"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 7 de enero de 2015

Me niego a ser Lesbiana (14).

Capítulo 14

Bajo la superficie.


El corazón me latía descontroladamente y mi cabeza daba vueltas interminables haciendo que emociones opuestas se atropellen entre sí, por un lado estaba aterrada por haber golpeado a una profesora, nunca en mi vida había recurrido a la violencia física, esa no era yo; pero por el otro lado estaba la enorme satisfacción de haberme hecho respetar, aún podía sentir en mis nudillos la cara de Jimena y recordaba vívidamente la forma en que cayó desplomada en su sillón, ese golpe no iba sólo para ella, también iba para mi madre, mi padre y todas aquellas personas que se habían empecinado en arruinarme la vida, era un golpe contra la opresión. Las manos me temblaban y no podía dejar de caminar, sabía que si me detenía en cualquier momento estallaría en llanto y posiblemente me diera una crisis de nervios.

Los laberínticos pasillos de la Universidad me llevaron hasta el área destinada al convento, era mi inconsciente quien me conducía. Al parecer Dios se acordó de mí luego del terrible momento que me tocó vivir, puso en mi camino a un grupo de monjitas de las cuáles yo sólo conocía a una. Anabella dejó de hablar con su compañera en el mismo instante en que me vio, mi aspecto debía ser desastroso, lo deducía por la expresión de su rostro.

-Buenas tardes Hermanas –saludé haciendo un increíble esfuerzo por sonar calmada y alegre; las monjitas me devolvieron cordialmente el saludo- ¿puedo robarles a la Hermana Anabella por unos minutos? Tengo que hablar con ella de un asunto importante –noté que la mayoría de las monjas eran viejas y si Dios estaba de mi parte, no habrían visto mi video erótico ni sabrían nada de mí, pero como todas titubeaban me vi obligada a mentir- tengo que darle los detalles para una misa sobre el primer aniversario de la muerte de mi abuelita –sabía que Anabella se encargaba de organizar buena parte de las misas por lo que hacía perfecta la excusa.
-Ah sí, ya recuerdo quién es usted –dijo Anabella corroborando mi teoría de que las monjas también mienten- pase por aquí y me cuenta todos los detalles, siento mucho lo de su abuelita.
-Muchas gracias –le dije simulando pena; la abuelita en la que había pensado para la excusa llevaba muerta más de diez años.

Caminamos directamente hasta sus aposentos sin cruzar palabra alguna por miedo a que alguien nos estuviera escuchando, yo mantuve mi postura lo más tranquila posible aunque tuviera ganas de gritar, todo estaba muy vivo en mi mente, no habían pasado ni quince minutos desde que le partí la boca de un golpe a Jimena Hernández.

-¿Qué pasó Lucrecia, por qué estás así? –me preguntó apenas nos encerramos en su cuarto.
-¿Así cómo? –fue una pregunta automática, sabía muy bien a lo que se refería.
-Te veo tensa y pálida ¿estuviste llorando? –Pasé el dorso de mi mano por mis mejillas y descubrí rastros de lágrimas- no me digas que te peleaste otra vez con Lara.
-No, esto no tiene nada que ver con esto… bueno sí tiene, pero no me peleé con ella, de hecho Lara ni siquiera sabe lo que pasó porque vine directamente a verte a vos, terminé de arruinar mi vida Anabella, ya no sé qué voy a hacer… todo me sale mal y sé que en cualquier momento voy a explotar.
-Vas a explotar si no te serenás un poco.

Me tomó de las manos, fue como si me hubieran inyectado un sedante, la miré directamente a sus hermosos ojos mientras mi respiración volvía a la normalidad, me lancé sobre ella y la abracé con fuerza. Lo necesitaba desesperadamente. Ella tuvo la gentileza de abrazarme con la misma intensidad.

-¿Ya estás mejor? –me preguntó en cuanto nos soltamos, luego de varios segundos.
-Sí, mucho mejor. Gracias por ser tan buena conmigo Anabella. Te quiero mucho –me acerqué y le di un beso que se estrelló con torpeza en su mejilla.
-Yo también te quiero mucho, Lucrecia. Sos mi mejor amiga –en lugar de alegrarme, esas palabras fueron como un puñal en mi pecho pero en ese momento tenía otras preocupaciones en mente.  
-Qué lindo eso que decís –le sonreí lo mejor que pude.
-Vení, sentate y contame qué paso, pero hablá despacio, no te atolondres.
-La paciencia no es una de mis virtudes –admití mientras tomaba asiento.

Le narré todo lo sucedido sin obviar detalles. Ella escuchó en silencio todo el tiempo, sabía cómo escuchar a la gente sin interrumpirla. Le hablé de Gladis Rodríguez y de cómo la mujer fue tan falsa conmigo al sonreírme todo el tiempo, me sentía una estúpida por haber confiado en ella. A pesar de que Anabella vivía en este mismo edificio no conocía a esa mujer y tuve que aclararle quién era, también hice lo mismo con Jimena Hernández, ésta al menos se había mostrado tal como era, una enferma mental con reacciones totalmente inmaduras, que ni siquiera yo, a mis veintiún años, las tenía.

-No sé qué hacer Anabella, me vida se cayó a pedazos –le dije con los ojos llenos de lágrimas- ¿cómo puede ser que todo esto me esté pasando a mí? Nunca le hice mal a nadie, sólo me preocupé por ser feliz junto a las personas que quiero.
-No es que quiera salir con el clásico “Te lo dije”, pero yo hace mucho te hablé y te dije que tus actos podrían tener graves consecuencias. Te metiste muy rápido en un mundo que no conocías, pero ojo, con esto no justifico lo que te pasó. Nada de esto debería haberte pasado, como vos lo dijiste, nunca le hiciste mal a nadie, más que a vos misma. Me sorprendió que tus padres obraran de esta forma y más me sorprende que haya gente dentro de la Universidad decida a hacerte la vida imposible. Me da mucha bronca que sean tan malas personas, perdón que lo diga así, pero me cuesta horrores entender cómo la gente puede ser tan mala y desconsiderada.
-Así es el mundo real Anabella, está lleno de gente de mier…
-Sí, ya entendí. Puede que sea cierto, pero tenés que buscar el lado positivo.
-¿Cuál sería ese? Porque yo no puedo verlo, me quedé sin casa, me quedé sin dinero y me quedé sin educación.
-Pero todavía tenés gente que te quiere mucho y que te va a ayudar en todo lo que se pueda. Lara y yo no te vamos a dejar sola –me acarició el dorso de la mano con la yema de sus dedos- además todavía sos joven Lucrecia, tenés toda una vida por delante. Nunca sabés qué puede pasar.
-Podrían empeorar las cosas.
-O podrías esforzarte para que mejoren y dejar de sentir lástima por vos misma, eso no te lleva a ningún lado. Sí es feo todo esto que te está pasando, sí vas a llorar y vas a sufrir, pero está en vos levantarte y seguir adelante.
-Como lo hiciste vos.
-¿Te estás burlando de mí?
-No, para nada. Lo digo honestamente. Vos pasaste momentos terribles en tu vida, pero saliste adelante, encontraste una vida que te da paz y tranquilidad.
-Eso es cierto, podrá ser una vida un tanto aburrida, pero también me alimenta el espíritu. Es cierto que me deprimí mucho, hasta… hasta estuve a punto de quitarme la vida, pero no lo hice porque sabía que eso no solucionaría nada y sólo mataría de la angustia a mi madre.
-No sabía eso –apreté su mano con fuerza- pero me imagino cuál fue el motivo.
-Sí, fue justo después de la muerte de mi padre… estuve tan cerca que se me pone la piel de gallina al pensarlo, pero en ese momento vi la cruz de madera que me hizo mi padre –sacó dicha cruz de su sotana, la tenía colgada del cuello- sentí una calidez enorme en mi cuerpo, como si mi padre o Dios me estuvieran enviando un mensaje. En ese momento supe que mi vida no podía terminar allí y decidí afrontar todos mis miedos. No sólo recurrí a la religión en busca de refugio, sino que también lo hice para poder ayudar a quien lo necesite.
-Es muy hermoso lo que me contás, Anabella, aunque últimamente yo estoy un poco enojada con Dios.
-Vos no estás enojada con Dios, estás enojada con la gente que hace mal uso de sus enseñanzas –abrí los ojos sorprendida.
-Tenés razón, eso es exactamente lo que están haciendo mis padres. Están abusando de las enseñanzas bíblicas, se llenan la boca hablando de eso pero no miden sus propias acciones, se fanatizan por pertenecer y agradarle a un sector de la comunidad ocultando o negando sus propios pecados. Se los perdonan mutuamente para no tener que contárselos a nadie y… echan a patadas de la casa a su hija porque ésta interfiere y pone en riesgo todo lo que ellos construyeron –allí fue cuando vi todo más claro- ¿cómo no me di cuenta antes? –Anabella me miró ladeando un poco su cabeza- de verdad tenían miedo de que Lara haga público lo que mi mamá hizo en esa fiesta… lo que hicieron no fue más que un último manotazo de ahogado.
-¿Qué fiesta?
-No te puedo contar ahora. Necesito hablar con Lara, ya sé lo que puedo hacer para solucionar mis problemas o para destrozar mi vida por completo. Lo que salga primero.
-No digas eso Lucrecia –me puse de pie y caminé hacia la puerta- Lucrecia vení, no seas tan impulsiva- abrí la puerta- ¡Lucrecia! –Escuché que se ponía de pie mientras yo salía de su cuarto- no voy a permitir que hagas otra locura- podía escuchar sus pasos detrás de mí.
-Es mi vida Anabella y tengo derecho a recuperarla o arruinarla por completo.
-Estás actuando sin pensar, como siempre hacés.
-¿Me vas a seguir hasta la casa de Lara?
-Sí, si es necesario.
-Anabella, no te lo tomes a mal –le dije sin dejar de caminar a paso ligero- pero a vos no te afecta en nada lo que yo haga.
-Sí que me afecta… y mucho. Sos la persona que más quiero, después de mi madre –me detuve en seco.
-¿Lo decís en serio?
-Sí, pero no pienses de más. Te quiero como amiga y sólo eso es lo que intento decir, ya sabés muy bien por qué te lo aclaro –sus ojos chispeaban- en estos últimos meses te metiste en mi vida y nunca me había sentido tan bien con otra persona, vos sos me alegrás siempre que estoy triste o aburrida, sos la que le pone un condimento extra a mi vida y si vos te caés lo mismo me va a pasar a mí.
- Gracias por todo lo que me decís, de verdad significa mucho para mí que alguien como vos me valore tanto. Te prometo que todo va a salir bien Anabella –le sonreí- voy a pensar muy bien las cosas antes de hacerlas, para eso la tengo a Lara.
-De todas formas me quiero asegurar que no cometés ninguna locura irracional.
-Todas las locuras son irracionales, Anabella.
-Sí, pero las tuyas lo son más. Voy con vos y no se hable más.
-Está bien… ¿me prestás tu teléfono para llamar a Lara?
-Esa fue buena, pero no voy a caer.
-¿A qué te referís?
-Sabés muy bien que mi teléfono quedó dentro de mi cuarto, en cuanto la monjita ingenua vaya a buscarlo, Lucrecia desaparece y tira su vida al tacho.
-Tengo que reconocer que siempre estás un paso delante de mí –sonreí divertida- me va a venir bien tener de aliada a alguien tan astuta como vos –me miró con el ceño fruncido- está bien, lo admito. Me iba a ir en cuanto te des vuelta, pero ya no. Además no sé dónde está Lara, sería bueno llamarla. Si querés buscamos juntas el teléfono.
-No quiero que te alejes de mí, ni por un segundo -¿sabrá ella cuántas veces fantaseé con que me diga esa frase? Aunque el contexto no era el que yo imaginaba, me puso feliz escucharla.

Llamé a Lara y me informó que en ese momento se encontraba en una reunión en la Asociación Israelita junto a sus padres y me pidió que por favor fuera a rescatarla ya que no se le había ocurrido ninguna excusa para que no la obliguen a ir. Su apuro por salir de allí era tal que me dijo que fuera en taxi, ella me prestaría dinero para pagarlo.

No le dije a Anabella a dónde iríamos ya que quería ver su expresión al llegar, pedimos el taxi y en menos de quince minutos nos detuvimos frente a un gran edificio que llevaba un cartel blanco con una estrella de David en azul. La reacción de la monjita no fue la esperada, supuse que se iba a incomodar pero se apeó del vehículo sin preocupación alguna y caminó junto a mí hacia la puerta de la asociación. Había un número considerable de gente de pie en el hall de entrada y fueron ellos los que reaccionaron de forma extraña al ver a mi acompañante. Al parecer nadie comprendía qué hacía una monja en una reunión judía.

-Buenas tardes señoritas ¿podemos ayudarlas en algo? –nos preguntó un hombre delgado y con gafas opacas.
-Estoy buscando a Lara Jabinsky –anuncié mientras el hombre escaneaba de arriba abajo a la preciosa muchacha enfundada en hábitos católicos, ella le sonreía con simpatía- no se preocupe, no vino a iniciar ninguna guerra santa –le dije mientras señalaba a Anabella con el pulgar- es solamente una amiga, me está acompañando.
-¿Eh? Ah sí, disculpe. No era mi intención ofenderla, Hermana –lo dijo educadamente, no noté sarcasmo en su tono de voz.
-No se preocupe, no me ofendí. Entiendo que puede resultar un tanto extraño verme por aquí. ¿Se encuentra la señorita Jabinsky? –si de algo sabía Anabella era de cortesía.
-Déjenme preguntar, ¿tiene algún parentesco con Lucio Jabinsky?
-Sí, es la hija. Busque a una chica de unos veintiún años, de cabello negro, de piel pálida y que tenga el aspecto de estar totalmente aburrida. Esa es la Lara que busco.
-Entiendo señorita. Los jóvenes siempre se aburren en estas reuniones, yo también me aburría a esa edad. Ya vuelvo con su amiga.
-Vaya tranquilo, le prometemos no convertir a nadie en su ausencia –el hombre sonrió, a pesar de su aspecto serio parecía tener buen humor.

Esperamos un par de minutos tolerando la mirada curiosa de todos los presentes, por suerte el hombre encontró a la Lara correcta y ésta salió a recibirnos con una amplia sonrisa.

-Me salvaron, pensé que me moriría del aburrimiento ahí dentro –nos dijo en voz baja- para colmo había un chico que no dejaba de insinuarme cosas. Un desubicado total, ni siquiera en una reunión religiosa deja de lado la testosterona.
-Estás muy linda Lara- le dije con sarcasmo; llevaba el pelo completamente recogido, una camisa celeste y una falda negra muy formal.
-Callate Lucrecia, yo no me burlo de la ropa que usás para misa.
-Sí te burlás. Decís que parezco la Cenicienta –tenía ganas de saludarla con un beso en la boca, pero por razones obvias no lo hice.
-Bueno, no se peleen por eso, sino ¿a mí qué me queda? Estoy todo el día vistiendo estos hábitos –intervino Anabella.
-¿No era que te gustaba llevarlos? –le pregunté.
-Sí, pero ahora me siento un poquito incómoda con todo el mundo mirándome, mejor vamos a otra parte… donde haya más cruces y menos estrellas.
-Sí, mejor vamos antes de que la novicia se nos ponga rebelde –les dije iniciando la marcha.

Mientras caminábamos le expliqué a Lara que al taxi lo había pagado yo misma, porque todavía tenía algo de dinero y si todo salía bien podría estabilizarme un poco. Llegamos a una plaza muy bonita que estaba poco concurrida, nos sentamos en un banco de cemento que no era muy cómodo pero era eso sentarnos en el suelo.

-¿Qué pensás hacer Lucre? –me preguntó mi novia.
-Me di cuenta, gracias a Anabella, que mis padres montaron todo ese numerito por miedo. Quisieron hacerme entender que no les importaba lo que había en ese video.
-¿Le contaste a Anabella sobre el video?
-No sé nada sobre ningún video… y creo que no quiero saberlo.
-Mejor que no sepas todos los detalles. Digamos que el contenido del video compromete enormemente a mi madre, si es que éste llegara a los ojos de los integrantes de mi familia.
-Y también de las amigas de tu madre… mejor dicho, de los maridos de estas.
-¿De verdad? Eso no lo sabía… aunque lo suponía –sonreí con malicia- eso pone las cosas aún más interesantes, por culpa de mi madre se podría hundir mucha gente.
-¿No pensarás perjudicar a toda esa gente sólo porque a vos te va mal, cierto? –la mirada inquisidora de Anabella me avergonzó.
-Es que… bueno… sí, tenés razón. Esa gente no me hizo nada a mí, pero mi madre no sabe qué tan lejos pretendo llegar, digamos que puedo hacerle creer que voy a distribuir copias del video por todas partes.
-Me gusta la idea del chantaje –acotó Lara- ¿pero qué le vas a pedir a cambio?
-Esperá –miré a Anabella.
-¿Qué pasa? –me preguntó.
-Estoy esperando tu reacción ante la palabra “chantaje” ¿No tenés ningún sermón para darme?
-Tengo muchos, pero sé que no servirían de nada, de todas formas lo vas a hacer. No soy vengativa pero sé que tu madre merece algún pequeño castigo por lo que te hizo.
-Y dice que no es vengativa... qué monjita más rara resultaste.
-Podré ser monja pero tampoco soy una santa. Me molesta mucho que tu madre utilice de esa forma la palabra de Dios. No debería ser utilizada para perjudicar a la gente… aunque estas personas piensen de forma indebida.
-No me vengas ahora con los sermones sobre el lesbianismo –me quejé- estamos hablando de chantaje. Vamos de a uno a la vez. ¿Estás de acuerdo con que hagamos eso?
-Claro que no, pero quiero escuchar cuál es tu idea.
-Mi idea es asustarla un poco, como en el póker o el truco, donde uno intenta hacerle creer al rival que tiene las mejores cartas, así no las tenga. No quiero publicar el video realmente, no soy tan mala persona y sé muy bien lo mucho que puede afectar eso en la vida de una persona, pero sí quiero que ella lo crea. Que piense que estoy dispuesta a joderle la vida totalmente.
-Bueno, si sólo es una mentira, está bien.
-Grabala Lucrecia –sugirió Lara- tenés a una monja admitiendo que está bien mentir, podés chantajear a todo el Vaticano con eso.
-No se pasen –dijo Anabella intentando contener su risa- no digo que esté bien mentir. Pero será posible, no puedo decir nada que todo lo toman por el lado indebido. Lo que yo quería decir es que si realmente no van a hacerle mal a nadie, entonces me parece bien. Si no funciona, no pasa nada… pero puede que si tu madre te cree, puedas recuperar tu vida.
-No voy a recuperar mi vida –agaché la cabeza- conozco a mi mamá, ella es como un perro rabioso, no piensa, sólo actúa por instinto.
-¿A quién me hará acordar? –se preguntó la monja.
-No me hace gracia. No soy como ella. A lo que voy es que se va a defender con uñas y dientes, a lo sumo voy a poder conseguir algo muy chico, como para dejarme callada, pero si le pido mucho, siendo tan orgullosa y avara, voy a salir perdiendo y no me va a dar nada.
-¿Qué pensás pedirle? –Preguntó Lara- con la beca podés solucionar el problema con la Universidad y…
-A la mierda la Universidad, no pienso seguir estudiando. Que se metan la beca en el centro del…
-¡Lucrecia! –Me retó la monja- entiendo que estés enojada pero cuidá tu vocabulario, aunque sea frente a mí.
-¿Qué pasó? ¿Me perdí de algo? –la morocha nos miraba a las dos sin comprender nada.
-Esa es otra historia. Después te cuento bien, por ahora creeme que no pienso volver a estudiar en esa Universidad, lo haré en una estatal… de ser necesario cambiaré de carrera, ya veré.
-Bueno… -Lara agachó la cabeza- pero después contame bien porque no entiendo ni medio.
-Sí, te prometo que te cuento todo, ahora necesito que me ayuden con el problema de mi mamá. Anabella, vos me podrías ayudar a contactar con ella, porque aunque la llamara por teléfono, ella ni siquiera me contestaría. Tengo que hablarle de frente.
-¿Por qué no vas a tu casa… a su casa y le hablás?
-Es que necesito agarrarla sola, sin que esté mi papá en el medio. Quiero que vos hables con ella primero, pero solamente si querés hacerlo Anabella, no quiero que te sientas forzada.
-Está bien, la verdad es que me gustaría intercambiar un par de palabras con tu madre.
-Entonces preparate porque este domingo lo vas a hacer.

*****

Tuve que esperar tres largos días hasta que por fin llegó el bendito domingo. Repasé mil veces lo que iba a decirle, Lara me ayudó a elaborar un poco mis palabras pero sabíamos muy bien que la tensión del momento me haría cambiarlas, por eso mismo ella estaría todo el tiempo junto a mí, para mantenerme centrada en el objetivo.

Nos reunimos con Anabella en la puerta de una amplia iglesia a la que mi madre solía concurrir. La monja todavía parecía un poco escéptica pero cuando comprendió que ella sólo tenía lograr que mi madre me hablara, se tranquilizó un poco, el resto del plan correría por mi cuenta y la de Lara. Me puse unos anteojos oscuros, propiedad de mi novia, y me até el pelo de una forma diferente, por lo general lo llevaba suelto así que la diferencia era considerable. Sólo pretendía pasar desapercibida durante un rato, hasta que llegara el momento oportuno.

Lara y yo nos sentamos en un cantero ubicado a la derecha de la puerta de entrada de la iglesia, elegimos este sitio porque las tupidas plantas nos cubrían un poco. Me puse tensa en cuanto vi a mi madre acercándose y mi novia me tomó de la mano. La vi regodeándose a cada paso, iba vestida con un conjunto blanco demasiado lujoso como para una simple misa, en esta iglesia valía más la ropa que uno se ponía que la pureza del espíritu. Mientras más dinero y lujos poseían uno, más aceptados eran. Creo que esto disgustó a Anabella porque la vi fruncir el ceño apenas vio a Adela, pero luego cambió totalmente su expresión por una simpática sonrisa.

-Buenos días señora –la saludó la monja apenas se cruzaron a mitad de camino hacia la puerta de entrada- usted debe ser Adela de Zimmermann.
-Sí, esa misma soy yo –contestó mi madre con una sonrisa, estaba segura de que le encantaba ser ella la que hablara con una monja, esto le daría de qué hablar y presumir ante sus amigas- ¿por qué lo pregunta?
-Es que me hablaron de usted, de todas las cosas que hizo por esta iglesia y de lo respetada que es en la comunidad católica.
-En la comunidad cristiana –corrigió- por más que haya pequeñas diferencias, todos somos hijos de Dios –al escucharla clavé las uñas en la mano de Lara, tenía ganas de levantarme y saltar sobre ella, odiaba que fuera tan hipócrita.
-Me presento, soy la Hermana Anabella –se estrecharon las manos-Tiene mucha razón, señora. Todos somos hijos y siervos de Dios.  Nosotros no tenemos el poder de juzgar a nadie, aunque esa persona piense diferente.
-Así es. Hay gente que se olvida de eso, la discriminación no resuelve nada –decía la muy hipócrita- hay que ayudar a aquellos que están perdidos en la senda de la vida.
-Coincido totalmente, hay gente que dice ese tipo de cosas de boca para afuera y luego hacen todo lo contrario –tenía ganas de besar a Anabella- usted en cambio demuestra con acciones que está siempre a servicio de Dios.
-Es que las acciones hablan más que las palabras.
-Es cierto, por eso no importa cuánto rece una persona o cuánto venga a la iglesia si luego va a perjudicar al prójimo con sus acciones, eso sería vivir de las apariencias. Crear una pantalla de luz ante los ojos de aquellos que no pueden ver más allá de sus propias narices para ocultar los pecados y las malas acciones. ¿No es cierto?
-Este… sí, supongo que sí –por primera vez en mucho tiempo vi flaquear a mi madre, la monjita había sumado un clavo a la cruz que mi madre debía cargar.
-Es así. Créame. Se sorprendería de cuánta gente hay que esconde tras las Santas Escrituras, eso lo detesto porque yo amo los Evangelios y me duele en el alma que se los emplee con malos fines.
-Eso es no tenerles respeto.
-¿Usted les tiene respeto señora? –nada de esto había sido planeado, las palabras de Anabella corrían por su cuenta y me alegraba de poder estar tan cerca como para escucharlas.
-Claro que sí, dediqué toda mi vida a amar y respetar a Dios.
-¿Solamente a Dios?
-¿A qué se refiere? –sus grandes ojos negros parecían a punto de saltar fuera de sus cuencas.
-A que Dios nos enseña a amar al prójimo. Amar a Dios es amar a todas las personas que nos rodean, especialmente si son nuestra familia. Debemos mantener la familia unida, para eso existe el lazo sagrado del matrimonio y es un lazo que se hace extensivo hacia los hijos frutos de esa unión. Uno no puede echarlos a patadas a la calle sólo porque piensen diferente –en ese momento supe que estaba perdidamente enamorada de Anabella, mi corazón latía descontroladamente. Adoraba a esa mujer.
-¿De qué me está hablando, señorita?
-Sor Anabella, para usted. Hay alguien que quiere hablarle.

Señaló con el pulgar el cantero en el que nos encontrábamos sentadas Lara y yo. Mi madre tardó en reaccionar, desde donde estaba no podía ver mi cara ya que estaba cubierta tras la vegetación, pero sí podía ver el rostro de la pequeña muchacha de cabello negro a la que tanto temía. Se puso pálida e intentó caminar en la dirección opuesta pero Anabella la tomó del brazo.

-Le sugiero que hable con su hija. Ésta es su oportunidad para demostrar que tiene corazón y que no es una simple arpía que vive de apariencias.
-¿Cómo se atreve a…?
-Me atrevo porque usted me da asco señora. Usted es una de esas personas que arruinan lo más hermoso que tiene la religión al usarla para su beneficio personal. Como persona le digo que me parece repulsivo lo que hace, pero como sierva de Dios debo decirle que debe encontrar esa luz que todos llevamos dentro y debe hacerle frente a toda esa oscuridad que la carcome. Hable con su hija que ella tiene algo muy importante para decirle.
-¿De qué se trata? –mi madre estaba aturdida, como si una bomba hubiera estallado en sus oídos.
-No lo sé –mintió Anabella- eso lo puede averiguar hablando con ella. Yo me retiro, que tenga buen día y que Dios la bendiga.

Tuve que esforzarme por no llorar mientras veía a Anabella entrando a la iglesia. Me puse de pie y miré a mi madre a través de las gafas, estuve a punto de quitármelas pero supe que éstas me ayudarían, así ella no podría detectar cuándo mis ojos titubeaban.

-Hola Adela –ya no la llamaba mamá- tengo que hablar con vos y te sugiero que vayamos a otro sitio.
-No voy a ninguna parte –ya había activado su instinto canino de defensa- ¿qué querés Lucrecia?
-Está bien, no vengas. Lara, mandale el video a Silvina –en cuanto mencioné el nombre de su amiga mi madre se puso tensa.
-¿Qué video? –preguntó.
-Sabés muy bien de qué video hablamos y también sabés que tengo el número de teléfono de tu amiga –era mentira, lo había quedado estancado dentro de mi celular- solamente te pido que vengas a hablar conmigo.
-Vas a terminar muy mal Lucrecia. ¿Dónde querés hablar?
-A media cuadra hay un bar –lo señalé con el índice- vamos para allá.

Necesitaba tenerla en un lugar neutral y lejos de cualquier interrupción, entramos las tres al bar y escogí la mesa más apartada de la entrada, en un rincón. Por suerte el único cliente del bar era un viejito que estaba en la otra punta leyendo un diario. Antes de sentarnos le pedí al mozo tres botellas pequeñas de gaseosa y una pizza bien grande, estaba muerta de hambre y le haría pagar a mi madre la cuenta.

-Te explico cómo es la cosa –le dije antes de que empezara a ladrar- al principio me creí todo ese versito de “la esposa perdonada” y del “no me importa el video”, pero si conozco a papá la mitad de lo que creo conocerlo, él no te perdonó nada, debe estar tan enojado con vos como lo estoy yo. Él actuó de esa forma sólo por interés, sabe que si el video sale a la luz vos perdés tu reputación en los negocios y él queda perjudicado donde más le duele… en el bolsillo, por eso habrá accedido a respaldarte. Me arriesgaría a suponer que él ya no se queda tanto tiempo en la casa, debe estar viviendo en otro lado… hasta debe estar pasándola bomba con alguna otra mujer –vi que sus ojos centelleaban de furia, estaba en lo cierto- ¿quién será? Podría ser Matilde, esa chica tan bonita que siempre lo ayudó con los negocios. Deberías verla Lara, esa chica tiene un culito precioso –mi novia sonrió, sabía que sólo lo decía para enfadar más a mi madre- además lo tiene bien firme, porque es joven.
-¿Viniste a hablarme de esto Lucrecia? Porque si sólo estás acá para regodearte de mí sufrimiento, entonces me voy.
-¿Tú sufrimiento? –Me enojé tanto que me saqué los anteojos para mirarla directamente a los ojos- ¿tú sufrimiento decís? ¿Qué hay del mío? ¿Acaso tu egocentrismo no te deja ver que tu hija mayor no tiene dónde vivir?
-Eso lo hubieras pensado antes de…
-¿Antes de qué? ¿De acostarme con mujeres? ¿Tanto te jode que lo haga? ¿Tan mal está? ¿Acaso tus errores no son mucho peores que los míos? Me tiraste a la calle como a un perro sarnoso ¡Soy tu hija carajo! –El mozo que venía con las bebidas dio media vuelta de forma disimulada y esperó a que la situación se calmara un poco- vos no sos nadie para juzgar los errores de los demás, hasta una monja puede ver que sos una mierda de persona. Nunca pensé que diría esto, pero me duele en el alma saber que sos mi madre. Esta actitud no te la voy a perdonar nunca. No importa si algún día te arrepentís y querés que vuelva, no lo voy a hacer. Te voy a sacar de mi vida por completo, como vos lo hiciste conmigo, pero antes voy a reclamar lo que es mío, por derecho o por decisión propia, pero mío al fin. Me importa una mierda si tu vida se destroza en mil pedazos o si le pasa lo mismo a la vida de tus amigas, todas ellas se van a acordar muy bien de vos cuando el famosos video esté circulando por todas partes ¿qué va a pensar nuestra familia cuando sepan lo puta y mentirosa que sos.
-¡No me digas así Lucrecia!
-Es la verdad. Mentiste a todo el mundo diciendo que yo te robé no sé qué cosa, eso te jugó en contra porque nadie te lo creyó, ahora todo el mundo debe estar diciendo “Adela echó a su hija de la casa porque es lesbiana” y a mí no me importa que la gente sepa eso, a la que le va a importar mucho es a vos –agradecí silenciosamente a Lara porque ella me sugirió que le dijera eso y había causado el impacto deseado- así que después vas a tener que lidiar con eso, te guste o no. También vas a tener que lidiar con la amante de papá y con Abigail.
-¿Qué pasa con ella? –estaba con la defensa baja, casi abatida.
-Te va a hacer la vida imposible. La conozco, sé que no te va a dejar pasar ni una. Estoy segura de que ya te habrá hecho algunas cuantas cosas para arruinarte el día. Así que miralo de esta forma, o terminas en banca rota con una crisis nerviosa y un montón de gente odiándote o sólo te quedás con la crisis nerviosa y me das lo que yo te pido. Después de eso no me ves más… no quiero verte más.
-Te guste o no, siempre voy a ser tu madre.
-No, para mí mi mamá se murió el día en que me cerró la puerta en la cara. Tiene que tener como mínimo tres habitaciones, sino no hay trato.
-¿De qué hablas?
-Del departamento que vas a poner a mi nombre. No me mires con esa cara, a vos no te cuesta nada desprenderte de una propiedad. Hacé de cuenta que te moriste y esa es tu herencia para mí, de ahí en adelante no hace falta que nos veamos más y nadie va a saber lo que hiciste en esa fiesta. Ni siquiera me imagino qué podrás haber hecho –este era el pie para la entrada de Lara.
-Hizo asquerosidades inmundas –dijo la pequeña- nunca pensé que tu mamá pudiera ser parte de algo como eso… entre tanta gente… con tantos hombres… y mujeres, porque también hubo mujeres.
-¡Bueno basta! No voy a permitir que me hagan esto.
-¿Qué pensás hacer al respecto? Esto ya no tiene arreglo Adela –le dije con voz calmada para aumentar su presión sanguínea- pero podes disminuir el impacto. Te doy una semana para que lo pienses, si el lunes de la siguiente semana no tengo una respuesta, todo el mundo va a ver lo que hacías en esa cochina fiesta, también te voy a poner una denuncia por haberme echado a la calle.
-Ya tenés veintiún años y sos mayor de edad…
-Sí, pero también soy estudiante y vos eras mi tutora. Eso cambia las cosas. Ah, en la denuncia también voy a incluir difamación, por acusarme de robar. Puede que también quiera comprobar si es cierto que papá está cometiendo adulterio, él también podría caer.
-Si hacés eso también le arruinarías la vida a tu hermana.
-No lo creo, ella es inteligente y también te odia. Saldría ganando. ¿Qué querés apostar? Hablamos en una semana. Ah, casi me olvidaba. También quiero todo lo que hay dentro de mi cuarto, porque esas son mis cosas. Mirale el lado positivo Adela, pude haber pedido mucho más, pero no soy ambiciosa. Ahora si querés podes irte, pero antes pagá la cuenta del bar, que queremos almorzar tranquilas.
-No te conviene tenerme de enemiga Lucrecia.
-No te olvides que no estoy sola. Te sugiero que vuelvas rápido a la iglesia, no vaya a ser que la gente comience a preguntarle a Sor Anabella de qué tema hablo con vos que te afectó tanto –en ese momento estuvo a punto de levantarse- Ah esperá, también necesito plata para pagar algún lugar decente dónde dormir, no quiero seguir abusando de la gentileza de los padres de Lara, ellos sí son buena gente, tal vez vos elegiste la religión equivocada.
-No digas eso Lucrecia –intervino Lara- ¿qué te hace pensar que nosotros querríamos a una mujer como tu madre en nuestra religión?
-Es cierto, ninguna religión la querría. Sólo lo decía porque tal vez así hubiera aprendido a ser mejor persona… pero bueno, tal vez la maldad es algo innato en ella.

Arrojó una considerable cantidad de billetes sobre la mesa y abandonó el bar hecha una furia, sé que tuvo que morderse la lengua para no decirnos algo pero ella sabía muy bien que si hablaba de más podría empeorar la situación. Lara me tomó de la mano y eso me tranquilizó mucho, incliné la cabeza hasta apoyarla sobre la suya y sonreí. Quería besarla porque estaba feliz, pero no quería darle semejante espectáculo al mozo.

*****

Horas más tarde nos reunimos con Anabella en la puerta de sus aposentos en el convento, nos recibió con una radiante sonrisa que me derritió hasta los huesos.

-¿Cómo les fue? –nos preguntó mientras nos invitaba a pasar; nos esperaba con el mate preparado.
-Creería que nos fue bien –tomé asiento- mi mamá casi se muere de un ataque cuando le dije que no me importaba lo que pasara con la familia, al fin y al cabo ya me habían excluido de la misma. Le di una semana para que lo piense.
-¿Por qué una semana? –preguntó la monjita mientras cebaba los primeros mates.
-Para que pueda contarle a mi papá. Él lo va a pensar bien, no es tan impulsivo como mi madre.
-O como su hija… -acotó Lara con una sonrisa.
-Es cierto, Abigail puede ser muy impulsiva a veces –eludí su comentario pero las dos se rieron de mí- por suerte también me dio algo de dinero, voy a poder rentar algún lugar pequeño donde pasar estos días.
-No te preocupes Lucrecia –intervino mi novia- sabés que podés seguir quedándote en mi casa y Samantha ya te dijo que no tiene problemas en que estés en la suya.

Desde el trío que tuvimos con la pelirroja sólo pasé una noche en casa de Sami, esa vez estuvimos solas y respeté el nuevo acuerdo que tenía con Lara, no hubo sexo. No me costó tanto contenerme ya que horas antes de ir a su casa tuve un rato libre con mi novia en el cual me dejó muy satisfecha, pero no podía decir si para Samantha fue tan simple, en un momento de la noche tuve la certeza de que se estaba masturbando a mi lado y sólo me contuve porque tenía mucho sueño, me sentía culpable por hacerle eso, a ella le estaba gustando mucho esto del sexo con mujeres y sabía perfectamente lo incómodo que podía ser dormir con una mujer y no poder tocarla, más si ya te habías acostado previamente con ella, por eso decidí no torturar más a la pobre.

-De verdad ya no quiero molestar Lara, me encanta pasar las noches con vos pero tus padres van a terminar sospechando que pasa algo raro –miré de reojo a Anabella, ella se ponía muy incómoda cuando hablábamos de estos temas- prefiero alquilar algo barato, es sólo una semana.
-Eso si tus padres acceden a darte el departamento –acotó la monja.
-Además tenés que tener en cuenta que no te lo van a dar ese mismo día, seguramente pase otra semana hasta que te puedas mudar.
-Tenés razón, no lo había pensado de esa forma, pero bueno, creo que podré pagar por algo económico durante dos semanas, mi mamá me dio más dinero del que yo creía.
-Lo hizo para humillarte, ella quería demostrarte que tiene tanto dinero que no le importa tirarlo a la basura.
-Sí lo sé muy bien, pero no me importa. Lo bueno es que ya lo tengo, nada viene con buenas intenciones cuando se trata de mi madre. Por cierto Anabella, me encantó todo lo que le dijiste, la verdad es que te pasaste –la bella monjita sonrió.
-La que tengo que agradecerte soy yo, de verdad me encanta “desenmascarar” falsos cristianos. No es la primera vez que lo hago. Quería decirle muchas otras cosas a tu madre pero me las callé porque soy una monja, de lo contrario se las hubiera dicho. Por cierto, creo saber dónde podés alquilar algo para pasar estos días.
-¿Dónde?
-Aquí mismo. En el convento hay habitaciones que se alquilan a bajo costo a los estudiantes, creo que todavía quedan algunas libres.
-¿De verdad? No sabía eso. Bueno, es que tampoco las necesité, pero ahora sí… el problema es que ya no soy estudiante de la Universidad.
-Sí lo sos –dijo Lara con firmeza- hasta que el mes no termine todavía sos estudiante, tenés la cuota de este mes paga.
-Pero en esta Universidad todos me odian…
-Es que la Universidad no puede opinar sobre el alquiler de las habitaciones –aseguró Anabella-  eso es algo que brinda la iglesia y creeme que son muy económicas. Tenés que hablar con la Madre Superiora, ella te va a ayudar, a vos te adora.
-Me adora porque piensa que me llevo bien con mis padres.
-Pero eso no tiene por qué saberlo –dijo mi novia- me parece una idea estupenda, podrías quedarte acá y tendrías una amiga con la que pasar el rato.

Las dos tenían razón, ésta era mi mejor opción. No sólo tendría dónde dormir sino que podría pasar más tiempo con Anabella, la idea me pareció estupenda, en ese mismo momento Anabella decidió acompañarme para hablar con Sor Francisca, la Madre Superiora. Era imposible que la viejita hubiese visto mi cara es ese video pornográfico que todavía daba vueltas por toda la Universidad, no sólo porque ella no tenía un celular de última generación sino también porque nadie en su sano juicio se atrevería a mostrarle semejante cosa a tan dulce viejecita. Me sorprendió lo baratas que eran las habitaciones, parecía ser lo único económico en todo el establecimiento Universitario donde uno llegaba a pensar que también te cobraban por el aire que respirabas. Le aseguré a Sor Francisca que necesitaba una habitación cuanto antes, de ser posible para ese mismo día. Ella me preguntó si había algún problema y me inventé una excusa un tanto mala pero efectiva, le dije que iban a remodelar mi casa y que toda mi familia se iría a vivir a un hotel durante un tiempo pero yo no quería que esto me atrasara con los estudios, por lo que prefería quedarme lo más cerca posible de la Universidad. Me dio pena que la monjita comprara inocentemente mis mentiras pero tampoco podía contarle la verdad, Anabella ni siquiera se enfadó conmigo, decía que Sor Francisca ya estaba dando sus últimos pasos por el reino terrenal del Señor y que era mejor no arruinarle el poco tiempo que le quedaba. Tenía mis dudas sobre eso, no sé qué edad tenía la Madre Superiora pero ella debía haber pasado los ochenta  años y seguía viéndose fuerte y vigorosa. En mi opinión esta mujer viviría hasta los ciento veinte años o más.

Gracias a Dios pudimos realizar todos los arreglos en el transcurso de esa misma tarde, pagué al contado la primera semana de alquiler y luego fui a buscar mis pertenencias a la casa de mi novia, ella se quejó un poco porque debía guardar durante dos largas semanas la caja llena de juguetes eróticos debajo de su cama pero no podía arriesgarme a llevarla al convento, ahí sí que me crucificarían. Ella terminó cediendo cuando comprendió mis argumentos y nos despedimos con un rico beso en su cuarto.

-Ojito con lo que hacés con la monjita –me advirtió señalándome acusadoramente con el índice.
-Es una monja Lara, por más que quisiera hacer algo, no podría.
-Sí, lo sé. Pero de todas formas acordate de nuestro nuevo contrato nupcial.
-No sabía que estuviéramos casadas –sonreí.
-Es como si lo estuviéramos, así que portate bien.
-No te prometo nada –le dije eso sólo para molestarla un poco- nos vemos Lara… si en las noches me extrañás mucho podés ponerte a jugar con uno de los dildos de la caja, son muy buenos.
-Creeme que lo voy a hacer, estoy esperando a que te vayas para meterme todo esos juguetes por todos los agujeritos… y vos te lo vas a perder.

Le di otro beso, a veces no podía ganarle con argumentos, ella siempre encontraba algo para salir victoriosa, me fui imaginando si realmente haría esas cosas con los juguetes sexuales, ya me la podía imaginar de rodillas en la cama con la cara hundida contra la almohada para opacar sus gemidos, un vibrador metido hasta el fondo de su húmeda vagina y otro dildo entrando y saliendo rápidamente de su colita, por suerte el taxista no podía leer mi mente ni ver lo mojada que se estaba poniendo mi entrepierna mientras me llevaba hasta la Universidad.

*****

No podía negar que al recorrer esos conocidos pasillos me sentía un tanto incómoda por saber que ésta sería mi nueva casa durante unos días, también persistía un problema, seguía perdiéndome. Si bien podía entrar y salir de los aposentos de Anabella sin problemas, encontrar el que sería mi propio cuarto fue todo un desafío, estuve varios minutos vagando entre columnas y puertas que se repetían una y otra vez, cuando llegué a una marcada con el número catorce la abrí con desconfianza empleando la llave que la Madre Superiora me había entregado. Mi habitación era la última de un largo pasillo y no tenía idea de quiénes podían estar ocupando las otras ya que todo parecía estar desierto.

Mi nueva habitación no era más grande que el baño que estaba dentro de mi dormitorio anterior pero me las arreglaría. De no ser por la luz eléctrica hubiera pensado que había viajado en el tiempo hasta la época del renacimiento, algo similar a lo que me ocurría al entrar al cuarto de Anabella, aquí todo era menos espacioso, la monjita contaba con varios metros cuadrados completamente vacíos, a mí era justamente lo que me faltaba, espacios vacíos. Todo estaba en su sitio exacto y me di cuenta que sentarme frente al pequeño escritorio no sería muy cómodo para una persona con piernas tan largas como las mías ya que el espacio entre la silla y la cama era muy estrecho. El cuarto contaba con un pequeño ropero de roída madera marrón café que estaba decorada con aleatorios manchones producidos por la humedad, al parecer habían decidido decorar las paredes y el techo al mismo estilo. De todas formas seguía siendo mejor que dormir en casa ajena, no me agradaba molestar a la gente, aunque se tratara de la familia de mi novia.

Mi querida amiga Anabella parecía muy entusiasmada por tenerme viviendo tan cerca de sus aposentos. Me visitaba a diario y se quedaba largas horas conversando conmigo, como siempre las charlas eran muy interesantes, aprendí mucho sobre sus diferentes puntos de vista sobre la gente en general y casos particulares de la sociedad, no hubo necesidad de que me explicara qué sentía respecto a los gay y lesbianas ya que me hacía una clara idea de eso. Vi a Lara sólo en dos ocasiones en la cafetería de la Universidad y me puso al tanto sobre los chismes que tan poco me importaban, lo único que me interesó fue cuando me contó que Tatiana había conseguido el empleo que habíamos solicitado juntas, me alegré mucho por ella y le pedí a Lara que me preste el teléfono para llamarla. Luego de felicitarla regresé a mi cuarto en penumbras pero en lugar de entristecerme me sentía feliz porque sabía que pronto tendría un sitio propio donde vivir y que a pesar de que mi vida se había ido al caño, podría encontrar alguna nueva en algún lugar. El suave golpeteo a la puerta me informó que Anabella me estaba buscando, ella tenía una forma particular de llamar y ya había aprendido a distinguirla de las otras monjas que a veces me visitaban para preguntarme si necesitaba algo. Más de una vez quise decir que lo que necesitaba era un baño propio ya que no me agradaba para nada tener que compartir el que estaba destinado para los estudiantes que rentaban cuartos pero ese problema lo solucionó mi amiga la monjita al prestarme su propio baño cada vez que lo necesité, debo admitir que me sentía un tanto incómoda bañándome completamente desnuda… bueno, ¿de qué otra forma me iba a bañar? Pero el hacerlo tan cerca de ella, saber que estaba a pocos metros, que bastaba con abrir la puerta para enseñarle toda mi desnudez me hacía sentir una pervertida sexual, pero por suerte logré contener mis instintos.

Abrí la puerta de mi cuarto y Anabella, enfundada en sus hábitos, me sonrió alegremente.

-Hoy te tengo una sorpresa –me dijo entusiasmada como pocas veces la había visto.
-¿Vas a hacerme un baile erótico? –fue un chiste arriesgado.
-No, no traje el portaligas, lo dejamos para otro día –no lo podía creer, se lo había tomado con gracia, esto significaba que tanto tiempo juntas había desgastado un poco esa gruesa capa de hielo que separaba a Anabella del mundo real.
-Entonces ¿Cuál es la sorpresa?
-Te voy a mostrar algo que nunca le mostré a nadie.
-No me hagas contestar a eso Anabella porque vamos a terminar las dos en la…
-¿Vos siempre lo relacionás todo con el sexo?
-No, pero te acabo de hacer un chiste sobre ese tema y me salís con esa frase… no creo que seas tan ingenua como aparentás –la miré entrecerrando mis ojos- lo dijiste a propósito.
-Eso nunca lo vas a saber. Bueno, ¿vas a venir o no?
-¿No me lo podés mostrar acá en el cuarto? Digo, es más íntimo, podemos sentarnos las dos en la cama y…
-No te pases Lucrecia.
-Está bien… está bien, al parecer el sentido del humor de las monjas tiene un límite.
-Y vos siempre te las ingeniás para rebasarlo. Seguime.

Caminamos juntas por los pasillos del convento y a medida que avanzábamos más me sentía en una máquina del tiempo ya que las paredes de cemento gastado comenzaron a tornarse cada vez más oscuras y manchadas por la humedad, luego de varios metros pasaron a ser de piedra maciza y pesada. Llegamos a una puerta que daba directamente a una escalera, bajamos varios escalones y nos encontramos en otro pasillo mucho más oscuro, sin ventanas y con el techo más bajo. Estaba levemente iluminado por focos que emitían una luz amarillenta y fantasmal.

-¿Dónde estamos? –pregunté mirando las puertas de madera gastada.
-Estamos entrando al subsuelo del convento.
-No sabía que tenía uno.
-Te sorprenderías de la cantidad de cosas que no sabés de los edificios antiguos. Las ciudades pueden ser mucho más interesantes bajo la superficie.
-De eso no hay duda, pero ¿qué hay de especial aquí abajo?
-¿Te asustan los fantasmas?
-No me vengas con esas cosas ahora Anabella, yo soy de las que miran una película de terror y no duermen en una semana.
-Te imaginaba más valiente.
-Pues no lo soy –comencé a mirar para todos lados, hasta la propia monjita me ponía nerviosa portando esos negros hábitos que cubrían sus pies, parecía que estuviera flotando a mi lado.
-Entonces no te va a gustar lo que te voy a mostrar –abrió una pesada puerta que rechinó tan estrepitosamente que pensé que Drácula saldría a recibirnos.
-¿Qué es esto?
-Estas son los viejos dormitorios de las monjas –me dijo cuando entramos a una pequeña habitación que parecía estar completamente vacía y en penumbras, sólo se veía una estantería con libros viejos y enmohecidos- sé que te gusta leer, por eso te traje. A veces saco libros de los estantes que están acá abajo –me acerqué a la biblioteca y comencé a acariciar el lomo de esos antiguos volúmenes.
-¿Por qué los dejan acá? Se van a arruinar con la humedad.
-Son ideas de la Madre Superiora, ella cree que las almas de las dueñas anteriores los están cuidando y que si los trasladamos las haríamos enfadar.
-No me la imaginaba creyendo esas cosas. ¿Vos pensás que es así?
-No, yo pienso que Dios tiene un lugar reservado para nuestra alma, no nos quedamos vagando por aquí. No creo en fantasmas.
-¿Puedo llevarme un libro? –pregunté fascinada.
-Después, primero te muestro las otras habitaciones, hace tiempo que no las reviso. ¿Quién sabe qué podríamos encontrar?
-¿Tal vez alguna rata muerta?
-O alguna viva… eso sería más interesante.

Recorrimos los otros cuartos, todos eran similares  pero algunos tenían viejos muebles en buen estado, teniendo en cuenta lo antiguo que eran y el sitio en el que estaba, Anabella me aseguró que ella misma se encargaba de limpiarlos a veces, cada día me sorprendía más por lo aburrida que era la vida de esta mujer pero debía reconocer que había cierto misticismo en todo este lugar.

-Qué raro… -dijo cuando entramos a una habitación que estaba mejor iluminada y en mejor estado que las demás.
-¿Qué pasa?
-La cama…  está tendida.
-¿Y eso qué tiene de raro?
-Que aquí ya no duerme nadie desde hace años, a todas las monjas les aterra un poco pasar una noche solas en un dormitorio de éstos.
-Tal vez se quedaron sin lugar y enviaron a alguien aquí.

Miré hacia el lado izquierdo de la habitación, un amplio ropero cubría toda la pared, éste era el mueble mejor conservado que había visto hasta el momento, tenía un diseño bastante pasado de moda, las puertas parecían macizas a no ser por unas rendijas verticales que permitían que el aire entrara, seguramente los insectos entrarían por el mismo sitio y esto explicaba por qué ese diseño había dejado de utilizarse y evidenciaba lo viejo que debía ser ese mueble. Me acerqué y abrí la gran puerta del centro.

-Está vacío –por un momento imaginé que lo encontraría lleno de telas de arañas y cucarachas pero parecía que lo habían limpiado recientemente.
-Esto es muy raro, tendré que preguntarle a la… -enmudeció y abrió grande los ojos- ¿eschuchás? –me susurró.
-No me asustes Anabella –mantuve la voz baja sólo por miedo- yo no escucho…  -pude oír lo que parecían ser pasos y una voz suave, posiblemente de una mujer- mi Dios, ¿quién es esa?
-No sé –Anabella se asomó apenas por la puerta- son dos Hermanas –me dijo mirándome a los ojos como si hubiera visto el fantasma de Judas.
-¿Y qué problema hay?
-Es que… ¿no te dije que iba a tomar riesgos en mi vida?
-Hablá claro Anabella –me estaba impacientando.
-No se puede bajar acá sin permiso.
-¿Por qué, qué problema hay?
-La Madre Superiora… lo de las almas que descansan acá… todo eso… vienen para acá.
-¿Las almas?
-Las monjas Lucrecia. Si me ven acá le van a contar a Sor Francisca.
-¿Por qué harían eso? Te pueden cubrir al menos una vez.
-No lo van a hacer –me miró angustiada- digamos que no soy muy querida en el convento.
-¿Eso por qué?
-No hay tiempo, ahí vienen…

Pensé rápido, mejor dicho, no pensé. A veces mis impulsos podían ser útiles, apagué la luz de la habitación, tomé a mi amiga del brazo y tiré de él hasta que quedamos las dos de pie junto al amplio ropero luego la empujé hacia adentro, ella forcejeó un poco porque se negaba a entrar pero cuando las voces de las Hermanas se acercaron no tuvo más remedio. Entré detrás de ella y cerré la puerta de madera, tuvimos que intentarlo entre las dos ya que no había forma de sujetarla desde adentro pero luego recordé las rendijas en la parte superior, las puntas de mis dedos pasaron entre ellas y esto me permitió asirme mejor para poder cerrar. Pocos segundos después pude ver, a través de estas canaletas, que una de las hermanas entró en la habitación y volvió a encender la luz.

-Es Sor Ana –susurró Anabella a tan bajo volumen que de no haberla tenido tan cerca de mí, no la hubiera escuchado.

La monja escudriñó la habitación pero prestaba más atención a la cama, prolijamente tendida, que al ropero en el que nos escondíamos. Apenas podía ver a mi amiga junto a mí pero podía notar lo tensa que estaba, sólo le faltaba temblar. A mí todo este juego del gato y el ratón me divertía, no tenía miedo de lo que pudieran hacerme un par de dulces monjitas. La segunda en entrar parecía ser algo más joven que la primera. Calculé que Sor Ana debía tener unos cuarenta años y su acompañante unos treinta y cinco.

-Esa es Sor Melina –nuevamente susurró como si se tratara del sonido del viento- ¿qué hacen acá?

Pero la respuesta a esta pregunta llegó a nosotras casi al instante. Sor Ana se giró para mirar a su compañera y la tomó de las manos, ambas sonreían en complicidad, de pronto la mayor avanzó y pegó sus labios a los de Sor Melina. Me quedé boquiabierta, al parecer habíamos encontrado el nidito de amor de dos monjas bastante cariñosas, me causó cierta gracia imaginar lo que estaría pasando por la cabeza de Anabella en este instante, seguramente estaría más asombrada que yo, a mí ya no me parecía raro ver mujeres besándose pero tengo que admitir que ver a dos monjas haciéndolo en su hábitat natural era muy diferente.

Mi curiosidad de Pandora deseaba ver más y las Hermanas parecían decididas a mostrármelo. Fueron acercándose juntas a la cama lentamente hasta que Melina se sentó en ella, su amante se colocó a su lado y comenzó a acariciarle las piernas por encima de la negra tela de los hábitos. Noté que Anabella se movía incómoda a mi izquierda pero también se esforzaba por mirar entre las rendijas de la puerta.

-Te noto nerviosa –el corazón se me subió a la garganta cuando escuché claramente esas palabras pero luego supe que era Sor Ana hablando con su amante.
-Sigo pensando que esto no está bien.
-Lo está si es que hay amor entre nosotras, el amor es un sentimiento tan puro que ni siquiera Dios puede oponerse a él, creéme Melina, yo te amo con todo mi corazón.
-Yo también te amo Ana.

Volvieron a besarse, la escena me empalagaba tanto que me daban ganas de vomitar pero luego imaginé que así nos veríamos Lara y yo en nuestros momentos románticos. La escena fue dejando las cursilerías de lado para ir tornándose más caliente lentamente cuando Ana se paró a un lado de la cama y comenzó a levantar los hábitos de Melina mostrando un par de bonitas piernas enfundadas en medias de nylon blanco común y corriente. Al parecer la mujer no contaba con más ropa interior que esta porque vi aparecer su pubis desnudo transparentándose bajo la tela. Sor Ana miraba hacia abajo mientras besaba ocasionalmente la boca de esa mujer que la observaba maravillada. La mano de Anabella rozó contra la mía y de pronto fui consciente de lo pegadas que estábamos, ella estaba obligada a observar todo sin decir una palabra a arriesgarse a interrumpir a las monjas, sabía que no lo haría, tal vez por cobardía o por curiosidad. El pubis de Melina estaba coronado por un triangulito de pelos negros, cuando vi que su amante los acariciaba ya me podía imaginar lo que seguiría después, rogaba a Dios que permitiera continuar a estas dos mujeres apasionadas, me encontraba en una situación inmejorable y me moría de ganas por ver lo que ocurriría.

Sor Melina separó las piernas y Sor Ana se agachó frente a ella, tiró la tela de nylon hacia abajo mostrando cada vez más la entrepierna de su amada, en ese momento me percaté de que la mayor de las monjas no sólo tenía los labios pintados de rojo sino que sus uñas también lo estaban, al principio no me había resultado extraño pero nunca había visto a Anabella luciendo maquillaje, supuse que Sor Ana quería verse bien para la ocasión y eso me provocó mucha ternura. En ese momento una de las manos con uñas rojas se sumergió entre la tela de las medias de nylon y comenzó a acariciar la entrepierna de Melina, no puedo negar que ver eso tuvo una fuerte reacción en mi cuerpo, no sólo me aceleró el pulso sino que también me produjo mucho morbo, al parecer la agasajada encontró agradables las caricias ya que cerró sus ojos y mantuvo su boca abierta para poder jadear, por su reacción supe que ésta debía ser la primera vez que alguien lo tocaba de esa forma o que al menos no la habían tocado durante mucho tiempo. Una vez más la mano de Anabella rozó la mía y tuve la impresión de que la estaba buscando, giré los dedos hacia ella y sentí cómo los suyos acariciaban levemente la palma de mi mano, volví a sobresaltarme ¿con qué intenciones hacía eso? ¿Quería tomarme de la mano como amigas o…? ya no sabía qué pensar.

Toda esta situación me estaba poniendo como loca, sabía que no debíamos estar ahí, invadiendo la privacidad de estas mujeres pero no teníamos otra alternativa, ya estábamos escondidas y no sería buena idea salir a saludar ya que provocaríamos un gran problema, si es que antes no matábamos del susto a alguna de las monjas, pero en realidad yo agradecía tener la oportunidad de espiarlas y que Anabella estuviera a mi lado. A través de las rendijas pude ver claramente como Sor Ana acariciaba la vulva de su amante mientras ésta suspiraba de placer.

-¿Te tocaste pensando en mí? –preguntó Ana, me sorprendió mucho que lo hiciera pero me alegró que mi monjita amiga lo escuchara.
-Sí, muchas veces –aseguró Melina- pienso todo el tiempo en vos.

Hice un leve pero arriesgado movimiento, acerqué mi mano izquierda hacia Anabella y ésta se posó suavemente sobre una de sus nalgas, la gruesa tela de sus hábitos sumados a la ropa interior me no me permitían sentir tan bien la curva de su cola, tampoco quería presionar demasiado para no incomodarla pero mi corazón palpitaba cada vez más rápido al saber que ella no me apartaba. Las medias de nylon de la monjita tendida en la cama fueron bajando hasta sobrepasar sus rodillas, ella mantuvo las piernas separadas y tuve una buena vista de los dedos de Ana jugando con los pliegues de esa vagina, tuve la loca idea de que esa podría ser yo haciendo lo mismo con Anabella y fue allí que noté que mi entrepierna se estaba humedeciendo, me acaricié instintivamente pero de todas formas cuidaba el ritmo de mi respiración, no quería que nos oyeran, aunque tal vez creerían que éramos ratas. Dos ratas a las que les gustaba espiar monjas lesbianas.

Por la forma en que Sor Ana introdujo los dedos por el hueco de esa rajita deduje que Sor Melina no era virgen, al menos no de forma física, mi calentura me llevó a explorar más y comencé a deslizar  la palma de mi mano por la nalga de la monjita que estaba a mi lado, ella dio un respingo como si recién se percatara de que la estaba tocando y se apresuró a apartar mi mano dándome un leve golpecito en ella, en lugar de molestarme su negativa me divirtió, la pobre estaba encerrada conmigo en un espacio tan reducido sin la oportunidad de salir o hacer ruido, no podía dejar pasar esta oportunidad, quería divertirme un poco con ella.

Ana masturbaba enérgicamente a la otra monjita, el viscoso ruido que producían los dedos al entrar llegaba hasta nuestros oídos, esperaba que Anabella estuviera disfrutando de la escena tanto como yo aunque no se animara a expresarlo. Volví a hacer un intento por acariciarla pero esta vez fui más sutil, apoyé mi mano izquierda en la mitad de su espalda y la acaricié lentamente, ella no se quejó o tal vez estaba absorta mirando cómo Ana se lamía los dedos llenos de fluido vaginal y volvía a introducirlos en esa rosada cuevita. Aproveché para bajar mi mano lentamente hasta que llegué al quiebre de su cadera, justo donde comenzaba la cola y me detuve. Melina levantó más sus hábitos y separó las piernas produciendo una imagen de morboso contraste. La parte superior era una monja común y corriente, con su velo aún puesto y de la cintura para abajo era una lujuriosa mujer con la vagina abierta y completamente mojada. La mano derecha de la monjita a mi lado se posó frágilmente sobre mi muslo, supuse que esto había ocurrido por casualidad y no le importancia, sin embargo me concentré en deslizar mi mano marcando el relieve de sus curvas, apenas toqué una de sus nalgas ella se movió incómoda, por lo que tuve que volver a subir para que no me apartara, mi corazón latía con tanta fuerza que por un momento llegué a creer que las monjas en la cama lo escucharían pero obviamente esto no podía ocurrir.

Sor Ana se detuvo y rodeó la cama para subirse a ella desde el lado de los pies, me tensé porque imaginé lo que vendría, Melina la espero con las piernas tan separadas como pudo, se veía increíblemente apetitosa y su amante se lo hizo saber.

-Sos hermosa Melina, te juro que vas a recordar este momento toda tu vida –dijo mientras gateaba hasta posicionarse justo en el centro de esas piernas.

La primer lamida fue contra uno de los muslos pero rápidamente comenzó a acercarse hacia el punto principal, cuando la lengua surcó la vagina sentí que Anabella presionaba levemente mi pierna, lo entendí como una reacción por la sorpresa o por la impotencia que le producía la situación, tal vez quería detener a esas monjas y acusarlas con la Madre Superiora, sea el motivo que fuera aproveché la ocasión para deslizar una vez más mi mano hasta que quedó en el centro de una de sus redondas y macizas nalgas. Me quedé tan quieta como una estatua, casi no respiré, temí hacerla enfadar pero ella no me apartó, aparentemente la escena lésbica la tenía atrapada. Mi cabeza iba entre lo que hacían las monjas y lo que pensaba hacer con Anabella, las manos me sudaban y mi entrepierna se humedeció tanto que ya podía sentir lo mojada que estaba mi ropa interior.

Mientras Ana lamía con ganas la vagina de su amada y hacía tintinear el clítoris con la punta de la lengua fui acercando mi cara a la de mi amiga. Como teníamos prácticamente la misma altura y estábamos tan cerca una de la otra que bastó con girar la cabeza hacia un lado. Perdí de vista a las amantes por unos segundos y como no podía ver nada dentro del ropero, cerré los ojos. Mi mano en la cola de Anabella comenzó a formar pequeños círculos y mi boca buscaba desesperadamente algún punto de apoyo. Lo encontró en la mejilla de la monjita, ella no se movió que noté que sus músculos se tensaban. Los gemidos de Melina generaban un clima de sensualidad y placer, sentí que la mano en mi muslo presionaba con más fuerza pero luego noté duda, como si ella quisiera apartarse, para evitar esto presioné su mano con la mía dejándolas a ambas contra mi pierna. Continué acariciando su nalga y fui deslizando mi boca hacia la suya, como pidiéndole permiso, imaginé que se apartaría pero ella permaneció estática, cuando estuve cerca de rosar lo que creo que era la comisura de sus labios, ella giró la cabeza pero lo hizo hacia mi lado.

Quedamos enfrentadas, nuestras narices se tocaban. Podía sentir su aliento contra mi rostro, la tenía tan cerca… pero no pude pensar en ella, en ese momento llegó a mí la súbita imagen de Lara ¿qué pensaría ella? Ahora nuestro acuerdo de noviazgo era muy diferente pero la calidez de la piel de Anabella me atraía como si se tratara de un potente imán, presioné su nalga con los dedos sobre capas de tela negra y me preguntaba cómo le explicaría todo esto a mi novia ¿qué excusa le daría? Los labios de la monja se posaron a pocos milímetros de mi boca, tenía el corazón en la garganta y justo cuando había tomado la decisión de apartarme escuché un fuerte gemido de placer proveniente de la boca de Melina. Fue como activar un interruptor que apagó nuestros cerebros y dejó sólo el instinto lésbico encendido. Ladeé mi cabeza hacia la derecha y estrellé mis labios contra los de Anabella.

Noté incertidumbre en ella pero no me eché para atrás sino todo lo contrario. Puse su labio inferior entre los míos y la besé con pasión, la mano que ella tenía contra mi muslo se acercó tímidamente a mi entrepierna, nuestras bocas se entrecruzaron y ahora era ella quien parecía tomar las riendas, aproveché para deslizar mis dedos entre sus nalgas, deleitándome la perfecta curva que se formaba bajo los hábitos. Un nuevo gemido proveniente de las monjas en la cama y yo podía imaginar cómo Sor Ana estaba succionando la vagina de su amada incansablemente pero lo que más me emocionaba en este momento era poder besar a Anabella. Intenté introducir la lengua en su boca y ella lo permitió, casi al instante sentí el contacto húmedo que me enamoró, como si esto no fuera suficiente sus dedos habían encontrado el punto justo en el que mi hinchado clítoris reposaba. No me pude contener, dejé de ser sutil y excavé entre sus nalgas hasta que sentí una suave vulva bajo mis dedos ¡Cómo me hubiera gustado que no llevara esos molestos hábitos! Aunque debía reconocer que sumaban morbo a la situación, estaba en un sitio apretado y oscuro besando y tocando a una monja. Presioné la mano que estaba entre mis piernas para sentir mejor el contacto con esos delicados dedos, me dio la impresión de que uno de ellos acarició el canal que se formaba en el centro de mi vagina, estimulada y excitada busqué ese mismo canal debajo de la cola de Anabela, la gruesa tela me impedía sentirlo pero sabía que estaba tocándolo y eso me inundaba de gozo.

-¿Ahora querés probar vos? –la voz de Sor Ana nos sobresaltó tanto que nos vimos obligadas a separar nuestras bocas y observar lo que ocurría.
-Sí, no sé si lo haré bien pero quiero intentarlo –dijo Sor Melina mientras se reincorporaba.

Continué masajeando las partes íntimas de Anabella mientras veía cómo Melina cedía su lugar a su amante y cómo ésta se levantaba la sotana hasta mostrar una bonita bombacha de encaje, era obvio que todo esto lo había planeado con antelación. Se quitó la prenda mostrando su jugosa almejita, Melina ya no llevaba puesto el velo y lucía un cabello rojizo, similar al de Anabella, pero más corto. En cuestión de pocos segundos se lanzó de boca contra esa vagina que ansiaba por ella, apenas vi que la lamía con gusto volví mi cara hacia Anabella. Intenté volver a besarla pero esta vez ella me rechazó haciendo la boca a un lado pero no dejé que esto me apenara, continué acariciándola todo lo que podía y comencé a dar tiernos besos en su cuello, pude escuchar cómo su respiración de aceleraba al mismo tiempo que mis dedos hacían lo propio entre sus nalgas.

Perseveré e insistí, trepé con mi boca por su cuello hasta llegar al lóbulo de su oreja, lo lamí con la punta de la lengua obligándola a retener un suspiro, sus dedos se apretaron contra mi sexo, la tela de mi ropa interior raspaba mi clítoris pero estaba tan húmeda que no me producía molestia alguna sino puro placer.

-Besame –susurré a su oído con una voz tan queda que ni siquiera yo pude oírla.

Supe que me había escuchado cuando bajó su cabeza y unió sus labios a los míos, volvimos a fundirnos en uno de los besos más dulces que recibí en mi vida, no podía creer que después de tanto fantasear con este momento realmente se estuviera cumpliendo, quería demostrarle todo mi aprecio por lo que detuve mis toqueteos sexuales y la sujeté por la cintura obligándola a girar hacia mí, luego la tomé por la nuca apretando su velo entre mis dedos y entrelacé mi lengua con la suya. Llegó hasta nuestros oídos el enérgico gemido de ambas monjas, no podía ver lo que ocurría pero supuse que se estaban masturbando mutuamente porque podía escuchar el típico chasquido que producían los dedos al entrar y salir de una vagina bien lubricada.

No quería que este momento terminara nunca pero por desgracia escuché a las monjas llegar al orgasmo. Las felicito, bien por ellas, pero para mí era una desgracia ya que significaba que pronto terminaría todo y Anabella lo supo. Cortó el beso en un instante y espió por las rendijas para ver como esas mujeres se reían, se besaban y acomodaban sus hábitos, se las veía felices y enamoradas y me alegré por ellas una vez más. Pocos segundos después las vimos abandonar el cuarto, estaban tan apuradas por marcharse que olvidaron apagar la luz. Quise salir del ropero porque me estaba sofocando allí dentro pero Anabella me detuvo, pensé que quería más acción pero inmediatamente me dijo.

-Esperá que se alejen un poco.

Aguardamos unos segundos más hasta que las risitas dejaron de oírse y salimos. Anabella tenía el velo inclinado hacia un lado y varios mechones de cabello castaño rojizo caían sobre su cara, sus mejillas estaban sonrosadas y una amplia sonrisa se dibujó en su boca, mi corazón dio un respingo al verla, ella estaba encontrando toda la situación muy divertida. Casi al instante me arrojé sobre ella y volví a besarla, la empujé lentamente hasta que cayó en la cama y yo caí sobre ella. Me senté en sus piernas y enderecé mi espalda, ella me miró con los ojos bien abiertos y con la cabeza apoyada en el colchón. Me despojé de mi remera tan rápido como pude y sin dejar de moverme desprendí mi corpiño, liberando mis pechos con grandes pezones para que ella pudiera verlos. Ambas respirábamos agitadamente pero ella no se movió, me vi obligada a tomar una de sus manos y dirigirla hacia mi teta derecha. Ella la presionó suavemente. Luego me incliné hacia adelante y comencé a darle muchos besos en sus prominentes pómulos, en su recto mentón, en su respingada nariz, en sus carnosos labios mientras ella masajeaba mi seno.

-Esperá Lucrecia… calmate –me dijo entre jadeos- Lucrecia, por favor –la ignoré y seguí besándola- Lucrecia, no te olvides que tenés novia –esas palabras me hicieron detener al instante.
-Es que… -no encontraba una buena excusa que justificara mis actos.
-Es que nada… no podés engañarla, lastimarías a Lara.
-No quiero lastimarla… yo… la a… yo la quiero mucho.
-Creo que estás confundida Lucrecia… y yo también lo estoy, demasiado. Como nunca en mi vida, así que por favor te pido, terminemos con esto, no quiero hacer algo de lo que después me arrepienta.
-Yo tampoco –le dije avergonzada, ella tenía razón, había hecho una promesa a Lara y por más que Anabella me volviera loca, no podía fallarle.

Me puse de pie y tomé mi corpiño intentando cubrir mis pechos, la monjita se paró detrás de mí y me ayudó a abrocharlo, luego volví a colocarme la remera y caminé fuera de ese cuarto inundado de lujuria y malos pensamientos. Anabella se me unió en pocos segundos, luego de acomodar su atuendo y apagar la luz, caminamos por el antiguo pasillo sin decir una palabra. Así lo hicimos hasta que llegamos a mi cuarto de alquiler, la invité a pasar sólo por cortesía ya que estaba segura de que se negaría pero esta mujer no dejaba de sorprenderse, entró conmigo y se sentó en mi cama.

-¿Qué fue todo eso? –arrojó una pregunta al aire.
-Dos mujeres amándose.
-Eran monjas.
-No lo decía por ellas –me miró un tanto asustada.
-¿Así lo sentiste vos?
-Sí –confesé.
-Pero tenés novia Lucrecia.
-Lo sé, por eso me siento tan mal –daba vueltas dentro del pequeño cuarto como un león enjaulado- no sé cómo le voy a contar esto a Lara.
-Deberías contárselo con la verdad, no me agradaría que le mientas, es una buena chica y se nota que te adora.
-Te prometo que le voy a contar –mi cerebro retrotrajo la conversación- ¿cómo sentiste vos lo que pasó?
-Como un error.
-¿Nada más que un error?
-No sé… tengo que pensar, por favor Lucrecia, no me lo pongas más difícil ¿sabés qué significa eso para mí?
-No deberías darle tanta importancia, sólo caíste ante la tentación, nada que rezar unos cuantos Rosarios no cure.
-Espero que sea sólo eso... –susurró.
-¿Tenés algo más para decirme?
-No, mejor me voy –se puso de pie y caminó hacia la puerta.
-Esperá Anabella –la tomé del brazo y cuando se volteó para mirarme noté la palidez de su rostro- la pasé muy bien con vos… hablo de todo, el paseo en general, me divertí mucho. Gracias por venir a buscarme –me sonrió tímidamente y la dejé ir.

Me quedé dentro de ese diminuto y húmedo cuarto sentada en la cama mirándome las manos con los dedos entrelazados como si estuviera sosteniendo mi corazón entre ellas, un corazón que estaba dividido en dos, entre Lara y Anabella y no sabía cuál de las dos poseía una mayor fracción.



Fin del Capítulo 14.
Continúa en el Capítulo 15.

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