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"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


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lunes, 10 de junio de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 21 - La Pequeña Guerrera.

Capítulo 21.



La Pequeña Guerrera.



Miércoles 25 de Junio, de 2014.


―1―




Mis furiosos ojos se clavaron en los de Lara, no podía creer que estuviera en mi casa. Lo peor de todo era que me había arruinado la coartada. ¿Cómo haría ahora para convencer a mi madre de que no pasé la noche de parranda con mis amigas? Pensé rápido, y tuve una súbita idea, que en un principio me pareció brillante. Le había dicho a mi madre que iría a la casa de una Lara, pero nunca aclaré a cuál de las dos Lara me refería. Adela, mi mamá, me miraba con una ira volcánica.



―Perdón, mamá. Entendiste mal. Yo no hablaba de ella, hablaba de la otra Lara. ―Intenté aparentar tranquilidad―. La que vino a mirar películas el otro día, la chica de anteojos. Esa que dijiste que era medio feita… ¿te acordás?

―¿Esa no se llama Edith? ―Ladró, como pequinés con rabia.

―Se llama Lara Edith, a veces le digo por el segundo nombre, para evitar confusiones, como ésta. Yo te dije que se llamaba así. ―Logré hacerla dudar, sabía que ella no recordaría si especifiqué cuál era su nombre completo.

―Eso me importa poco. ¿Por qué motivo estás pasando tanto tiempo con mujeres? Te vas toda la noche a “dormir” a la casa de alguna, y volvés a cualquier hora.

―¿A qué te referís con eso?

―¡Me refiero a esas cosas que se dicen de vos, Lucrecia! Todo el mundo anda diciendo que sos… ¡que sos lesbiana!

Ahora si estaba muerta, o peor aún, me torturaría lentamente por el resto de mi vida, hasta que yo le suplicara que me mate. Tal vez si la provocaba más, me mataría rápidamente, y terminaría con todo el sufrimiento hoy mismo. También podía robar el auto y huir, hasta que me denunciaran y la policía me encontrara a pocos kilómetros de mi casa; ellos evitarían que me tire de un puente con auto y todo. Tal vez Lara me acompañaría, y juntas terminaríamos como Thelma y Louise.

No, eso sería una cobardía, y arruinaría un bonito auto. Debía enfrentarla, ella no era dueña de mi vida.

―¿Y si lo fuera, habría algún problema? ―Sus ojos se transformaron, parecían los del mismísimo Satanás.

―¡Claro que habría problemas! ¿En qué pensás Lucrecia? ¡No me digas que es cierto lo que dicen!

―¿Quién lo dice? ―Intenté elevar mi voz sobre la de ella.

―Las hijas de mis amigas, dicen que te vieron con mujeres. Besándolas y haciendo quién sabe qué otra cosa, yo no puedo creer que siquiera se digan cosas así de mi hija… hasta dicen que vieron un video donde estás…

―¡Basta mamá! ¡No te metas en mi vida! ¡Si, me gustan las mujeres! ¿Y qué? ―Sentí un enorme peso desprendiéndose de mi alma. Como si hubiera quitado un gran peso que cargaba sobre mi espalda―. Seguramente las “santitas” de las hijas de tus amigas se habrán calentado mirando el video. ¿Sabías que más de una de esas se la pasa cogiendo con cuanto tipo se les cruza? ¿Sabías que incluso “andan diciendo” que papá se coge a unas cuantas de esas pendejas? De “Acción Católica” no tienen nada esas putas. Les encanta jugar a la “nena inocente”, y después andan entregándose como putas. ―Sabía perfectamente que no todas ellas eran así, pero estaba enojada y necesitaba exagerar el asunto lo más posible―. Bien que les gusta coger con tipos casados. ―Abrió tanto los ojos, y se quedó tan rígida, que creí que se había muerto en el acto―. Sí, mamá… las putas de tus amigas dicen muchas cosas, y no sé cuántas serán ciertas. Seguramente exageraron conmigo, pero es cierto que me gustan las mujeres, no lo niego. ―Estuve a punto de pasar por su lado, para irme a mi cuarto, pero me detuvo agarrándome del brazo.

―¡Malcriada de mierda! ¡Yo te voy a enseñar! ¿Cómo me vas a decir una cosa así?

Levantó su mano derecha y apuntó hacia mi mejilla, en cuanto la estaba bajando para castigarme con toda su furia, Lara se interpuso y la tomó por la muñeca. Ella es más bajita que mi mamá: pero en ese momento inspiraba más miedo, nunca la había visto así de enojada.

―¡Vos no te metas pendeja! ―Le gruñó Adela, mientras, por un impulso, levantaba la mano una vez más para cargar contra mi ex novia― ¿Quién te creés que sos?

Lara sujetó el dije que colgaba de su cadenita, y lo sostuvo entre sus dedos, frente a los ojos esa mujer rabiosa. Allí estaba la estrella de David, amenazando a mi madre. Ella no entendió nada, hasta que la petiza habló.

―Si me pega, voy a decirle a todo el mundo que usted es antisemita; y creo que de verdad lo es, así que todo el mundo me creería. ―La furia de mi madre se desplomó.

―Pero… pero yo no soy… eso es mentira…

―Es su palabra contra la mía, en lo que a mí concierne usted se enojó conmigo porque soy judía. Además soy lesbiana y soy la novia de Lucrecia. ¿A quién le va a creer la gente? Ya saben de los rumores de que ella anda con mujeres, y también saben de sus comentarios acerca de la colectividad judía. Hasta yo escuché un par.

Cuando imaginé esta situación, supuse que mi madre sufriría un triple infarto; por suerte no fue así. En este momento la detestaba, pero no la quería muerta; sólo la quería abatida y fuera de combate. Así fue cómo quedó. Tuvo que sentarse en una silla, tenía demasiada información nueva en su cabeza, y no sabía cómo asimilarla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, actuando con rapidez, tomé q Lara de brazo y la llevé hasta mi cuarto, antes de que mi mamá pudiera reaccionar.

―¿Qué fue todo eso, vos querés que nos maten? ―Increpé, ni bien cerré la puerta con llave.

―Solamente le dije la verdad.

―No del todo, ya no soy tu novia.

―Técnicamente nunca cortamos, sólo nos distanciamos.

―Técnicamente me cagaste la vida, Lara.

―De eso vine a hablarte. No te pido que no te enojes, ni siquiera pretendo que me creas, sólo te voy a pedir que me escuches.

Tenía ganas de tirarla por la ventana pero mi enojo no era con ella, sino con mi madre. Además ella me defendió cuando la cosa se puso fea. Intenté serenarme un poco y me senté en una silla, le hice señas para que hiciera lo mismo. Me esforcé por actuar como una persona madura, por una vez en mi vida.

―Te escucho, y si de paso se te ocurre alguna forma de dejar el país en poco tiempo, decimela. Cuando mi mamá reaccione, nos va a tirar todos los santos y vírgenes por la cabeza. Puede que hasta intervenga el Vaticano.

―Por tu mamá no te preocupes, yo me encargo de eso.

―Ah sí claro, como si fuera tan fácil dominar a un pequinés rabioso; pero bueno, vos tenés más experiencia en eso.

―No te metas con el Puqui, que no te hizo nada, y es el mejor perro del universo. ―Me señaló con el dedo manteniendo el ceño fruncido.

―¿Cómo que no me hizo nada? Me mordió cada vez que fui a tu casa. Ese perro es una amenaza para la sociedad.

―Será tu culpa, porque no le caés bien a los pequineses. Ni siquiera a tu mamá. Confiá en mí, yo me encargo de ella.

―Como si pudiera confiar en vos.

―Eso lo veremos. ¿Podés estar callada por un rato y escucharme? ―Asentí―. Gracias. Un día de estos te va a explotar la cabeza, por decir tantas boludeces juntas, Lucrecia. ―Estuve a punto de quejarme, pero me hizo callar levantando su mano―. Tengo que contarte algo, como te dije antes, no pretendo que me creas. Después de lo que hiciste por mí el día del examen me di cuenta de algo. Supe que todavía me amás. ―Se me ablandó el corazón al escuchar eso, luego de una pequeña pausa, prosiguió―. Porque vos te preocupaste por mí, a pesar de que estuvieras enojada conmigo. Eso es amor de verdad. ―Me tomó de la mano y casi me derrito, una lágrima rodó por mi mejilla―. Yo también te amo, tanto como el primer día. No estoy enojada con vos, sólo estaba dolida, y por orgullosa nunca te quise hablar; pero hoy vine a hacerte frente, y a tragarme ese orgullo. Entiendo que te hayas enojado por lo que pasó con el video, yo también me hubiera puesto igual. Pero tengo que decirte que no fui yo la que lo difundió. No me creas si no querés, no tengo pruebas, es sólo mi palabra.

―Si no fuiste vos, ¿quién fue? ―Pregunte con la cara empapada de lágrimas y un nudo en la garganta. Realmente deseaba que ella no tuviera nada que ver con el asunto.

―Fue Cintia, esa chica odia las lesbianas, y es más lesbiana que vos y yo juntas. Ese día me revisó el celular, sin permiso, y le envió el video a no sé quién carajo; también se lo guardó para ella. Cuando me di cuenta de esto, ya era muy tarde. Creeme que casi la mato. Le pegué y todo. ¿Vos pensás que ella dejó de hablarme porque vos te peleaste conmigo? No fue así. Le dije que si se me acercaba una vez más, le rompería todos los huesos de la cara, y creeme que lo hago.

Le creí, tal vez sólo porque quería creerle; pero con esa explicación muchas cosas tenían sentido. Lara no ganaba nada difundiendo el video, en cambio Cintia se regocijaría del enorme quilombo que se armaría.

―Ahora la voy a matar yo, ―dije, hecha una furia.

―No hace falta que la mates, con que la humilles como ella te hizo a vos, es suficiente.

―No te imaginaba tan vengativa.

―A la mierda la moral, esta hija de puta casi nos caga la vida, y a Tatiana le hizo mucho daño también. No se merece que se la dejemos pasar. ¿Entonces sí me creés?

Mi llanto me impedía hablar con claridad, ya no sólo lloraba por melancolía, sino también por la furia que me estaba carcomiendo las tripas. Por culpa de esa desgraciada yo perdí preciosos días junto a Lara. Estaba muy conmovida, la pobrecita tuvo que soportar un montón de cosas malas por todo ese lío, y por mi culpa; porque yo no quise escuchar su versión de los hechos.

―Vení para acá, mi chiquita.

La abracé y le di el beso más sincero que di en mi vida, aunque no el mejor, porque no podía dejar de llorar. Ella me abrazó y me acompañó rítmicamente con el llanto.

―Perdoname Lara, de verdad. Tendría que haberte escuchado.

―Y yo tendría que haberte contado antes. ―Se limpió las lágrimas.

Volvimos a abrazarnos y nos quedamos así, mientras nos tranquilizábamos. Ocasionalmente nos dábamos algún tierno beso en la boca, hasta que los besos pasaron de ser consoladores a ser apasionados, amorosos y lujuriosos. Tomé sus preciosas manos y las acaricié mientras daba suaves besos en su delicado cuello.

―Creo que hay una muy buena forma de dejar todo lo malo atrás, ―dijo―. ¿Vamos a la cama?

―Me encantaría Larita, creeme que sí, pero ya estoy fundida. Fue una noche muy larga.

―¿Te acostaste con alguien? ―Me quedé muda―. Podés contarme, en serio. No me voy a poner celosa, espero que te hayas acostado con muchas mujeres en mi ausencia. ―Su sonrisa fue sincera, y hasta noté cierta picardía en ella.

―Sí, me acosté con una chica. ―Recordé que ella sabía quién era, al menos en parte―. Con Samantha, la chica del baño ¿Te acordás?

―¡Sí, me acuerdo! Que loco, ¿y cómo es, está buena?

―No está más buena que vos.

―Vamos, no me vengas con esos cuentos, sé sincera.

―Lo digo en serio, vos a mí me gustás mucho; pero siendo honesta, Samantha es hermosa. Es pelirroja y tiene unos ojitos que matan. ¿Y vos te acostaste con alguna en todo este tiempo?

―Sí, algo hubo. Por eso casi repruebo el examen.

Tengo que admitir que esa respuesta me sorprendió, e incluso me hizo sentir algo incómoda. Pero sería muy hipócrita recriminarle algo, yo no me había acostado con una mujer, sino con tres.

―¿Estabas teniendo tanto sexo que te olvidaste de estudiar? ―Pregunté, con naturalidad.

―No exactamente. ¿Ubicás a la profesora Jimena Hernández?

―Claro es… es una de las que estaba en la mesa de examen ese día.

―Me acosté con ella.

―¿¡Qué!? ―No lo podía creer, esa profesora tenía más de 40 años, aunque debía admitir que tenía cierto atractivo―. No sabía que fuera lesbiana.

―Ni yo tampoco, pero ella me lo confesó. Nos vimos varias veces, y como se encariñó conmigo me dijo qué temas me iban a tocar en el examen, yo debía estudiar sólo eso. No me gusta hacer trampas, pero era una evaluación demasiado importante como para no aceptar un poquito de ayuda. Prometo que después te voy a contar todos los detalles, hubo momentos bastante lindos. Todo iba muy bien, hasta que la mina se obsesionó conmigo, quería que fuera a vivir a su casa; poco más y me pide matrimonio.

―A la mierda, ¿todo eso pasó en tan poco tiempo? ―Ella asintió con la cabeza―. ¿Y vos qué le dijiste?

―Obviamente le dije que no, y claro, se enojó mucho. Por eso se encargó de darme otro tema en el examen. No entendía nada de nada, si no fuera por tu ayuda tendría que recursar toda la materia. Se habrá querido morir al ver que contesté todo bien. Pero no va a sospechar que yo haya hecho trampa, porque suelo estudiar mucho.

―Mirá que te metés en líos, chiquita.

―Mirá quién habla, tu mamá está a punto de quemarte en la hoguera, como a Juana de Arco.

―¿No dijiste que me ibas a ayudar con eso? Por cierto, ¿Cómo pensás hacerlo?

―No sé si da para contarte.

―Contame, necesito saber, para poder dormir tranquila.

―Bueno, pero no te va a gustar. Resulta que aquella noche en que tu mamá organizó una fiesta para sus amigas…

―Y vos le conseguiste el salón. Era de un tío tuyo, si mal no recuerdo.

―Así es, la cuestión es que la fiesta no fue como ella lo tenía pensado. Fue un tanto... subidita de tono. Bastante subida de tono. Ella no lo sabía, pero pidió el “Menú completo”, y en la jerga de mi tío, eso significa otra cosa.

―¿Qué me estás diciendo Lara? ―No lograba comprender a qué se refería. Mejor dicho: no quería.

―En la fiesta hubo strippers, y todo se descontroló bastante, especialmente tu mamá. También hubo algunas filmaciones. Las tengo en mi poder, mi tío me hizo el enorme favor de pasármelas antes de borrar los originales. Le dije que sólo las iba a usar en una emergencia, y esta es una.

―¿Y vos cómo sabías que te convenía guardar eso?

―Ay, Lucre… porque sabía que iba a volver con vos. Imaginé que tarde o temprano tu mamá se iba a enterar de nuestra relación; así que prefería tener un “As” bajo la manga.

―Eso tiene sentido. ¿Vos sabías que la fiesta sería así?

―Sí, pero mi tío también organiza eventos “normales”. Pensé que tu mamá pediría uno de esos. Por eso me ofrecí para trabajar ahí… como una boluda yo también creí que sería una fiesta “normal”.

―¿Qué? ¿Vos, trabajando?

―Nunca te conté, porque me da un poquito de vergüenza. Mi familia no está tan bien económicamente como la tuya. A veces me gusta ganarme unos pesos trabajando de moza en el complejo de mi tío. Pero siempre lo hago cuando son fiestas “normales”. Ésta fue la primera y última vez que trabajé en una de esas con muchos stripers. Fue una locura.

―¡Ay, me quiero morir! ¿Vos estabas en todo ese quilombo? ¿Te hicieron algo?

―No quiero hablar del tema. Para mí eso es algo que ya pasó. Tal vez te cuente… en otro momento.

―Bueno… me mata la intriga, pero no te voy a pregunta. ¿Pero qué hizo mi mamá en esa fiesta?

―Digamos que hizo cosas que una esposa, madre, apostólica, católica y romana, no debería estar haciendo. Las amigas tampoco se quedaron atrás. Aunque a mí me dio la impresión de que ella era la peor de todas.

Abrí grande los ojos, no podía creer que mi madre se hubiera visto envuelta en una fiesta de esa índole; tampoco me entraba en la cabeza imaginar a sus amigas en esa escena.

―Pero ella… no te reconoció, ―le dije.

―No, porque yo llevaba una máscara. Era parte de la temática de la fiesta, todos los mozos llevaban una. No sabe que yo estaba ahí.

―Está bien. No me des más detalles. Sólo hacé lo que tengas que hacer.

―¿No te molesta que lo use en su contra?

―No, quiero que de una vez por todas admita que no es perfecta, y que no puede estar juzgando la vida de los demás, como si fuera Dios Todopoderoso. Al parecer ella también hace de las suyas, y no es quién para decirme lo que puedo hacer o no.

―Entonces voy ahora mismo a hablarle. Vos si querés acostate a dormir, ¿Querés que vuelva o me voy?

―Volvé, pero si estoy durmiendo, no me despiertes.

―Si estás durmiendo ¿te puedo violar? ―Me hizo reír con ese comentario.

―Si me pedís permiso no sería violación, pero sí, podés hacerme lo que quieras… siempre y cuando no me despiertes. Ah, y al entrar cerrá la puerta con llave, así no se mete el pequinés.

―Es curioso, en mi casa decías lo mismo.

Lara salió de mi cuarto con firmeza y decisión. Me asomé por la puerta, y vi que caminaba hasta el comedor. Desde mi cuarto pude escuchar que se sentaba en una silla, casi de inmediato mi madre ladró:

―¿Qué mierda querés ahora?

―Siéntese Adela, esto que le voy a decir no le va a gustar. ―Su voz sonaba tranquila, pero a buen volumen―. Esto se llama chantaje y extorción…

Con una sonrisa, cerré la puerta del dormitorio. No quería escuchar lo que le diría a continuación, me bastaba con que todo se solucionara. Me desnudé completamente y me acosté en mi cama, que tanto me extrañaba. No hay nada mejor que regresar a la cama propia luego de una larga noche de sexo y alcohol. Me quedé dormida apenas apoyé la cabeza en la almohada.



―2―




No tengo idea de cuánto tiempo dormí, pero me desperté al girar y encontrarme con alguien acostado a mi lado. Me tranquilicé cuando supe que era Lara. Estaba dormida y completamente desnuda. La abracé y besé su frente, la chica abrió los ojos al instante.

―Era cierto que no tenés sueño profundo, ―le dije, somnolienta.

―Vos fuiste la boluda en creerlo, pero no te imaginás cómo me calenté cuando lo hiciste por primera vez.

―Lo que no te voy a perdonar es todo ese teatro que me hiciste la vez que te “despertaste”.

―Eso es para que aprendas a no jugar conmigo. ―Me dio un besito en los labios―. Además me gusta actuar, algún día debería anotarme en una escuela de teatro.

―Sí que deberías, tenés mucho talento para el drama. ―Recordé lo que ella había hecho justo antes de irme a dormir―. ¿Cómo reaccionó mi mamá?

―Emm, a tu mamá la internaron.

―¿Me estás cargando? ―Pregunté, sentándome en la cama―. No me hagas esos chistes, porque son de muy mal gusto.

―No, para nada. No es broma; pero no te preocupes, está bien. Sólo se le bajó la presión, o se le subió… o se le cruzaron los cables. No sé. La cosa es que se descompuso, y tu papá la llevó al sanatorio.

―¿Pero en serio está bien?

―Si Lucre, el médico dijo que sólo fue un disgusto, aunque ella nunca dijo a qué se debía. De eso me encargué personalmente. Mañana mismo le dan el alta. Si te soy sincera, creo que ella también actuó un poquito. Porque apenas vio a tu papá, se hizo la mujer sufrida, y dijo que estaba descompuesta.

―Bueno, tal vez no le haría mal estar internada un rato. En una de esas se dan cuenta de lo loca que está, y se la llevan al manicomio.

―Mucho no le falta. Incluso le hicieron una revisión psiquiátrica… eso me lo contó Abi. Creo que tu hermana heredó la locura de ella.

―Sí, totalmente. ¡Epa! ―Me sobresalté cuando sentí la mano de Lara hurgando en mi vagina.

―No te imaginás cuánto te extrañaba Lucre. ―Pegó su frente a la mía.

―Si me lo imagino, yo te extrañé igual. Pero no te estoy metiendo mano sin previo aviso.

―Es que ya estoy excitada, hace rato que espero que te despiertes. Me alegra mucho que estemos juntas otra vez.

―Te voy a confesar que estaba pensando en perdonarte por lo del video, ya no me importaba, sólo quería estar con vos otra vez. No sabés cómo se me partía el alma cada vez que te veía sola. Me moría de ganas de abrazarte, y besarte.

―Es bueno saberlo. ―Me dio un húmedo beso, casi tan húmedo como lo estaba mi entrepierna, debido a tanto toqueteo.

―Antes de que lo hagamos quiero dejar algo en claro, y perdón si eso arruina todo; pero quiero decirlo.

―Te escucho. ―No apartó su mano. Acomodé su cabello mientras pensaba cómo decírselo.

―Creo que nuestro primer error fue ponernos de novia tan rápido, no creas que no te amo, porque si lo hago; pero somos jóvenes y tenemos muchas cosas por las que vivir.

―Y muchas mujeres para probar ―Sonrió.

―Bueno sí, me refiero especialmente a eso. No quiero que nos privemos de otras experiencias. Tengo un amigo gay, que lleva una relación abierta con un hombre. Cada uno se puede acostar con quien quiera; pero ellos saben que el aprecio que se tienen es especial.

―Entiendo ¿vos querés que hagamos lo mismo?

―Sé que suena a locura, pero si no te molesta…

―No para nada, como te dije. No soy celosa, la celosa acá sos vos. ―Metió un dedo en mi agujerito.

―Yo no soy celosa.

―Sí lo sos. Tendrías que haber visto la cara que pusiste cuando mencioné a la profesora.

―Eso fue porque me sorprendió. ―Me estaba calentando mucho, comencé a acariciar sus piernas; la suavidad de su piel me volvía loca.

―No fue por eso, pero bueno, no quiero discutir. Entonces ¿seguimos como novias, pero en una relación abierta? ¿Cada una puede acostarse con quien quiera?

―Sí, más o menos así. Después lo vamos a hablar mejor. Ahora abrí esas piernas, que te la voy a comer toda.

―Esperá que busco el celular, así lo grabo.

―¡Pelotuda! ―No pude evitar reírme pero como castigo, pellizqué el clítoris.

Comencé a chupar uno de sus pezones, a pesar de haber tenido tanto sexo la noche anterior, estaba tan excitada como si hubiera pasado un mes de abstinencia. Estar con Lara renovaba mi libido. Extrañaba este cuerpo, como un perro fiel que echa de menos a su amo. Descendí lentamente, cubriendo su cuerpo con mis besos, hasta que logré colocarme justo entre sus piernas; lamí su blanco y suave pubis, mi lengua trepó por su monte de venus y luego descendió por una ladera; llegó a la cara interna de uno de sus muslos, siempre humedeciendo todo a su paso. Repetí ese recorrido unas tres veces y cuando mi lengua llegó al centro del placer, me transmitió ese intenso y embriagador sabor a sexo femenino. Lamí una y otra vez, quería sentir el flujo que corría por ese manantial, cayendo en mi boca. Luego me permití explorar en las profundidades de esa rosada cueva. Todos los rencores se disiparon, para dejar sólo el placer y la renovada confianza. Estaba feliz porque todo se había solucionado. Si tan sólo hubiéramos sido menos orgullosas, el conflicto se hubiera solucionado en un día; pero eso no importaba ya, juntas recuperaríamos el tiempo perdido. Seguí comiéndosela con ansias durante unos segundos, mientras ella gemía de placer y acariciaba mi pelo.

Luego me tendí de espaldas en la cama, levanté las piernas y las sostuve con las manos por debajo de las rodillas, dejándolas bien abiertas. Ella comprendió de inmediato mis intenciones. Se lanzó sobre mí y comenzó a lamer mis nalgas y muslos, con la clara intención de provocarme. Su lengua pasaba alrededor de mi vagina, sin siquiera tocarla; yo me estaba desesperando, quería que me la comiera toda. Necesitaba sentir, en mi sexo, la boquita de mi querida Lara. Aguardaba impaciente, con los ojos cerrados, cuando sentí dos dedos penetrándome por el orificio vaginal; no gemí, pero mi respiración cambió de ritmo drásticamente. Un segundo después su boca comenzó a succionar mi clítoris, esta sensación fue muy intensa; esperaba que comenzara con algo suave pero me tomó por sorpresa. Parecía que mi botoncito escaparía de su capullo para siempre, pero una mística fuerza lo mantenía unido a mí, enviándome potentes oleadas de placer, una tras otra.

―¡Te amo Lara! ―Grité, mientras jadeaba copiosamente.

Ella trepó por mi cuerpo, sin quitar los dedos de mi agujerito, y pegó su cara a la mía; sus ojos negros se clavaron en mi alma.

―Yo también te amo, Lucrecia. ―Me besó como sólo una gran amante sabe hacerlo. Aplicó intensidad durante un segundo, y luego suavizó los movimientos; eso me transmitía pasión y amor al mismo tiempo―. Vamos al baño, te quiero enseñar algo.

―¿Qué es? ―Pregunté, divertida e intrigada.

―Ya vas a ver. Abrí la ducha cuando entres.

Obedecí, como niña buena, caminé dando saltitos hasta el baño y dejé el agua correr para que se calentara un poco. Lara se unió a mí en cuestión de pocos segundos. Nos besamos otra vez y luego me chupó las tetas, provocándome suaves punzadas de placer. Esta chica tenía un don especial conmigo, siempre sabía qué hacer en el momento justo; aunque ni yo misma lo esperara. Cuando el agua estuvo tibia me dijo:

―Bajá la ducha. ―La miré sin comprender―. Es una ducha de mano, se puede desprender del soporte ¿Nunca te diste cuenta?

―Sí, pero no entiendo para qué querés que la baje. ―Sin embargo le hice caso, ella era muy bajita y no llegaría nunca hasta allá arriba.

Me arrebató la ducha de las manos y pegó su cuerpo al mío, el agua tibia cayó sobre nuestros pechos; luego mojó mi espalda, eso sumando a sus caricias, me relajaba mucho. De pronto volvió al frente y el agua comenzó a acariciar mi pubis, bajó más y la colocó entre mis piernas. Solté un impulsivo gemido, no me esperaba eso, gemí una vez más, flexionando las rodillas, el placer era enorme. El agua hacía vibrar mi clítoris, se colaba por mi sexo y acariciaba mis labios vaginales, todo al mismo tiempo y con una gran intensidad.

―¡Ay Lara, ay! ―Gemí e intenté quedarme quieta, pero me era imposible.

Una mezcla de cosquillas y goce me invadía. Nunca se me había ocurrido hacer algo así con mi propia ducha. Al parecer ella notó mis dificultades por permanecer erguida.

―Sentate en el piso, ―me pidió.

Lo hice, poniendo mi espalda contra una pared, separé las piernas y ella se sentó a mi lado, en la misma posición. De inmediato comencé a masturbarla, justo cuando ella volvía a invadir mi intimidad con la potente lluvia de agua tibia. Esto era alucinante, no podía creer que todo este tiempo tuve a mi alcance tan increíble fuente de placer, y ni siquiera lo sabía. Cerré los ojos mientras mi cuerpo se estremecía, mis gemidos eran muy fuertes y sinceros; no podía controlarlos. Me encantaba esta nueva sensación, pero no quería ser la única que lo disfrutara. Después de unos segundos tomé el mando de la ducha y la llevé hasta su entrepierna, mientras ella me estimulaba con los dedos. Comenzó a gemir, tal y como yo lo había hecho, se retorció de placer y buscó mi boca con la suya. Fue un beso prolongado que nos permitió jugar con nuestras lenguas sin dejar de estimularnos una a la otra. La siguiente vez que el chorro de agua tocó mi vagina, tuve un intenso orgasmo; pero Lara no se detuvo. Le metí dos dedos mientras ella hacía que el tibio líquido llegara a cada rincón de mi sexo. De no haber tenido tantos orgasmos la noche anterior, seguramente esta nueva experiencia me hubiese provocado dos o hasta tres; pero luego del primero quedé rendida. Tuve que apartar yo misma a mi novia. ¡Es cierto! Ya éramos novias otra vez. ¡Qué bien se sentía eso!




Para demostrarle lo feliz que estaba, me arrodillé en el suelo, y quedamos cara a cara. La besé y pegué la ducha a su vagina. ¡Cómo extrañaba sus gemidos! Me encantaba escucharlos, aunque sonaran apagados al tener mi boca pegada a la suya. Permanecí en esa posición de ataque hasta que supe que su orgasmo era inminente, ahí aparté la regadera y metí la cabeza entre sus piernas. Quería que sintiera mi boca en ese momento de intenso gozo. Chupé su clítoris y succioné sus labios vaginales; ella gemía enérgicamente y sacudía las piernas. Por lo prologando de su orgasmo me imaginé que debieron ser al menos dos juntos.

Luego de disfrutar tanto, quedamos un tanto más aceleradas de lo que ya estábamos, pero pudimos ducharnos con normalidad. Cada una enjabonó el cuerpo de la otra, y nos reímos como si nunca nos hubiéramos separado. Recordaba nuestros meses de amistad, y durante ese tiempo nunca imaginé que alguna vez lograríamos una conexión tan grande. Para mí el estar duchándome de forma tan natural con otra persona era un gran logro, que me demostraba la confianza que tenía con Lara.



―3―




Como teníamos toda la tarde para nosotras, ya que mi papá estaba en el hospital con mi madre, queríamos aprovechar al máximo el tiempo juntas. Después de la intensa sesión de sexo en la ducha, nos sentamos a charlar, mientras tomábamos unos mates. Me encanta ver cómo todo vuelve a la normalidad.

―¿Y cómo anda tu amiga la monjita? ―Preguntó Lara. Si no hubiera estado sonriendo con inocencia, hubiera pensado que preguntó a propósito.

―Estás tocando un tema delicado, Lara.

―¡Uy, perdón! ¿Acaso pasó algo con ella?

―Pasó, pero no lo que vos te imaginás.

―Lucre, soy tu novia… otra vez, podés contarme lo que sea.

―Está bien. Con Anabella nos hicimos amigas, tal vez no nos vimos mucho; pero en cada reunión hablamos un montón, y llegamos a conocernos bien. Como te dije, éramos amigas… hasta que pasó lo del video. Al parecer ella se enteró, y le dio miedo que alguien del convento terminara pensando mal. Claro, porque yo soy lesbiana (o al menos así me ve todo el mundo), y Anabella a veces me hacía pasar a su dormitorio. Solamente tomábamos mates y charlábamos; pero ante los ojos de todos los demás…

―Quedaban como lesbianas. Entiendo. La monja se asustó, y te dijo que no la visites más.

―Exacto, pero no fue solo eso. Porque al menos me podría haber dicho que habláramos por celular, o yo podía invitarla a mi casa. Cualquier cosa que no requiriera estar en el convento. Pero no, cortó toda relación conmigo, como si yo nunca hubiera existido.

―Qué raro. ―Pensó durante unos segundos, mientras se tomaba un mate―. Che, ¿y no pensás que tal vez a ella le pasa algo con vos?

La pregunta me dejó atónita, me moví incómoda en la silla.

―¿Y qué te hace pensar eso?

―No sé… si yo estuviera en un convento, rodeada todo el día por monjas, tal vez me volvería lesbiana. Puede que ella también lo sea, y tiene miedo de enamorarse de vos, o algo así.

―No sé si “enamorarse” sería la palabra; pero más de una vez sospeché que a ella le podían pasar cosas conmigo. Alguna calentura, tal vez.

―Wow, qué morbo debe dar cogerse a una monja de verdad.

―¡Pero yo no me la voy a coger!

―No, porque ella no te habla más. Pero sé sincera con vos misma, Lucrecia. Podés ser bastante insistente, y además sos hermosa. Si quisieras acostarte con la monja, podrías hacerlo.

―¿Y a vos no te molestaría que lo hiciera?

―No, para nada… te preguntaría por los detalles. ―Me guiñó un ojo―. Pero sería una linda fantasía. Si hubiera algún equivalente a una monja dentro de la colectividad judía, me calentaría cogérmela.

―Bueno, tenés el rabino…

―Wácala… no… no loca, es un viejo horrible. Tiene como dos millones de años. Creo que él le cambiaba los pañales a Moisés. ―Me hizo reír con ese comentario.

―De todas formas, por más que tenga o no una fantasía con ella, ya no nos hablamos más. La última vez que nos vimos fue el día del examen, y terminamos peleando… hasta le tiré con un libro por la cabeza.

―¿No habrá sido el libro que yo te regalé?

―Em… ―empecé a mirar para todos lado―. Al menos no se rompió, ―ella frunció el ceño―. Bueno, che… no tenía otra cosa a mano; estaba muy enojada.

―Creo que deberías hablar con ella, para arreglar las cosas. Esto va más allá de cualquier fantasía erótica. Cuando vos hablás de ella, se nota que le tenés afecto. Tal vez sí puedan llegar a ser grandes amigas. No creo que la monjita sea tan mala.

―Pero ella se queda helada cada vez que nos vemos. Tiene miedo de que la tilden de lesbiana.

―¿Y vos le propusiste la alternativa de verse en otro lado? ¿O de seguir el contacto por el celular?

―Emm… no… pero pensé que…

―Pensaste que yo había compartido el video, Lucrecia. Ni siquiera te tomaste la molestia de preguntar. No cometas ella el mismo error que comestiste conmigo.



Tengo que admitir que la petiza me hizo entrar en razón. Tengo la mala costumbre de asumir las cosas, y de enojarme, sin dar espacio al diálogo. Por la amistad que tengo con Anabella, tengo que agachar la cabeza y hablar con ella. Siendo honesta, me muero de ganas de aclarar todo el asunto con ella, ya la estoy extrañando mucho.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola nokomi, como estas?

Me gusto mucho este relato. El personaje de lara es muy interesante y la relación entre ella y lucrecia me parece muy bien lograda.
De tus series que he leido esta es en la que el aspecto humano (amistad, amor, cariño, angustias, ocurrencias, etc) de los personajes está mejor logrado y sin descuidar el aspecto erotico, felicitaciones!

Espero que sigas escribiendo por que lo haces muy bien y me gustan mucho tus historias.

Saludos!