"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


miércoles, 7 de enero de 2015

Me niego a ser Lesbiana (4).

Capítulo 4




Mi amiga se despertó y mi vida llegó a su fin. Fue el peor susto que recibí en mi mojigata existencia. Sus ojos parecían la mirada acusadora de mil personas y yo aún seguía aferrada como sanguijuela a su vagina. Ni siquiera podía decir el típico “No es lo que parece”. De hecho era justamente lo que parecía.

- ¿Lucre? ¿Qué haces? – su vos era calma y somnolienta - ¡Lucrecia! ¿¡Qué estás haciendo!? – El grito de Lara resonó en mis oídos – ¿¡Qué hacés!?

Se alejó de mí pataleando hasta quedar apoyada contra el respaldar de la cama, respiraba agitadamente y el terror de su expresión fue contagioso. Entré en pánico.

- Lara, ¡Perdón! ¡Perdón! – le dije con los ojos vidriosos por las primeras lágrimas - ¡No quería, te juro que no quería!
- ¿¡Estás loca!? – en su voz noté odio, desprecio, repugnancia.
- ¡No! Es que últimamente… las mujeres… y Tati me dijo… todo eso del experimento… el beso… los videos… y estuve mirando porno… las lesbianas… el verte desnuda… dormís como morsa… yo no pensé que…  – hablaba entre llanto, ni yo comprendía lo que decía pero los espasmos me impedían hablar con claridad - ¡Perdoname!
- Calmate Lucre, tranquilizate. Te va a dar un ataque – lucía igual de espantada que antes pero al menos no me estaba gritando.
- ¡Soy una estúpida! ¡Una loca de mierda! – Tenía ganas de salir corriendo desnuda a la calle y tirarme del puente más cercano - ¡No merezco perdón de Dios!
- No metas a Dios en esto. Calmate, en serio. Te estás hiperventilando – abrió a tientas el cajoncito de la mesita de noche y extrajo una bolsita de nylon transparente – tomá, respirá ahí dentro.

Tomé la bolsa, no creía que eso fuera a ayudarme, no entendía que era eso de hiperventilarse, sólo quería llorar. Coloqué la bolsa alrededor de mi boca como hacen en las películas y seguí respirando agitadamente.

- Ya pasó, ya pasó – me decía Lara – no te quise gritar, es que me asustaste, no me esperaba eso – la miré sin dejar exhalar e inhalar, ella también estaba llorando pero ya no parecía tan enojada, más bien estaba desorientada - ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? – no me lo dijo acusadoramente, más bien era una pregunta lógica, como si quisiera saber qué fue lo que me llevo a actuar de esa manera.
- Es que me estoy volviendo loca – mi voz sonó robótica dentro de la bolsa. De verdad me estaba tranquilizando bastante el respirar dentro de ella.
- No digas eso, vos no sos una loca. Siempre fuiste buenita y correcta. Como una de tus monjas, por eso me sorprende tanto todo esto ¿No estaré soñando? – miró para todos lados pero no logró convencerse de que esto era un sueño… o una pesadilla.
- Sé que me vas a odiar toda tu vida – mis lágrimas me estaban impidiendo ver con claridad.
- No, no te odio Lucre. Solamente no entiendo nada. No te pongas mal, ya pasó.

Se acercó a darme un tierno abrazo, mi cara quedó entre sus redondos y suaves pechos. Aparté la bolsa y me hundí en ellos a llorar. Sus manos acariciaban mi desnuda espalda.

- Lo único que te voy a pedir es que me expliques, porque no entiendo ni jota – me dijo suavemente – pero explicame de forma calmada, no me voy a enojar con vos.

Asentí con la cabeza, pero pasaron varios minutos hasta que logré serenarme, sé que no es momento de ponerse a pensar en chanchadas lésbicas, pero no pude evitar notar que el corpiño se le bajó un poco y liberó una de sus blancas tetas coronadas con un bello y erecto pezón rosado. No me quería separar de ella. Ahora no sólo temía que Lara se enfadara conmigo por lo que había hecho sino que también se enojara por la cantidad de tiempo que pasé abrazándola, pero ella se limitaba a acariciarme el cabello y la espalda. Me acomodé más entre sus pechos suaves y redondos, el corpiño molestaba bastante.  Para mi sorpresa, ella se lo quitó.

- Para que veas que no estoy enojada con vos – me dijo volviendo a abrazarme.

Ese gesto me llenó de ternura, me demostraba que todavía confiaba en mí, que podía estar desnuda frente a mí sin pudor. Me pegué más a su cuerpo, me vi obligada a separar las piernas, quedé aferrada a ella como si fuera la cría de un mono. Esa tibieza y suavidad me llenaron de paz. Me di cuenta de lo valiosa que era Lara, ella no me había echado a patadas de su casa, al contrario, me brindaba el más cálido de sus abrazos.

No quise abusar de su gentileza. Me aparté y la miré a los ojos. Ya no lloraba, pero tenía las mejillas empapadas de lágrimas. Su boquita semi abierta estaba más hermosa que nunca.

- Prometeme que no te vas a enojar – no quería vivir la misma experiencia que Tatiana, cuando su amiga Cintia la echó a patadas de su casa. Aunque ya estaba más tranquila.
- Te lo prometo – sus palabras sonaron sinceras para mí.
- Me está pasando algo raro últimamente. Creo que me siento atraída por las mujeres – no le contaría cada detalle de la historia, prefería obviar el robo informático de imágenes y videos – hace poco hablé con Tatiana sobre esto y empezamos un experimento. Necesitaba estar segura de lo que sentía.
- ¿Qué clase de experimento?
- Uno lésbico. La primer parte fue con ella. Nos tocamos y nos besamos – si no la mataba del asco con esto, no lo haría más - A mí me gustó mucho, más de lo que yo creía y más de lo que yo quería. Después miré pornografía… con mujeres. Cada vez me costaba más alejar la imagen femenina de mi cabeza – me revolví en la cama, ella notó que mi desnudez era total – pero necesitaba un último test. Tenía que probar una vagina, de verdad. No lo hice por otra cosa. Sólo quería estar segura. No pensé que te ibas a despertar – se quedó inmóvil mirando mi entrepierna que todavía se mantenía lubricada.
- Cometiste un error. Me molesta mucho que lo hayas hecho sin mi consentimiento – asentí con la cabeza totalmente avergonzada – pero estoy intentando ponerme en tu lugar, aunque me sea difícil. Tatiana me contó lo que le pasó con Cintia y no quiero ser como ella, yo no te voy a echar de mi casa – me tranquilizó mucho oír eso – Amiga, tendrías que habérmelo pedido. Yo te hubiera ayudado.
-¿De verdad me hubieras ayudado?
- Claro que sí, sos mi mejor amiga. Si no me animaba a que pruebes conmigo, al menos te hubiera ayudado a que encuentres con quien hacerlo. Tatiana era una mejor opción.
- Tuve la oportunidad de hacerlo con ella… pero no pude. Yo quería que seas vos… - malditos actos fallidos.
- ¿Yo? – de pronto una leve sonrisa apareció en su rostro – Bueno, eso me halaga un poco – se acomodó la tanga, así evitaba que yo siguiera mirándola, no me enojé, era lo correcto – pero ya está, ya lo hiciste – nos quedamos unos segundos en silencio - ¿Cuál creés que fue el resultado?
- ¿De verdad te interesa saberlo? Es que te enojaste tanto conmigo que…
- Me enojé porque me pegué el susto de mi vida, te quiero ver a vos despertándote y que alguien esté succionándote las tripas por el agujerito de abajo – no pude evitar reírme un poco – y si me interesa saberlo. Pero prometeme que no se va a repetir.
- Promesa de mejor amiga – levanté mi mano derecha – y te pido perdón una vez más. No sé qué decir sobre el “resultado” estoy muy confundida ahora mismo. Pero no te voy a negar que antes de que te despertaras lo estaba disfrutando mucho.
- ¿Entonces dirías que sos lesbiana? – Se lamió los labios incómoda y frunció el ceño – pucha, tengo un gusto raro en la boca – ahí recordé mis frotadas vaginales contra su dulce boquita, ahora si me mataría. ¿Dónde venderán las píldoras de cianuro? Serían muy útiles en estos casos.
- Más bien debería decir que soy bisexual, no puedo descartar a los hombres – luego pensaría mucho sobre esas afirmaciones - ¿gusto raro como a qué? – miré a la pared haciéndome la ingenua.
- No sé… como a… - en ese momento se fijó en mi vagina, yo estaba de rodillas con las piernas separadas - ¡Como a eso! – señaló con su índice. Y yo que ni siquiera había escrito mi testamento – ¿acaso eso también era parte del experimento?

Se arrojó sobre mí y me hizo caer de espalda sobre la cama, me preparé para recibir el primer golpe, con los ojos cerrados, como niña cobarde que era. El golpe nunca llegó. Sólo escuché su risa.

- Qué desgraciada que sos, ¿también me querías hacer probar a mí? – me daba golpecitos por toda la cabeza, pero eran suaves. Me tranquilizó mucho que no estuviera enojada y que se lo tomara con gracia.
- Es que tenía que probar que se sentía tener una chica ahí abajo – dije como si fuera lo más lógico del mundo – además vos empezaste, vos me besaste primero.
- ¡Fue por una apuesta! – Me golpeó otra vez – y yo ahora tengo que estar lamiendo tus cochinos flujos.
- Los tuyos son muy ricos – ya me estaba divirtiendo – no creo que los míos sean tan malos.
- ¿Así que son ricos eh? – se llevó la mano a la vagina y dos segundos después la acercó a mi cara, la tenía llena de ese viscoso líquido que formaba hilitos entre sus dedos - ¿te gusta? – Intentó poner su mano contra mi cara pero me defendí sosteniéndola por la muñeca - ¿Ahora te hacés la exquisita?

Sentí sus dedos húmedos limpiándose contra mi nariz, mi boca y mi barbilla, mantuve los labios apretados mientras nos reíamos. Al final decidí darle (o darme) el gusto, chupé uno de sus dedos y luego otro.

- Mmmm, si muy rico.
- ¡Degenerada! – Su cuerpo estaba tibio y sentirlo sobre mi desnudez me excitó mucho – a ver qué te parece esto.

Con un rápido movimiento fue hasta mi vagina y pasó cuatro dedos bien juntos de abajo hacia arriba. Se me erizaron los pelos de los brazos. Me ofreció su mano embadurnada por mis propios jugos y prácticamente me obligó a lamerlos, aunque no me opuse mucho. Nunca había probado eso, me resultó excitante y se lo hice saber.

- ¡Más rico todavía!
- ¿Cómo que más rico? – Me agarró del pelo y sacudió un poco mi cabeza – ¿Cómo que más rico? ¡La mía es mejor!
- Ya vas a ver que no.

Metí dos dedos bien en adentro de mi sexo, aproveché para estimularme un poco el clítoris, esta escena era muy excitante. Luego puse la mano frente a sus ojos mostrándole lo mojada que estaba.

- ¡No, salí! – intentó apartarse - ¡Ay no, que asco! – le restregué mis jugos por la cara y logré meter un dedo en su boca, ya sin resistirse lo lamió, hizo lo mismo con otro dedo. Me morí de placer al verla haciendo eso – ves que te gusta – se limitó a sonreír.

Busqué a tientas su vagina, hice a un lado la tanga y la toqué un ratito para mojarme bien los dedos, confieso que me agradó hacerlo, ella sólo aguardó expectante a que los pusiera en su boca, me miró con los ojos bien abiertos, los lamió sin dejar de mirarme. Nunca había sentido un cuerpo tan cálido y suave sobre el mío. Los degustó sin quejarse, hasta pareció disfrutarlo.

- La mía es más rica – me dijo sonriendo.

Empezamos a reírnos como niñas tontas, mientras se ponía de rodillas otra vez, me moví junto con ella y la abracé, nuestras piernas quedaron intercaladas, yo tenía una de sus piernas entre las mías, y mi vagina se rozaba contra su muslo, pude sentir su húmedo sexo sobre mi pierna izquierda, actué sin pensarlo y creí que Lara se enfadaría conmigo, pero también me enredó con sus brazos. Nuestros pechos se tocaban, sentía su menudo cuerpito unido al mío. Nos quedamos mirando con una amplia sonrisa en la boca.

- Entonces, ¿me perdonás? – le pregunté.
- Si amiga, no te preocupes. Ya pasó. No digo que hayas actuado bien, pero no quiero pelearme con vos por eso.

La abracé más fuerte, el roce de mi clítoris contra su piel me estaba excitando mucho, además nunca antes me había sentido tan bien abrazando a una persona, pero intentaba no moverme mucho para no alterarla. Estaba preciosa, sus ojitos negros me estaban consumiendo. ¿Me estaré enamorando? Su respiración estaba tan agitada como la mía y nuestros pechos estaban amalgamados, me estaba perdiendo, me costaba pensar con claridad. Sus dulces labios me atraían como el polen a una abeja. Me acerqué para besarla.

- No – dijo ella en un susurro casi inaudible.

Mi beso se estrelló contra su mejilla. El giro de su cabeza fue suave, pero bastó para esquivar mi beso. De inmediato hundí mi cara en su hombro izquierdo, me sentía avergonzada.

- Perdón.
- Está bien, no te pongas mal – me dijo acariciándome la espalda.

Eso me reconfortó mucho, esta chica era fantástica. Me enderecé y le sonreí para demostrarle que estaba todo bien.

- ¿Qué fue lo que “experimentaste” con Tatiana? – me preguntó.
- Me enseñó a tocar a una chica – básicamente eso fue lo que aprendí.
- ¿Ah sí? Algo muy útil si es que querés ser…
- ¿Lesbiana? Todavía no decido esa parte, pero supongo que sí es útil. Porque tocarse una misma es una cosa, pero creo que es un poco más difícil tocar a otra chica y que sea satisfactorio para ella.

Nuestros cuerpos se balanceaban lentamente, esto hacía que los clítoris rozaran contra la pierna de la otra.

- A ver, mostrame – me sorprendió enormemente su pedido.
- ¿De verdad?
- Sólo un poquito. Para saber qué se siente. Nunca me tocó otra persona… bueno, solamente vos – me miró por debajo de sus largas pestañas, tuve que luchar contra las ganas de besarla.
- Está bien, te muestro. Es algo así.

Bajé lentamente mi mano izquierda hasta que llegué a su tesoro virginal. Primero con dos dedos separados acaricié los laterales de su vagina, siempre mirándola a los ojos, para saber cuál era su reacción. Cuando llegó el momento de tocar su clítoris me tembló un poco la mano, pero ella se mantuvo a la expectativa y me animé a seguir. Froté su botoncito tiernamente. En pocos segundos el ritmo de su respiración fue aumentando y con esto yo sabía que podía mover más rápido mis dedos. Estuve tocándola como un minuto o más. Me dio un escalofrío cuando sentí su mano justo sobre mi vagina, pero no la iba a apartar. Comenzó a imitar mis movimientos, tal como yo lo había hecho con Tatiana, aunque esta vez me resultó mucho más placentero, porque la situación así lo ameritaba, además la mujer que me tocaba era Lara.

Se podría decir que ya estábamos masturbándonos mutuamente. Los ojos de mi amiga se entrecerraban y de su boca salían suspiros contagiosos. Toqué la zona de su agujerito y sentí el lubricante natural saliendo del interior, intenté no ser muy invasiva para no comprometer su virginidad, pero ella si hundió dos dedos en mi agujerito. Suspiré y pegué mi frente a la suya, acaricié su espalda con mi mano derecha y llegué a su cola. Nuestras narices se frotaban y ninguna apartaba la mirada. Apreté su nalga firmemente e incliné mi cabeza hacia un lado cerrando los ojos. No tuve que esperar mucho tiempo, sentí sus labios contra los míos casi al instante. Esta vez no desperdicié el beso. Busqué su lengua con la mía, su humedad me sedujo al máximo.

Unidas en un beso fuimos cayendo en el mar de sábanas. Estaba lista, esta sería mi primera vez con una mujer. Mi primera relación sexual verdadera. Esta vez sentía mi virginidad emocional desvaneciéndose. Lara quedó sobre mí y no dejó de meterme los dedos, lamí su boca por dentro y por fuera, ella me hizo lo mismo. Estábamos dominadas por el deseo. Separé mis piernas tanto como pude y mi amiga se las arregló para que una quedara bajo su cuerpo, esto hizo que nuestras vaginas quedaran pegadas, apartamos las manos sin dejar de comernos las bocas y nos frotamos una contra la otra.

Moví mi cadera tanto como pude. Nuestros jugos vaginales se mezclaban. Dejó de besarme sólo para gemir. Lo hizo una y otra vez mientras nos frotábamos con fuerza, labio contra labio, clítoris contra clítoris. Ella estaba descontrolada, se movía mucho más rápido y sus jadeos se elevaban sobre los míos. Supe que estaba teniendo un orgasmo. Su vagina dejó salir más líquido el cual chorreó sobre la mía. Aceleré mis movimientos para que ella lo gozara más. Volvimos a besarnos y fuimos calmándonos de a poco. Luego vino lo mejor, lo que yo tanto estaba esperando. Lara fue bajando por mi cuello, besó mis senos, lamió mis pezones y continuó su camino hasta mi vientre. Besó mi peludo monte de venus, abrí las piernas para recibirla, Lara abrió su boca y…

Golpearon la puerta.

- ¿Lara, está todo bien? – era la voz de su padre.

Saltamos como un mono que se ve al espejo. Nos alteramos, cada una voló de la cama hacia un lado e instintivamente agarramos nuestra ropa.

- Si papá. Todo bien ¿por qué? – preguntó ella fingiendo estar somnolienta.
- Es que me pareció escuchar ruidos. Lucrecia está con vos – nos miramos aterradas.
- No papá. Se fue cuando terminamos de mirar las películas – mintió.
- Ah bueno, seguí durmiendo. Perdón por despertarte.

Nos vestimos tan rápido como podíamos, ella sólo se puso un pijama. Tuvimos que ahogar nuestra risita histérica tapándonos la boca con las manos. Ni yo entendía cuál era la gracia.

- No se va a dormir – susurró refiriéndose a su padre – te vas a tener que ir. Perdón.
- Todo bien Lara ¿pero cómo salgo?
- Por la ventana, yo tengo la llave de la puerta del patio. Cuando salgas tirala por arriba del tapial. ¿Tenés plata para el taxi? – ella si era considerada.
- Si tengo.
- Ok, después te llamo – prometió.

Cuando estuve lista abrimos la ventana y me escabullí por ella sin hacer el menor ruido. Nos besamos una vez más y me fui. Arrojé la llave y creo que se me fue la mano, la escuché caer en el techo, no pude evitar reírme. Estaba feliz. Ya podía imaginar los insultos de Lara intentando explicarle a su padre que seguramente fue un gato lo que provocó el ruido. Un gato con un gran manojo de llaves. Levanté los brazos, sonreí y di algunas volteretas. Estaba hecha una idiota, más de lo normal, pero me encantaba sentirme así.

Llegué a mi casa muerta de sueño, no tenía ni ganas de masturbarme, sólo quería descansar, despertarme y volver a estar con Lara. Hacía tiempo que no dormía tan bien.

Me levanté muy tarde. Me asusté porque creí que había faltado a la facultad, pero recordé que era sábado. Miré mi celular y encontré un mensaje de Lara, me emocioné y me apresuré por leerlo.

~ Amiga, te pido disculpas. Me dejé llevar por el momento, espero no haberte ilusionado y por favor no te enojes conmigo. Después te llamo y hablamos bien. Te quiero.

Eso sólo podía significar una cosa, que no tendríamos otro encuentro sexual. Ella se había arrepentido. Estaba desecha, no pude ni llorar. Me tendí en la cama, sólo quería que el día se terminara. Que el fin de semana se terminara y de ser posible, que mi vida hiciera lo mismo.

Lara me llamó como prometió pero no quise contestar. Daba vueltas por mi cuarto, me senté a mirar el enorme patio por la ventana, una vista que siempre me reconfortaba y hoy no lograba hacerlo. Llegó un nuevo mensaje de texto. Era de Anabella, la monjita. Ya me había olvidado de ella.

~ Hola Lucrecia, ¿Cómo estás? ¿Pudiste resolver tus conflictos?
~ Hola Anabella. No pude resolverlos, creo que los empeoré.
~ ¿Por qué, qué pasó?
~ Hice algo con una amiga y ella se arrepintió. Tengo miedo de que eso afecte nuestra amistad.
~ Si es tu amiga de verdad sabrá comprenderte. Deberías intentar hablar con ella francamente.
~ Gracias Anabella. Espero que así sea. Te prometo ir a visitarte mañana mismo.
~ Que buena noticia. Después de la misa tengo bastante tiempo libre, te espero.

En eso escucho que llaman a la puerta de mi cuarto. Era mi madre con una extraña sonrisa. En realidad era una sonrisa normal, lo extraño era verla sonreír. Ella solía tener la alegría de un velorio y la simpatía de un verdugo.

- Llamó tu amiguita Lara – me dijo sosteniendo el teléfono inalámbrico en una mano – qué buena chica – ahora si no entendía nada, ¿mi madre y Lara como amigas? ¿Qué seguía, judíos alabando a Jesús? – me ayudó a conseguir el número de teléfono de unos organizadores de fiestas y eventos muy buenos, para el cumpleaños de mi amiga Silvina. Ahh sí, también me dijo que la llames, que tiene que decirte algo importante.

Se despidió y me dejó el teléfono. Tomé aire y lo exhalé. Debía ser fuerte y afrontar la realidad. Tal vez Lara haya cambiado de opinión.

“Tal vez haya cambiado de opinión” Vaya manera de afrontar la realidad.

Marqué su número.

- Hola Lara.
- ¡Lucre! Al fin, no podía dar con vos.
- Mi mamá me contó que la ayudaste con la organización de una fiesta.
- Ah sí. Es que me pareció buena idea caerle bien en el caso de que se entere de que… ya sabés. Que soy judía.
- Si, es buena idea – la tristeza en mi voz era evidente.
- Lucre, quería decirte… es que lo que pasó, fue lindo y todo eso, pero no creo estar lista para semejante paso. Espero que eso no afecte nuestra amistad. Preferiría dejar lo que pasó en frío.
- Está bien Lara – mis ojos se llenaron de lágrimas – si fue muy lindo. Fuiste muy buena conmigo amiga, no te preocupes. Ya pasó.

Hablamos un rato más de otras cosas sólo para demostrar que podíamos seguir siendo amigas, intercambiamos opiniones sobre el libro de El Señor de los Anillos, el cual me estaba gustando mucho, y prometimos vernos el lunes en la facultad.

El resto de la tarde me la pasé llorando y culpándome a mí misma. Debía tomar una decisión con respecto a mi gusto por las mujeres, el cual ya se me estaba haciendo más que obvio, era algo que contradecía a toda mi crianza y mis pensamientos. Tal vez estos sentimientos estaban dormidos en mí y ahora estaban emergiendo, rebalsándome. Pensé mucho en eso, me estaba volviendo loca. Yo que siempre me ponía tantos límites y reprimía tanto mi libido, ahora estaba en una encrucijada sexual.

Cayó la noche y casi no toqué la cena. Volví a mi cuarto dándole puntapiés a mi estado de ánimo, que se arrastraba por el piso. Me di cuenta que no sólo estaba dolida por el rechazo de Lara sino también por haber perdido la oportunidad de tener sexo con una mujer. Debía admitirlo, lesbiana o no, eso era lo que quería. Me moría de ganas de acostarme con una mujer. Enojada conmigo misma por haberme reprimido tanto durante años decidí darme una noche libre, romper todos los límites. Mandar todo al carajo. Pero antes debía pensar cómo actuar sin que nadie se diera cuenta, no sea cosa de que a la que manden al carajo sea a mí.

Avisé a mi madre que usaría el auto y que iría a casa de Lara, ella no protestó para nada. Ese auto era prácticamente mío, ya que mis padres tenían otros dos. El tercero se usaba en raras ocasiones, yo no era muy amante del volante y prefería manejarme en taxi, pero hoy necesitaba mi propio vehículo. Lo abordé ya pasadas las 11 de la noche, llevando conmigo una pequeña mochila.

Conduje unas cuantas cuadras hasta que encontré un sitio poco frecuentado para estacionar. Abrí la mochila y extraje un pequeño vestido amarillo, una de mis pocas vestimentas sexy, la cual me la regaló una tía un poco liberal que casi provoca un fallo cardíaco a mi madre. Me desvestí dentro del auto, no fue una tarea fácil, tuve que apagar la luz para evitar la mirada de algún curioso. Decidí despojarme de mi ropa interior. Al vestirme me sorprendió un poco la sensación, era como estar con una ajustada toalla cubriendo mi cuerpo. No tenía nada más. El vestido era más corto de lo que yo recordaba. Encendí la luz del interior para y me maquillé sutilmente mirándome al espejo del lado del acompañante. Tuve cuidado de no excederme ya que rara vez me maquillaba y tenía miedo de quedar como un payaso huyendo de un prostíbulo. Para finalizar me puse unos tacos altos, color negro. Olvidé traer un bolso de mano, pero en parte era mejor estar ligera. Coloqué algo de dinero entre mis pechos, ahora si parecía toda una prostituta.

Me puse en marcha otra vez, no sabía a dónde ir. Recorrí la zona de los boliches, pubs y clubes nocturnos. Nada me convencía, todos estaban atiborrados de gente que me inspiraba poca confianza. Llegué a un sitio un tanto perdido entre las calles llamado Afrodita. Perfecto, mitología griega. Recordé que ese era un boliche gay, por varios chistes que se hacían en la facultad al respecto. Madre mía, si alguien llegara a verme entrando era cadáver, pero esa noche no me importaba nada. Estaba jugada. Aun así mantuve mi cabeza gacha.

Cuando logré estacionar me acerqué al boliche. La entrada era gratuita pero antes de permitírmela un par de guardias de seguridad me miraron de arriba abajo. Pude entrar sin mayores problemas, tal vez ya se leía en mi frente el cartel de “Lesbiana en potencia”.

No había tanta gente como yo esperaba, el lugar era mediano. No se parecía a los grandes boliches de la ciudad, pero la gente parecía ser más discreta. Había grupos de hombres y mujeres dispersos por ahí, también había otros que iban solos, como yo. Me acerqué a la barra y pedí el primer trago de la noche. Uno llamado “Sex on the beach” me llamó la atención, como si la palabra Sexo me fuera a traer buena suerte. Hasta me pareció simpático el gajito de naranja que decoraba el vaso. Bebí con calma escaneando el entorno. Había mujeres que parecían hombres y hombres que parecían mujeres. Debía tener cuidado, no quería llevarme una sorpresa. No pude evitar notar que muchas chicas se fijaban en mí, debía llamar mucho la atención enfundada en ese vestido amarillo. Algunas eran bonitas, pero me daba pánico ir a hablarles así que me limitaba a pedir un trago tras otro sin alejarme de la barra. Tampoco sabía qué hacer con los gajitos de naranja, los cuales se fueron acumulando sobre una servilleta, para disgusto del barman.  

En un momento se me acercó una de esas chicas que yo no quería. Llevaba el cabello ondulado muy corto, tenía hombros anchos y prácticamente iba vestida como mi primo cuando juega al fútbol con los amigos.

- Hola gatita – me saludó.
- ¿Acaso te parezco un gato?
- Tenés aspecto de ser una fiera en la cama – se acercó y me acarició el pelo.
- Y vos tenés el aspecto de Diego Maradona – estaba enojada, quería que se vaya.
- ¿Hey, que mierda te pasa putita?

Como la música del lugar era suave su voz resonó en todo el lugar. Gracias a Dios los de seguridad también la escucharon, casi me orino encima cuando la “chica” se quiso poner violenta, pero la sacaron del lugar a empujones. Tragué la mitad del contenido de mi vaso para tranquilizarme, eso me pegó como trompada de boxeador, no fue una buena idea. Escuché una voz femenina saludándome, intenté divisar de quién se trataba pero el alcohol me estaba dando martillazos en el cerebro.

- ¿Estás sola? – me preguntó la misteriosa mujer.

Pude fijar la mirada en ella, era un trillón de veces más linda que la anterior, tenía el cabello negro suelto y formando hermosas y brillantes ondas. Sus labios carmesí me recordaban a los de Lara, al igual que esos ojos negros. ¡Es Lara!

No, no era ella. Sólo era mi subconsciente jugándome una broma pesada, pensé en vengarme de él acribillándolo con tragos fuertes pero ahora necesitaba saber qué intenciones tenía esa hermosa chica.

- Si estoy sola y si vos también me vas a decir gatita, sola me quedaré – se rio mostrándome una plana fila de blancos dientes.
- No te preocupes, como mucho te podré decir que sos la chica más hermosa que hay aquí dentro.
- Decís eso porque todavía no viste ningún espejo – nueva sonrisa, el alcohol me desinhibía. Hasta me hacía creer estrella de cine porno. De esas que yo nunca miro.

Nos quedamos charlando, ella llevaba un vestido parecido al mío, pero en color blanco. Ideal para una chica con el cabello oscuro, al menos en mi humilde opinión. Analicé sus curvas y ella hizo lo mismo con las mías. Charlamos de cosas típicas de barra y boliche. Supe que teníamos la misma edad y luego siguieron las preguntas. Que si vine muchas veces a este lugar. Que si me parecen buenos los tragos. Que si me gustan las mujeres, bueno eso no era tan típico, pero aquí sí lo era.

- ¿Les o bi? – me preguntó.

Con mi increíble experiencia callejera y mi tacto hacia las sutilezas tuve que pensar dos veces a qué se refería, bueno el alcohol también cargaba con un poco de culpa.

- ¿Es necesario ser una de las dos? ¿No puedo estar simplemente de paso?
- Si podés. De hecho mucha gente viene sólo a mirar, de curiosos. Otros prueban una vez y no vuelven. ¿Vos de cuáles serías?
- De los segundos – mi respuesta la alegró.
- ¡Qué bien! ¿Y con quién te gustaría probar?
- Con la primer mujer que no parezca estrella del fútbol profesional.
- ¿Y yo qué parezco? – se paró frente a mí y dio una vueltita, estaba muy buena. Tenía los pechos más grandes que los míos.
- Vos parecés alcanza pelotas – hice un gesto con las manos referente a sus tetas.

Comenzó a reírse y me tomó de la mano de forma casual. En cuanto me di cuenta me estaba guiando hacia quién sabe dónde. La seguí como si fuera un barrilete siendo llevado por un niño. Por un niño con grandes tetas y un culito redondo que mataba a primera vista. Llegamos hasta un pequeño lugar que se asemejaba a los probadores de ropa, aunque un poco más grande y con asientos pegados a las tres paredes. Me senté y ella corrió una pesada cortina roja, quedamos fuera de la vista de todo el mundo. No pasó ni medio segundo que ya estábamos besándonos. Mandé el mundo a la mierda y me le tiré encima. Manoseé sus tetas con ganas mientras le ofrecía toda mi boca. No quería tanto sentimentalismo, quería sexo. Bajé la cabeza y busqué una de sus tetas, la cual ya había sacado del vestido. Le chupé el pezón, era el primero que probaba en mi vida y estaba delicioso. Sentí cómo se ponía duro dentro de mi boca. Metí una mano entre sus piernas y me encontré con su tanga.

- Uy mamita, vos no andás con vueltas. Eso me pone loca. Sacamela.

Eso hice, la despojé de su ropa interior sin necesidad de levantarle mucho el vestido. Volví a chupar sus grandes tetas y apliqué mis magros conocimientos en sexo lésbico. Toqué suavemente su rajita hasta que fui sintiendo la humedad. Luego lubriqué su clítoris y lo masajeé un poco. Estaba borracha y descontrolada. Pasé la lengua a lo ancho de su boca, di una segunda lamida y chupé su grueso labio inferior.

- Ay mamita, si así me la vas a chupar…
- Te la voy a comer toda.

La Lucrecia mojigata ahora estaba atada y amordazada rogando por su liberación, pero la nueva y lujuriosa Lucrecia era mucho más fuerte. No la liberaría tan fácil. Me arrodillé en el suelo, esta vez no habría interrupciones ni dudas. Ella levantó las piernas poniéndolas en el sillón y pude ver su hermosa vagina cubierta por un lindo triangulito de pelitos negros. Cuando me acerqué quedé embriagada por su olor, si es que todavía podía embriagarme más de lo que estaba. Me mandé de lleno a chuparla. ¡Qué rica estaba! Hasta me pareció aún más rica que la de Lara. La lamí toda y di fuertes chupones a su clítoris. Metí un dedo y supe que esta chica era tan virgen como esas que alquilan su cuerpo en las esquinas. Introduje un segundo dedo y los moví dentro, siempre concentrada en su clítoris. Podía escuchar sus gemidos, me aplastó la cara contra su sexo y me vi obligada a respirar por la nariz. Lo cierto es que me produjo más placer. Moriría ahogada en un mar de vellos y jugos vaginales y eso me hacía feliz.

- Chupame el culito – me pidió unos minutos después, entre jadeos.

Sinceramente en una ocasión normal me hubiera negado rotundamente, pero esta noche no había límites. Lamí su ano con la punta de la lengua, por suerte no fue para nada desagradable, a los pocos segundos ya lo estaba chupando con ganas, como había hecho con su vagina. Fui intercalando entre los dos agujeritos mientras ella se retorcía de gusto. Froté rápido su clítoris mientras mi lengua jugaba en su asterisco y supe que ella había llegado al orgasmo. No me detuve para nada, al contrario, puse más ímpetu en mis acciones. Rodeó mi cabeza con sus piernas y el fluido vaginal comenzó a bañarme la cara, no podía creer que se estuviera mojando tanto. Lo disfruté mucho, sorbí esos líquidos hasta que ella fue calmándose. La que no estaba calmada era yo.

Me puse de pie y apoyé mi espalda contra la pared, levanté mi vestido y ella se zambulló como un nadador olímpico entre mis piernas. No tuve tiempo para meditar lo que iba a ocurrir y me tomó por sorpresa. No estaba lista para semejante cosa. Sentí su lengua incrustarse contra mi sexo, era demasiado intenso. Nunca nadie me la había chupado. Comencé a gemir sin medirme, separé más las piernas y apreté su cabeza. Era más que obvio que la chica tenía experiencia en sexo con mujeres. Me la estaba comiendo de maravilla. Metió dos dedos en mi agujerito y los movió hasta que quedaron bien húmedos, luego me apretó una nalga, me abrió la cola y me metió un dedo por atrás. Me dolió, su uña larga me incomodó, pero estaba tan caliente que no podía decirle que lo quitara. Sin dejar de darme placer por delante  fue metiendo y sacando el dedo por detrás. Mi culito se quejaba y mi vagina estaba de fiesta. Lo cierto es que la combinación de sensaciones me produjo un fuerte orgasmo. En lugar de soltarme metió un segundo dedo en mi cola, grité de dolor y sentí su lengua dentro de mi intimidad femenina. Un segundo orgasmo, más intenso que el primero. Madre mía, me estaba matando. Me iba a morir. Adiós mundo cruel. Lucrecia se va en un orgasmo… o en dos. Pero se va

Los dedos en mi colita me hacían arder y por suerte los retiró antes de que las olas de placer menguaran. Respiré agitadamente, mi corazón rebotaba contra mis tetas, no sé en cuál. Tal vez en las dos. Se puso de pie y me besó. La abracé y me perdí en sus labios hasta que me tranquilicé. Lo cual ocurrió casi diez minutos después, ya hasta me dolía la boca de tanto besarla, pero su lengua estaba imbuida por el sabor de mi vagina y viceversa.

- Eso fue genial – le dije cuando nos separamos, sólo faltó el característico ruido de una ventosa al ser despegada.
- ¿Cómo te llamas hermosa?
- Lo siento, pero no puedo decirte mi nombre. Estoy de paso, que no se te olvide.
- ¿Eso quiere decir que no te voy a volver a ver?
- Eso mismo. Pero de verdad la pasé genial con vos, sos hermosa.

Me despedí de ella mientras me suplicaba por mi número de teléfono. Ganas de dárselo no me faltaba, pero me aterraba la idea de que la gente supiera que tuve sexo con una completa desconocida. Ni yo me lo creía. “Cochina Lucrecia, te cogiste a una mujer que ni siquiera conocías”. Me divirtió mucho esa idea. Hace apenas unos días era una mojigata total que lo único que hacía era tragar apuntes de facultad. Ahora abusaba sexualmente de mis amigas, escapaba por la ventana durante la noche, me toqueteaba con otra en los vestuarios y tenía sexo lésbico con desconocidas. Me estaba enamorando de esta nueva Lucrecia, que sí sabía disfrutar de la vida.

Regresé a mi auto y manejé muy despacio hasta mi casa. Estaba bastante tomada. Eso sí que fue lo más imprudente de la noche, en cuanto logré llegar sana y salva me dije que la próxima vez no bebería tanto si tenía que manejar. Me quité los zapatos y fui en puntitas de pie hasta mi cuarto. Si vieran qué loco estaba el pasillo que no dejaba de bambolearse de un lado a otro. Hasta las paredes me atacaban.

Una vez dentro mi dormitorio me desnudé toda. Bueno, sólo tenía que quitarme el vestido. Me tendí en la cama y actué sin pensar en nada, por inercia. Inercia lésbica, la llamaría yo. Activé la cámara de filmar en mi celular y comencé a masturbarme locamente, me sacudía en la cama y gemía intentando no alertar a mis padres, fue lo único sensato que hice.

Me colé los dedos indiscriminadamente y me froté el clítoris. En ese momento me prometí que nunca más me sentiría culpable al masturbarme, era demasiado placentero y no lastimaba a nadie, no entendía cómo algo tan lindo podía estar mal. A la mierda, yo me iba a pajear a gusto. Y así lo hice. Me toqueteé durante unos quince minutos hasta que tuve el tercer orgasmo de la noche. Manché todas mis sábanas con jugos vaginales pero no me importó. Actuando sin pensar, envié el video a Lara con la nota “Así estoy por vos hermosa”. Caí rendida. Me quedé dormida con el teléfono en mano.


No sé cuántas horas dormí, pero sé que me despertó la vibración del teléfono. Era un mensaje de texto. Froté mis ojos y lo leí. “¿Estás segura de que ese video era para mí?” firmado, Anabella.


Fin del Capítulo 4.
Continúa en el Capítulo 5.  

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