"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


viernes, 2 de enero de 2015

Ayudando a Mamá (2)

Capítulo 2.


La relación con mi madre se había deteriorado totalmente. Desde aquel incidente al finalizar la fiesta ni siquiera me dirigía la palabra. Hasta evitaba mantener contacto visual conmigo. Vivimos tres días muy tensos, yo estaba muy deprimido, casi no comía. No podía dejar de culparme por lo ocurrido, me llamaba estúpido a mí mismo todo el tiempo. ¿Cómo le había hecho semejante cosa a mi madre? Prácticamente la había violado. Ella debía odiarme.

Hacíamos todo lo posible por no permaneces juntos en la misma habitación, yo me pasaba horas en el patio. Cortaba el césped, cuidaba las plantas, juntaba las hojas de los árboles. Tareas que había aborrecido toda mi vida pero que ahora me mantenían ocupado y lejos de mi madre.

Al quinto día ya no podía tolerar más la situación, la noche anterior me la pasé llorando y me dolía mucho la cabeza. Quería que todo esto se terminara, por eso cuando la vi sentada con la mirada perdida en el televisor, la encaré.

- Mamá, tengo que hablar con vos – le dije seriamente, ella me miró como si fuera un zombi, tenía los ojos rojos, también había estado llorando.
- Te escucho – me dijo secamente.
- Sé que no vas a perdonarme nunca por… por lo que te hice – tragué saliva para poder continuar – por eso te quería avisar que decidí irme a vivir con papá, así podés estar tranquila… y ser feliz – abrió grande los ojos, mi propuesta la sorprendió mucho. Se quedó en silencio unos instantes con la boca entreabierta.
- ¿De verdad pensás que estoy enojada con vos? – una lágrima rodó por su mejilla y se perdió en el aire cuando cruzó su mentón.
- Creo que eso está más que claro – le dije conteniendo el llanto – sé que te pasas el día llorando… y es por mi culpa.
- No es así Nicolás. No es por tu culpa. Si lloro es porque me siento una pésima persona… una pésima madre – sus ojos se inundaron de lágrimas – perdoname Nicolás, no quise hacerte sufrir. Sé que te generé un daño irreparable… por actuar como una estúpida.
- ¿De qué hablás mamá? – no entendía nada, yo sólo podía pensar en cómo la forcé y la penetré en la noche de la fiesta.
- Yo perdí el control hijo. Me puse a hacer locuras adelante tuyo… te incité… te pido disculpas, esa noche estaba muy borracha y no podía pensar con claridad… sé que no es una excusa… sólo intento decirte que la culpa no es tuya, sino mía por no comportarme como una madre normal y estar por ahí haciéndome la putita – apoyó su rostro contra mi pecho, instintivamente la abracé.
- Pero si vos no hiciste nada malo mamá, solamente estabas disfrutando de tu vida, recuperando el tiempo que habías perdido con papá. El que perdió el control fui yo… yo te… te acabé en la boca y después te forcé… y te… - no podía completar la frase, ya estaba llorando junto con ella.
- No Nicolás, yo soy tu madre – su voz sonaba un poco apagada al estar hablando pegada a mí - ¿Dónde se ha visto que una madre se masturbe delante de su hijo adolescente… y que lo incite a él a masturbarse con ella? Era obvio que en algún momento ibas a querer ir por más… y yo como una estúpida me enojé con vos… y te pegué… perdón… perdón.
- No fue así mamá, yo sabía bien lo que hacía… tendría que haber parado cuando te enojaste conmigo por primera vez… cuando te acabé en la boca.
- Te dije que no me enojé – me miró a los ojos como una niña asustada – la verdad es que en ese momento me gustó que lo hayas hecho – me paralizó con esas palabras – yo estaba muy cachonda y te había dicho que me volvía loca el sabor al semen, prácticamente te estaba pidiendo que me acabaras en la boca. Soy una pésima madre.
- No lo sos… sos la mejor madre del mundo – le dije con sinceridad – vos siempre hacés todo por mí y esa vez yo quise hacer algo por vos, pero todo me sale mal. Fui muy ingenuo al pensar que si te la metía no te ibas a enojar.
- No hijo… la ingenua fui yo al creer que no te afectaría verme en ese estado… si estaba toda abierta pidiendo a gritos por sexo… para colmo te contaba cómo me la metía Luis… era una forma inconsciente de pedirte que me la metieras vos también… te pido mil disculpas… no sé si me vas a perdonar, pero no quiero que te vayas Nicolás.
- No hay nada que perdonar mamá. No te preocupes, no me voy a ir. Creo que nuestro error es dramatizar demasiado lo que pasó.
- Tenés razón – se apartó de mí y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano – dejémoslo como algo que ya pasó y que no se va a volver a repetir. Los dos cometimos errores… supongo, y los dos estábamos bastante tomados… y excitados. Yo no quiero que me veas como una puta hijo… yo quiero que me veas como tu madre y también como tu amiga.
- Siempre te consideré mi amiga, y sos mi madre desde el día en que nací.
- ¿De verdad me ves como a una amiga? – me preguntó con una sonrisa.
- Si, me encanta que me cuentes tus cosas y contarte las mías. Esa noche, antes del incidente, me alegré mucho porque estabas contándome de tus experiencias sexuales. Eso me alegró un montón. Sentía que había mucha confianza entre nosotros, que podíamos hablar de cualquier tema sin remordimientos y sin juzgarnos.
- Que lindas palabras Nicolás. La verdad es que así es como me gustaría que sea nuestra relación. Que podamos hablar de cualquier cosa, como amigos, sin remordimientos. Reírnos de las cosas que nos pasan y apoyarnos cuando estemos tristes, porque ahora que estamos solos, nos tenemos que cuidar mutuamente.
- Es así. Y no quiero que te inhibas y dejes de disfrutar tu vida, yo nunca te voy a ver como una puta, así te cojas mil hombres… o mujeres – me miró sorprendida cuando acoté eso último pero no dijo nada – y me encanta que me cuentes. No estás siendo mala madre al contarme, al contrario, me abrís la mente. Así entiendo mucho mejor el mundo del sexo… yo ni siquiera estuve con una mujer… bueno, solamente eso… - me refería a la vez que la penetré y hasta le acabé dentro.
- Así que prácticamente fui tu primera vez – me dijo intentando disimular una sonrisa – espero que te haya gustado – asentí con la cabeza varias veces – pero en serio no quiero que se repita – me dio un fuerte abrazo y un cariñoso beso en las mejillas, no pude evitar emocionarme al sentir sus grandes tetas contra mi pecho.

Ya estábamos más calmados y la felicidad estaba volviendo de a poco a nuestro hogar. Decidimos preparar juntos una rica cena de madre e hijo y poco a poco, con comentarios humorísticos, la tensión se fue disipando. Cuando terminamos de cenar nos sentamos en el sillón a mirar televisión. En ese momento recordé algo que me había dicho la noche de la fiesta justo antes de que yo la penetrara.

- Mamá, vos me dijiste que esa vez que estuviste con Luis papá llegó justo cuando terminaron ¿qué pasó? – a ella no pareció agradarle mucho que yo volviera a ese tema, pero se dio cuenta que si lo hablábamos con normalidad sería más fácil superarlo.
- Casi me muero – me dijo dramatizando la escena – apenas Luis terminó me dejó ahí sola, contra la pared y se fue sin decir nada. Yo me quedé recuperando el aliento y me quité toda la ropa, quería darme un baño. Apenas me desnudé escuché que se abría la puerta, primero me asusté porque pensé que eras vos, pero cuando lo vi a tu padre entrando me asusté el doble.
- ¿Por qué? No era tan raro que estuvieras desnuda, como mucho podías decirle que estabas a punto de bañarte y listo.
- Sí lo sé. Ese no era el problema. El problema era que yo… - meditó un segundo las palabras que iba a usar - …tenía la concha llena de leche. Luis había acabado un montón y me estaba chorreando por las piernas – imaginar eso me excitó tanto que mi verga comenzó a despertarse – y cuando pensé que se armaría la guerra del fin del mundo, tu padre se acerca, me da un beso frío en la mejilla y se va directo al cuarto. En lugar de tranquilizarme me enojé mucho, ya era el colmo, ni siquiera hacía un comentario al verme completamente desnuda… y para colmo ni siquiera notó cómo tenía la cotorra. Entré al dormitorio y le dije q me iba a bañar, entonces me agaché para abrir el cajón donde guardo las toallas. Dejé las piernas algo separadas para que me viera bien la concha, las mujeres podemos hacer salir el semen si hacemos un poquito de fuerza, hice eso y sentí como una gran cantidad de leche me salía del agujerito y quedaba colgando entre mis piernas hasta caer al piso.
- ¿Y papá qué dijo? – la miré anonadado.
- Me preguntó qué era eso, y le respondí que era leche. “¿Leche, de quién?” – imitó el autoritario tono de voz de mi padre – “Tuya no es” le contesté y me fui con una toalla al baño. Él me siguió hecho una furia, pero yo estaba tranquila, tu padre podrá ser un pesado y un amargo, pero nunca fue un hombre agresivo. Empezamos a discutir, yo le dije que si él tenía derecho a coger con todas las putitas que se cruzaba en el camino, yo también tenía derecho a que me dieran una buena cogida de vez en cuando. En fin, esa fue la discusión que terminó ocasionando nuestro divorcio y te juró que fue la mejor decisión de mi vida. Me sentí liberada – en ese momento se fijó en mi bulto, tenía la verga completamente parada – supongo que tendré que acostumbrarme a eso – dijo con una sonrisa, refiriéndose a mi erección.

Al día siguiente acompañé a mi madre a hacer las compras, me alegraba mucho que nos lleváramos tan bien otra vez. Ella estaba preciosa, se había puesto una calza negra que le marcaba muy bien la figura y una remera roja, que si bien no era escotada, hacía que sus pechos resaltaran bastante. Fuimos hasta la verdulería del barrio, era temprano por la tarde así que no había clientes, sólo el propietario. Un tipo morocho de contextura gruesa y cabeza cuadrada y pelitos como cepillo. Se llamaba Daniel, era un tipo muy simpático y no tendría más de 33 años. En cuanto vio a mi madre entrar a su negocio se puso de pie de un salto. Quedó hipnotizado por la figura de la mujer, ni siquiera reparó en mi presencia.

- Buenas tardes Graciela ¿qué puedo ofrecerle? – preguntó con una sonrisa cordial.

Mi madre comenzó a pedir algunas frutas, ella amaba la comida natural. El verdulero se apresuraba por cumplir con las órdenes de semejante mujer y no paraba de hacer comentarios sobre lo buena que era su mercadería. En un momento mi madre se acercó a un cajón lleno de tomates y comenzó a mirarlos de cerca, el tipo quedó petrificado mirándole la cola bien marcada en la tela negra. En cuanto notó que yo lo estaba mirando con una sonrisa me dijo en voz baja:
- Tu mamita me tiene loco, un día de estos se me va a ir la mano.
- A que no te animás – lo desafié. Me miró sorprendido.
- Si me animo, pero no la quiero ofender… ¿y si se enoja?
- Te apuesto a que no te animás a arrimarla siquiera… si se enoja le digo que fue idea mía y si ganás, el premio te lo va a dar ella.

Daniel titubeó durante unos segundos mientras cerraba una bolsa llena de papas. En ese momento se decidió. Dejó los tubérculos sobre el mostrador y se acercó a mi madre por detrás. Escuché que le decía que todos los tomates estaban frescos y eran de primera calidad mientras acercaba su bulto a esa colita redonda. En cuanto hubo contacto mi madre me miró de reojo por un segundo y yo le sonreí. Hizo una pregunta sobre un par de tomates que tenía en las manos y el verdulero ganó confianza. Primera prueba superada, la mujer no se había enojado. Mientras respondía decidió ser más audaz y acarició suavemente el muslo izquierdo de mi madre. Ella se inclinó hacia adelante dejando los tomates en su sitio. Pude ver como Daniel tenía la verga parada dentro del pantalón y se pegaba mucho contra la conchita de mi madre, la agarró de la cintura y la arrimó con ímpetu. Me dio mucho morbo ver como esa vulva se hinchaba ante la presión.

En ese momento miré hacia la calle y vi a dos de mis amigos pasando en bicicleta. Le dije a mi madre que me iba con ellos a la plaza, a tomar una cerveza y que la vería más tarde. Antes de que mis amigos pudieran ver lo que ocurría dentro de la verdulería, cerré la puerta al salir. Los grandes ventanales estaban cubiertos con una gruesa lona verde desde el interior, cumplía la función de mantener lejos los fuertes rayos del sol de la tarde y a su vez impedía que algún curioso mirara hacia adentro.

Me quedé más de tres horas con mis amigos hablando de boludeces, riéndonos y bajándonos unas seis cervezas entre los tres. Cuando ya creí que había otorgado un tiempo prudencial a mi madre decidí volver a mi casa. La encontré preparando una cena ligera a base de vegetales, se me revolvió el estómago porque me vería obligado a comer eso, pero en ese momento poco me importaba la cena. Noté que llevaba otra ropa. Ahora tenía puesta una pollera corta color verde agua y una linda blusa blanca que formaba una cruz con la tela sobre sus tetas. Al verme me sonrió y me saludó con un beso en la mejilla.

- ¿Y… qué pasó? – pregunté muerto de curiosidad. Se mordió el labio inferior mientras sonreía, sabía perfectamente a lo que me refería – contame todo, por favor.

Me prometió que me contaría lo ocurrido después de cenar, y sólo si comía todo lo que había en el plato. Eso era extorción, pero no podía negarme. Tragué todos los vegetales con cierta repugnancia, aunque la verdad no estaban tan mal, creo que era sólo capricho por verme obligado a comerlos. Ya concluida la cena lavé los platos sin que me lo pidiera, no quería que ponga otra excusa como obstáculo.

Nos sentamos sobre el sofá de cuero blanco, que era amplio y muy cómodo, en el que entraban fácilmente cuatro personas. Quedamos enfrentados, uno en cada punta, ella cruzó una de sus piernas y dejó la otra en el suelo, la corta pollera dejaba ver sus torneados muslos.

- Bueno, ahora sí. Contame – le supliqué. Ella me sonrió.
- Lo que me pasó esta tarde fue increíble, todavía me cuesta asimilarlo. Siento que fue un sueño irreal – esperé con ansias mientras ella ordenaba sus pensamientos – cuando vos te fuiste de la verdulería supe que algo pasaría. Daniel me estaba arrimando como si fuera su primera novia. Obviamente yo no le decía nada, al contrario, paraba la colita para facilitarle la tarea – soltó una risita – para colmo yo no tenía bombacha, así que podía sentir todo perfectamente y me calentó bastante. Te digo que el verdulero se zarpaba cada vez más. Me acariciaba las piernas, pero de forma suave y educada, dentro de todo. En un momento llegó a pasar su mano contra mi chochito, ahí se dio cuenta que yo no traía ropa interior, pudo tocar mi clítoris por arriba de la tela de la calza y como me hice la desentendida, se animó a más. Noté que se movía un poco, estaba luchando por desprenderse el pantalón y sacar el pitulín. Cuando lo sacó me arrimó con fuerza otra vez. Te juro que sentía que me lo estaba metiendo con calza y todo. Para ese momento yo levanté un brazo y le agarré la cabeza, comencé a frotarme como una gata. Él olvidó las sutilezas y me apretó una teta, tampoco tenía corpiño, así que los pezones se me marcaban mucho en la tela.

Mientras mi madre relataba yo la miraba toda, sus pezones se marcaban sobre la tela y el imaginar la escena y verla tan bonita me provocó una erección que quedó apretada dentro de mi pantalón.

- Estuvo manoseándome un rato – continuó – y no paraba de hincarme su miembro. Yo ya estaba muy mojada y la sensación era increíble. La tela de la calza no me protegía mucho que digamos, podía sentir que se me estaba metiendo por la concha, raspaba un poquito pero la sentía cada vez más húmeda y suave. No aguantaba más, estaba a punto de bajarme la calza cuando Daniel la rasgó usando sus manos, sentí la tela abrirse y se formó un agujero justo en la zona de mi vagina. Medio segundo después ya me estaba metiendo la verga.

Mi madre interrumpió su relato y me miró el bulto. Yo me estaba manoseando por arriba del pantalón mientras imaginaba todo lo sucedido.

- ¡Ay no Nico! No tengo que contarte estas cosas, mirá cómo te ponés – señaló mi entrepierna.
- No mamá. Por favor, contame. A mí me gusta escucharte contando esas cosas. Quiero saber qué pasó… además me debés una. Daniel se animó a avanzarte porque yo lo desafié.
- ¿De verdad? Ya me sorprendía que el tipo se hubiera animado, siempre me mira pero nunca me hizo siquiera un comentario al respecto. ¿No te duele tenerla apretada ahí adentro? – le respondí que sí, que un poco dolía – entonces sacala, no quiero que te lastimes – me lo dijo con sincera preocupación. Obedecí y dejé salir mi pene, que estaba completamente parado y se sacudía con pequeños espasmos – tal vez lo mejor sea no darle tanta importancia a esas cosas, vos sos un chico vigoroso y es una reacción normal – parecía estar pensando en voz alta – además es lindo tener alguien de confianza con quién conversar de estos temas.

Se relajó un poco y subió ambas piernas al sillón, dejándolas estiradas. Mis piernas estaban cruzadas y sus pies tocaban mis rodillas. Se acomodó un poco la pollera pero aun así podía ver buena parte de sus piernas. Le pedí que prosiga con su relato.

- Bueno. Daniel me la metió despacito, casi hasta con miedo. No se daba cuenta de que si le había permitido llegar tan lejos era porque yo también quería que me cogiera. Me agaché un poco hacia adelante para que entrara mejor. De verdad me hace sentir como una adolescente esto de estar probando distintas vergas. El verdulero me agarró fuerte por la cintura y comenzó a darme embestidas suaves pero seguras, yo ya estaba gimiendo de placer, además la idea de que me estuviera cogiendo con el pantalón puesto me puso más cachonda. El tipo lo hacía muy bien, me gustaba mucho, especialmente cuando empezó a darme más rápido. A veces me gusta que me traten de forma gentil y otras veces prefiero el trato brusco, como el de Luis. Que me dice cochinadas todo el tiempo y me la mete como si sólo le importara satisfacerse él mismo, en parte es así pero yo también lo disfruto mucho. No sé cuánto tiempo estuve cogiendo con Daniel, pero él se movió todo el tiempo sin parar ni un segundo, hasta tuve un rico orgasmo justo unos segundos antes de que él acabara. Podía sentir como me llenaba de leche tibia, era una sensación hermosa. Cuando me la sacó caí a la realidad. Tenía la calza rota y se me veía toda la concha, apreté las piernas y acomodé la tela intentando tapar lo más posible, pero igual se veía mucho, era un agujero considerable. El pobre Daniel me pidió disculpas pero le dije que no se preocupara, que yo me las arreglaría. Me aseguró que más tarde llevaría todo lo que había comprado a mi casa y le prometí pagarle cuando lo hiciera.
- ¿Y qué hiciste después? – le pregunté mientras me masturbaba frente a ella.
- Una estupidez. Salí a la calle con el pantalón roto y fui caminando con las piernas bien apretadas, como si me estuviera haciendo pis. Por suerte no veía a nadie en la calle y yo rogaba poder caminar las cuatro cuadras hasta casa sin que nadie me viera. Eso era algo imposible, en este barrio siempre hay alguien dando vueltas. No hice ni una cuadra cuando justo veo salir a Betiana de su casa – Betiana era una chica rellenita de cabello negro que tenía unos 34 años, era bastante bonita, con mis amigos la mirábamos siempre con ganas pero teníamos miedo de que su marido se enterara – ella se quedó como una estatua al verme – continuó mi madre – era más que obvio que se me veía todo, así que le dije “Tuve un pequeño accidente” e intenté sonreírle.

Mi madre me contó que Betiana la invitó a pasar a la casa para ayudarla con su problema. Ellas solían tomar mates juntas ocasionalmente así que había cierta confianza. Yo me imaginaba la cara de la gordita al ver a mi madre con toda la conchita al aire. En ese momento mi mamá flexionó una de sus piernas y eso levantó la pollera, me alegré al ver su conchita pulcramente depilada y con esa franjita de pelitos y me puso más caliente el notar que estaba mojada.

- Lo primero que hizo Betiana fue sentarse en una silla y mirar lo rasgada que estaba la tela de la calza, - siguió con su relato - la movía para todos lados intentando buscar la forma de arreglarla. Seguramente notó lo húmeda que estaba, ella decía que podía intentar poner algún alfiler de gancho y sus dedos rozaban involuntariamente mis labios vaginales. Yo ya la estaba mirando con otra cara… - se quedó callada unos segundos y me miró – no sé si contarte esto… me da mucha vergüenza. No sé qué vas a pensar de mí.
- Sí mamá, contame – yo no paraba de pajearme y de mirarle la concha – lo cierto es que la noche de la fiesta vi lo que hacías en el baño con esa rubia tan linda – abrió los ojos como platos.
- ¿De verdad me viste? Ay me muero de la vergüenza.
- Pero no mamá, si estuvo re bueno lo que hiciste, me alegra que hayas decidido probar cosas nuevas. No sé de dónde sacaste a esa rubia, pero estaba re buena.
- Si lo hice por eso, sólo por probar, pero no soy lesbiana… fue sólo curiosidad… y me gustó, me pareció excitante. La rubia es una prostituta que contrató mi amiga Zulma ¿te acordás que llegó con ella a la fiesta? Le pagó a la chica para que justamente me dejara probar. Yo quería saber qué se sentía pero no quería la carga moral de tener que dar explicaciones o generar confusiones en otra persona.
- Entonces está todo bien mamá. Contame lo que pasó con Betiana – yo estaba muy impaciente y apretaba mi verga con fuerza.
- Está bien, te sigo contando. No sé qué estaría pensando Betiana en ese momento pero su mano estaba peligrosamente cerca de mi vagina, para colmo yo sentía algo calentito bajando por el canal. “Beti, voy a necesitar un trapito” le dije anticipándome a lo que iba a ocurrir “¿Para qué lo querés?” me preguntó pero ya era tarde, no pude contenerlo más, hice una leve presión hacia afuera con mi entrepierna y un chorro de espeso semen blanco cayó sobre la mano de la chica. Ella dio un pequeño grito y se desesperó, en lugar de apartar la mano intentó taparme el agujerito con la yema de sus dedos, pero sentir los deditos ahí fue aún peor. Dejé salir más leche que fue cayendo sobre su mano y goteando hasta el piso. No te voy a mentir, me gustó hacerlo, estaba muy excitada y en ese momento no me preocupaba qué pudiera pensar ella. Lo mejor era que Beti intentaba limpiarme la concha a medida que el líquido salía. Me di cuenta que yo había empezado a gemir. Ella tenía los cachetes colorados y respiraba deprisa. Sentí sus dedos contra mi agujerito, entonces me agaché un poco separando las piernas. Se me metieron dos dedos a la vez. Ella me miró asombrada mientras el semen y mis jugos chorreaban por su mano. “¿Esto es semen?” me preguntó sin sacar los dedos. Le dije que sí y la noté algo asustada “Graciela, ¿No me vas a decir que te violaron?” preguntó la muy ingenua. Tuve que aclararle que no era el caso, que había sido un acto sexual consentido.

Vi que mi madre llevaba una mano hasta su conchita y se frotaba suavemente el clítoris, se detuvo en seco cuando recordó que yo estaba frente a ella. Se mordió el labio inferior preocupada.

- Está todo bien mamá – le aseguré – podés hacerlo tranquila – yo no dejaba de pajearme, tenía toda la verga ensalivada y largando gotitas de líquido preseminal.
- Es que… la otra vez… - sabía que su preocupación era que volviera a ocurrir lo de antes.
- Ya acordamos que no hubo nada de malo con lo que pasó la otra vez. Fue la locura del momento y no quiere decir que vaya a ocurrir de nuevo. Me agrada mucho que nos tengamos tanta confianza y podamos hacer juntos estas cosas, no te olvides que además de mi madre, te considero una amiga – eso la ablandó mucho – no quiero que te reprimas nada. Yo no soy como papá – di en el clavo al nombrar a mi padre.
- Tenés razón, con él me tenía que reprimir todo.

Con esa frase tomó coraje, abrió las piernas y se coló dos dedos bien adentro, cerró los ojos y suspiró. Era un sonido liberador y a mí me puso a mil. Me masturbé más rápido mirando como ella se tocaba. Además le pedí que continuara, quería saber cómo había reaccionado Betiana al enterarse que mi mamá había tenido relaciones recientemente.

- Ella no se alteró demasiado – dijo mi madre mientras se masajeaba su botoncito de placer – al contrario, se lo tomó como algo natural. Se fue hasta la cocina a lavarse las manos y de paso me preguntó con quién había estado. Le conté que fue con el verdulero y vi una sonrisita en su cara “Ese chico es lindo” me dijo mientras se acercaba con un trapito blanco en la mano. Volvió a sentarse delante de mí y comenzó a limpiarme ella misma la zona íntima. Mientras tanto yo le relataba lo ocurrido, me alegró que se lo tomara todo con gracia, ella es una chica muy buena y de mente abierta, aunque lleve cinco años de casada con un estúpido total que me hace acordar a tu padre. La cosa es que la chica me estaba calentando pasando tantas veces el trapito por mi concha y le pedí que parara porque si no me iba a mojar más todavía. Ella comenzó a reírse y se puso de pie “Es que vos te mojás mucho Graciela” me comentó dejando el trapo sobre la mesa, así que me acerqué diciéndole “Vos debés estar igual que yo” y le metí la mano por debajo de la pollera, toqué su bombachita y la corrí hacia un lado con un rápido movimiento, de pronto sentí una conchita suave y húmeda, la tenía depilada y muy mojada. Betiana podrá tener unos kilitos de más, pero los tiene muy bien distribuidos, es una chica preciosa. “Ya decía yo” le dije toqueteándole la concha, ella abrió grande la boca por la sorpresa, pero se lo tomó con gracia. En cuanto le metí un dedito me sacó la mano y me dijo que el único que tenía derecho a tocarle esa parte era su marido. “Ay, pero que estructurada, me hacés acordar a mí antes del divorcio”, le dije restándole importancia a lo ocurrido. “Decime la verdad Beti, ¿cuándo fue la última vez que tu marido te dio una buena cogida?” la pregunta fue como una bomba para ella, dudó por unos segundo y al final dijo: “Hace como dos semanas ya”, no esperaba que fuera tanto tiempo, me indigné “¡¿Pero cómo puede ser que una chica tan linda como vos tenga que pasar dos semanas sin coger, teniendo marido?!”

A pesar de no estar relatando nada sexual en ese momento, mi madre no dejaba de toquetearse, se metía los dedos sin remordimientos, me encantaba ver cómo su conchita se abría y se cerraba con el movimiento de los dedos. Disimuladamente me acerqué un poco, quedé sentado en el medio del sillón quedando ella a mi izquierda. No se molestó con mi cambio de posición. Una de sus piernas quedó flexionada contra mi cuerpo y se vio obligada a colocar la otra extendida sobre mis rodillas, yo seguí pajeándome tranquilamente sin dejar de mirarla.

- Betiana se puso algo triste cuando mencioné a su marido – continuó relatando – entonces le pregunté si ocurría algo malo. Me contó que hacía tiempo que las cosas con su marido estaban bastante mal y que ella sentía que la descuidaba mucho, no sólo sexualmente, sino en todo sentido. La abracé fuerte y la aconsejé, le dije que ella era muy joven como para estar viviendo esa vida, que siendo tan hermosa podía conseguir otro hombre en cualquier momento y que no vea el matrimonio como una trampa perpetua, siempre se podía recurrir al divorcio. Lo cierto es que mientras hablábamos nuestras tetas quedaron apretadas en el medio, ella las tiene tan grandes como yo. Para colmo veía su carita apenada tan de cerca que me partía el alma. Comencé a acariciarle la espada mientras la animaba hasta que llegué a su cola. La tiene bien grande y suave. Le acaricié la cola despacito y fui bajando hasta que conseguí meter la mano debajo de la pollera. Sin mucha prisa busqué su zona íntima con los dedos, a todo esto intentaba mantenerla distraída, hablándole de las cosas buenas de la vida. Toqué su conchita y estaba más húmeda que antes. Comencé a acariciársela con la yema de los dedos, muy suavemente. Noté que su respiración se volvió entrecortada, pero no se quejaba. “Vos tenés que coger mucho Beti, y si querés probar algo nuevo, hacelo sin remordimientos” le tiré el palazo en el mismo momento que introducía un dedo en su agujerito. Estaba muy lubricada por dentro. Me miró asombrada y sentí su mano tocando tímidamente mi clítoris.

Allí sentado en el sillón con la pierna de mi madre tan cerca de mi pene comencé a tentarme. Cuando no soporté más, le acaricié la cara interna del muslo subiendo lentamente, pero esto fue un error. Ella no me dijo nada pero de inmediato bajó su pierna y se acomodó apoyando su espala contra mi brazo izquierdo, ahora tenía las piernas en el apoyabrazos del sillón y bastante fuera del alcance de mi mano, que estaba prisionera entre mi cuerpo y el suyo.

- ¿Y qué pasó después? – le pregunté con tono de disculpa.
- Yo creí que Beti ya había captado la indirecta – dijo mi madre mientras volvía a masturbarse, podía sentir sus pulmones trabajando rápido – pero me tocó por un segundo y sacó la mano diciéndome: “¿Querés que te preste algo de ropa así podés volver a tu casa?” No tuve más remedio que soltarla y sonreírle. “Dale, gracias Beti, me salvaste” lo cierto es que yo tenía unas ganas tremendas. Fuimos hasta su cuarto y nos paramos cerca de la cama. Ella buscó una pollera – señalo la que tenía puesta – y me dijo que no quedaría bien con mi remera roja, por eso buscó la blusa blanca – esta vez señaló hacia su pecho – estuve a punto de desvestirme pero en ese momento se me acercó y tomó mi remera por debajo, enseguida levanté los brazos sobre la cabeza. Comenzó a quitármela lentamente, estaba muy cerca de mí. Cuando mis tetas quedaron a la vista se quedó embobada con mis pezones, sentí que los acariciaba disimuladamente mientras seguía levantándome la ropa. Cuando la remera pasó por mi cabeza vi que su cara estaba casi pegada a la mía, pero miraba hacia mi pecho. Con suavidad rocé su mejilla con mis labios, ella no se apartó, sino que sacó del todo la remera. En cuanto tuve los brazos libres le acaricié el pelo, ella volteó su rostro hacia mí con los ojos cerrados y nuestros labios se rozaron por un segundo. Con la otra mano le acaricié la mejilla. Sabía que la estaba poniendo cachonda. Igual que ella a mí. Tiró la remera sobre la cama y estuve a punto de besarla, faltó muy poco, pero ella se agachó, pasando con delicadeza una mano sobre mi pecho. Me ayudó a quitarme las zapatillas y mientras lo hacía su cara quedó a medio centímetro de mi conchita. Cuando estuve descalza se aferró al pantalón y comenzó a quitármelo lentamente, admirando mis partes íntimas. En un momento su boca rozó mi pelitos, eso me hizo estremecer. Pensé que se animaría a más pero no fue así, se puso de pie y antes de que diera media vuelta, la abracé, dejando mi cara muy cerca de la suya. En ese momento le pregunté “¿Alguna vez te acostaste con una mujer?” negó con la cabeza tímidamente. Aproveché su sumisión para meter la mano debajo de su blusa y desprenderle el corpiño. Se lo quité del todo mientras le preguntaba “¿Te gustaría probar qué se siente?” mi frente tocaba la suya, acaricié su espalda hasta que llegué a su pollera. Comencé a bajarla lentamente. “No me animo” me contestó sin apartarse de mí. La pollera cayó al suelo. “¿Por qué no te animas?” seguí presionando. Esta vez le agarré la bombachita y se la fui bajando “No se… es que me pongo a pensar…” decía esquivándome la mirada. Deslicé mis dedos hasta tocar su vagina, le froté el clítoris despacito mientras le decía “Estas cosas no se piensan, se hacen. Y si te gusta y lo pasás bien, no tenés por qué arrepentirte”.

Mi mamá apoyó su cabeza contra mi pecho, quedando recostada de lado y liberando mi brazo izquierdo. Tenía las piernas flexionadas y juntas, pero seguía masturbándose, al igual que yo. Ahora mi verga estaba a pocos centímetros de su cara.

- Así fue como Betiana fue tomando coraje de a poco – prosiguió – se quitó la remera quedando completamente desnuda y luego a acariciarme la entrepierna. Nuestras miradas se cruzaron. Ahí ya sin más vueltas, la besé. Su boca era muy suave y sus labios gruesos. Ella me respondió al beso con ganas y poco a poco la fui llevando hacia la cama. Nos acostamos quedando yo arriba y no dejé de comerle la boca – mi madre relataba todo sin dejar de tocarse y mirando fijamente hacia mi verga – la gordita estaba muy linda y apetecible. Nos quedamos así, besándonos y metiéndonos los dedos por un buen rato y después fui bajando de a poco, buscando sus pechos con la lengua hasta dar con sus pezones. Eran bien grandes y estaban duros. Me encantó chuparlos y escucharla gemir. Seguí mi camino hacia abajo y en cuanto coloqué la cabeza entre sus piernas la miré, ella tenía la cabeza sobre la almohada y apenas podía verle los ojos. Le sonreí mientras acariciaba suavemente la cara interna de sus muslos, tal vez pensó que yo iría lentamente pero en cuanto menos se lo esperó me lancé y empecé a chuparle la concha con ganas. Tendrías que haberla escuchado gemir, es muy dulce. Tengo que admitir que ese sabor saladito de su vagina me estimulaba mucho, me volvía loca. Casi le arranco el clítoris de tanto chupárselo, ella se sacudía en la cama y gozaba como una puta. Después me monté sobre ella dejando nuestras conchas pegadas y me froté como nunca lo había hecho, yo también gemía mucho, la estaba pasando de maravilla. Hasta que llegó el gran momento. Lo que yo tanto estaba esperando. Betiana se colocó sobre mí y me comió las tetas tal como yo había hecho con las suyas, luego fue bajando de a poco, lamiendo mi vientre hasta que llegó a mi entrepierna. Allí titubeó bastante, me la miraba pero no se animaba a seguir. Le dije que se tomara su tiempo y eso la tranquilizó un poco. Comenzó a lamerme la cara interna de los muslos y acercándose cada vez más al centro. Hasta que por fin sentí su lengua contra mi botoncito rosado. Solté un gemido de placer para demostrarle que eso me gustaba y siguió lamiendo, al principio con cautela pero cuando se acostumbró al sabor, comenzó a chuparme con ansias, intentando emular lo que yo había hecho. Me metió la lengua en el agujerito y se comió mi clítoris. Estuvimos cogiendo sin parar más de una hora. Hicimos de todo, le chupé la cola, pero no es que se la lamí, sino que me metí entre sus grandes nalgas y le chupé el culito con ganas. Después ella me hizo lo mismo. Hasta nos quedamos un largo rato haciendo un 69. El mejor que hice en mi vida, sin dudas.

En ese momento, mi madre, interrumpió su relato. Igual ya no había mucho más que decir. La escuché gemir suavemente y supe que estaba teniendo un orgasmo, ahora su cara estaba más cerca de mi pene y yo no dejaba de darme duro. Me di cuenta de que su cola estaba a la vista, le acaricié una nalga y no me dijo nada, entonces despacito fui buscando la unión de sus nalgas hasta introducir mi mano, pude tocar su apretado culito, ella continuaba absorta en su masturbación. Así que retiré la mano sólo para humedecer mis dedos con saliva. Volví a su cola y la lubriqué. Con mucha suavidad introduje la primera falange de mi dedo mayor. Los gemidos de mi madre se intensificaron, saqué el dedo y lo metí otra vez sin ir más lejos, su culito estaba muy cerrado. Sentí sus labios rozando contra la punta de mi verga mojándose con el líquido transparente que salía de ella. Me dieron ganas de aplastar su cabeza y obligarla a comerse toda mi verga, pero sabía que eso la molestaría, así que me aguanté. En su lugar introduje el dedo hasta la mitad, ella gimió más fuerte mientras yo lo movía dentro, sintiendo las suaves paredes internas de su ano.

- Ya estoy por acabar – le advertí, no quería forzarla demasiado.
- Ok – su respuesta sonó casi como un jadeo.
- ¿Qué pensás hacer? – yo casi podía sentir los espermatozoides viajando por mi pene.
- No sé…
- No pienses.

En ese instante mi verga estalló. El primer chorro de leche impactó contra su boca manchándola toda y cuando pensé que se apartaría hizo o justamente lo contrario. Abrió grande la boca y se tragó mi pene hasta la mitad. Me entusiasmó tanto eso que comencé a gemir mientras expulsaba grandes cantidades de semen dentro de su boca y le introducía todo el dedo en su culo. En pocos segundos yo ya había soltado hasta la última gota. Saqué el dedo de su cola y de inmediato ella se sentó a mi lado. Tenía la cara tan blanca como la leche que le chorreaba por la comisura de los labios, parecía asustada, pero aun así vi cómo tragaba todo lo que tenía dentro de la boca. Sus ojitos iban para todos lados, supe que estaba al borde de las lágrimas. La abracé con fuerza y le dije:

- Ya pasó… ya pasó… no te pongas mal – me abrazó suavemente pero no emitió ningún sonido – es como vos dijiste… esas cosas se hacen, no se piensan… y si te gustó no tenés por qué arrepentirte. Ya pasó – le repetí.
- Si… lo sé… pero…
- Sos la mejor mamá del mundo – la interrumpí – prométeme que no te vas a poner mal… a mí me gustó mucho lo que hiciste – me aparté un poco y la miré a los ojos con una sonrisa, ella se forzó por sonreírme, era una imagen muy extraña ya que tenía la cara llena de leche.
- Gracias Nico, te prometo que no me voy a poner mal – parecía una niña asustada, era como si hubiera rejuvenecido 25 años. Habrá notado que no me convenció porque de inmediato dijo – que lechita más rica – y se pasó la mano por la mejilla limpiándola y luego la lamió, tragando todo ese semen – bueno, ya me voy a dormir, estoy fundida… demasiado sexo por un día… y de esto no se habla más.

Se alejó caminando lentamente mientras se quitaba toda la ropa, eso también lo hizo para convencerme de que estaba todo bien, me permitió admirar su desnudez por unos segundos y luego desapareció por el pasillo que daba a su cuarto.  

Fin del Capítulo 2.
Continúa en el Capítulo 3.


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