"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


lunes, 5 de enero de 2015

Ayudando a Mamá (3)

Capítulo 3.



Aún podía recordar fielmente el momento en que mi madre se tragó todo mi semen por voluntad propia, tengo que admitir que eso me alegró mucho la vida. Ya habían pasado casi dos semanas desde que ocurrió eso. Si bien en estos últimos días no ocurrió nada de esa magnitud, siempre hubo pequeñas cositas que me mantenían contento. Siempre que podía aprovechaba la oportunidad de entrar a orinar al baño mientras ella se bañaba, no sólo me gustaba que me mire un rato la verga, cosa que hacía sin disimulo, sino que también me encantaba verla completamente desnuda. También aprovechaba cada ocasión que tenía para arrimarla despacito por pocos segundos o rozar sus pechos con mis manos. A veces se molestaba un poco pero en general no decía nada.

Una madrugada me levanté porque escuché algunos ruidos extraños en la casa y me sorprendí mucho al encontrar a mi mamá sentada en el sillón de la sala, desnuda de la mitad para abajo y masturbándose mientras miraba una película porno. Estaba absorta, parecía una adolescente masturbándose a escondidas. En cuanto me vio se sobresaltó pero enseguida empezó a reírse avergonzada. Yo también me reí. “Me la prestó mi amiga Zulma” dijo refiriéndose a la película. Entonces le pregunté si podía mirarla junto con ella y me dijo que sí, pero con la condición de que mantuviera la distancia.

Así fue que nos masturbamos un al lado del otro mirando la película que de verdad era muy buena, tenía muchas escenas interesantes de mujeres con varios hombres a la vez, o entre dos o tres mujeres. Cuando ya estaba por acabar me puse de pie y apunté la verga hacia el escote de mi madre. Ella me pidió que no lo hiciera pero ya era muy tarde, la leche comenzó a saltar sobre sus tetas. A pesar de haberse negado se bajó la blusa y sus tetas quedaron al aire, no dejó de mandarse dedo mientras mi pene escupía semen. Ella tenía las piernas muy abiertas y los pies sobre el sofá. Verla de esa forma me provocó muchísimo. Decidí hacer algo muy arriesgado. Flexioné mis rodillas y acerqué la punta de mi verga a su concha. Ella se frotaba el clítoris a toda velocidad, estaba tan caliente como yo. Pensé que se enojaría, pero no dijo nada. Acerqué más mi glande que aún goteaba semen y lo puse entre sus labios vaginales. Mi madre hizo algo que me sorprendió mucho, en lugar de apartarme abrió su concha con los dedos. Con esa señal me bastó. Presioné hacia adentro e introduje mi verga, me sorprendió un poco que se deslizara hasta el fondo con tanta facilidad. Mi madre cerró los ojos y soltó un fuerte gemido.

A pesar de haber acabo hace apenas un segundo, la excitación en mi interior se mantenía firme y renovada por la tibia y húmeda sensación que me brindaba el interior de esa vagina. Le di una fuerte embestida como para tantear el terreno, ella sólo gimió. Volví a ensartarla, se sintió de maravilla. Comencé a moverme con más velocidad, disfrutando plenamente con cada penetración. Mi madre se quitó la blusa y con ella se limpió todo el semen de las tetas, yo no me detuve en ningún momento.

- ¡Ay Nicolás! – noté bastante enojo en su voz.
- Perdón mamá, si te molesta la saco – le dije quedándome quieto pero con la verga bien adentro.
- No Nico, ahora ya está… seguí – apenas dijo eso reanudé mis rápidos movimientos – pero sólo por esta vez.

Sin dejar de cogerla hice que se acostara en el sillón y me coloque arriba. Creo que ambos éramos conscientes de que ése era mi debut sexual oficial. El poder metérsela sin limitaciones me calentaba mucho. Me pegué a su cuerpo todo lo que pude para sentir la tibieza de su piel y escuchar sus gemidos bien de cerca. Terminamos abrazados, ella me rodeó con sus piernas, su cuerpito era fantástico. Me estaba cogiendo a la mujer más sensual que había visto en mi vida… y era mi mamá. Ella tenía los ojos cerrados, aunque gemía con ganas.

- Mirame… - le susurré – mírame mamá.

Quería que supiera que era su hijo el que la estaba cogiendo. Por fin abrió sus ojos y nos quedamos mirando fijamente. Era una imagen muy tierna y hermosa. Podía notar el temor y la duda en sus ojitos.

- ¿Te gusta? – le pregunté mientras escuchaba el choque de mi cuerpo contra el suyo y el pene se deslizaba rápidamente hacia el interior de su cueva. Ella titubeó unos segundos.
- No me preguntes esas cosas – contestó mordiéndose el labio inferior.
- Sólo por esta vez… ¿Te gusta? – intentaba no metérsela de forma brusca, de verdad quería provocarle placer - ¿Te gusta mamá? – ella hizo un gesto de resignación, que fue casi como un alivio.
- Me encanta – dijo suspirando.

Sólo eso bastó para transformarme en un macho cabrío. Me aferré a ella con fuerza y la embestí frenéticamente, el ritmo de sus gemidos se igualó al de mis acometidas. Mi vigor parecía ir en aumento, no dejaba de subir y bajar mi cadera, la verga salía hasta la mitad sólo para volver a clavarse, abriéndole la conchita. Buscó mi cabello con sus manos y en cuanto me sostuvo firmemente la cabeza, me besó. Nunca había experimentado un beso tan profundo y sincero, nuestras bocas se unieron en una al igual que nuestros sexos. Su vagina no paraba de soltar fluidos, nos estábamos mojando mucho. Los minutos pasaban y ella acompañaba mis movimientos con su cintura. Sus piernas eran fuertes, a veces me apretaba con fuerza y no me dejaba sacar la verga, pero luego volvíamos al movimiento. En un par de ocasiones le saqué la verga por completo y se la metí toda de un empujón. Eso parecía gustarle mucho. De pronto un orgasmo estalló en el interior de mi madre, inclinó la cabeza hacia atrás y comenzó a gritar con la boca abierta mientras sacudía las piernas en el aire. Podía sentir el intenso calor de su sexo y los jugos brotando hacia afuera.

Mi madre se movió bruscamente intentando escapar de mí, la solté porque creí que se había arrepentido y saldría corriendo, pero en realidad sólo giró en su lugar, quedando boca abajo con la cabeza en el apoyabrazos del sillón. Paró su colita y volví a entrar en lo profundo de su vagina mientras le agarraba una teta. Le di besos en el cuello mientras le daba con fuerza haciendo rebotar mi cuerpo contra sus redondas y firmes nalgas. Ella gemía con ímpetu. El saber que le estaba dando tanto placer me incentivó aún más, puse más énfasis en mis movimientos hasta que sentí la descarga sexual. Seguramente no solté mucho semen ya que hacía poco había acabado, pero la sensación fue increíble. Mi mente se nubló por unos segundos mientras parecía que toda el alma se me salía por el pene. Caímos rendidos los dos y quedé abrazada a ella, recuperando el aliento. Su pecho subía y bajaba rápidamente al igual que el mío. Noté como mi miembro se achicaba de a poco aún en el interior de la vagina. Esta vez mi mamá si intentó ponerse de pie y yo le di lugar. Me miró con preocupación.

- Que esto no se repita nunca – me dijo seriamente, parecía asustada.
- Está bien… - no soné muy convincente, ella dio media vuelta para irse – esperá mamá, no te enojes. No quiero que pase lo mismo que la otra vez.
- No estoy enojada – me dijo volteando para verme – sólo necesito estar sola un rato. Hasta mañana.

Me quedé sentado en el sillón bastante consternado, por un lado sentía una inmensa felicidad en mi interior ya que mi primera experiencia sexual verdadera había sido con mi madre y la había disfrutado muchísimo. Pero por otro lado me preocupaba mucho qué podría estar pensando ella y también pensaba en sus firmes palabras “Que esto no se repita nunca”.

A la mañana siguiente me levanté esperando encontrar a mi madre tan disgustada como lo había estado luego de la fiesta. Para colmo era sábado, ninguno tenía actividades de fines de semana, eso quería decir que teníamos dos días muy tensos por delante. En cuanto estaba entrando a la cocina para preparar mi desayuno me quedé sorprendido al recibir un beso en la mejilla. Era mi madre me quedó mirando con una radiante sonrisa, estaba envuelta en una fina bata que usaba para dormir, sus pezones se marcaban sobre la tela negra y podía ver sus piernas casi completamente.

- Hola mamá… creí que estarías…
- ¿Enojada? No lo estoy, intento tomarme la vida con alegría, porque deprimirse es muy fácil y lo difícil es ponerse bien otra vez. Pero igual tenemos que hablar.

Accedí y nos sentamos en una pequeña mesa en la cocina a conversar mientras desayunábamos.

- Mirá Nicolás. Eso de que pasó ayer, ya pasó. Cuando te dije que no quería que se repita lo dije muy en serio… y lo sostengo – asentí con la cabeza – anoche me quedé pensando, y mucho. Fue algo muy fuerte para mí.
- Para mí también – aseguré – pero ya habían pasado cosas antes y…
- Lo que había pasado antes no fueron más que “jueguitos” o locuras del momento. Lo que pasó anoche fue muy diferente. Me costó mucho asumirlo. Una cosa era tener jueguitos sexuales y otra muy distinta fue consumar el acto sexual completo. Eso es incesto Nicolás – por primera vez veía la gravedad del asunto, la palabra “incesto” nunca se me había cruzado por la cabeza. Ella notó mi preocupación y continuó hablando – pero no te preocupes, no pienso hacer un drama. Ya pasó. Sé que eso rompió una barrera en nuestra relación de madre e hijo, y ambos somos culpables. Especialmente yo. Pero tampoco es la muerte.
- Vos dijiste que querías probar cosas nuevas… sexualmente hablando – ni siquiera sé por qué dije semejante estupidez.
- Eso es cierto – me sonrió, la miré confuso – y de verdad probé cosas nuevas que nunca había imaginado. Si hace tres meses alguien me hubiera preguntado si alguna vez me había acostado con mi propio hijo, le hubiera dado vuelta la cara de un cachetazo. Pero ahora, viendo todo en retrospectiva, no lo veo tan grave al asunto. ¡Ojo, tampoco estoy diciendo que vayamos a hacerlo otra vez! – insistía en ese punto – solo espero que lo hayas disfrutado y te hayas quedado satisfecho. Yo sí lo disfruté… en el momento y lo tomo como una experiencia ya vivida… y nada más.
- A mí también me gustó mucho – me quedé pensando un rato - ¿eso quiere decir que ya no podemos andar desnudos delante del otro o que ya no nos podemos contar nuestras experiencias sexuales? – el “podemos” sonaba a manada, porque la única que tenía sexo era mi madre, si no fuera por ella yo seguiría siendo virgen.
- No había pensado en eso – se la veía triste, dudó unos segundos, ahí me di cuenta que ella también disfrutaba de esas actividades – creo que eso ya es parte de nuestra relación – dijo por fin – seguramente algunos lo verán como algo raro, pero…
- Pero es nuestra vida y nadie tiene por qué meterse – completé la frase.
- Así es. Para mí no tiene nada de malo – no sé si lo creía realmente así, pero ni yo ni ella queríamos abandonar esas prácticas. Me alegró muchísimo que pudiéramos seguir realizándolas – bueno, me voy a cambiar porque tengo que ver a alguien – se puso de pie y se quitó la bata quedando completamente desnuda frente a mí, colgó la bata en la silla y me guiñó un ojo.
- ¿A quién vas a ver? – le pregunté mirándola de arriba abajo.
- A Luis… después te cuento – se retiró a su cuarto a cambiarse de ropa.

Cerca del mediodía yo me encontraba en mi cuarto jugando con la computadora cuando escuché el ruido de la ducha en el baño. De inmediato apagué la PC y fui a ver qué sucedía, aunque me hacía una clara idea.

Encontré a mi madre completamente desnuda bajo la lluvia proveniente de la ducha. Estaba radiante, el agua hacía brillar su hermoso cuerpo, lo que hacía resaltar mucho sus curvas. Me sonrió al verme y se enjabonó el cabello.

- ¿Qué tal te fue? – a mí la verdad no me interesaba saber hasta el más mínimo detalle pero quería hacerme un panorama de lo que había ocurrido.
- Muy bien, la pasé muy lindo. Ese Luis es una máquina. Tal vez no sea el tipo más lindo del mundo, pero sí sabe coger. Todavía me arde la concha – por su tono de voz y las palabras que usaba me di cuenta de que estaba sumamente excitada. Estuve por preguntarle qué fue lo que hicieron cuando ella respondió como si me estuviera leyendo la mente – hicimos de todo, empezamos en el comedor y terminamos en su cuarto. Esa forma que tiene de metérmela y decirme cochinadas al oído me pone loca, yo no le contesto, por lo general, pero él sabe que me calienta.
- ¿Qué cosas te dijo?
- Me dijo cosas como “Te podés estar atragantando que no dejás de chupar, puta” y era cierto, porque yo me quería meter toda la pija en la boca y eso me daba arcadas, pero a pesar de eso, seguía chupando. También me dijo: “Te voy a pintar el culo de blanco”
- ¿Te dio por el culo? – pregunté asombrado.
- No. Porque no lo dejé, pero ganas no le faltaron.
- ¿Vos no querías?
- La verdad es que yo me moría de ganas de que me la meta por atrás, pero ese hombre es tan brusco que tenía miedo de que me lastimara. De ahí atrás todavía sigo virgen, pero sólo porque al estructurado de tu padre nunca le gustaron esas cosas, le daba asco, pero a mí sí me daba curiosidad.
- ¿Cómo aguantaste tantos años con él?
- Eso mismo me pregunto yo todos los días. Supongo que fue porque teníamos un hijo, pero vos ya te volviste un hombre y supe que ya podrías afrontar la separación.
- Yo quería que se separaran desde que tengo memoria, odiaba verlo tratándote mal. Pero no hablemos de eso. Sigamos con el tema anterior. Si vos tenés ganas de hacerlo por la cola, podrías intentarlo… sola, o con ayuda.
- ¿A qué te referís? – me miró intrigada.
- Que podrías “preparar” la cola para la ocasión. Con tus dedos… o buscando a alguien que no sea tan brusco… alguien como Daniel, el verdulero, por ejemplo. Él parece ser un tipo tranquilo.
- Ay, pero no le tengo confianza como para pedirle que me “prepare” la cola – se echó a reír – lo de él fue la calentura del momento, no sé si volvería a hacerlo. Podría intentarlo sola, ahora que pienso tengo un poco de aceite para masajes guardado, eso podría ayudar a lubricarme – pensaba en voz alta.

Cuando salió de la ducha se envolvió en una toalla roja que apenas le tapaba las partes íntimas y se dirigió hasta su cuarto cerrando la puerta detrás suyo. Me quedé pensando. No me podía perder esto, de ninguna manera. Yo quería ver qué hacía. Decidí esperar algunos minutos y luego me acerqué a la puerta. La abrí suavemente como si fuera un ladrón. La vi sentada de lado sobre la cama pasando una mano entre sus nalgas, pude ver la botellita con aceite. Ella se giró al verme entrar. Pensé que me tiraría con la botella por la cabeza.

- No puedo – me dijo – mejor dicho, no me animo, cada vez que estoy por meter el dedo… me tiro para atrás.
- Pero si ya sabés que no duele tanto… - no sabía si mencionar el hecho, pero estábamos hablando sin prejuicios así que lo dije sin más – yo te metí un dedo por ahí, y creo que no te dolió – se quedó pensando unos segundos.
- Es cierto, no me dolió. Pero vos fuiste muy suave – eso era justamente lo que quería escuchar.
- Si querés te ayudo – me ofrecí con ganas.
- Vos estás loco Nicolás.
- ¿Por qué? Simplemente te voy a ayudar, así después podés disfrutar del sexo… por ahí. Ya te vi mil veces desnuda – en realidad quería decirle “ya te cogí mamá, ¿qué problema hay en que te meta un dedo?” Creo que ella entendió la indirecta, de todas formas dudó unos segundos.
- Espero no arrepentirme de esto…

Se colocó boca abajo, con su cabeza orientada hacia los pies de la cama. Me entusiasmé mucho pero intenté mostrarme tranquilo y natural. Me senté junto a ella y unté el aceite para masajes en mis manos. Éstas quedaron más suaves que nunca. En mi primer acercamiento acaricié las nalgas de mi madre y separé un poco sus piernas. Inevitablemente me quedé mirando su vagina y la sugerente forma en la que ésta se dividía por la mitad. Se la acaricié suavemente, ella pudo quejarse pero prefirió no hacerlo. De todas formas no presioné mucho la situación. Fui hasta su agujerito trasero y lo masajeé con delicadeza. Los movimientos circulares parecían relajarle la zona, noté como de a poco iba quitando toda esa tensión. Quise hacerlo como la primera vez, metiendo el dedo de a poco, pero en cuanto introduje la primera falange, la gran lubricación permitió que el dedo se deslizara más adentro. Entró por completo y mi madre gimió con fuerza.

- ¿Te duele? – le pregunté moviendo un poco el dedo en su interior. Ella negó con la cabeza.

Sabía que esos movimientos le estaban gustando, por eso no los detuve. Comencé con la tarea de sacarlo y meterlo, al principio lo hice despacio, sentía que el culito se adaptaba a la forma de mi dedo, y fui acelerando el ritmo. Podía escuchar los suaves quejidos de mi madre. Para ese momento yo ya tenía una erección importante, la verga me dolía dentro del pantalón. Tuve que dejarla salir. El ano de mi madre se iba dilatando de a poco y ella separaba más las piernas, tuvo que dejar una flexionada, por lo que me otorgó una increíble vista de su conchita que ya estaba manando jugos. Creí que ya había llegado el momento de introducir un segundo dedo, pero antes dejé caer un poco de aceite en la zona. Me calentó mucho sentir cómo se abría el culito mientras metía los dos dedos a la vez. Graciela gemía sin parar, aunque intentaba hacerlo a poco volumen.

- Mamá, sos muy… sexual – le dije moviendo los dedos, podía sentir las suaves paredes internas de su ano. Ella emitió un quejido.
- ¿Eso qué quiere decir? – Preguntó entre jadeos - Es que disfruto mucho del sexo…
- Si, exactamente a eso me refería.

La tentación era muy grande, su conchita me provocaba mucho y la excitación me hacía meterle los dedos por la cola más rápido. Me arriesgué e incliné la cabeza hacia abajo en una posición un tanto incómoda. Acerqué mi boca a su sexo y le di una lamida, saboreando sus fluidos. Aguardé unos instantes y como no me dijo nada, volví a lamerla.

- No te aproveches Nicolás… - esta vez se quejó, aun así volví a pasar la lengua por el medio de sus labios vaginales – ¡pero será posible! – no estaba enojada, al contrario, se reía – salí de ahí – intentó apartarme la cara con una mano. De su concha salió un pequeño chorrito de líquido.
- No parece que te disguste mucho – le dije mientras movía los dedos en su cola – o como te diría Luis “La conchita te delata putita”
- ¡Ay callate! – Dijo riéndose avergonzada – y salí de ahí – esta vez abrí mi boca y succioné la zona de su agujerito sorbiendo sus jugos. Ella soltó un gemido – ¡no, no, pará!

En cuanto intentó apartarme sujeté su mano y la llevé hasta mi verga. Se sorprendió un poco al tocarla pero la sujetó con fuerza, sin perder tiempo regresé a su conchita, aunque esta vez fui más abajo, intentando chupar su clítoris, en cuando empecé a lamerle ella movió su mano sobre mi miembro como si me masturbara, la tenía suave por el aceite. Metí bien hondo los dedos en su culo y dio un grito de placer. Habré estado dos minutos chupándole la concha sin parar mientras ella me tocaba.

- Bueno Nico, ya está… basta porque me vas a hacer enojar – sabía que no era enojo lo que sentía, sólo culpa.

Preferí no forzarla, volví a sentarme bien y seguí dándole por la cola con mis dedos. Sabía que todo eso le gustaba mucho porque ni siquiera soltó mi verga.

- Vamos con otro dedo – le anuncié sólo porque pensé que se negaría.
- Bueno dale – dijo para mi sorpresa.

Volví a lubricarme la mano e hice lo mismo con su trasero. También dejé caer unas gotas de aceite sobre mi glande, ella lo notó porque enseguida comenzó a esparcirlo por todo el largo de mi verga. El tercer dedo le hizo doler un poco, aunque lo soportó bastante bien, retuvo el aliento unos segundos y luego lo dejó escapar en un hermoso gemido. Me fui quitando el pantalón de a poco, ella nunca dejó de masturbarme. Me puse de rodillas entre sus piernas, muy cerca de su cola, ella dobló un poco su espalda para poder seguir tocando mi pene. Los dedos entraban y salían con facilidad, con el pulgar de mi mano izquierda acaricié su vagina y me acerqué un poco más. Mi glande rozaba apenas la vulva cuando ella movía su mano. Abrí sus labios vaginales para ver cómo el juguito chorreaba hacia afuera. Otra vez vi un pequeño chorrito salir despedido de su interior.

- Te sigue saltando – le dije a mi madre poniendo más énfasis en la penetración anal.
- ¡Ay qué vergüenza! – intentó acomodarse un poco y mi verga quedó apoyada entre sus labios – es que esta sensación nueva es muy rica – dijo refiriéndose a los dedos en su culo.

Ella seguía acariciando mi pene a lo largo y ancho. Podía sentir que lo tiraba un poco hacia ella hasta que mi glande se perdió en el interior de su concha. Esta vez no había sido yo el que la metió. Igual no fue más adentro, la dejó allí y continuó tocándomela, yo movía los dedos con suavidad, como para que su colita no sufriera mucho. De pronto ella movió mi verga de arriba abajo haciendo que salga de la cuevita y se frotara por su clítoris para luego volver a entrar. Hizo eso varias veces. Supuse que ella estaba muy cachonda y que una verga era una verga… aunque fuera la de su hijo. Sus gemidos se hicieron más sonoros y me incentivó a darle más rápido por la colita. En cuanto mi miembro estuvo encajado en su agujerito, presioné hacia adentro y se la metí toda. “¡Ay sí!” gritó mi madre entre jadeos. Retrocedí un poco y la volví a clavar con fuerza.

- No Nico, no quiero que empecemos de nuevo con esto – la indecisión de mi madre era increíble.

Esta vez le seguiría la corriente, yo ya había conseguido penetrar una vez más a mi madre y eso me puso contento, quería ver qué ocurría luego, así que saqué la verga y un poco de líquido incoloro chorreó de su concha y mojó las sábanas. Saqué los dedos de su culo y admiré mi obra. Lo tenía bien abierto, no se parecía en nada a ese culito apretado de minutos antes. Sin voltear ella se las ingenió para agarrar la botellita de aceite y presionó el vertedor. Dejó caer un poco en su colita y luego se puso otro poco en la mano. Pensé que se lubricaría el trasero pero en lugar de eso agarró mi verga y comenzó a frotarla, yo la coloqué entre sus nalgas y mientras ella seguía esparciendo el aceite, comencé a frotarme suavemente. Me encantó sentir la punta de sus dedos presionando mi glande. Me aferré a su cintura y me froté un poco más fuerte. Mi pene se deslizaba con enorme facilidad entre sus aceitadas nalgas. Ella intentaba girar su cabeza para mirar.

Se me ocurrió una idea, llené mis manos de aceite y acaricié sus pechos. Ella soltó mi pene y cruzó sus manos bajo la cara. Comencé a masajearle las tetas sin dejar se restregarme por su cola. Ella debía arquear un poco su espalda para permitirme agarrar sus grandes senos. Apreté un poco sus pezones hasta que quedaron bien suaves. Así la acaricié un rato hasta que ella dijo:

- Mmmm, hace cuánto que no me dan un buen masaje.
- Si querés yo te doy uno mamá – me ofrecí.
- Te lo agradecería mucho.

Puse más aceite sobre mis manos y comencé a masajearle la espalda. Era la primera vez que hacía algo así pero me esforzaba por hacerlo bien. Intentaba presionar sus músculos con la fuerza suficiente, aunque no tanta ya que no quería lastimarla. Fui bajando hasta su cintura y luego llegué a su colita. Separé sus nalgas para admirar su agujerito, que aún estaba bastante abierto. Puse la punta de mi pene sobre él y me sorprendió que ella no se quejara. Intenté presionar un poquito hacia adentro mientras masajeaba sus glúteos, pero apenas la puntita del pene comenzó a entrar ella dijo:

- Ojito con lo que hacés Nicolás – me aparté rápidamente, algo avergonzado.

Reanudé mi masaje y continué bajando por sus piernas, aprovechando la oportunidad de mirar su conchita y hasta de tocarla un poco de forma casual. En un momento se me ocurrió la idea de ponerme de rodillas frente a su cara, mi pene quedó muy cerca de su boca, en realidad esa no fue mi intención, pero luego me alegré de haberlo hecho. Mientras masajeaba sus hombros sentí su cálida y suave mejilla rozando contra mi sexo. Me pregunté qué tan lejos llegaría y ella misma me respondió cuando me lo sujetó con fuerza y me dio una lamida en los testículos. Presioné sus hombros con la yema de mis dedos mientras ella me chupaba los huevos, se los metía de a uno en la boca y succionaba con ganas, después de un par de minutos quise hacerla sufrir un poco.

- ¿Qué hacés mamá? – era mi venganza por no permitirme llegar más lejos cuando lo intenté.
- ¡Nada! ¡Nada! – soltó mi pene asustada, estaba toda colorada. Parecía una adolescente a la que sus padres sorprendieron masturbándose.

Le pedí que se pusiera boca arriba y obedeció sin chistar. Me quedé en el mismo lugar y mi pene quedó sobre su cara. Empecé a apretarle las tetas y a jugar con sus pezones mientras le restregaba mi miembro por la boca.

- Vos también me la ponés difícil che – me dijo jadeando. Una sonrisa apareció en mi rostro.

Deslicé mis manos hacia abajo al mismo tiempo que me colocaba sobre ella. Abrió grande su boca y se tragó mi pene justo cuando yo estaba llegando a su vagina, levanté un poco sus piernas y me mandé a chuparla directamente. Quedamos haciendo un 69. Su cabeza subía y bajaba deprisa, tragándose mi pene por completo. Yo succionaba su clítoris y lamía sus jugos con placer. Lo malo fue que estuvimos así sólo dos o tres minutos, luego ella se sacó la verga de la boca y me empujó con sus brazos para que saliera de arriba suyo. Me quedé de rodillas sobre la cama pensando que allí terminaría todo pero la vi abrir sus piernas y creí que era una invitación. Me coloqué en posición rápidamente y la penetré hasta el fondo. Ella gimió intensamente y me agarró de los huevos. Me quedé quieto intentando adivinar sus intenciones, me quedó mirando a los ojos y parecía que le gustaba. La tenía más que mojada y caliente.

- No, no. Sacala – me pidió apartando la vista.
- Está bien – le dije apenado.

Me quedé quieto unos segundos y luego la fui sacando muy lentamente, disfrutando del momento, ella se quedó mirando nuestros sexos. También lo estaba disfrutando. Parecía como si sus labios vaginales estuvieran besando la piel de mi pene. Ella me lo acariciaba por debajo con la punta de sus dedos a medida que éste iba saliendo. Cuando salió por completo vi saltar hacia afuera un poco de fluido, me causó gracia y terminé riéndome. Eso fue muy bueno para romper un poco la tensión, a ella también le causó gracia.

- Creo que se te rompió el cuerito – haciendo referencia a esa pequeña gomita que impide que los grifos pierdan agua.
- Ahí adentro ya debe estar todo roto – dijo ella con una sonrisa. En ese momento me quedé mirando sus grandes tetas, lucían hermosas.
- Creo que yo nunca pasé hambre de bebé – le dije señalando sus pechos. Ella volvió a reírse.
- Para nada, acá había muy buenas reservas – me arrimé frotando mi pene sobre su vagina, intentando mantenerlo fuera – y eso que vos te prendías a cada rato y me las mordías todas.
- ¿Cómo, así?

Pegué mi cuerpo al suyo y comencé a lamerle el pezón izquierdo, no se lo mordí pero si le di fuertes chupadas. Mientras lo hacía pasaba mi pene sobre su clítoris una y otra vez.

- ¡Ay qué malo! Me las vas a arrancar – se reía como si estuviera haciéndole cosquillas. Pasé a chupar su otra teta, noté que ella acompañaba mi rítmico movimiento con la cadera – ya estás grande para tomar la leche.
- Mirá quién lo dije – increpé – vos también estás grande y bien que te gusta tomar la leche.
- Che, que soy tu madre – me dio un suave golpe en el hombro – no me digas esas cosas.
- Seguro que mi leche estaba más rica que la tuya – insistí sin dejar de moverme.
- Eso sí – soltó una carcajada – si estaba muy rica – con su risa disimulaba un poco sus gemidos.

Se quedó mirándome con una radiante sonrisa en la cara, estaba hermosa. Sus ojos eran divinos y estaban muy cerca de los míos. Intenté besarla pero ella corrió la cara y dijo “¡No!” dándome un golpecito en la cabeza, no estaba enojada, de hecho le pareció gracioso, sonreí e intente besarla otra vez, volvió a negarse dándome otro golpecito, así empezó un jueguito en el que yo intentaba comerle la boca y ella me esquivaba, se reía mucho y gemía de vez en cuando. En un momento me aferré a sus muñecas dejando sus brazos apretados contra la cama. La tenía a mi merced.

- ¿Y ahora qué vas a hacer? – le dije sonriendo.

No me contestó pero igual se mantenía alegre, amagué con besarla y ella movió un poco su cara, volví a amagar pero me quedé más cerca, me froté intensamente contra su entrepierna y su expresión fue cambiando hacia una mueca de placer, sus ojos se entrecerraron y su boquita quedó entreabierta. La besé y justo antes de cerrar mis ojos vi que ella cerraba los suyos. Fue un beso intermitente pero apasionado. A veces nos quedábamos quietos y de pronto alguno movía la lengua o la boca.

Liberé sus brazos y ella me abrazó con ternura, seguimos entrelazados en nuestro beso y noté cómo intentaba levantarse. La abracé y la ayudé a hacerlo. Quedé de rodillas con ella sentada de piernas abiertas sobre mis muslos. El beso se tornó más apasionado, ella me acariciaba la espalda y revolvía mi cabello. En un momento se levantó un poco y con la ayuda de su mano orientó el pene directo hacia su vagina. La penetración fue limpia y profunda. Sentí que exhalaba con fuerza por la nariz. Empezó a dar saltos mientras yo gozaba de su rica conchita. Me sentía el hombre más feliz del mundo, estábamos cogiendo otra vez, a pesar de que ella había dicho que no volvería a ocurrir y esta cogida era mucho más intensa ya que era ella quien llevaba el ritmo. Estuvimos así durante unos pocos minutos hasta que ocurrió algo totalmente inesperado para mí.

- ¡Ay no, no. Pará! – dijo mi madre alejándose, intenté abrazarla pero se movió rápido y quedó sentada sobre la cama – me vas a volver loca Nicolás – me dijo muy preocupada, me acerqué cautelosamente a ella – no, en serio, no puedo – me dijo poniendo una mano en mi pecho.

En ese momento miles de emociones me abrumaron, pero la más fuerte fue la ira. Me enojé mucho con ella, me puse de pie y salí del cuarto azotando estrepitosamente la puerta tras de mí. Con los ojos llenos de lágrimas me encerré en mi propio cuarto.

Me pasé la siguiente hora llorando de rabia y de dolor. Hasta me daba rabia estar llorando, me sentía poco hombre, pero también tenía una amarga sensación de rechazo en mi pecho. ¿Por qué me había hecho ilusionar para después dejarme con las ganas? Para tratarme como si yo fuera un desconocido. Ahora ni siquiera me sentía excitado, estaba totalmente desnudo acostado mirando el techo y mi pene estaba más dormido que nunca. Mientras debatía de qué forma debía reaccionar escuché que golpeaban a la puerta de mi dormitorio.

- ¿Qué querés? – pregunté secamente. La puerta se abrió despacito y mi madre se asomó, a pesar de que yo estaba muy enojado con ella, me sonrió.
- Nada, quería ver qué andabas haciendo – su voz sonaba alegre, casi infantil.
- No estoy haciendo nada – entró al cuarto caminando despacio, aún estaba completamente desnuda. Me resultó extraño verla así luego de lo que ocurrió.
- ¿Querés que miremos una peli? – mi madre estaba recurriendo a su enorme simpatía y buen humor para intentar hacer las paces conmigo.
- No tengo ganas.
- ¿Y de qué tenés ganas? – preguntó sentándose a mi lado sobre la cama y acariciando suavemente mi estómago.
- Ahora de nada - ¡Qué difícil era mantener mi enojo viéndola desnuda y tan de cerca!
- ¿Me puedo quedar haciendo nada con vos?

Se acostó en la cama en posición opuesta a la mía. Apoyó su cabeza en mi pierna derecha, mi pene quedó a pocos centímetros de su cara y yo tenía su conchita casi pegada a la mía. Acarició mi vello púbico con la punta de sus dedos y en cuanto tocó mi miembro le aparté la mano bruscamente. Apretó la boca frunciendo los labios hacia adentro, se quedó pensativa y en silencio.

No podía dejar de mirarle la conchita, ella lo notó y flexionó una de sus piernas para permitirme ver mejor. Su rosada vagina estaba tan mojada como lo había estado una hora antes. Me pregunté por qué estaba tan excitada, tampoco sabía qué pretendía conseguir actuando de esa forma, posiblemente sólo intentaba hacerme cambiar el humor. Decidí mantenerme firme. Ella comenzó a tocarse el clítoris suavemente, luego introdujo dos dedos en su agujerito y los sacó cubiertos de fluido transparente, a continuación los llevó hasta su culito y los introdujo juntos.

- Hiciste un buen trabajo, ya no me duele si meto los deditos.
- Ah, qué bien… - le contesté secamente. A pesar de mi enojo no podía evitar mirar cómo se masturbaba analmente – ahora le podés decir a Luis que te la meta por el culo – me di cuenta de que ésta era la primera vez que reaccionaba con celos hacia uno de los amantes de mi madre.
- Lo cierto es que no puedo – la miré intrigado – Luis se muda mañana, se va a vivir al sur, consiguió un trabajo mucho mejor. Lo de hoy fue una despedida.
- Bueno, todavía te queda el verdulero – otra vez dejé ver mis celos.
- Tampoco, la vez que estuve con Betiana nos quedamos hablando sobre su marido, hace rato que quiere dejarlo, pero tiene miedo a sentirse sola. Yo le dije q Daniel era un buen candidato, a ella siempre le gustó y creo que a él le pasa lo mismo con Betiana, por eso me prometió que algún día lo invitaría a salir – mientras me contaba todo esto acariciaba mi pene de forma casual, ya no se metía los dedos por atrás.
- ¿Entonces por qué querías prepararte para hacerlo por la cola?
- No se… supongo que fue porque vos me diste la idea, y además te ofreciste a ayudarme – tengo que admitir que eso me conmovió bastante – supongo que algún día encontraré con quien hacerlo – mi glande rozaba contra su boca, mi miembro ya comenzaba a despertarse otra vez – pero todavía no estoy lista, siento que me dolería si me la metieran ¿me seguirías ayudando? – me lo preguntó con una vocecita de niña suplicante que me derritió. Para colmo me dio un beso en la punta del pene. Supe que el remordimiento de dejarme con las ganas la había afectado mucho.
- Está bien, te voy a ayudar – acepté intentando hacer las paces con ella, después de todo era mi mamá y yo la quería mucho.
- ¿De verdad? – me preguntó sonriendo y sentándose en la cama – bueno, te espero en mi cuarto.

Se fue y me quedé mirando el techo unos segundos. No entendía nada, todo era muy confuso, pero seguramente a ella le pasaría exactamente lo mismo. Me ablandó el corazón que se esforzara por hacerme poner bien otra vez. No la quise hacer esperar. Fui hasta su cuarto y en cuanto entré la encontré en cuatro sobre la cama con sus piernas juntas y la colita levantada. Podía ver su apretada conchita chorreando jugos, fue una de las imágenes más excitantes que vi en mi vida. Me senté a su lado y cuando estuve por agarrar la botella de aceite para masajes ella se me adelantó. Se llenó las manos con el mismo y tomó las mías, untándolas bien con el suave líquido, luego hizo lo mismo sobre mi pene, a pesar de que éste estaba flácido. Lo masajeó un poco y lo lubricó bien, se me fue parando, mientras tanto aproveché para acariciar su cola y llenarla de aceite. Toqué su culito y metí un dedo que entró sin resistencia alguna. Ella me sonrió como diciendo “Eso me gusta”. Casi de inmediato introduje un segundo dedo, esa suave mano trabajando sobre mi pene estaba haciendo maravillas. No sólo me lo estaba parando sino que también disipaba todo el enojo que había tenido minutos antes.

Cuando la tuve bien dura me puse de pie junto a la cama y mi madre se acercó hasta el borde. Volví a meter los dedos en su colita y acerqué mi pene hasta su vagina que permanecía apretada entre sus piernas. Me encantó ver como ésta se hinchaba y se abría cuando mi glande se posicionó entre los labios, pero después de un segundo decidí retirarlo, aún estaba un poco molesto con ella y esta vez no iba a ser yo quien avanzaría. Fui bastante severo con su colita, comencé a mover los dedos bien rápido de atrás hacia adelante, ella comenzó a gemir inclinando la cabeza hacia atrás. Al verla separar las piernas noté cómo de su conchita salía juguito. Con mi mano izquierda comencé a acariciarle suavemente el clítoris. Ella parecía estar disfrutando mucho. Decidí provocarla lo más posible y ver cómo reaccionaba. Sujeté mi verga y pasé el glande por su botoncito de placer, subiendo y bajando repetidas veces y moviendo mis dedos dentro de su ano.

Quité mi mano sólo para llenarla con aceite, mientras hacía esto coloqué intencionalmente mi pene contra su culito, no lo metí pero lo dejé bien encajado en el agujerito.

- Se siente muy bien tener los deditos adentro – dijo mi madre – pero estaba pensando que tal vez debería probar con algo más grande.
- ¿Algo como qué? – pregunté
- No sé – mientras hablaba llevaba su colita hacia atrás y sentí cómo mi glande se deslizaba hacia adentro en su suave culito – quisiera estar segura de si ya puedo practicar sexo anal sin miedo – continuó retrocediendo, la cabeza del pene ya estaba completamente adentro y seguía avanzando – tal vez lo mejor sea probar con una verga bien dura y grande, que me lo abra todo – hablaba como si se refiriera a otra persona y eso me calentaba más todavía, mi miembro ya se había metido hasta la mitad en su culito, que se sentía bien calentito y apretado – saber si me dolería tenerla metida toda adentro – la verga entraba más y más hasta que la perdí completamente de vista, ella soltó un suave gemido – y no sólo sentirla adentro, también quisiera que me la metan bien fuerte – la agarré de la cintura y comencé a bombearle el culito con ganas, a ella le encantó, comenzó a gemir de placer - ¡Ahhhhh, ahhhhh! – sus gemidos se transformaron en gritos - ¡Quiero que me rompan el culo!

Al escuchar esas palabras mágicas comencé a penetrarla con toda mi fuerza, sacaba mi pene casi completo y se la enterraba sin remordimientos, de un solo empujón hasta que no podía meterla más y volvía a repetir la acción mientras escuchaba sus increíbles gritos de placer. Comenzó a pajearse mientras yo me la culeaba. De su conchita saltaba juguito para todos lados. Me aferré con más fuerza a su cintura, cada vez me costaba más respirar pero mi instinto sexual me decía que no dejara de embestirla salvajemente. Mi calentura era tal que en un momento creí que iba a acabar pero logré contenerme bajando apenas mi ritmo para reanudarlo luego. No quería acabar rápido, quería disfrutar a pleno de ese culito virgen que se abría por primera vez para mí. Le manoseé las tetas descaradamente apretando sus pezones y la fui llevando hacia adelante con el peso de mi cuerpo hasta que me vi obligado a arrodillarme en la cama.

- ¡Así Nico, así! ¡No pares! – era la primera vez que la escuchaba rogándome que la cogiera. Lo mejor era que había mencionado mi nombre.

Fui cargando mi cuerpo contra el suyo hasta que ella quedó acostada boca abajo, con la colita levantada y las piernas bien separadas, pegué mi pecho a su espalda y cruzando mis brazos sobre sus tetas me aferré a sus hombros. Comencé a darle duras embestidas, la sacaba por completo y mi glande quedaba apuntando a ese agujerito abierto y se clavaba de nuevo con fuerza, me encantaba sentir que le recorría todo el culo con mi verga, que mi pene se frotaba por todo el interior. Lo difícil era sacarlo y volver a meterlo en el agujerito sin que mi verga terminara chocando contra sus nalgas, pero por el momento me venía saliendo perfecto. Además ella soltaba fuertes gritos de placer cuando se la clavaba toda. Estuve haciendo esto durante algunos minutos y luego agarré su culito con ambas manos, abriéndolo todo para ver qué bien entraba mi verga. Se me ocurrió dejar caer algo de aceite directo en esa zona sin sacar mi pene. De inmediato supe que había sido una idea acertada, mi falo erecto se deslizó con mayor facilidad haciendo que mi madre gozara aún más.

Un par de minutos después ella se sacudió en la cama intentando reincorporarse. Tengo que admitir que al principio pensé que se había arrepentido, una vez más. Pero de hecho ocurrió todo lo contrario. Saltó sobre mí como una leona en celo, clavándome sus filosas garras en la espalda y montándome con sus fuertes muslos apretando los míos haciendo que el pene se le clavara por completo en la vagina.

- ¡Te voy a matar! – me gritó mirándome a los ojos con lujuria.

Sus expertos movimientos eran increíbles. Me vi obligado a recostarme cada vez más, me estaba matando de verdad. Sacudía su cadera frenéticamente de atrás para adelante, de arriba abajo. Se movía dibujando círculos hacia un lado y luego hacia el otro mientras yo intentaba morder y chupar sus tetas que saltaban para todos lados. El gran erotismo que me provocaba escuchar sus gemidos estaba haciendo mella en mi aguante sexual. Intentaba aguantarme para que la situación continuara, pero al final tuve que anunciar lo inevitable:

- Estoy por acabar.
- ¡Todavía no! – me suplicó.

Se apartó de mí pero esta vez no me molestó para nada, sabía que sólo lo hacía para darme un pequeño respiro. Me acosté boca arriba con las piernas extendidas y ella se me acercó sensualmente. Acarició mi pecho con sus suaves manos y me besó en los labios. Fue un beso suave y cariñoso que contrastaba con la furia del acto sexual, de verdad daba una sensación de alivio que me vino muy bien. Fue bajando lentamente con sus besos por todo mi torso hasta llegar a mi mástil que apuntaba al techo. Le dio unas suaves lamidas partiendo desde mis testículos hasta la punta rosada. Luego se lo metió todo en la boca dando unas chupadas lentas y profundas mirándome con ojos de viciosa.

- Me la voy a tomar toda – aseguró volviendo a chupar.

Pensé que se mantendría con el sexo oral hasta que yo acabara pero aún tenía guardado algo especial. Se puso sobre mí en cuclillas y apuntó la verga a su culito, quien la tragó completa sin ningún problema. Comenzó a dar duros saltos haciendo que la verga la empalara por atrás una y otra vez. Se llevó los dedos al clítoris y lo sacudió con ímpetu. Un chorrito de líquido salió despedido de su vagina y lo siguió otro más fuerte y abundante que cayó sobre mi pecho. Me bañaba con sus jugos sexuales salpicando para todos lados sin dejar de subir y con una agilidad que me dejó atónito. Mi madre era una bomba sexual.

Ya no aguantaba más, iba a estallar en cualquier momento, en cuanto vi que su orgasmo estaba menguando me moví rápido para pararme en la cama. Ella quedó en la misma posición sólo que mirando hacia mi verga que apuntaba directamente a su abierta boca. Exploté y mi abundante semen le salpicó toda la cara, ella se esforzaba por tragar lo que caía en su boca, yo le pasaba el miembro por todo el rostro llevando la leche caída al interior de su boquita. Me lo chupó con ganas mientras tenía otro jugoso orgasmo acompañado de sus dedos entrando y saliendo de su conchita. Sus gemidos se amortiguaron gracias a mi pene. En un momento cayó rendida en la cama.

Tengo que admitir que para ese entonces mi estado no era mejor que el suyo, sentía que las piernas ya no me aguantaban y me acosté a su lado. Ella me dio la espalda y quedamos en posición de cucharita. La abracé con ternura y ella tomó mis manos atrayéndome más. Pude ver una linda sonrisa dibujada en su carita llena de semen. Nos quedamos dormidos en esa posición a pesar de que aún era de tarde.

Me desperté unas dos horas después y mi primer sentimiento fue de desilusión al ver que mi madre ya no estaba en la cama, pero me tranquilicé cuando la vi aparecer por la puerta del cuarto. Se había bañado y estaba muy bien arreglada, vistiendo una pollera color crema pegada al cuerpo y una blusa blanca con un escote importante.

- Tengo que salir – anunció – vuelvo más tarde.

Mi corazón se alegró cuando ella misma decidió sentarse en la cama y darme un rico beso en la boca mientras acariciaba mi pene. Su beso fue muy tierno, hasta romántico se podría decir. Cuando se apartó me sonrió. Estuve a punto de despedirme pero ella volvió a besarme de igual forma. Mi verga se puso dura en un segundo. Metí la mano debajo de su pollera y le toqué la concha por arriba de la bombacha.

- Vas a hacer que me vaya toda mojada – me dijo con un gemido.
- No me importa.

Logré introducir un dedo en su vagina y ésta se humedeció casi al instante. Me masturbó con ganas mientras yo la tocaba y la besaba otra vez. Luego bajó la cabeza y comenzó a chupármela con ganas mientras yo la toqueteaba. Pero pocos segundos después se puso de pie.

- Tengo que irme, estoy llegando tarde – dijo mirando el reloj sobre la mesita.

La seguí y la empujé suavemente hasta que quedó con la cara y las manos apoyadas en la pared. Le levanté un poco la pollera y corrí su bombacha mientras besaba su cuello.

- De verdad no tengo tiempo Nico… - dijo jadeando.

Con un empujón logré clavar mi verga en su vagina y ésta se dilató a medida que la penetraba. Comencé a clavársela y nuestras bocas se encontraron fundiéndose en un nuevo beso. Mientras me la cogía la fui llevando hacia la cama. Cuando llegamos ella se levantó la pollera y se puso en cuatro, de inmediato apunté hacia su culito, quien recibió mi verga dócilmente haciendo que mi madre soltara un grito. Apreté su cintura y empecé a taladrarle el culo. Su respiración se aceleró. Estuve dándole por atrás al menos tres minutos pero en cuanto ella miró otra vez el reloj se apartó de mí.

- Ay no, mirá la hora que es, voy a llegar re tarde. Me voy Nico – en ese momento me invadieron los celos.
- ¿Con quién te vas a coger que estás tan apurada? – le dije con bronca.

Su rostro pasó de la sorpresa a la indignación hasta llegar a la ira. Manoteó su bolso y salió del cuarto a paso ligero, en poco segundos la escuché saliendo por la puerta principal de la casa. De inmediato supe que esta vez el idiota había sido yo.


Fin del Capítulo 3
Continúa en el Capítulo 4.

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