¡La Concha de mi Hermana! [21]

 

Capítulo 21.


El quiebre de Irma.





Llevamos a Trudy a visitar las últimas dos sucursales del viaje: un par de locales chiquitos en pueblos perdidos entre las sierras, con el polvo del camino pegado a los vidrios de la camioneta y el sol pegando fuerte como para recordarnos que el verano no perdona. La noté tranquila y entusiasmada. Caminaba por los pasillos con una carpeta en la mano y asentía mientras yo le explicaba que la situación financiera no era tan mala como parecía en los papeles. Por supuesto que sí lo era, un desastre con deudas que se acumulaban como arena en un desierto; pero intenté maquillar la situación lo mejor posible, hablando de planes de expansión y alianzas que sonaban prometedores aunque fueran puro humo. Le hablé de nuevos proyectos, de campañas de marketing que íbamos a lanzar en los próximos meses, y de algunos cobros que aún teníamos pendientes a inversionistas y deudores grandes, tipos con plata suelta que prometían pagar en cuotas. Esa parte era cierta, aunque con ese dinero no alcanzábamos a cubrir ni la mitad de los agujeros en el balance. Ese pequeño detalle no lo mencioné.

Por fin podíamos dar este viaje por terminado. Ahora solo quedaba el regreso, que seguramente sería más tranquilo, sin tantas paradas ni interrupciones obligatorias, zigzagueando por las rutas pavimentadas hasta llegar más rápido a nuestro destino, de vuelta a la oficina y la rutina que nos esperaba como un mazazo. Pero antes debíamos pasar una noche en el hotel, para descansar un poco y recargar pilas después de tantos kilómetros de traqueteo y calor sofocante.

Katia reservó un par de habitaciones en un lugar acogedor y económico, un motelito al borde de la ruta con paredes blancas y un jardín de cactus que lo hacía parecer sacado de una postal. Trudy dijo que era muy “acogedor”, con esa sonrisa tensa que usaba cuando quería ser amable. Quizás estuviera felicitando a mi hermana por no haber derrochado tanto dinero en el alojamiento, porque al final del día, ella era la que controlaba el presupuesto y no toleraba ni un peso de más.

Una vez más compartí el cuarto con Irma y Katia, una habitación doble con camas separadas por una mesita de noche y un baño chiquito que olía a jabón floral. Nos dimos una ducha los tres juntos, apretujados bajo el chorro tibio que apenas alcanzaba para mojarnos a todos, ya no tenía sentido ocultar nuestros cuerpos después de lo que había pasado en la camioneta. Irma no hizo ningún comentario sobre la brutal cogida que le di durante el trayecto de ripio, esos saltos que la habían hecho rebotar sobre mi verga hasta que exploté adentro. Yo tampoco saqué el tema, porque el silencio era más cómodo que revivir aquel quilombo emocional.

Estábamos tan agotados que nos fuimos a dormir casi sin cruzar palabra. Sentí el cuerpo pesado por el cansancio acumulado. El aire fresco de la sierra se filtraba por la ventana entreabierta. Irma se acurrucó de lado, su espalda curva hacia mí, y Katia ronroneó algo sobre lo bien que se sentía estar quietos por fin antes de apagarse como una vela.

Al día siguiente, después del desayuno —un par de medialunas y café cargado en el comedor del hotel—, volvimos a la habitación para hacer tiempo. Nos habíamos despertado muy temprano, con el sol asomando, y el chofer nos dijo que no saldríamos hasta pasadas las diez de la mañana, porque la camioneta necesitaba un chequeo rápido en el taller del pueblo. Era el protocolo de su empresa y no podía evitarlo.

El cuarto estaba bañado en luz clara, las cortinas corridas dejando entrar el calor que empezaba a subir, y el aire se sentía más liviano que en el viaje, sin el encierro de metal y polvo.

—Podemos aprovechar el tiempo extra —dijo Irma, mientras se desnudaba con una naturalidad que me dejó clavado en el lugar.

Se quitó la blusa primero, para revelar esos melones pesados que se balanceaban libres, los pezones puntiagudos y oscuros endureciéndose al contacto con el aire fresco de la habitación. Su piel era pálida en los lugares que el sol no tocaba, con un leve rubor en el pecho que subía hasta el cuello. Cuando se bajó la falda, sus caderas anchas se marcaron en toda su gloria. La carne suave y firme onduló con el movimiento hasta una cintura estrecha que contrastaba con la curva de su vientre plano.

—¿Para qué? —pregunté, como un idiota, porque mi voz salió ronca y el pulso se me aceleró de golpe.

Es que estaba aturdido, aunque la había visto completamente desnuda en la ducha la noche anterior, en ese momento mi cerebro estaba embotado por el calor y el largo viaje.

Ahora, con los sentidos bien despiertos, pude admirar cada detalle de su anatomía: esos melones de pezones puntiagudos que se erguían como picos, invitando a ser tocados; esa concha peluda que me invitaba a portarme mal. El vello negro y rizado enmarcando los labios vaginales gruesos y carnosos que ya chorreaban de humedad. Sus labios mayores se abrían ligeramente, revelando el rosa interno, el clítoris asomaba como un botón endurecido entre los pliegues. Su cintura estrecha se hundía hacia adentro antes de explotar en esas caderas anchas que me quitaron el aliento.

—Para coger —fue la primera vez que Irma se refirió a ese acto usando esa palabra tan directa, su voz firme pero con un temblor en el fondo. Se paró frente a mí con las manos en las caderas. Los melones subían y bajaban con su respiración agitada—. A ver, no me malinterpreten. No es que quiera coger, de verdad que no. Sigo siendo una mujer casada y respeto los límites del matrimonio, mi marido me espera en casa y esto no cambia nada de lo que somos. Pero… nos espera un largo viaje de vuelta. Seguramente se te va a parar la verga apenas la camioneta se ponga en marcha, con el traqueteo y el roce… ¿Y si evitamos eso y descargás ahora? O sea… coger me vas a coger igual. ¿No sería mejor hacerlo acá, donde nadie nos ve y podemos estar más tranquilos, sin baches que nos obliguen a fingir?

—Me parece una idea excelente —dijo Katia. También se estaba quitando la ropa, con una sonrisa pícara. Desabrochó su camisa y dejó al aire sus tetas grandes y firmes, los pezones marrones erectos. Se bajó los pantalones para revelar su concha peluda, el vello negro y espeso cubriendo los labios carnosos ya húmedos y listos—. Voy a ayudarles en todo lo que pueda, como siempre.

—Gracias, querida —Irma le habló con tono maternal, extendiendo una mano para acariciar el hombro de Katia—. Lo que hiciste en aquel baño me ayudó mucho. ¿Podrías hacerlo otra vez? Solo para que todo fluya mejor. Si no es mucha molestia, claro…

—Con mucho gusto —dijo Katia, con una sonrisa juguetona que iluminó su rostro.

Mi hermana se acercó a mí y comenzó a desprenderme el pantalón con dedos hábiles, bajándolo junto con los boxers hasta mis tobillos. Liberó mi verga, que ya empezaba a endurecerse solo con la vista de ellas dos, desnudas y dispuestas.

Katia se puso de rodillas frente a mí, y se la metió en la boca sin preámbulos. Sus labios se abrieron amplios alrededor del glande. Succionó con fuerza mientras su lengua giraba en círculos húmedos, lamiendo la parte inferior con trazos largos que me hicieron jadear. El calor de su boca me envolvió como un guante resbaladizo. Pensé que Irma se escandalizaría al verla de rodillas, con mi verga desapareciendo entre sus labios. La saliva ya le goteaba por la comisura de la boca mientras bombeaba la cabeza con succiones rítmicas. Sin embargo, ella se limitó a mirar durante unos segundos, los ojos fijos en el movimiento. El pecho le subía y bajaba con respiraciones cortas. Los pezones se le endurecieron más ante la escena.

Luego Irma también se arrodilló frente a mí, uniéndose a Katia en el piso. Sus labios vaginales chorreaban, dejando un hilo de humedad que bajaba por su muslo interno.

—Es importante que esté bien dura —dijo, mientras me acariciaba los huevos con una mano suave pero firme.

Katia le cedió algo de lugar y sacó mi verga de su boca con un pop húmedo. Un hilo de saliva todavía le conectaba la lengua a la punta. Irma tragó mi verga de un solo movimiento, tragando la mitad en una succión profunda que me hizo arquear la espalda.

Entre las dos empezaron a mamar con ganas, en un ritmo alternado que me volvía loco. Katia lamía los lados y trazaba las venas desde la base hasta la cabeza. Succionaba los huevos uno por uno mientras Irma se encargaba del glande: chupaba con fuerza y giraba la cabeza para frotar sus labios contra la piel sensible.

La saliva de ambas se mezclaba en un brillo resbaladizo que cubría toda la longitud de mi verga. Irma gemía bajito y Katia metía la lengua en el frenillo, presionando justo donde dolía de placer. Para ponérmela bien dura y dejarla llena de saliva, pasaban de una a otra: Irma bajando hasta la garganta y Katia uniéndose para lamer lo que sobraba. Sus lenguas chocaban a veces en un beso húmedo alrededor de la punta. El sonido de succiones y lamidas llenaba la habitación junto con mis jadeos. La concha de Irma goteaba visiblemente. Katia extendía una mano para tocarse a sí misma, frotando sus labios carnosos mientras mamaba sin parar. Mi verga latía entre sus bocas, endureciéndose al máximo, lista para lo que viniera.

Irma se apartó apenas unos centímetros, apoyando su espalda contra el borde de la cama, con las piernas abiertas en un ángulo amplio que exponía toda su concha peluda. Su piel desnuda brillaba con un leve sudor que perlaba el valle entre sus melones pesados, los pezones oscuros y erectos apuntando hacia adelante como si reclamaran atención. Miró a Katia con una gran sonrisa, una mezcla de fascinación y culpa latiendo en su expresión, y dijo:

—Me genera algo extraño ver cómo se la chupás a tu hermano con tanto entusiasmo. Sin pudor… Es como si no te importara nada…

Katia la miró sin sacar mi verga de su boca, sus ojos marrones fijos en Irma con un desafío juguetón. El glande presionaba contra el interior de su mejilla, inflándola como un globo. No respondió con palabras, sino con acciones que hablaban más fuerte: intensificó el ritmo, mamando mi verga con un hambre voraz. Sus labios se deslizaban arriba y abajo en succiones profundas. Se había vuelto tan buena en esta tarea que ya era capaz de tragarla casi completa. El calor húmedo de su boca me envolvía en pulsos rítmicos que me hacían apretar los dientes para no gemir en voz alta. Dejó la verga quieta en su boca durante unos segundos largos, la saliva acumulándose alrededor hasta que un hilo grueso escapó por la comisura de sus labios y goteó sobre sus tetas. Cuando la sacó con un sonido chasqueante y húmedo, mi verga quedó chorreando saliva. Sin pausa, volvió a tragarla tanto como antes, bajando la cabeza con un movimiento fluido. Sus manos se clavaron en mis muslos mientras bombeaba con la garganta, succionando como si quisiera extraer hasta la última gota de placer.

Irma no apartaba la vista, con esa sonrisa tensa curvando sus labios, mientras se entregaba a la masturbación con una urgencia que desmentía su imagen de mujer casada y profesional impecable. Sus dedos se hundían entre los pliegues de su concha. Frotaba el clítoris en círculos rápidos y bombeaba con frenesí, hasta que las caderas se le arquearon. Era fascinante ver a la jefa estricta de la oficina, la que mandaba con mano de hierro, rendirse así a sus impulsos carnales. Su cuerpo desnudo se exponía en toda su gloria.

Me preguntaba cuándo habría sido la última vez que se pajeaba con tanto entusiasmo, y menos aún frente a otros. Conociéndola, seguramente reservaba estos momentos para la soledad de su habitación, un alivio secreto sin admitir el placer puro. Katia, por su parte, seguía mamando mi verga con dedicación. Alternaba succiones profundas y lamidas largas que cubrían todo el miembro, mientras se metía los dedos en su propia concha al ritmo de su boca. Yo solo disfrutaba, con las manos enredadas en su pelo para guiar sus movimientos. El placer subía por mi espina como una corriente eléctrica. Veía a Irma temblar al borde del clímax y sentía la maestría de mi hermana llevándome al límite. Mi verga latía dura en esa habitación cargada de calor y deseo desatado.

Irma dejó de masturbarse, sus ojos fijos en mí mientras se movía hacia la cama. Se puso en cuatro sobre las sábanas revueltas, el culo alzado y las rodillas separadas, exponiendo su concha húmeda y abierta.

—Estoy lista para que me penetres, Abel —dijo con voz ronca, mirando por encima del hombro—. Me vendría bien si Katia me chupa un rato primero.

Katia soltó mi verga, lamiéndose los labios antes de sonreír. Se acercó a Irma a gatas y se colocó debajo de ella. Sin dudar, enterró la cara entre las piernas de Irma y empezó a lamerle la concha. La lengua le recorrió los labios y hundió la punta en la entrada. Irma gimió, empujando las caderas hacia atrás para presionar contra la boca de Katia.

Me acerqué por detrás, mi verga dura apuntando hacia arriba. Mientras Katia seguía lamiendo, succionando el clítoris de Irma y metiendo la lengua adentro, yo agarré las caderas de Irma. Apoyé la punta de mi verga en su concha resbaladiza y empujé despacio. La cabeza entró primero, estirando sus paredes, y luego el resto se deslizó dentro hasta que mis bolas tocaron su piel. Irma soltó un gemido largo, su cuerpo temblando alrededor de mi verga.

Empecé a bombear, sacando casi todo antes de volver a entrar profundo. Cada embestida obligaba a Katia a ajustar la posición. Su lengua me rozaba la verga al salir y recogía los jugos de Irma que chorreaban. Irma jadeaba con cada embestida, con las manos apretadas a las sábanas, mientras Katia chupaba sin parar. Lamía justo donde mi verga entraba y salía.

Irma gemía con cada embestida, su concha apretando alrededor de mi verga mientras la penetraba. Sus sonidos salían roncos, mezclados con el chapoteo de mi piel contra la suya. De repente, levantó la cabeza y miró hacia atrás, los ojos vidriosos de placer.

—Después de todo lo que me la metiste en la camioneta... puedo aguantar si me das duro. No hace falta que seas suave conmigo, Abel. Puedo soportarlo.

Mientras hablaba empujaba las caderas hacia mí para enfatizar sus palabras.

Una descarga eléctrica me recorrió la espalda al oír a mi jefa hablar así, tan entregada y suplicante. Sus palabras me encendieron, borrando cualquier rastro de contención. Agarré su cintura con fuerza, los dedos hundiéndose en su carne, y empecé a bombear más duro. Cada embestida era profundo y rápido, mi verga saliendo hasta la punta antes de clavarse de nuevo hasta el fondo. Irma gritó, su cuerpo sacudiéndose con el impacto, pero no se apartó; al contrario, arqueó la espalda para recibirme mejor.

Katia no paraba, su lengua lamiendo entre la concha de Irma y mi verga en movimiento.Pasaba por los labios hinchados y rozaba el eje cuando salía. Soltaba chorros de saliva que lubricaban todo y volvían el deslizamiento todavía más resbaladizo. Su boca chupaba los jugos que salpicaban, alternando entre succionar el clítoris de Irma

Seguí embistiendo a Irma sin pausa, mi verga hundiéndose en su concha una y otra vez con un ritmo implacable. Ella gemía sin cesar, un sonido gutural que llenaba la habitación, su cuerpo brillando de sudor bajo la luz tenue del hotel. Sus caderas se movían al encuentro de las mías, y entre jadeos, suplicaba más fuerza, más intensidad.

En un momento, mientras la penetraba profundo, Irma giró la cabeza y murmuró con voz entrecortada:

—Con mi marido nunca me pongo en cuatro. Siempre pensé que las mujeres decentes no tienen sexo en cuatro... como una puta.

Sus palabras me golpearon como un rayo, revelando esa grieta en su fachada de esposa perfecta. No se apartó; al contrario, empujó hacia atrás, invitándome a continuar. Yo no me detuve. La agarré por las caderas y la clavé con embestidas más potentes. Sentí cómo su concha se contraía alrededor de mí, chorreando jugos que facilitaban cada entrada.

Pasaron varios minutos así, el aire cargado de nuestros sonidos: el choque de sus cuerpos, sus gemidos escalando, mis gruñidos de esfuerzo. El placer se acumulaba en mi base, una presión que no podía contener más. Con un último empujón brutal, acabé dentro de ella, chorros calientes de semen inundando su interior. Irma se derrumbó hacia adelante, boca abajo sobre las sábanas revueltas, el cuerpo temblando de agotamiento y éxtasis.

Katia no perdió tiempo. Se deslizó entre las piernas abiertas de Irma, su lengua extendiéndose para lamer el semen que goteaba de la concha hinchada. Chupaba con avidez y succionaba cada gota que salía. Alternaba lamidas largas por los labios y el clítoris aún sensible. Irma soltó un suspiro ronco, sus muslos temblaron ante la estimulación. Yo observaba mientras recuperaba el aliento.


***


Una hora después de que todo terminara en la habitación, me senté en la cafetería del hotel con un café negro y un par de medialunas. El lugar era tranquilo, con mesas de madera bajo lámparas suaves y el aroma a pan fresco flotando en el aire. Intentaba procesar lo que acababa de pasar, mi mente aún revuelta, cuando las vi entrar por la puerta principal.}

Me quedé boquiabierto, la medialuna suspendida a medio camino hacia mi boca. Irma y Katia ya no parecían recatadas Testigos de Jehová. Ambas vestían igual, como si se hubieran puesto de acuerdo para provocarme. Los tops ceñidos se adherían a sus grandes tetas y les marcaban los pezones bajo la tela fina. Las polleras cortas apenas les cubrían la cola y se les subían un poco con cada paso, lo bastante para insinuar las nalgas redondas y firmes. Llevaban sandalias de verano sencillas, de tiras delgadas.

Katia caminaba con una confianza felina. El pelo largo y negro le caía en ondas por la espalda y le rozaba los hombros. El top blanco ajustado realzaba sus tetas, que se movían con un balanceo hipnótico, y la pollera, también blanca, acentuaba sus caderas anchas. Un mechón de ese cabello oscuro se le pegaba al cuello húmedo, y cuando giró la cabeza, sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara que me hizo recordar cómo chupaba mi verga.

Irma, a su lado, exudaba una sensualidad más contenida aunque igual de ardiente. Su pelo marrón estaba atado en un rodete prolijo. Un par de mechones sueltos le caían sobre la cara, le enmarcaban las mejillas sonrojadas y le daban un aire de inocencia fingida. El atuendo le restaba años, la hacía parecer una bella universitaria, lista para rendir exámen.

Dios, se veían tan jodidamente sexys que mi verga se sacudió bajo la mesa.

—¿Y esa ropa? —Pregunté.

—La compramos recién —respondió Katia.

—Y no te preocupes por el presupuesto —acotó Irma—. La pagué con dinero de mi propio bolsillo.

—Oh, ya veo. ¿Y qué se les dio por vestirse así?

—Nada —Irma se encogió de hombros e intercambió una mirada cómplice con Katia—. Es que hace mucho calor. Queríamos estar más cómodas.


Unos minutos después de ese encuentro visual en la cafetería, todos subimos a la camioneta para el largo viaje de regreso. El chofer, abrió la puerta trasera. Se le fueron los ojos directamente a las tetas de Irma y Katia mientras subían. El tipo no podía dejar de mirar las curvas que asomaban bajo esos tops ceñidos y en las polleras que se subían con cada movimiento; pero no dijo ni una palabra, solo tragó saliva y se concentró en encender el motor.

Tal como lo habíamos hecho durante todo el viaje de ida, Trudy y yo nos sentamos en los asientos traseros, uno al lado del otro. Irma se acomodó encima de mí, su culo presionando contra mi regazo mientras se giraba para mirarme con esos ojos llenos de picardía. Katia hizo lo mismo sobre Trudy. Sus piernas separadas rozando las de su jefa. Le ayudé a Irma con el cinturón de seguridad, pasando la correa entre sus tetas expuestas casi por completo bajo el top. Sentí cómo su cuerpo se calentaba contra el mío. Trudy hizo lo propio con Katia y le ajustó el cinturón sobre la cintura. La camioneta arrancó con un ronroneo suave y dejó atrás el hotel.

El camino era recto y monótono, con el sol del mediodía filtrándose por las ventanillas. Trudy, con su pelo corto y rubio pegado al cuello por el sudor, soltó un suspiro y comentó:

—Hace mucho calor, más de lo habitual.

Sin perder tiempo, corrió la cortina del medio, esa que separaba nuestros asientos traseros del resto de la camioneta, creando un espacio privado donde el aire acondicionado apenas llegaba. Sus manos subieron directamente al top de Katia, levantándolo con un movimiento fluido para exponer esas grandes tetas, pesadas y con pezones ya endurecidos por la anticipación. Katia se relajó contra ella, arqueando la espalda. Trudy le pellizcó los pezones, hasta que se pusieron rojos e hinchados.

Irma no esperó ni un segundo más. Con una sonrisa traviesa, se quitó el top ella misma, tirándolo al piso del vehículo. Dejó sus tetazas al descubierto, rebotando libres con el movimiento de la camioneta.

—Es cierto, este calor no se aguanta ni con el aire acondicionado —dijo, mientras sus pechos se robaban la atención de Trudy.

Sentí el calor del cuerpo de Irma sobre mi piel. Mi verga se endureció al instante bajo ella y presionó contra su culo a través de la pollera corta.

Trudy no se contentó con solo pellizcar y masajear las tetas de Katia. Sus dedos bajaron con decisión, agarrando el borde de la pollera corta de Katia y subiéndola hasta la cintura. Dejó expuesta por completo su concha peluda. Trudy soltó una risa baja y dijo:

—Oh, veo que decidiste viajar más cómoda.

Sin esperar respuesta, deslizó sus dedos por el monte de Katia, separando los labios para acariciar el clítoris endurecido. Luego hundió un dedo, moviéndolo adentro y afuera con ritmo lento pero firme.

Katia separó las piernas lo más que pudo. Gimió suavemente. Sus tetas seguían rebotando con cada movimiento de la camioneta, mientras Trudy la exploraba a gusto. Le frotó el clítoris en círculos, metió dos dedos profundos y los curvó, como si buscara algo perdido allí dentro. Los jugos de Katia le empaparon la mano.

El tiempo pasó en ese vaivén hipnótico. Los gemidos de Katia llenaban el aire y el calor subía dentro de la camioneta. La escena me puso la verga dura como una barra de hierro. Mi miembro presionaba dolorosamente contra el culo de Irma, que se movía sutilmente sobre mí para aumentar la fricción. Cuando la tuve bien erecta, palpitando y lista, fue la propia Irma quien tomó el control, sin que Trudy se enterara de nada. Trudy estaba completamente distraída: tenía la cara hundida en el cuello de Katia y la masturbaba con avidez. Irma levantó las caderas, metió la mano por debajo de su pollera y agarró mi verga dura. La guió directo hasta la entrada de su concha, que rebosaba humedad. Bajó despacio, centímetro a centímetro. Sus movimientos quedaron ocultos por la tela corta de la pollera. Descubrí que Irma tampoco llevaba ropa interior; sus labios calientes y mojados se abrieron de inmediato y me tragaron por completo, sin que se viera ni un atisbo de mi verga.

Irma soltó un jadeo ahogado, tapado por la música de la radio. Su concha apretada me envolvió por completo. Sentí cómo chorreaba, lubricándome el miembro. Se acomodó lo mejor que pudo, bajó las caderas hasta dejarla bien metida y empezó a moverse despacio con el balanceo de la camioneta. Subía y bajaba en secreto. Sus tetazas rebotaban libres frente a mi cara, pero sin llamar la atención. Miró por sobre su hombro y me sonrió. Con un susurro casi inaudible dijo:

—No te preocupes, Abel. Ya no me molesta.

Al escuchar eso, le di un último envión y le mandé la verga hasta el fondo de la concha. Irma me agarró la mano y la apretó con fuerza.

Continuamos el viaje así, con mi verga bien hundida en la concha de Irma, cogiendo en silencio. Cada bache de la ruta lo volvía más intenso. Trudy seguía devorando a Katia y los gemidos de ambas se mezclaban con el rugido del motor y la música.

La camioneta recorrió kilómetros de rutas en mal estado. Cada bache era un empujón involuntario que hundía mi verga un poco más en la concha de Irma. Ella ya no se limitaba a mecerse con el movimiento del vehículo: ahora usaba los músculos de las piernas para levantarse apenas y caer de golpe. Su concha húmeda y caliente resbalaba sobre mi tronco y me volvía loco.

Katia, que hasta ese momento había estado sentada encima de Trudy, giró la cabeza y le dijo:

—Si querés puedo hacer tu viaje mucho más interesante.

—Me encantaría ver eso —Trudy sonrió con picardía.

Entonces, sin decir más, Katia empezó a deslizarse hacia abajo con cuidado. Primero apoyó una mano en el muslo de Trudy para equilibrarse, después se deslizó por debajo del cinturón de seguridad que cruzaba su pecho y el de Trudy. El espacio era mínimo: el respaldo del asiento delantero quedaba a centímetros, y el piso de la camioneta vibraba con cada irregularidad de la ruta. Aun así, Katia logró arrodillarse entre las piernas abiertas de Trudy, con las rodillas apretadas contra el borde del asiento.

Una vez en posición, levantó las manos y agarró el borde de la pollera de Trudy. La subió despacio hasta la cintura, dejando al descubierto esa concha peluda y ya brillante de humedad. Trudy separó un poco más las piernas, lo que le dio a Katia el espacio justo para acercarse. Sin preámbulo, Katia hundió la cara entre esos muslos y empezó a chuparla con voracidad. Su lengua recorrió los labios de arriba abajo. Después se concentró en el clítoris con lamidas rápidas y cortas, hasta que por fin metió la punta de su lengua.

Trudy mantuvo los ojos cerrados y la boca entreabierta, soltando jadeos cortos y entrecortados cada vez que la lengua de Katia le rozaba justo donde más lo necesitaba. Con una mano se enredó en el pelo de Katia, empujándola más fuerte contra su concha. Con la otra liberó su propia teta izquierda, la apretó con fuerza y pellizcó el pezón hasta dejarlo rojo e hinchado. Los gemidos se le escapaban en ráfagas, pero los ahogaba mordiéndose el labio inferior o tragándoselos cuando la camioneta pasaba por un tramo más ruidoso.

Mientras tanto, Irma aprovechó esa distracción total. Se apoyó mejor en mis rodillas, levantó apenas el culo y volvió a dejarse caer con decisión. Su concha, todavía chorreando de nuestros jugos anteriores, me envolvió con un calor pegajoso. Tuve que apretar los dientes para no gemir.

Le agarré las caderas por debajo de la pollera, ayudándola a marcar el ritmo sin que se notara demasiado. Mis dedos se clavaron en su carne sudada mientras ella subía y bajaba, la concha succionándome cada vez que intentaba salir. El sudor le corría por la espalda, goteaba entre sus tetas enormes que rebotaban libres. Tuve que morderme el labio para no gemir cuando apretó los músculos internos y mi leche comenzó a llenarla toda.

Katia levantó la cabeza, tenía la boca brillante de saliva y jugos de Trudy. Miró hacia nosotros con una sonrisa torcida. No dijo nada, solo se lamió los labios y volvió a hundirse entre las piernas de Trudy, que ahora gemía más fuerte, sin importarle si alguien adelante escuchaba.

Irma giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro. Sus ojos estaban vidriosos, la respiración entrecortada.

—Voy a acabar así… —susurró, tan bajo que apenas la escuché.

No esperó respuesta. Empezó a moverse en círculos pequeños, frotando el clítoris contra mi pubis cada vez que bajaba del todo. Sentí cómo su concha se contraía alrededor de mi verga, primero en espasmos suaves, después más fuertes, más rápidos. El calor de su interior se volvió insoportable, los jugos chorreaban sin control, empapándome los muslos y el asiento. Cuando el orgasmo la atravesó, su cuerpo se tensó entero: las piernas temblaron, las tetas se alzaron con un último rebote brusco y un gemido ronco se le escapó entre los dientes apretados.

Irma se quedó quieta un momento, todavía montada, respirando hondo. Luego se inclinó hacia atrás, apoyó la espalda contra mi pecho y dejó que su peso me mantuviera dentro, todavía sensible. Ninguna de las dos dijo nada. Trudy seguía gimiendo, perdida por la boca de Katia.

La camioneta seguía su traqueteo constante por la ruta, y cada bache era como una mano invisible que empujaba mis caderas hacia arriba, hundiendo mi verga un poco más en la concha caliente y empapada de Irma.

Trudy abrió los ojos de pronto, todavía con la boca entreabierta por el placer que le estaba dando Katia. Su mirada se clavó primero en Irma. Mi jefa se quedó completamente quieta de golpe, con las piernas tensas y el culo apenas apoyado en mis muslos, como si cualquier movimiento propio pudiera delatar todo. El sudor le corría por el cuello en hilos finos que se perdían entre sus tetas enormes, y su respiración era corta, controlada, pero audible.

Sin dejar de gemir bajito por las lamidas de Katia —que seguía hundida entre sus piernas, chupando con concentración—, Trudy estiró una mano hacia Irma. Agarró una de sus tetas con fuerza y la amasó sin delicadeza. Le pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar hasta endurecerlo más.

Irma soltó un jadeo ahogado, pero no se movió. Trudy se inclinó entonces hacia ella, inclinando todo el torso lo que el cinturón le permitía, y cerró los labios alrededor del pezón que acababa de pellizcar. Lo chupó con avidez, y luego lamió en círculos lentos. Alternó esta acción con pequeños mordiscos que hacían que el cuerpo de Irma se tensara cada vez más. Trudy se entretuvo así un buen rato. Cambió de teta y dejó que la saliva le brillara en la piel sudorosa de Irma, mientras su propia concha recibía sin pausa la boca de Katia.

Yo sentía cada latido de mi verga dentro de Irma: estaba hinchada al máximo, sensible por el roce constante, pero ella no se movía ni un milímetro por cuenta propia. Solo la camioneta hacía el trabajo sucio; cada irregularidad del camino la obligaba a bajar un poco más, a abrirse más alrededor de mí, y los jugos de su concha —mezclados ya con los míos de antes— chorreaban despacio por mis huevos y se pegaban al asiento. El calor era sofocante, el olor a sexo llenaba el aire cerrado, y yo tenía que apretar los dientes para no empujar hacia arriba y romper el disimulo.

De repente, Trudy soltó el pezón con un chasquido húmedo y miró a Irma directo a los ojos.

—¿Por qué no te sacás esto? —sus dedos tiraron del borde de la pollera.

Irma se puso colorada al instante, el cuello y el pecho se le encendieron.

—Ay… es que… me da un poco de vergüenza mostrar la concha…

Trudy soltó una risa baja, ronca por el placer que seguía recibiendo.

—No seas tonta, Irma… estamos en confianza. Ya me la viste toda y habrás deducido que me gustan las conchas.

—Bueno, sí… y no tengo ningún problema con eso. Es solo que…

—No seas sonsa…

—Está bien, está bien, yo la levanto. Solo… dame un minuto, para mentalizarme.

—Como quieras.

Trudy se relajó de nuevo contra el respaldo, cerró los ojos y dejó escapar un gemido largo y satisfecho cuando Katia le metió la lengua bien profundo otra vez. Su mano seguía amasando la teta de Irma, casi con ternura.

Irma seguía inmóvil sobre mi verga. La tenía enterrada hasta el fondo. Podía sentir cómo palpitaba dentro de su concha apretada. El sudor nos unía. Los jugos seguían goteando. El viaje continuaba sin prisa: el motor rugía abajo y el calor subía cada vez más en ese rincón secreto de la camioneta.

Trudy seguía con los ojos cerrados, perdida en las lamidas de Katia. Su mano derecha todavía amasaba la teta de Irma con movimientos lentos y distraídos. Su pulgar rozaba el pezón hinchado en un gesto automático. Cada tanto se le escapaban gemidos que parecían ronroneos y no parecía notar nada más allá de su propia concha siendo devorada.

Yo me quedé quieto, con la verga todavía dura y palpitante dentro de Irma. Me pregunté cómo carajo íbamos a seguir disimulando si Trudy abría los ojos y miraba hacia abajo.

La pollera de Irma apenas cubría lo justo; un movimiento en falso y todo se iba a ver. El sudor nos pegaba la piel, los jugos seguían chorreando despacio por mis testículos, y cada bache de la ruta me hacía hundirme un poco más sin que yo tuviera que mover un dedo.

Fue Irma la que tomó la decisión. Sin decir una palabra, levantó las caderas —lo suficiente para que mi verga saliera de su concha con un sonido húmedo y pegajoso— y la agarró con la mano derecha. La apuntó directo al agujero del culo, que ya estaba lubricado por los jugos que le corrían por el culo y por la concha. La cabeza rozó la entrada estrecha, y ella empezó a bajar despacio, empujando con el peso de su cuerpo.

Entró con resistencia. Era un culo virgen, lo sentí al instante: apretado como un puño cerrado, caliente y seco a pesar de la lubricación que traía de adelante. Irma soltó un resoplido corto por la nariz, apretó los dientes y me clavó las uñas en la mano derecha que tenía agarrada. Bajó otro centímetro, y otro más, la verga abriéndose paso a la fuerza en ese agujero que nunca había sido penetrado. El anillo de su culo se estiraba alrededor de mí, resistiendo cada milímetro, y yo sentía cómo latía con cada latido de su pulso.

La camioneta seguía su marcha irregular, y cada salto de la ruta hacía el trabajo por nosotros. Un bache pequeño la hizo bajar de golpe unos centímetros más. Irma se tensó entera, los muslos temblaron y me apretó la mano con tanta fuerza que pensé que me iba a romper los dedos. Resoplaba por la nariz como si estuviera conteniendo un grito, el sudor le caía en gotas gruesas por la espalda y se perdía entre sus tetas que subían y bajaban con la respiración agitada.

De pronto la camioneta pegó un salto violento —un bache profundo—. Irma bajó de golpe, y mi verga se le clavó hasta el fondo del culo en una sola embestida brutal. El grito que se le escapó fue agudo, de dolor puro, y rebotó en el habitáculo cerrado.

—¡Perdón! —gritó el chofer desde adelante, alzando la voz por encima de la radio—. No vi ese bache.

—¿Podría tener más cuidado? —protestó Irma, la voz temblorosa pero intentando sonar firme—. Me di la cabeza contra el techo.

Sabía que eso no había ocurrido, pero era una buena excusa. El movimiento fue tan rápido que nadie podría contradecirla.

—Disculpe, señora. No volverá a ocurrir.

—Eso espero.

Trudy ni se inmutó; seguía con los ojos cerrados, gimiendo bajito mientras Katia le chupaba sin pausa, ajena a todo. Al parecer a mi hermana no le molestó el salto repentino. Irma, en cambio, se quedó quieta un segundo, respirando hondo por la boca entreabierta. Las piernas le temblaban visiblemente. Su culo se contraía alrededor de mi verga en espasmos involuntarios que me apretaban como si quisiera expulsarme y retenerme al mismo tiempo.

Después, despacio, apoyó la espalda contra mi pecho, dejando que su peso me mantuviera enterrado hasta la raíz. Empezó a moverse como una gata en celo. Hizo pequeños círculos con las caderas, se levantó apenas un par de centímetros y volvió a bajar, frotándose contra mí. El dolor todavía estaba ahí —ella resoplaba con los dientes apretados—, pero también había algo más: la respiración se le volvió más profunda, los gemidos que se le escapaban eran roncos y entrecortados, y el culo empezó a relajarse poco a poco alrededor de mi verga, abriéndose más con cada movimiento.

Yo no sabía si estaba sufriendo o empezando a disfrutar. Tal vez las dos cosas a la vez. Solo sentía cómo su interior me apretaba, caliente y estrecho, y cómo cada roce —ayudado por los saltos de la camioneta— me llevaba más cerca del borde sin que pudiera hacer nada para controlarlo. Mi mano seguía atrapada en la suya, los dedos entrelazados con fuerza, y ella no la soltaba.

Trudy abrió los ojos justo en ese momento, y su sonrisa se ensanchó al ver cómo Irma, con las manos temblorosas, levantaba por fin el borde de la pollera. La tela se arrugó en la cintura, dejando expuesta esa concha húmeda y peluda, los labios hinchados y brillantes de jugos que chorreaban despacio por el interior de los muslos. Trudy no dudó ni un segundo: estiró la mano derecha —la que no estaba enredada en el pelo de Katia— y empezó a acariciar esa concha con dedos expertos. Recorrió los labios de arriba abajo, separándolos para rozar el clítoris hinchado. Irma soltó un gemido ahogado. Su cuerpo se contrajo, tenso contra el mío. Trudy ya estaba metiendo dos dedos dentro, hundiéndolos hasta los nudillos con un movimiento lento y firme. Empezó a cogerla con la mano mientras seguía disfrutando de la boca de Katia en su propia concha.

Trudy ni miró hacia mí. Toda su atención estaba en Irma: en cómo se le contraía el abdomen con cada embestida de los dedos, en cómo los jugos le empapaban la palma y goteaban sobre mis muslos. No vio —o no quiso ver— que mi verga seguía enterrada hasta el fondo en el culo de Irma, apretada por ese anillo estrecho que palpitaba alrededor de mí con cada roce involuntario de la ruta. Irma mantenía las piernas abiertas, lo justo para no delatar nada, y Trudy parecía satisfecha con tocar solo lo que tenía a la vista, sin sospechar el secreto que se escondía un poco más abajo.

Lo que me fascinaba de Trudy era que no daba explicaciones para sus acciones. Simplemente dejaba salir sus deseos lésbicos, como si fuera lo más normal del mundo viajar en una camioneta mientras una empleada te chupa la concha.

—Hey, yo también quiero un poquito de eso —dijo Irma, señalando a Katia—. Vení, querida… chupamela a mí también. ¿No te molesta compartirla un poquito, Trudy?

—Para nada. Me encantaría ver cómo te la chupa. Me sorprendés, Irma… no creía que tuvieras estas fantasías con tus empleadas.

—Uf… hay muchas cosas de mí que no sabés —Irma soltó una risita nerviosa.

Me di cuenta de que estaba actuando. Quería mostrarse confiada y decidida, como se lo había pedido Katia en la habitación. Pero estaba con los nervios alterados.

Katia se movió con torpeza en el estrecho espacio entre los asientos, pero consiguió posicionarse frente a Irma. Cuando dio las primeras lamidas entendí la intención de Irma. Quería que Katia la ayudara a lubricar la verga que se hundía en su culo. Noté la lengua de mi hermana en la base de mi tronco, justo sobre los testículos. Su saliva se fue metiendo en el culo de Irma con cada movimiento de la camioneta.

Trudy nos observaba masturbándose copiosamente. Se metía los dedos como una adolescente mirando porno. Para ella yo era invisible, como si no existiera. Quizás hasta le molestaba mi presencia.

Zafamos por poco de que nos descubriera, pero yo no podía dejar de preguntarme cuánto más iba a aguantar Irma. Tenía toda mi verga metida en su culo virgen, y cada bache de la ruta la obligaba a bajar un poco más. El sudor nos unía, los jugos seguían chorreando, y el calor era ya insoportable. El viaje de regreso todavía tenía varias horas por delante… y la camioneta no dejaba de moverse, traqueteando sin descanso sobre esa ruta polvorienta y monótona que parecía no tener fin.

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Comentarios

Nokomi ha dicho que…
Los que me apoyan en Patreon ya pueden leer hasta el capítulo 31 de "La Concha de mi Hermana"... y ya estoy trabajando en el capítulo 32.
Xilf3e ha dicho que…
Hola buenas noches por favor puedes subir rápido los otros capítulos, me encanta esta historia

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