Capítulo 01
El descuido de Virginia.
Virginia se hundió en la vieja silla gamer con un crujido que ya formaba parte del ritual. El respaldo estaba hundido justo en el centro, gastado por cientos de horas de streaming; sabía que tendría que cambiarla pronto, pero SirenShow aún no pagaba lo suficiente para lujos. Ajustó la cámara web con dedos precisos, asegurándose de que el encuadre quedara clavado desde los hombros hacia arriba. Nunca más abajo
Se había puesto su uniforme de batalla: una blusa negra demasiado grande que le colgaba como una tienda de campaña, ocultando por completo su figura esbelta, y unos pantalones de jogging grises que nadie vería. El cabello platino, corto en un bob desordenado que rozaba sus clavículas, brillaba bajo la luz cálida de la lámpara LED. Sus ojos azules —felinos, rasgados y brillantes— miraban directo a la lente con esa mezcla peligrosa de inocencia y picardía que volvía locos a sus seguidores. Las facciones delicadas, la nariz recta, los labios naturalmente carnosos y el mentón suave… todo en ella era una belleza casi irreal. Pero Virginia nunca se percibía así. Para ella solo era “la cara de siempre”.
Se colocó los auriculares con micrófono, respiró hondo y activó el stream.
—Buenas noches, manga de inadaptados —saludó con esa voz que siempre subía un tono juguetón cuando estaba en vivo—. ¿Listos para sufrir un poco más en Baldur’s Gate? Porque yo sí. Anoche un gnoll con complejo de Napoleón me mató tres veces seguidas. Hoy vamos a vengarnos… o a morir en el intento.
El chat de SirenShow explotó casi al instante. Doscientos cuarenta y tres viewers conectados. Para ella seguía siendo un número absurdamente alto para una chica que solo hablaba de jueguitos de rol.
Los de siempre aparecieron de inmediato: GaleHusbando, ShadowheartSimp69, KarlachThighs, y un par de trolls que solo venían a preguntar si ya había “roto el juego con builds rotas”. Emotes de calaveras, corazones y espadas volaban por la pantalla mientras desactivaba la música lo-fi synthwave que ella misma había armado.
Abrió el juego. La pantalla se llenó de los paisajes exuberantes de Faerûn y la música épica del menú de carga le erizó la piel, como siempre.
—Hoy seguimos en honor mode —anunció, inclinándose apenas hacia adelante; la sudadera se arrugó en sus hombros—. Nada de cargar partida. Si la cago, la cago. Y si todos morimos… nos vemos en el próximo stream desde el averno.
Se rió, una carcajada genuina y contagiosa que siempre enamoraba al chat. Pasaron cuarenta minutos entre diálogos con NPCs, decisiones morales dudosas y combates que la hicieron soltar improperios que después tendría que cortar para después subirlo a YouTube. Estaba en su elemento: contando que una vez intentó hacer ramen y casi incendia la cocina, explicando por qué seguía fiel al monje open-hand (“pegar cachetadas es arte, gente”), y respondiendo donativos cada vez más cargados de insinuaciones.
La mayoría eran suaves: “¿Cuándo abrís tu OnlyFans?”, “Te cortaste el pelo o solo amaneciste más linda?”, “Si te pusieras algo escotado ganarías el triple”. Intentaba ignorarlos, pero algunos se le quedaban clavados como espinas. De vez en cuando alguien se pasaba de la raya: “Tenés una carita muy hermosa… me encantaría llenártela de leche” o el clásico “Mostrá las tetas, por lo menos”.
Quizá era su culpa, por transmitir en SirenShow. Era la única plataforma grande que permitía desnudos explícitos sin que te baneen al instante. Miles de streamers nunca se quitaban ni una media y nadie los presionaba tanto… ¿o sí? Ella no lo sabía. Solo sabía que amaba los juegos de rol, pero cada vez que el juego insinuaba una escena romántica o sexual, el estómago se le apretaba.
Entonces llegó ese mensaje que siempre la descolocaba.
ShadowheartSimp69 envió 500 tokens:
“Virginia, confesá: ¿con quién te acostaste primero en esta run? ¿Gale, Astarion o con mi hermosa Shadowheart? No mientas, sabemos que ya probaste esas mecánicas.”
El calor le subió por el cuello como lava. Sintió que las mejillas le ardían bajo el maquillaje ligero. Sonrió por reflejo —esa sonrisa grande y torcida que usaba para desviar todo—, pero por dentro el estómago se le hizo un nudo.
—Ay, no empiecen con eso —respondió, intentando sonar liviana y juguetona—. Acá venimos a hablar de dados y decisiones morales cuestionables, no de… eso.
Pero el chat ya estaba en llamas. No se dieron por vencidos.
GaleHusbando: “Hacela corta, Virgi: admití que Gale es la mejor opción y ya…”
KarlachThighs: “A mí me gusta cuando besás a Shadowheart en la playa, es tan tierno”
Anon420: “¡Te regalaste, amiga! ¿Virginia virgen confirmed?”
FYDChat: “No la molesten, que se pone colorada y después nos bloquea el grupo de WhatsApp”
Virginia soltó una risa que sonó un poco más forzada de lo que pretendía.
—Florencia y Daniela, las reconozco aunque usen ese nick de mierda —dijo, señalando la cámara con el dedo índice—. Si siguen tirando mierda las baneo del chat y después las baneo de mi vida. ¿Entendido?
El chat explotó en risas y spams de “LUL” y “Pog”. Ella aprovechó el momento para tomar un sorbo largo de mate. El termo estaba al lado del teclado, medio frío ya. Respiró hondo, le gustaba tener a sus dos mejores amigas haciéndole el aguante. Se había vuelto un chiste recurrente que Virginia las baneara por molestas, y ellas siempre volvían con una nueva cuenta. Flor y Dani estaban presentes en casi todos sus streams, así como en casi todos los aspectos de su vida.
La sonrisa se le borró al instante cuando el mensaje apareció en el chat, flotando como un cartel luminoso en medio de la lluvia de emojis y donativos menores.
Pendejo69 donó 200 tokens:
"Dale, Virgi, mostrá el culo como aquella vez. Fue tu mejor momento."
El chat se congeló por medio segundo —ese instante en que todos saben que algo va a explotar— y después estalló. Calaveras, risas con lágrimas, fuegos, y un par de "JAJAJA" en mayúsculas que se repetían como eco. Virginia parpadeó una vez, dos, mirando fijo la pantalla como si el texto pudiera desaparecer si lo ignoraba lo suficiente.
Pero no desapareció.
El recuerdo le pegó como un baldazo de agua fría. Hacía casi seis meses. Una noche de verano insoportable, el ventilador de pie haciendo ruido como helicóptero y el aire acondicionado roto desde hacía semanas. Virginia había decidido que, total, la cámara solo mostraba de hombros para arriba… ¿qué importaba si se sacaba los pantalones para estar más cómoda? Se había quedado en una tanguita blanca mínima, de esas que compraba en packs baratos porque nunca nadie las vería.
Todo iba bien hasta que los auriculares se le resbalaron de la cabeza en medio de un combate intenso. Cayeron al piso con un ruido sordo. Sin pensar, se inclinó hacia adelante, luego giró y se arrodilló sobre el asiento de la silla gamer y se estiró hacia abajo para recogerlos.
En ese momento, la cámara, que estaba fija en el escritorio, capturó exactamente lo que nunca debió capturar.
Su culo quedó ocupando casi toda la pantalla: blanco, redondo, perfecto, con la piel suave y ligeramente brillante por el sudor del calor. La tanguita blanca, diminuta, se le había metido entre las nalgas y apretaba justo en el centro, marcando los labios vaginales con una claridad obscena. El hilo delgado desaparecía casi por completo, dejando poco a la imaginación. Durante unos eternos tres segundos —que en streaming equivalen a una eternidad— miles de ojos se quedaron clavados en esa imagen.
Cuando se dio cuenta, Virginia se congeló. Se sentó de golpe, con los auriculares a medio poner, la cara ardiendo. Murmuró un "ups, perdón" tembloroso y siguió como si nada, pero el chat ya era un infierno de mensajes subidos de tono, donativos con corazones y un pico de viewers que nunca volvió a repetirse en una sola noche.
Esa noche, apagó el stream antes de tiempo. Pasó una semana entera sin conectarse. No podía ni mirar la cámara sin sentir náuseas. Sabía que el clip ya circulaba: capturas de pantalla, GIFs recortados, hasta fragmentos subidos a foros y sitios porno con títulos como "SirenStream fail épico – rubia gamer se manda la parte". Virginia borró al instante la transmisión oficial, pero internet no olvida.
Tuvo que volver porque el alquiler no se pagaba solo y SirenStream era su principal ingreso. Volvió con pantalones puestos, siempre. Camisetas largas, jogging holgado, todo lo que pudiera garantizar que de la cintura para abajo quedara fuera de cuadro. Nunca más sin pantalones. Nunca más descuidos.
Y aun así… siempre había alguno que lo traía de vuelta.
Virginia tragó saliva, forzó una sonrisa torcida —la de siempre, la que desviaba todo— y se inclinó un poco hacia el micrófono.
—Che, pendejo, ¿vos no tenés nada mejor que hacer un viernes a la noche? —dijo, intentando que sonara liviana, juguetona, como si le diera gracia.
El chat respondió con una mezcla: algunos defendieron ("dejen de joderla, forros"), otros avivaron el fuego ("mostralo de nuevo, total ya lo vimos"), y unos cuantos spamearon emotes de culo y ojos corazones. Virginia sintió el calor subirle otra vez por el cuello, pero esta vez no era solo vergüenza. Había algo más: una mezcla rara de bronca, humillación y… curiosidad morbosa. ¿Cuántos de ellos todavía tenían esas capturas guardadas? ¿Cuántos las miraban cuando ella no estaba en vivo?
Sacudió la cabeza para sacarse el pensamiento de encima, ajustó los auriculares y volvió al juego.
—Listo, se acabó el recreo —anunció, voz un poco más firme—. Si quieren ver culo, vayan a otro canal. Acá jugamos Baldur’s Gate, tomamos malas decisiones y nos matan de formas creativas. ¿Seguimos o qué?
El chat se calmó un poco, aunque los mensajes subidos de tono seguían apareciendo de a gotas. Virginia respiró hondo, clicó para avanzar en la quest y trató de concentrarse en los diálogos de los NPCs.
Pero por dentro, la imagen de esa noche seguía dando vueltas: su propio culo en pantalla, la tanga blanca marcando todo
—Mejor hablemos de lo importante: ¿por qué carajo los mind flayers tienen que ser tan… tentaculares? En serio, ¿era necesario? Yo solo quería un juego de rol clásico, no un fanfic de Lovecraft con presupuesto. Aunque bueno, está la gente que piensa que si un bicho tiene tentáculos, automáticamente es una referencia a Lovecraft…
La conversación derivó hacia teorías conspirativas sobre el lore, builds de rogue y si valía la pena sacrificar a un compañero por el bien mayor. Virginia respiró aliviada. El nudo en el estómago se aflojó un poco, aunque no del todo. Siempre le pasaba lo mismo: bastaba con que alguien mencionara sexo o cualquier cosa que implicara desnudez, para que su cuerpo reaccionara como si hubiera pisado una trampa. El pulso se le aceleraba, las mejillas le ardían, y tenía que concentrarse en respirar para no tartamudear.
No era que odiara el sexo. O al menos, no creía odiarlo. Simplemente… no sabía cómo hablar de eso sin sentirse expuesta. Cada vez que tocaban un tema sexual, se sentía expuesta. Como si sus espectadores se metieran a espiarla a su cuarto en esos momentos en los que, muy de vez en cuando, se masturbaba pensando en escenas que nunca se animaría a confesar. Ni a sus amigas. Ni a sí misma, la mayoría del tiempo.
Virginia soltó una risa corta, forzada, y volvió la vista al juego. El gnoll seguía rugiendo en pantalla, pero su cabeza ya no estaba ahí. El mensaje de Pendejo69 había abierto una grieta, y por esa grieta se coló el recuerdo de la tarde de hacía apenas tres días, en el departamento de Florencia.
Estaban las tres tiradas en el sillón grande, con una botella de vino barato y restos de pizza. Florencia, como siempre, era la que llevaba la voz cantante. Vestía un short de jean roto y una remera cortada que dejaba ver el ombligo; hablaba con las manos y con todo el cuerpo, como si contar la historia le diera más placer que haberla vivido.
—Chicas, no se imaginan —empezó, con ojos brillantes—. Salí con ese vestido negro que me compré en la feria, el que me marca el culo y casi no taparaa nada. Terminé en un hotel con un tipo de más de cuarenta. Casado, seguro. Pero boluda… me cogió como si no hubiera cogido en años. Fue tremendo.
Virginia sintió que se le encogía el estómago. Ya sabía cómo terminaban estas charlas.
Florencia siguió, sin filtro:
—Me empujó contra la pared apenas cerramos la puerta. Me levantó una pierna, me corrió la tanga a un costado y me la metió de un solo empujón. Decía cosas sucias al oído, tipo “mirá cómo te moja la concha, putita”. Me tenía agarrada del pelo, me daba fuerte. Me tenía totalmente dominada. Yo solo podía gemir y pedirle más.
Virginia estaba tan pálida y tiesa como una estatua de mármol. Se hundió más en el sillón, con las mejillas ardiendo. Miraba fijamente su copa de vino como si fuera lo más interesante del mundo.
—Flor, por favor… ahorrate los detalles —murmuró, voz baja, casi suplicante—. No necesito saber cómo te la metieron.
Daniela, sentada al lado, se mordió el labio inferior. Tenía las mejillas coloradas, pero los ojos le brillaban de curiosidad tímida.
—A mí me da vergüenza hablar de estas cosas —admitió Dani, retorciendo un mechón de pelo—. De verdad, me muero de vergüenza. Pero… no sé, es interesante. Quiero saber más. ¿Te dolió? ¿Te gustó de verdad o solo te dejaste llevar?
Florencia soltó una carcajada ronca y le dio un empujoncito cariñoso a Virginia.
—Ay, Virgi, a veces pienso que sos una monja frustrada.
—Seguí contando, Flor —la alentó Daniela—. Te la metió de parada, apenas entraron… ¿y qué más?
—Después me tiró en la cama, me abrió las piernas y me la clavó otra vez. Hasta el fondo. Siguió dándome duro hasta que me temblaron las rodillas. Acabó adentro. Me dejó la concha llena de leche. Era como si el tipo hubiera estado ahorrando semen por meses, para dejarme la concha toda rebalsada —Dani soltó una risita aguda y se tapó la cara con las manos—. Salí del hotel caminando raro y todavía sentía que me chorreaba.
—Flor —la cortó Virginia, casi desesperada—, en serio. Cambiemos de tema.
Hubo un segundo de silencio. Después Florencia se inclinó y le pasó un brazo por los hombros, apretándola fuerte.
—Te quiero igual, boluda. Aunque seas una mojigata —le dijo con cariño genuino—. Pero sabés que si algún día querés contarnos algo, aunque sea chiquito, acá estamos. Sin juzgarte.
Daniela asintió, apoyando la cabeza en el otro hombro de Virginia.
—Exacto. Te queremos tal cual sos. Aunque te pongas colorada cada vez que hablamos de sexo.
Virginia sonrió, pero por dentro sentía que quería desaparecer. Se quería hundir en el sillón hasta que la tragara. Ellas eran lo único sólido que tenía: Florencia con su desparpajo salvaje, Daniela con su dulzura tímida, y ella… la que siempre se cerraba como una ostra. Las quería con el alma. Si no las tuviera, no sabría ni cómo seguir adelante con los streams, con la soledad, con todo. Pero justo por eso le dolía más no poder abrirse. No poder decirles que cada vez que hablaban de vergas, conchas y leche, ella sentía un nudo en la garganta y ganas de huir al otro lado del mundo.
El recuerdo se cortó de golpe cuando un nuevo donativo hizo sonar la alerta en el stream.
Virginia parpadeó, volvió al presente. El chat seguía moviéndose, pero ella ya no estaba del todo ahí. El calor de la vergüenza de aquella charla con sus amigas se le había quedado pegado en la piel, mezclado con la humillación del incidente del culo que acababa de revivir.
Miró el contador de viewers: 252. Un pico absurdo para un miércoles cualquiera. Sonrió a la cámara, esta vez más suave, casi tímida.
—Gracias por bancar mis pavadas, gente. En serio. Los quiero un montón. Ahora, si me disculpan, voy a hacer la quest épica de calentar agua para el mate —tomó un último sorbo y agregó con una risita—: Esto está más frío que las tetas de Lae’zel.
Se arrepintió al instante. El chiste le había salido sin pensar, como un reflejo, pero apenas lo dijo sintió el calor subirle por la nuca. El chat explotó: risas, emojis de fuego, comentarios de doble sentido que ni se molestó en leer. “Virgi salvaje”, “Lae’zel approve”. Ella fingió no ver nada, se levantó rápido, murmuró un “vuelvo en cinco” y activó el loop de “mejores momentos del canal” con un clic nervioso. Dejó el stream rodando en automático y salió del encuadre, con la incomodidad todavía latiéndole en la piel, como si la hubieran sorprendido sin pantalones.
Virginia volvió a la habitación con el termo en una mano y el mate en la otra. Había tardado un poco más de lo planeado porque se le hirvió el agua y tuvo que calentarla otra vez. De paso, mientras esperaba, se miró un segundo en el espejo del pasillo, se acomodó el flequillo platino que siempre se le metía en los ojos y pensó que mañana tenía que cortarlo un poco más corto. Nada fuera de lo común. Diez minutos, máximo doce. El loop de mejores momentos solía durar unos quince, así que calculaba que estaría terminando justo cuando ella regresara.
Entró al encuadre con una sonrisa automática, lista para decir algo como “¿Me extrañaron, vagos?” o “Listos para que me mate otro goblin”. Pero la sonrisa se le congeló a medio camino, como si un rayo invisible la hubiera atravesado.
El termo se le escapó de la mano. Golpeó el piso con un ruido sordo, metálico, y el agua hirviendo se derramó en un charco que empezó a extenderse hacia sus zapatillas. El mate lo siguió segundos después, rebotó una vez y rodó hasta chocar contra la pata de la mesa, dejando un enchastre de yerba húmeda esparcida por el suelo. Virginia ni siquiera parpadeó. Se quedó parada ahí, con los brazos colgando inertes a los costados, los dedos flojos y temblorosos, como si todo su cuerpo se hubiera convertido en gelatina. Sus ojos grises, usualmente chispeantes de picardía, se clavaron en la pantalla como si alguien le hubiera inyectado plomo en las venas, paralizándola desde el cuello hacia abajo. Un calor traicionero empezó a subirle por el pecho, un rubor ardiente que le quemaba las mejillas y se extendía hasta las orejas, haciendo que su piel pálida se tiñera de un rojo intenso, casi doloroso.
La cámara del stream seguía grabando implacable, capturando cada segundo de su estupor. El contador de espectadores marcaba 437 ahora, y subía con una velocidad alarmante: 438, 439... Cada número era como un pinchazo en su estómago, un recordatorio de que cientos de ojos —amigos, extraños, seguidores que la veían como la chica divertida de los streams de Baldur's Gate— estaban presenciando esto. Su mente gritaba que se moviera, que apagara todo, que corriera, pero sus músculos se negaban a obedecer. Era como si el shock la hubiera atado al suelo, dejando solo su pulso acelerado y un nudo apretado en la garganta como prueba de que aún estaba viva.
En el monitor, a todo volumen porque ella nunca bajaba el audio del juego, se escuchaba un sonido húmedo, rítmico, obsceno que llenaba la habitación como una sinfonía prohibida. Slurp. Slurp. Gluck. Gluck. Sonidos de succión profunda, de labios estirados al límite alrededor de algo grueso e invasor, acompañados de gemidos ahogados que salían de una garganta que reconocía perfectamente porque era la suya. No era un juego. No había Faerûn, ni dados rodando, ni diálogos ingeniosos con Astarion. Solo ella, expuesta en su versión más cruda y vulnerable.
Virginia estaba acostada boca abajo sobre lo que parecía una cama deshecha, las sábanas arrugadas y manchadas de sudor bajo su cuerpo. El encuadre era cerrado, casi íntimo, como si la cámara hubiera sido colocada para capturar cada detalle sucio: un primer plano de su cara, el cabello platino sacudiéndose con cada movimiento brusco, mechones pegados a su frente húmeda por el esfuerzo. Sus ojos azules entrecerrados bajo unas pestañas delineadas en negro grueso, felinas y exageradas, como si en ese momento hubiera querido verse salvaje, peligrosa. Todo lo contrario a la Virginia de ropa holgada, cara lavada y chistes tontos que sus seguidores conocían. La boca abierta de par en par, los labios hinchados y enrojecidos por la fricción constante, brillantes de una saliva espesa que goteaba sin control. Y entrando y saliendo a toda velocidad, una verga gruesa, venosa, palpitante, que se hundía hasta la base en su boca, estirando sus carrillos y forzando su garganta a contraerse en espasmos visibles.
Cada embestida era brutal, el glande hinchado rozando el fondo de su garganta con un gluck gutural que hacía vibrar el aire. La verga salía reluciente, cubierta de una capa espesa de saliva que se estiraba en hilos largos y pegajosos, cayendo sobre su barbilla y salpicando su cuello. Se veía el semen ya: espeso, blanco y cremoso, escapando por la comisura derecha de su boca. Se mezclaba con la saliva en un rastro viscoso que se deslizaba lento hacia su mejilla, dejando un camino brillante que captaba la luz de la habitación. Otro chorro más reciente le había caído en la comisura izquierda, un hilo caliente y pegajoso que goteaba hacia abajo, hacia el cuello expuesto, acumulándose en el hueco de su clavícula antes de seguir su camino traicionero entre sus pechos. En el video, ella —la Virginia del pasado, perdida en el calor del momento— no paraba. Seguía chupando con una avidez desesperada, succionando con fuerza. Las mejillas hundidas hacia adentro mientras su lengua se enredaba alrededor del miembro venoso. Sus ojos vidriosos, llenos de lágrimas por el esfuerzo, miraban directo a la cámara como si supiera que alguien la estaba viendo, desafiando al invisible espectador con una mirada cargada de lujuria cruda.
Gemía alrededor de la verga, un sonido gutural, entrecortado, que vibraba contra la carne dura y hacía que el tipo debajo de ella gruñera en respuesta. Él no dejaba de moverse, sus caderas embistiendo hacia arriba con rudeza, enterrándole la verga hasta el fondo de la garganta una y otra vez. Los ojos grises de la rubia se distorsionaban con cada embestida, las pupilas dilatadas a punto de saltar fuera de sus cuencas, mientras lágrimas frescas rodaban por sus mejillas, mezclándose con la saliva y el semen en un desorden húmedo y erótico. Su cuerpo en el video temblaba, los hombros tensos, las manos —apenas visibles en el encuadre— aferradas a los muslos del tipo, uñas clavadas en la piel mientras ella tragaba con dificultad. El ritmo se aceleraba, los sonidos se volvían más frenéticos: slap, slurp, gluck, la verga hinchándose aún más, lista para explotar de nuevo.
De vuelta en la realidad, Virginia sintió un vértigo nauseabundo. Su corazón comenzó a latir tan fuerte que lo oía en los oídos. El rubor en su cara se extendía ahora a su cuello y pecho, haciendo que la remera se sintiera repentinamente demasiado ajustada. Un cosquilleo traicionero se despertaba entre sus piernas, un calor húmedo no deseado que la hacía apretar los muslos instintivamente, pero su cuerpo seguía paralizado, traidoramente inmóvil. ¿Cómo podía su yo del video verse tan... entregada? Tan sucia, tan expuesta, chupando esa verga con una hambre que ahora le avergonzaba hasta las lágrimas. Quería gritar, taparse los ojos, pero no podía. Solo podía mirar, hipnotizada, mientras el contador subía a 450 y los comentarios empezaban a inundar el chat: emojis de fuego, preguntas obscenas, risas. Su mente gritaba “¡Apagalo ya mismo!” Pero el shock la mantenía clavada, atrapada en el torbellino de vergüenza y una excitación prohibida que la hacía temblar por dentro.
Quiso moverse, quiso apagar todo, pero el cuerpo no le respondía. Solo podía mirar. Mirar cómo su propia cara, maquillada de una forma que casi nunca usaba, se llenaba de saliva y semen. Mirar cómo esa versión de ella parecía disfrutar, parecía querer más, parecía estar en éxtasis.
El chat estaba enloquecido.
GaleHusbando: ¿QUÉ CARAJO ES ESTO VIRGI?
KarlachThighs: holy shit es ella es ella de verdad
Anon420: JAJAJAJA VIRGINIA PUTA CONFIRMED
ShadowheartSimp69: no puede ser… ¿es real?
FYDChat: VIRGINIA APAGÁ ESO POR DIOS
FYDChat: VIRGI RESPONDÉ AL GRUPO
NewViewer123: qué rico te ves chupando pija
FYDChat: ¡VIRGI!
Los mensajes pasaban tan rápido que se solapaban, un río blanco y verde y rojo que subía sin parar. Algunos con donativos. Algunos con corazones. Algunos con risas. Algunos con insultos. Algunos pidiendo más.
Virginia levantó una mano temblorosa hacia el mouse, pero los dedos no le obedecían del todo. Tocó el borde del escritorio y se quedó ahí, congelada. El video seguía. La verga seguía entrando y saliendo. La saliva seguía cayendo. Su cara del video soltó un gemido largo, casi un ronroneo, y por un segundo sus ojos grises se abrieron del todo, mirando directo a la lente, como si la estuviera invitando a mirar.
Algo se rompió dentro de ella.
Con un movimiento brusco, casi violento, golpeó la tecla de apagado rápido del OBS. La pantalla se puso negra. El contador de viewers se congeló en 462. El silencio cayó como un mazazo: solo se oía su respiración entrecortada, el goteo del agua derramada en el piso y el zumbido leve del ventilador de la PC.
Se dejó caer de rodillas. El charco caliente le mojó las piernas, pero ni lo sintió. Apoyó la frente contra el borde del escritorio y cerró los ojos con fuerza.
El termo seguía tirado a un lado, humeando todavía. El mate rodaba despacio hacia la puerta.
Y en su cabeza, una sola frase dando vueltas como un loop peor que el del stream:
“Me vieron. Me vieron toda.”
No lloró. Todavía no. Solo se quedó ahí, temblando, con el eco de sus propios gemidos todavía resonando en los oídos.
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