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domingo, 17 de marzo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 13 - La Mujer bajo la Sotana.

Capítulo 13.

La mujer bajo la Sotana.


Domingo 24 de Mayo, 2014.

-1-

A pesar de estar disfrutando a pleno de nuestra relación, Lara y yo no descuidábamos nuestro rendimiento académico. Era una de las metas que nos habíamos puesto, podíamos ser pareja, pero debíamos seguir manteniendo buenas calificaciones en la universidad. Si bien los exámenes parciales comenzaban en junio, como responsables que éramos, comenzamos a estudiar a mediados de mayo. También nos propusimos no distraernos con el sexo mientras estudiábamos; pero esto último fue difícil de cumplir. En más de una ocasión, terminamos desnudas en la cama, chupándonos las almejitas; por eso decidimos estudiar en la biblioteca, allí no podíamos tener relaciones sexuales… siempre y cuando nos quedáramos dentro de la biblioteca. Una vez nos hicimos una escapada al baño de mujeres y nos masturbamos una a la otra dentro de un cubículo. No llegamos al sexo oral, pero sí nos tocamos hasta quedar satisfechas, mientras nos comíamos las bocas a besos.


Teníamos las hormonas alteradas, ninguna de las dos había tenido pareja fija antes, ni una pareja con la que pudiéramos satisfacer nuestros deseos sexuales. Esto era una gran novedad para nosotras, y queríamos aprovecharlo al máximo.
El domingo por la mañana fui a su casa, justo después de la misa. Nos encerramos en su cuarto a dar rienda suelta a todo nuestro deseo sexual. Hasta pude disfrutar, una vez más, de sus deditos dentro de mi culo. Me sentí un poco culpable al estar haciendo esto luego de haber ido a misa. Me cuesta estar de acuerdo con la idea de que el sexo es pecado, así que no era eso lo que me hacía sentir mal; pero una cosa era el sexo entre un hombre y una mujer, y otra muy diferente era entre dos mujeres. Eso sí debía ser pecado… y después de todo lo que hice con Lara, tendría que darle muchas explicaciones a Dios; para colmo a Él no podría inventarle excusas. No me quedaría más alternativa que confesar que lo hice todo a conciencia, y que lo disfruté mucho.
De pronto me acordé de Anabella, aunque dudo mucho que hubiera sido casualidad. Desde que me hizo limpiar los pupitres para la donación, cada vez que pensaba en pecados me acordaba de la monja.
―Me voy ―le dije a Lara cuando terminamos de vestirnos―. Quiero visitar a mi amiga, la monjita.
―Ok, mi amor ―me dio un beso―. Espero que no la termines pervirtiendo, como hiciste conmigo.
―No, quedate tranquila ―me reí―. Ella es muy devota. De pervertida no tiene nada… y vos ya eras pervertida antes de conocerme.
―¿Y vos cómo sabés?
―Porque me contaste que te matabas a pajas mirando porno, casi todos los días. Ni yo hacía eso… me controlaba un poquito.
―Pucha, una no puede confesar sus pecados, que ya se los echan en cara. ¿No que los católicos eran más reservados con el tema?
―Los curas lo serán. Yo voy a usar todo lo que me digas en tu contra. Sabelo.

-2-

Antes de ir hasta la iglesia de la universidad, fui hasta mi casa a cambiarme; no quería ir vestida de la misma forma en la que había asistido a la misa, ya que no quería dar demasiada imagen de “come hostias”.
Escogí ropa bonita, pero discreta. Un pantalón de jean, no muy ajustado, y una sencilla remera negra, con el logotipo de Radiohead en blanco. Esto tal vez alarmaría un poco a la monja, ya que se trataba de un oso dibujado con figuras geométricas, pupilas verticales y una grotesca sonrisa de dientes puntiagudos; pero me sentía identificada al usar esa remera.
Fue una enorme casualidad que llegara justo en el momento en que Anabella estaba saliendo por la puerta de la capilla. Sonrió al verme bajar del auto.
―Hola Lucrecia. No sabía que ibas a venir... tampoco sabía que tenías auto ―dijo mirando el Chevrolet color gris.
―Te quería dar una sorpresa. El auto en realidad es de mis padres; pero últimamente lo estoy usando mucho, me mal acostumbré a la comodidad.
―Acá también tenemos un auto, pero hay que pedirle permiso a medio Vaticano para que te dejen usarlo; además yo ni siquiera sé manejar.
―¿Ibas a algún lado? Si querés te llevo. ¡Hey, no tenés tus hábitos!
Llevaba puesto su velo en la cabeza, pero el resto de su atuendo era diferente. Una triste y aburrida pollera gris, que llegaba hasta sus pantorrillas, y una camisa blanca. También podía ver una sencilla cruz de madera colgando de su cuello. Su figura era mucho más esbelta de lo que yo había creído, era obvio que ese atuendo se encargaba de disimular las curvas que dibujaban sus caderas. Me parecía un desperdicio de tela, me molestaba que la obligaran a vestirse de esa forma.
―No estoy obligada a tener los hábitos puestos todo el tiempo. Además ahora me iba a hacer unas compras, y es mejor viajar cómoda.
―Entonces subí, que te llevo ―dudó unos instantes―. Dale boluda, subí... ―me tapé la boca―, perdón. Es la costumbre.
―La “mala costumbre”, diría yo. ¿Así les decís a todas tus amigas?
―De hecho, sí, se los digo de forma cariñosa. Ellas también me dicen así; pero creo que pueden tener otras razones para decírmelo.
―No lo dudo. A veces podés ser bastante…bueno, ya sabés.
―¡Qué sincera! ―exclamé, con una sonrisa.
―Siempre. La honestidad es la vía que nos acerca al Señor.
―Pero ahora me tenés a mí, para llevarte adonde quieras. ¿Vas a subir?
Accedió a que la lleve. Cuando estuvo sentada en el asiento de pasajero le dije:
―Si querés, podés dejar la puerta abierta; para que puedas saltar cuando estemos por chocar contra algo. No soy muy buena manejando.
―No creo que seas tan mala ―Ser rió y se abrochó el cinturón de seguridad, vi que lo dejó bien ajustado; de ser posible, le hubiera dado dos vueltas.
―Gracias por la confianza ―dije irónicamente.
Estuvimos dando algunas vueltas, fuimos a la zona céntrica de la ciudad donde abundan los comercios. Me contó que necesitaba encargar ropa para ella y las demás hermanas.
Fuimos a un local monótono, sin brillo; parecía ser invisible ante la mirada de los transeúntes. De no ser por Anabella, jamás me hubiera detenido a mirarlo. Me aburrí bastante mientras la esperaba. Le dio tediosas indicaciones a una viejita que tomaba notas. Todo allí dentro era tan gris que por un momento pensé que me había quedado daltónica.
―¿Siempre son tan divertidos tus domingos? ―le pregunté cuando salimos. Me alegró ver el semáforo cambiando de color, mis ojos aún funcionaban bien.
―De hecho este es uno de lo más divertidos en meses. Sin contar cuando me visitaste.
―¡Ah, que linda! ―Le dije con una amplia sonrisa― ¡Esperá! Ahora que lo pienso… tu vida es un embole.
―¿Un qué?
―Un aburrimiento total, al igual que tu ropa.
―¿Te parezco aburrida?
―Vos no sos aburrida, tu vida lo es. Tenés veintiocho años, Anabella; monja o no, todavía sos joven. No podés vivir así. Se te están yendo los mejores años de tu vida, tenés que disfrutar un poquito. Tu máxima diversión debe ser contar las espinas de la corona de Cristo.
―Eso ya sería una fiesta para mí ―me sonrió―. Puede que a veces me aburra un poco, hay días que no me entretengo ni con los jueguitos del celular, y me desespero por encontrar alguna actividad. También me gusta mucho leer, pero tengo que admitir que a veces necesito algo diferente. No sé… moverme un poco, salir a pasear.
―Hoy vamos a divertirnos ―le prometí.
―Tené cuidado con lo que pensás hacer Lucrecia. Ya me estoy imaginando una de tus locuras.
―Hey, ¿cuándo hice locuras yo?... mejor no me contestes. Tenés que usar ropa más alegre, más divertida. Los colores no matan a la gente ¿Sabías?
―¿No? Una aprende algo nuevo todos los días. Pero tendré que rechazar tu propuesta, primero no tengo dinero para comprarme ropa; segundo, no puedo estar por la vida vestida como una… una de esas mujeres que trabajan en las esquinas, y que usan atuendos muy llamativos.
―¿Las inspectoras de tránsito?
―¿Vos siempre tenés una respuesta ocurrente para todo?
―No, todavía no puedo responder por qué una chica tan joven y linda como vos se rehúsa a disfrutar su vida. No importa lo malo que te haya pasado, vida hay una sola, es un regalo que Dios te dio, y vos lo estás desperdiciando ―sabía que la mención de Dios la haría recapacitar―. Por la plata no te hagas problema, yo pago, tomalo como un regalo de una amiga ―estuvo a punto de negarse pero levanté la mano―. Es un regalo Anabella, no me hagas enojar. Además mirá mi ropa. Yo no parezco… “inspectora de tránsito”, pero sí estoy más alegre que vos.
―Está bien. Acepto sólo para que veas que sí puedo ser divertida, al menos una vez al año. ¿Llamás alegre a ese mono espantoso?
―No es un mono, es un oso. No te metas con él, que no te hizo nada, y sonríe más que vos.
Subimos al auto y conduje directamente hasta la tienda en la que yo acostumbro comprar mi ropa. Antes de bajar Anabella me dijo:
―Mejor me quito esto. Si ven a una monja probándose ropa de ese tipo, se van a escandalizar.
―La escandalosa sos vos que…
Me quedé muda al ver su cabello castaño cobrizo liberarse de la prisión de su velo. En un instante mágico su rostro se volvió diez veces más hermoso. Su cabello flotaba como en una publicidad de champú, pero sin necesidad de efectos de cámara ni arreglos de computadora.
―…qué… qué linda que sos ―me miró con el ceño fruncido―. Este… te lo digo como amiga, no pienses nada raro… es que sos bonita… simpática… o sea, no es que yo quiera… tampoco es que no quiera… ¿cómo te explico?
―Lucrecia, callada te defendés mejor.
Tragué saliva y seguí su consejo. Tuve que esforzarme para no quedarme mirándola como una depravada sexual.
Entramos a la tienda y, saludé a la chica que atendía, la cual me reconoció de mis visitas anteriores. Con Anabella comenzamos a mirar ropa, ella, enfundada en esa espantosa vestimenta, parecía una heladera antigua. Quería encontrar algo que, al menos, marcara un poco su figura femenina; pero que no matara de un paro cardíaco a la Madre Superiora.
Encontré un lindo pantalón de gabardina negro, pero la monja necesitaba algo de color. Supuse que agregar algún tono amarillo pálido resaltaría el color cobrizo de su cabello; aunque yo era pésima combinando ropa. Cuando encontré una bonita blusa de ese color, le alcancé el conjunto a Anabella. Ella miraba sorprendida los maniquíes que vestían ropa pequeña y ajustada, tal vez se imaginaba a ella misma vestida de esa forma. Era como salir de compras con una mujer del renacimiento.
―Probate esto, te va a quedar muy bien. Supongo que tenés el mismo talle que yo, somos prácticamente del mismo tamaño ―no dijo nada, seguía anonadada; sin embargo tomó la ropa y se metió en uno de los probadores―, aunque vos tenés más… ―puse mis manos como cuencos frente a mis pechos.
―Que ni se te ocurra hacer algún otro comentario sobre mi cuerpo ―dijo, cerrando la cortina del probador.
La chica que atendía el local estaba más buena que nadar desnuda. Bueno, no es que lo haya hecho; pero me imagino que debe estar bueno. No podía recordar su nombre, a pesar de haberla visto muchas veces. Era una rubiecita con una cintura de avispa. No dejé de mirarla hasta que Anabella salió; toda la hermosura de la rubia se difuminó.
El pantalón marcaba el contorno de las largas piernas de la monjita sin llegar a ser indiscreto, la blusa levemente amarilla no era escotada para nada; pero dibujaba el contorno de dos grandes y redondos pechos. ¡Eran melones!
«¿Cómo puede ser que cambie tanto?», me dije.
De pronto ya no era una monja, sino una chica común y corriente, como mis amigas de la facultad; pero mucho más hermosa. Aunque su belleza no se comparaba con la de mi querida Lara. ¿O sí? «No, Lucrecia, no se compara», me reproché a mí misma.
―¡Te queda divino! ―la que habló fue la empleada del local.
―Eso lo llevamos, sin dudas ―dije, antes de que Anabella se arrepintiera. Su tímida sonrisa me sugería que le gustaba mi forma de decirle que se veía espléndida con ese conjunto.
―¿No te parece demasiado… ajustado?
―Para nada, amiga, te queda hermoso ―la verdad es que la blusa le ajustaba más de lo que yo pensaba; pero no se lo diría―. Ahora parecés como de treinta años.
―¿Entonces me hace ver vieja?
―No, con la otra ropa parecías de cuarenta y ocho. Ahora te faltan unos pequeños toques para que lleguemos a tu edad.
Agregamos al canasto de compras un par de zapatillas que, según la vendedora, iban justo con ese atuendo.
―¿Buscan algo de ropa interior? ―preguntó la rubia.
―No, está bien ―dijo Anabella
―Si, mostranos algunas bombachas ―le pedí.
Podía notar la mirada inquisidora de la monjita clavándose en mi cuello, pero decidí ignorarla. Las bombachas eran tipo colaless, de esas que se meten un poco entre las nalgas pero que no llegan a ser tangas. Además la tela no era nada transparente. De no ser por lo ajustada que eran, no tenía ningún motivo para quejarse.
―Deme una de estas en rojo, otra en negro y una más en rosado. Con sus respectivos corpiños.
―No me voy a poner eso, Lucrecia. Menos con esos colores. Ya tengo mi propia ropa interior.
―Seguramente con una de tus bombachas hacemos dos de estas ―le dije―. No te preocupes, no tenés que probártelas ahora. Decile a la chica el talle de tu corpiño. Vas a ver lo bien que te queda esto ―sostuve la colaless roja tomándola por el elástico con ambas manos.
Su rostro se tornó del mismo color que la ropa interior; pero al final accedió a llevar todo.
―¿Quieren ver algo más? ―preguntó la rubia. Yo quería verla desnuda; pero me pareció un poco desubicado decírselo, más aún teniendo en cuenta que tenía una monja a mi lado.
―No, gracias ―se apresuró a responder Anabella―. No me gusta probarme ropa.
―No hace falta que te la pruebes ―aseguré―. Podés llevar algo igual a esto; pero en otro color.
―¿Igual?
―Sí, Anabella. ¿Acaso vos no repetís la ropa? Seguramente dentro de tu ropero debe haber un total de dos conjuntos diferentes.
―Creo que hay tres.
―Por eso, no hay nada de malo en que repitas la ropa, si es que te gusta. Por ejemplo, yo tengo cuatro remeras iguales a esta ―dije señalando el logotipo de Radiohead―. Una más en negro, otras dos en blanco.
―Puedo dar fe de eso ―dijo la rubia―. Las pidió por encargo y se puso muy insistente. Todos los días llamaba a preguntar si ya habían llegado ―le sonreí, pero me sentí un poco avergonzada.
―Te entiendo perfectamente ―dijo la monja―. Lucrecia puede ser muy insistente, y molesta; pero no lo hace con mala intención.
―No, claro que no ―la empleada sonrió―; pero llegó un momento en que yo misma estuve a punto de ponerme a dibujar las remeras, para que se las llevara de una vez. No porque fuera molesto que me llamara, sino porque se la veía muy entusiasmada. Me partía el corazón decirle siempre que no. Pero el día en que le dije que ya estaban acá, se puso tan feliz que casi me derrito por la ternura.
Mientras hablaba me recorría de pies a cabeza con la mirada. ¿Acaso la rubia estaba coqueteando conmigo? ¿Debería explicarle que ya tengo novia?
―Bueno, vení que te muestro lo mismo en otros colores ―le dijo a Anabella.
Negocié con la monja hasta que la convencí de que llevara dos blusas y dos pantalones más. Para la parte de arriba eligió colores pálidos, pero alegres: un turquesa y un rosado bastante difuminados. Para la parte inferior optó por un beige y repitió una vez más el negro; ya que no había otro color que la convenciera.
Pagué todo con la tarjeta de crédito, cortesía de mis padres; era dinero muy bien gastado. No tendría inconvenientes con mi madre por estar gastando dinero, ya que ella se quejaba de que yo nunca me compraba ropa nueva. Esto no era del todo cierto, pero soy muy cuidadosa con la ropa, por lo que me dura mucho. Ella creería que esta compra sería para mí, y prefería dejarlo así; de lo contrario me sometería a un interrogatorio hasta averiguar el DNI y el grupo sanguíneo de la monja.
Mientras volvíamos en auto al convento, no podía dejar de mirar de reojo los pechos de Anabella, eran dos pelotas. Si bien no eran gigantes ni grotescos, estaban muy bien formados y se mecían a cada paso que ella daba.
―Si no mirás para adelante, vamos a chocar.
―¡Ay perdón! ―no me dejaba pasar una.
―Me parece un poco excesiva esta ropa. Las Hermanas se van a infartar cuando me vean así.
―Si alguna es lesbiana, seguramente sí. Las otras sólo se van a morir de envidia ―no pudo evitar reírse, y sus mejillas sonrojadas la hacían más bonita aún―. Prometeme que te vas a probar la ropa interior.
―Está bien, al menos me la voy a probar; pero eso no quiere decir que vaya a usarla. ¡Qué vergüenza me daría si alguna viera eso en mi cuarto!
―¿Y por qué tendrían que verlo, acaso alguna entra a tu cuarto? ―Levanté una ceja y la miré con picardía.
―No, solamente yo. Hay que llamar mucho la atención como para que lleguen a revisar tus pertenencias.
―Entonces no llames la atención ―miré otra vez sus pechos―, aunque con todo eso te va a costar mucho disimular.
―Otro chiste más sobre mi cuerpo, y me pongo la sotana hasta el día en que cumpla ochenta años.
―Cada vez que te ponés esa sotana, cumplís ochenta años. De verdad no te entiendo Anabella, sos una chica tan linda, tan divertida e inteligente. ¿Qué hacés viviendo en ese convento? ―De pronto se me ocurrió algo― ¿No tendrás miedo de que el hombre que te violó, te encuentre? ―se sorprendió―. Perdón, sé que es una pregunta muy personal…
―Está bien; pero eso no me da miedo.
―¿Estás segura? Porque a mí sí me daría miedo.
―Es que está muerto. Murió el mismo día que mi papá. En un accidente en la ruta
―Mucha coincidencia ―dije, sorprendida.
―De hecho no fue ninguna coincidencia. Él chocó de frente contra la camioneta de mi padre… mejor dicho, mi padre lo chocó a él ―se generó un incómodo silencio―. Antes de morir, mi papá me regaló la cruz de madera. La hizo él mismo. Siempre la llevo conmigo. Es el vínculo que me queda con él. Él era un hombre de fe, pero la perdió por completo el día en que me violaron, por eso hizo lo que hizo ―detuve el auto, no podía seguir manejando―. Fue muy duro para mí verlo tan triste, él siempre fue un hombre muy alegre. Una vez lo escuché hablando con mi mamá, decía que Dios no haría nada para compensarme por lo que me pasó, y que ese desgraciado que me violó seguiría sin castigo alguno. Mi madre intentó convencerlo de que el castigo lo recibiría después de la muerte; pero mi padre no quería esperar tanto. Dijo que era muy riesgoso, y tenía miedo de que el tipo volviera a violarme. El día que me regaló la cruz me dijo: «Espero que vos sí puedas encontrar a Dios, porque yo sé que nunca va a querer recibirme a su lado». En ese momento no comprendí a qué se refería; pero luego lo supe. Al chocar de frente contra ese hombre estaba cometiendo dos pecados muy serios: asesinato y suicidio ―el rostro de Anabella se llenó de lágrimas―. Su muerte fue la razón principal por la que decidí unirme al convento, quise dedicar mi vida a Dios, para que perdone a mi padre por lo que hizo. Todas las noches le rezo a Dios, pidiéndole que cuide el alma de mi padre.
Me quedé helada. No sabía qué contestarle, tenía mucho miedo de decir alguna de mis típicas estupideces. Para evitar eso, me le acerqué y la abracé con fuerza, ella también me rodeó con sus brazos y comenzó a llorar con mayor intensidad.
―Estoy segura de que tu papá va a estar bien ―dije, luego de pensar muy bien cada palabra―. Dios es piadoso y sabio, no va a castigar a un hombre bueno por proteger a su hija. Porque si ese tipo seguía vivo y en libertad, nada le impedía volver a abusar de vos. Seguramente ese era el mayor miedo de tu padre.
―Gracias, Lucrecia. También lo pensé de esa manera; no lo hizo por venganza, lo hizo para protegerme.
―Dios también lo sabe.
Nos quedamos abrazadas durante un buen rato. Pensé que su padre había hecho lo correcto, pero no quería decírselo. Yo también hubiera matado a ese hijo de puta, pero comprendía su enorme tristeza. Definitivamente no me sentía igual al que no fue un trágico accidente lo que la despojó de su padre, sino que él murió por culpa de un enfermo mental y violador. Un hijo de puta que no podía tolerar que una mujer hermosa viviera feliz, ignorándolo completamente.
Sentí mucha rabia, no sólo hacia ese hombre, sino también hacia Dios; por permitir que sucedieran este tipo de cosas. No podía culpar al padre de Anabella por haber perdido la fe.

-3-

Cuando estacioné el auto frente a la capilla, no resistí el impulso de abrazarla una vez más. Al parecer ella lo necesitaba, porque enseguida me rodeó fuertemente con sus brazos. La posición era algo incómoda, pero nuestras mejillas quedaron juntas y pude sentir la tibieza de su suave piel. Nos movimos un poco, para que el abrazo sea más firme. Sin pensarlo, bajé un poco más la cabeza, para sentir una leve caricia de su rostro. El olor de su cabello me transmitió mucha paz. De pronto un escalofrío me recorrió la columna vertebral, fue a consecuencia de los labios de Anabella, que se posaron suavemente sobre mi cuello. Permanecí estática, con los ojos cerrados durante unos segundos, ella no se apartó.
No era un beso, sólo tenía su boca posada allí, pero el efecto en mí era tremendo. Un impulso me llevó a hacer lo mismo. Rocé su cuello con mis labios, tenía la piel suave de un durazno. En ese instante me olvidé del mundo, de mis problemas, de mi familia... me olvidé de mi novia. Me olvidé por completo por qué motivo la estaba abrazando. Le di un tierno beso en el cuello y luego otro, subiendo de a poco. No podía controlar mis movimientos, y tampoco podía detenerlos. Estaba actuando por un fuerte impulso que provenía de algún sitio escondido en mi interior.
Ella se movió un poco y sus labios acariciaron mi piel, fue hacia arriba como lo hacía yo. Mis palpitaciones aumentaron notoriamente y me dio la impresión de que a ella le pasaba lo mismo; aunque no podía asegurarlo. Recorrí su espalda con la palma de mi mano, al mismo tiempo que mis labios llegaban a su mejilla. Seguí el incontrolable impulso lésbico y, lentamente, me fui acercando a su boca; al parecer ella adivinó mis intenciones, y súbitamente se apartó de mí.
―Gracias por todo, Lucre. Te prometo que voy a cuidar mucho la ropa ―mientras hablaba, miraba para todos lados, como si temiera que alguien nos estuviera espiando; pero la calle estaba desierta. Sus mejillas se habían tornado de un rojo intenso.
―No te preocupes por cuidarla, me conformo con que la uses. Más adelante podrías probarte algo más, diferente a lo que compramos; no dejes de sentirte joven y bonita sólo porque estás al servicio de Dios ―yo estaba tan nerviosa como ella; evité mantener el contacto visual.
Bajó del auto, llevando su ropa vieja en una bolsa, me saludó con la mano y me dedicó una luminosa sonrisa. Cuando se alejó no pude evitar mirar su respingada cola, sacudiéndose en un hipnótico vaivén. Como si leyera mis pensamientos, giró su cabeza, su mirada fue de mis ojos a su cola. Súbitamente se irguió frente a mí, con los brazos en jarra; yo me hice mundialmente la pelotuda, y me puse a limpiar imaginarias bolitas de pelusa en el asiento del auto. De rejo pude ver que sonreía otra vez; tuve que sonreír, como pidiéndole perdón una vez más.

-4-

Esa misma noche me encontraba acostada, inmersa en “Las dos Torres”; la segunda parte de “El señor de los Anillos”. Este libro me estaba gustando más que el primero, y me pregunté por qué no había leído antes esta saga.
En ese momento me llegó un mensaje de texto, me alegré al ver que era de Anabella.
«Voy a tener que devolver la ropa interior, es demasiado chica» ―dijo.
«Tal vez a vos te parezca chica ―le contesté―, pero se usa así».
«Pero YO no la uso así. Me queda espantoso, es una locura».
No pude evitar imaginarme cómo le quedaría ese precioso conjunto de ropa interior.
«Si pudiera ver cómo te queda, te daría mi opinión» ―aseguré.
«Pero estás lejos, y no podés ver. Tendrá que bastar con mi opinión. No me gusta cómo me queda».
«Podría ver… podrías mandarme una foto» ―las manos me temblaron al escribir eso.
«Ni loca». ―Respondió, casi al instante.
«Sólo lo decía como amiga, me apena saber que siempre pensás mal de mí».
«No pienso mal de vos. Al menos no siempre».
«¿Entonces me vas a mostrar?»
«¡Me vas a volver loca Lucrecia!»
«Perdón. No era mi intención…»
Ya no me contestó. Apenada, retomé la lectura, aunque me costó mucho mantener la concentración. Puse el libro sobre mi pecho y miré el cielo raso, pensando en que me había excedido con ella; no debí pedirle una foto, al fin y al cabo ella es una monja y no se rige por los mismos conceptos que el resto de las mujeres. Aunque, pensándolo bien, no sé cuántas de mis amigas hubieran accedido a enviarme una foto en ropa interior; por más que no supieran de mis inclinaciones lésbicas.
Un par de minutos más tarde mi teléfono volvió a sonar. Sorprendida vi que se trataba de un nuevo mensaje de Anabella.
«Confío en que no se la vas a mostrar a nadie».
Mi corazón dio un salto tan grande que estuvo a punto de salir por mi boca. Debajo del texto había una imagen espectacular, de las mejores que había visto en mi vida. Una espalda suave, de piel clara, que en la mitad superior tenía una línea roja; se trataba del elástico del corpiño. Bajé la vista, siguiendo la curva de su cadera, hasta que dos nalgas, partidas a la mitad, como los gajos de una mandarina, acapararon mi visión. Podía ver sólo la parte superior de la colaless, que dibujaba un triángulo de tela roja; no era tan pequeño como el de una tanga, pero dejaba ver más de la mitad de la cola.
Mi instinto de depredadora lésbica se activó: «¡Cómo me metería de cabeza entre esas nalgas y le chuparía el culo hasta que los ojos le salgan por ahí!». Sin embargo aún conservaba algo de sensatez, y no le respondería eso en un mensaje.
«Es bastante discreta, Anabella. Hay ropa interior mucho peor» ―le contesté.
Me costaba horrores controlar los impulsos lésbicos que azotaban mi mente: «¡Si te llego a ver en tanga te la arranco con los dientes con clítoris y todo
«Me cuesta imaginarme usando algo peor que esto». ―Me dijo.
«Normalmente yo uso ropa interior como esa ―respondí―. Te morirías si supieras qué puedo llegar a usar en una situación… “especial”».
«¿Lo decís en serio, o estás tomándome el pelo? Porque no creo que seas el tipo de chica que usa ropa interior provocativa».
Al leer ese mensaje sentí un revoltijo en mi estómago y mi sexo comenzó a calentarse. Comencé a luchar contra un fuerte impulso, sus palabras eran casi una invitación… ¿Se molestaría si lo hiciera? Ella ya me había visto masturbándome, y no podía negar que esa idea me resultaba un poquito excitante. Además me había enviado una foto considerablemente erótica. Si se enfadaba, podía usar eso como excusa, diciéndole que sólo intentaba mostrarle que no hay nada de lo que deba avergonzarse.
Bajé de la cama y me desnudé de la cintura para abajo. Luego busqué en mi cajón de ropa interior, hasta encontrar una tanga blanca, de encaje, la cual me había comprado una vez en un arrebato de rebeldía; pero nunca la había usado. Tenía pensado estrenarla con Lara, pero la fuerte ansiedad que me invadía me decía que no podía desperdiciar esta oportunidad. Me puse la tanga y me miré al espejo, la tela transparentaba un poco y mi vello púbico, que estaba volviendo a crecer, se asomaba por entre los pequeños orificios del encaje. Di media vuelta y me incliné hacia adelante, luego tomé una foto del espejo. Al analizar la captura el corazón me dio un vuelco, la foto era mucho más erótica que la de Anabella, ya que la tanga prácticamente no cubría nada mis nalgas, las cuales parecían inmensas, debido a la posición en la que estaba. Si miraba atentamente podía notar mis labios vaginales trasluciéndose levemente. Mandarle eso a una monja tal vez era ir demasiado lejos, pero mi insensatez me decía que valía la pena el riesgo. ¿Por qué me excitaba tanto que ella me viera medio desnuda? Me sentí culpable, ya que al tener novia no corresponde que esté enviándole este tipo de fotos a otra mujer. Estaba a punto de descartar la idea, cuando llegó otro mensaje de Anabella, el cual significó una muy agradable sorpresa.
Se trataba de otra foto de su cola, pero en esta tenía las piernas algo más separadas, y estaba un poco más inclinada hacia adelante. Vestía otra colaless, pero ésta era de color negro. Su apretada vulva parecía estar luchando por salir de esa prisión.
«Definitivamente no me siento cómoda usando esto» ―escribió después de enviar la imagen.
Le escribí:
«Si querés podrías usarla con ropa suelta, así no se te nota tanto. Además son muy cómodas. Te queda muy bonita. Parecés un angelito».
«¡Los ángeles no tendrán espalda, pero qué culo, Dios mío!» ―pensé. Eso me lo gritaron una vez en la calle, y me enojé mucho… pero si hubiera venido de una mujer como Anabella, seguramente me hubiera sentido halagada. Lo malo de este tipo piropos es que generalmente no vienen de la persona apropiada.
Leí un nuevo mensaje de la monja.
«Gracias, sos muy dulce conmigo. Agradezco que me las hayas regalado, pero te aseguro que me avergüenza usarlas».
Mi respuesta a eso fue enviarle la foto que me había sacado.
«Peor te sentirías usando algo como eso» ―le dije.
Mentalmente le pedí perdón a Lara, me quité la tanga y me tiré a la cama; a continuación comencé a masturbarme mirando las fotos del culo de Anabella. Me sentí sucia, no sólo porque sentía que estaba engañando a mi novia, sino porque también estaba traicionando la confianza de la monja; pero no podía evitarlo, la excitación era más fuerte que yo.
«¡Dios mío, Lucrecia!» ―escribió Anabella. Imaginé que se enojaría conmigo, pero casi al instante me llegó otro mensaje, comprobando que me equivocaba―. «Te queda muy linda, de verdad. Tenés cuerpo para lucir esa ropa; pero eso y andar desnuda es prácticamente lo mismo».
«No, no lo es ―aseguré; tenía que escribir con los dedos humedecidos por mis propios flujos―. La ropa interior tiene un efecto diferente a la desnudez, por más reveladora que sea; porque te lleva a imaginar lo que hay debajo»
Luego volví a masturbarme, fantaseando con la absurda idea de que ella estaba haciendo lo mismo mientras veía mi foto.
«Sinceramente me cuesta poco imaginar lo que hay debajo, se ve bastante».
Me calentó que ella se hubiera fijado en ese detalle ¿qué pensaría al verme la vagina? ¿Le provocaría alguna sensación agradable? ¿Le daría asco? ¿Sería completamente indiferente? No podía hacerle ninguna de esas preguntas, por lo que la única alternativa era creer que ella lo disfrutaba tanto como yo; aunque supiera que esto era mentira.
«¿Tenés muchas “ocasiones especiales” para usar este tipo de ropa interior?» ―la pregunta de la monja me tomó por sorpresa. Pude haberle contestado que sí, pero prefería ser sincera con ella.
«La verdad es que no, hace mucho que no me pongo una tanga como esa, y a ésta la tenía guardada, reservándola para una hipotética “ocasión especial”».
Me pregunté si ella tomaría este momento como una de esas ocasiones especiales; pero luego me dije a mí misma que esa idea era absurda.
«Vos al menos tenés un motivo para usar eso ―respondió―. Yo soy monja, no tengo esas ocasiones especiales. No debería usar tangas… ni tampoco la ropa interior que me compraste».
«Justamente por eso no debería importante, Anabella. Sos monja andás casi todo el tiempo con el hábito puesto; nadie va a estar mirando qué ropa interior usás. No te mortifiques tanto, Dios no te va a castigar por usar ropa interior».
«Bueno, eso es cierto. No pretendo mostrarle a nadie mi ropa interior… bueno, a nadie más que a vos. Pero tampoco pienses que te voy a estar mandando fotos como éstas, fue solo para que vieras que aprecio el gesto y que al menos les di una oportunidad».
«Claro, eso lo entiendo. Yo tampoco voy a estar mandándote fotos en tanga, no te preocupes». En otro mensaje le dije: «A no ser que vos me las pidas… ¡chiste!». No era un chiste.
«Gracias Lucrecia. De verdad agradezco mucho todo lo que hiciste hoy por mí, hacía tiempo que no me sentía tan bien. Te prometo que alguna vez voy a usar la ropa interior. Y no creo que vaya a pedirte fotos tuyas en tanga; pero no me voy a enojar si las mandás… ¡chiste!».
¡La puta madre! ¿La monja me estaba haciendo lo mismo? ¿Escondía una verdad en un chiste, o de verdad estaba bromeando? Mi perversión estaba desatada, y no quería desperdiciar esa oportunidad. Me puse la tanga otra vez y me senté en la cama, con las piernas bien separadas. Tomé una foto apuntando directamente a mi vagina, que hasta se asomaba un poco por los lados de la tela. Luego le mandé la foto a Anabella diciendo: «Ésta es la otra foto que me saqué».
Sabía que había ido demasiado lejos, era muy probable que la monja se enojara… pero mi cuerpo ardía de calentura sexual, empecé a pajearme haciendo a un lado la tanga. La respuesta de la monja tardó tanto en llegar que empecé a preocuparme. Pero de pronto sonó el teléfono; era ella.
«¡Uf! ¡Qué fotito más… sugerente! Me impactó mucho verla. Yo nunca me animaría a sacarme una foto así; mucho menos a mandársela a alguien». Como se trataba de un mensaje de texto, no podía adivinar el tono de sus palabras, no sabía si estaba enojada o sorprendida… o tal vez ambas cosas. Llegó un nuevo mensaje: «No pienses que me molestó recibir esa foto, porque ya te imagino…». La monja podía ser muy perspicaz. «Se sintió raro ver eso; pero es como la vez que me mandaste ese video por error. Sentí como si estuviera haciendo algo prohibido, algo que rompió mucho con mi tediosa rutina. Nunca tuve una amiga que confiara tanto en mí como para compartir ese tipo de cosas conmigo. No era tan en broma cuando dije que no me molesta que me mandes cosas así. No pienses que lo digo en un sentido erótico… es difícil de explicarlo».
No podía creer las palabras de la monja. De verdad me estaba alentando a que siguiera mandándole fotos provocativas. Me di cuenta de que debía ser yo quien ayudara a convencerla que no había nada de malo en esta situación.
«Entiendo, Anabella. Vos estás todo el tiempo “haciendo lo correcto”. Esto debe ser lo más prohibido que hiciste en tu vida… le mete un poco de chispa a tu rutina. Sos medio picarona y te gusta portarte un poquito mal, creo que por eso es que no te molesta que te pase esas fotos… o esos videos. Aunque te recuerdo que lo del video fue sin querer. Lo prometo».
«Gracias por entender, Lucrecia. Tenés mucha razón en lo que decís. Sé que lo del video fue sin querer, pero ahora que pienso las cosas desde otra perspectiva, tal vez no me hubiera enojado si ese video hubiese llegado ahora».
«Quién sabe… puede que algún día te mande otro. Ahora que sé que con esto al menos le meto un poco de chispa a tu vida, te voy a mandar más cosas».
«No te voy a decir que sí, pero tampoco digo que no. Queda en vos, hacé lo que quieras. Solo espero que no confundas las cosas».
«Quedate tranquila, Anabella, no las voy a confundir. Por ahora no te mando más nada, creo que por hoy ya fue suficiente». Dije eso sólo para hacerme un poco la pudorosa, pero tenía muchas ganas de seguir mandándole fotos provocativas.
«Eso me parece muy bien. Por hoy fue más que suficiente. En fin, voy a seguir usando la ropa que me compraste».
Por la cabeza se me cruzó la loca idea de decirle: «¡Avisame cuando estés usando esa ropa interior, así voy para allá y hacemos una fiestita lésbica!»
Pero, por supuesto, no podía responderle eso. Opté por algo un poco más sutil:
«Y cuando quieras mandarme más fotos como éstas, podés hacerlo sin miedo. Soltate un poquito Anabella. Quiero que te sientas cómoda con tu propio cuerpo y que aceptes tu belleza. Quedate tranquila que yo no voy a confundir las cosas. Te lo digo sólo porque a mí también me gusta tener una amiga en la que pueda confiar tanto como para que me mande ese tipo de cosas».
«Sería algo muy novedoso para mí. En serio no me siento cómoda con mi cuerpo, a veces pienso que recibí más atributos de los que merezco».
«Con más razón si pensás eso. De verdad quiero ayudarte a que entiendas que no es pecado sentirse sexy y atractiva. Sos hermosa, Anabella, no hay nada de malo en eso. Tampoco hay nada de malo en que expreses tu belleza».
«Gracias, Lucrecia. Lo voy a tomar en cuenta. Hoy la pasé muy lindo, me alegra haberme encontrado con vos.»
«De nada Anabella, yo también la pasé muy lindo. Sos una chica muy divertida, me alegra haberte conocido. Te prometo que un día de estos te voy a hacer otra visita… si vos prometés no obligarme a hacer trabajos forzados».
«No puedo prometerte eso. Visitame cuando quieras, sabiendo el riesgo que corrés».
Nos despedimos en pocas palabras, pero yo quedé totalmente excitada. No podía dejar de mirar esas fotos. Todavía no podía creer que me las hubiera mandado. Pocas veces me había calentado tan rápido en mi vida, y mucho menos con una imagen; por lo general, al masturbarme, prefería imaginar situaciones… aunque ver ese culito sí que me despertaba la imaginación.
Me chupé los dedos y comencé a tocarme fantaseando con todo lo que le haría si la tuviera delante de mí en ese momento. No podía ver su vagina, pero sí podía hacerme una clara imagen mental de ella. Me metí los dedos pensando que eran los de la monja. Recordé sus suaves besos en mi cuello. ¡Tendría que haberle partido la boca en ese momento! Froté mi clítoris intensamente.
No sé cuánto tiempo estuve masturbándome, pero en ningún momento aparté la vista de esas preciosas y redondas nalgas. Me las grabé en la mente. Por suerte no le había prometido que borraría las fotos. Llegué a un intenso orgasmo que me hizo sentir tan culpable como en mis primeras masturbaciones.
La culpa me llevó a escribirle a mi novia, diciéndole que la amaba mucho. A los pocos segundos ella me respondió dándome a entender que sentía un gran aprecio por mí, aunque no dijo “te amo”. No me importó, ya que me bastaba con saber que me quería.
Se me ocurrió enviarle la foto de mi culo en tanga. Al hacerlo tuve mucho cuidado de no confundir la foto con una de las que me envió Anabella. Luego le escribí: «La próxima vez que estemos juntas, voy a usar eso».
Me puso muy feliz su reacción, evidentemente le excitó mucho recibir esa foto ya que me dijo que se haría una paja en ese mismo instante. Eso logró borrarme un poco la sensación de culpa; después de todo, había hecho feliz a mi novia. 

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