Capítulo 18.
Las Nalgas de mi Hermana.
Estábamos ya en la circunvalación, abandonando la ciudad, y mi erección era tan evidente que dolía contra la tela del pantalón. Pensé que con suerte se calmaría sola en unos minutos. Qué iluso.
Katia no paraba de moverse. No la culpo: viajar sentada encima de alguien en una camioneta sin espacio no es precisamente cómodo. A mi izquierda, Irma —sentada sobre Trudy— tampoco parecía estar pasándola bien, aunque al menos el techo alto evitaba que se golpearan la cabeza.
Trudy, en cambio, miraba el paisaje con una calma casi estudiada. Kilómetros de llanura verde, viento moviendo el pastizal, nada que realmente justificara tanto interés. Lo que sí me llamó la atención fue su mano: abierta, inmóvil, descansando sobre la cara externa del muslo de Irma. No la retiraba. Irma no parecía notarlo… o fingía no notarlo.
De pronto Katia se acomodó y mi glande se encajó justo en la ranura entre sus nalgas, presionado hacia adelante por el peso de su cuerpo. La puntada no fue de dolor: fue placer puro, eléctrico. Puse una mano en su pierna, gesto instintivo, pidiéndole en silencio que se quedara quieta. Ella entendió y se detuvo… por unos minutos.
Hubiera preferido que doliera de verdad. El dolor me habría ayudado a odiar la situación. Pero esto era otra cosa: el recuerdo de su cuerpo en cuatro patas sobre la cama, la concha abierta y brillante, pidiéndome que entrara de una vez. La tibieza húmeda que envolvió cada centímetro cuando la penetré. Nunca mi ex se sintió tan perfecta. Mi pene latía contra ella al compás de ese recuerdo y yo solo podía apretar los dientes.
Los kilómetros pasaban y la presión se volvía insoportable. Por suerte el chofer anunció una parada para cargar combustible. Todos podrían bajar, estirar las piernas, ir al baño.
Stella fue la primera en saltar prácticamente corriendo hacia los baños. Irma bajó detrás, estirándose, y le preguntó a Silvia si quería que comprara sándwiches para el viaje; ella invitaba. Trudy asintió con la cabeza, conforme con que no se cargara al viático de la empresa. Las tres desaparecieron dentro de la estación. El chofer nos miró.
—Ustedes también tienen que bajar. Hasta que termine de cargar…
Katia descendió y sus ojos bajaron directo a mi entrepierna. La marca era imposible de disimular. Se acercó y susurró, casi rozándome la oreja:
—Parate atrás mío. Quedate pegado hasta que volvamos a subir.
Obedecí. Usé su cuerpo como escudo mientras nos alejábamos despacio de la camioneta rumbo a los baños. Pensé que tal vez orinar ayudaría a bajar la erección. Pero justo antes de entrar, Irma apareció.
—Ese es el de hombres, Katia.
Nos quedamos helados.
—Ah… es que mi hermano necesita… ayuda. Un minuto nada más.
Irma me clavó la mirada.
—¿Ese algo es lo que imagino?
Recordé la mentira de esa mañana en los archivos: las “erecciones involuntarias”. Asentí con la cabeza.
—Ya veo —dijo ella, bajando los ojos a la carpa en mis pantalones—. No creo que Trudy se haya dado cuenta, pero yo sí. Katia no para de moverse… ¿Entendés que tu hermano no lo hace a propósito? Que es parte de su… condición.
Katia me miró desconcertada. Le sostuve la mirada con intensidad, rogándole en silencio que me siguiera la corriente. Por suerte entendió.
—Ah, sí… pobre —dijo, volviéndose hacia Irma—. Sé que no es su culpa. Por eso no me enojo. Igual… la culpa es un poco mía por reservar mal la camioneta.
—De eso hablaremos después —respondió Irma—. Al final no salió tan mal. Trudy está encantada con el ahorro. Y vos, Abel… ¿vas a poder soportar todo el viaje? Son varios días, varias sucursales, sentados así…
—Es un poco incómodo —dijo Katia con naturalidad—, pero creo que para él es peor.
—Pobrecito… te debe doler muchísimo —Irma me miró con una mezcla de lástima y algo más difícil de descifrar—. Me incomoda que sea justamente tu hermana la que esté ahí. Siento que Dios me está mirando y diciendo “esto no debería pasar”.
—Dios entenderá que no es intencional —intervino Katia, serena—. No se preocupe, Irma. Puedo bancarlo. Aunque… ojalá no haya ningún accidente.
Sonrió con picardía. Sentí que el corazón se me detenía un segundo.
—¿Qué tipo de accidente? —preguntó Irma, entrecerrando los ojos.
—Nada, nada… un chiste tonto —Katia se apresuró—. Ya terminaron de cargar. Vamos, Abel, mejor nos sentamos antes de que Trudy nos vea.
—Sí, sí… excelente idea —Irma casi nos empujó hacia la camioneta—. Vamos, vamos.
Volvimos. Me senté en mi lugar. Katia se acomodó encima mío con más cuidado que antes, pero igual sentí cómo su cuerpo se asentaba exactamente donde más lo notaba.
Irma bajó la vista a mi erección marcada y luego me miró fijo a los ojos.
—¿Te duele mucho?
—Un poco… sí —mentí. Era más fácil jugar a la víctima que admitir que me estaba volviendo loco el roce constante.
—Ahí dentro está muy apretado —dijo ella, voz baja—. Katia, esto no te va a gustar, pero… tu hermano necesita sacarla. Al menos hasta que se le baje.
Extendió la mano hacia mi bulto, como si fuera a consolar a un animal herido, pero se detuvo al primer contacto. Retiró los dedos rápido, como si se hubiera quemado.
—¿Creés que podés aguantar así sentada?
Katia me lanzó una mirada rápida: “Está re loca”.
—Si no hay otra… —respondió encogiéndose de hombros.
—Muy bien. Por suerte el vestido es largo, no se va a notar nada. Y cuando bajemos, esperen a que Trudy y las demás se vayan primero. Yo… los ayudo en lo que necesiten. Permiso, Abel.
Sin más preámbulos bajó el cierre de mi pantalón. La verga saltó libre, tiesa, latiendo al aire. Los ojos de Irma se dilataron; los de Katia también, aunque creo que a ella la sorprendió más la audacia de la jefa que el tamaño.
—Ahí vienen —susurró Irma, histérica—. ¡Sentate rápido, Katia!
No hubo tiempo para pensar. Katia se metió de un salto en la camioneta y se dejó caer sobre mí. Sentí el calor inmediato de sus nalgas envolviéndome, la tela fina de la bombacha blanca rozando justo la punta. Irma la ayudó a acomodar el vestido, tirando de la falda para cubrir todo.
—Ay, si Trudy se entera… nos mata. Esa mujer odia estas cosas.
—¿Y usted no? —preguntó Katia, con un dejo de desafío.
—Claro que sí… pero entiendo que es una condición médica. No es culpa de Abel. Que no se vea, por favor… y no te muevas tanto, nena.
Fue lo último que alcanzó a decir antes de que el resto subiera. Stella ayudó a Katia con el cinturón. Trudy, sin disimulo, aprovechó para apretar las tetas de Irma mientras le pasaba el suyo.
La camioneta arrancó. La tensión era tan densa que Irma le pidió al chofer que pusiera música. Cualquier cosa para romper el silencio. Solo faltaban unos kilómetros hasta la primera sucursal.
Con el ruido de fondo pude susurrarle a Katia:
—Quedate quieta, por favor.
—Estoy intentando… pero es como sentarme en un palo caliente.
Irma giró la cabeza al oírlo y le tomó la mano a mi hermana, como animándola en una prueba de resistencia. Melodramática, pero al menos intentaba ayudar.
Liberar la verga había aliviado el dolor de la presión… pero ahora el glande estaba peligrosamente cerca de su entrada. Sentía la humedad filtrándose a través del algodón, el calor de sus labios abriéndose alrededor de la tela. Cada latido mío hacía que la punta cabeceara, empujando contra ese hueco que parecía succionarme. Lo único que impedía la penetración era esa bombacha empapada.
De reojo vi cómo la mano de Trudy se deslizaba más hacia el centro del muslo de Irma, rozando ya el borde de la falda. Irma no reaccionaba; su atención estaba fija en nosotros. Le preguntó tres veces al chofer cuánto faltaba. Su voz temblaba un poco más cada vez.
El asfalto irregular hacía que la suspensión rebotara. Cada pozo era un golpe: mi verga se hundía un poco más contra la tela, la bombacha se metía entre sus labios, delineando el agujero justo sobre mí. Sentía cómo se mojaba más, cómo el calor se volvía pegajoso. El sudor nos unía: mi pecho pegado a su espalda, gotas resbalando por su columna y mezclándose con el mío.
El aire acondicionado no alcanzaba. El olor sutil a excitación femenina empezó a flotar en el espacio cerrado, mezclado con el perfume barato de Irma y el cuero gastado de los asientos.
Katia contuvo un jadeo mínimo cuando un bache más fuerte hizo que la tela se deslizara un centímetro hacia un lado. El glande rozó piel húmeda por primera vez. Directo.
Nos quedamos los dos inmóviles, respirando fuerte.
Irma nos miró por el retrovisor. Sus mejillas estaban encendidas.
—Falta poco… aguanten un poquito más —susurró, como si estuviera rezando.
Pero su mano libre ya no estaba en el apoyabrazos. Estaba apretando su propio muslo, los nudillos blancos.
Mi glande ya no rozaba tela: rozaba carne caliente y húmeda. Entré de golpe en el primer pozo grande, sin aviso. Katia soltó un gemido corto que disfrazó de tos. Se mordió el labio inferior y se quedó rígida un segundo, pero luego tuvo que acomodarse porque el cuerpo no le permitía quedarse quieta.
Cada vez que intentaba enderezarse, su pelvis se hundía un poco más. La humedad la traicionaba: cuanto más mojada se ponía, más fácil se deslizaba todo. Sentía cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí, succionando, como si su vagina estuviera decidiendo por ella.
Intenté disimular. Apoyé las manos en los muslos de Katia, como si solo la estuviera sosteniendo para que no se cayera. Pero mis dedos se clavaban un poco más de lo necesario. Mi respiración era entrecortada; traté de convertirla en suspiros de cansancio por el viaje.
Irma nos miraba desde el asiento de al lado. No decía nada, pero sus ojos iban de la cara de Katia a la mía, y luego bajaban al regazo cubierto por el vestido largo. La tela se movía demasiado para ser casual: pequeños vaivenes, subidas y bajadas casi imperceptibles, pero constantes.
Cada bache era peor que el anterior. La suspensión rebotaba y mi verga se hundía hasta la base, salía un poco, volvía a entrar. Un bombeo lento, rítmico, imposible de parar. Katia apretaba los dientes; vi cómo sus nudillos se ponían blancos al agarrarse del apoyabrazos. Intentaba no mover las caderas, pero su cuerpo respondía solo: un pequeño balanceo involuntario, un apretón interno que me hacía jadear por lo bajo.
—Tranquila, nena… —susurró Irma, inclinándose un poco hacia nosotros—. No te muevas tanto.
Pero lo dijo con una voz rara. Ronca. Como si estuviera conteniendo algo. Sus pupilas estaban dilatadas. Miraba fijamente el punto donde el vestido se arrugaba sobre nuestros cuerpos unidos. Creo que lo sabía. O al menos lo sospechaba.
Mientras tanto, Trudy seguía ajena a todo. Su mano derecha había avanzado por el muslo de Irma hasta casi el borde de la entrepierna. Los dedos rozaban ya la tela interior de la falda, subiendo despacio, sin prisa. Irma no reaccionaba. O fingía no reaccionar. Su pierna temblaba un poco, pero mantenía la vista clavada en nosotros, como si eso fuera más importante que lo que ocurría entre sus propias piernas.
Otro bache fuerte. La camioneta se levantó y cayó con violencia. Mi verga se clavó profundo; sentí el fondo de Katia, ese anillo apretado que se abría y cerraba alrededor de mí. Ella dejó escapar un sonido ahogado, mitad gemido, mitad queja. Lo tapó girando la cabeza hacia la ventana y fingiendo mirar el paisaje.
—Perdón… —murmuré contra su oído, tan bajo que solo ella podía oírme.
—No… no pares —respondió en un hilo de voz. No sé si lo dijo a propósito o se le escapó.
Irma se mordió el labio inferior. Su mano libre apretaba el apoyabrazos con fuerza. La otra… la otra seguía inmóvil mientras Trudy la acariciaba cada vez más arriba, rozando ya el borde de su bombacha.
La humedad de Katia chorreaba. Sentía cómo me empapaba los huevos, cómo facilitaba cada embestida involuntaria. El sonido era mínimo, pero en el silencio entre canción y canción de la radio se oía: un roce húmedo, pegajoso, obsceno.
Katia empezó a temblar. No de frío. Sus muslos se contraían alrededor de los míos. Intentaba contenerlo, pero su vagina se apretaba rítmicamente, ordeñándome sin que ella pudiera evitarlo.
Yo estaba al límite. La cara me ardía. Sudor me corría por la sien. Apreté los ojos un segundo, intentando pensar en cualquier otra cosa: balances de banco, facturas, el color del auto del vecino. Nada funcionaba. Solo sentía calor, humedad, presión, y el bombeo constante que la camioneta nos regalaba sin piedad.
Irma carraspeó.
—¿Falta mucho, chofer? —preguntó por cuarta vez.
Pero su voz salió quebrada. Y cuando Trudy deslizó un dedo por debajo del elástico de su bombacha, Irma soltó un suspiro corto que nadie más pareció notar.
Excepto nosotros.
Katia giró la cabeza y me miró de reojo. Sus ojos brillaban, vidriosos.
—Abel… —susurró.
No hizo falta que terminara la frase.
Dejamos atrás la ruta y entramos en las calles vacías de la pequeña localidad. La sucursal quedaba a una cuadra de la plaza central, un edificio modesto con persianas a medio bajar. Desde la salida de la casa central habían pasado apenas hora y media. Para mí fue eterno.
Esperamos a que todos bajaran. Irma nos cubrió con naturalidad:
—Necesito hablar un momento con ellos. Adelántense, ya los alcanzamos.
El chofer se fue a la cafetería de enfrente a comer algo. Nos quedamos los tres solos junto a la camioneta. Katia y yo no podíamos movernos sin que se notara todo. Irma se paró delante mío, bloqueando la vista desde la calle, y Katia se pegó a mi costado, usando su vestido como escudo extra. Caminamos así, como un trío torpe, hasta la recepción.
La chica joven nos indicó el baño sin sospechar nada. Antes de seguirnos, Irma le pidió a Stella que acompañara a Gertrudis a recorrer la sucursal.
—Nos reunimos en cinco minutos —dijo con una sonrisa tensa.
El baño era minúsculo: un inodoro, un lavamanos, espejo rajado. Me senté en la tapa cerrada, pantalón todavía desabrochado, esperando que la erección cediera por fin. Katia se apoyó contra la puerta. Irma quedó de pie, vigilando.
—Fue un viaje… incómodo —murmuró Irma, mirándome con preocupación genuina.
—No pasa nada —dijo Katia—. Tuve peores.
Sin más ceremonia, metió las manos bajo el vestido floreado y se bajó la bombacha. La tela blanca salió empapada, brillante bajo la luz fluorescente. La sostuvo un segundo entre los dedos antes de abrir el grifo.
Irma se quedó congelada, ojos muy abiertos.
—¿Eso… te pasó por los roces?
Katia enjuagó la prenda con movimientos rápidos, casi indiferentes.
—Claro. Es inevitable. Como la erección de Abel.
Mi verga, por fin, empezaba a ablandarse. La vergüenza me quemaba la cara. Quería desaparecer.
Irma carraspeó.
—Después de esta sucursal hay más horas de viaje. ¿Creés que vas a poder controlarlo, Abel?
—Creo que sí —mentí—. Ya pasó. Ahora estoy mejor.
Sabía que bastarían diez minutos de roce para que volviera a ponerse dura. Pero necesitaba recuperar algo de dignidad. Mi jefa me había visto dos veces con la pija erecta; una tercera sería insoportable.
—Muy bien —dijo Irma, aliviada—. Entonces lo peor ya pasó. Vamos a reunirnos con las demás. Necesitamos que uses todo tu talento para convencer a Gertrudis de que todo está en orden.
Asentí.
—Pero no exageres —agregó—. No todo tiene que ser perfecto. Queremos un préstamo para estabilizar, no para impresionar.
—Entendido.
—Ah, y Katia… ¿podrías ir a comprar facturas y café a la cafetería de enfrente? Yo invito.
Le dio unos billetes y salió primero. Yo la seguí sin mirar atrás. No quería quedarme a solas con Katia. Nos debíamos una conversación larga, pero no ahí, no en un baño público con olor a desinfectante barato.
En la oficina principal, Gertrudis ya estaba sentada frente a la computadora. Traje gris perla, libreta en mano, anteojos de marco fino. Cada tanto levantaba la vista y clavaba una pregunta seca.
—¿Y este movimiento de caja?
Señaló la pantalla con la punta del bolígrafo.
—Un ajuste interno —respondí con calma ensayada—. Nada grave. Ya regularizado.
La palabra mágica. Gertrudis dejó pasar el tema.
Mientras le mostraba los balances dejé escapar pequeñas imperfecciones a propósito: un monto que no cerraba del todo, un gasto duplicado, una transferencia con fecha confusa. No errores reales, solo maquillaje imperfecto. Lo justo para que viera humanidad en los números. La perfección absoluta genera desconfianza; la desprolijidad controlada, confianza.
—El flujo se mantiene estable —dije, señalando la curva ascendente del gráfico—. Pero necesitamos liquidez para cerrar el trimestre sin apuros. Con un préstamo pequeño corregimos esas diferencias y mejoramos los márgenes.
Gertrudis no anotó nada. Eso siempre me ponía más nervioso que cuando escribía. Miró la pantalla un segundo más, luego sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que decía “mensaje recibido”.
Irma y Stella intercambiaron una mirada de alivio. Me dieron un gesto sutil: buen trabajo.
Al menos en eso no había fallado.
Katia volvió con una bandeja de facturas y vasos de café. Se acercó por detrás mío y dejó uno en la mesa. Al inclinarse, su vestido rozó mi brazo. Un roce inocente. Pero suficiente para que mi verga diera un salto involuntario bajo la mesa. Gertrudis seguía hablando de ratios y proyecciones.
Yo asentía, fingiendo atención.
***
Antes de ponernos en marcha otra vez, Irma nos miró con esa mezcla de preocupación maternal y algo más que ya empezaba a reconocer en ella.
—Volvamos a la camioneta. Así nos acomodamos… de forma apropiada.
Me senté en mi lugar habitual. Irma se acomodó a mi lado, más cerca de lo necesario. De pronto, sin preámbulos, bajó el cierre de mi pantalón como si fuéramos amantes de toda la vida. Sus dedos cálidos rozaron mi pene semiblando; me estremecí. Lo sacó al aire con delicadeza, mirándolo fijamente mientras hablaba en voz baja:
—Es mejor prevenir. Si se despierta otra vez en pleno viaje, no vas a poder sacarlo sin que todos lo noten.
Miró por encima del hombro: Silvia, Stella y Gertrudis se acercaban.
—Apurate, Katia… ya vienen.
Katia se dejó caer sobre mí con cuidado. Mientras Irma tiraba del vestido para cubrirnos, sentí la ausencia inmediata de tela. Piel contra piel. Directa.
—No tenés puesta la bombacha —susurré, voz ronca.
—Ay, no… ¿cómo me la iba a poner? La lavé y está toda mojada.
Me sentí idiota por no haberlo notado antes. Irma también se dio cuenta y se llevó una mano a la boca.
—Oh… tendríamos que haber comprado una nueva. Perdón, Katia, no se me ocurrió.
—Está bien —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Además así voy más cómoda. La bombacha me estaba irritando demasiado.
—Claro… me imagino. Por los roces —murmuró Irma, sonrojándose—. Bueno… hablamos después.
Llegaron las demás. El ritual se repitió: Stella abrochó el cinturón de Katia. Gertrudis aprovechó para agarrar las tetas de Irma con ambas manos, esta vez sin disimulo. Las estrujó, las movió, las acomodó como si estuviera moldeando arcilla. Buscaba el ángulo perfecto para el cinturón, decía, pero sus dedos se demoraban, presionaban con una intensidad que rozaba lo sexual.
—Muchas gracias, Truy —dijo Irma, voz temblorosa, mejillas encendidas—. Perdón que tengas que ayudarme con estas cosas, pero…
—Nada de perdón —cortó Gertrudis, firme—. No quiero escucharte lamentándote por el tamaño de tus tetas. Son perfectas. Deberías estar orgullosa.
Volvió a apretarlas, esta vez con un gesto casi posesivo. Irma sonrió, confusa pero halagada. Todavía no veía las verdaderas intenciones. Su inocencia me dio una punzada de ternura… y de envidia. Ojalá yo pudiera fingir tan bien.
En ese momento noté las cortinas. No solo en las ventanas: había unas delgadas, opacas, que separaban los asientos delanteros de los traseros.
—Oiga, chofer… ¿para qué sirven esas cortinas delante de los asientos? —pregunté alzando la voz sobre la música.
—Para dividir ambientes —respondió él—. La camioneta se puede partir en tres secciones si las cerrás. Y también tapan las ventanas si quieren privacidad o bloquear el sol.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
No me atreví a cerrarlas. Hubiera sido sospechoso. Pero saber que existían me dio una chispa de esperanza: si las cosas se ponían imposibles, al menos habría un velo. Lástima que no hubiera una entre mi asiento y el de Gertrudis.
El contacto directo empezó a hacer efecto casi de inmediato. La humedad de Katia, tibia y pegajosa, envolvió mi pene desde la base hasta la punta. No se movía, pero no hacía falta. La sola presión de su peso, el calor de sus labios vaginales abiertos sobre todo mi largo, bastaba para que la sangre volviera a bajar. Se me puso dura despacio, inevitablemente.
Y en mi cabeza chocaban dos voces: una que gritaba “esto es una mierda, pará, no ahora, no con la jefa al lado y la auditora mirando”, y otra que susurraba “es tan bueno… tan caliente… solo un poco más”. Quería que se moviera. Quería que no se moviera nunca. Quería desaparecer. Quería quedarme ahí para siempre.
Katia se acomodó con un movimiento mínimo, para aliviar la postura. Pero fue suficiente. Sus labios se deslizaron hacia arriba y abajo, cubriéndome de fluidos. Era exactamente como un juego previo lento, el que mi ex nunca quiso darme. Regina veía el sexo como un trámite: directo, sin preámbulos, sin caricias. Discutimos por eso mil veces. “No me gusta el roce previo”, decía. “Es incómodo”. Y yo me tragaba la frustración. Ahora, con mi hermana encima, sin nada entre nosotros, sentía todo lo que siempre quise y nunca tuve. Y lo odiaba. Porque no era con Regina. Era con Katia. Y era en el peor momento posible.
La verga se abrió paso sin pedir permiso. Cada bache, cada curva de la ruta, empujaba un poco más. El glande se hundía en esa tibieza húmeda, resbaladiza. No me quejaba de la sensación —era maravillosa, carajo, era perfecta—, pero el pánico me apretaba el pecho. No ahora. No durante el viaje más importante de mi vida. No con Irma a centímetros, no con Gertrudis capaz de oler el sexo en el aire. Si se enteraba, me vería como un degenerado. Un enfermo que se excita con su propia hermana. Y tendría razón.
Mi cuerpo temblaba. Katia lo notó y se tensó más.
—No es tu culpa —susurré contra su oído, apenas audible—. Soy yo… no puedo controlarlo.
Ella no respondió, pero apretó los muslos alrededor de los míos. Intentaba ayudarme. O quizás contenerse a sí misma.
Pensé en pedirle consejo a algún amigo imaginario: “Che, ¿qué hacés cuando tenés una concha húmeda encima y se te para igual?”. La respuesta fácil sería “es inevitable, boludo”. Pero la que oía en mi cabeza era la otra: “Es tu hermana. Deberías controlarte. Sos un monstruo”.
Katia intentó acomodarse de nuevo, buscando una posición que la salvara. Lo único que consiguió fue que la verga se deslizara más adentro. Primero la mitad, detenida por una resistencia interna. Luego, como si su cuerpo se rindiera, la vagina se abrió del todo. Entré completo. Hasta el fondo.
Katia se quedó inmóvil, respiración entrecortada. Cerré los ojos y mordí el labio.
¿Y ahora qué?
Intenté levantarla por la cintura. Ella entendió y se alzó un poco. La verga empezó a salir, lenta, resbaladiza. El paisaje pasaba borroso por la ventana: campos infinitos que se burlaban de nosotros. Llegamos hasta la mitad… y un bache fuerte nos sacudió.
¡Zas!
Volvió a entrar de golpe.
Katia soltó un gemido ahogado que disfrazó de bostezo. Yo apreté los puños contra sus caderas, intentando no moverme. Pero mi cuerpo ya no obedecía. Latía dentro de ella al ritmo del motor.
Irma nos miró de reojo. Gertrudis seguía hablando de números con Stella.
Katia soltó un gemido corto, casi inaudible. Intentó disfrazarlo de suspiro, pero falló. Irma lo captó al instante. Sus ojos se clavaron en nosotros, alerta, inquisidores. Evité su mirada. Giré la cabeza hacia la ventana y fingí perderme en el paisaje monótono de campos y alambrados. Pero nada podía distraerme del calor pegajoso que me envolvía: esa concha húmeda, palpitante, apretándome sin piedad.
Si fuera una penetración estática, quizás podría engañarme a mí mismo. Pensar en balances, en números, en cualquier cosa. Pero la camioneta no cooperaba. Cada bache, cada curva, cada irregularidad del asfalto generaba un bombeo lento e inevitable. ¿Estoy cogiendo con mi hermana? No. No lo estoy. Es un accidente. Un puto accidente de la física y la mala suerte.
Y sin embargo mi verga está completamente dentro. Hasta el fondo. Y cada latido mío se siente como una traición.
Una parte de mí quiere apartarla, gritar, bajarme de esta camioneta y correr hasta que me exploten los pulmones. La otra… la otra quiere que se quede ahí. Que sus nalgas bailen sobre mí. Que el movimiento se vuelva deliberado. Que termine lo que empezó sin que yo tenga que pedirlo.
No. No puedo pensar eso. Es mi hermana, carajo. Me gusta el sexo, pero no soy un degenerado. ¿O sí?
Una mano tocó mi hombro izquierdo. Me giré con pavor, como si me hubieran arrancado de una pesadilla. Solo que la pesadilla era real, y estaba ocurriendo debajo de una pollera floreada.
Los ojos de Irma estaban muy abiertos. Señaló hacia abajo con gestos exagerados, mudos, desesperados. Movía los labios sin sonido: “¿Está adentro?”.
Suspiré. Mentir habría sido inútil. Ella ya lo sabía. Gertrudis seguía mirando por la ventana, ajena, tranquila. Pero Irma no. Irma lo veía todo.
Asentí resignado.
Su cara se transformó en una máscara de horror puro. Gestos histéricos, mudos: “Esto no puede pasar. Un hermano no penetra a su hermana. No en mi presencia. No mientras yo pueda evitarlo”.
Se movió con torpeza disimulada. Metió la mano por debajo de la pollera de Katia. Mi hermana la miró a los ojos, sorprendida, pero no pudo hacer nada. Irma exploró despacio, como una médica en una revisión invasiva. Sus dedos pasaron por el clítoris —lo sentí en la tensión de Katia—, bajaron y encontraron mi verga enterrada hasta la raíz.
Me miró con esa misma expresión de incredulidad. Me encogí de hombros. Moví los labios en silencio: “Fue un accidente”.
Ella entendió. Asintió con solemnidad, como si estuviera lamentando una tragedia inevitable.
Volvió a meter la mano, esta vez por debajo de las piernas de Katia. Mi hermana levantó un poco el cuerpo para darle espacio. Irma agarró mi verga con firmeza, manteniendo la vista al frente como si nada ocurriera. El primer intento falló: Katia cayó de golpe y la verga volvió a entrar completa. La mano de Irma quedó atrapada, aplastada bajo las nalgas.
Katia improvisó. Se aferró al respaldo del asiento de Stella y se inclinó hacia adelante.
—¿Ya pensamos qué vamos a cenar? —preguntó con voz natural, casi alegre.
Irma me miró y sonrió. En sus ojos leí admiración por el ingenio de mi hermana.
—Todavía no —respondió Stella—. Lo dejo en tus manos. Después te paso el presupuesto.
—Muy bien.
—No hace falta nada complicado —agregó Gertrudis—. Me conformo con cualquier cosa.
Nos compraron tiempo. Irma sacó la verga con cuidado. Salió brillante, empapada de jugos. Pensé que se retiraría, que esperaría a que el “accidente” no se repitiera.
Pero no.
Estaba decidida a evitar una segunda penetración. Cuando Katia volvió a sentarse, se encontró con la mano de Irma como escudo. Los dedos hacia abajo, inevitables. Cada movimiento rozaba mi miembro de arriba abajo. Caricias involuntarias, lentas, constantes.
Incómodo. Efectivo para bloquear la entrada. Pero mi verga no se calmaba. Al contrario: se ponía más dura, más sensible. Cada roce era una tortura exquisita.
El método no era perfecto. Con los minutos, el glande se escapaba a veces. Apenas un centímetro, lo suficiente para rozar la entrada húmeda. Luego volvía a salir. Irma lo notaba. Intentaba sacarlo, lo agarraba con la punta de los dedos para retenerlo. Pero la camioneta traicionaba: un tambaleo, un bache, y la verga encontraba el camino. Se metía de nuevo. Solo la punta. Solo un instante. Suficiente para hacernos jadear a los tres.
Harta, Irma tomó una decisión drástica. Giró los dedos hacia arriba. Tanteó la concha de Katia y metió dos dedos dentro. No lo vi, pero lo sentí todo: la presión extra, el espacio reducido, los dedos moviéndose al ritmo de la ruta.
Katia pegó la espalda contra mi pecho y soltó un suspiro largo, tembloroso. Su concha estaba tan mojada que los fluidos chorreaban por la mano de Irma, por mi verga, por todo. Ahora tenía que soportar que su jefa la penetrara con los dedos. Como si la estuviera masturbando en secreto.
Katia se inquietó más. Irma se acercó a su oreja y susurró:
—Perdón. Es la única forma. Yo no los muevo. Es la camioneta.
Entendí por qué mi hermana temblaba. Los dedos de Irma se movían sin parar dentro de ella, empujados por cada irregularidad del camino. Y el propio movimiento de Katia empeoraba todo: apretaba, frotaba, estimulaba. Mi verga estaba aplastada, dolía un poco. Pero prefería esto a volver a entrar del todo.
Intentamos quedarnos quietos. Fue imposible. Sobre todo para Katia.
Percibí una secuencia extraña: Irma metía los dedos, los sacaba despacio y los frotaba contra el clítoris. Metía de nuevo. Frotaba. Repetía. No era solo para bloquearme. Era… algo más. Una caricia deliberada. Una paja lenta, disimulada.
Katia no era inmune. Se movía, suspiraba. En un momento me agarró la mano con fuerza, como pidiéndome que la sostuviera mientras soportaba esa dulce tortura.
No entendía por qué Irma hacía eso. Hasta que, en lugar de frotar el clítoris, frotó los dedos húmedos contra la punta de mi verga. Estaban empapados, brillantes. No buscaba excitar a Katia. Ni a mí. Solo limpiaba sus dedos del flujo constante. Un gesto práctico, casi mecánico.
Me mantuve con la mirada perdida en el paisaje. Cuando giré la cabeza hacia Irma, vi la mano de Gertrudis bajo su pollera floreada. Idéntica a la de Katia. No había avanzado mucho: descansaba sobre el muslo, quieta. Pero Irma no la retiraba. Seguía con la vista al frente, luchando con los jugos de mi hermana, ignorando —o aceptando— el avance lento de la auditora.
Por fin la camioneta se detuvo.
Todos empezaron a bajar. Nosotros nos quedamos atrás, iniciando el ritual de siempre para disimular mi erección. Irma retiró la mano con cuidado. Katia se alzó lo justo para que yo pudiera guardar todo. Nos miramos los tres un segundo: agotados, avergonzados. Éramos cómplices silenciosos.
Pero era demasiado pronto para relajarse.
Este viaje apenas empezaba. Quedaban días, sucursales, paradas. Noches en hoteles compartidos.
Y yo todavía no sabía con qué cara iba a mirar a mi jefa después de esto. Ni cómo iba a soportar lo que estaba por venir.
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