"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


lunes, 25 de diciembre de 2017

Venus a la Deriva [Lucrecia] - 02. El Mar de las Dudas.

Capítulo 2.


El Mar de las Dudas.


Lunes 24 de Marzo, 2014.

-1-



Al despertar ni siquiera recordaba que había pasado la noche en casa de mi amiga Lara. La encontré acostada a mi lado en cuanto giré en la cama; lo más impactante fue ver que dormía sobre una mancha de humedad, ubicada justo debajo de su trasero. Su ropa interior estaba completamente empapada; la chica había tenido sueños húmedos y, al parecer, habían sido bastante intensos. Me apresuré a cubrirla con la sábana, procurando no despertarla; al menos le ahorraría la vergüenza. Luego verifiqué si yo no había tenido el mismo problema y descubrí que mi situación era aún más embarazosa que la de ella, estaba desnuda de la cintura para abajo. Estuve a punto de dar un salto en la cama; pero logré contenerme. Lentamente me senté y escudriñé la zona en busca de mi bombacha, la encontré hecha un ovillo desprolijo en el piso; la recogí y, mirando siempre de reojo a Lara, volví a ponérmela. Mis mejillas deberían estar sumamente ruborizadas, ya que podía sentir el calor acumulándose en ellas.
Estaba aterrada, si Lara sospechaba algo de lo que ocurrió durante la noche, me mataría; lo peor de todo era que me odiaba a mí misma por haberme comportado de esa forma. ¿Cómo se me había ocurrido? ¿En qué pensaba? Me causaban repugnancia tan sólo la mitad de las cosas que había hecho, no podía creer cómo había llegado a ese punto. ¡Lamer una vagina! ¡Por Dios! Como si esto fuera poco, ¡ultrajé de una manera imperdonable a mi amiga! Algo malo estaba ocurriendo conmigo, nunca me comportaba de esta manera, ésta no era yo.
No pude contener las lágrimas que comenzaron a rodar por mi mejilla. Justo en ese momento Lara despertó; tuve que clavar mi cara contra la almohada para ocultar mi llanto.
―Buen día ―me saludó somnolienta, pero alegre.
La miré de reojo, casi sin levantar la cara, y saludé de forma inteligible. Ella notó algo extraño y levantó un poco la sábana para luego bajarla rápidamente. Su pálido rostro se puso rojo como la túnica de un Cardenal. Fue gracioso verla de ese modo; hasta me hizo sonreír, a pesar de que en ese momento sólo quería llorar y saltar del balcón de un décimo piso. A veces Lara podía ser muy cómica, a pesar de ser calladita y taciturna; su rostro era sumamente expresivo y portaba una chispa que irradiaba contagiosa alegría.
―Voy al baño ―le avisé girando sobre la almohada, sin mirarla.
Eso nos daría tiempo a ambas. Ella podría disimular su entrepierna mojada y yo podría llorar un poco en el baño. Tal vez encontrara algún producto de limpieza potente para tomarlo y así poner fin a mi tormento; pero yo era responsable de mis propios actos y no podía optar por una salida fácil, debía hacerle frente a los problemas que yo misma generaba. Lo que sí me molestaba, y lo digo a modo de queja y no con la intención de sentir lástima por mí misma, era la frecuencia con la que solía meter la pata y quedarme enterrada hasta el cuello en algún embrollo, pequeño o grande. El más grande de todos había sido el lío que generó mi noche de sexo con ese… imbécil y degenerado; pero no me gustaba recordar ese momento, prefería atormentarme con nuevos problemas.
Sentada sobre el inodoro pensé en mi terrible comportamiento con Lara ¿Por qué, por qué? No me lo podía explicar; yo, que siempre había sido tan correcta… ¿cómo fue que llegué a actuar como una maniática sexual? Una violadora, porque de otra forma no podía definirse lo que hice. Me temblaba todo el cuerpo y no podía parar de llorar, temía que mi amiga pudiera escucharme desde el otro lado de la puerta, por lo que tuve que morder mis labios e intentar respirar por la nariz, para evitar hacer mucho ruido. Hasta estuve pensando en una excusa por si ella notaba que había llorado: le diría que me había peleado, una vez más, con alguno de mis padres, lo cual era perfectamente posible. Me preguntaba qué clase de castigo recibiría de ellos si se enteraran no sólo de mi comportamiento, sino también de mis acciones. No debía analizar mucho la situación para darme cuenta de que ellos me repudiarían.
«¡Basta Lucrecia!», me grité mentalmente. No podía sucumbir, de lo contrario tendría una crisis nerviosa. No era para tanto, el problema era mío, por ser tan ingenua e impulsiva. Debía lavarme la cara y afrontar las consecuencias, Dios me ayudaría a salir adelante, a pesar de que lo tuviera bastante descuidado al pobre. Luego tendría más tiempo para pensar con mayor claridad. Lavé mis lágrimas con abundante agua y chequeé mi apariencia en el espejo, por suerte no era tan grave, a lo sumo parecería que estaba un poco congestionada o que había dormido mucho tiempo con la cara pegada a la almohada; tal vez me ahorraría la excusa de la pelea con mis padres, no me agradaba mucho tener que mentir.
Abrí la puerta del baño intentando dejar mis pensamientos encerrados en él. Al parecer mi amiga ya había recobrado la compostura y actuaba con normalidad. Se había puesto un bonito pantalón tres cuartos, color rosa y blanco; era bastante holgado, lo cual me ayudaba mucho a no tener que imaginarla desnuda. Ella sonreía alegremente, tranquilizándome mucho; eso era señal de que no estaba enfada conmigo, por ende no se había enterado de mis peligrosas actividades nocturnas. Intenté imitar su sonrisa y mostrarme serena y casual.
―No te imaginás lo que soñé anoche ―me detuve en seco al oír esas palabras; un sensor de “Peligro” fue activado por mi instinto femenino.
―¿Qué soñaste? ―cada uno de mis músculos se tensó.
―Algo muy… erótico ―nunca había utilizado esa palabra frente a mí―, fue un sueño bastante raro.
―¿Segura que fue un sueño?
«Bien Lucrecia, bien ―me dije a mí misma―. Ahora solamente te falta decirle que le lamiste la vagina mientras dormía. ¿Y qué tal si también le contás cómo te masturbaste? De esa forma tal vez sólo te mate de la forma más rápida y dolorosa que encuentre, y te ahorrarías toda esta horrible tensión».
―Si obvio ―me miró un tanto confundida― ¿Vos nunca tuviste un sueño erótico?
―Este… sí. A veces sí ―era cierto, aunque los reprimía mucho y sólo guardaba recuerdos difusos de los mismos. Intentaba mostrarme divertida, como una amiga normal… como una chica normal― ¿Cómo fue tu sueño?
―Fue raro ―repitió―, no sé cómo contarte esto ―sus mejillas se pusieron repentinamente rojas, lo que la hacía lucir aún más hermosa―. Soñé que… que lo hacía con una chica.
―¿Con una chica? ¡Qué locura! ―me reí nerviosa «¿Por casualidad esa chica no era una maniática sexual alta, delgada de pelo casi rubio, llamada Lucrecia?» Intenté sacar esas palabras de mi cabeza por miedo a que pudiera leer mis pensamientos.
Vi tristeza en el rostro de Lara. Giró sobre sus talones y continuó acomodando su cuarto, miré la cama, la sábana superior se encargaba de ocultar la mancha de humedad; en ese instante recordé mi propia bombachita, la cual había sufrido de una forma similar a las sábanas. Al mirar hacia abajo me quise morir, me encontré una amplia areola empapando la parte inferior de mi ropa interior; lo peor de todo era que se transparentaba muchísimo. Podía ver mis labios vaginales pegados a la tela, hasta mi clítoris quedaba en evidencia ¡y Lara lo había visto! Había quedado expuesta ante ella, a pesar de eso no, dijo nada. Ella era discreta y yo la había ofendido con mi estúpido comentario, ella sólo quería tener una divertida conversación y yo la traté de loca. Debía ser valiente por una vez en mi puta vida… sí, eso mismo, dije “puta”… bueno en realidad sólo lo pensé.
―Al parecer yo también tuve sueños húmedos ―esperé a que volteara para señalar la evidencia en mi entrepierna. Ella sonrió una vez más―; pero no me acuerdo de nada, ¡qué lástima! ―las pupilas de Lara quedaron detenidas en la areola de humedad que transparentaba mi ropa interior; me moría de la vergüenza, tuve que esforzarme para no salir corriendo del cuarto ―Yo también soñé un par de veces con mujeres― no sé por qué le confesé eso, tal vez fue un intento inconsciente para que mi amiga no se sintiera tan mal―, una vez soñé que me daba un beso con una chica ―«¡Uy sí, un beso! Qué fuerte», pensé. A veces podía ser tan ingenua que me irritaba a mí misma― y… hacíamos el amor ―eso era mentira. “Hacíamos el amor”, escuchaba mis propias palabras y me daban ganas de darme una patada, no podía ser tan mojigata.
―Yo soñé que tenía sexo con una chica ―dijo Lara ¡Esa era la palabra que debí usar!―. Aunque sólo recuerdo algunas partes del sueño. Sé que fue muy intenso, nunca me había pasado algo así. Fue un lindo sueño, a pesar de todo ―volvió a mirar mi empapada bombachita― ¿Querés que te preste una limpia?
―Bueno dale, eso sería genial ―no quería quedar como una sucia rechazando su oferta y me incomodaba mucho tenerla tan mojada.
Buscó en su cajón de ropa interior y sacó una bombacha que aún estaba en su paquete, sin abrir, me la alcanzó junto con una pequeña toalla blanca. ¿Qué debía hacer? Si me iba al baño pensaría que soy una pudorosa y si me desnudaba frente a ella… no sé qué pensaría. Medité unos segundos, pero mi mente me traicionó evocando los fuertes momentos que había vivido durante la noche, mientras Lara dormía; de pronto me invadió un enorme e incontrolable deseo, quería que ella me viera desnuda, tal como lo había hecho mi prima tanto tiempo atrás. Otro de mis frecuentes actos irracionales, los cuales ni yo misma lograba comprender. Bajé mi bombachita mojada hasta los tobillos de un tirón, mostrando mi prolijo triangulito de pelos castaños. Lara siguió hablando como si nada hubiera ocurrido, como si se hubiera visto desnuda al espejo ¿Por qué yo no podía aparentar esa normalidad al verla en paños menores?
―Creo que soñé eso por la apuesta que me hizo Tatiana; tenía que ver con besar chicas ―no presté mucha atención a sus palabras, estaba concentrada en secar mi entrepierna y en no morirme de la vergüenza, ya no me resultaba tan erotizante estar con el sexo al descubierto, tal vez porque ella no había reaccionado de la forma en que mi perversa mente lo predijo; pero… ¿qué reacción esperaba en ella realmente?―. A veces el inconsciente te hace bromas pesadas ―escuché esa frase y por un segundo temí que Lara estuviera escuchando mis pensamientos― Hey, que lindo tenés eso ―señaló mi conejito peludo― yo no sé cómo cortarlo así de bien, por eso lo saco todo.
―¿Todo? ―sabía perfectamente cómo era su entrepierna; pero debía disimular.
―Si mirá.
Sin ningún tipo de preámbulo, como si estuviéramos en el jardín del Edén, y fuera normal andar sin ropa, se bajó el pantalón junto con la bombachita. Mis palpitaciones aumentaron considerablemente al ver otra vez el cuerpo del pecado. El tenerla desnuda delante por voluntad propia era muy diferente, además me permitía admirar sus curvas y la sutil forma en que su cadera se unía con sus piernas.
―Te queda muy bien ―dije intentando que mi voz sonara lo más natural posible, sin conseguirlo―. No creo que a mí me quede así de bien ―me acerqué un par de pasos por inercia.
―Me gusta porque queda bien suave. Fijate.
¿Me invitaba a mirar o a qué? ¿Por qué me hacía esto, acaso me estaba probando? Me acerqué más, de hecho me acerqué demasiado, tanto que nuestras cabezas casi se tocaron cuando miramos hacia abajo al unísono. Tomó mi mano derecha y la apoyó sobre su pubis. Sentí suavidad, tibieza, delicadeza. Una vez más su pubis me llenó de dudas, nunca me había sentido así, ni siquiera aquella única vez en la que tuve entre mis dedos un miembro masculino, esa experiencia me resultó sucia, casi repulsiva e inmoral; en cambio el lento recorrido de mis dedos sobre esa suave loma me traía paz a cada rincón de mi cuerpo, con excepción de mi corazón, el cual amenazaba con salirse por mi boca; inconscientemente apreté los dientes, para impedírselo. Acaricié su monte de Venus con la yema de mis dedos y algo me atacó sin previo aviso. Fue Lara, que se lanzó contra mi boca. ¡Me estaba besando! Mi reacción fue tan rápida como la de una tortuga paralítica; me quedé prácticamente petrificada. Sus cálidos y tiernos labios se pegaron a los míos, humedeciéndolos. Cerré los ojos por acto reflejo y siguiendo el mismo instinto fui deslizando mi mano derecha hacia abajo. ¡Ella sabía todo… todo lo que había pasado durante la noche! Toqué su clítoris, estaba duro y húmedo, como seguramente lo estaría el mío. Lo acaricié una vez más con la yema de mi dedo mayor, hasta pude sentir el contraste entre la rugosidad de mis huellas digitales y la húmeda suavidad de su clítoris. En ese instante ella apartó mi mano.
 ―¡Hey! ¿Qué hacés? ―me miró sorprendida, sus grandes y oscuros ojos estaban demasiado cerca de mí, me resultó imposible esquivarle la mirada; me sentí humillada. Tenía ganas de hacer un pozo y enterrarme allí mismo.
―¿Qué hacés vos? ¿Por qué me besaste, estás loca?
―Fue por la apuesta, Lucre.
―¿Qué apuesta? ―no sabía nada de ninguna apuesta.
―Te conté de eso recién. La apuesta que me hizo Tatiana, de besar una chica.
―¿Recién? ―estaba confundida como un caballo arriba de un techo, no recordaba nada de eso― ¿Y por qué a mí?
―Porque vos eras la más difícil. Tatiana dice que vos nunca aceptarías besar a una mujer.
―¡Y tiene razón! ―¿La tenía?
―Puede ser, además sos mi mejor amiga, no hubiera besado a otra chica. Bueno… mi mejor y única amiga ―sentí pena por ella, de no ser porque socializaba un poco con mi grupo de amigas, ella no hablaría con nadie en la facultad―, así que, en realidad, vos era mi mejor y única opción. Ahora tengo una prueba de que logré hacerlo y Tatiana va a tener que cumplir con su parte del trato.
Me enseñó su teléfono celular. ¿En qué momento lo agarró? En pantalla pude ver una foto nuestra besándonos, estaba muy bien centrada a pesar de que, evidentemente, la había tomado con los ojos cerrados.
―¿Vos pensás mostrarle eso a las chicas? ¡Yo te mato!
―No, a las chicas no. Solamente a Tatiana, después la borro. Te lo prometo.
―¿Y qué gano yo con esa apuesta? ―ella pensó unos segundos.
―La verdad no sé. Pero te voy a deber un gran favor, si se te ocurre algo, pedímelo ―se me ocurría crucificarla si esa foto caía en manos de mis padres― ¿Y qué fue eso del toqueteo?
¿De verdad ella no se había enterado de nada de lo que había ocurrido durante la noche? ¿Tan profundamente dormida estaba? No pensaba responder a esa pregunta ni con cien latigazos en la espalda.
―¿Qué toqueteo? ―me hice la boluda; algo que me salía sorprendentemente bien cuando era necesario―. ¿Así que ahora sos amiga de Tatiana? ―pregunté para cambiar el tema de conversación.
―¿Amigas? No, todavía no. Empezamos a charlar hace poco, ella me ayudó con algunas dudas que yo tenía, sobre un tema de la facultad. Te lo pensaba preguntar a vos, pero estaba en la biblioteca y la única conocida que tenía cerca era Tati. Es macanuda la morocha ―sonrió.
―Sí, ella es la mina más buena que conozco.
―¿Y yo no lo soy?
―No, vos sos maldita ―lo dije porque ella tenía la costumbre de hacer bromas de mal gusto.
―Señorita Lucrecia, le recuerdo que la idea del beso no fue mía, sino de Tatiana. Así que cualquier queja, duda o sugerencia, diríjase a ella; el horario de atención al público cierra ahora mismo ―al decir esto subió su pantalón, como simbolizando el cierre de una ventanilla. 
En ese instante recordé que yo aún seguía desnuda, de la cintura hacia abajo, y me ruboricé. Me apresuré a ponerme la bombacha y busqué mi pantalón.
Pocos minutos después, sus padres nos llamaron a desayunar. Comimos tranquilas y en paz mientras charlábamos de cualquier cosa que no tuviera nada que ver con sexo lésbico, al menos yo me esforzaba por evitar esos temas. Luego del desayuno, Candela le pidió a su hija que comprara algo en el almacén, me ofrecí a acompañarla pero mi amiga me aseguró que no demoraría, yo podría seguir tomando la segunda taza de café con leche, la cual ya me estaba sirviendo amablemente su madre. Insistí pero volvió a rechazar mi oferta.

-2-

Cuando Lara se marchó, Candela se excusó diciendo que debía poner ropa a lavar, quedé sola en la cocina; sin embargo no me sentía de esta forma. Tenía la incómoda sensación de que un ser extraño y peligroso me estaba haciendo compañía. Mientras tomaba un sorbo de café con leche, lo vi. Estaba arriba de la mesa, atrayéndome hipnóticamente como una trampa a un conejo. La versión original de la caja de Pandora: el celular de Lara. Una idea se disparó en mi cabeza, debía aprovechar ese momento para borrar la foto del beso; si alguien la viera jamás me creerían que se trató de una simple apuesta de la cual yo ni siquiera estaba enterada. Pude haber luchado contra esta imperiosa necesidad de sabotear a mi amiga e invadir su privacidad; pero mis impulsos siempre fueron más fuertes que yo. Entré directamente a la galería de multimedia y la misma atracción letárgica me llevó hacia la carpeta que contenía los videos; fue una suerte haberla encontrado vacía. Suspiré y fui hasta la galería de imágenes donde encontré tres fotos que nunca había visto. Las tres eran primeros planos de su vagina al desnudo. ¿Qué le pasaba a esta chica? ¿Por qué tenía tanta obsesión con inmortalizar su sexo en fotos y videos? Maldita tentación que es fuerte y maldita yo, por ser débil. Hice lo que no debí hacer… una vez más. Empleando el mismo método que la vez anterior, robé sus fotos, aunque sabía esta vez tenía más tiempo e hice todo con mayor cuidado. Al final no me animé a borrar la foto del beso, eso la alertaría y sabría que vi sus fotos desnuda. Me había convertido en toda una delincuente sexual. Robaba, violaba, tocaba, lamía… ¿y quién sabe qué otras cosas estarían por venir? Me atemorizaba de mí misma.

-3-

A su regreso noté a Lara más jovial que de costumbre, cuando le pregunté por qué estaba así se limitó a decirme que mi visita la había puesto muy feliz; tragué saliva y le confesé que a mí también me agradaba mucho pasar el tiempo con ella. Nos dirigimos nuevamente hacia su cuarto, me informó que tenía algo importante que decirme y yo, con los nervios amenazando mi integridad psicológica, la acompañé. Nos sentamos al borde de la cama, no pude dejar de notar que ella cerró la puerta al entrar.
―No sé si te lo dije antes; pero quiero que lo sepas ―mientras hablaba me tomó de las manos, las suyas estaban frías como la porcelana―. Vos sos mi mejor amiga, Lucrecia, y no lo digo porque no tenga amigas, podría tener miles y vos seguirías siendo la más importante de todas. Vos fuiste la primera en decir que yo soy tu “mejor amiga” ―no recordaba claramente haberlo dicho primera, pero tampoco podía negar que tuviera razón―. Al principio creí que estabas un poquito loca, porque casi no nos conocíamos, pero después, con el tiempo, pude darme cuenta de que a mí me tratabas de otra forma; diferente a la del resto de tus amigas. Eso me hizo sentir valorada, nunca nadie se había interesado por conservar mi amistad. Por eso, y por todo lo que vivimos juntas, me di cuenta de que sos una amiga muy especial para mí, y siempre lo vas a ser.   
Sus palabras me tomaron por sorpresa, podía afirmar que conocía a Lara bastante bien y su repentina confesión me inquietaba bastante. Ninguna de las dos solíamos entrar en el terreno de lo sentimental, a mí no me molestan las cursilerías; pero sí me avergüenzan bastante, por eso es que, ante una, suelo reaccionar de forma poco ortodoxa, como si intentara quebrar el momento y trasladarlo a un plano en el que me sienta más cómoda.
―Si me vas a besar otra vez, al menos esperá a que me lave los dientes ―le respondí mirándola fijamente a sus grandes ojos.
―No me importa tu mal aliento, si te quiero besar lo hago y punto ―fue un alivio ver que bromeaba de la misma forma que yo; eso quitó mucha de la tensión que tenía acumulada y me permitió ser yo misma.
―Sé que te morís por mis besos; pero también sé que sólo los usás para cobrar apuestas... y quién sabe qué otros beneficios inmorales. El Señor te va a castigar.
―“Tu” Señor no me da miedo, ni vos tampoco... te voy a comer la boca ―me tomó con sus pálidas y frías manos por las mejillas―, besame.
―¡No! ―exclamé al mismo tiempo que retrocedía; ella puso sus labios en una cómica posición de beso, comencé a reírme y a forcejear con ella.
―Dame esa boquita ―se abalanzó contra mí, sin dejar de sujetarme, pero un instante antes de que sus labios chocaran contra los míos, ella aminoró la fuerza de sus manos y me permitió girar la cabeza y así recibir su beso en una mejilla―. No te resistas a mi amor, nacimos la una para la otra, ni Dios ni Cristo podrán separarnos; porque el fuego de nuestro amor ardería hasta en el más frío de los infiernos ―comencé a reírme a carcajadas, ya que una vez escuchamos una frase muy parecida en una telenovela empalagosamente romántica; nos pasamos varios días riéndonos de esa escena y de la forma, poco real y edulcorada, en la que hablaban los protagonistas.
―Mi corazón le pertenece a otra, lo nuestro es imposible ―le respondí; eso no lo había escuchado puntualmente en ninguna telenovela; pero me imaginaba que debía ser una frase muy típica.
―Esa otra sólo busca lastimar tu ingenuo corazón ―su sobreactuación me causaba mucha gracia, también me reía por su insistencia al besarme, aunque siempre me permitía esquivarla―. Yo lo cuidaría y lo guardaría en el sitio más seguro de mi hogar. Besame ―una vez más su boca pasó rozando la mía y se estrelló contra una de mis mejillas.
―¿Me vas a arrancar el corazón?
―Si es necesario, te arranco hasta el hígado.
―Mi hígado es todo tuyo, mi amor; tuyo y para siempre.
―Esas palabras me llenan de felicidad. Muero por tus besos.
―Te voy a besar hasta tocarte las amígdalas con la lengua.
No estoy segura de cómo ocurrió, pero en ese instante perdimos nuestros papeles actorales. Instintivamente me acerqué a ella, sujeté firmemente su cabeza y la obligué que quedara perpendicular a la mía. Abrí levemente la boca, antes de cerrar los ojos pude ver que ella hacía lo mismo; al segundo siguiente estaba sintiendo una cálida y húmeda suavidad contra mis labios.
Nuestro beso no fue como lo anticipé, no tuvo gestos bruscos o exagerados, característicos de nuestra sobreactuación. En el preciso instante en el que nuestras bocas se tocaron, todo se volvió más lento, la armonía y la paz nos envolvieron. Un interruptor especial se activó en mi interior, había besado antes; pero extrañamente sentía como si ésta fuera la primera vez que lo hacía. Uno de sus brazos cruzó sobre mi nuca y yo la atraje más hacia mí, sujetándola con firmeza por la cintura. Mis labios se abrían y se cerraban buscando los de ella, intentando aprisionarlos inútilmente, ya que la humedad y la viscosidad que tenían nuestras bocas provocaba que los labios se deslizaran uno contra el otro.
Tuve un fugaz momento de cordura y recordé que estaba besando a una mujer; me aterré y me aparté de ella avergonzada. Nos miramos fijamente, sus mejillas se habían puesto rojas. Quería pedirle perdón; pero las palabras no me salían. Ni siquiera podía volver a bromear, estaba consternada y me sentía una estúpida.
―Vos también sos mi mejor amiga ―fue lo único que alcancé a decir.
―Ya lo sabía, pero me alegra oírlo otra vez ―me contestó con una amable sonrisa.
―Lara, ¿me puedo dar un baño? Tengo calor, no debí haberme puesto pantalón largo ―mi verdadera intención era conseguir tiempo a solas, necesitaba pensar... y alejarme de ella.
―Por supuesto. Si querés te presto algo de ropa, para que te sientas más cómoda. 
―Muchas gracias... mejor amiga ―me esforcé por sonreír.

-4-

El baño que estaba junto a su dormitorio era pequeño, tanto que al sentarme en el piso, dejando que el agua de la ducha cayera sobre mi cuerpo desnudo, mis pies tocaban la pared que tenía frente a mí. Crecí con la convicción de que el agua es el elemento de la pureza, aquel que limpia nuestros pecados y puede llevarse los demonios que nos invaden, es por eso que cada vez que me siento agobiada, necesito darme una ducha. La paz que me transmite la lluvia cayendo sobre mí es instantánea, hasta el ruido que producen las gotas al chocar contra el piso o mi piel, consigue relajarme. Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos mientras, con mis manos, lavaba mi cuerpo; podía sentir cómo la capa de sudor que me cubría, se difuminaba. Comencé a sentirme limpia, física y espiritualmente; pero tenía la certeza de que no bastaría con esto.

-5-

A pesar de que nos encontrábamos en otoño, el día amaneció cálido. No me extrañaba en absoluto ya que en esta ciudad los cambios climáticos solían ser drásticos y repentinos. Me atreví a pedirle prestada una pollera a Lara. Me ofreció varias encantada. Me decidí por una blanca con flores amarillas bastante bonita que me llegaba hasta las rodillas, por lo cual tenía el nivel de discreción justo y necesario. No podía vestir zapatillas con esta pollera, por lo que ella misma me prestó un par de chatitas, las cuales me quedaron algo ajustadas, debido a que ella usaba un talle levemente menor al mío; sin embargo era perfectamente tolerable. No solía intercambiar ropa con mis amigas, pero me parecía divertido hacerlo, especialmente con Lara, ya que teníamos gustos similares al vestirnos; a ninguna de las dos nos gustaba ostentar demasiado con nuestro cuerpo... si nos desnudábamos una frente a la otra, era un tema totalmente diferente, que nada tiene que ver con el estilo de atuendo que utilizamos en nuestra vida cotidiana.
A veces tenía la sensación de que sólo buscaba argumentos que excusaran mi comportamiento, sólo con la intención de convencerme a mí misma de seguir siendo una buena chica. Si tan sólo la gente supiera la infinidad de excusas estúpidas que me invento cada vez que caigo en la tentación de mirar contenido pornográfico… me declararían insana mentalmente.
Le prometí a Lara que luego le prestaría lo que ella quisiera de mi guardarropa; a pesar de que yo soy considerablemente más alta que ella, tenía ropa que podría quedarle muy bien… o tal vez podría tomar prestada algo de la ropa de mi hermanita, Abigail, ya que tenía una contextura física muy similar a la de mi amiga.

-6-

Lucio, el padre de Lara, fue muy amable al llevarnos en auto hasta la Universidad; pero yo no podía tranquilizarme, los recuerdos de lo que había hecho durante la noche me agobiaban, la rápida ducha no había sido suficiente para limpiarme y aún me sentía sucia, dentro de mi alma. Tenía una fuerte necesidad de confesarme; sin embargo no me sentiría nada cómoda narrándole lo acontecido a un Cura, él era hombre y no comprendería asuntos femeninos tan delicados.
Al bajar del auto miré directamente hacia la capilla que estaba conectada a la Universidad. Ésta dividía justo a la mitad el enorme establecimiento, si uno observaba el edificio de frente podría ver a la derecha el amplio complejo universitario con una arquitectura moderna y paredes color beige; a la izquierda se encontraba el colegio secundario, éste mezclaba paredes de piedra y ladrillos gastados y mohosos, que aparentaban ser tan antiguas como la capilla misma y contrastantes sectores tan limpios y rectos de la Universidad.
―¿Pensás ir a rezar? ―me preguntó Lara al verme tan meditabunda.
―De hecho, sí. Necesito hacerlo.
―Espero que no sea por mi beso ―se rio.
―No Lara ―hice un esfuerzo por sonreír―, sólo necesito hacerlo, no hace falta hacer cosas malas para ir a rezar.
―Me parece bien. Disculpá que no te acompañe pero cada vez que entro a ese lugar siento que el señor de la cruz me mira raro.
―Por algo será ―esta vez pude sonreír con mayor naturalidad―. Bueno, nos vemos más tarde ―me despedí de ella con un impersonal beso en la mejilla.
Me separé de mi amiga y me acerqué a la capilla. A veces me preguntaba cuál sería el tamaño real de todo este complejo. Durante mis primeros años de estudios permanentemente estaba realizando nuevos hallazgos, sectores que nunca había visitado o atajos que comunicaban, a través de puertas y pasillos, distintas alas de la Universidad. A los estudiantes universitarios no se nos permitía deambular por el sector del colegio secundario, lo cual me parecía lógico; ningún padre quería que sus hijas e hijos estuvieran codeándose con estudiantes mayores de edad. Sin embargo sí podíamos pasear tranquilamente por casi toda la Universidad y el sector de la capilla. En una de mis travesías por esa amplia red muros supe que detrás de la capilla aún funcionaba una buena parte del antiguo convento y que allí vivían el Cura y varias monjas, que eran las encargadas de administrar el colegio secundario y las misas. Si bien solía evitar a las monjas, en ese momento me urgía hablar con alguien sobre lo que me estaba pasando y me sentiría mucho más cómoda si lo hacía con una mujer.
Entré a la capilla y me persigné sintiéndome culpable, no me creía merecedora de estar de pie frente a la figura de Jesús en la Cruz. No quería quedarme allí más tiempo del necesario, miré en derredor buscando a alguien que pudiera resultarme de ayuda. Tuve la gran suerte de encontrarme con la Madre Superiora, una ancianita bondadosa a la que llamábamos Sor Francisca. Me le acerqué aparentando ser una niña inocente, ella estaba encantada conmigo ya que conocía muy bien a mi familia. Donde hubiera iglesia católica de por medio, mis padres se daban a conocer, además ellos habían hecho generosas contribuciones al establecimiento. Los administradores de todo el complejo sólo tenían una queja con respecto a mí, que yo no haya cursado allí mismo mis estudios secundarios, pero en ese entonces mi madre estaba enamorada de otro colegio privado dirigido por la iglesia al cual concurrimos mi hermanita y yo durante los primeros diecisiete años de nuestras vidas; pero allí no se podían realizar carreras universitarias, por lo que mi madre se vio obligada a buscar un nuevo sitio que le permitiera ostentar todo su amor a Dios.
―Buen día Francisca ―saludé a la arrugada monjita, ella prefería que la llamaran simplemente por su nombre ya que le disgustaban los protocolos― ¿Le puedo hacer una pregunta? ―sostuve mis carpetas y apuntes con ambas manos frente a mi pollera aumentando la ilusión de “niña buena”.
―Claro que sí hijita, ¿qué es lo que te preocupa? ―su sonrisa era amplia, maternal, sincera, gastada y amarillenta.
Miré a mi alrededor para asegurarme de que estuviéramos solas, estábamos rodeadas por amplios bancos de madera situados prolijamente uno detrás del otro, por lo general estaban ocupados por alguien que quisiera rezar en paz, pero solamente vi a Jesucristo en la cruz, como testigo. Sor Francisca seguía sonriéndome y mirándome desde atrás de esos gruesos anteojos redondos que parecían estar hechos con la base de dos botellas. Le devolví la sonrisa y disparé a quemarropa:
―¿Usted cree que las relaciones sexuales entre mujeres son algo normal?
A la pobre ancianita casi le da un infarto, sus ojos quedaron como los de un cordero degollado. Tuvo que aferrarse a un banco de la capilla para no derrumbarse, las piernas le temblaron y me miró como si yo fuera el mismo anticristo enfundado en un traje de niña ingenua.
«¡Excelente Lucrecia!, esta vez sí que la hiciste bien». Ya podía imaginarme los titulares del diario de mañana: “Mojigata asesina a dulce monjita con indagaciones lésbicas
―¡Ay, perdón! ―Pensé rápido―. Me olvidé de explicarle que estoy haciendo una encuesta sobre temas de actualidad, es para un trabajo práctico ―mentí descaradamente y tuve la sensación de que Jesús, desde la cruz, me miraba con ojos acusadores.
―Está bien hija ―la pobre mujer no sabía cómo reponerse del tremendo disgusto―, pero yo ya estoy vieja para temas de actualidad, especialmente temas tan delicados como ese. Deberías preguntarle a alguna de las hermanas más jóvenes. Como a la Hermana Anabella, por ejemplo. Ella es la más jovencita. Seguramente está más actualizada que yo. Virgen María purísima ―se persignó―. Cómo está cambiando el mundo; pero una sierva de Dios siempre debe ser fuerte y entender que el mal siempre va a existir y que a veces cambia de rostro. Recuérdelo muy bien, jovencita.
Agradecí su generosidad y sus sabias palabras, le prometí reunirme con la Hermana Anabella en cuanto me fuera posible. Salí caminando a paso ligero sin levantar la mirada por miedo a que Jesús me fulminara con un rayo divino y me enviara a rendir cuentas a los pies de su Santo Padre.
Algunos vehículos surcaban la calle a gran velocidad, debía tirarme debajo de alguno de ellos y poner fin a toda esta tortura; pero luego recordé que todavía no me había confesado y me iría directo al infierno. No era un buen momento para hacerlo, además el suicidio de por sí era pecado. En ese momento pensé en la famosa frase “¿Qué haría Jesús?”
La respuesta me llegó con disgusto. ¿Qué sabía Jesús de asuntos lésbicos? Él podría ser un gran sabio y se había enfrentado a grandes altercados, manteniendo una ejemplar postura; pero estaba segura de que nunca se había puesto en el lugar de una mujer que se sintiera atraída, de alguna forma, por otras mujeres. Una vez más pude comprobar que en asuntos femeninos, el “Barbudo” no era de gran ayuda.

-7-

Estaba ensimismada en mis pensamientos cuando una chica de mi edad, aproximadamente, pasó junto a mí. La miré sin salir de mi letargo, pero pocos segundos después caí en la cuenta de que la conocía. Era Tatiana, la chica que Lara mencionó cuando se refirió a su apuesta. Ella tampoco me prestó atención.
Ella es una chica de tez oscura y cabello tan negro como el de Lara. Tenía algunos kilos de más, según sus propias palabras; pero, en mi opinión, le ayudaban a realzar su voluptuosa figura. Recuerdo que un viejo amigo, que ya había dejado de cursar conmigo, me dijo una vez que él admiraba mucho el cuerpo de Tatiana, según su opinión, el mundo estaba loco al creer que las mujeres delgadas eran las más bonitas, aseguraba que una mujer, hecha y derecha, debía tener “carne de dónde agarrarse”. También sabía que ese muchacho intentó invitar a salir a Tatiana pero ella se negó. No recibí la noticia completa, pero se corrió el rumor de que ella lo rechazó porque no le interesaban los hombres.
Pensé que si esos rumores eran ciertos, ella podría ayudarme con mi problema. Fue allí cuando di un paso más hacia el barranco de la perdición. La saludé.
―Lara te ganó la apuesta ―le dije, por un segundo creí que mi amiga me había inventado esa excusa para besarme y que no existía ninguna apuesta.
―¿Te besó? ―me miró sorprendida abriendo al máximo sus ojitos rasgados.
―Sí, y tiene una foto para demostrártelo; pero no pienses nada raro, fue sólo por la apuesta ―eso lo dije más para mí que para ella.
―Sí, ya sé. Maldita, ahora le voy a tener que contar…
―¿Contar qué cosa?
―Secreto.
Podía sentir hervir en mí la curiosidad de Pandora. Si mi madre se enteraba que hacía tantas referencias a la mitología griega, me asesinaría; pero no podía evitarlo, siempre me habían fascinado esas historias, aún más que las de la Biblia. No dejaría pasar esta oportunidad, especialmente porque mi instinto femenino me decía que ese “secreto” posiblemente estaría indirectamente relacionado con las dudas que me atormentaban.
―Para ser justas, yo también te gané la apuesta; porque fui yo quien tuvo que poner la cara. Deberías contarme a mí también.
―Sos mala ―no lo dijo como reproche, al parecer mi atrevimiento la divertía―. Te contaría, pero ahora no hay tiempo, estamos por entrar a clases ―éramos compañeras de curso y la universidad administraba las comisiones de forma tal que uno casi siempre tuviera los mismos compañeros en todas las materias.
―Es cierto, en un rato comienza la clase de inglés, la más fácil y aburrida de todas. Ninguna de las dos va a tener problemas por ausentarse una vez ―de hecho ni siquiera tenía ganas de estudiar ese día, no podía concentrarme en nada… o tal vez se trataba del despertar de mi espíritu rebelde; el cual habían amansado a base de ostias y promesas de que si era mala, me iría derechito hacia el infierno del terror. 
―Tenés razón, es muy aburrida y a mí nunca me costó el “inglish”. Espero que después no te arrepientas de lo que te voy a contar. Vení, acompañame.

-8-

La seguí por los pasillos de la Universidad sin saber que me estaba adentrando en un camino sin retorno, ya no habría vuelta atrás y de no haberla seguido mi vida, probablemente, hubiera sido muy diferente. No presté atención al recorrido, me limité a caminar detrás de ella, ni siquiera sabía en qué sector nos encontrábamos. Estaba nerviosa por tanto secretismo ¿no podíamos sentarnos en cualquier banco a conversar? Aparentemente no, ya que ella no se detuvo a pesar de que pasamos por varios sitios muy buenos para sentarse.
No sentía miedo, sólo curiosidad. Confiaba en Tatiana ya que habíamos sido compañeras universitarias durante tres años y en más de una ocasión habíamos hecho trabajos prácticos en grupo. Sabía que ella era una chica muy bondadosa y sumamente generosa. Cuando ella dejó de frecuentar el grupo que habíamos formado con mis amigas, me apené bastante ya que creí que algún día Tatiana sería una de mis mejores amigas, ya que, junto con Lara, era una de las que mejor me caía. Nunca entendí por qué se distanció del grupo, pero supuse que tendría sus razones; podría deberse a los rumores que circulaban sobre su inclinación sexual, a veces la gente tiende a apartar a aquellas personas que no logra comprender. Más de una vez intenté demostrarle que yo no pensaba igual que mis amigas, de ser este el motivo; pero nunca supe cómo hacerlo. Tal vez mi involuntario beso con Lara podría cambiar un poco las cosas, ella era la única chica con la que aún mantenía una relación amistosa dentro del ambiente universitario.
Por fin llegamos destino. Tatiana se detuvo delante de una puerta doble, buscó una llave en su bolsillo y la abrió. Entramos a lo que parecía ser un vestuario deportivo, tenía lógica que éste estuviera ubicado allí ya que desde el otro extremo del mismo se podía acceder a los campos de juego.
―¿Cómo conseguiste esta llave? –pregunté recorriendo el lugar con la mirada, había casilleros, bancos de madera y algunos lavamanos, más allá se podía ver el ingreso a las duchas.
―Ayudo con tareas de conserjería en mis ratos libres. Gracias a eso la cuota mensual de la Universidad se me hace mucho más accesible. Estos cobran lo que quieren ―se quejó―, y para colmo cada mes la aumentan más.
―Ah sí, es cierto… es una barbaridad.
Me sentía avergonzada, no tenía ni la más pálida idea de cuán alto era el monto de la cuota, mis padres se encargaban de pagarla cada mes, mi función se limitaba a asistir a todas las clases, estudiar durante horas y aprobar con buenas calificaciones todos los exámenes; lo cual cumplía muy bien.
No sabía demasiado sobre la vida actual de Tatiana, pero era consciente de que su familia no estaba tan bien económicamente como la mía.
Me senté en un banco de madera color verde claro y Tatiana acercó el que estaba paralelo al mío. Quedamos muy cerca una de la otra, supe que pretendía hablar sin que nadie nos escuche. No pude evitar reparar en sus grandes pechos que sobresalían de la blusa negra sin mangas que llevaba puesta. No es que tuviera mucho escote, pero si tenía senos de tamaño considerable, a veces creía que los míos eran grandes pero los de esta chica me hacían ver como una tabla de planchar. Vestía una pollera similar a la que yo llevaba puesta, aunque la de ella era bastante más corta y ajustada, cuando se sentó se le levantó un poco y pude ver sus piernas de piel morena. A pesar de ser una chica rellenita, contaba con piernas firmes y bien torneadas.
―Lo que te voy a contar es verídico ―comenzó diciendo―, si te molesta lo que vas a escuchar es tu culpa, por insistir ―asentí con la cabeza, no tenía idea de qué me diría― ¿Vos conocés bien a Cintia?
―Sí, es mi amiga.
Cintia era una de las chicas que formaban mi más cercano círculo de amistad. Era una muchacha rubia, y distaba mucho de ser la más hermosa del grupo; pero sus sugerentes y extravagantes atuendos sumados a grandes capas de maquillaje, la hacían bastante llamativa. Acostumbraba llevar grandes anteojos de sol, esto cubría sus ojos demasiado grandes y saltones, dándole la oportunidad de aparentar ser una “Barbie”, excesivamente delgada, como esas muñecas y con el mismo coeficiente intelectual. Tal vez estoy haciendo un análisis en retrospectiva de ella y puedo ser un tanto injusta al resaltar tanto sus puntos negativos, ya que el mayor problema que tenía con ella era que a veces me molestaban sus comentarios con marcada tonalidad soberbia, nada a lo que no pudiera acostumbrarme después de cierto tiempo; pero luego tendría motivos más que suficientes para detestarla. Aprendí que en cuanto mejor me cae una persona, más hermosa la veo físicamente, así no lo sea en realidad, tiendo a realzar sus puntos buenos, en cambio cuando una persona me desagrada, sólo puedo recordar sus defectos y puedo agrandarlos en mi mente hasta el punto de ver a esa persona como un ser horrible.  
―¿Alguna vez ella te contó por qué me odia tanto? ―me preguntó Tatiana.
―No, de hecho no sabía que ella te odiara… o sea, sé que no le caes bien. Nada más.
―Me odia ―sus ojos chispearon―. Antes ella era mi amiga, mi mejor amiga ―también desconocía ese detalle-; pero un día pasó algo que tiró la amistad por la borda… no sé cómo contarte esto.
―Podés intentar contarme desde el principio, con palabras claras ―mordí mi labio inferior, no sabía si era buena idea pedirle que me narrara lo ocurrido.
―Bueno, está bien. Te hice venir hasta acá, lo mínimo que puedo hacer es contarte. Nosotras éramos muy unidas desde la secundaria, pasábamos mucho tiempo juntas y nos teníamos mucha confianza. Pero como te dije, un día hubo un problema que arruinó todo. Esto pasó una noche en la que estábamos en su casa, en su cuarto, para ser más precisa. Cintia empezó un jueguito peligroso, y fue ella quien comenzó, yo solamente le seguí la corriente, te lo juro. El jueguito consistía en toquetear a la otra de forma aparentemente divertida e inocente ―«¡Ay mi Dios, otra historia sobre lesbianas!», pensé. A pesar de mi incomodidad decidí no interrumpirla, de todas formas mi instinto me había preparado levemente y esto era lo que estaba buscando, ahora debía soportarlo―. Cintia comenzó a pasarse un poco de la raya con los toqueteos, y cuando digo “pasarse de la raya” lo digo literalmente... con decirte que llegó a meterme un dedo en la vagina ―abrí mucho los ojos y levanté mis cejas al máximo.
―¿Y vos qué hiciste? ―pregunté con la boca seca.
―No me quedé atrás, le respondí haciendo lo mismo.
―Estaban... ¿desnudas?
―No, pero teníamos polleras, era fácil meter la mano.
―¿Qué pasó después? ―estaba consternada, no podía dejar de imaginar a Lara desnuda al escuchar lo que Tatiana me estaba contando.
―A modo de represalia, Cintia volvió a introducir su dedo en mi vagina, pero lo hizo más adentro. Dedo va, dedo viene, nos fuimos poniendo cachondas. Especialmente ella, que se mojó toda. Lo que viene ahora puede que no te guste, pero así es como pensaba contárselo a Lara, supongo que a ella tampoco le van a agradar los detalles; pero eso es problema de ustedes, no mío. De todas formas, después no vuelven a hablarme, como pasa siempre con todas ―no le dije nada ya que no encontré palabras―. La situación con Cintia empeoró cuando a mí se me ocurrió chupársela, tengo que admitir que siempre tuve mucha inclinación por las mujeres y ella lo sabía perfectamente, por eso mismo conocía los riesgos de jugar de esa forma conmigo. Cuando me metí entre sus piernas pensé que se iba a negar, pero no, al contrario, me dejó comerla toda. Fue mi primera experiencia con una mujer, no podía creer que lo estuviera haciendo... y con mi mejor amiga. Para que entiendas que no fue una simple lamida te cuento que duró bastante tiempo y fui muy intensa, ella se movía para todos lados y no paraba de jadear ―le iba a decir que no era necesario dar tantos detalles pero no podía ni hablar, me sentía sumamente extraña, nunca había hablado de sexo de forma tan abierta con alguien y mucho menos de sexo lésbico―. Estuve casi media hora chupándola. No te miento. Después de tanto tiempo ella no podía decir que fue algo que hice sin su consentimiento. Hasta tuvo un orgasmo. Para mí fue como un sueño hecho realidad, estaba muy feliz.
―Fue algo bastante loco ―admití―, pero no le veo el problema.
Eso tenía validez sólo si consideraba algo corriente comerle la rajita a una amiga... al menos Tatiana había tenido la decencia de hacerlo mientras ella estaba despierta, yo aún podía recordar el culposo sabor de la vagina de Lara. ¡Dios mío! Qué extraño se sentía admitirlo, había chupado una... una de esas, no podía deshacer lo hecho, quedaría durante toda mi vida en el prontuario de mis locuras; pero lo que más me inquietaba era ese perverso recuerdo de placer.
―La historia no termina allí ―reanudó Tatiana―. Después me acosté en la cama, me quité la bombacha y le pedí que me la chupara –se quedó en silencio, parecía muy triste.
―¿Y qué pasó?
―La muy hija de puta empezó a gritarme de todo «¡Lesbiana de mierda!», «¡Gorda puta!» y demás cosas por el estilo. Fue como si se hubiera transformado en un segundo, como si pasara del amor al odio en un solo paso, como si la Cintia que conocía hubiera sido consumida por un ser maligno. Me insultó y me humilló sin razón alguna. Hasta me echó de su casa en mitad de la noche y yo ni siquiera tenía plata para un taxi. Tuve que ir caminando hasta mi casa, fue horrible, no podía parar de llorar, no entendía nada ―el simpático rostro de Tatiana se llenó de lágrimas.
―¡Pero qué hija de puta! ―me sorprendí a mí misma al decir semejantes palabrotas, pero estaba indignada. Muy indignada―. No te pongas mal Tati. La estúpida es ella, que no supo admitir que le gustó y peor aún, por orgullosa ni siquiera te pidió disculpas ―asintió lentamente con la cabeza limpiando las lágrimas con el dorso de la mano. En ese momento supe que había encontrado la persona indicada para plantearle mis dudas-. Te cuento una cosa. Hace unos días que me está pasando algo raro ―me temblaban las manos, por primera vez hablaría de mi problema, abiertamente―, algo raro con las mujeres ―me miró directamente a los ojos― tengo mucho miedo de que pueda estar volviéndome lesbiana. Ni siquiera sé si debería llamarlo de esa forma... no sé qué hacer, es todo muy confuso. ¿Es normal que una mujer se sienta atraída sexualmente por otra sin ser lesbiana?
―Me sorprende muchísimo esto viniendo de vos, Lucrecia. Siempre te vi como una chica... no sé cómo llamarlo... ¿normal? Te veo como el modelito de la “chica perfecta”, los profesores siempre me dicen: «Aprendé de Lucrecia Zimmer, ella sabe cómo hacerlo» ―mencionó mi apellido, al igual que lo hacían los profesores―. También pensaba que vos me detestabas igual que las otras chicas, ya que sos amiga de Cintia, algo malo te habrá dicho de mí.
―Te juro que no sabía nada de todo esto. Me indignan muchísimo estas situaciones, no puedo creer que te haya tratado de esa forma y de haberlo sabido antes, no me llevaría tan bien con ella. Te pido disculpas, es cierto que me alejaba de vos por miedo a lo que mis amigas dirían; pero sé que no sos una mala chica, al contrario. No me importan cuáles sean tus inclinaciones sexuales.
―Soy lesbiana, no lo niego. Nunca estuve con un hombre ni quiero estarlo. Sé perfectamente cómo te sentís. A mí también se me hizo un poco difícil al principio. Me costaba asimilarlo, es más, ni siquiera sabía si era alguna locura pasajera o realmente estaba sintiendo atracción por el sexo femenino.
―A mí me pasa exactamente lo mismo. No sé cómo hacer para estar segura de lo que siento.
Me sonrió como si fuéramos amigas de toda la vida. Inclusive tenía la sensación de que éste podría ser el inicio de una gran amistad.
―¿Ya tuviste alguna experiencia con una chica? ―esa pregunta fue como un cachetazo para mí.
―Eso... es algo difícil de responder... no sabría si llamarlo experiencia –noté que la sangre se me agolpaba en las mejillas, debí haberme puesto roja como un tomate.
―No me voy a meter en tu intimidad, Lucrecia. Simplemente pregunté porque una verdadera experiencia con una mujer podría ayudarte a saber si es sólo curiosidad o realmente te gustan.
―No lo llamaría una “verdadera experiencia”. Fue algo... muy extraño.
―¿Vos sentís que te excitan la mayoría de las mujeres o solo con una en particular?
Las preguntas de esta chica seguían cayéndome como baldazos de agua helada. Todo estaba ocurriendo tan rápido que no me había detenido a pensar en eso. Al hacer memoria supe que el viejo altercado con mi prima no fue más que producto de la casualidad; pero con Lara lo sentí muy diferente desde el comienzo. Además fui yo la que buscó llegar más lejos.
―Me pasa con una sola ―contesté agachando la cabeza.
―Entonces puede ser que te guste esa persona en particular, aunque sea de tu mismo sexo, tal vez te “enamora” su forma de ser… o puede ser simple calentura. No soy una experta en la materia; pero creo que primero deberías corroborar si te pasa eso con otras mujeres.
―Puede ser, tal vez es sólo una fijación con ella ―dije, con la vista fija en ninguna parte.
―Lucrecia, mirame ―me sobresalté al sentir que algo me tocaba la pierna, era la mano derecha de Tatiana―. ¿Qué pensás de mí?
―Creo que sos una buena chica y que...
―No, tonta. Me refiero a qué pensás de mí como mujer, ¿creés que soy atractiva?
―Sí ―dije sin dudarlo, no quería que ella tuviera una idea equivocada―. Sos una mujer atractiva.
―¿Te resulto atractiva a vos?
―¿Eh?
―Lo que escuchaste. ¿Te resulto atractiva... como te pasa con esa otra mujer?
―No sé... puede ser ―caí en la cuenta de que ella estaba demasiado cerca de mí, me estaba sintiendo un poco incómoda.
―Hagamos una cosa...
Miró hacia la derecha y luego a la izquierda, para cerciorarse de que estuviéramos solas; lo siguiente que vi fue sus manos bajando rápidamente la blusa por el escote y sus grandes y pulposos pechos aparecieron ante mí. Quedé boquiabierta con la mirada fija en esas marcadas areolas oscuras que señalaban el centro de cada teta.
―¿Te gusta lo que ves? ―me preguntó, no noté sensualidad en su vos, no me dio la impresión de que me estuviera provocando, parecía una pregunta técnica, como si la hubiera realizado un profesor.
―Sí, son muy lindas.
Sabía que el rubor de mis mejillas debía estar delatando mi nerviosismo. Volvió a cubrirse los senos.
―Me alegra saber que te gustaron ―me dijo con una cálida sonrisa.
―¿Eso quiere decir que me gustan las mujeres? ―pregunté asustada.
―No, para nada, sólo quiere decir que te gustan mis tetas ―sonrió divertida. Comencé a reírme.
―No sé si estoy para bromas, Tati... ¿te puedo decir Tati?
―Sí, podés. Perdoname pero quería romper un poquito el hielo, te veo muy tensa. Como si tu vida dependiera de si te gustan las mujeres o no.
―En este momento me siento así.
―No es para tanto... no tiene nada de malo que te gusten...
―Eso lo decís porque no tenés mi familia. Me asesinarían si viniera con un planteo semejante, son demasiado ortodoxos.
―Comprendo...
―Me encantaría saberlo de una vez, me vuelve loca pensar tanto. Antes había tenido dudas leves... nada de qué preocuparme, pero ahora las cosas se me están yendo de las manos.
―A veces, las manos, pueden responder más preguntas que el cerebro.
―¿Por qué lo decís?
―Por esto...
Me sobresalté cuando sentí sus dedos deslizándose por mi rodilla derecha. La tenue caricia era cálida y las yemas de sus dedos eran sumamente suaves, como si fueran almohadillas de seda. Nunca había experimentado algo como esto, en parte estaba intranquila por la forma en la que ella subía con su mano; pero al mismo tiempo me sentía segura, confiaba en su sonrisa y en sus profundos ojos negros.
―Vos decime si esto te agrada o te molesta; sin miedo. Si te molesta saco la mano ―sus dedos continuaban avanzando sin prisa por la cara interna de mis muslos, perdiéndose bajo la pollera; no pude responderle, estaba hipnotizada―. ¿Te molesta? ―Tuve que negar con la cabeza, ella continuó su viaje, ya estaba peligrosamente cerca de mi entrepierna, no podía dejar de mirarla a los ojos―. Pensá que es una mujer la que te está tocando, si querés imaginá a la que te genera dudas.
Mientras hablaba sus dedos lograron escabullirse en mi intimidad, un relámpago cruzó repentinamente por mi cuerpo en cuanto ella tocó mi vagina por encima de la bombacha, cerré las piernas por puro acto reflejo y me puse de pie bruscamente. Mi corazón tamborileaba acelerando el ritmo, sentía la boca seca. Tatiana me miró a los ojos, pude ver preocupación en los suyos.
―No puedo... –le dije―. No me siento cómoda si me tocan... perdón... no sé qué me pasa.
―La que tiene que pedirte disculpas soy yo, tal vez me excedí.
―No, no... ni se te ocurra pensar que me enojé con vos, sé que lo hiciste para ayudarme; no te veo como una aprovechadora.
―No lo soy. Tal vez mis buenas intenciones no son suficientes, imagino que no debe ser fácil dejarse tocar por una persona del mismo sexo.
―Mi caso es un tanto... especial. No le cuentes a nadie pero... solamente una vez tuve sexo con otra persona... y fue una experiencia bastante fea.
―¿Eso ocurrió con un hombre?
―Sí, tal vez por eso imagino que las mujeres me pueden gustar, porque ya probé con un hombre y me desagradó mucho. Desde esa vez no volví a acostarme con nadie.
―No te imaginaba tan... puritana ―me dijo con una cálida sonrisa―. Con lo linda que sos, pensé que deberías ser muy activa sexualmente.
―Para nada, no me faltaron ofertas; pero siempre las rechazo a la primera insinuación, me da miedo que se repita lo que me pasó con ese chico.
―Comprendo, a mí también me dio miedo cuando quise estar por segunda vez con una mujer, me aterraba que reaccionara igual que Cintia; pero logré superarlo, con la ayuda de la calentura que tenía en ese momento.
―Tal vez ese sea el problema. No me siento con ánimo para el sexo ahora mismo. En realidad tengo la cabeza llena de tantas preguntas y no me siento capaz de nada.
―Creo que ahí tengo la culpa yo, lo llevé directamente para un plano sexual, tal vez vos necesitás algo más... afectivo.
―No lo sé... no sabría respondértelo ahora mismo. Estoy muy confundida.
―Entonces dejémoslo acá. Pensalo bien. No hay apuro, es tu vida. No me puedo entrometer en eso.
―Gracias, Tatiana. Sos una chica muy buena, no imaginé que fueras tan comprensiva. Me ayudaron mucho tus palabras. Creo que te equivocaste de carrera al elegir “Administración de Empresas”, deberías haber sido psicóloga.
―¿Con lo rayada que estoy? ―preguntó riéndose.
―Más rayada que yo no estás... eso te lo aseguro.
―¿Vas a volver a clases?
―Creo que no. Sería en vano, hoy no voy a poder concentrarme en nada. Mejor me voy a mi casa ―ella abrió los ojos por la sorpresa.
―Esto sí que no lo puedo creer. La inteligente y aplicada Lucrecia Zimmer, ¡faltando a clases! Se nota que estás atravesando por un cambio muy grande. Deberías aprovechar el tiempo libre para plantearte todas las dudas que tengas.
―Gracias, “doctora”, lo voy a tomar en cuenta ―su sonrisa brilló―. Bueno, me voy... gracias por todo.
Caminé hacia la puerta del vestuario y cuando lo abrí escuché una vez más la voz de Tatiana:
―Lucrecia...
―¿Si? ―me volteé para mirarla, ella tenía la cabeza gacha.
―¿Me prometés que no me vas a ignorar cuando te salude o quiera charlar con vos? ―esa pregunta fue como un puñal helado en mi corazón, me conmovió mucho.
―Te lo prometo. En lo que a mí respecta, vos y yo podemos ser muy buenas amigas. A Lara también le caés muy bien, así que cuando nos veas en la cafetería, acercate a tomar algo con nosotras.
―Gracias ―su amistosa sonrisa volvió a aparecer; la saludé con un gesto de la mano y me fui.

-9-

Cuando llegué a mi casa tuve que mentirle a mi madre, alegando que un profesor se había ausentado; ella no cuestionó mi excusa ya que nunca me había escapado de la universidad. Era la ventaja de ser una chica aplicada y responsable, cuando me volvía irresponsable, nadie se daba cuenta.
Me encerré en mi cuarto, manoteé un CD de música al azar, que resultó ser uno de la banda Evanescence y lo reproduje a alto volumen. Necesitaba aislarme del mundo.
Me acosté en mi cama, mirando fijamente el techo y comencé a analizar mi comportamiento durante los últimos meses. Me di cuenta de que nunca había necesitado una pareja que me brindara amor, la sola idea del romance a veces me parecía tonta; como si eso estuviera hecho para las chicas buenas que se pasaban horas mirando telenovelas, llorando por las desgracias que acontecían a las protagonistas. No me sentía como ellas, de hecho nunca había sufrido algún mal de amores, ya que nunca me había enamorado de nadie... a no ser que Lara fuera...
No. Esa idea era aún más absurda, quería y admiraba a Lara, tal vez como a nadie en el mundo, pero eso no significaba que estuviera enamorada de ella. Mis dudas no tenían que ver con el amor, al menos eso creía, mis dudas eran netamente sexuales, éstas se hicieron más fuertes con el video erótico de mi amiga y las empeoré al cometer la idiotez de lamerle la vagina mientras dormía, en ningún momento había pensado en cariño, amor o romance. Lo que buscaba era satisfacer mis libidinosos deseos. Eso me cuadraba mejor, me tranquilizaba, en cierta forma. Sabía que esto algún día pasaría, mi cuerpo comenzaría a hartarse de las represiones psicológicas a las que lo sometía y comenzaría a pasarme factura. Casi podía escucharlo diciendo «Vamos, Lucrecia, tenés veintiún años, ¿cuándo vamos a empezar a coger?», diría “empezar” ya que ni mi cuerpo ni ninguna otra parte de mí tomaba como un verdadero inicio la experiencia con aquel chico. Un verdadero inicio sexual debía estar marcado por un orgasmo, o al menos una grata emoción, tanto física como psicológica.
Le prometí a mi cuerpo que ya no lo ignoraría, no podía prometerle hacer todo lo que él me pedía; pero al menos sería escuchado y, tal vez, en ciertas ocasiones, haría lo que él me pidiera. Me había hartado de seguir siempre las reglas, merecía disfrutar mi vida... pero primero tenía que esclarecer mis dudas.


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