Capítulo 04.
Blanca Navidad.
Llegó el 24 de diciembre y nos encontró completamente enterrados en blanco. La cabaña parecía una postal navideña salida de un cuento alemán, pero yo solo sentía el peso helado de la pala en las manos. Era el tercer día consecutivo que salía a despejar nieve, y mis hermanas ya habían decidido, sin consultarme, que como no colaboraba mucho en la casa, bien podía convertirme en el “che pibe” oficial de la familia.
—No te va a venir mal trabajar un poquito, hermano —dijo Macarena con esa sonrisita de sabelotodo—. Así te vas acostumbrando. No podés vivir para siempre como un mantenido.
Lo peor no fue el comentario. Fue que lo dijo justo delante de Mandy y sus hijas. Las tres rubias soltaron una risita al unísono, y sentí cómo se me calentaban las orejas. Valery me miró con una ceja levantada, Elisa con esa expresión seria que siempre parece estar juzgando, y Mandy… Mandy simplemente sonrió con esa mezcla de diversión y lástima que duele más que cualquier insulto.
Los últimos días habían sido una mezcla extraña de incomodidad y rutina. Yo hacía todo lo posible por esconderme en el que ya ni siquiera podía llamar “mi cuarto”. Alicia se había encariñado demasiado con Mandy y, sin pedir permiso, me había desalojado. Ahora ellas dos dormían juntas todas las noches, y yo terminaba en el sofá del living. No sabía exactamente qué pasaba entre esas cuatro paredes cuando se apagaban las luces, pero cada mañana se levantaban con una sonrisa de oreja a oreja que hablaba por sí sola. Durante el día yo recuperaba el cuarto a escondidas, me encerraba a leer o a ver series, intentando matar el tiempo mientras el mundo afuera seguía siendo un infierno blanco.
Macarena se había hecho muy amiga de Valery. Tefi y Elisa, en cambio, parecían haber desarrollado una conexión casi fraternal. Era irónico: al principio me hartaba de que Tefi estuviera todo el día encima mío, y ahora… ahora la extrañaba. Desde el episodio del baño no había vuelto a buscarme a solas. Ni una palabra, ni una mirada cómplice. Nada.
Lo único que rompió un poco la monotonía fue el momento en que Mandy me sorprendió haciéndome la paja.
Estaba en el living, con el celular en una mano y la otra bien ocupada lustrándome el garrote mientras miraba las fotos de Tefi. De repente apareció como un fantasma: solo llevaba puesta una remera gris holgada que le llegaba apenas por debajo de las caderas. La tela se pegaba a sus pezones endurecidos por el frío y, cada vez que se movía, dejaba entrever su concha depilada. Me quedé congelado, con la verga en la mano y la cara ardiendo. Ella también se paralizó un segundo, los ojos fijos en mi erección.
Obviamente aproveché para mirarle el escote. Tenía la piel ligeramente transpirada y su vagina se veía brillante, hinchada. No pude evitar pensar que ya estaba teniendo algo con mi mamá… o al menos se estaban tocando mutuamente hasta el cansancio.
—Perdón —murmuró, con la voz un poco ronca—. Bajé a buscar agua… no quise interrumpir.
—Yo… em… yo…
—¿Podrías evitar hacer eso en el living? —dijo, sonando demasiado parecida a mi madre—. Hay mujeres en esta casa, incluyendo a mis hijas. Deberías mostrar un poco más de respeto.
Me puse rojo como un tomate. Para colmo, ella notó que le estaba mirando la concha. Se bajó la remera de un tirón y apretó las piernas. Sin decir nada más, caminó hacia la cocina. Cuando volvió con la botella de agua, yo ya había tapado mi verga con una remera. Ella, en cambio, no tuvo la misma delicadeza: al subir la escalera pude ver claramente cómo la remera se levantaba, dejando a la vista su concha y la mitad de sus nalgas firmes y pálidas. Al llegar al descanso se giró, tomó un sorbo de agua mirándome a los ojos y luego bajó la vista hacia el bulto que aún se marcaba bajo la tela. Siguió subiendo sin decir una palabra.
Ese encuentro fue, sin duda, lo más sexual que me había pasado desde la última vez que cogí con Macarena.
Mientras yo seguía paleando nieve junto a la entrada, Alicia preguntó:
—¿Acá festejan la Navidad en Nochebuena?
—No, para nada —respondió Mandy, apoyada en el marco de la puerta con una taza humeante entre las manos—. En Argentina adquirí esa costumbre de juntarme con los vecinos y brindar el 24 a la noche. Cuando quise hacerlo acá me llevé la depresión más grande de mi vida. Todo el mundo se había ido a dormir temprano. Me sentí una boluda caminando por la calle con un pan dulce y una sidra bajo el brazo.
—Ohh… qué aburridos —dijo Alicia.
—Acá la Navidad se celebra al mediodía del 25. Está bueno, pero no es lo mismo.
—Entonces vamos a ponerle onda nosotras —propuso mi mamá con entusiasmo—. Celebraremos esta noche, al estilo argentino. Mucha comida, sidra y pan dulce. ¿Te gusta la idea?
—Me encanta —respondió Mandy, y su sonrisa se amplió hasta iluminarle toda la cara.
En ese momento me miró y agregó, con tono maternal:
—Nahuel, no pongas toda la nieve en el mismo lugar. Si hacés una montaña muy grande se va a derrumbar… y va a ser lo mismo que no haber limpiado.
Le respondí con un gruñido inteligible. Ya me estaba hartando de que me hablara como si fuera mi segunda madre. Si no se daba cuenta de lo mucho que me molestaba, pronto se lo iba a hacer notar.
***
Tuve que desayunar solo porque me demoré demasiado paleando nieve. El chocolate caliente estaba delicioso; se notaba que lo había hecho Elisa. No sé qué le pone, pero tenía un sabor dulce y especiado que gritaba “Navidad europea”. En Argentina me estaría derritiendo con algo tan caliente en pleno diciembre. Lo acompañé con unas galletas de miel y pasas que a simple vista parecían poco apetitosas, pero resultaron sorprendentemente buenas. No eran caseras, así que tomé nota mental de buscar el paquete después. Quizás pueda robar unas cuantas sin que nadie se de cuenta.
Después del desayuno busqué refugio en el cuarto de mi madre y… sorpresa: ya estaba ocupado.
Mandy me miró con los ojos muy abiertos, casi desorbitados. Estaba completamente desnuda, recostada contra las almohadas, con las piernas abiertas sin ningún pudor y dos dedos hundidos hasta el fondo en su concha. Era una imagen brutalmente erótica, de esas que se te graban en la retina y te sirven para un millón de pajas futuras.
—Qué curioso… —dije, sin poder disimular la sonrisa—. Si lo hago yo es falta de respeto. Pero si lo hacés vos…
—Lo hice para que veas lo incómodo que es que te sorprendan en una situación así —respondió, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía.
—Mentira. Ni siquiera sabías que yo venía para acá —cerré la puerta detrás de mí.
Ella no se cubrió del todo, pero juntó un poco las piernas y tapó su concha con la mano. Sus mejillas ya empezaban a teñirse de rosa.
—Sí sabía. Siempre venís a esta hora…
—No mientas, Mandy. Te estás muriendo de vergüenza. No te gusta ni un poquito que te haya sorprendido haciéndote la paja.
Tantas veces me había pasado a mí que, a decir verdad, se sentía bien estar del otro lado. Al menos por una vez.
—Claro que no… ¿creés que me intimida un mocoso como vos? ¿Cuántos años tenés? ¿Dieciocho?
—Tengo un poco más que eso —respondí con calma. Caminé despacio y me senté a los pies de la cama, mirándola directamente—. Si tan confiada estás, podés seguir.
—No me provoques —dijo, con los ojos chispeantes. Volvió a abrir las piernas lentamente y siguió introduciendo los dedos en su concha. Noté cómo sus mejillas se enrojecían aún más—. Tengo el doble de tu edad… y estoy acostumbrada a lidiar con pelotudos. Se te achican los huevos solo con ver a una mujer como yo desnuda.
Ahí estaba: la verdadera Mandy empezaba a asomar. Ya no era solo la dueña simpática y servicial de las cabañas. Esta rubia disfrutaba tener el control, dominar la situación. Por eso estaba seduciendo a mi mamá tan descaradamente. Quería tenerla comiendo de su mano. Pero yo no pensaba dárselo tan fácil. Criarme entre arpías me había enseñado un par de trucos para este tipo de juegos.
—Ya vi a un montón de mujeres haciéndose la paja —dije, encogiéndome de hombros—. Podés seguir tranquila. Ni siquiera mi mamá me intimida cuando se masturba.
Mandy abrió los ojos como platos. Sus dedos se detuvieron por completo.
—¿Viste a tu mamá masturbándose?
—Más de una vez. ¿Acaso no te diste cuenta de que duerme dormida?
—¿Duerme… dormida? —soltó una carcajada corta y genuina.
—Quise decir que duerme desnuda —corregí, sintiéndome idiota. Mandy separó más los labios de su concha y me mostró todo su interior rosado y brillante. Esta vez fueron mis mejillas las que se calentaron.
—Se ve que ya te está afectando esto.
—Claro que no… fue solo una distracción. Alicia duerme desnuda porque le gusta masturbarse… y a veces lo hace creyendo que estoy dormido. Por cierto, muy entretenida la anécdota de la carpa. ¿Ya la replicaste con mi mamá? ¿Se pasan la noche tocándose mutuamente?
La cara de Mandy se desfiguró un segundo, pero recuperó la compostura casi al instante.
—Así que estabas despierto. Sabía que no podías tener el sueño tan pesado. Y la otra noche en el living… ¿a quién le estabas dedicando esa paja?
—Si creés que estaba pensando en vos y en tu amiga, estás equivocada. En cambio vos… vi cómo me mirabas la verga esa noche. Y bajaste sin bombacha, sabiendo que yo estaba en el sofá. Lo hiciste a propósito. ¿Te calienta que te miren? ¿O te calientan los pibes de la edad de tus hijas?
—Ay, Nahuel… no te hagas el macho salvaje conmigo. No tenés idea de la cantidad de pelotudos con los que tuve que lidiar en mi vida. A pendejos como vos me los como crudos.
—Yo creo que no aguantás ni dos rounds —contesté, trepando por la cama con decisión.
Saqué mi verga, que ya estaba dura como una piedra —y cómo no, con semejante rubia abierta de piernas frente a mí—. La apunté directamente a su concha. Mandy me miró con una sonrisa desafiante, aunque sus ojos delataban sorpresa.
—No te atreverías a…
No llegó a terminar la frase. Hundí la verga en su concha de un solo empujón firme. La expresión de su rostro cambió por completo: no esperaba que fuera tan directo. Creía que tenía la situación bajo control… y de repente era yo quien mandaba.
—¿Qué hacés, pendejo? ¿Quién te dio permiso para…? ¡Uff… pará… ay!! ¡Despacito!
—Entonces… ¿sí la querés, pero despacito?
—No dije eso… ¡Ay! Sacala…
—¿Segura? Hagamos una cosa… pedime otra vez que la saque y te prometo que lo hago. Dale…
Empecé a bombear dentro de ella con ritmo constante. Nos miramos fijo a los ojos, en un duelo silencioso de voluntades. Ninguno quería ceder. Ella abrió más las piernas y yo le hundí la verga hasta el fondo. Mandy se mordió el labio inferior con fuerza para no gemir.
Mi verga se deslizó dentro de su concha con una facilidad insultante. La muy puta ya estaba empapada. Le estaba dando duro y parejo cuando ella hizo algo que me tomó por sorpresa: se dio media vuelta con rapidez, quedando boca abajo. Levantó ese culo hermoso y redondo, arqueando la espalda como una invitación imposible de ignorar. Aunque todavía estaba aturdido, el entusiasmo me ganó de mano. Apunté la verga directamente al agujero fruncido entre sus nalgas.
—No, no… pará, ¿qué hacés?
—Te la meto por el culo… ¿no es lo que querías?
—No, no… ¿te volviste loco? ¿Cómo me la vas a meter por ahí? ¿Qué clase de mujer creés que soy?
—No sé, ni siquiera te conozco. Tenés cara de puta, pero… quién sabe.
—No soy ninguna puta.
—Entregaste la concha bastante fácil.
—Eso es porque… llevo mucho tiempo sin tener sexo con nadie. Estoy desesperada. Lo necesito. Está bien, lo hice todo a propósito, tenés razón. Creí que con solo mostrarte un poco la concha ya te morirías de ganas de cogerme…
—En eso tuviste razón. No hizo falta nada más.
—Pero no soy ninguna puta. Nunca me la metieron por atrás.
—¿Nunca? ¿Ni una sola vez?
—Ni una. No sé con qué clase de mujeres estás acostumbrado a lidiar, pero te aseguro que la mayoría no hacemos eso.
—Mmm… puede ser. O quizás la mayoría sí lo hace… solo que no lo anda contando por ahí.
—Me da igual… no me la metas por el culo, por favor.
—Está bien… está bien. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Te tenés que tomar toda la leche.
—Ay, pendejo degenerado. ¿Creés que soy como las minas de los videos porno que mirás? Estás muy confundido.
—Solo me calentaría mucho ver tu linda carita llena de leche.
Mandy se quedó en silencio unos segundos, evaluando la propuesta. Yo froté la cabeza hinchada de mi verga contra su concha, deslizándola entre sus labios húmedos sin entrar, provocándola. Finalmente soltó un suspiro resignado.
—Está bien. Pero nada de metérmela por atrás.
—Perfecto.
Volví a hundir la verga en su concha, inclinándome sobre su espalda. Mandy soltó un suspiro largo, con la cara hundida en la almohada. La tomé firme de la cintura y le mostré todo lo que había aprendido cogiendo con mis hermanas durante meses. Le di tan duro y profundo que tuvo que morder la almohada para ahogar sus gemidos y que no resonaran por toda la cabaña.
—Despacio… despacio, por favor…
—¿No era que a los pendejos como yo te los comías crudos? ¿Acaso no aguantás una buena cogida?
—No es eso… es que se está moviendo toda la cama… y se va a escuchar.
—¿Tenés miedo de que tus hijas vean lo puta que es su mamá? —lo dije en tono de broma, pero ella no lo tomó así.
—Me llegás a decir puta delante de mis hijas y te mato. Puta soy en la cama… afuera me tratás con respeto.
—¿Entonces acá sí te puedo decir puta?
—Acá decime lo que quieras… haceme lo que quieras, menos metérmela por el culo.
—Me gustaría ver de qué sos capaz, ya que sos tan “puta en la cama”.
—Ahora te voy a enseñar, pendejo maleducado.
Me acosté boca arriba en la cama, con la verga tiesa como un mástil. Mandy se subió encima de mí con movimientos felinos y la hundió hasta el fondo de un solo golpe. Empezó a mover las caderas con una sensualidad que me dejó sin aliento. Sus tetas rebotaban pesadas y libres, como si estuvieran hechas de gelatina caliente. El sudor empezó a cubrir su piel pálida, y las gotitas brillaban como pequeñas perlas bajo la luz tenue de la habitación.
Le pellizqué los pezones con fuerza, los dos al mismo tiempo. Ella cerró los ojos, soltó un suspiro entrecortado y murmuró un suave “Sí”. Le gustó. Mucho. Así que me dediqué a apretarlos y retorcerlos como si fueran los diales de una radio antigua, disfrutando cómo su cuerpo respondía con cada movimiento.
En ese preciso momento se abrió la puerta.
Yo ya contaba con que pasaría tarde o temprano. En mi familia la privacidad es un concepto decorativo. Pero Mandy casi se muere del susto. Se quedó pálida como un fantasma, mirándola con los ojos desorbitados.
Alicia estaba parada en el umbral, con los brazos en jarra y una sonrisa cargada de picardía.
—Yo sabía que esto iba a pasar —dijo, cerrando la puerta detrás de ella con calma—. Desde que le viste la pija a mi hijo no dejás de decirme: “Qué grande la tiene Nahuel”, “¿Ya tiene novia?”.
—Perdón, Alicia… no pretendía faltarle el respeto a tu familia —murmuró Mandy, con la voz temblorosa. Su cara era un desastre: vergüenza pura mezclada con miedo genuino—. No pienses que soy una degenerada, es que…
—No me importa, Mandy —la cortó Alicia con una sonrisa tranquila mientras se quitaba la ropa en cuestión de segundos, quedando completamente desnuda—. Mi hijo ya está en edad de coger con mujeres como vos. Lo único que me molesta es que a mí me tengas en ascuas, cuando a él le das todo.
—Todo no. Al culo no lo quiere entregar —agregué yo, todavía enterrado dentro de ella.
—Qué lástima… con lo rico que es tener una verga bien metida en el culo —suspiró Alicia.
Los ojos de Mandy se abrieron como platos. Supe en ese instante que ya había entendido que mi mamá era bastante puta, pero claramente no se imaginaba hasta qué punto. Y mucho menos esperaba que Alicia se subiera a la cama completamente desnuda y se sentara justo detrás de ella, sobre mis piernas.
Alicia agarró las tetas pesadas de la rubia desde atrás y le pasó la lengua lentamente por el cuello. Mandy se estremeció de pies a cabeza. De pronto sus caderas empezaron a moverse con un ritmo más marcado, más sensual. Supe que mi madre estaba marcando el compás desde atrás. La rubia respondió al instante, y cuando Alicia le giró la cara y le comió la boca en un beso profundo y húmedo, mi verga palpitó con fuerza dentro de la concha de Mandy.
—¿Te gusta la pija de mi hijo? —preguntó Alicia contra sus labios. Mandy no respondió—. Dale, podés decirlo… estamos en confianza. Ya sabemos que sos bastante morbosa. Seguramente te calientan los pendejos, ¿no es cierto?
—Un poquito… puede ser… —jadeó Mandy.
—No estás siendo del todo sincera —insistió Alicia, y llevó una mano entre las piernas de la rubia para acariciarle el clítoris hinchado—. Te calienta coger con un pibe que podría ser amigo de tus hijas.
—Ss… sí… —respondió Mandy entre gemidos entrecortados.
—¿Por qué?
—Mmm… no lo voy a decir. Es… personal.
—Oh… eso me intriga mucho —Alicia le lamió el cuello otra vez, más lento—. Tanto como esa anécdota inconclusa de la noche de carpa con tu amiga austríaca. Sé que no me contaste todo. ¿Quién fue la primera en chupar concha?
Con la pregunta llegó otra lamida larga y húmeda. Los pezones de Mandy se pusieron duros como piedras.
—Ella… lo hizo porque yo se lo pedí —confesó Mandy, la voz ronca—. Sabía que era lesbiana y que no se iba a negar. Le pedí que me chupara la concha.
—¿Y qué tal la chupa tu amiga…?
—Astrid. Uf… fue la mejor chupada de concha de mi vida. Se nota que a ella le gustó hacerlo. Le puso muchas ganas. Si me la chupan, me gusta que me lo hagan bien.
—Lo mismo digo —intervine yo, pellizcándole los pezones con más fuerza—. ¿Por qué no me mostrás cómo la chupás? Tenés cara de petera. Yo te devuelvo el favor de la misma manera. Soy muy bueno haciéndolo.
Mandy me dedicó una sonrisa maquiavélica, cargada de desafío.
—Vamos a ver si sos tan bueno.
Giró sobre mí con agilidad. Su concha quedó justo encima de mi cara, húmeda y caliente, mientras su boca bajaba directamente sobre mi verga. Empezó a chuparla con hambre desde el primer segundo. Yo no me quedé atrás: le hundí la lengua en la concha y le di todo lo que había aprendido con mis hermanas. Quería demostrarle que esas “clases” no habían sido en vano.
Sentí cómo la concha de Alicia se frotaba contra la base de mi verga, justo donde Mandy no llegaba con la boca. La punta de mi pija seguía dentro de la garganta de la rubia.
—Ay, Alicia… me estás volviendo loca con eso… —gimió Mandy, sacando mi verga un segundo de su boca—. ¿No te da miedo hacer eso con tu hijo?
—Digamos que Nahuel y yo tenemos mucha confianza —respondió Alicia con naturalidad, sin dejar de frotarse—. Ya me vio masturbándome… y a veces dormimos juntos. Puede que haya roces… por accidente.
—¿Y la noche que te conté lo de Astrid? ¿También hubo roces?
—Uy, sí… aunque no por este lado. Sino por atrás. El chico aprovechó que yo no podía hacer nada…
—Qué sinvergüenza… —murmuró Mandy, pero lo dijo con una admiración ronca que sonó más a halago que a insulto. Me dio un chupón fuerte en el glande, como recompensa.
—Se nota que te calienta esto… y me gustaría saber por qué. ¿Sos un poquito degenerada?
—Uf… un poquito —Mandy soltó una risita entrecortada y gimió cuando le pasé la lengua por el clítoris—. No me juzguen.
—¿Y a qué se debe que estas cosas te calienten tanto? —preguntó Alicia, sin dejar de frotar su concha contra la base de mi verga.
—Es que… ¿me prometen que no le cuentan a nadie?
—Claro, por supuesto.
—En este pueblito pasan cosas raras. Vivimos muy aislados casi todo el año. Solo hay gente nueva en temporada de vacaciones. Con el frío la gente se encierra en casa… y a veces pasan cosas que no deberían pasar.
—¿Como qué? —insistió Alicia, sin dejar de moverse.
—Una vez espié a mi vecina por la ventana… ella tiene mi edad y un hijo de la edad de Nahuel.
—Ajá…
—Ya sospechaba que entre esos dos había algo raro. La madre era demasiado cariñosa con el hijo, sobre todo cuando creía que nadie miraba. Una noche me asomé y los vi…
—¿Qué hacían?
—No lo van a poder creer… pero les juro que estaban cogiendo.
—Uy… ¿en serio? ¿El hijo con la madre? —Alicia fingió sorpresa tan bien que cualquiera hubiera jurado que era la primera vez que escuchaba una historia incestuosa.
—Sí… ella estaba en cuatro sobre el sofá, y él… atrás… dándole por el culo. Yo nunca había visto algo así. No sé por qué me calentó tanto. Quizás por el aburrimiento… o por la falta de sexo. Me fascinó ver cómo ese chico le metía la verga a su propia madre.
—¿Por eso querías acostarte con Nahuel? ¿Querías replicar esa fantasía?
—Algo así… aunque no soy de las que entregan el culo.
—Yo sí… y Nahuel lo sabe —dijo Alicia con orgullo—. Por eso el desgraciado me arrimó por detrás toda la noche.
—¿Y entró algo? —La curiosidad de Mandy era pura y morbosa.
—Un poco…
—Mostrame… ¿cómo fue?
—Ay, no sé… me parece demasiado. Es mi hijo.
—Dale, por favor… me muero de ganas de ver algo así.
—Mmm… lo hago con una condición: chupame la concha tal como se la chupaste a Astrid esa noche. Porque no te voy a creer que “nunca chupaste una concha”. Esa es la mentira más mala que escuché en mi vida.
—Se la chupé toda la noche —confesó Mandy al fin—. Estuvimos cogiendo sin parar, ni siquiera dormimos. Fue la noche más lésbica de mi vida.
—Y me imagino que no fue la última.
—Hubo alguna más… y no solo con Astrid.
—Mm… eso mismo quería.
No podía ver casi nada porque el culo de Mandy me tapaba la cara, pero por los sonidos y los movimientos supe que ya le estaba comiendo la concha a mi mamá.
—Mostrame… ¿qué pasó mientras yo les contaba lo de Astrid?
—Mmm… algo como esto…
Alicia se montó sobre mi verga y la apuntó directamente hacia su culo. Fue bajando despacio. El glande presionó contra su agujero apretado y comenzó a dilatarlo. Bajó un poco más y la cabeza de mi verga entró.
—Uy… es… es… lo más morboso que vi en mi vida —jadeó Mandy, con la voz entrecortada.
—Qué degenerada… mirá con lo que te calentás —se burló Alicia, sin dejar de moverse.
—Perdón, no puedo evitarlo. Yo ni siquiera sabía que estas cosas me calientan tanto. ¿Eso fue todo lo que entró?
—Entró un poco más que esto…
Alicia subió y bajó varias veces, dilatando su culo con movimientos lentos y controlados. Luego dio un sentón más firme y mi verga entró casi hasta la mitad.
—Ay, es un montón… me vuelvo loca. ¿Eso fue todo?
—Sí, Mandy. Eso fue todo. ¿No te parece demasiado? Le puedo permitir esto como un juego, pero si hubiera intentado ir más lejos, hubiera tenido que frenarlo.
—Sí, entiendo… pero… ¿podrías ir un poquito más lejos? Te chupo la concha todo lo que quieras.
—No, Mandy. Te volviste loca. Es mi hijo. No voy a ir más lejos solo para cumplirte una fantasía.
—Está bien… está bien… perdón si me pasé. Es que…
—No hay nada que perdonar. Vení… volvé a donde estabas. Nahuel, quiero que le llenes la concha de leche.
—Pero… habíamos acordado que le iba a acabar en la boca.
—Cambio de planes.
No se discute con mi madre, mucho menos en una situación como esa. Mandy volvió a montarse sobre mí, ofreciéndome una vista perfecta de sus tetas pesadas y firmes. Alicia la masturbaba con una mano mientras le besaba el cuello y la boca. La rubia rebotaba sobre mi verga con un ritmo cada vez más desesperado, sus caderas moviéndose como si quisiera tragarme entero.
Me pregunté por qué mi mamá no quiso ir más lejos. Al principio no le encontraba sentido: ella me había entregado el culo varias veces. Si a Mandy le daba tanto morbo, ¿no era la oportunidad perfecta?
Pero luego lo entendí. Todo se trataba de poder y control. Ahora Alicia tenía algo con qué manipular a Mandy. Tenía a esa rubia dominante comiendo de su mano.
Tengo que reconocer que Mandy era muy buena cogiendo. Debía haber montado decenas de pijas a lo largo de su vida, y con lo hermosa que era, no me sorprendía. Cuando por fin acabé, ella se quedó quieta encima mío, apretando los músculos internos para ordeñarme hasta la última gota, permitiendo que el semen caliente la llenara por completo.
Luego, a pedido de mi madre, se acostó boca arriba en la cama. Ahí fue cuando Alicia aprovechó.
—Te voy a hacer otro regalito morboso, espero que te guste.
Y sin más preámbulos, se lanzó a chuparle la concha.
—Ay… te estás tomando toda la leche de tu hijo… Dios… ¡qué morbo!
Sí que lo estaba haciendo. Los labios de Alicia se cubrieron de semen mientras juntaba con la lengua cada gota espesa para tragarla. Chupó con fuerza la concha de Mandy, succionando hasta el último resto de mi corrida.
Como todavía me quedaba una pequeña reserva, le ofrecí mi verga a Mandy. Ella la tomó en su boca sin dudar, chupándola con avidez mientras empujaba la cabeza de mi madre hacia abajo con una mano. La rubia tragó el semen que aún salía de mí. No era mucho, pero fue suficiente para cumplir mi fantasía de ver esa cara preciosa recibiendo leche.
Cuando ya no quedó ni un solo rastro blanco, las dos formaron un 69 lésbico perfecto. Empezaron a chuparse las conchas con una familiaridad sorprendente, como si se conocieran de toda la vida.
Decidí que era el momento de dejarlas solas. Me vestí en silencio y fui a darme una ducha.
***
Mandy y Alicia se pasaron toda la tarde encerradas en el cuarto. A mí no me quedó otra que quedarme en el living, matando el tiempo con videos en YouTube. Una tarde mortalmente aburrida. Mis hermanas se quedaron charlando con Elisa y Valery, como si yo no existiera.
Fue recién cuando nuestras madres se dignaron a salir del cuarto que empezaron los preparativos de la cena de Nochebuena. Por fin, ¡comida! Mi regalo favorito.
Habían descongelado un pavo y ya lo tenían dorándose en el horno. Nunca en mi vida había comido pavo, pero solo con el olor ya se me hacía agua la boca.
Decidí ayudar con los preparativos. Puse el mantel y los platos; no quería que me siguieran tratando de inútil. Últimamente era yo el que más trabajaba en esa casa.
Todas fueron a bañarse por turnos. Cuando Valery y Elisa bajaron por la escalera con los vestidos que iban a usar esa noche, casi me da un infarto en la pija.
Parecían gemelas. Vestidos blancos sin tiras, ceñidos al cuerpo como una segunda piel. Sin corpiño. Los pezones se marcaban perfectos, duros como tapitas de dentífrico. Y tan cortos que, mientras bajaban los escalones, alcancé a espiar por un segundo que no llevaban nada debajo. Apenas una sutil raya entre sus piernas, pero fue suficiente para que tuviera que sentarme con las piernas cruzadas y esperar a que mi verga se calmara. Al parecer, como no tenían ropa adecuada, Tefi y Macarena les habían prestado sus vestidos.
—¿Qué tal me queda? —preguntó Elisa, haciendo un giro de modelo frente a mí.
—Espectacular. Parece hecho para vos.
—¿No pensás que me queda demasiado corto?
—Tal vez —respondí, imaginando lo que pasaría con un solo movimiento descuidado de sus caderas—. Pero eso lo hace más interesante, ¿o no?
Elisa y Valery se rieron con ganas. Tefi puso los ojos en blanco y anunció que iba a bañarse. Era una pena que le hubiera prestado su mejor vestido a Elisa; me hubiera encantado verla con él… y sin nada debajo.
Aún así… esta iba a ser una Navidad de lo más interesante. Casi me alegraba de haber venido a Alemania y quedar atrapado por la tormenta. En cualquier momento Elisa y Valery me darían un hermoso regalo. Solo hacía falta un pequeño descuido para que viera exactamente lo que escondían entre las piernas.
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