Capítulo 05.
Noche (no tan) Buena.
A pesar de que Valery y Elisa ya estaban vestidas para la ocasión, mi madre anunció que aún faltaba más de una hora para que la cena estuviera lista.
—Vení, Nahuel… necesito que me ayudes con algo —dijo Tefi, tomándome de la mano.
Me arrastró escaleras arriba y nos metimos en el cuarto que compartía con Macarena. Ahora lo teníamos completamente libre para nosotros. Tefi comenzó a desnudarse de inmediato. Cuando se quitó toda la ropa, se tendió boca abajo en la cama.
No necesité una invitación, yo también me desnudé y me subí a la cama. Estaba preparando mi verga, arrodillado entre las piernas de Tefi cuando ella dijo:
—Todavía no la metas, tenemos tiempo. Quiero que me hagas un masaje.
—¿Acaso tengo cara de masajista?
—¿Me la querés meter o no? Esas son mis condiciones, si te gustan… bien. Sino, buscate otra.
Resignado acepté su petición. Me indicó que en el cajón de la mesita de luz había una botella de aceite para masajes. Le pregunté por qué había traído eso al viaje.
—Es que esa marca de productos íntimos quieren que los publicite en mi contenido. ¿No es genial? Me van a pagar y todo.
—Viéndolo de esa forma… sí, es genial.
—Y quiero probar los productos, para ver si son de buena calidad. Tampoco quiero promocionar cualquier cosa.
Tenía sentido. Tefi había trabajado un tiempo en una perfumería y ya tenía un poco de experiencia con productos cosméticos. Aunque estos eran un poquito diferentes.
Destapé el pomo de aceite y dejé caer un poco sobre la espalda desnuda de Tefi.
—¡Ay, carajo! ¡Está frío! Así no se hace un masaje, Nahuel. Al aceite te lo tenés que poner en las manos… después lo frotás sobre mi cuerpo.
—Ufa… está bien. Aunque de esta forma me parece más fácil.
Unté mis manos con abundante aceite y acaricié la espalda de Tefi. La muy desgraciada levantó su cola, como una gata en celo. Mi verga palpitaba al ver esa concha expuesta justo delante. Tenía muchas ganas de penetrarla, pero decidí seguirle el juego a Tefi.
Ella se fue relajando de a poco mientras yo improvisaba los masajes tan bien como podía. Creo que no soy muy bueno en esto. Me aburre, no tengo paciencia para estas cosas. Aunque debo reconocer que ver el cuerpo de mi hermana brillando por el aceite es realmente estimulante.
Cuando su espalda ya estuvo cubierta por completo, la puerta del cuarto se abrió. Una cabellera rubia asomó dentro. Por un instante creí que se trataba de Valery, pero no… era Elisa. Con ese vestido blanco está aún más parecida a su hermana mayor.
—¿Qué hacen? —Preguntó, mientras se acercaba con la curiosidad de una ardilla.
—Nahuel me está haciendo un masaje —respondió Tefi con naturalidad—. Si querés, podés quedarte… pero cerrá la puerta.
Elisa no lo dudó. Cerró la puerta detrás de ella y se sentó a mi lado, en el borde de la cama. El vestido se le subió un poco y pude ver hasta el límite de sus piernas. Las mantuvo juntas, por lo que no se veía nada más. Elisa miró mi verga erecta y lo cerca que estaba de la concha de Tefi.
—¿Siempre te hace estos masajes… desnuda?
—Sí, ¿por qué no? Si hasta nos bañamos desnudos. ¿Qué problema hay?
—Me hacés acordar a mi hermana. A ella también le gusta estar desnuda todo el día.
—Si quiere sacarse la ropa, con mucho gusto la ayudo —dije, con una sonrisa.
—Pelotudo —dijeron Elisa y Tefi al unísono.
—Hey, solo era un chiste.
—No lo era —respondió Tefi—. Te morís de ganas de verle la concha a Valery. Se nota cómo se te van los ojos cuando ella está cerca.
A decir verdad, puede que mi hermana tenga razón. Sin embargo yo creía que miraba a las dos hermanas por igual, no solo a Valery. También me gustaría ver desnuda a Elisa.
—¿Y eso no trae problemas? —Preguntó la rubia, señalando mi miembro erecto—. Digo… estando tan cerca.
—Mientras la deje afuera, no me molesta que esté cerca. Él ya sabe cómo son las reglas, ¿no es cierto, Nahuel?
—Ajá… —las reglas en realidad eran que yo se la podía meter en cualquier momento; pero estando Elisa cerca no puedo llegar tan lejos. Ya estamos jugando con fuego.
—Me imagino que te pondrá un poquito incómoda.
—De verdad que no. Mostrale, Nahuel… vení más cerca.
Y como si estuviera echando un tronco de leña a la chimenea, me acerqué más a Tefi. Mi verga erecta quedó apoyada justo en la división de sus nalgas.
—Podrías pasarme aceite por la cola también, no solo por la espalda.
Eso fue lo que hice. Comencé a acariciar sus nalgas mientras a Elisa se le iban desencajando los ojos.
Ella no podía dejar de mirar cómo mi miembro rozaba constantemente la vagina y el culo de Tefi, como si en cualquier momento se fuera a meter. A decir verdad, esto me excitó mucho… pero al mismo tiempo me preocupó. No sé si nos conviene que Elisa sepa tanto de la íntima relación que tengo con mis hermanas. Mucho menos con Tefi.
Elisa quedó tan ensimismada con el espectáculo que separó las piernas, sin darse cuenta. Pude ver su hermosa concha asomando. La verga se me puso aún más dura. Al notar que yo la miraba, se fijó en su entrepierna. Creí que se cubriría rápido, pero en lugar de eso separó más las piernas, permitiéndome ver su concha lampiña con lujo de detalle.
¡Qué hermosa rubia, por dios!
Esta situación se estaba volviendo insostenible. Yo tenía unas ganas tremendas de penetrar a Tefi… y Elisa que no se movía. Seguí con los masajes, aparentando serenidad. Mi verga palpitaba con cada roce sobre la concha de Tefi. Se deslizaba entre sus labios y sus nalgas, los ojos de Elisa estaban fijos en ella, como si esperase que en cualquier momento la verga entrara.
Hasta que nos salvó la campana.
—¡Elisa! ¿Dónde estás? ¿Podrías venir a darnos una mano con la cena?
La voz de Mandy nos llegó desde el otro lado de la puerta. Golpeó pero no se animó a entrar. Elisa se puso de pie de un salto y dijo:
—Tengo que irme.
—Ya era hora —el susurro de Tefi fue tan tenue que ni siquiera sé si Elisa lo escuchó.
La joven rubia salió de la habitación y cerró la puerta, dejándonos por fin solos.
—Dale, metela de una vez… que no aguanto más. —Apunté la verga a su concha—. No, no por ahí no… la quiero por el culo.
—¿Así de rápido?
—Sí… ¿quién más que yo te va a entregar tan rápido el culo? Que no se te olvide eso.
Apunté al otro agujero y la verga comenzó a entrar… y de pronto entró. Fue como si el culo de Tefi se la hubiera tragado.
—¡Ay, por dios!
—Perdón… ¿te dolió?
—No, no… estuvo buenísimo… me encantó… uf… hacelo de nuevo.
Al parecer el aceite era un lubricante excelente, mucho mejor de lo que me había imaginado. Saqué la verga y volví a hundirla. Tefi tuvo que morder la almohada para que su chillido no se escuchara en toda la casa.
—Uf… qué delicia… definitivamente voy a publicitar esta marca de aceites corporales.
—Si necesitás ayuda con eso… em… ya sabés.
—Sí, podemos hacer un videito de sexo anal… uff… qué rico… en cuanto tengamos tiempo lo grabamos.
—¿Querés que busque el celu y lo hacemos ahora?
—Si me sacás la verga, te mato. Ahora cogeme… y cogeme fuerte.
La tomé de la cintura y empecé a bombear con ganas, haciendo temblar la cama. Rogué para que el ruido del viento y los árboles tapara el quilombo que estábamos haciendo. El culo de Tefi nunca había estado tan apetecible, brillaba como una perla y la verga se le hundía con suma facilidad. Comenzó a masturbarse mientras yo la penetraba.
Estuve dándole por el culo sin parar durante unos diez minutos, hasta que la puerta se abrió.
—Yo sabía que los iba a encontrar acá —era Macarena—. ¿Podrían bajar? Ya están levantando sospechas… y se escuchan ruidos. Valery ya preguntó tres veces “¿Qué es eso? ¿Son las tablas del techo?” Y no creo que eso sirva de excusa durante mucho tiempo.
—Andate, Maca… dejanos en paz —chilló Tefi—. No te metas donde no te incumbe.
—Me incumbe porque resulta que esta es mi familia. Y si los ven a ustedes haciendo esto, vamos a tener que dar muchas explicaciones. Así que bajen, no porque yo se los digo, sino porque se va a armar un tremendo quilombo.
—Maca tiene razón —dije, deteniéndome—. No podemos seguir. No ahora.
—Ufa, la puta que lo parió.
Bajamos unos pocos minutos después, ya cambiados. Cuando Valery nos preguntó si también habíamos escuchado esos ruidos, le dijimos que sí, que fue la tormenta; pero que no hay nada de qué preocuparse. Creo que no nos creyó.
Elisa se limitó a mirarnos en silencio, con una expresión que decía más que mil palabras.
***
Mi primera experiencia con un pavo navideño no fue tan buena como esperaba. Descubrí que la carne de este bicho es bastante seca y no sabe a pollo. Aunque tampoco me puedo quejar, comí hasta quedar lleno y hasta sobró.
—Mañana podemos hacer sandwiches con lo que sobró de pavo —dijo Mandy, mientras ella y Alicia limpiaban la mesa.
—No creo que llegue hasta mañana —aseguré—. Después de medianoche siempre me da hambre… y con todo lo que dormí hoy, no pienso acostarme temprano.
—Ni yo tampoco —dijo Valery—. Me deprime irme a dormir temprano en Nochebuena. Sé que estamos encerrados en esta cabaña, pero eso no significa que tengamos que aburrirnos.
—Yo no tengo ganas de hacer nada —dijo Tefi—. Después del brindis de las doce me voy a dormir.
Conozco ese tono… y llevaba tiempo sin escucharlo. Sentí un escalofrío, porque así era la actitud de Tefi cuando nos llevábamos mal… antes de la pandemia. Vivía de malhumor y se podía enojar por cualquier cosa. ¿Y si esa grácil simpatía que le dio el aislamiento ya se está perdiendo? ¿Y si vuelve a ser la misma Tefi peleadora de antes? Espero que no. Me costó mucho tener la relación que hoy tengo con ella. No me gustaría perderla.
—No seas así, Tefi… —dijo Alicia, intentando sonar amable—. Queremos pasar una linda navidad en familia. ¿Nos cruzamos medio mundo para que te vayas a dormir después del brindis?
—¿Y qué más puedo hacer en esta casa? Ni siquiera tengo una pieza para mi sola. —Mandy agachó la cabeza, escondiendo sus ojos detrás de sus largos mechones dorados—. No me sale fingir el buen humor. Tienen que reconocer que nada salió como lo pensábamos. Terminamos en una cabaña en el medio de la nada y con gente a la que ni siquiera conocemos. Entiendo que no tienen forma de salir, pero… un poquito nos cagaron el viaje ¿no?
La cara de Mandy y sus hijas era de angustia total. Ninguna de las tres se animaba a mirar a nadie a los ojos.
—Tefi tiene razón —dijo Mandy, rompiendo el incómodo silencio—. Les pido perdón en nombre de mis hijas. No pretendíamos arruinarle las vacaciones a nadie. Chicas, creo que abusamos demasiado de la hospitalidad de esta gente. Vamos al cuarto que eligieron para dormir. Nos vamos a quedar ahí —me dio la impresión de que estaba aguantando las ganas de llorar—. Intentaremos molestar lo menos posible. Ellos merecen tener intimidad en esta casa, porque pagaron por ella… y nosotras se las estamos quitando.
Sin levantar la cabeza, sus dos hijas asintieron. Valery se mordía el labio inferior y Elisa fruncía la boca, como si estuviera aguantando las ganas de insultar a alguien… probablemente a Tefi.
Y así de fácil mi hermana arruinó la navidad.
La casa se quedó en completo silencio cuando Mandy y sus hijas se encerraron en el cuarto del fondo del pasillo. Mandy anunció que saldrían solo para usar el baño y que pedirían permiso para bajar a la cocina a buscar comida. Al parecer los siguientes días serían como tener tres refugiadas encerradas en un cuarto… en plena Alemania. No me gustó para nada esta ironía.
No podíamos quedarnos sentados en el living, con un triste pan dulce que nadie quiere tocar y una sidra calentándose mientras pasan los minutos. Tenía que hacer algo.
Y en ese momento me acordé de la interrupción de Elisa en el baño. En especial la parte en que Tefi la tomó de la mano y salieron juntas. Se metieron en una habitación y…
—¿Qué pasó con Elisa? —Le pregunté a Tefi.
Macarena y Alicia voltearon sus cabezas para mirarla, hablé frente a ellas porque no tenía sentido ocultarles lo ocurrido.
—No pasó nada —de todas mis hermanas, la que mejor conozco es a Tefi. Llevo meses intimando con ella. Sé cuando está mintiendo.
—Entraste desnuda a un cuarto con Elisa… ¿y no hicieron nada? —Pregunté.
—¿Esto cuándo pasó? —Quiso saber Macarena; pero la ignoramos.
—Lo digo en serio: no pasó nada —respondió Tefi, a la defensiva.
—Parecía que te llevabas muy bien con ella —dije, aplicando el tono de un interrogatorio que bien podría realizar Sherlock Holmes—. Y ahora resulta que te molestan ella y toda su familia.
—Es que molestan. Estas eran nuestras vacaciones. Macarena también se hartó de ellas, ¿no es cierto?
—Bueno, Valery es un poquito pesada con eso de venir a cada rato al cuarto a preguntar “¿necesitan algo?” “¿Quieren que suba la calefacción?” “¿Les preparo un tecito?”. Pero… lo hace por cortesía. Quizás sea su forma de disculparse por la situación.
—Es una pesada —insistió Tefi.
—A mí no me molestó ni una sola vez —aseguró Alicia—. Nunca me preguntó nada, ni me ofreció un té… ni nada parecido.
Se hizo un pequeño silencio, hasta que dije:
—¿No será que alguna de ustedes les gusta? —Pregunté.
—Valery no tiene pinta de ser lesbiana —dijo Tefi.
—Todas las mujeres somos lesbianas.
—Claro que no, Maca. Yo no soy lesbi… —la forma en que miramos a Tefi lo dijo todo—. Bueno, bueno… sí, me calientan mucho las mujeres; pero… eso no significa que a todas les pase lo mismo.
—¿Por eso te enojaste con Elisa? —Pregunté, retomando el interrogatorio—. ¿Porque no quiso acostarse con vos?
—No, nada que ver. Yo solo quería hablar con ella.
—Vamos, Tefi, no me mientas… estás todo el tiempo mirándola.
—Ah… como si vos no hicieras lo mismo.
—Sí, claro… es hermosa. Valery también; pero Elisa tiene algo… no sé, especial. Creo que, a pesar de mostrarse tan seria, en realidad es una chica muy sensible y cariñosa.
—¿Acaso te gusta? —Espetó Tefi.
—¿Habría algún problema si Elisa le gusta? —Interrumpió Macarena—. Es una chica preciosa, de la misma edad que él… ¿por qué no habría de gustarle?
—Porque es una boluda sin personalidad.
—Uy, mirá quién lo dice… la chica que le copió todos los gustos al hermano.
—¿De qué mierda hablás, pelotuda? —La cara de Tefi se puso roja de furia, sus ojos lanzaron centellas contra Macarena.
—Vamos, Tefi… te la pasás leyendo los mismos libros que Nahuel. Le usabas la consola a él hasta que te compraste una PlayStation 5.
—Leo sus libros porque tiene un montón ¿para que voy a comprar otros? Si esos están buenos… y con la pandemia descubrí que me gustan los videojuegos. ¿Acaso no me pueden gustar?
—¿Y los comics? —Tefi se puso tensa—. Cuando vivías en casa te quedabas todo el día leyendo comics de superhéroes… a pesar de que siempre decís que son una pelotudez y que no te gustan. Incluso hoy en día te los llevás a tu casa, te vi un montón de veces guardando comics en la mochila, como si estuvieras contrabandeando drogas.
Eso es muy cierto, Tefi desarrolló un gran gusto por los cómics de superhéroes. Siempre me está preguntando cosas sobre sus personajes favoritos. Hasta puedo decir que nuestrar charlas, cuando no tienen nada que ver sobre el sexo, son sobre videojuegos y superhéroes. Creo que por eso nos llevamos tan bien.
Nunca había pensado en lo que dijo Macarena, pero sí es cierto que los gustos de Tefi cada día se parecen más a los míos. No sé cómo interpretar eso.
—Lo de los cómics es una casualidad —explicó Tefi—. Nahuel tiene el cuarto lleno de tomos, durante la pandemia me aburrí mucho y empecé a leer uno de Spider-Man, quería ver qué le veía de bueno a un flaco que anda saltando con un traje de lycra por los techos de New York. Y bueno… me gustó, fue… divertido. Si Nahuel no leyera cómics, quizás yo los hubiera conocido de otra manera.
—Lo dudo mucho —insistió Macarena—. Siempre te parecieron una pelotudez. Empezaste a sentirte atraía por ellos cuando te enamoraste de Nahuel.
—Yo no me enamoré de nadie… ¿qué decís? Es mi hermano…
—Y bien que te lo cogés.
—Callate, pelotuda. Sos la menos indicada para decirme algo. Vos también te lo cogés… y con mamá, te la pasás todo el día en la cama con ella.
—Estefanía, baja la voz —intervino Alicia—. Nos van a escuchar. No quiero discutir sobre esto cuando tenemos invitadas en la casa… y mucho menos en Nochebuena. Miren… falta poco para las doce. Vamos a preparar el brindis. Quiero tener una Navidad en familia. Nahuel, andá a buscar a Mandy y a sus hijas, vamos a brindar con ellas. No voy a dejarlas encerradas en un cuarto en plena Navidad.
—Me parece bien.
Tefi y Macarena se quedaron sentadas, intercambiando miradas incendiarias. Alicia fue a la cocina a buscar las botellas de sidra y las copas, yo subí la escalera con pasos rápidos. Me moría de ganas de ver otra vez a Elisa con ese vestido tan sugerente.
Abrí la puerta del cuarto y me quedé congelado, como si hubiera pasado la noche en el medio de la tormenta de nieve.
Mandy estaba en el centro de la cama, con la espalda apoyada en las almohadas, completamente desnuda. Se frotaba la concha con dos dedos y besaba la boca de Valery. Sus lenguas se retorcían con pasión mientras las dos mantenían sus ojos cerrados. Valery y Elisa aún conservaban sus vestidos, pero los tenían subidos hasta el ombligo. Pude ver sus perfectas conchas, totalmente lampiñas, siendo acariciadas por dedos ágiles. Cada una se tocaba a sí misma, más allá del beso entre Mandy y Valery no había más interacciones entre ellas; pero las tres compartían la misma cama.
Me encontré con imágenes sexualmente explícitas muchas veces en mi vida, en especial después de pasarme toda la pandemia aislado con mis hermanas y mi madre. Pero este momento tuvo una magia especial. ¿Será este el espíritu de la navidad?
Elisa fue la única que giró la cabeza hacia mí, y cuando notó mi presencia chilló:
—¡Mamá!
Esto detuvo en seco a Mandy y Valery. Las tres se me quedaron mirando con los ojos desencajados, paralizadas. Ni siquiera atinaron a cubrir sus entrepiernas. Ya había visto a Mandy desnuda, así que ella no debía molestarle mucho; pero las otras dos… Valery miró hacia la ventana completamente cerrada, como si estuviera planeando arrojarse por ella. Elisa se puso roja como un tomate. Es hermosa con las mejillas sonrosadas.
—Ah, perdón… em… no quería interrumpir. Es que… bueno, ya casi son las doce… y mi mamá dijo que tenían que brindar con nosotros. Em… y yo estoy de acuerdo. No le hagan caso a Tefi, tiene cambios de humor muy bruscos. Siempre fue igual. Ustedes no molestan… em… como sea. Si quieren pueden bajar, sino… em… se puede quedar acá.
Cerré la puerta y me alejé sin saber cómo asimilar todo eso.
Desde que llegamos a Alemania vivo con miedo a que Mandy y sus hijas descubran nuestro secreto. Sé que fui imprudente e hice cosas frente a ellas que no debí haber hecho. Aún así intenté que se notara lo menos posible la clase de relación que tengo con las mujeres de mi familia. Nunca me imaginé que la situación sería al revés, que sería yo quien descubriría un secreto sexual de Mandy y sus hijas.
Fue el brindis más incomodo de mi vida… y eso que en mi familia todos los brindis navideños son incómodos.
Mandy y sus hijas no querían hacer contacto visual conmigo, preferían fingir demencia, hacer de cuenta que lo que vi nunca ocurrió. También evitaban a Tefi, que estaba claramente enojada. Macarena tenía una expresión neutral y mi cara debía ser de pura confusión. La única persona sonriendo en el living era Alicia… y creo que es la primera vez en mi vida que veo a mi madre ser la única sonriendo. Por lo general es al revés.
—Por más navidades en familia y que la paz llegue a nuestros hogares…
—Mamá, que es un brindis… no una misa.
Alicia fulminó con la mirada a Tefi.
—En fin, solo queríamos decirle que no tienen que quedarse encerradas en un cuarto. Lo de Tefi fue un exabrupto, nosotros no opinamos igual que ella.
—De verdad que no —agregué—. Ella es malhumorada por naturaleza. Ya se le va a pasar.
Tefi frunció los labios y esquivó mi mirada, clara señal de que estaba enojada conmigo. Seguramente después tendré que pagar las consecuencias; pero no quiero que nuestras invitadas se sientan como una molestia. Durante la pandemia hice sentir a mi tía Cristela que era un estorbo y todavía me arrepiento.
Valery tomó tímidamente de la copa de sidra, Mandy vació todo su contenido de un trato y Elisa ni siquiera la probó. La dejó en la mesa ratona, caminó hacia mí y me tomó del brazo, prácticamente me arrastró fuera del living. Pude sentir los ojos de Tefi clavados en mi nuca.
—¿Le contaste a alguien? —Preguntó, cuando estuvimos solos en la cocina.
—No soy tan chismoso —dije, mientras comía uno de los sanguchitos de miga que habíamos reservado para el trasnoche.
—Nosotras no hacemos esas cosas ¿sabés?
—Me dio la impresión de que sí las estaban haciendo, pero bueno… —me encogí de hombros.
Elisa se puso roja, no sé si de vergüenza o de furia.
—Es tu culpa. Todo es tu culpa.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Vos me metiste esas ideas absurdas en la cabeza.
—¿Qué ideas? Si apenas hablamos.
—Vamos, no te hagas el idiota, Nahuel. Sabés muy bien a qué me refiero. Desde que te vi con tu hermana desnudo… acá, en la cocina… no puedo dejar de pensar en eso.
—¿Te pasa siempre que ves gente desnuda?
—Qué pendejo irritante que sos. No era porque estuvieras desnudo… es que tu hermana… te estaba tocando la pija.
—Ya te dijo, solo es un poco… cariñosa.
—No le creo. Sé que hay algo más. En especial porque después de lo que hicieron en la ducha, me llevó hasta la pieza y me dijo: “No te acerques a mi hermano, puta”.
—Oh… bueno, sí… eso suena como Tefi —el sanguche de salame estuvo espectacular. Quería agarrar otro, pero Elisa se interponía entre mí y la bandeja—. ¿Y vos qué le dijiste para que se enoje tanto?
—Le dije que si yo te quiero coger, te voy a coger… y me importa una mierda lo que ella opine.
Me quedé boquiabierto.
—¿Vos… querés coger conmigo?
—Antes no quería… pero ahora sí. Solo para mostrarle a esa pelotuda que no maneja mi vida… aunque creo que sí maneja la tuya.
—A mí nadie me maneja la vida, mucho menos mi hermana.
—Entonces, dale… demostramelo…
Ahí nomás Elisa dio media vuelta y se apoyó sobre la mesada central de la cocina. Bastó con la inclinación de su cuerpo para que el vestido blanco se le subiera. Vi aparecer una de las vaginas más perfectas que vi en mi vida. Apenas si se notan sus labios externos, es una masa esponjosa blanca cortada al medio.
—¿Acá? ¿Estás loca?
—Pero si tu familia ya te conoce el pito… ¿acaso te da miedo que te vean cogiendo?
—No lo decía por mi familia, sino por la tuya.
—Mi mamá y mi hermana ya me conocen bien la concha.
—¿Eso quiere decir que…?
—Solo significa que me vieron desnuda un montón de veces, nada más. No te hagas ideas raras. Dale, ¿me vas a coger o no?
La miré detenidamente. Mi verga comenzó a palpitar. Tenía un poco de miedo en hacerlo, con su madre y su hermana tan cerca; pero… no podía decirle que no a semejante rubia. Es preciosa y hay algo en su actitud que me vuelve loco.
Saqué la verga y en cuestión de segundos se me puso dura. Ella se inclinó todavía más, levantó su vestido, exponiendo así sus blancas nalgas, y separó más las piernas. Apunté con el glande y empecé a empujar lentamente. Noté una gran resistencia. Su vagina estaba apretada, supuse que era por los nervios. Eso sí, la tenía muy mojada, al fin y al cabo había estado masturbándose pocos minutos atrás.
Hundí la verga un poco y Elisa soltó un suave chillido, fue como el viento entrando por una rendija. Volvió a presionar mientras ella decía “Dale, dale… metela”. Y de pronto… entró.
Y al entrar sentí que algo se rompía.
—¿Sos… virgen?
—Callate y metela… toda, dale…
No lo podía creer. Esta era la primera vez de Elisa. ¿Por qué carajo se había mostrado tan confiada y decidida? Las vírgenes no suelen comportarse de esta manera.
Aún así, no quería detenerme. Si este era su debut sexual, quería que fuera memorable. No me gustaría que ella le contara a sus amigas que su “primera vez” fue una decepción.
Saqué la verga, para darle tiempo a su vagina a dilatarse. Allí había un hilito de sangre, pero era mínimo. Volví a meterla, notando como su cueva femenina se iba abriendo de a poco. Fui ganando ritmo, dándole tiempo a Elisa. Quería que se adaptara al tamaño de mi verga.
Desde el living nos llegaban los murmullos de la conversación y yo sabía que era cuestión de tiempo antes de que Alicia viniera a buscar los sandwiches de miga o alguna otra sidra. Aún así no me detuve. Tomé de la cintura a Elisa y empecé a bombear. Ella apoyó su cabeza contra la mesada y suspiro.
—Uf… esto es… mucho mejor de lo que me imaginaba…
Eso me entusiasmó. Le estaba gustando y si teníamos tiempo podría sacarle un buen orgasmo.
—¿Por qué? —Le pregunté.
—Porque estoy harta de ser virgen. No aguanto más a la puta de mi hermana contándome sus anécdotas sexuales, cuando yo lo único que hago es masturbarme. Uf… sí… dale… así… ufff…
Me moví más rápido. Su concha ya estaba lo suficientemente dilatada como para mantener un buen ritmo.
—Pero… ¿por qué así? ¿Por qué ahora?
Elisa no alcanzó a responder a esa pregunta. En el arco que separa la cocina del hall de entrada había alguien. Giré la cabeza y me encontré con Tefi. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Hey, Tefi… ¿pasó algo?
Ella me miró con una expresión que no pude descifrar. Era una mezcla de rabia y angustia. Pensé que se había peleado con Alicia… otra vez.
Pero no lo supe, porque sin decir ni una sola palabra, giró sobre sus talones y volvió por donde había venido. Escuché cómo subía por la escalera. El portazo retumbó en toda la casa.
Ok, esto se va a poner peor de lo que ya estaba.
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