo en que las dos mujeres mayores luchaban por no mirar directamente esa concha expuesta, brillante, invitante.
Ingrid tragó saliva. El pulso le latía en las sienes… y entre las piernas.
—Si fuera por mí, tomaría sol así…
Con estas palabras, Nerina se bajó la tanga hasta las rodillas. Hilos de flujos se formaron entre su concha y la tela negra, estirándose antes de romperse y caer sobre la piel lisa. Los ojos de Sonia se clavaron allí, fijos en ese pubis completamente depilado, donde la piel se extendía sin interrupciones, invitando a la exploración.
—¡Wow! —exclamó la vecina—. No se ve ni la marca de los pelitos afeitados.
Ingrid disimuló mal una sonrisa triunfal. Otra vez ella tomaba la delantera. No le gustaba que su hija mostrara la concha ante una desconocida; pero en esta ocasión le vino como anillo al dedo. Un momento perfecto para seguir tentando a Sonia con lo que jamás podrá tener: esa intimidad prohibida que rozaba lo familiar, lo que solo una madre y una hija compartían en secreto.
—Es que no se afeitó —respondió Ingrid—. Con Nerina nos hicimos la depilación permanente, cuando estuvimos en Acapulco. —Deslizó el pulgar entre los húmedos labios de su hija y lo subió lentamente hacia arriba, presionando el clítoris con fuerza. El pulgar se hundió un poco en la carne suave antes de emerger cubierto de jugos. Luego los esparció sobre el pubis de Nerina, dejando un rastro brillante que captaba la luz—. Quedó perfecta. Ni rastros de los pelitos… mirá, tocá…
—¿Puedo? —preguntó Sonia, temerosa, mirando a Nerina con pupilas dilatadas, como si temiera cruzar una línea invisible.
—¡Claro! Así sabés cómo te queda… por si vos también te querés hacer la depilación permanente. Es una maravilla, una de las mejores decisiones del viaje.
Sonia acercó la mano temblorosa. Fue primero al pubis, donde Ingrid había dejado rastros de humedad que aún se enfriaban al aire. Deslizó sus dedos sobre el monte de Venus, presionando lo justo para sentir la textura lisa bajo la yema, mirando de reojo a Ingrid, cuya presencia dominaba el espacio como una sombra posesiva.
—Dale, sin miedo —la alentó Ingrid—. Que estamos entre mujeres. Fijate lo suaves que le quedaron los labios.
Sonia se animó a más. Bajó los dedos y acarició los labios mayores, separándolos ligeramente con la punta de los índices para exponer el interior rosado, pero sin presionar mucho. Sintió cómo la concha de Nerina respondía, contrayéndose levemente bajo su toque, liberando un hilo más de fluido que se adhirió a su piel.
—Es… increíble —comentó, sin dejar de tocar, sus dedos ahora resbalando con facilidad—. Nunca había sentido una vagina tan suave.
—Quien te escuche va a pensar que andás tocando muchas vaginas, Sonia —bromeó Ingrid con malicia, como si estuviera hundiendo un picahielos en los riñones de su vecina, recordándole su curiosidad insaciable—. Y fijate que se siente aún más suave cuando los dedos están húmedos.
—Muy cierto —aseguró Nerina, con tranquilidad. Su cuerpo no mostraba agitación visible, pero la concha se humedecía más, los labios hinchándose bajo las caricias, y un leve temblor recorría sus muslos.
Sonia acercó sus dedos al centro de la concha, cargando su pulgar con los flujos de Nerina, que se extendían como un aceite espeso. Luego volvió a acariciar los labios mayores, frotando el fluido en círculos lentos, ante la mirada inquisidora de Ingrid. Sus dedos temblaban, pero aún así no podía dejar de recorrer esa vulva perfecta y húmeda, hundiendo la yema apenas en la entrada para sentir el calor interno que pulsaba.
—Me encanta —confesó Sonia, con voz temblorosa, mientras su pulgar rozaba el clítoris de Nerina, haciendo que este se endureciera bajo la presión—. Ya quisiera yo tener una vagina tan perfecta.
—Ay, gracias, Sonia… —sonrió Nerina—. Sos un amor. Y tocá todo lo que quieras, que a mí no me molesta.
—Eso, Sonia. No seas tímida —presionó Ingrid—. Mirá, hacé esto…
Ingrid hundió dos dedos en la concha de su hija, los movió sin sacarlos, girándolos para rozar las paredes internas que se contraían alrededor. Luego de unos segundos, cuando los retiró, se podían ver bien cargados de flujos viscosos, hilos blancos que se estiraban entre los dedos. Con los dedos así comenzó a acariciar la concha de Nerina. No se limitó solo al monte de Venus; bajó por los labios, separándolos para exponer el clítoris, y lo frotó con la yema húmeda, haciendo que Nerina contuviera un jadeo.
—Tengo que reconocer que a mí también me gusta mucho cómo le quedó —dijo Ingrid, mientras frotaba el clítoris de su hija sin dejar de mirar a Sonia con malicia, sus ojos desafiando a la vecina a imaginar esa misma mano en su propio cuerpo—. Así es como debería sentirse una concha. No me gustan las que se dejan todos los pelos desalineados, tapando lo que debería ser accesible.
Sonia apretó los labios, entendiendo la indirecta en las palabras de Ingrid, que la pinchaba como una aguja en la carne expuesta. Aún así eso no la detuvo para repetir sus pasos. Con dedos temblorosos se hundió dentro de la concha perfecta de Nerina, empujando hasta el segundo nudillo, sintiendo cómo las paredes se cerraban alrededor, succionando el fluido. Luego frotó toda la humedad en los labios hinchados, extendiéndola hasta el ano, rozándolo accidentalmente con la yema, lo que hizo que Nerina se moviera levemente.
—Es una maravilla —susurró Sonia, mientras se tomaba su tiempo para frotar el clítoris de Nerina, presionando en círculos que aceleraban el pulso de la joven, los jugos ahora goteando por los muslos.
—Abrí más las piernas, Nerina —sugirió Ingrid, su voz firme y autoritaria, mientras tomaba el borde de la calza y la tanga de su hija con dedos precisos.
Las bajó lentamente hasta que la pierna izquierda quedó completamente liberada. El corazón de Ingrid latía con fuerza contenida bajo su piel, pero su expresión era una pared de orgullo inquebrantable, negando cualquier rastro de calor que pudiera traicionarla. No se detendría ahora; este era su juego, su forma de quebrar a Sonia, de humillarla hasta que cada mirada, cada toque, dependiera de su permiso. Ver a la vecina devorando con los ojos la concha de Nerina era un deleite privado, un recordatorio de que Sonia solo rozaría la superficie. Nunca la poseería por completo.
Nerina obedeció sin dudar, elevando su pierna izquierda hasta apoyarla en el borde del escritorio, las rodillas abriéndose en un ángulo obsceno que expuso su concha al aire cargado de la habitación. Los labios mayores, hinchados y depilados a la perfección, se separaron con un leve sonido pegajoso, revelando el interior rosado y reluciente. Los jugos ya formaban una capa espesa que goteaba lentamente hacia el culo contraído. El aroma almizclado de su excitación se esparció, dulce y salado, impregnando el espacio entre las tres mujeres. Ingrid posicionó su mano junto a la de Sonia, guiándola con un toque sutil pero dominante en la muñeca, para que sus dedos se alternaran en la invasión de la concha de Nerina.
Primero fue Ingrid: introdujo dos dedos índice y medio con un empuje deliberado, sintiendo cómo la entrada se dilataba alrededor de sus nudillos. El interior era un baño de flujos viscosos, espesos como crema, que cubrieron sus dedos hasta la raíz cuando los sacó con un chapoteo audible. Hilos blancos quedaron estirados entre la yema y la vulva antes de romperse y caer en gotas pesadas sobre el escritorio. Nerina jadeó, su concha contrayéndose en espasmos visibles que expulsaban más jugos, pero se mordió el labio para no romper el silencio. Sus ojos estaban fijos en cómo los dedos de su madre brillaban bajo la luz.
Luego tocó a Sonia: sus dedos, más finos y temblorosos por el deseo reprimido, se hundieron igual de profundo, empujando hasta que la palma rozó los labios mayores. Sintió el calor pulsante, las contracciones que ordeñaban sus falanges, el roce de las rugosidades internas contra su piel mientras los jugos se filtraban alrededor, empapando su mano entera. Salió con un pop succionante, los flujos derramándose en un chorro corto que salpicó el muslo de Nerina y mojó el vestido rojo de Sonia en el borde. La concha de Nerina no cerraba del todo ahora, quedando entreabierta, palpitando con cada respiración, invitando a más exploración.
Ingrid no dejó que el ritmo decaiga; sus dedos volvieron a los labios, separándolos con el índice y el pulgar para exponer el clítoris hinchado, un nódulo rosado y erecto que latía al descubierto. Lo frotó en círculos lentos al principio, presionando con la yema para que el placer se acumulara en oleadas, haciendo que los labios temblaran y más flujos se acumularan en el perineo. Sonia imitó el movimiento, su toque más vacilante pero ansioso, rozando el clítoris con el dorso de los dedos mientras sus ojos se clavaban en la vulva, hipnotizados por cómo se contraía, por el brillo de los jugos que cubrían todo el monte de Venus depilado. Nerina movió las caderas sutilmente, empujando contra las manos, su respiración convirtiéndose en gemidos ahogados mientras el calor se extendía por su vientre.
Ingrid captó el movimiento de Sonia: sus piernas cruzadas con fuerza bajo el vestido, los muslos apretados para presionar contra su propia concha que debía estar empapada. Podía oler el leve rastro de excitación de la vecina, mezclado con el de Nerina, pero Sonia no se atrevería a tocarse, no sin permiso. Ingrid internamente saboreó esa victoria, el placer de ver a Sonia perdida en la contemplación, lamiendo sus labios secos mientras inhalaba el olor de la concha ajena, sabiendo que solo podría rozarla, penetrarla superficialmente, nunca reclamarla. Ese control era su esencia, un fuego que ardía sin que su orgullo lo admitiera, manteniéndola erguida y serena.
—Uf, después de esto voy a tener que hacerme una rica paja en la ducha —aseguró Nerina, su voz entrecortada por un gemido agudo cuando los tres dedos de Sonia se hundieron de nuevo, estirando la entrada con un sonido viscoso y prolongado, las paredes internas ondulándose alrededor como si intentaran retenerlos.
—Esas son las mejores —comentó Sonia, su mirada fija en la concha que se abría como una flor húmeda, incapaz de desviar los ojos de cómo los jugos se adherían a los dedos en hilos elásticos, goteando por la mano de Ingrid.
—Lo sé… y creo que mi mamá opina lo mismo. Porque, aunque diga que no lo hace, más de una vez la sorprendí en la ducha… haciéndose una paja.
Ingrid sintió la tensión subir por su espina, un rubor caliente tiñendo sus mejillas, pero su rostro se endureció en una máscara de indignación controlada. Su hija intentaba desestabilizarla de nuevo, pero ella contraatacó. Presionó el clítoris de Nerina con fuerza renovada, clavando el pulgar directamente en el centro y girándolo con rudeza, el nódulo aplastándose bajo la presión mientras las contracciones se propagaban a toda la vulva, expulsando un chorro de jugos que salpicó el antebrazo de Ingrid y mojó el escritorio en un charco creciente.
—¡Ay, mami… qué rico! —Chilló Nerina, entre risas entrecortadas que se fundían con jadeos profundos, sus caderas meneándose contra la mano de su madre—. ¿Así te tocás vos? Siempre creí que eras más tímida para hacerlo. O sea… las veces que te vi en la ducha, lo hacías con la mano casi quieta… como si te diera vergüenza.
—No es que me de vergüenza —replicó Ingrid, su voz afilada y enojada, pero sin ceder terreno frente a Sonia, cuya fascinación por la concha de Nerina solo crecía con cada revelación—. Es que así se disfruta más… presionando con fuerza el clítoris, sintiendo cómo late y se hincha bajo los dedos. —Para probarlo, usó dos dedos en forma de tijera, pellizcando el clítoris y frotándolo de lado a lado con movimientos cortos y duros, haciendo que Nerina gimiera de placer. Su concha palpitaba con fuerza, los labios temblaban mientras un nuevo flujo espeso se derramaba por los muslos internos, empapando la cara de Ingrid—. ¿No es cierto, Sonia? ¿Vos lo hacés así, o preferís algo más suave?
—Sí, absolutamente —confirmó Sonia, su voz ronca, las piernas apretándose aún más mientras observaba el clítoris de Nerina enrojecerse bajo el asalto de Ingrid—. A veces es mejor presionar con fuerza, sin mover demasiado los dedos… solo mantener la presión y dejar que el cuerpo responda.
—Dale, Sonia. Mostrale cómo se hace —ordenó Ingrid, su tono imperioso, tomando la mano de la vecina y colocándola de vuelta en la vulva de Nerina, guiando los dedos hacia la entrada resbaladiza como si dirigiera una orquesta de deseo.
Sonia no dudó esta vez; sus dedos, ahora más audaces y empapados de jugos residuales, se hundieron hasta la palma en la concha de Nerina, sintiendo el calor abrasador, las paredes que se cerraban en espasmos rítmicos. Los sonidos eran indecentes: chapoteos profundos con cada embestida, flujos que se escapaban en chorros cortos alrededor de los nudillos, salpicando el pubis y el vestido de Sonia. Nerina gemía sin control, sus pechos agitándose bajo la tela, los pezones duros como guijarros marcando el top mientras su espalda se arqueaba. Los gemidos se volvieron salvajes cuando Sonia presionó el clítoris con el pulgar, aplastándolo contra el hueso púbico y manteniéndolo ahí, vibrando con la presión de su propia mano temblorosa.
—Oh… sí… esto es muy bueno —gimió Nerina, su voz quebrada, las caderas girando para cogerse los dedos de Sonia con movimientos circulares—. Muy bueno… me gusta mucho. Aunque yo me pajeo así:
Con un gesto brusco, apartó los dedos de Sonia, que salieron cubiertos de jugos cremosos que goteaban en hilos largos. Nerina colocó su propia mano sobre la concha, la palma plana presionando el clítoris mientras los dedos medio y anular se hundían y salían a toda velocidad. El movimiento era caótico, había jugos salpicando en arcos que aterrizaron en la cara de Sonia, manchando sus labios y mejillas con gotas perladas que ella lamió instintivamente. El sabor ácido y dulce invadió su lengua. Ingrid sintió una salpicadura en su propia piel, pero su expresión permaneció estoica, aunque internamente el control se afianzaba más al ver a Sonia sorber esos jugos con avidez contenida.
—Eso también está muy bien —comentó Ingrid, su voz serena y dominante, negando el pulso acelerado en su propio clítoris que rogaba atención—. Hay que hacerlo de la forma en que una lo siente, explorando cada rincón hasta que el cuerpo explote. —Sin pedir permiso, hundió dos de sus propios dedos en la concha de Nerina, uniéndose al frenesí, empujando profundo al lado de los de su hija, cuatro falanges ahora rebuscando en el interior resbaladizo, revolviendo los jugos hasta que un chorro mayor escapó, empapando las manos entrelazadas y el pecho de Sonia en una mancha oscura—. ¿No es así, Sonia?
—Por supuesto —jadeó Sonia, pasando la lengua por sus labios una y otra vez, tragando los jugos salpicados mientras sus ojos permanecían fijos en la concha de Nerina—. Cada una sabe lo que su cuerpo necesita… pero esto… esto es adictivo.
Los segundos se estiraron en minutos, el aire espeso con el hedor almizclado de sexo, los sonidos de dedos resbalando en piel empapada mezclándose con gemidos entrecortados y respiraciones pesadas. Ingrid observaba con esa satisfacción oculta, deleitándose en la forma en que Sonia se perdía por completo, lamiendo restos de jugos de sus labios, sus manos temblando por el deseo de tocar más, pero siempre bajo la sombra de su control. La concha de Nerina seguía abierta, invitando, pero el poder permanecía en manos de Ingrid, prolongando la tortura deliciosa para todas.
Ingrid miró la escena con una sonrisa triunfal en sus labios, saboreando cómo Sonia se hundía en esa tentación morbosa. Le había mostrado que ella podía —si quería— cumplir una parte de esas alocadas fantasías incestuosas, rozando lo prohibido sin cruzarlo. Sin embargo, Ingrid nunca lo haría; ella no era ninguna degenerada. Esto era solo una prueba. Una lección para su vecina tortillera.
—Bueno, creo que ya fue suficiente —dijo Ingrid, sintiendo que ahora la arrinconada era ella—. ¿Por qué no vas a darte una ducha? Estás toda transpirada…
—Es que estuve trotando mucho —Nerina interrumpió su masturbación—. En especial para esquivar a los hinchas de Ferro, parece que hoy hay partido… ¿por qué tuvimos que venir a vivir tan cerca de una cancha de fútbol?
—A veces puede ser un problema —comentó Sonia—. Por eso yo no salgo mucho en los horarios de los partidos. Hay mucha gente en la calle.
—Ya nos vamos a acostumbrar, Nerina —Ingrid se esforzó por mostrarse tranquila, pero detestaba que su hija le hiciera estos planteos frente a la vecina—. Andá a bañarte.
—Ufa… está bien.
No se molestó en ponerse la calza, salió de la habitación luciendo un culo desnudo capaz de provocarle un infarto a un Santo.
—¿Te gusta? —Preguntó Ingrid al ver cómo los ojos de Sonia seguían a Nerina—. Voy a dejarte clara una cosa: hacé lo que quieras con las putitas que contratás; pero no te metas con mis hijas ¿está claro?
—Sí, sí… muy claro.
Ingrid sintió una nueva ola de satisfacción al notar que Sonia estaba asustada, al borde de las lágrimas. La partida de Nerina dejó el cuartito pequeño envuelto en un velo espeso de aromas sexuales. Ingrid y Sonia seguían sentadas frente a la máquina. La luz azulada del monitor iluminaba sus rostros, proyectando sombras que acentuaban la rigidez en la mandíbula de Ingrid y el rubor creciente en las mejillas de Sonia.
—Muy bien, sigamos mirando el video —dijo Ingrid, su voz un látigo controlado, haciendo clic para reanudar la reproducción desde donde se había pausado. La pantalla cobró vida con el sonido inmediato de lengüetazos húmedos y gemidos ahogados—. A ver en qué momento esa putita te robó el celular. Que a decir verdad, te lo merecés… por relacionarte con esta clase de personas. ¿Qué pensabas?
—Sí, lo sé… fue una estupidez —murmuró Sonia, su garganta apretada, los ojos fijos en la imagen de sí misma en la pantalla. Estaba a punto de llorar, el nudo en su pecho hinchándose con cada segundo de exposición. La humillación la quemaba como ácido, pero un calor traicionero se acumulaba entre sus muslos, recordándole lo que acababa de pasar con Nerina.
En el video, la Sonia grabada se inclinaba contra la pared de la entrada de la casa de Ingrid, las piernas separadas en un ángulo vulnerable. Malena, arrodillada detrás, hundía la cara entre sus nalgas, la lengua lamiendo con avidez la concha peluda, succionando los labios. Los jugos de Sonia goteaban en hilos claros por los muslos internos, salpicando el suelo de baldosas mientras Malena introducía la lengua más profundo, revolviendo el interior con movimientos circulares que hacían que la concha se contrajera visiblemente.
Pero entonces, algo capturó la atención de ambas mujeres en la habitación. La Sonia del video se enderezó un poco, abrió su bolso con manos temblorosas y sacó un objeto largo y grueso, negro como, con venas moldeadas en relieve a lo largo del eje y una base ancha para un agarre firme. Medía al menos veinte centímetros, el glande bulboso apuntando hacia arriba como una amenaza silenciosa.
—¿Eso… es un dildo? —preguntó Ingrid, su voz bajando a un susurro incrédulo, los ojos abriéndose mientras procesaba la imagen.
No esperó respuesta; no la necesitaba. En la pantalla, la Sonia grabada se lo entregó a Malena con un gesto de sumisión, luego giró el cuerpo, apoyando las palmas contra la pared y arqueando la espalda para elevar las nalgas. El vestido se subía por sus caderas, revelando la tanga empapada que Malena apartó con un tirón brusco, exponiendo la concha hinchada y el ano fruncido, rodeado de vello corto y oscuro.
Malena se arrodilló más cerca, su mano hurgando en el bolso de Sonia. Sacó un pote de gel transparente, del tamaño de una crema hidratante, y desenroscó la tapa. Ingrid entrecerró los ojos, reconociendo el propósito al instante cuando Malena vertió una generosa cantidad del lubricante sobre el dildo. Malena lo extendió con la mano, frotando de arriba abajo en movimientos largos y firmes, el plástico negro brillando ahora bajo una capa resbaladiza que goteaba en gotas pesadas al suelo.
—Esto es de no creer… en la puerta de mi casa… jugando con un consolador… debería darte vergüenza —dijo Ingrid, su tono goteando desprecio calculado, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla.
Internamente, un pulso de curiosidad prohibida latía en su vientre, pero lo aplastó bajo capas de orgullo, enfocándose en la forma en que Sonia se retorcía en la silla a su lado, las manos apretadas en el regazo.
Sonia estaba al límite, el calor subiendo por su cuello mientras el video avanzaba. Sabía que lo peor —o lo mejor, dependiendo del ángulo— estaba por venir. En la pantalla, Malena apuntó el dildo hacia la concha de Sonia, el glande rozando los labios húmedos y separándolos con un sonido pegajoso. Pero Sonia la detuvo con un gesto rápido de la mano, girando la cabeza para susurrar instrucciones. Luego, se abrió las nalgas con los dedos para mostrar el orificio rosado y contraído guiñando bajo la luz del porche.
La mandíbula de Ingrid cayó ligeramente, un jadeo escapando de sus labios mientras observaba. El dildo, lubricado y reluciente, se presionó contra el culo de Sonia en el video. Malena empujó con firmeza, el glande ancho forzando la entrada, dilatando el anillo de forma visible. Sonia en la pantalla gimió profundo. Ingrid solo pudo imaginar cómo habría sonado ese gemido, porque la cámara no grababa audio. Mientras el pene plástico se hundía centímetro a centímetro. El culo de Sonia fue tragándolo con contracciones rítmicas. Los labios de la concha, justo debajo, se separaron más por la presión, jugos frescos filtrándose y goteando hasta el piso.
—Dios… ¿por qué alguien se sometería a esto de forma voluntaria? —preguntó Ingrid, girando la cabeza hacia Sonia, cuya cara ardía de vergüenza. Su voz era genuina, teñida de incredulidad, pero había un filo de fascinación que no podía ocultar del todo—. Lo digo en serio. ¿Por qué?
—¿Acaso no es obvio? —replicó Sonia en voz baja, sus ojos fijos en la pantalla, hipnotizada por su propia sumisión grabada.
—No. Me parece ridículo. Esto debe doler un montón. ¿Quién se metería algo así de grande?
—Emmm… no duele tanto. No si ya estás acostumbrada —explicó Sonia, sintiendo una urgencia inexplicable por defenderse, por compartir ese secreto bajo la mirada escrutadora de Ingrid.
Podían ver el dildo deslizándose más profundo sin resistencia, desapareciendo hasta la mitad mientras Malena lo empujaba. Su mano izquierda sujetaba las nalgas de Sonia para mantenerlas abiertas
—Hasta se disfruta —añadió Sonia.
—¿En serio?
Ingrid hizo zoom en la imagen con un clic del mouse, el culo de Sonia llenando la pantalla entera. La concha peluda ocupaba el borde inferior, los labios hinchados y relucientes. Pero el foco era el culo: dilatado alrededor del dildo grueso, el anillo estirado al límite, contrayéndose en pulsos que succionaban el plástico con cada retiro parcial. Malena lo sacaba unos centímetros, revelando el interior rosado y lubricado. Los hilos de gel se mezclaban con jugos vaginales estirándose como telarañas antes de romperse. Luego lo embestía de nuevo, haciendo que el culo se abriera más
—Es… impresionante —dijo Ingrid, sin dejar de mirar la pantalla—. No puedo creer que entre de esa manera. Ni tampoco entiendo cómo eso se podría disfrutar.
—Si nunca lo hiciste, no lo vas a entender —dijo Sonia, su voz temblando, pero con un matiz de desafío. Sus muslos se apretaron instintivamente.
—Por supuesto que nunca lo hice. ¿Qué clase de mujer creés que soy? —replicó Ingrid, enderezándose en la silla, su postura erguida negando cualquier curiosidad.
Pero sus ojos permanecían clavados en la pantalla, observando cómo el dildo entraba y salía ahora con un ritmo constante: Malena lo retiraba hasta que solo el glande rozaba el culo, luego lo hundía completo, la base chocando contra las nalgas. Entre embestidas el culo quedaba entreabierto y palpitante, mientras la concha de Sonia goteaba jugos en respuesta.
Sonia no respondió verbalmente. En cambio, sus manos se movieron por instinto, deslizándose bajo el vestido rojo que aún llevaba arrugado. Sus dedos encontraron la tanga empapada, apartándola a un lado para rozar los labios vaginales hinchados, resbaladizos por los jugos acumulados de la sesión anterior con Nerina. Frotó el clítoris con el índice en círculos lentos, sintiendo el nódulo endurecerse bajo la yema, mientras el pulgar separaba los labios para exponer el interior rosado. Ocasionalmente, en el video, la lengua de Malena visitaba la concha, lamiendo los jugos que fluían libres, succionando el clítoris con labios carnosos que lo estiraban antes de soltarlo con un pop.
Ingrid notó el movimiento de inmediato, su mirada desviándose de la pantalla hacia las manos de Sonia. Vio cómo los dedos se hundían en la concha, dos falanges desapareciendo en el calor resbaladizo con un sonido suave y húmedo. Sonia bombeaba lentamente, sincronizándose con las embestidas del dildo en el video. Jugos frescos se filtraban alrededor de los nudillos, goteando por los muslos de Sonia y manchando la silla debajo.
—¿Qué hacés? —preguntó Ingrid, su voz un ronroneo dominante, pero sin detener el video. En la pantalla, Malena aceleraba el ritmo—. ¿Te excita verte así? ¿Ver cómo te cogen el culo como una puta en la puerta de mi casa?
Sonia jadeó, sus dedos moviéndose más rápido, el clítoris frotado con rudeza.
—Sí… un poco —admitió, la vergüenza mezclándose con el placer, sus caderas moviéndose sutilmente contra la mano.
Ingrid soltó una risa baja, controlada, pero su propia respiración se aceleró ligeramente, el calor entre sus piernas un secreto que enterró profundo. Hizo zoom aún más, el culo de Sonia en el video ocupando toda la pantalla. Se contraía alrededor del dildo. El lubricante salpicaba con cada embestida, gotas aterrizando en la concha peluda debajo.
—Explicámelo entonces —ordenó Ingrid, su mano rozando casualmente el mouse para pausar el video en un frame donde el dildo estaba hundido al máximo—. ¿Cómo se siente?
Sonia asintió. Sus dedos se hundieron más profundo en la concha, tres ahora, estirando la entrada con chapoteos audibles que llenaban el silencio.
—Es… fascinante —jadeó, el pulgar aplastando el clítoris en círculos duros—. El dildo presiona las paredes del culo. Roza puntos que hacen que la concha se contraiga sola. Te juro que cuando me lo meten por el culo hace que mis jugos salgan sin control. Y la lengua de Malena… lamiendo todo… uff… es demasiado. Tener a alguien succionando mientras te cogen el culo… es como si todo el cuerpo explotara. Es difícil procesar tantas sensaciones al mismo tiempo. Te desborda.
Ingrid observó, su expresión estoica, pero los ojos devorando cada movimiento: los jugos de Sonia goteando en la silla, el olor de su excitación renovada impregnando el aire ya cargado. El control era suyo; Sonia se exponía de nuevo, tocándose bajo su vigilancia, al borde de la liberación pero atada por la humillación. El video esperaba, listo para reanudarse, prolongando la tortura deliciosa en ese cuartito asfixiante.
Miraron esa secuencia hasta que Sonia se movió inquieta en el asiento. Ahí fue cuando Ingrid quitó el zoom de la imagen. El panorama completo apareció de nuevo: Malena de pie, con la espalda contra la pared y la concha al descubierto, reluciente de jugos. Sonia se arrodilló frente a ella e hizo algo que captó por completo la atención de Ingrid. Tomó el consolador negro, lo metió hasta el fondo en su propio culo y se acomodó la tanga para que quedara bien sujeto por la tela. Así, con el pene de plástico clavado adentro, volvió a enterrar la cara entre las piernas de Malena y chupó su concha con avidez, lamiendo los labios hinchados y sorbiendo los fluidos que goteaban.
Ingrid giró la cabeza despacio hacia Sonia y, por la mirada tensa y el leve temblor de su vecina, lo entendió todo al instante.
—¿Todavía lo tenés puesto?
—Yo… em… te dije que antes de ver el video quería hacer algo en mi casa…
—Ay, por Dios… ¿todo este tiempo lo tuviste adentro?
—Perdón, yo no quería faltarle el respeto a tu casa…
—No, no… Sonia, la que tiene que pedir perdón soy yo. Debe ser una tortura tener eso clavado tanto rato. No sabía…
Sonia estuvo a punto de confesar que en realidad no le dolía ni un poquito, que el estiramiento constante la mantenía húmeda y palpitante, hasta que captó que este era el momento perfecto para hacer que Ingrid bajara un poco la guardia y dejara de atacarla con tanta frialdad.
—Sí, duele… pero ¿qué iba a hacer? ¿Sacármelo delante tuyo?
—Ay, Sonia, a mí no me molesta ver desnuda a una mujer. Creo que ninguna mujer debería escandalizarse al ver a otra sin ropa.
—Puede ser, aunque en mi caso no es la desnudez lo que me avergüenza.
—Entiendo, entiendo… de todas maneras, no podés dejar eso ahí adentro. Te va a hacer mal. Parate… te ayudo a sacarlo.
—No, eso sería peor. Qué vergüenza…
—No digas tonterías, Sonia. Es solidaridad femenina. Dale, parate… y sacate la tanga.
Sonia se mordió el labio inferior mientras clavaba la vista en los ojos azules gélidos de esa rubia imponente. Al final, decidió obedecer. Se puso de pie con las piernas temblorosas y se bajó la tanga despacio, dejando que cayera al piso. Luego levantó el vestido hasta la cintura, exponiendo por completo su culo redondo y pálido, con la base ancha del consolador negro sobresaliendo entre las nalgas separadas, el ano aún dilatado y brillante de lubricante.
—Carajo… es más grande de lo que me imaginaba. Lo que te habrá dolido sentarte encima de esto… Dios… yo estaría llorando desconsolada.
—Va a ser un alivio sacarlo —murmuró Sonia, sintiendo cómo su concha se contraía de anticipación, goteando un hilo de humedad por el interior del muslo.
—Sí, ya mismo lo saco.
—Despacito, por favor.
—Ajá…
Ingrid sujetó la base del consolador con firmeza, sintiendo el calor de la piel de Sonia y el resbaladizo del gel que aún lo cubría. Comenzó a tirar lentamente, centímetro a centímetro. El culo de Sonia se estiró alrededor del grosor, emitiendo un sonido húmedo y succionante mientras el plástico salía, dejando un vacío que hizo que los músculos se contrajeran involuntariamente. Sonia jadeó, sus rodillas flaquearon, y un chorrito de jugos escapó de su concha, salpicando el piso. El video en la pantalla finalizó en ese preciso instante, y ambas se dieron cuenta de que el momento en que Malena robó el celular nunca se había visto con claridad.
—Debió robarlo cuando puse zoom —dijo Ingrid, sin soltar del todo el consolador, que colgaba a medio camino, aún medio insertado—. Es el único momento que no vimos dónde metía las manos. Apretá la flechita hacia la izquierda, así el video retrocede.
Sonia, con la respiración agitada y el culo expuesto, extendió la mano temblorosa y obedeció. El video rebobinó en saltos de diez segundos. Justo cuando el consolador salía un poco más, revelando el tramo grueso. En la pantalla, mientras Malena empujaba el consolador en el culo de Sonia con una mano, estiraba la otra hacia el bolso. Sacó el celular con disimulo y lo guardó en su cartera pequeña, todo sin interrumpir el movimiento rítmico de penetración. Sonia, de espaldas y perdida en el placer, no vio nada.
—Me siento una tonta. No tendría que haberla contratado —admitió Ingrid, su voz con un filo de irritación, pero sus dedos se cerraron más alrededor de la base del juguete.
—Que te sirva de lección —replicó Sonia, mordiéndose el labio para no gemir ante la presión residual en su culo.
Solo para torturar a Sonia y hacer este momento aún más humillante e incómodo, Ingrid decidió prolongar la agonía. Podría haberlo sacado de un tirón seco, pero en cambio, empujó el consolador de vuelta adentro con un movimiento deliberado y lento. El culo se abrió de nuevo, tragando el plástico con un chapoteo viscoso. Sonia soltó un gemido ahogado, sus piernas temblaron violentamente mientras su concha se inundaba de un nuevo flujo de humedad, el clítoris hinchado palpitando contra el aire.
Ingrid sonrió para sus adentros, triunfante, manteniendo su expresión estoica y orgullosa. Comenzó a bombear el culo de Sonia con ritmo pausado, entrando y saliendo el consolador centímetro a centímetro, cada embestida produciendo sonidos húmedos y obscenos. Los gemidos involuntarios de Sonia que se escapaban entre dientes apretados. El aroma almizclado del sexo se intensificó en la habitación cerrada, el sudor perlando la piel de Sonia mientras su cuerpo traicionaba su vergüenza, arqueándose ligeramente hacia atrás para recibir más. Ingrid no mostraba ni un atisbo de su propia excitación, pero el calor entre sus piernas crecía en silencio, alimentado por el absoluto control que ejercía sobre esa vecina sumisa.
Sonia no aguantó más. Bajó la mano derecha hasta su concha y empezó a masturbarse, manteniendo las piernas tensas y estiradas mientras Ingrid le metía el dildo en el culo. Sus dedos se deslizaron entre los labios hinchados, frotando el clítoris con círculos rápidos y desesperados, sintiendo cómo los jugos se acumulaban y chorreaban por su palma. Cada embestida del dildo en su culo la hacía jadear. El estiramiento profundo enviando ondas de placer que se conectaban directamente con su concha, haciendo que sus caderas se movieran involuntariamente hacia adelante.
—Sos una puta desvergonzada —dijo Ingrid, con bronca hiriente en sus labios, su voz ronca por el esfuerzo de mantener el control.
—Lo sé —admitió Sonia, la voz entrecortada por un gemido, y comenzó a pajearse con más fuerza, hundiendo dos dedos dentro de su concha mientras el pulgar presionaba el clítoris hinchado. El sonido húmedo de su masturbación llenaba la habitación, mezclándose con los chapoteos del dildo entrando y saliendo de su culo.
Ingrid no se detuvo. Hundió el dildo hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes internas de Sonia se contraían alrededor del plástico grueso, y luego lo sacó lentamente, dejando que el aire fresco rozara el interior expuesto antes de volver a hundirlo otra vez con un empujón firme. El gel lubricante se había mezclado con los fluidos anales, creando un resbaladizo que facilitaba cada penetración.
—Debería darte vergüenza masturbarte frente a una vecina que ni te conoce —espetó Ingrid, inclinándose más cerca, su aliento caliente contra la piel de Sonia, los ojos fijos en cómo los dedos de la mujer se movían frenéticamente en su concha.
—S… sí… me da mucha vergüenza. Perdón, perdón… —balbuceó Sonia, pero sus caderas se arqueaban hacia su propia mano, traicionando sus palabras, mientras el dildo la cogía sin piedad, estirando su culo con cada embestida profunda.
Ingrid dejó salir esa bronca contenida empujando el dildo contra el culo de Sonia con más fuerza. Ahora lo bombeaba a un ritmo acelerado, entrando y saliendo con golpes secos que hacían que la base chocara contra las nalgas. Sonia gritó, su cuerpo tembló, y de pronto su concha se contrajo violentamente alrededor de sus dedos. Un orgasmo húmedo la sacudió, expulsando chorros de jugos que salpicaron toda la cara de Ingrid: gotas calientes que aterrizaron en sus mejillas, labios y barbilla, resbalando por su piel mientras ella jadeaba por el impacto. El líquido era espeso y abundante, impregnando el aire con un aroma dulce y salado. Sonia siguió frotándose el clítoris, prolongando las contracciones que enviaban más fluidos hacia adelante.
Pero Ingrid no se detuvo. Sus movimientos se volvieron aún más intensos, hundiendo el dildo en el culo de Sonia con embestidas implacables, ignorando el desastre pegajoso en su rostro. Inconscientemente, sacó la lengua y lamió los jugos que habían caído en su boca, saboreando el gusto. Siguió bombeando, el dildo deslizándose dentro y fuera del culo dilatado, haciendo que Sonia se retorciera en una mezcla de agotamiento y placer residual, los gemidos convirtiéndose en sollozos mientras su concha seguía goteando sobre el piso.
El dildo salió del culo de Sonia e Ingrid se quedó impresionada al ver cómo quedó de dilatado ese agujero. Parecía una cueva donde no se veía el fondo.
—Acá tenés —le devolvió el juguete plástico a Sonia—. Y por favor no traigas más esto a mi casa. Sé que esta vez no fue culpa tuya, pero…
—Sí, sí… ya me quedó claro —Sonia se estaba hartando de la actitud de esa rubia.
—Bueno, ya tenés el video que demuestra el robo. Podés llevárselo a la policía y hacer la denuncia.
—No lo voy a hacer.
—Pero…
Ingrid no dijo nada más. Entendió todo con la expresión en la cara de Sonia. La mujer prefería dar el celular por perdido antes que mostrarle a toda la policía cómo le metían un dildo en el culo. Pensándolo bien, ella hubiera hecho lo mismo en su lugar. Aunque claro, jamás hubiera contratado a una puta para que le meta un dildo en el orto.
Sonia guardó el dildo en su bolso y antes de marcharse miró a Ingrid y le dijo:
—Muchas gracias por todo, al menos ahora estoy segura de que esa chica me robó. Aprendí la lección. Me apena mucho lo que ocurrió. Te juro que no suelo comportarme así.
—Tomá esta experiencia como un aprendizaje.
—Eso voy a hacer. No voy a volver a relacionarme con prostitutas… y te juro que ya no voy a usar el pasillo para eso. A pesar de nuestra incómoda y poco habitual presentación… em… me gustaría que podamos ser buenas vecinas. O incluso amigas… siempre y cuando puedas ser amiga de una lesbiana.
—No veo por qué no. Creo que ya sabés dónde están los límites.
—Sí, quedate tranquila. No soy de las que se tiran encima de cualquier mujer linda que se encuentran por el camino —este comentario le robó una sonrisa a Ingrid.
—Muy bien. Hagamos una cosa, podemos juntarnos a tomar el té dentro de unos días… y hacemos borrón y cuenta nueva. ¿Te parece bien?
—Me parece excelente —aseguró Sonia, sonriendo por primera vez desde que entró a la casa de Ingrid—. Avisame cualquier día, tengo mucho tiempo libre.
—Yo también. Cuando quiera tomar el té con vos, te llamo… ¡ay, qué boluda! Perdón, no intentaba hacerme la graciosa.
—Está bien, no pasa nada. No hace falta que me llames, vivo en la puerta de al lado… y tengo timbre.
—Muy cierto. Por culpa de los celulares perdimos la capacidad de socializar como personas normales.
Se despidieron con un beso en la mejilla. Sonia sintió el sabor de sus propios jugos cuando sus labios rozaron los cachetes de Ingrid. Al abrir la puerta del cuartito, vieron pasar a Nerina completamente desnuda, con una toalla enrrollada en la cabeza. A Sonia se le fueron los ojos. Ingrid no hizo ningún comentario. No tenía sentido hacerlo, ya le había marcado los límites a su vecina tortillera.
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