¡La Concha de mi Hermana! [20]

 

Capítulo 20.


Entre las nalgas de mi jefa.





Los problemas arrancaron apenas Irma se plantó sobre mis piernas. Sentí el calor sofocante de su sexo al aire, filtrándose a través de mi pantalón y el bóxer que me separaba de ella. No era solo mi imaginación: sabía que debajo de esa pollera no llevaba ni un hilo, y el encierro hacía que cada roce se multiplicara. La camioneta se movía con un traqueteo constante, y el aire ya empezaba a cargarse de ese calor pegajoso que te envuelve la piel.

Lo primero que hizo Trudy, cuando estuvimos en marcha, fue correr las cortinas que nos aislaban de los asientos de adelante, sellando nuestro mundo en una caja rodante y cerrada. Luego, se puso a 'ayudar' a Katia con el cinturón de seguridad. Mi hermana se acomodó sobre su regazo, y arrancó el ritual de siempre: las manos de Trudy se colaron descaradas, amasando las tetas de Katia con saña, pellizcando pezones que se endurecían al toque. La camioneta era un horno sobre ruedas. El aire acondicionado no era rival para el ambiente espeso de la cabina. Quizás esta sofocación se debía a que hoy hace más calor que ayer… o a la ausencia de ropa interior en Irma.

Me preguntaron si quería las ventanillas abiertas. El encierro ya me picaba en el pecho, esa claustrofobia que me aprieta como una garra. Igual, les dije que no, que prefería el aire acondicionado para no asfixiarme en ese cajón metálico que se zarandeaba por la ruta. Les juré que podía bancar mi miedo al encierro.

—Hoy vine mejor preparado... y más tranquilo —les solté, aunque el pulso me latía fuerte contra las sienes.

Era verdad, mi optimismo había crecido un poco. Después de la última sucursal que chequeamos, tenía la corazonada de que Trudy nos iba a dar el préstamo que salvaría el puesto de todos. Aunque aún era pronto para celebrar. Fue la misma Trudy se plantó en contra del aire acondicionado.

—No, Abel. Si te jode estar encerrado, abrimos las ventanillas.

—Hace un calor tremendo —aseguré—. Nos va a pegar el sol todo el día. Esto se va a transformar en un sauna infernal.

—No te hagas drama. Un poco de calor no nos va a matar.

Yo sabía que iba a ser mucho más que un poco. Ya estábamos en los primeros días del verano, y con el sol del mediodía, esa camioneta cerrada iba a cocinarnos vivos. Aún así, Trudy no aflojó. Apagaron el aire acondicionado, bajaron las ventanillas, y el viento caliente nos azotó la cara como un sopapo húmedo, sin refrescar nada, solo revolviendo el aire estancado dentro del habitáculo. El encierro no se iba: las paredes metálicas nos apretaban, el motor rugía cerca, y cada bache hacía que Irma se moviera sobre mí, su culo presionando mi entrepierna en un roce que me erizaba la piel.

Los primeros minutos del viaje fueron una calma tensa, con música alegre de fondo que tapaba el zumbido del motor. Irma se mantenía quieta, tiesa como un palo, tratando de no restregarse contra mi verga que ya empezaba a despertar. Me dio lástima verla así, incómoda por mi culpa, en ese espacio tan chico donde no había dónde escapar de los cuerpos ajenos. El sudor ya perlaba su cuello, y el mío se pegaba a la camisa.

El calor nos pegó rápido, sobre todo a Irma y a Katia. Vimos cómo sus camisas se empapaban, manchitas oscuras marcando el contorno de sus tetas.

—Chicas, no se hagan las púdicas ahora —dijo Trudy—. Si están transpirando, saquen todo lo que les molesta.

Y se repitió la maniobra de la vez anterior: las ayudamos a desabrochar las blusas, dejando al descubierto sus tetas grandes y brillantes de sudor. Trudy no soltó a Katia, sus dedos hundidos en esa carne suave, amasando con ganas y dándole tirones en los pezones que la hacían jadear bajito. No dio vueltas con explicaciones, solo actuó, y mi hermana no protestó, solo se arqueó un poco más en su regazo. Irma miró en silencio, sus pechos subiendo y bajando rápido, rozando mi brazo en el apretujón del asiento. Yo no me animé a tocarla, no quería ponerla más tensa, pero el roce accidental de su piel desnuda contra la mía ya me tenía la cabeza dando vueltas.

Todo pintaba para un viaje igual al de ayer, aunque al menos mi verga no estaba enterrada en ninguna concha. Pero el encierro, el calor y esos cuerpos tan cerca traicionaron a mi pija, que no tardó en endurecerse contra el culo de Irma.


Pasaron los minutos y el paisaje empezó a llenarse con las sierras imponentes del centro-oeste argentino. No estoy acostumbrado a ver montañas así, y me pareció un espectáculo bárbaro. Me hubiera encantado parar la camioneta para bajarme y sacar unas fotos. Lo habría hecho si no fuera un viaje laboral. Creo que ya sé dónde voy a pasar las próximas vacaciones.

Estaba perdido en mis pensamientos cuando Irma empezó a moverse. Metió la mano por debajo de sus nalgas, como si anduviera buscando algo que se le había caído.

—¿Pasa algo? —le murmuré al oído. El susurro se perdió en el ruido de la música y el viento que entraba por las ventanillas abiertas.

—El cierre de tu pantalón… me está lastimando.

—Oh…

No lo habíamos pensado. Mi verga dura como una piedra presionaba contra su Vagins, sin chance de entrar, pero los roces con la tela y ese cierre filoso debían ser un infierno para ella. El espacio angosto nos obligaba a estar pegados, sin escapatoria, y el calor del mediodía hacía que el sudor nos uniera más, haciendo todo resbaloso y tenso.

—¿Qué puedo hacer? —pregunté, con la voz ronca por la excitación que me subía por la espalda.

—Sacala…

—¿Segura?

—Sí, sí… —dijo con urgencia, impaciente.

Era obvio que no quería dar vueltas con explicaciones. Metí la mano derecha por debajo de su pollera, echando un vistazo rápido a Trudy. No parecía enterarse de nada, perdida en las tetas de Katia, amasándolas con las manos hundidas en esa carne suave. Pellizcaba los pezones y los estiraba, como si estuvieran hechos de plastilina.

Desprendí el cierre con cuidado, y mi verga saltó libre, aliviada de la presión. Sentí de inmediato el contacto caliente de su concha rozándome la punta, una humedad pegajosa que me erizó la piel y me hizo apretar los dientes para no gemir. Era una sensación electrizante, su calor me absorbía. Los labios vaginales eran suaves y resbaladizos. No paraban de frotarse contra mi glande hinchado.

Intenté acomodarla, apuntarla hacia adelante para no clavarla adentro, para evitar lo inevitable en ese asiento tan chico. La mano de Irma me tomó por sorpresa: apartó con firmeza y guió mi verga directo a su entrada. La cabeza se abrió paso entre sus labios hinchados, resbalando en su jugo abundante, y de golpe me hundí en ella.

Sentí cada centímetro estirándola, el calor apretado de su concha envolviéndome como un guante viscoso y palpitante. Me succionaba hacia adentro con una presión que me cortó el aliento. Un placer agudo me subió por la columna. mi verga latía dentro de ese calor viscoso, dilatado y apretado al mismo tiempo. Una sensación difícil de explicar. Su concha se abría y se cerraba en pequeños espasmos. Ella suspiró profundo. Echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de mí.

—¿Por qué hiciste eso? —le pregunté, con la voz temblando por la ola de sensaciones que me invadía.

—No tenía sentido esquivarlo. Igual iba a pasar. Prefiero que sea así… duele menos que el roce del cierre o la presión constante.

No dije nada. Entendí al toque: esa fricción contra su concha abierta debía ser un tormento, peor en el encierro de la camioneta donde cada bache nos mecía juntos. Me invadió una marea de placer puro al sentir su interior envolviéndome por completo. Esa concha húmeda y resbaladiza, sus jugos lubricando cada pulgada de mi verga mientras el calor de su cuerpo me quemaba desde adentro. Estaba tan mojada que me deslizaba fácil, pero el apretón era intenso.

No nos quedó otra que viajar así, con mi verga enterrada hasta el fondo en su concha, los saltos de la camioneta acompañando el ritmo y haciendo que me clavara más profundo con cada irregularidad del camino.

Pasaron varios minutos en los que Irma se quedó rígida como una tabla, tratando de no moverse, pero el traqueteo la traicionaba, forzando roces que nos hacían jadear bajito. Trudy seguía distraída, sus dedos hundidos en las tetas de Katia, tironeando pezones y haciendo que mi hermana se arqueara en su regazo con gemidos ahogados. El espacio confinado amplificaba todo: el olor almizclado de su excitación, el calor que nos envolvía como una manta pesada, y esa tensión sexual que nos tenía a todos al borde.

El camino no era liso ni por asomo; las sierras traían curvas y baches que hacían que la camioneta se sacudiera como si estuviera poseída. Cada salto me clavaba más adentro de la concha de Irma, su peso bajaba sobre mi verga con una fuerza que nos hacía jadear al unísono. Era como si estuviéramos cogiendo a ritmo frenético, sin control. El motor seguía rugiendo y el chasis crujía mientras su interior me succionaba con cada impacto. Sentía cómo sus paredes se contraían alrededor de mi longitud, resbaladizas por los jugos que no paraban de fluir, y el placer me subía hasta el pecho. Me costaba respirar en ese encierro sofocante.

Irma intentaba aguantar, pero a veces se le escapaba: levantaba un poco las nalgas para anticiparse a un bache, pensando que así suavizaba el golpe. Pero era peor; el movimiento brusco la hacía caer de golpe, y mi verga se hundía hasta el fondo con una penetración brutal, rozando ese punto profundo que la hacía arquearse y soltar un gemido ahogado contra mi cuello. Sus tetas, brillantes de sudor que les corría por los pezones erectos, rebotaban salvajes para todos lados, golpeando contra su pecho y el aire cargado. Trudy no podía evitar mirarlas, sus ojos fijos en ese vaivén hipnótico mientras sus manos seguían amasando las tetas de Katia, pellizcando y estirando la carne suave de mi hermana, que se retorcía en su falda con la respiración agitada.

Hasta que, por fin, el chofer anunció que tenía que cargar nafta. Eso nos iba a dar un respiro, una chance de separarnos en ese horno rodante sin que nadie se diera cuenta del todo.


Nos detuvimos en una estación de servicio en el medio de la nada, rodeada de sierras áridas y un viento seco que al menos refrescaba un poco el aire. En cuanto el chofer bajó para cargar nafta, Irma y yo nos escabullimos hacia el baño unisex: un cubículo angosto que parecía diseñado para una sola persona, con paredes de azulejos blancos relucientes y un olor a desinfectante que flotaba en el aire. Era limpio, sí, impecable incluso, con el piso de cerámica sin una mancha y el lavamanos de porcelana blanca sin gotas de agua; pero tan chiquito que al entrar los dos ya nos rozábamos de costado, mis hombros contra su espalda y el espacio entre el inodoro y el espejo apenas para girar.

Casi al instante se nos unió Katia, colándose por la puerta entreabierta con una sonrisa pícara que nos heló la sangre. Por poco nos mata del susto cuando la vimos entrar, porque yo ya tenía la verga erecta, tiesa y palpitante fuera del pantalón, apuntando al techo. Si hubiera sido Trudy, hubiéramos tenido que dar explicaciones interminables, pero Katia solo arqueó una ceja y cerró la puerta detrás de ella, ocupando el último centímetro de espacio disponible.

—Vine a ayudar. ¿Estás bien, Irma?

—Un poco adolorida… y algo confusa. Esto no es bueno para mi psiquis. Soy una mujer casada y me pasé un largo rato dando saltos sobre la verga de otro hombre en esa camioneta. No sé cómo asimilar eso. Pero no me quejo, me imagino que Abel la debe estar pasando igual de mal. Seguramente te debe doler tenerla así durante tanto tiempo, hinchada, como si fuera a explotar.

—No duele tanto, creo que ya me acostumbré a la presión.

—¿Querés que te ayudemos a bajarla? —preguntó Katia.

—No hace falta que vos hagas nada, Katia. Dejá que yo me encargo. Esto es... complicado ya de por sí.

Me quedé boquiabierto al ver cómo Irma se inclinaba sobre el lavamanos. Con una mano agarró el borde, mientras que con la otra se levantó la pollera con un movimiento rápido y práctico. Su culo quedó expuesto en todo su esplendor, más grande y firme de lo que había imaginado en esos saltos accidentales de la camioneta. Las nalgas redondas se separaron ligeramente para revelar la concha peluda que chorreaba jugos abundantes. El flujo corría por sus muslos internos en hilos viscosos que brillaban bajo la luz fluorescente. El vello oscuro enmarcaba sus labios hinchados, rojos e invitadores, y el aroma almizclado de su excitación llenó el baño diminuto, mezclándose con el desinfectante.

—Dale, Abel —dijo Irma, con firmeza, aunque su voz temblaba un poco—. Metela… apurate. No tenemos mucho tiempo antes de que nos busquen.

—¿Estás segura, Irma? —Pregunté, sin poder dejar de mirar esa concha peluda que me invitaba a pasar, mis dedos ya rodeando la base de mi verga para guiarla.

—Sí, sí… no nos engañemos, Abel. A esta altura, ¿qué diferencia hay? Después de tener tanto tiempo tu verga dentro de mí en ese traqueteo infernal... ¿qué más da que la metas un rato más? Dale… rápido. Hacé lo que tengas que hacer para acabar… y no te preocupes por mí. Puedo aguantarlo. Ahora sé que puedo, aunque me deje la cabeza hecha un quilombo.

—Ok…

Agarré mi verga con más fuerza, sintiendo cómo latía en mi puño. La punta estaba húmeda de jugo preseminal, y la apunté hacia esa entrada resbaladiza. Empujé despacio al principio, y entró con tanta facilidad que un gemido se me escapó; sus paredes calientes se abrieron alrededor de mi glande, envolviéndome en un calor húmedo que succionaba todo mi miembro. Irma se tensó, sus nalgas se contrajeron, y soltó un bufido bajo, como si estuviera conteniendo algo. Avancé más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha se ajustaba a mi grosor, los pliegues internos rozando cada vena de mi longitud hasta que mis bolas tocaron su clítoris. Estaba tan mojada que el sonido fue un chapoteo obsceno en el silencio del baño, y el placer me subió por la columna, haciendo que mis caderas se movieran solas.

Me animé a ir con más fuerza entonces, embistiendo de una vez hasta el fondo, y ella gritó:

—¡Ayyyy!

—Perdón, ¿te hice mal? —Retrocedí un poco, pero su concha me apretó, reacia a dejarme ir.

—No, no… emm… no fue una exclamación de dolor. Este… emmmm… no importa, no me hagas caso. Es solo que... el espacio es tan chico aquí adentro que todo se siente más intenso, ¿viste? Hacelo fuerte… tenés que acabar antes de que nos llamen. No es que me guste o algo, es práctico, nada más. Si no lo sacás ahora, vas a estar peor en el viaje de vuelta.

—Dale, Abel —Katia asomó la cabeza fuera del baño, echando un vistazo rápido al surtidor—. Ya están terminando de cargar nafta. No tenemos mucho tiempo, apúrense.

Empujé con fuerza renovada, le estaba dando una cogida muy potente a Irma, mis caderas chocando contra su culo firme con palmadas que resonaban en el baño angosto. Cada embestida hundía mi verga hasta el fondo, sintiendo cómo su interior se contraía en espasmos irregulares, con una humedad que chorreaba por mis bolas y salpicaba el piso limpio. Irma se debatía visiblemente, sus manos blancas de tanto apretar el lavamanos, el cuerpo arqueándose hacia atrás como si quisiera más profundidad pero luego rectificándose con un jadeo confundido. Sus gemidos salían entrecortados, un mezcla de quejidos y suspiros que delataban la lucha interna: el calor de su concha traicionándola, palpitando alrededor de mi longitud mientras su mente daba vueltas, excusándose en voz baja.

Lo que me preocupaban eran esos gemidos, cada vez más altos, temiendo que alguien en la estación pudiera escucharlos a través de la puerta delgada. Al parecer Katia notó lo mismo, porque se acercó y le tapó la boca con una mano suave, susurrando:

—Irma, ¿no podés hacer menos ruido? Se va a enterar todo el mundo.

—Perdón, es que no estoy acostumbrada a que me metan todo esto —murmuró Irma contra la palma de Katia, su voz ahogada pero urgente, mientras yo seguía bombeando sin parar, sintiendo cómo su concha se hinchaba más, los jugos fluyendo en ríos calientes—. Tenés la verga mucho más grande que la de mi marido, me duele un poco ¿entendés? No es placer ni nada, es... es el contraste, me confunde el cuerpo. Seguí, Abel, pero rápido, por favor. Terminá de una vez para que salgamos de acá y olvide este lío.


—Mmmm… creo que sé cómo puedo hacer que entre más fácil.

Y sin pedir permiso, Katia se puso de rodillas en el piso del baño, el espacio tan reducido que sus hombros rozaban mis piernas y las de Irma. Ella se metió entre las piernas abiertas de Irma con una determinación que me dejó sin aliento. Su cabeza se inclinó hacia adelante, y comenzó a lamerle el clítoris expuesto, la lengua plana y rosada deslizándose en círculos lentos sobre ese botón hinchado que asomaba entre los labios peludos de la concha de Irma, ya resbaladiza pero ahora chorreando aún más con cada pasada.

—No, pará… Katia… ¿qué hacés? Katia… —protestó Irma, su voz un hilo entrecortado, el cuerpo tensándose sobre el lavamanos mientras intentaba cerrar las piernas por instinto, pero el encierro del baño y mi posición detrás de ella la mantenían expuesta.

—No te preocupes, Irma. No me molesta chupar conchas. Hago esto para que puedas lubricar mejor, para que no te duela tanto cuando te la meten. Probemos un ratito… y si no funciona, lo dejo. Solo es temporal, para facilitar las cosas.

—Mmmm… está bien… —murmuró Irma, no muy convencida, su respiración agitada traicionando el conflicto en su mente.

Sus caderas se movieron un poco, como si quisiera alejarse pero terminara presionando más contra la boca de Katia, un gemido ahogado escapando de sus labios mientras la lengua de mi hermana exploraba, lamiendo desde la base de mi verga donde entraba en ella hasta el clítoris, recogiendo los jugos que fluían en abundancia.

Irma no parecía tener otras alternativas en ese baño asfixiante, con el espejo reflejando su rostro ruborizado y confundido, el sudor perlando su frente. Mi verga siguió entrando y saliendo de su concha a buen ritmo, cada embestida ahora más suave gracias a la saliva y los fluidos que Katia añadía, el sonido de chapoteos húmedos llenando el cubículo. Sentía cómo las paredes internas de Irma se contraían alrededor de mi longitud, un apretón caliente y pulsante que me hacía jadear, la fricción intensa en cada retiro y penetración profunda, rozando ese punto sensible dentro de ella que la hacía arquear la espalda. La lengua de Katia a veces rozaba mi verga al pasar, un roce eléctrico que me ponía al borde, pero el placer se acumulaba sin liberarse.

Agarré a Irma por el hombro, mis dedos hundiéndose en su carne suave y sudorosa, y se la metí con las mismas ganas que se la había metido a Marcela… digo, Patricia… carajo. No debería estar pensando en esto ahora mismo, en medio de este lío, pero la imagen me distraía por un segundo, haciendo que mi empuje fuera más salvaje, hundiendo hasta el fondo hasta que mi pubis chocaba contra su culo firme, separando las nalgas con cada golpe.

—Uf… está funcionando, Katia… está funcionando. Puedo sentir cómo ahora mi vagina lubrica mucho mejor, resbala todo adentro. No pares, Abel… no pares —dijo Irma, su voz quebrada, el cuerpo traicionándola con temblores que subían por sus muslos.

Seguí bombeando con fuerza y sin detenerme ni por un segundo, mis caderas moviéndose en un pistoneo constante, sintiendo cómo su concha se hinchaba más alrededor de mí, los jugos salpicando con cada salida, goteando por las piernas de Katia que lamía sin pausa, succionando el clítoris con labios ávidos de placer femenino

—Ay, ¿qué carajo estoy haciendo? —chilló Irma—. ¿Cómo le voy a explicar a mi marido que un tipo me metió pija en el baño de una estación de servicio? Siento que… siento que estoy arruinando mi matrimonio… mis convicciones… mi vida… uf… no pares, Abel… no pares… Acabá de una vez, por favor… acabá… Es solo para terminar esto rápido.

Sus palabras salían entre jadeos, el debate interno evidente en cómo su concha me succionaba con espasmos involuntarios, apretando mi verga como si quisiera sacarme todo. Su boca negaba cualquier placer, excusándose todo el tiempo. Yo sentía el calor subir, el orgasmo acechando pero esquivo, mi verga latiendo dentro de ella sin poder explotar, la presión en las bolas convirtiéndose en una dulce agonía mientras la cogía contra el lavamanos. El baño vibraba con nuestros movimientos en ese espacio minúsculo.

—Dale, Abel… acabá. No tenemos más tiempo —insistió Katia, levantando la cabeza por un momento, su barbilla brillante de jugos, antes de volver a lamer, su lengua ahora presionando más fuerte contra el clítoris de Irma para acelerarlo todo.

—No puedo… lo estoy intentando, pero no puedo —gruñí, embistiendo una vez más con desesperación, sintiendo cómo mi verga se hinchaba dentro de ella, al borde pero atascada. El placer se acumulaba, pero no había explosión final. Todos mis esfuerzos parecían inútiles.

Katia se puso de pie y miró hacia afuera.

—No podemos hacer más, hay que volver a la camioneta. El chofer ya subió y nos está esperando. Vayan directamente, yo voy a distraer a las demás, para darles un poco de tiempo a acomodarse.
—Esperá —dijo Irma, agarrando del brazo a Katia—. Vi la forma en que Trudy te toca los pechos y… ¿te molesta? Porque si es así, enseguida le digo que deje de hacerlo.
—No, no… es todo parte del plana.
—¿Qué plan? —Preguntó Irma, intrigada.
—Es que… bueno, tengo una corazonada. No creo que Trudy vaya a aprobarnos el préstamo —eso fue como un cachetazo para mí y para mi jefa—. Ella sabe que los números de la empresa no están nada bien. No importa qué tan bueno sea Abel en su trabajo, las matemáticas no mienten. Pero… creo que a Trudy le gusta aprovechar estas situaciones para ponerse… picarona. Con vos también lo hace, y si querés que nos den el préstamo, deberías mostrarte más relajada con ella.
—¿Cuánto más relajada?
—Mucho… muchísimo. Hacé todo lo que tengas que hacer para dejarla, em… satisfecha.
—¿Y por qué creés que esto puede funcionar? —Preguntó Irma.
—Se nota que a Trudy le gustan las mujeres, pero no quiere que nadie se entere. ¿No te das cuenta? Nos tiene acorralados. Si nosotros le contamos a alguien de esos toqueteos lésbicos, le podemos decir adiós al préstamo.
—Oh… ¿eso no es extorsión?
—Extorsión silenciosa, sí. Pero podemos usarla a nuestro favor. Vos le gustás, Irma… en serio. Dejá que se ponga un poquito juguetona con vos. Bah, si es que el préstamo te interesa mucho.
—Sin el préstamo nos quedamos sin empresa. Todo mi futuro laboral depende de eso.
—Entonces ya sabés lo que tenés que hacer.

Katia se alejó del baño con una sonrisa discreta, dejando el aire cargado de ese olor a sexo y desinfectante que se pegaba a la piel. Metí la verga en el pantalón lo mejor que pude, aunque no sirvió de mucho para ocultar la erección que palpitaba dura y caliente contra la tela. Mi glande sensible rozó el cierre del pantalón, haciéndome estremecer.

Por suerte, Irma caminó junto a mí, sin despegarse mucho, su cadera presionando contra la mía para ayudar a cubrir la carpa evidente, su mano rozando casualmente mi entrepierna como si ajustara su propia ropa, pero en realidad ocultando el bulto. Subí a la camioneta mientras veía cómo le sacaba conversación a las otras mujeres que estaban tomando café dentro del local de la estación, su voz casual y profesional distrayéndolas, dándonos unos minutos extras en ese espacio confinado con las cortinas cerradas que filtraban la luz del sol poniente.

Irma abrió mi pantalón con dedos temblorosos pero decididos, sacó la verga que saltó libre, venosa y tiesa, apuntando hacia arriba. A continuación se sentó encima de mí, el peso de su cuerpo descendió lento hasta que la cabeza de mi verga rozó los labios hinchados de su concha, aún resbaladiza por lo del baño. La metió toda en un movimiento fluido, su interior caliente envolviéndome centímetro a centímetro, las paredes vaginales contrayéndose alrededor de mi miembro.

Comenzó a moverse de inmediato, subiendo y bajando con un ritmo sutil al principio, su concha deslizándose arriba por mi verga hasta que solo la punta quedaba dentro, los labios estirados alrededor del glande, antes de bajar de golpe, empalándose completa, el impacto haciendo que sus nalgas chocaran contra mis muslos y un chorrito de jugos salpicara. El chofer no podía vernos porque las cortinas estaban cerradas, pero temía que pudiera notar el movimiento de la camioneta, ese balanceo leve que sincronizaba con sus saltos, el motor ronroneando como si ocultara nuestros sonidos.

—Irma, por favor… no te muevas tanto —susurré, mi voz ronca, sintiendo cómo cada subida dejaba mi verga expuesta al aire fresco por un segundo antes de que ella la engullera de nuevo. El roce de sus paredes internas masajeando mi pija hinchada. El placer subió por mi espina dorsal, pero se rehusaba a explotar.

—Ay, Abel… ¿qué sentido tiene? Metela… metela… —por suerte la música se llevó sus palabras, el radio sonando fuerte con un tango viejo que tapaba los chapoteos húmedos—. Ya no tiene sentido evitarlo. Seguí hasta que acabes. Usame para eyacular, si total… ¿qué más da? Los cuernos a mi marido no se los quita nadie. Arruiné todo… arruiné todo…

Me sentí muy mal por ella. Se notaba que estaba sufriendo, hablaba como si estuviera poseída por una gran pena. Sin embargo, su concha no paraba de succionar, contrayéndose en espasmos rítmicos mientras subía y bajaba, el interior lubricado apretando mi verga.

—Perdón, Irma… no quería que esto llegara tan lejos… —dije, mis manos en sus caderas para guiarla, sintiendo cómo la carne de sus nalgas se amasaba bajo mis dedos mientras ella se movía. Mi verga seguía hundiéndose en cada embestida.

—No, Abel… la culpa es mía. Soy incapaz de hacerte acabar, siento que fracasé como mujer. Pero… bueno, es como soy ¿cierto? No soy una mujer atractiva. No soy capaz de excitar a un hombre… a duras penas consigo parársela a mi marido. Soy… sexualmente inútil. Nunca serví para eso.

Cada palabra salía entrecortada por sus movimientos. Su concha subiendo hasta que mi verga casi salía, los labios vaginales aferrándose a la piel como si no quisieran soltarme. Luego bajaba con fuerza. Podía sentir el vacío llenándose de golpe con el ancho de mi miembro.

—¿Qué? No digas tonterías, Irma… no es por eso —vi que Katia y las demás aún seguían charlando y tomando café, ajenas a nosotros—. No es tu culpa…

—Claro que sí. Si yo fuera otra mujer… por ejemplo, una tan linda como Stella, ya hubieras acabado. Soy yo… no caliento a nadie. Lo sé. Mi marido me mira como si no existiera. En la oficina nadie se voltea a verme… en cambio, cuando pasan Katia o Stella, se le van los ojos —hablaba sin dejar de dar saltos sobre mi verga, cada uno más intenso. Su concha se contraía como si intentara exprimirme. El calor interno nos envolvía con oleadas que nos hacían sudar. Mi erección seguía latiendo dentro de ella sin ceder.

—Irma, en el trabajo nadie te mira porque sos la jefa. Y por tu fama de mujer religiosa… tienen miedo de que los eches. —Se detuvo por un momento y giró la cabeza hacia mí, su concha quieta pero apretada alrededor de mi verga, pulsando en espasmos leves que me volvían loco—. Y me parece ridículo que te creas incapaz de excitar a alguien. Sos una mujer hermosa… tenés unas tetas espectaculares —se las apreté por encima de la blusa, sintiendo los pezones duros bajo la tela mientras ella gemía bajito, mi verga inmóvil pero enterrada profunda, rozando sus paredes sensibles— , y ya vi lo buenas que están tus nalgas… y tus piernas. Si la tengo así de dura, es por vos.

—¿Ah si?

—Claro… ¿acaso creés que la tendría dura tanto tiempo si no te encontrara atractiva?

—Bueno, no sé…

—Te aseguro que vos me la ponés así de dura. Y no acabo porque hay una parte de mi mente que no quiere que esto se termine… se siente de maravilla tenerla metida dentro de tu concha.

—Oh… ¿de verdad? —Soltó una risita tonta, de adolescente cachonda, y comenzó a moverse otra vez, subiendo lento para que sintiera cada roce del interior de su concha—. Um… y yo debo admitir que no se siente tan mal. Estoy descubriendo ciertas sensaciones… muy primitivas. Cosas que nunca antes había experimentado… mucho menos con mi marido. Me siento mal por confesar esto, pero…

—No tenés que explicar nada, Irma. Y perdón si no se me baja, estoy intentando concentrarme en acabar, pero… se siente tan bien… uf, tu concha está muy mojada.

—Katia tiene la culpa de eso. Lo que hizo en el baño… eso también fue nuevo para mí. Nunca había dejado que una mujer hiciera algo así conmigo.

Cada salto ahora era más fluido, su concha chorreando jugos que lubricaban el vaivén. Mi verga se deslizaba adentro y afuera con facilidad. El glande expandía sus labios en cada entrada, golpeando profundo para rozar ese punto que la hacía temblar.

—¿Te desagradó?

—Para nada. Me dejó… confundida. Uf… tu verga también me confunde mucho. —Empezó a moverse con más fuerza. La camioneta se sacudía un poco con cada descenso, aunque por suerte no demasiado—. No te preocupes por mí, Abel… tomate todo el tiempo que necesites para acabar. Yo… puedo aguantarlo… ay, no digo más. Ya están viniendo.


Las cuatro mujeres se subieron a la camioneta. En cuestión de segundos ya estábamos en marcha otra vez. El motor rugió bajo y avanzamos por el camino polvoriento de las sierras.

—Irma… estás toda transpirada —dijo Trudy. Su voz sonaba casual, pero sus ojos brillaban con esa picardía que ya conocíamos.

—Ay, sí… es que ya estamos cerca del mediodía… hace un calor infernal… —respondió Irma. El sudor bajaba por su frente y su cuello, dejando rastros brillantes en su piel.

Esta vez no pidió ayuda. Fue ella misma la que desprendió la blusa con dedos rápidos y nerviosos. Dejó sus tetas expuestas al aire caliente que entraba por las ventanillas entreabiertas. Los pezones ya estaban duros.

—Así se siente mucho mejor. Es muy loco tener los pechos al desnudo frente a empleados de la empresa, pero… me gusta sentir como les pega el viento. —Irma se recostó un poco contra mí. Sus nalgas presionaron más fuerte sobre mi verga, que seguía dura y enterrada en su concha desde antes.

—Esa es la actitud, Irma… dejalas respirar un poco —Trudy estiró una mano y apretó con fuerza la teta izquierda de Irma. Los dedos se hundieron en la carne. Luego, Trudy la amasó sin pudor, tirando del pezón hasta que Irma soltó un suspiro ahogado—. Somos nosotros los que deberíamos agradecerte por darnos tan bello espectáculos.

—Me alegra que les guste. Lo digo en serio. Siempre me avergoncé por el tamaño de mis pechos… es raro que me sienta tan cómoda al estar así. —Irma miró a Katia con una sonrisa tímida. Sus tetas subían y bajaban con cada respiración agitada—. Vos también, Katia. Deberías desprenderte la camisa. No me dejes ser la única con las tetas al aire.

Katia se desabotonó lentamente. Volvimos a ver sus radiantes pechos, firmes y redondos, con pezones firmes que invitaban a tocarlos. Trudy no perdió el tiempo. Los amasó con avidez y los pellizcó, haciendo que Katia arqueara la espalda. Los dedos de Trudy se clavaban en la piel, deformando las tetas como si fueran de arcilla blanda.

—Esto es mucho mejor que las pelotitas antiestrés que me recetó el psicólogo —aseguró Trudy. No se detuvo ni un segundo. Siguió manoseando, alternando entre apretar y soltar, mientras la camioneta traqueteaba.

—A mí también me relaja mucho —murmuró Katia.

Apoyó su espalda en el pecho de Trudy. Quedaron con las cabezas juntas, mejilla contra mejilla. En unos pocos segundos las dos ya estaban con los ojos cerrados. Parecían dispuestas a dormir, pero los manoseos de Trudy ya no buscaban disimular nada. Eran intensos y ansiosos. Podíamos ver cómo las tetas de Katia se deformaban bajo sus manos, estirándose y rebotando con cada apretón.

Irma las miró durante un tiempo. Cuando se aseguró de que las dos seguirían con los ojos cerrados, comenzó a moverse. Me tomó por sorpresa. De pronto sus nalgas empezaron a rebotar contra mis piernas. Mi verga se deslizó dentro de su concha con un chapoteo húmedo y se hundió hasta el fondo, una y otra vez. Cada salto hacía que sus paredes internas me apretaran fuerte, contrayéndose alrededor de mi longitud venosa mientras subía y bajaba. El calor de su interior me envolvía como un guante resbaladizo, y los jugos de su concha chorreaban por la base de mi verga.

Sin dejar de moverse, me susurró al oído:

—Espero que esto te ayude a acabar…

A continuación me agarró las manos. Las dirigió hasta sus tetas desnudas. No tuvo que usar palabras para dar a entender que quería el mismo tratamiento que Katia. Me dio un poco de miedo hacerlo. Más que nada porque Trudy podría vernos en cualquier momento. Pero en especial porque esto le daba un nuevo tono a la situación. Ahora Irma me estaba permitiendo que la viera como el foco de mi calentura. Me estaba dando permiso para usar su cuerpo. Aún así, no me negué. Apreté sus tetas con ganas. Disfruté de los saltos que daba sobre mí.

Ella puso las manos sobre el asiento de enfrente. Esto le permitió sujetarse con más firmeza. Inició una serie de meneos con su cadera que me volvieron loco. Estábamos cogiendo en toda regla. Mi verga bombeaba su concha con cada movimiento. Sus jugos lubricaban todo, haciendo que el deslizamiento fuera suave pero intenso, y cada bache de la camioneta profundizaba la penetración, forzando mi verga a enterrarse más hondo de lo que Irma podía controlar.

Nunca dejaba de mirar a Trudy. Quien seguía con los ojos cerrados, perdida en sus manoseos con Katia. La que sí estaba mirando toda la escena era Katia. Sus ojos se clavaban en nosotros, brillantes de excitación, mientras Trudy seguía ajena. Hubo un momento en que la auditora dio señales de moverse. Pero Katia salvó a Irma de ser descubierta en pleno desenfreno sexual. Agarró la cara de Trudy y la besó en la boca. Irma y yo quedamos shockeados. Trudy correspondió el beso con mucha pasión. Usó su lengua como un ariete para invadir la boca de mi hermana, lamiendo y chupando con hambre mientras sus manos no soltaban las tetas de Katia.

Al final resulta que Katia tenía razón. Esta mujer sabía que nos tenía bien agarrados. Estaba convencida de que nunca le contaríamos a nadie sobre sus comportamientos lésbicos. Porque nuestro futuro laboral dependía de ella. Mientras tanto, Irma seguía moviéndose sobre mi verga. Su concha se contraía en espasmos rítmicos; pero yo no acababa. El placer subía en oleadas, intenso y punzante, con cada fricción de sus paredes internas contra mi piel.


Irma redujo sus movimientos de golpe. Yo aparté las manos de sus tetas con cuidado, sintiendo cómo la carne suave se escapaba de mis dedos. Cuando el beso terminó, Trudy se quedó mirando a Katia fijamente a los ojos. Sus pupilas dilatadas brillaban con un hambre que no disimulaba.

—Estás muy transpirada, nena. ¿Por qué no desprendemos la pollera? ¿Te molestaría? —preguntó Trudy, con voz sugerente.

—No, no… para nada… —aseguró Katia.

Trudy desató el nudo que estaba al costado de la pollera de Katia. La abrió de un tirón, como si fuera una manta que se despliega. Así mi hermana quedó casi totalmente desnuda. Ya no solo podíamos ver sus tetas firmes y rebotantes; ahora su concha se estaba robando todo el protagonismo. El vello púbico negro y espeso cubría su monte de Venus en una mata rizada y húmeda, descendiendo en mechones desordenados hacia sus labios vaginales carnosos. Esos labios gruesos y protuberantes se hinchaban ligeramente con la excitación, separándose un poco para revelar el interior rosado y brillante de jugos. Los conocía bien, porque había visto a Katia desnuda un montón de veces en casa. Sabía que esa concha peluda y de labios carnosos la avergonzaba. Pero en ese momento, Katia se veía tranquila y confiada. No cruzó las piernas ni intentó cubrirse. Solo dejó que el aire caliente de la camioneta rozara su piel expuesta, haciendo que los pelitos se erizaran.

—Ah, me olvidé que no estoy usando ropa interior —dijo Katia, con una risa ligera que rompió la tensión.

—Uy, sí… con el calor que hace… yo tampoco estoy usando nada debajo —aseguró la propia Trudy. Se lamió los labios mientras sus ojos se clavaban en la concha de mi hermana—. ¿Te molesta que te vean así? Pregunto porque está tu hermano…

—No me molesta que Abel me vea desnuda. Vivimos juntos. Me vio así un montón de veces —respondió Katia. Mantuvo la voz firme, aunque noté un leve rubor en sus mejillas. Sus labios carnosos se movieron sutilmente cuando se acomodó en el asiento, abriéndose un poco más y dejando ver cómo el clítoris asomaba entre el vello, hinchado y sensible.

—Ay, qué bueno que se tengan tanta confianza. ¿Y a vos, Irma? ¿Te incomoda? —Trudy giró la cabeza hacia nosotras, pero su mano seguía rozando el muslo de Katia, cerca de esa concha peluda que ahora brillaba con gotas de sudor.

—No, para nada. Hace mucho calor —murmuró Irma. Su voz salió entrecortada porque, aunque había reducido el ritmo, mi verga seguía enterrada en su concha, palpitando con cada bache del camino.

—¿Y no querés desprender tu pollera? —Le acarició una pierna a Irma, subiendo los dedos peligrosamente cerca de donde yo estaba conectado a ella.

—Mm… no, yo no… es que… me da vergüenza. Tampoco estoy usando ropa interior… con las tetas al aire ya tengo más que suficiente —dijo Irma, apretando las nalgas alrededor de mi verga para enfatizar su punto, aunque eso solo me hizo endurecerme más.

—Oh… deberías hacerlo. Estás transpirando mucho —Trudy acarició una de sus tetas, limpiando las gotas de sudor con el pulgar. Lo hizo despacio, rodeando el pezón endurecido—. Pero no te vamos a obligar. Cuando te sientas lista… ya sabés que no nos molesta.

—Gracias, lo voy a tomar en cuenta —respondió Irma. Se mordió el labio, y yo sentí cómo su concha se contraía levemente alrededor de mi longitud, como si el roce de Trudy la excitara a pesar de todo.

Durante los siguientes minutos las manos de Trudy se calmaron un poco. Quedaron posadas sobre las piernas de Katia, pero muy quietas, solo rozando la piel suave cerca de esa concha carnosa. Irma seguía moviéndose, pero lo hacía apenas, intentando disimular lo máximo posible. Cada meneo sutil hacía que mi verga se deslizara un poco dentro de ella. La tensión en el aire era espesa, como el calor del mediodía que nos envolvía a todos.

—Las sierras son muy lindas —dijo Katia, con la voz un poco.

Sus tetas subían y bajaban con cada respiración, y esa concha peluda entre sus piernas brillaba con el sudor, los labios carnosos hinchados y separados lo justo para que se viera el interior húmedo. Yo hacía lo posible para no mirarla; pero mis esfuerzos eran inútiles.

—Podríamos pedirle al chofer que se desvíe un poco del camino —sugirió Trudy. Se inclinó hacia adelante, rozando con el codo el muslo de Katia, y sus ojos se clavaron en las curvas de mi hermana—. Yo no tengo apuro por llegar… y también me gustaría verlas más de cerca, aunque sea por la ventana. ¿Qué les parece?

—Creo que es una idea excelente —dijo Irma. Me dio la impresión de que no tomó en cuenta los riesgos del desvío. Su concha todavía me apretaba la verga, cálida y resbaladiza por los jugos que chorreaban entre nosotros, pero ella fingía que todo era casual, como si no sintiera cómo mi miembro palpitaba adentro.

Ella misma asomó la cabeza entre las cortinas del frente, haciendo que su cuerpo se moviera sobre mí y que la punta de mi verga rozara un punto sensible en sus paredes internas.

—Oh… hola —dijo, saludando a Silvia y a Stella—. Perdón, no quería molestarlas.

—Está bien, no molestás —escuché a Stella, pero desde mi lugar no podía verla. El espacio era tan chico que cada gesto de Irma me hacía sentir el roce de su culo contra mis bolas—. ¿Necesitás algo, Irma?

—Queríamos pedirle al chofer que se desvíe un poco y tome el camino de las sierras.

El chofer dijo que no tenía problemas en hacer eso, total a él le pagaban igual; pero que el camino era de ripio y no parecía estar en buenas condiciones.

—Va a ser un viaje movidito —dijo el chofer desde el frente, con una risa que se oyó por encima del motor.

—Mejor. Así le ponemos un poco de entusiasmo a esto —aseguró Trudy, y su mano se posó de nuevo en la pierna de Katia, subiendo despacio hacia esa mata de vello negro que cubría su monte.

Y así fue que la camioneta se desvió de la suave ruta principal, para tomar el sinuoso camino de ripio. Los efectos se hicieron sentir de inmediato. La rueda trasera derecha se hundió en un pozo profundo, haciendo que todo el vehículo se inclinara hacia un lado y luego rebotara con fuerza. Las nalgas de Irma subieron de golpe, liberando casi toda mi verga de su concha apretada, solo para que el impacto la bajara de nuevo con brutalidad. Mi miembro se clavó hasta el fondo, rozando el cuello de su útero con un golpe seco que me hizo gruñir bajito. El sudor de su espalda chorreó sobre mi pecho, y sentí cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí, succionándome más adentro.

—¡Ay… carajo! —Su grito fue una mezcla de jadeo y sorpresa, resonando en el espacio cerrado. Todos lo oyeron, y el aire se cargó de una electricidad que hacía que el calor pareciera aún más sofocante.

—¿Están bien allá atrás? —preguntó el chofer, bajando el volumen de la música. El tango que sonaba se apagó lo justo para que sus voces del frente se colaran.

—Sí, sí… —respondió Irma, con la voz temblorosa. Se mordió el labio para no gemir, pero su concha traicionaba su excitación, apretándome con espasmos involuntarios—. Es que me golpeé la cabeza contra el techo, pero fue por mi culpa. No me agarré bien. No se preocupe. Vuelva a subir la música. —La música volvió a cubrir la mayoría de los sonidos, un ritmo que ahora parecía sincronizarse con los saltos de la camioneta—. Esto va a ser muy divertido.

Me sorprendió el entusiasmo de Irma. Sonreía con la ilusión de quien visita un parque de atracciones. Sus ojos brillaban con esa confusión que siempre ponía cuando mi verga la llenaba así, como si el placer la traicionara a cada embestida.

Los siguientes minutos fueron una locura. El camino era un desastre de pozos y piedras sueltas; cada vez que la camioneta pasaba por un bache grande, el chasis crujía y las ruedas rebotaban, lanzando nuestros cuerpos hacia arriba. Irma aprovechó esos saltos para montar mi verga como una desaforada. En un tramo recto pero irregular, una serie de ondas en la tierra hicieron que el vehículo subiera y bajara en oleadas cortas. Sus nalgas se elevaron, dejando que mi verga saliera hasta la mitad. Luego, el descenso la empaló de nuevo, clavándome hasta las bolas en su concha profunda y caliente. Sentí cada vena de mi miembro rozando las arrugas internas, estirándola al máximo mientras ella jadeaba y se reía para disimular.

Otro pozo más grande, del lado izquierdo, hizo que la camioneta se ladeara bruscamente. Irma se inclinó conmigo, y el movimiento lateral forzó mi verga a girar adentro de ella, frotando contra un lado de su canal que la hizo arquear la espalda.

—Uy… sí… sí… —decía entre risas, pero su voz se quebraba en un gemido ahogado. Sus tetas rebotaban salvajemente con cada impacto, los pezones duros rozando el aire caliente.

—Parece que la está pasando bien —dijo Katia, con una sonrisa pícara.

Se había acomodado de lado, dejando que Trudy le acariciara el interior del muslo, cerca de esos labios carnosos que se abrían con el calor. El vello púbico de mi hermana estaba empapado, mechones pegados a la piel por el sudor, y ella no hacía nada por cubrirse, confiada a pesar de esa vergüenza sutil que siempre estaba presente.

—Hacía años que no me divertía tanto —agregó Irma, sujetándose de la agarradera sobre la puerta con una mano, mientras la otra se posaba en mi muslo para equilibrarse.

Pero sus movimientos no seguían solo el ritmo de la camioneta; a veces, en tramos lisos, ella seguía subiendo y bajando, clavándose mi verga con saña, como si no pudiera parar. El roce constante me tenía al borde, mi verga hinchada y palpitante, pero no llegaba al clímax, solo acumulando esa tensión que nos tenía a todos sudando en ese encierro.

Yo la sujetaba con fuerza de la cintura, mis dedos hundiéndose en su carne suave y resbaladiza. Cada bache era una excusa perfecta: una rueda delantera que pisaba una piedra grande hacía que el morro se elevara, y al caer, Irma descendía con todo su peso, empalándose hasta que sus nalgas chocaban contra mis caderas. Sentía el calor de su concha envolviéndome por completo, los jugos salpicando con el impacto, y el olor a sexo crudo mezclándose con el polvo que entraba por las rendijas.

Trudy observaba todo, su mano ahora rozando los labios de Katia, separando el vello para tocar la carne hinchada debajo. El espacio se sentía más chico que nunca, con el calor pegajoso y los cuerpos pegados, mientras la camioneta traqueteaba hacia las sierras, amplificando cada penetración en un ritmo brutal e incontrolable.


—Me alegra de que para vos el viaje se haya puesto tan interesante —le dijo mi hermana a Irma, con voz juguetona.

Katia se recostaba contra el respaldo, sus piernas abiertas lo justo para que el calor del ambiente hiciera que el sudor corriera por sus muslos, pegando algunos de esos pelitos negros y rizados a la piel. Sus labios vaginales, carnosos y ya hinchados por la excitación, se asomaban entre el vello desordenado, brillando con una humedad que no era solo sudor.

—Si querés yo puedo hacerte el viaje más interesante —le murmuró Trudy al oído de Katia, pero lo suficientemente alto como para que Irma y yo la oyéramos con claridad.

Trudy se inclinó más cerca, su aliento caliente rozando la oreja de mi hermana, y sus ojos se clavaron en esa concha peluda que tanto le gustaba explorar. El traqueteo de la camioneta no paraba; un bache nuevo hizo que todo el piso vibrara, y sentí cómo el impacto subía por mis testículos hasta la base de mi verga, empujándola un poco más adentro de Irma sin que ella se moviera.

—¿Ah sí? ¿Y qué tenés en mente? —preguntó Katia, girando la cabeza para mirarla con una sonrisa pícara, separando un poco más las rodillas para invitarla.

El camino de ripio era un desastre ideal para los amantes de la aventura: piedras sueltas que hacían que las ruedas patinaran y rebotaran, lanzando el vehículo de lado a lado como si estuviéramos en una montaña rusa barata. Cada giro brusco del chasis forzaba el cuerpo de Irma contra el mío, haciendo que su concha se contrajera alrededor de mi miembro.

Trudy besó el cuello de Katia, chupando la piel salada por el sudor, y movió sus manos hacia el centro de su cuerpo. Allí se encontró con una vagina que ya mostraba unos pelitos alborotados, revueltos por el movimiento constante y el bochorno que nos tenía a todos pegajosos. Katia no había vuelto a depilarse desde la última vez que lo hice yo, y ese vello negro y espeso cubría su monte de Venus como una alfombra salvaje, enmarcando esos labios gruesos y jugosos que se abrían solos con el calor. Trudy le acarició los carnosos labios vaginales, separándolos con los dedos para sentir la humedad resbaladiza que ya chorreaba, y le pasó la lengua por el cuello, lamiendo hasta la clavícula mientras un pozo profundo hacía que la camioneta se hundiera y rebotara. El impacto fue tan fuerte que Irma descendió de golpe sobre mi verga, clavándola hasta el fondo de su concha con un chapoteo audible, sus paredes internas rozando cada centímetro de mí, apretándome como si no quisiera soltarme nunca.

Irma no dijo nada, se quedó mirando la escena jadeando, con los ojos fijos en cómo Trudy exploraba a mi hermana, y sin dejar de saltar con el ritmo del camino. Yo sentía la verga palpitando dentro de su concha, hinchada y dura, latiendo contra las arrugas calientes y húmedas que la envolvían. El siguiente bache fue una serie de ondas rápidas, como si el camino estuviera lleno de raíces; la camioneta subía y bajaba en pulsos cortos, haciendo que las nalgas de Irma se elevaran solo para caer de nuevo, empalándose con furia. Cada descenso era más profundo que el anterior, mi punta golpeando el fondo de su canal, estirándola al límite mientras sus jugos salpicaban por mis muslos.

Los dedos de Trudy se metieron dentro de la concha de Katia, hundiéndose en esa carne suave y peluda con un sonido húmedo que se mezcló con el rugido del motor. En cuestión de nada, ya la estaba masturbando copiosamente, los dedos entrando y saliendo en un ritmo que seguía los saltos de la camioneta: adentro con un rebote, afuera con el siguiente. Katia gemía bajito, arqueando la espalda contra el asiento, y sus labios carnosos se abrían más, dejando ver el interior rosado y empapado. Los mechones de su vello estaban pegados por los fluidos.

Esto eran buenas noticias. Si Katia había logrado seducirla de esa manera, entonces había muchas chances de conseguir el préstamo. Las dos se besaron con hambre, lenguas enredándose en un beso profundo y baboso, y Katia separó más sus piernas, permitiendo que su concha se viera completa bajo la luz tenue que se filtraba por las cortinas. El vello púbico enmarcaba todo como un marco natural, y Trudy aceleró la masturbación, frotando el clítoris hinchado con el pulgar mientras dos dedos la penetraban hasta los nudillos.

Otro tramo del camino era peor: una curva cerrada con surcos transversales que hacían que la camioneta se ladeara y sacudiera lateralmente. Irma se inclinó conmigo por la fuerza del movimiento, y mi verga giró adentro de ella, frotando contra las paredes laterales de su concha en un ángulo que la hizo jadear fuerte, mordiéndose el labio para no gritar. Irma ya no disimulaba ni un poquito. Con Trudy distraída por Katia —ahora lamiéndole los pezones duros mientras sus dedos seguían bombeando en esa concha peluda y chorreante— y la camioneta sacudiéndose como un lavarropas viejo. Irma podía dar unos saltos brutales, absolutamente pornográficos. Se estaba moviendo tan rápido que incluso podía ver mi verga apareciendo, solo por un instante, reluciente con sus jugos, para luego ser devorada de nuevo por su concha hambrienta. Un pozo doble, uno tras otro, la lanzó hacia arriba dos veces seguidas; la primera vez salió casi toda mi verga, fría por el aire, y la segunda la clavó con tal fuerza que sentí sus nalgas aplastarse contra mis caderas, el impacto reverberando por todo mi cuerpo.

—Al final… no tengo tanto autocontrol como creía —me susurró al oído Irma, su aliento caliente y entrecortado rozando mi oreja mientras otro rebote la hacía subir y bajar, clavándome más adentro—. Perdón por mi conducta inapropiada, pero… ya no puedo resistirlo más. Es este camino… uff… no puedo más…

—No te disculpes. Me encanta lo que estás haciendo —le respondí, mi voz ronca por el placer.

Metí la mano derecha por debajo del vestido, rozando la piel sudorosa de su vientre hasta encontrar su clítoris, ese botoncito duro e hinchado que palpitaba bajo mis dedos. Comencé a frotarlo en círculos rápidos, sintiendo cómo su concha se contraía alrededor de mi verga con cada roce, mientras con la izquierda le apretaba las tetas, amasando la carne suave y pesada, pellizcando los pezones hasta que se endurecían más.

Katia sostenía la cabeza de Trudy con una mano enredada en su pelo, no dejaba de meterle la lengua en la boca en un beso feroz, y con el otro ojo me miraba de reojo, como si dijera: “Ustedes cojan tranquilos, yo me encargo de ella”. Su concha ahora chorreaba sobre los dedos de Trudy, el olor a sexo crudo llenando el aire, mezclado con el polvo que entraba por las junturas. La camioneta siguió traqueteando, cada bache amplificando el ritmo: un salto que la empalaba profundo, un giro que la frotaba de lado, y el calor pegajoso que nos tenía a todos al borde, sudando y jadeando en ese encierro que parecía no acabar nunca.

Por los intensos meneos y saltos de Irma, llegué al punto límite. Mi verga, enterrada hasta fondo en su concha, empezó a palpitar con una urgencia que me subía por el pecho. El siguiente pozo fue el detonante: un hundimiento profundo que la hizo caer con todo su peso sobre mí, sus paredes internas contrayéndose en espasmos. No pude aguantar más. Eyaculé con fuerza dentro de su concha, chorros gruesos y calientes de semen saliendo a presión, inundándola como si estuviera vaciando un tanque entero.

Fue un enorme alivio dejar salir todo ese semen acumulado, el placer explotando en oleadas que me nublaron la vista, haciendo que mis caderas se arquearan involuntariamente para empujar más profundo. Me aseguré de que cada gota se derramara en lo más hondo de su ser. El calor de mi acabada se mezcló con sus jugos, creando un chapoteo pegajoso. Sentí cómo su concha se llenaba, el exceso empezando a filtrarse por los lados de mi verga.

Y ella… debió sentirlo como la descarga de una manguera de bombero, el semen caliente, llenándola hasta el límite. Irma jadeó fuerte, su cuerpo temblando con el impacto, pero no se detuvo; al contrario, siguió moviéndose con esos saltos brutales que el camino le imponía, subiendo y bajando para ordeñarme hasta la última gota. Sus nalgas se contraían con cada descenso, apretando mi verga que aún latía dentro de ella, y el sudor de su espalda chorreaba sobre mi camisa, pegándonos más en ese encierro asfixiante.

—Sí… sí… al fin… no soy una completa inútil. Yo sabía que podía… —susurró—. Yo sabía. Dios… no pares… umf… no pares, Abel. Ya no me importa nada.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo, una mezcla de alivio y culpa que se revolvió en mi estómago, pero el placer era demasiado fuerte para pensarlo ahora.

“No te disculpes”, pensé, mientras mis manos seguían aferradas a sus caderas, guiándola en esos movimientos que ahora eran puro instinto. Metí los dedos más profundo en su carne suave, sintiendo cómo su concha chorreaba alrededor de mi verga, el semen y sus fluidos mezclándose en un río tibio que nos unía. Seguimos cogiendo sin parar, el ritmo dictado por la camioneta: un salto que la sacaba casi toda, dejando mi verga fría y expuesta por un segundo, y un impacto que la clavaba de nuevo. Irma se inclinaba hacia adelante con cada bache, sus tetas rebotando salvajemente bajo el vestido.

En ese momento, el aire se llenó de un sonido nuevo: los gemidos de Katia subiendo de tono, convirtiéndose en gritos ahogados que se mezclaban con el traqueteo. Giré la cabeza lo justo para ver, y allí estaba mi hermana, toda torcida en el asiento contiguo, con las piernas abiertas en una posición imposible por el espacio chiquito, su concha peluda expuesta y brillante bajo la luz del sol. Trudy la tenía acorralada contra la puerta, una mano bombeando furiosamente entre sus muslos, los dedos hundidos en esa carne carnosa y velluda, saliendo y entrando con un ritmo frenético que hacía que los labios vaginales de Katia se abrieran y cerraran como si respiraran. El vello negro y rizado estaba empapado, pegado a la piel por los jugos que chorreaban sin control, y Trudy no paraba: frotaba el clítoris hinchado con el pulgar mientras tres dedos la penetraban hasta el fondo, estirándola con cada embestida. Al mismo tiempo, su boca estaba pegada a una de las tetas de Katia, chupando el pezón oscuro y erecto con succiones ruidosas. Su lengua giraba alrededor mientras la camioneta daba un giro brusco que las hizo ladearse juntas.

Katia estaba toda torcida, el cuello doblado contra el respaldo y una pierna subida al asiento para darle más acceso, una posición muy incómoda que la tenía arqueada como un resorte a punto de romperse, pero aún así se sacudía como si estuviera en una cama de hotel de lujo.

—¡Sí, así, no pares! —gruñó Katia, su voz rompiéndose en un gemido cuando un bache la hizo rebotar, los dedos de Trudy clavándose más adentro. Y entonces pasó: vimos la concha de Katia soltar potentes chorros de flujos vaginales, que salpicó el piso de la camioneta y las botas de Trudy. Chorros transparentes y calientes que salían en arcos con cada contracción de sus músculos internos. Ella tuvo un orgasmo brutal, el cuerpo convulsionando en espasmos que la hacían temblar entera. Mantuvo los ojos cerrados y la boca abierta en un grito silencioso, mientras Trudy la pajeaba con una furia frenética, los dedos moviéndose como pistones, prolongando el clímax hasta que Katia se derrumbó, jadeando y riendo bajito por el alivio.

De a poco nos fuimos calmando todos, el ritmo de la camioneta suavizándose al entrar en un tramo más parejo del camino, aunque el polvo seguía entrando por las rendijas y el olor a sexo —semen, jugos, sudor— nos envolvía como una niebla espesa.

Mi verga fue perdiendo rigidez dentro de la concha de Irma, saliendo despacio con un sonido húmedo cuando ella se levantó un poco, el semen goteando de su entrada y manchando mis pantalones. Aún sentía los latidos en mi miembro, sensibles y calientes, y mi corazón me latía a toda prisa en el pecho, como si hubiera corrido una maratón en ese encierro pegajoso. Irma se acomodó en mi regazo, el vestido bajado pero arrugado, su respiración agitada rozando mi cuello mientras intentaba fingir normalidad, aunque sus mejillas enrojecidas y el temblor en sus piernas la delataban.

“Esto se está yendo al carajo”, pensé, mirando por la ventanilla entreabierta las sierras que se perdían en la distancia, el sol del mediodía calentando el metal de la camioneta hasta que el aire adentro se volvía irrespirable.

Aún nos queda un tramo de viaje por estos caminos de mierda, con el traqueteo que no para y el espacio tan chiquito que no hay dónde esconderse. Y todavía tenemos que hacer una parada en un hotel, supuestamente para “descansar” antes de la reunión, pero después de esto, ¿qué va a pasar allí?

Después sí, tocará regresar a casa, de vuelta a la rutina. Ahora mismo no me preocupa la vuelta ni el préstamo, ni siquiera si Trudy aprueba todo o no. Solo quiero saber cómo voy a mirar a mi jefa durante el resto del viaje, después de la cogida que le di, de cómo la llené de semen en medio de este quilombo rodante, y de cómo ella, por primera vez, pareció romperse un poco esa coraza de profesionalismo.

El calor subía, el sudor picaba en la piel, y el silencio post-orgasmo se llenaba solo con los gemidos ahogados de Katia y Trudy acomodándose, sus cuerpos aún pegados en un enredo de piernas y manos. La camioneta siguió avanzando, llevándonos hacia lo que sea que viniera después, y yo solo podía sentir el peso de Irma sobre mí, su concha aún tibia rozando mi verga flácida, recordándome que nada iba a ser igual.


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Comentarios

Nokomi ha dicho que…
Los que me apoyan en Patreon ya pueden leer hasta el capítulo 28 de ¡La Concha de mi Hermana!
Takashius ha dicho que…
Que nivel de Patreon debo tener para poder leer hasta el 28?
Nokomi ha dicho que…
Ahora mismo con cualquier Tier del 3 para arriba alcanza. Los Tier 1 y 2 pueden leer hasta el capítulo 27. Pero en unos días también tendrán acceso al 28.
Este mes voy a subir a Patreon los capítulos 29 y 30. Ya estoy trabajando en ellos.

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