Relatos Eróticos Nokomi

"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


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domingo, 18 de enero de 2015

La Bella Durmiente (Parodia Erótica).

Nota: Esta es una parodia erótica del clásico cuento “La Bella Durmiente”. Tal vez ya hayan leído adaptaciones eróticas de este cuento (no lo sé, no me puse a buscar si las había); pero considero que cada escritor/a tiene su propia forma de narrar, sus propia forma de ver y comprender cada historia y sus propias ideas. Esta es una versión “Nokomi” del cuento. Para escribirlo me inspiré en dos versiones del mismo:
“Sol, Luna y Talía”, de Giambattista Basile. Ésta es la primera versión conocida del cuento, la cual es bastante macabra y oscura; dista mucho de ser un “cuento de hadas”.
“La Bella Durmiente del Bosque”, de los hermanos Grimm. Ésta versión se parece un poco más a la conocida popularmente.
Advertencia: Este relato contiene Amor Filial.



La Bella Durmiente.




Nos han contado historias sobre algún lugar lejano, habitado por seres que maravillarían a los más grandes sabios, en el que existía un lujoso castillo capaz de embelesar a quien lo viera. Se nos ha contado que en ese castillo habitaba un Rey benévolo y piadoso, al que sus plebeyos admiraban y servían con efusión; pero no todo lo nos han contado ha logrado convencernos. Tal vez aquellos que posean una grácil imaginación puedan creer en hadas y duendes que nos brindan su ayuda desde los rincones que escapan de nuestra vista; sin embargo puede que les cueste más creer en un Rey justo, honesto y solidario, que sea capaz de hincar una rodilla en el suelo y colocarse a la altura de sus siervos.

Este Rey en particular distaba mucho de lo que las leyendas nos contaban, o pretendían hacernos creer. Su mayor anhelo era noble, tan sólo quería tener un hijo que continuara con su legado; pero ofuscado por los fracasos merodeaba por sus dominios descargando su ira a quien se cruzara a su paso. Espaldas se arquearon bajo el agudo latigazo de una fusta; mozos y cocineros tuvieron que arrodillarse e ingerir los platos preparados directamente desde el suelo; siervas se lamentaron de sus errores y los pagaron con pellizcos en los pezones y tirones en el cabello. Tan solo una persona en todo el reino escapa be los abusos de este Rey poco benévolo, su amada Reina, la mujer que había elegido para que durmiera en su lecho.

“Si un hijo es lo que quieres, amado Rey mío, tendrás que montarme como un hombre y dejar tu fruto sagrado dentro de mi vientre”, le decía su amada esposa. El Rey podía blandir una fusta, podía dar patadas en las costillas de sus mozos y podía dejar morados los pezones de sus sirvientas; pero levantar lo que le colgaba entre las piernas escapaba a sus posibilidades. La Reina lo había intentado por todos los medios: utilizó sus manos con destreza; le brindó el la húmeda calidez de su propia boca; recurrió a las siervas más jóvenes y bellas, las desnudo ante su Rey y lo invitó a compartir su lecho con ellas. Él amaba ver a su Reina desnuda entre otras mujeres, y que cada una de ellas le diera placer usando su lengua. Ella gozaba de sus propias ocurrencias a pesar de que éstas no dieran frutos; pero las desilusiones se fueron acumulando y su amado perdía las esperanzas.

La tragedia que al Rey acontecía llegó hasta los oídos de un alma bondadosa. Una anciana que conocía los secretos de las plantas y hierbas y con ellas elaboraba fuertes pócimas. Le ofreció un, algunos frascos a su Reina, le aseguró que si su adorado bebía de alguna de esas pequeñas botellas, su virilidad renacería. La Reina se deshizo en agradecimientos y rogó porque le ponga un precio a aquellos milagros brebajes; pero la anciana aseguró que ver a su Rey feliz era el mejor pago que podía recibir, explicando con esto, de forma sutil, que sólo pretendía que finalizaran los abusos de ese malnacido.

Esa misma noche, la Reina esperó a su amado sin ropa alguna que cubra su esbelto cuerpo, ésta la miró como quien mira a una cabra que está parada en lo alto de una roca solitaria; apetitosa pero inalcanzable. Su esposa se le acercó con galantería y le ofreció una de las pequeñas botellas de rojizo brebaje que había obtenido de la anciana. “Bebe esto, amor mío, y serás un verdadero macho cabrío”. Asombrado y esperanzado, el Rey bebió hasta la última gota. El efecto no se hizo esperar, un olvidado palpitar se apoderó de su entrepierna, se despojó de su vestimenta como quien se despoja de las cadenas que lo hacían prisionero. Por primera vez en mucho tiempo vio su masculinidad erguida y una libidinosa sensación se apoderó de todo su cuerpo.

Poseyó a su Reina en cuanto la arrojó en la cama. Ella lo esperaba húmeda, con la vagina ya dilatada. “Llena mi vientre, corazón mío, llenalo y seremos tan felices como aquellos que se jactan de comer perdices”. El Rey pudo recordar lo que era el verdadero poder, el poder de poseer a una dama y hacerla gritar de placer. Los alaridos de gozo de la Reina resonaron en todo el castillo, esa noche los mozos también festejaron y muchas sirvientas fueron felizmente poseías. El rígido garrote del Rey se movió libremente en esa funda femenina, la enterró hasta donde sus testículos se lo permitían y descargó dentro hasta la última gota de ese blanquecino y espeso líquido que tanto tiempo llevaba acumulándose sin encontrar una salida. La bella Reina gozó de la calidez que estos jugos le proporcionaron, tuvo la certeza de que esta vez lo conseguirían, tendrían ese hijo que tanto tiempo habían deseado.

A pesar de su inmensa satisfacción, la lujuriosa sed del Rey no había cesado. Penetró una vez más a su Reina y ella con lo recibió con la misma algarabía de la vez anterior. Las acometidas de ese macho cabrío fueron tan decididas y firmes como lo habían sido en los mejores años de su juventud. Las piernas de la Reina se sacudían en el aire como si estuvieran saludando a la providencia que le prometía que día siguiente todo el reino conocería a un verdadero Rey benévolo.  

Todo parecía perfecto, pero la Reina descubrió que cada brebaje, por bueno que sea, viene con algún efecto secundario. La lujuria de su Rey parecía no tener fin, una y otra vez la tomó como mujer y cuando su vagina ya le dolía, éste la hizo voltear boca abajo. En cuanto ella conoció las verdaderas intenciones del hombre, que hincaba con su miembro aquel hueco indebido le dijo: “Amor mío, por allí no se hacen los hijos”, a lo que él contestó: “Por aquí se hacen las rameras, y tú serás la mía”.

El Rey no desistió ante las negaciones de ese pequeño agujerito, lo forzó y lubricó hasta que su amada conoció lo que se sentía al ser penetrada como una sucia ramera. Nada pudo hacer ante la fuerza de su hombre, cedió su trasero e intentó olvidarse del dolor. Tantas acometidas fueron abriendo la senda del placer y llegó a tal punto que ella misma pudo disfrutar a la par de su Rey. No importaba lo que él dijera ni por dónde se la metiera, ella seguía siendo una Reina y como tal merecía disfrutar de estos placeres prohibidos... es más, de haberlo sabido, los hubiera exigido.

Las velas que alumbraban su noche de amor se fueron derritiendo, en cuanto el Rey se dio por satisfecho, retiró lanza del ano de su mujer y admiró su obra: “Por allí cabría toda la botella del brebaje que me has dado de beber”, le dijo, y antes de caer en el mundo de los sueños, le demostró a su adorada que estaba en lo cierto.

La algarabía se apoderó de todo el reino cuando se anunció que la Reina estaba en cinta, esto trajo regocijo a todos por igual ya que entre susurros se anunciaba que los crueles abusos del Rey terminarían. Veinte semanas pasaron desde la gesta y el Rey decidió organizar una ostentosa fiesta. Invitó a las duquesas más hermosas y a los duques más poderosos y acaudalados de su reino y alrededores. Al castillo también concurrieron trece gitanas, escogidas las más jóvenes y bellas, que serían las encargadas de predecir el futuro de la hija no nata del Rey y la Reina.

El banquete dio inicio, hubo cordero, cerdo y la Reina pidió explícitamente que quería cenar perdiz. Vino del mejor llenó copas a raudales. Canciones y versos de juglares alegraron la mesa. Cada quien ofreció valiosos regalos, hubo joyas, mantas bordadas con hilo de oro y un gran espejo traído de tierras lejanas que llamó la atención de quienes querían ver por primera vez sus rostros; pero el duque que trajo este preciado regalo afirmó que en ese espejo solamente se vería ilustrado el rostro de la hija de los reyes, estuvieron de acuerdo con esto y nadie miró allí su propio reflejo.

Todos sonreían y brindaban por el vientre de la Reina y el Rey, quien había bebido hasta el hartazgo, quiso mostrarle a su selecto grupo de invitados la obra que tanto lo enorgullecía. Hizo poner de pie a su amada, acarició su redonda panza y le pidió a los presentes que prestaran atención, acto seguido desnudó por completo a la Reina, mostrándola en toda su desnudez, su barriga redondeaba descansaba sobre un colchón de vellos dorados. Al principio ella sintió pena, pero luego el orgullo la consumió, todos aclamaban su belleza y la felicitaban, el Rey invitó a cada uno de los duques a acariciar el vientre su esposa, ellos habían bebido tanto como el propio Rey y más de uno se tomó el atrevimiento de sentir bajo sus dedos el jugoso gajo que la Reina tenía entre las piernas. Que acaudalados duques la tocaran sólo le provocaba algarabía, todos eran poderosos y tenían ejércitos a sus pies; pero ninguno estaba por encima de ella.

Sin que nadie se percatara de ello, el Rey bebió de una pequeña botella que guardaba entre su ropa. Bastó solo con ver como acariciaban a su adorada para que el monstruo viril que dormía en su entrepierna despertara. Se despojó de su capa y el resto de su ropaje y vociferó “En honor al hijo que mi esposa espera haré correr sangre y pondré fin a la inocencia”. Acto seguido tomó del brazo a una joven y hermosa sierva, que lo miró con sus ojos color canela presa del miedo, pero no se opuso a los designios de su emperador. Éste le arrancó toda la blanca ropa, mostrando un cuerpo redondeado, tierno y entrado en carnes que sólo poseen aquellas mujeres que han visto apenas dieciocho primaveras. Introdujo sus dedos por la femenina cavidad de la joven para cerciorarse que nadie la había invadido, en cuanto estuvo seguro de esto, la desvirgó sobre la mesa.

Todos aplaudieron y rieron, hasta la Reina se sintió honrada ya que no había sido olvidada, aún había dedos que se atrevían a penetrarla. Su Rey embistió a la bella joven con tanto ímpetu que la hizo gritar, pero aquellos que conocían de los placeres carnales supieron que no eran gritos de dolor, sino de puro placer. Los voluptuosos pechos de la muchacha se sacudieron al ritmo de su cuerpo. Recibió a su Rey con orgullo, ya que esa era la misma verga que se metía por el cuerpo de la Reina.

Mientras se deleitaba con la tierna carne de la sierva el Rey se dirigió a un mozo joven y vigoroso “Tú, muchacho, métesela a la Reina, y hazlo bien si no quieres que te corte la cabeza”. El sirviente sólo mostró desconcierto, no supo qué hacer, pero no quería ver su cabeza rodar ante el filo de un hacha, por lo que dejó de lado su vergüenza y se desnudó ante todas las miradas atentas. La Reina quiso negarse, pero no quería ir en contra de su Rey, desacreditarlo frente a sus vasallos más poderosos sería lo mismo que la traición. Con mucha educación y cortesía el mozo le pidió que se sentara en un cómodo y tupido sillón, luego tomó sus piernas y le clavó su gruesa estaca ante los vítores de los duques y duquesas. La humillación se hizo presente en los pensamientos de la Reina, ya no era un hombre poderoso quien invadía su cuerpo, sino el prescindible hijo de un porquero; pero poco a poco fue notando que cada una de las embestidas del muchacho equivalía a cuatro de su esposo. Era como follar con un toro. Entonces comprendió la Reina que su problema no era que él se la metiera, sino tener que estar debajo. Le ordenó al muchacho que se retirara, le dijo que ella era quien debía montarlo. Intercambiaron lugares y la Reina volvió a meterse ese duro falo entre las piernas.

Los duques y duquesas no querían quedarse afuera de la fiesta. Uno a uno fueron quedando tan desnudos como el Rey y la Reyna y dieron rienda suelta a su lujuria. “¡Que nadie toque a las gitanas!” ordenó el Rey con su estruendosa voz, “Yo mismo les daré, a cada una de ellas, toda mi virilidad, para que traigan a mí, a mi familia ya mi reino, predicciones favorables”. Palabras de aliento llegaron a los oídos del supremo cuando dejó de lado a la ya saciada jovencita de pechos dulces y tiernos para poseer a la primera de esas hermosas gitanas. Para ellas era todo un placer ser montadas por un Rey, no por cuestiones de orgullo u honor, sino que creían que alguna de ellas podría correr la suerte de quedar preñada y luego pedir retribución al Rey por estar criando en secreto uno de sus bastardos. Al ser penetrada, la primera, llevó al cielo agudos gritos de placer, exagerando la habilidad del Rey, quien honrado le dio con todas su fuerzas.

Para la Reina también hubo deleite en exceso. Un ebrio duque le ofreció su duro tronco y ella, con regodeo, lo introdujo en su boca y le demostró a ese hombre de lo que era capaz una buena soberana. Si su Rey pretendía poseer a cada una de las gitanas, entonces ella se saciaría con cada uno de los duques. Exigió que uno la penetrara por su trasero, algo que parecía impropio de una reina; pero que ella gozó incluso aún más que con la verga de su marido. Tuvo llenos sus tres orificios con aquel instrumento masculino que tanto le agradaba y a medida que los duques eyaculaban, iba pidiendo a las duquesas que la limpiaran. Ellas usaban sus lenguas sobre su ama, sorbían cada gota de esperma con pasión. El jolgorio era tal que nadie se percató que el Rey había agotado todas sus fuerzas hasta que una de las gitanas se quejó.

Las miradas fueron acaparadas por la gitana que maldecía. Le pedía al Rey que despertara nuevamente su hombría, ya que ella esperaba, desnuda y con las piernas abiertas, a ser poseída. El soberano afirmó que ya no tenía energía para continuar, había saciado a doce de las gitanas más hermosas que deambulaban por su reino, y había vaciado sus testículos en la vagina de la doceava. “¡No seré la única que se quede sin ser montada!”, bramó la muchacha; pero nadie hacía caso a sus quejas, las burlas hicieron mella en su orgullo. “Si quieres llevarte algo de la blanca leche del Rey, puedes beber de la que sale entre mis piernas”, dijo la doceava gitana tomando de la cabeza a su compañera y obligándola a pegar la boca contra su almeja.

La ofendida gitana se repuso con la cara salpicada por el espeso semen del Rey y fue allí cuando tramó su venganza. Buscó sus pertenencias en el suelo, extrajo de los infinitos bolsillos de su vestido lo más extraños utensilios e ingredientes, los distribuyó sobre la mesa y tomó parte del esperma del soberano y lo mezcló con los objetos extraídos. Algunos contarían luego que oyeron voces tenebrosas, otros afirmarían que todo se puso negro, hasta habría quienes jurarían que pudieron rostros endemoniados flotando en el aire, las versiones variaría; pero todos estarían de acuerdo al repetir la sentencia dictada por la gitana. “Al cumplir dieciocho años, tu hija, porque hembra será, se pinchará un dedo con el huso de un hilar y caerá muerta en el acto”. A continuación la colérica mujer recogió su ropa y se marchó en busca de algún hombre que fuera capaz de quitarle el calor que invadía su cuerpo.

El temor del Rey y la Reina llevó a suplicar a las gitanas restantes para que intervinieran, no podían permitir que el fruto de su amor muriera a tan temprana edad. La doceava gitana, conmovida, se apresuró a realizar un contra conjuro. También utilizó el semen del Rey, que aún manaba entre sus piernas. Consultó runas y huesos, arrojó polvos y conversó con almas sabias del otro mundo, consultó con demonios y alimañas; pidió consejo a espectros y ánimas en pena, todos aguardaron expectantes hasta que la joven habló: “Nada he podido hacer para anular el hechizo, su alteza; pero conseguí modificarlo levemente, su hija no morirá al pincharse con el huso de una hiladora, sino que caerá en un profundo sueño que durará cien años”.

El Rey tampoco podía aceptar este destino para su amada hija, por lo que ordenó que se destruyera hasta la última hiladora de su reino. Hubo quejas ya que el designio que aguardaba a la princesa se guardó como el más sagrado secreto de la corte; pero nadie puede esconder una hiladora sin que esta sea descubierta en poco tiempo, y muchos temieron ver rodar sus propias cabezas y las destruyeron a voluntad.

Dieciocho años había cumplido ya la hermosa Talía y las hiladoras fueron olvidadas por el pueblo. La joven muchacha era feliz admirando su belleza en el ostentoso espejo que le habían regalado antes de su nacimiento. Se maravillaba de su propia sonrisa y se enamoraba de sus ojos almendrados. Estaba segura que no existía ni moza ni duquesa que la igualara en belleza. Los hombres la admiraban y los más poderosos y acaudalados se deshacían en súplicas para tomar su mano en matrimonio; pero ella disfrutaba jugando con ellos y no permitía que nadie la hiciera su esposa, según las palabras de su propia madre, tendría tiempo para eso. La princesa era solidaria, pero cruel. Permitía a sus enamorados acariciarla, no oponía objeción si alguno quería besar su cuello y acercar su hombría a las curvas de su cuerpo; pero si alguno pretendía poseerla o besarla en la boca, los juegos terminaban de inmediato. Uno de sus mayores placeres, para matar el aburrimiento, consistía en unirse a los baños de tina caliente que se daba su amado padre. Él era el único hombre en toda la corte que tenía permitido admirar su desnudez. No hubo baño de tina compartido en el que el Rey no se fuera con su masculinidad erguida y allí la joven aprendió que tan solo algunas caricias en ese gusano que dormía, bastaban para despertarlo. Otro de los permisos que concedía a su adorado padre era dejarlo explorar su tierno cuerpecito con los dedos. El soberano jugaba a hacerle cosquillas, a pellizcarle quedamente los pezones, a besarle con deleite las redondas y blancas nalgas, a hurgar con su lengua en la virginal cavidad de su hija. 

La Reina no desconocía estos perversos juegos en la tina; pero los ignoraba ya que aprovechaba el tiempo libre que éstos le daban para exigirle a alguno de sus viriles mozos de escuadra que la montaran, tanto por delante como por detrás. Esta es la vida de los cuentos de hadas con la que ella había soñado, podía vivir feliz y su reino, en apariencia, también lo estaba; sin embargo todo cuento de hada tiene su fin, y éste en particular no termina con un “Fornicaron felices para siempre”.

Una fatídica tarde en la que la princesa Talía vagaba por el inmenso castillo, halló una puerta que hasta entonces había pasado desapercibida. Se preguntó que habría dentro, al asomarse vio penumbras y una pálida luz de vela alumbraba a una dulce viejecita. La princesa la saludó con cortesía y le preguntó qué estaba haciendo sola en aquel húmedo y abandonado cuarto, “Estoy hilando, querida mía”, le respondió la dulce viejecita. “¿Qué es eso que llamas hilar?”, preguntó Talía dejándose llevar por la curiosidad. “Acércate, dulce princesa, permíteme mostraste las maravillas que se pueden hacer con una hiladora”. La muchacha se acercó, ignorando que aquella que se hacía pasar por una dulce anciana no era otra que la gitana que había puesto una cruel sentencia en su destino. En cuanto la princesa tocó la hiladora, una aguja le pinchó el índice y se desvaneció al instante, sin tener tiempo siquiera de comprender lo que le había ocurrido.

Talía cayó en el más profundo de los sueños, llevándose a todos los que habitaban en el castillo con ella. Una sierva que barría cayó con todo el peso de su cuerpo, inerte sobre la escoba. Las aves que volaban por los límites de la fortaleza se precipitaron hacia el suelo. Perros, puercos, corderos y ganado, nadie era inmune a tan poderoso encantamiento. La Reina, quien gozaba una vez más, al ser montada por su amado soberano, también cayó rendida y su esposo con ella. El castillo se sumió en silencio y todo quedó inerte; pero la única que dormía era la princesa Talía.

Mientras los incontables cadáveres se pudrían, una inmensa muralla de rosas y espinas comenzó a crecer alrededor del castillo. En un principio nadie quiso acercarse a él, por temor a la maldición que había exterminado a todos los que lo habitaba, pero cincuenta años después ni el más intrépido de los caballeros podía abrirse paso entre tan espesa maraña de espinas. “Es el castillo más hermoso del mundo, pero también el más peligroso”, afirmaban quienes contaban su leyenda.

Jóvenes arrogantes, seducidos por hipotéticas riquezas, intentaron invadirlo. Los primeros pasos eran sencillos ya que las rosas eran engañosas. Aguardaban pacientemente hasta que sus víctimas se adentraban tanto que les resultaba imposible regresar. El cerco de espinas parecía volver a cerrarse detrás, pero la verdad era que cada uno de los que entraba se sumía en una desesperación tan profunda que perdía el sentido de la orientación, llegaban a los sitios donde la vegetación era tan espesa que los dejaba naufragando en la oscuridad. Terminaban enloqueciendo por la inmensa cantidad de espinas que rasgaban sus cuerpos, la sangre les brotaba sin darles descanso. Ninguno de los que ingresaba volvía a encontrar la salida y eran llorados por aquellos que los habían alentado.

Un agradable día de primavera, Sir Tomas, un acaudalado señor, viajaba solo a caballo, explorando las tierras que circundaban al castillo con la esperanza de encontrar quien se las vendiera. Creyó que sus ojos lo engañaban cuando vio tan inmensa construcción rodeada de rosas y espinas. Todo era verde y rojo y olía como debería oler la vagina de las hadas. Un grito de agonía arrancó de sus ensoñaciones al Sir, agudizó sus oídos y dirigió a su caballo hacia el sitio de dónde provenía el ruido. Cuando le fue imposible continuar a caballo, se apeó de él y marchó a pie, esquivando ramas, rosas, hojas y espinas. El agónico murmullo se fue acercando a él; pero cuando encontró el hombre que se quejaba, supo que había llegado demasiado tarde, éste estaba atrapado por el tupido rosal y blandía una lujosa espada que de nada le servía ya que tenía el brazo inmovilizado. Sir Tomas se apoderó de la espada y evaluó la situación con calma, si ese joven falleció víctima de las rosas, a él podría pasarle lo mismo; pero él contaba con una ventaja, no era un adolescente obstinado y soberbio, él conocía de peligros verdaderos y sabía perfectamente que el exceso de confianza era la guillotina de los intrépidos.

Sin prisa y con calma, avanzó hacia lo incierto, empleando la espada para abrirse camino. Él sabía que tan solo contaba con tres posibilidades: encontrar la salida, llegar al castillo o morir, al igual que aquel desafortunado joven. Las probabilidades estaban en su contra, pero su perseverancia lo llevó hasta donde ningún hombre había llegado. No se trataba de la puerta principal del castillo y agradeció que así fuera, ya que esa debería estar fuertemente fortificada, lo que halló fue una pequeña rendija, un hueco en la pared de piedra abierto por la fuerza de la vegetación. Se coló dentro y pudo comprobar que estaba a salvo, al menos por el momento.

Deambuló por el abandonado castillo y no pudo hallar otra cosa que no sea polvo y huesos. Todo allí parecía haberse perdido en el olvido, era un cementerio en el que nadie había recibido la sagrada sepultura. Por extraño que pareciera, ni siquiera los más pequeños roedores vagaban por allí. Mientras más se adentraba más se convencía de que él era la única criatura viviente en ese sitio. Mantuvo esta idea hasta que la casualidad lo llevó hasta un dormitorio en lo alto de una de las torres. La luz del sol de la tarde se colaba por la ventana, alumbrando directamente a lo que él creyó como otro cuerpo sin vida; pero este cuerpo distaba mucho de los derruidos huesos que había pisado. La joven de inmensa belleza parecía suspendida en el tiempo, su cuerpo conservaba la frescura de su piel intacta. Sir Tomas pensó que tal vez ella, de alguna forma, había quedado atrapada allí dentro poco tiempo antes que él. Carraspeó y aclaró su voz antes de saludarla gentilmente, pero la jovencita no se movió. Se le acercó con cautela, no porque le temiera, sino por no querer espantarla. Le tocó suavemente un brazo, constató que aún estaba tibio. Ella no despertó. La sacudió levemente, pero no hubo respuesta. Intentó por muchas maneras despertarla, pero terminó convenciéndose de que la radiante joven no despertaría. Luego recordó las espinas de rosas y pensó que tal vez ella había caído presa de algún veneno que le afectaba de forma diferente.

Un día entero pasó allí dentro, consumiendo las reservas de alimento que cargaba consigo mientras admiraba la belleza de la muchacha. Un desquiciado deseo lo fue invadiendo a medida que el tiempo pasaba. Los últimos días compartiendo el lecho de una mujer habían quedado muy atrás y aquella inmóvil jovencita le mostraba sus pantorrillas. “Sólo echaré un vistazo”, se dijo para darse valor. Pero tan solo un vistazo le bastó para perder la compostura. Un tupido manto de finos vellos dorado lo cautivó. Entre las piernas de aquella hermosa joven lo aguardaba la más hermosa puerta al placer que había visto en toda su vida. Su miembro se despertó, indicándole que estaba preparado para hacer lo que cualquier hombre debería hacer en esa situación; pero antes de liberarse a la lujuria, decidió explorar un poco más aquella encantadora cavidad. Olfateó perfume a rosas entre los suaves vellos y se dijo que ese era la tierna almejita de un hada... o un ser incluso aún más maravilloso. La acarició con sus dedos y descubrió que no todo en el cuerpo de aquella preciosura de mujer dormía. Un incoloro jugo comenzó a fluir por los pliegues de esa carnosa grieta. Sir Tomas supo entonces que, desde sus sueños, ella le pedía que la poseyera. Se arrojó con toda su virilidad sobre ella y, olvidando los protocolos dignos de un Sir, la penetró. Con la segunda embestida comprobó que aquella delicada muchachita era virgen. Sir Tomas no cabía en su asombro ni creía en su inmensa fortuna, la providencia lo había designado para ser el primero en conquistar el sexo de la mujer más hermosa que existía.

Con pasión y desenfreno hizo suya a la jovencita. Arremetió enérgicamente contra su apretado coño y fue abriéndolo hasta que su erecto mástil cupo completo y pudo moverse de adentro hacia afuera con gran facilidad. Ella continuó inerte, sólo podía oír el suave murmullo de su respiración y se extasiaba cuando creía escuchar algún exquisito gemido. No le bastó con poseerla una vez, ni dos ni tres. Pasó otro día completo en entre las piernas de esa mujer, descansaba en intervalos breves ya que su fin no era eyacular, sino extender su gozo tanto como le fuera posible. Succionó los pezones de la joven, lamió cada rincón de su cuerpo, introdujo su lengua en esa boca de labios color de rosa y embistió frenéticamente su hueco antes virginal.

Sir Tomas se detuvo a razonar, pensó y pensó sin parar hasta que llegó a una conclusión. Él podría vivir en ese castillo, haciéndole compañía a la dama que soñaba por él, tan sólo necesitaba encontrar una forma sencilla de entrar y salir, para no morir de hambre, preso de su propia fortaleza. Entonces trabajó. Trabajó como nunca lo había hecho en su vida. Tomó tablas de donde pudo hallaras, mesas, barriles, establos y porquerías. Con ellas formó un túnel entre las rosas, un camino protegido, que le permitiría abandonar el castillo cada vez que quisiera. Al extremo exterior lo ocultó entre el follaje, dejó señales de rocas imperceptibles para no perder la entrada y regresó a sus tierras, en busca de oro y joyas que pudiera intercambiar por alimentos.

Así fue que este Sir encontró la dicha. Vivió feliz en su castillo, junto a su amada Talía. Averiguó el nombre de la muchacha en unos de los libros de la biblioteca del castillo en el cual estaba anotada la ascendencia y descendencia del Rey y de la Reina. Talía sería el nombre que daría sentido a su vida. Pasaba horas y horas en la cama con su adorada. La penetraba, la ultrajaba y la violaba tanto como quería. Bebía a diario de los jugos que manaban de esa sensible vagina. La lleno cientos de veces con el semen que brotaba de su miembro y pronto descubrió que Talía bebía por instinto todo lo que en su boca caía.

El libidinoso Sir Tomas descubrió que por más que la sacudiera, ella no se despertaría. Podía levantarla de su lecho, y ella dormiría en su hombro o su pecho, ya no se molestaba en vestirla, sólo procuraba mantenerla limpia. Violó a la jovencita en todas las posiciones que su perversa imaginación le trajo. Un día, mientras la montaba como montan los perros, admiró ese apretado agujerito que nunca había probado. “Tú también serás mío”, le prometió a ese culito respingado, acto seguido. Lo lamió hasta dejar en él una gruesa capa de saliva y arremetió con su lanza. El placer fue tan intenso, ese orificio estaba tan apretado y resultaba tan agradable, que Sir Tomas no pudo resistir tan siquiera tres parpadeos. Lo llenó con su leche de hombre y retrocedió asustado. El espeso líquido blanco brotó fuera lentamente y Sir Tomas creyó que de volver a intentar algo semejante, moriría. Esa noche durmió y recobró sus fuerzas, al día siguiente despertó con su masculinidad erecta y toda su valentía intacta. Había llegado la hora de su revancha. Colocó a Talía boca abajo y sujetándola por los pelos le dijo “Te montaré, amor mío, aunque la vida se me vaya”. Abrió los cantos de su amada e imagino que, desde un sueño, ella se lo pedía. Clavó su estaca hasta la mitad y aguardó, su corazón aún latía y su verga de deleitaba. Estalló en risas y gozó a pleno del culo de su amada.

Pasaron años y Sir Tomas no se agotaba, en ese castillo tenía todo lo que necesitaba. Libros por montones, alimento que con su oro conseguía, y a su bella y adorada Talía. No pasaba día sin saciarse utilizando alguno de los orificios de la muchacha. Él envejecía pero ella joven se mantenía. Los años no parecían afectarle y por esto agradeció al cielo. Su regocijo sería eterno... o hasta que la muerte lo reclamara.

El vientre de Talía comenzó a hincharse, y Sir Tomas se espantó, pasaban días, semanas y meses, el estómago se expandía. “La he dejado preñada”, se repetía el hombre, como si la constancia de sus palabras podría hacer desaparecer al niño que crecía. Esto llevó a Sir Tomas al descuido y una tarde en la que regresaba de comprar sus preciados alimentos, no se percató de que alguien lo seguía. Un bandido, al que nadie conocía. Éste vio como el Sir entraba a su castillo y espero a que la noche lo ocultara para invadirlo. Siguió el túnel de madera en cual las peligrosas rosas no crecían.

El bandido encontró al mismo hombre con un niño en los brazos. Se miraron con temor y se batieron a duelo de espada. El viejo y desdichado Sir Tomas nada podía hacer ante la velocidad con la que su atacante se movía. Cayó muerto en cuanto una fría hoja le atravesó el corazón. El ladrón lleno de espanto creyó que en poco tiempo alguien lo encontraría. Revisó sigilosamente el castillo pero sólo encontró aquellos mismos huesos que un día habían sido pisoteados por Sir Tomas. En lo alto de la torre encontró a una bella muchacha que dormía, con cuchillo en mano la sacudió para que despertara, pero ella no respondió. Supuso que la joven había muerto en el parto y que el viejo dolido se había negado a deshacerse de su cadáver. Se sintió como una alimaña, un insecto rastrero, por haber dejado huérfano a ese niño. En un acto de piedad, luego de cargar un saco con oro y joyas, se llevó al niño consigo.

Nunca más este bandido volvería a pisar tan tenebroso castillo. Los años transcurrieron y crio niño como un hijo propio, sin nunca contarle quien él había sido el que asesinó a su verdadero padre. Invirtió el oro y las joyas y pudo abrir su propia posada, ésta lo hizo rico en pocos años y ya no tuvo necesidad de trabajar en toda su vida. Se casó con una bella dama y contrató a varias empleadas.

Tal vez sea porque el destino tiene sentido del humor, o porque los demoños estaban aburridos. Cuando el muchacho ya crecido, y con sus dieciocho años cumplidos, salió en una expedición de caza. El halcón que servía al joven se escapó y su dueño lo siguió. El ave de rapiña surcó los cielos hasta posarse en lo alto de una torre, debajo de esta torre se erigía un inmenso castillo rodeado por un espeso e impenetrable cerco de rosas y espinas. El muchacho se sabía valiente e intrépido, pero de haberse adentrado por cualquier sitio hubiera muerto como sus predecesores. Una nueva metida de mano de los demonios en su destino, lo llevó hasta el mismo túnel de madera que antaño había construido el padre que él desconocía.

Dentro del castillo actuó al igual que Sir Tomas en sus primeros días. Se asustó al encontrar a nadie con vida, pero un brillo de alegría se apoderó de sus ojos en cuanto encontró a la bella que dormía, sin ropa y con sus piernas separadas, esperando a su próximo amante, con el que durante años había soñado. Una vez agotados todos los intentos por despertarla, el joven llegó a la conclusión que cualquier hombre llegaría. Sacó su arma masculina y la hundió entre las piernas sin sospechar siquiera que se trataba de su propia madre, la cual había quedado suspendida en el tiempo y se mantenía tan joven y hermosa como lo había sido casi cien años atrás. El muchacho mostraba la misma lujuria que su padre, no el bandido, sino Sir Tomas, quien antes había hecho suya a esa divina muchacha que tenía un coño que olía como el de las hadas.

Mientras la embestía y se maravillaba con la calidez del hueco que lo recibía, el joven se enamoró de las manos de la bella durmiente. Las tomó entre las suyas y sin dejar de penetrarla, fue lamiendo cada dedo. En cuanto llegó al índice de la mano derecha absorbió con tanta fuerza que de él sacó la aguja que había sido la culpable del eterno sueño de Talía. No había contra conjuro que al joven protegiera. Nada impidió que cayera muerto en el acto, apenas pocos instantes después de haber soltado por primera y última vez el semen de sus testículos.

Talía despertó y miraba alrededor, anonadada. No sabía quién era ese hombre que le había penetrado, en cuanto levantó su cara recordó aquel espejo que le habían regalado. Vio en ese rostro el suyo, sus rosados labios, sus ojos de avellana, su nariz respingada. “Hijo mío, ¿qué haces aquí?”, le preguntó. Todo era tal y como ella lo recordaba, su castillo, su hijo al que tanto amaba, pero no había rastros del Rey con el que había contraído matrimonio, ni de sus plebeyos. Todo estaba cubierto de polvo, como si hubieran pasado años sin que nada se limpiara. Intentó despertar a su hijo, pero este no respondía. Aterrada corrió fuera de ese cuarto y bajó por la larga escalera de la torre. Vio huesos, libros viejos y rosas que cubrían los exteriores. En nada se parecía al castillo que ella recordaba. Buscó su espejo y no comprendió por qué se veía joven. Ella recordaba que algunas arrugas ya se habían hecho presentes en su rostro. Recordaba vivamente a su amado Sir Tomas, pero no había rastros de él por ningún sitio. ¿Dónde estaba su amor, quien a su lado reinaba? Presa del miedo corrió dando gritos, pero nadie respondía a su llamada. Se detuvo súbitamente y estalló en carcajadas. “Esto no es más que un sueño”, se dijo sin dejar de reírse.

Subió a lo alto de la torre, admiró a su hermoso hijo. Se tocó el sexo en el que semen abundaba. Lo lamió y se enamoró de su sabor, sonrió con ternura. Se acercó al muchacho y lo besó en los labios. “En cuanto despierte, hijo mío, te acompañaré en tu lecho”. Giró hacia la ventana la abrió, se puso de pie en el marco y miro hacia sus tierras. “Yo soy la reina de todo esto, y mío todo volverá a ser cuando despierte de esta horrible pesadilla”. Se arrojó al vació y volvió a sumergirse en un profundo sueño, pero la bella Talía no volvería a soñar Jamás.

 Fin



jueves, 15 de enero de 2015

El ilícito encanto de la trinidad.


La noche desvariaba con ingenuas insinuaciones
Los lamentos y penares
Que me trajeron a estos bares
Se desvanecían entre mentiras, picardías y canciones.

Tus ojos se posaban en los míos
Su mirada me atravesaba
De a poco nos uníamos en un mismo camino
Nuestras almas se deseaban.

Alejándonos del bar nos perdíamos en la oscuridad
La propuesta estaba allí, esperando
Seduciendo, embrujando
Escondida bajo el velo de la complicidad.

El “se podía” se debatía con el “se debía”

Se podía perder la lealtad
Se debía evocar la integridad
Se torcían los conceptos
Se cubría la inseguridad
Se podía aprovechar la ocasión
Se debía tener discreción.

En un ansiado instante lleno de audacia
Nuestra ropa transmutaba en piel
Nos tendimos en la cama sin halagos, sin tregua, sin elegancia
Por mis piernas se escurría la miel.

Te sentía y me olvidaba de lo que era sentirse abandonada
La percibía y me derretía, me abocaba a las caricias
A los roces, los abrazos
A la perfidia
Al desahogo, a la risa, al jolgorio
A la osadía
Al ilícito encanto de la trinidad enardecida.

El asiduo traqueo de la cama
Amenazaba con dejarnos en el suelo
Tu aliento, sus jadeos, mis gemidos se perdían en la nada.
¿Quién podría resistir tanta pasión y desenfrenada?

Bebía el dulce néctar de la flor que se dilataba
Entre acometidas y lamidas
Tu cuerpo y el mío se fusionaban
Su libido, seducida por mis labios, se agitaba.

La rítmica danza de sus caderas me dejaba sorprendida
Yo que nunca había probado las delicias de mi propia fisiología
Me consumían las caricias
Tus brazos, mis senos y su saliva
Era tu lanza entre mis piernas, era su cavidad florecida
Eran las sales de sus jugos, mi capullo, tu arremetida
Era la fechoría
Lo que plasmaba el ilícito encanto de la trinidad enardecida.

Sodomizada me aferraba a su espalda
Me afirmaba, me sostenía
Mientras renacía en el fondo de mi garganta
Un indómito grito de agonía.

Tú caías en el éxtasis
Mi lengua lo aguardaba
Mis manos te exprimían
Su lengua me ultrajaba.

Mi boca de crema se consumía en sus labios
Nuestros dedos de perdían en húmedas hendiduras
Sorbíamos el pálido licor deleitándonos con su textura
Anhelaba que este momento durara años
Me acompañaba, se meneaba, me sometía; era su presa
Se movía al compás del mareo que me dejaba la cerveza.

Cuando todo amenazaba con ser nada y la noche agonizaba
Con mi lengua te despertaba, con mis brazos la envolvía
Me perdía en las caricias
En los besos, los arañazos, en la alegría
En la insolencia, en las lamidas, en la devoción
En la sodomía
En el ilícito encanto de la trinidad enardecida.






jueves, 8 de enero de 2015

Mi prima me comparte con sus amigas.

Mi prima me comparte con sus amigas.



Estaba pasando un fin de semana largo en la casa de mi prima Rocío, ella vivía en otra provincia y pasar los días en su departamento era para mí como tener pequeñas vacaciones. Por aquel entonces yo contaba con veintitrés años y mi prima con veinticinco. Nosotras siempre fuimos muy unidas, y nos contábamos todo; no había secretos en nuestras vidas para la otra; tan sólo basta decir que mi primera experiencia lésbica fue con una chica que ella misma me presentó. Ella es totalmente lesbiana, y yo me considero una mujer sexualmente activa y sumamente curiosa. Había disfrutado grandes momentos en mi vida sexual, tiempo atrás le había contado a ella de mis experiencias en tríos; sin embargo no logré captar mucho su atención ya que en todos los casos había al menos un hombre incluido.

Mi novia y un grupo de desconocidos.


Hace ya cuatro años que estoy de novio con Paola, ella es una chica fantástica, es una mujer que siempre supo hacerme feliz, ambos tenemos 28 años y pasamos grandes momentos juntos. Mi nombre es Andrés y tengo un buen trabajo vendiendo seguros para vehículos. Al principio fue difícil pero ahora gano suficiente como para poder convivir con mi novia. Ella trabaja en una agencia que vende autos, nos conocimos gracias a que nuestros empleos están relacionados y pudimos cruzarnos más de una vez hasta que la invité a salir. No podía creer lo rápido que había marchado todo con ella y lo bien que nos llevábamos.

Coordinamos nuestras vacaciones de verano para que fueran en la misma fecha. Se acercaba nuestro aniversario y decimos pasarlo en un lindo lugar, con una buena playa en la que divertirnos y un lugar tranquilo para poder tener sexo sin interrupciones. Hicimos los arreglos y alquilamos una cabaña. Esperábamos que el esfuerzo valga la pena ya que no era nada barato y tuvimos que combinar el dinero de ambos.  

Los primeros días la pasamos genial, la cabaña era grande y muy linda. Estaba muy bien amoblada, de hecho era mejor que nuestra propia casa. La playa estaba cerca y casi siempre había gente reunida en grandes grupos. Mi novia tiene un buen cuerpo, si bien es bajita, tiene una cola grande y redonda que luce de maravilla cuando usa ropa ajustada o está desnuda. Su cabello es negro y bien lacio, nunca lo peina porque no tiene necesidad de hacerlo, siempre le queda bien. Tiene unas buenas curvas que le dibujan una hermosa silueta y su bonito color oscuro en la piel la hace muy hermosa. Sus pechos no son muy grandes pero tienen el tamaño justo como para provocar con un buen escote, a pesar de todos estos atributos, al andar en bikini en la playa no resaltaba tanto ya que había muchas chicas tan hermosas como ella. Además a Paola le daba cierto pudor usar bikini delante de tanta gente.

Una tarde salimos a caminar por la playa, ella tenía puesto su bikini, pero lo cubría la parte inferior con un pareo. No le molestaba que sus pechos se vieran un poco pero sabía que reacciones provocaba su cola en los hombres así que prefería no enseñarla tanto. En un momento nos sentamos en un banco sobre la arena y mirábamos el atardecer tranquilamente, aunque había mucha gente alrededor, cada uno parecía estar en su propio mundo. En un momento se nos acerca un grupo de seis chicos jóvenes, todos tenían entre 18 y 21, aproximadamente. Se sentaron en la arena, cerca de nosotros y comenzaron a sacar botellas de una de varias conservadoras que llevaban consigo. Al principio nos molestó un poco que estuvieran tan cerca, pero luego nos dimos cuenta que no había más sitio en el resto de la playa. Mientras mi novia me besaba escuchaba la risa de los chicos y me recordaba a mis salidas con amigos. Uno de los muchachos nos ofreció una jarra improvisada con media botella plástica, contenía fernet con coca, estuve a punto de rechazarla pero Paola estiró la mano y la agarró, yo me reía porque a ella le gustaba mucho el fernet y no podía decir que no.

Eso dio paso a un lindo momento en el que nos reíamos con los muchachitos y obteníamos bebidas gratis, parecían tener una gran reserva de alcohol. Noté que le hacían varios chistes a mi novia, ella era la única mujer y era lógico que intentaran charlar con ella o caerle bien. Me di cuenta que a ella le estaba afectando un poco el alcohol, yo la conocía muy bien cuando se ponía así. Comenzaba a ser más divertida, se reía por todo.

No nos habíamos dado cuenta pero el cielo quedó cubierto de nubes en poco tiempo y las primeras gotas aparecieron ahuyentando a los primeros grupos de personas. Nosotros la estábamos pasando tan bien que unas míseras gotas no nos moverían. Veíamos como la mayoría de los presentes se retiraban a medida de que la lluvia incrementaba y llegó un momento en que llovía tan fuerte que no podríamos quedarnos. Me puse de pie y tomé la mano de mi novia. Nos despedimos de los muchachos con un gesto de la mano que ellos malinterpretaron. Después de caminar un rato bajo la lluvia volteé y vi a los chicos siguiéndonos con sus conservadoras cargadas al hombro, aún parecían alegres. Cuando llegamos a la cabaña miramos a los chicos desde la puerta, parecían seis cachorros mojados.  Paola se apiadó de ellos y me pidió que los dejáramos entrar, al menos hasta que pasara la lluvia. Parecían ser buenos chicos, por eso accedí.

Mientras mi novia fue hasta el dormitorio a cambiarse la ropa yo le pedía a los chicos que tuvieran cuidado con los muebles ya que era una cabaña alquilada. En un momento uno me preguntó dónde estaba el baño, era un chico flaquito y alto con cara de tonto, pero a la vez divertido. No esperó a que yo le respondiera, abrió la primer puerta que encontró a pesar de que le dije que no. Dentro estaba Paola, envuelta en una toalla blanca, cuando vio al chico se esforzó por cubrirse más y le gritó “¡Está ocupado!”

- ¡Hey amiga, vení que estamos preparando más fernet! – le gritó el chico desde la puerta como si no le importara que ella estuviera sin ropa.

Paola tomó una especie de remera sin mangas que llegaba hasta la mitad de los muslos, tenía un color naranja fuerte, era ideal para pasear por la playa con el bikini debajo. Logró ponérselo por arriba de la toalla y luego la quitó sin que se le viera nada, pero sabíamos que no tenía nada debajo de eso, sus pezones se marcaban bastante y el chico la tomó de la mano y la sacó de la piza sin darle tiempo a que siga vistiéndose. Yo me reía de ella, sabía que ya estaba un poco borracha y sabía cómo podía llegar a actuar en ese estado. Me quité la remera porque estaba empapada y la colgué en un pequeño tendedero dentro de la cabaña. Los chicos me imitaron, se fueron quitando su ropa mojada, uno de ellos se quitó también la bermuda quedando en calzoncillos, su bulto quedó colgando de la tela y resaltaba bastante al lado de sus piernas flacas. Paola lo vio y se tapó la boca simulando sorpresa pero se reía por la ocurrencia del chico mientras seguía tomando alcohol. Otro chico imitó a este quedando vistiendo solamente un bóxer rojo. Paola parecía divertida, se acercó a mí y me bajó el short, quedé en calzoncillo tipo slip, color negro. Mi bulto era más visible que el de los otros chicos y mi novia les hizo una seña como diciéndoles “Esto es lo que a mí me gusta”. Solamente dos de los chicos conservaron sus shorts de baño puestos. El resto quedamos en ropa interior.

Mi novia se sentó a mi lado mientras ponían música y seguían preparando bebidas. No sólo había fernet sino también varios aperitivos o licores frutales que eran bastante fuerte, Paola tomaba un poco de todo y yo, que tomaba la mitad de lo que ella estaba tomando, ya sentía los efectos del alcohol. En un momento ella se me acercó y comenzó a besarme apasionadamente, aproveché la ocasión para acariciarle las piernas subiendo lentamente, ella no me decía nada, eso era signo de que estaba más desinhibida de lo normal. No llegué a tocar nada porque justo uno de los muchachos nos trajo unos vasos con licor de menta y hielo, estaba muy bueno y brindamos con él.

Mientras afuera llovía a cántaros como si fuera el fin del mundo, nosotros habíamos improvisado una fiesta dentro de la cabaña. Paola ya estaba bailando en el centro de la amplia sala y los chicos bailaban a su alrededor, algunos se animaban a tomarla de la cintura y rápidamente me miraban para ver si me molestaba, a mí no me importaba en lo más mínimo, hasta le hacía señas indicándoles que sigan adelante sin miedo. Cuando ella giraba su ropa se levantaba un poco y más de uno intentaba mirar debajo ya que sabían que no tenía nada. La verdad es que no se le veía nada, al menos desde donde yo estaba. Me acerqué para bailar con ella arrimándola desde atrás. Mi bulto quedó contra su cola y ella la meneó al ritmo de la música. Puse mis manos sobre sus muslos y la acaricié, aprovechando para levantar un poco su ropa. Mandé la mano adentro y le toqué la conchita rápidamente, ella dio un pequeño saltito y comenzó a reírse sin dejar de bailar.

En cuando fui a buscarme algo más para no pude evitar notar cómo los chicos se acercaban más y más a ella con la intención de bailar y tocar disimuladamente. Uno le puso la mano en la cola y la dejó allí por un rato sin que ella se quejara. Otro, que estaba en calzoncillo, se pegó mucho a ella por delante mientras bailaba. Lo extraño fue la actitud de Paola, ella flexionó un poco las rodillas y las mantuvo separadas mientras el chico llevaba su pelvis hacia adelante. Era obvio que su paquete había quedado apoyado contra la conchita de mi novia, pero a mi esas cosas no me molestan. Todo lo contrario. Conocía a mi novia y ella me conocía a mí. Sabía qué podía hacer sin que yo me enojara. En ese momento otro chico la arrimó por detrás y se aferró a sus tetas con ambas manos. Paola siguió bailando como si nada, frotándose contra los dos muchachitos que tenían las hormonas alteradas. Cuando se apartaron de ella pude ver que ambos tenían una erección. Eso quería decir que mi novia había sentido esas vergas pegadas a su conchita y a su cola, sin nada de por medio más que la tela de los calzoncillos. El imaginar eso hizo que se me parara a mí también.

El baile se mantuvo por un buen rato, los chicos aprovechaban para tocar a Paola en cuanto podían, algunos eran más osados e intentaban meter la mano por debajo de la ropa, estoy seguro de que en más de una ocasión habrán tenido éxito tocando un poco los labios vaginales de mi novia. A ella parecía no importarle, podía ver lujuria en su rostro. Ella misma generaba el roce o se arrimaba con las piernas separadas al bulto erecto de alguno de los chicos y bailaba montándose sobre él. Mientras bailaba de esta forma con uno de los pibes, Paola tomó su remera por los lados y movió sus manos de arriba hacia abajo en forma circular haciendo que por breves segundos se viera su conchita. Me acerqué para mirar mejor y vi el pene duro del muchacho que seguía apretando contra su vagina, ésta se veía hinchada por la presión que venía de abajo. El chico debía estar como loco, si no tuviera el calzoncillo puesto seguramente podría penetrarla. De hecho la punta de su verga se perdía entre los voluptuosos labios vaginales.

Se acercó otro pibe que también quería bailar con ella y apartó a su amigo, Paola separó más las piernas y permitió que el pibe se colocara entre ellas. Ella lo tomó de la cintura y comenzó a moverse de arriba hacia abajo mientras él levantaba un poco la ropa de mi novia así podía ver cómo su miembro erecto quedaba metido entre los mojados labios vaginales. Paola tomó el elástico del calzoncillo y lo tiró hacia ella y así pudo ver la verga del chico, a él le gustó eso ya que comenzó a moverse más rápido. Cuando ella notó que el chico se estaba emocionando demasiado se apartó, pero no lo hizo bruscamente.

Bailó de forma sensual delante del chico tenía puesto el bóxer, también se podía ver su gran erección, de a poco ella fue arrimándose más y más a él. De pronto dio media vuelta y frotó su cola contra el bulto del chico, éste comenzó a presionar y ella se agachó un poco, pude ver que el miembro se pegaba a su concha. Se quedó bailando con él unos segundos y cuando se apartó noté que al chico le había quedado húmedo el bóxer justo donde estaba la punta de su verga, eso lo había sido provocado por los fluidos de mi novia.

Cuando Paola notó mi erección se acercó a besarme. A pesar de que estaba caliente y entretenida con su nuevo grupito de animadores, no se olvidaba de mí. Mientras nuestras lenguas luchaban entre sí en nuestras bocas, aproveché para tocarle el clítoris, lo tenía duro y húmedo. Cuando dejó de besarme me agarró la verga por arriba del calzoncillo y la apretó con fuerza, le hizo un comentario a los muchachos que no escuché bien por la música y el ruido de la lluvia, pero se refería a que yo la tenía bien grande y a ella le gustaba eso. Para darles una descripción más gráfica de sus gustos sacó la verga del calzoncillo. Yo la tenía venosa y con el glande rosado, no tenía muchos pelitos ya que ella me pedía que la mantenga afeitada. Los pibes se rieron y aplaudieron, no sé si aplaudían por mi tamaño o por verla a ella agarrando una verga. Con un rápido movimiento me aferré a ella desde atrás, como antes habían hecho los muchachos. La gran diferencia fue que yo le enterré la verga en la concha. No se vio nada ya que nuestros cuerpos estaban muy juntos, pero los demás pudieron adivinar lo que ocurrió cuando Paola puso los ojos en blanco y soltó un gemido de placer, que se perdió en el ruido de ambiente, pero la expresión en su cara lo decía todo. Su concha estaba bien dilatada y suave, la tenía muy mojada, me daban ganas de cogerla toda la noche, pero se la saqué. Ya habría tiempo para eso. Me quité la ropa interior quedando completamente desnudo y me senté en uno de los sillones a observar. Paola intentó decir algo pero con el bullicio de la música no se escuchaba nada, por eso bajaron considerablemente el volumen.

- Esto está caliente – dijo por fin Paola sosteniendo un vaso de fernet en la mano – quiero hielo.

Se acercó a la mesa de la sala donde los chicos habían puesto la mayoría de las botellas y vasos. En la cabaña había una de esas maravillosas heladeras que largaban hielo cada vez que uno lo quería, los chicos sacaron varios cubitos y los pusieron en un recipiente, uno de ellos se acercó a mi novia con el hielo en la mano, pero no lo colocó en el vaso, en su lugar optó por tocarle la cola usando el frío cubo de hielo. Paola se sobresaltó, pero le pareció de lo más divertido.

- ¡Ay no, no! ¡Está frío! – gritaba mientras el muchachito le pasaba el hielo por toda la cola, me di cuenta que se lo había metido entre las nalgas cuando ella soltó otro grito y se puso en puntitas de pie - ¡Ay noo, que frío!

Los demás muchachos no perdieron la oportunidad, varios se acercaron con un cubo de hielo en la mano y se lo pasaron por las piernas, subiendo de a poco las manos, ella apenas luchaba para apartarse, sus espasmos se debían al repentino contacto frío. Otro le metió un hielo en la cola pero el cubito cayó al piso casi de inmediato, aunque el chico no apartó la mano. En ese momento vi que Paola abría súbitamente los ojos y supe que el chico le había metido un dedo en el culo. Esa era una de las cosas que a ella le molestaban, rara vez me dejaba hacerlo a mí, tenía que estar muy excitada para permitirlo y supe que lo estaba porque no se quejó. Por la pierna le subía una mano con un hielo derritiéndose en el camino y llegó a posarse sobre su conchita. El pibe seguramente aprovechó la oportunidad de tocársela un poquito. Ella se estremeció notoriamente. Terminó huyendo del grupo de lujuriosos muchachitos.
Se sentó junto a mí y apoyó su cabeza en mi hombro. Le acaricié la pierna y fui subiendo la mano hasta llegar a su conchita. Comencé a masturbarla frotando su clítoris con la yema de mis dedos.

- Ay, no Andrés, pará… - me decía gimiendo. No me detuve porque sabía que no lo decía en serio.

Introduje un dedo en su concha que estaba bien lubricada, ella se esforzaba para cubrirse tirando la ropa hacia abajo. Noté que los seis pibes tenían la pija parada, hasta esos dos que todavía tenían puesto el short, el bulto les sobresalía notoriamente, pero disimulaban hablando entre ellos o preparando más bebidas, pero a la vez nos miraban de reojo. Metí un segundo dedo en la concha de Paola y los moví rápidamente, podía sentir su excitación creciendo al igual que mi verga, que estaba cada vez más dura. Ella me la miraba mientras yo la pajeaba hasta que ya no aguantó más, sabía cuánto la provocaba todo eso. Bajó su cabeza y comenzó a chuparme la verga. Cuando estábamos solos siempre me la chupaba, aunque sea un ratito. A mí me encantaba como lo hacía ya que ponía mucho empeño. Su cabeza subía y bajaba rápidamente salivando mi tronco y tragándosela toda. Pasé mi mano por su espalda y bajé hasta su cola, para medir su calentura le introduje un dedo por el culito, de a poco. Lo tenía apretadito, nunca lo había hecho por ahí y que no se quejara era señal de que estaba muy caliente.

Cuando soltó mi verga uno de los pibes se acercó con un vaso de fernet fresco y se lo ofreció a ella. El pibe tenía un calzoncillo blanco y la pija muy parada a pocos centímetros de la cara de mi novia. Ella se quedó mirando ese paquete y luego de tomar un trago del vaso tiró del elástico de la ropa interior del chico para mirar dentro, la verga saltó como un resorte y ella se tapó la boca con teatral sorpresa. Tocó la puntita del pene con la punta de un dedo y lo hizo rebotar otra vez, se reía como una niña que había descubierto algo nuevo y fascinante. Me miró a los ojos como pidiéndome permiso. Asentí porque de verdad quería verla haciéndolo. Me sonrió y se volteó hacia la verga del pibe. Primero le pasó la lengua alrededor del glande y después se la tragó toda, el chico no la tenía muy grande pero a ella le parecía apetitosa, porque se la chupaba con ganas. El chico no podía creer que semejante morocha le estuviera haciendo un pete. A mí me excitaba mucho verla, desde hacía tiempo fantaseaba con algo así pero no se había dado la oportunidad.

Esto me recordaba a una anécdota que Paola me había contado pocos meses después de ponernos de novios. Había ocurrido en la agencia de autos en la que ella trabaja. Una vez que organizaron la fiesta de despedida de año, ella era más joven e ingenua y era nueva en su empleo. La agencia era pequeña, contaba con un dueño, tres empleados varones y ella, como la única mujer. Celebraban unas ventas muy buenas en los últimos meses, a pesar de que casi nadie compraba autos a fin de año. Cuando terminó el turno de la tarde se quedaron los cinco a cenar y brindar en el local. Conocía la historia de memoria porque Paola me la había contado miles de veces y yo me calentaba muchísimo cada vez que lo hacía y fue uno de los motivos por el cual me aferré tanto a ella. En el trabajo ella debía vestir una falta ajustada y bastante corta, que estimulaba no solo a clientes sino también a sus mismos compañeros laborales, nunca faltaba el piropo halagándola, pero siempre eran respetuosos con ella. Pero esa noche el brindis se hizo muy extenso, tomaron demasiado y Paola terminó totalmente borracha y desinhibida. Empezaron a toquetearla de poco y como ella no les decía nada se fueron animando a más. Uno de sus compañeros, un pibe algo rellenito que era mayor que ella por unos 5 años, sacó su verga y se la puso en la cara diciéndole “A ver qué sabés hacer con esa boquita de petera”. En lugar de enojarse ella abrió la boca y le hizo un pete. Eso incentivó al resto de los presentes, uno a uno Paola les chupó la verga. A pesar de estar muy borracha ella recordaba todo detalladamente, había quedado grabado en su memoria. En un momento su jefe, un hombre corpulento de unos 45 años, la tomó de la mano y llevó a un depósito que hay en el local, donde tenían un maltrecho catre que el tipo solía usar para echarse una siesta de vez en cuando. La tiró sobre el catre y le sacó la bombacha, sin sacarle la pollera le abrió las piernas y se la cogió. Ella gemía como una puta y pedía que se la metieran más fuerte. El tipo la embistió ferozmente y se puso todo rojo, acabó en pocos minutos, dejando a la chica insatisfecha, pero por suerte para ella otro de sus compañeros laborales ya se acercaba con la verga dura en mano y la penetró. Éste la cogió mejor y por un tiempo más prolongado, ella sacudía las piernas mientras el tipo se la metía, apenas acabó dentro de ella ya estaba el tercero en la fila esperando su turno y así fue que los cuatro tipos se la cogieron en una noche, cuando pasó el cuarto ella quedó con las piernas abiertas y largando chorros de leche por la concha. A pesar de que la excitó muchísimo que se la hayan cogido cuatro tipos, no quedó del todo satisfecha porque según ella le había faltado juego a la situación, los tipos se la cogieron y punto. La pasó bien, pero podría haber sido mejor. Cuando ella volvió al trabajo no se sintió avergonzada, muchas chicas no hubieran podido ni mirar otra vez a la cara a sus compañeros, pero a ella no le importó. Ellos ya sabían que era muy putita y ella se alegraba de que lo supieran. Desde ese día las cosas cambiaron mucho, cada vez que tenían la oportunidad sus compañeros la apoyaban o la toqueteaban. Ella me dijo que esos “acosos” terminaron cuando se puso de novia conmigo pero yo le pedí que no los cortara, que siguiera, siempre y cuando me contaran todo lo que le hacían. Y así fue, le comentó a los compañeros que a mí no me molestaban esos jueguitos y siempre volvía a casa muy excitada y con la concha mojada, a veces sin bombacha, y yo me la cogía con unas ganas locas mientras me contaba lo que le habían hecho. Ella se dejaba hacer muchas cosas, pero no permitía que se la cojan, ese privilegio lo tenía solamente yo, aunque a veces le metían los dedos. Lo máximo que había pasado fue la vez que le hizo un pete al jefe, justo después de pedirle un aumento, el cual obtuvo sin objeciones, y otra vez se calentó mucho y dejó que uno de sus compañeros le chupara la concha por un rato.

Ahora la veía chupándole la verga a pibe que ni siquiera conocía y me volaba la cabeza de la excitación. Escuché que estaba sonando una canción que nos gustaba mucho para bailar, la tomé de la mano y ella estiró el cuello para seguir chupando mientras se paraba hasta que tuvo que soltarla, se reía mientras la arrastraba hasta el centro de la sala. Me pegué a ella por detrás y ella comenzó a menear su cola, le acaricié las piernas y le toqué la concha. Metí la verga entre sus nalgas y la apreté contra su culito, no podía meterla pero si presionar bastante y ella seguramente lo sentiría. En ese momento uno de los chicos se acercó con la verga dura dentro de su calzoncillo. Bailó pegada a ella por delante mientras yo levantaba la ropa para que se viera su desnudez. Paola bajó el elástico de la ropa interior del pibe permitiendo que su pene saliera, esto lo entusiasmó bastante, comenzó a frotarle el miembro contra su vagina. Ella estaba lo suficientemente erguida como para impedir que el chico la penetrara pero aun así éste la frotó bastante contra el exterior. Uno de sus amigos le pidió permiso y él se apartó de mala gana. El que tomó su lugar tenía puesto el short y pensé que también la arrimaría pero en lugar de eso se puso de rodilla en el piso y comenzó a chuparle la concha. Yo podía sentir que mi pene estaba logrando un avance por atrás por lo que comencé a mover la pelvis de atrás para adelante generando pequeñas puñaladas contra su culito que de a poquito se iba abriendo. Paola apretó la cabeza del que se la estaba chupando para pegarlo más a ella, estaba gimiendo y mi verga parecía estar entrando, me encantaba la sensación, no era como la concha, aquí no era tan suave ni tan lubricado y estaba mucho más apretado, por lo que se sentía mucho mejor, podía sentir como su culito se abría mientras la metía lentamente.

- ¡Ay Andrecito! Yo te amo… pero eso me está doliendo mucho – me dijo gimiendo.

No tuve más alternativa que apartarme de ella, no quería lastimarla. El otro chico hizo lo mismo. Para estimular un poco más a los demás subí la remera de Paola hasta que su concha quedó totalmente a la vista y la anudé en su estómago para que ya no bajara. La fiesta había pasado a ser una fiesta de alcohol y desnudismo donde sólo había una mujer. Mi novia bailaba en el centro de la sala y los pibes se acercaban para tocarla, algunos iban directo a meterle los dedos en la concha o hasta en el culo, ella se dejaba sin quejarse y no dejaba de bailar, ocasionalmente agarraba alguna verga y la tocaba un rato. Ahora que podían verle la concha los chicos se arrimaban con sus paquetes duros dentro de la ropa interior y se lo arrimaban. La muy puta se abría la concha con los dedos para que pudieran entrar mejor, a pesar de que la tela de la ropa interior les impedía penetrarla. En un momento se puso a bailar con uno de los que tenía el calzoncillo que parecía a punto de estallar por tener que contener la erección. El chico tenía hombros anchos y el pelo corto, uno no sabía si pensar que era rudo o uno de esos tipos buenos que no matarían una mosca. Su verga calzó justo en el medio de la concha de mi novia y ella comenzó a menear la cadera de arriba abajo. El pibe la tomó por la cintura para sostenerla mejor ya que ella se inclinaba cada vez más hacia atrás. Sus amigos lo animaban a que siga bailando así, Paola estaba con los ojos cerrados y con la boca abierta, vi que llevaba su mano izquierda a su conchita y empezó a tocarse el clítoris. Estaba gozando mucho. Al parecer ella ya no aguantaba la calentura, con esa misma mano tomó el calzoncillo del chico y tiró hacia abajo. La verga apareció en un segundo, el glande se pegó a su clítoris y ella siguió bailando, el pibe flexionaba un poco las rodillas para colocarse mejor. Mientras ambos se movían el glande fue perdiéndose de a poco dentro de la concha de Paola, de a poco el pibe fue cambiando el ritmo de sus movimientos, ya se movía como si la estuviera cogiendo, su verga salía y entraba cada vez más hasta que quedó completamente metida. Ella también acompañaba el movimiento y gemía mientras la penetraba. Mientras bailaban todos los otros pibes se desnudaron, ya a nadie le importaba guardar sus vergüenzas. Uno llegó a arrimarla por atrás, así que ella se apartó del chico que se la estaba cogiendo y se concentró en el recién llegado.

En eso uno de los pibes llegó con un vaso lleno de un licor color crema, que parecía bastante espeso. Paola ya estaba con la cola parada y las manos sobre las rodillas y tenía a un chico bailando pegando a su cola agarrándola por la cintura. Ella ya no bailaba, simplemente se quedaba así ofreciéndose. Primero el chico la penetró por la concha haciendo que ella suelte un grito de placer. Se la cogió por ahí un rato tan fuerte como podía y luego pude ver que la sacaba y la colocaba entre las nalgas de Paola. El chico empujaba como si quisiera darle por atrás, mi novia parecía tranquila, al parecer ya no le molestaba tanto que la arrimen por ahí, estaba seguro de que esa verga estaba entrando un poco porque ella apretaba la boca como aguantando un grito. Lo confirmé cuando el pibe le abrió las nalgas con las manos y vi que al menos el glande se había metido completo. El pibe se agarró la verga desde la punta y la sacó despacito, su glande apareció y volvió a perderse cuando volvió a penetrarla. Yo caminaba de acá para allá para poder ver la cara de Paola y su cola. La verga entraba y salía con mayor facilidad y su culito parecía estar abriéndose. En ese momento Paola vio al chico con el vaso de espeso licor.

- Yo quiero probar eso – dijo con voz de borracha, aunque no sé si estaba ebria solamente por el alcohol o si la lujuria también la estaba afectando hasta ese punto.
- Bueno, vení y probalo –dijo el pibe y en ese momento bajó el vaso e introdujo su verga en él, para sacarla luego llena de ese licor de color claro que se asemejaba un poco al semen.
- ¡Ay que malo! – se quejó ella, pero le divirtió la idea.

La verga de su culo salió abriéndoselo un poco. Fue hermoso verla salir. Se puso de rodillas frente al chico que tenía la verga embardunada de licor y comenzó a chupársela, pasándola por sus labios, de verdad parecía que se estaba tomando el semen del pibe, ella se tragó toda la verga y la sacó limpita de su boca, pero a pesar de eso siguió mamándola. Otro chico se acercó y también metió su pija en el vaso diciéndole que allí tenía más para tomar. Ella chupó esa verga diciendo “Que rico que está” y la fue limpiando con la lengua de a poco. El primer chico llenó su verga de licor por segunda vez y se la ofreció. Paola volvió a dirigirse hacia él y se la chupó con ganas, podía imaginar su lengua moviéndose alrededor del glande del chico. Cuando ella sacó la pija de su boca ésta comenzó a soltar espesos chorros de semen, que ella recibió con la boca abierta mientras con una mano la exprimía toda. Cuando sacó hasta la última gota, se tragó la leche.

- Eso no era licor – dijo riéndose – pero estaba muy rico.
- Si querés más, acá tenés – dijo uno de los chicos con la verga en la mano.
- Después – dijo ella. Vio que yo me había sentado en el sofá y estaba tocándome la verga.

Se me acercó y se montó sobre mí. La verga le entró por la concha con mucha facilidad, comenzó a cogerme con ganas. Le saqué la ropa dejándola completamente desnuda y le chupé las tetas mientras me movía para clavarla con más fuerza.

- ¿La estás pasando bien mi amor? – le pregunté.
- Más que bien – contestó sin dejar de saltar – gracias por dejarme hacer todo esto.
- Me encanta que lo hagas – le metí un dedo en la cola - ¿No te dolió cuando la metió aquel chico?
- No, pero la metió poquito, además no la tiene tan grande como vos, la tuya me hace doler.
- Supongo que de a poco se te va a abrir – estuvimos cogiendo así por unos minutos y luego le pedí que siguiera divirtiéndose con los demás.

Volvió a la improvisada pista de baile en la que ya todos bailaban desnudos. No pasó mucho tiempo hasta que uno le arrimó el pedazo por atrás, ella meneó la cola al ritmo de la música mientras el pene intentaba clavarse más adentro por detrás. Alguien le metió dos dedos en la concha haciéndola gemir, ella se apartó sin dejar de bailar y pegó la cola contra otra verga dura, agachándose un poco, el pibe la arrimó de lo lindo y le agarró fuerte las tetas. Ella tocaba cuanta verga tenía al alcance de la mano y a veces se agachaba un poco para meterse alguna en la boca, pero no dejaba de moverse de acá para allá, recibiendo apoyadas por todos lados. En un momento ella quedó en medio de dos pibes, que estaban muy pegados a ella. El de adelante le frotaba la verga contra la concha y Paola fue apoyando su espalda en el pecho del que estaba atrás, la pija que estaba entre sus labios vaginales fue entrando de a poco mientras ella se sacudía al ritmo de la música. El pibe hizo lo propio, moviendo la pelvis y penetrándola completamente. La verga entraba y salía mientras ella bailaba eufórica sacudiendo los brazos y la cabeza de un lado a otro. Luego se movió hacia atrás y la pija se salió, pero sólo para permitirle al chico que estaba detrás que se la metiera.

Luego repitió ese baile sexual usando a otros dos chicos, el que le dio primero por adelante se emocionó mucho y se la metió con entusiasmo, podía escuchar los gemidos de Paola, luego ella puso las manos en las rodillas y dejó que el segundo chico la cogiera.

- Que no se salga – dijo ella entre gemidos y separando más las piernas.

El pibe se emocionó y comenzó a cogerla con más fuerza, esa misma emoción y la falta de experiencia hicieron que la verga se salga de la concha.
- Ufa, se salió – a Paola le molestaba mucho que la verga se salga mientras se la cogían – le toca a otro.

Enseguida otro pibe se le acercó por atrás y la penetró, su concha estaba súper mojada y bien abierta, esto dificultaba mantenerla adentro, el chico optó por cogerla despacito, para evitar que se salga, pero Paola le dijo que la meta más rápido y él tuvo que obedecer, me divertía mucho ver como ella jugaba con los chicos, le encantaban los jueguitos sexuales, a veces se ponía bastante creativa. Cuando la verga de este pibe se salió fue el turno de otro, ella permanecía en su lugar, doblada como una L y con la cola levantada. Ellos también parecían divertidos, además la recompensa era constante, podían clavarla a cada rato. Paola gemía de placer mientras uno a uno iban pasando por su concha. Agarró la verga de un pibe q estaba delante y comenzó a chuparla, cuando se la sacó de la boca le hice una seña para que venga hasta donde yo estaba. Así lo hizo, volvió a montarse sobre mí y le clavé la verga, mientras se la metía le pedí algo al oído. Ella me sonrió y me dijo que si lo haría.

Regresó con los muchachitos que aún tenían las pijas paradas y se puso de rodillas delante de uno, rápidamente empezó a chupársela con muchas ganas, le chupó los huevos y luego se la tragó toda moviendo la cabeza tan rápido como podía, a los pocos segundos pasó a la siguiente verga mientras yo me tocaba la mía, era un sueño hecho realidad, siempre había querido verla de esa forma, de rodillas y chupando muchas vergas, aunque siempre pensé que serían cuatro como mucho, aquí tenía seis, con sus manos masturbaba siempre a dos y se iba pasando de una en una sin dejar de chupar, estaba muy excitada, podía ver la saliva saliendo de su boca cada vez que soltaba una verga. En un momento uno le acabó en la boca, los chorros de semen cayeron sobre sus labios y ella se tomó todo lo que pudo, poco tiempo después recibió la leche de otro muchachito. Cuando terminó de tragarla se puso de pie.

Tomó de la mano a uno de los chicos al azar y se lo llevo consigo hasta el cuarto. Paola se acostó de espaldas en la cama y abrió las piernas colocándolas sobre los hombros del chico.

- ¡Cogeme! – pude escuchar que decía, desde mi sillón podía ver todo lo que ocurría en el cuarto pero aun así tomé una silla y fui a sentarme al lado de ellos para ver mejor.

El pibe se tendió sobre ella y se la clavó en la concha y comenzó a darle tan rápido como podía, ella no paraba de gritar y gemir. Desde donde estaba sentado ahora podía ver todo perfectamente, la verga entraba y salía rápidamente y los jugos vaginales de Paola chorreaban hacia afuera. Los amigos del muchacho llegaron para alentarlo, varios se masturbaban lentamente mirando la escena, yo le arrebaté un vaso a uno para poder tomar algo mientras me deleitaba. Me calentaba mucho que a mi novia se la coja otro. A uno de los chicos se le ocurrió meterle un dedo en el culo mientras estaba en esa posición, en cuanto se lo introdujo ella comenzó a gritar “¡Ay sí! Así… Ahhhh me gusta”. Después de un ratito el chico que se la estaba metiendo dio unas embestidas fuertes pero más pausadas, me di cuenta que estaba acabándole adentro, por suerte Paola tomaba pastillas anticonceptivas desde hacía mucho, sino hubiese quedado embarazada mil veces.

Este chico se apartó y Paola le tomó la mano al que le estaba metiendo los dedos por el culo, ahora este pibe se puso arriba de ella y comenzó a cogerla como antes había hecho su amigo y otro se acercó a meterle dedos por la cola, éste le metió dos dedos y el culito de mi novia se iba abriendo cada vez más. Se notaba que a ella le gustaba porque gemía cada vez más fuerte. La tuvieron así por un rato sin dejar de penetrarla por los dos agujeritos hasta que ella gritó:

- ¡Meteme la verga! – su respiración era más agitada.

El pibe que le colaba los dedos por atrás no se hizo rogar, se arrodilló en la cama y el amigo, que se la estaba metiendo por la concha, colocó sus piernas a los lados para darle lugar. La verga presionó contra su culo haciendo que éste se hunda un poco y luego vi como el glande iba abriendo el agujero, éste se abría de una forma tan evidente que excitaba mucho. La cabeza se fue perdiendo de a poco y el pibe empezó a bombear, su verga no era muy ancha pero si era larga. Dio un empujón fuerte y la verga entró suavemente hasta la mitad, Paola soltó un fuerte gemido. La verga retrocedió para entrar otra vez y así fue moviéndose rítmicamente. La penetración se facilitaba a medida que pasaba el tiempo. Mi novia se abría el culo con las manos y no paraba de gemir. Le estaban dando la primera doble penetración de su vida. La pija que tenía en el culo se fue clavando más y más hasta que estuvo toda adentro, ahí el pibe comenzó a culearla más rápido, siguiendo el ritmo de su amigo. Me sorprendía con qué facilidad su culito se comía todo ese pedazo de carne. Un tercer chico se acercó a Paola masturbándose y en cuanto lo vio ella entendió perfectamente. Volteó su cabeza hacia el lado en que él estaba y abrió la boca. El pibe le metió la verga y casi al instante comenzó a gemir. Paola se tragó toda la leche sin sacar la verga de su boca y así no desperdiciar ni una gota. Unos chorros de fluido comenzaron a salir por su concha y ella cerró fuerte los ojos. Supe que estaba teniendo un orgasmo con las tres pijas metidas. Ella siguió chupando la que tenía en su boca, a pesar de que el pibe ya había acabado y se le estaba bajando, le hice señas a otro chico para que se acercara a ella y le metiera su pene en la boca. Ella lo recibió de muy buena gana, el pibe se movió como si la estuviera cogiendo por la boca. Los que se la metían por los otros agujeros acabaron casi al mismo tiempo y ya agotados se apartaron de ella, ahí fue cuando dejó de mamar la tercer verga. Cuando uno de los chicos ya se preparaba para metérsela ella lo detuvo con un gesto de la mano.

- Esperá, todavía no. Quiero algo para tomar – estaba toda transpirada y respiraba agitadamente.

Cuando le trajeron un vaso con algo fresco se puso en cuatro en el borde de la cama, sus pies quedaron en el aire, yo sabía qué iba a pasar por lo que me acerqué y le abrí las nalgas con las manos, mientras ella bebía para saciar su sed nosotros pudimos ver como la lechita iba saliendo de su culito y de golpe un espeso chorro de leche salió de su conchita y quedó colgando de ella por unos segundos antes de caer al piso, más tarde salieron otros dos chorros más de semen de allí.

Paola se puso de pie y caminó hasta el baño, fue a sentarse directamente en el bidet, yo la acompañé y mientras se lavaba, me chupó la verga. Después de un rato se paró y fue a enjuagarse la boca con agua del lavamanos. Cuando se limpió bien me dio un beso muy apasionado y me dijo que me amaba. Sonreí y salimos del baño. Ella le agarró las manos a uno de los chicos que todavía la tenía dura y se lo llevó al centro de la sala para bailar con él. Subieron un poco el volumen de la música y pusieron algo con buen ritmo.

Paola apoyó su gran culo contra el pene del muchachito y lo tomó de las manos haciendo que la abrazara. Ella se inclinó hacia adelante y se balanceó de un lado a otro, siempre con la cola pegada al chico. La sonrisa en la cara del pibe se transformó en una mueca de placer y comenzó a moverse de atrás hacia adelante, supe que se la había metido en el culo. Estuvieron bailando los dos solos por un buen rato hasta que otro chico se acercó a la pista de baile. Paola se inclinó más hacia adelante y pudo meterse la pija del recién llegado en la boca. Se la chupó con calma, como si quisiera disfrutar más del momento. El que estaba atrás se movía rápido y con cada arremetida hacía que el culo de mi novia se sacudiera. Unos dos minutos más tarde Paola volvió a quedar erecta, pero aún conservaba la pija metida en su orificio trasero, el muchacho que estaba adelante se le acercó y entre los tres hicieron un sándwich, siendo mi novia la parte central. Ella logró separar las piernas sin perder apoyo y el chico se las ingenió para penetrarla por la vagina, ahora Paola bailaba en el lugar mientras recibía verga por los dos lados a la vez. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Parecía poseída por la lujuria. Yo nunca había imaginado que me calentaría tanto solamente con verla tener sexo, a pesar de que yo hacía poco, disfrutaba tanto como ella. Se quedó con esos dos durante un buen rato, moviéndose lentamente y gozando de las penetraciones hasta que decidió ir por más.

Se apartó de los dos muchachitos y siguió danzando grácilmente, un pibe se le acercó por atrás y se la clavó en el culo con una brusca arremetida, la verga entró completa y él volvió a clavarla una y otra vez con esa misma fuerza, podía escuchar los gritos de placer de Paola. Ella se alejó de éste sin quejarse, y de inmediato otro vino a hacer lo mismo, la empernó en un solo empujón. Uno a uno la fueron castigando por el culo y ella los esperaba con la colita levantada, los pibes se la clavaban con fuerza un par de veces y luego le dejaban su lugar a otro. Cuando ya la habían clavado unas nueve o diez veces se acercó uno de los chicos con una nueva idea, ella estaba con las piernas separadas y apoyaba las manos en sus rodillas, el chico no fue a penetrarla analmente, sino que usando su mano le metió dos dedos en la concha, de inmediato otro se acercó y le metió otros dos.

- ¡Ay sí, ábranme toda! – la sensación de ser abierta la volvía loca, yo lo sabía muy bien y lo usaba bastante cuando teníamos relaciones.

Un tercer chico se acercó y le metió dos dedos en el culo. Los tres comenzaron el jueguito del mete y saca, ella gemía de placer. Ella abrió sus nalgas con las manos y se inclinó más separando las piernas. Debía estar sumamente excitada. Uno de los pibes le ofreció su verga y ella comenzó a chuparla obediente. Los dedos seguían entrando y saliendo de sus orificios, vi como uno le metía tres dedos mientras ya había otros dos adentro, la conchita se le estaba abriendo más y más. El segundo pibe se apartó para que el que metía tres dedos pueda meter cuatro. Paola seguía saboreando la verga en su boca pero yo sabía que estaba concentrada en lo que hacían con su conchita.

- Meté más – pidió soltando por un segundo la pija q estaba mamando.

El muchachito obedeció, colocó la mano de forma que su pulgar también se meta, él era cuidadoso e iba de a poco. Sus dedos entraban hasta donde podían y luego retrocedían, se podía ver la dilatación de la vagina cuando ocurría esto. De a poco iba introduciendo más hasta que de golpe toda su mano entró. Paola disfrutaba mucho el fisting. Era algo que habíamos descubierto por casualidad una noche que se excitó mucho mientras yo le colaba los dedos y casi le metí toda la mano. Eso le gustó mucho y al día siguiente terminé metiéndole toda la mano, ahora lo hacíamos de vez en cuando, pero era la primera vez que otra persona se lo hacía. El pibe movía su mano lentamente haciendo que salga apenas y vuelva a entrar, la concha de Paola se abría mucho cuando él hacía eso.

Cuando el pibe le sacó la mano vino otro a hacerle lo mismo, ella se quedó quieta y recibió toda la mano de una vez, soltando un gemido mientras daba fuertes chupadas al pene, pero la cosa no terminaría allí. Después de unos segundos el mismo chico que le estaba metiendo la verga en la boca la hizo pararse derecha, ya nadie le metía nada, pero este pibe levantó una de las piernas de Paola, de inmediato otro se le acercó por atrás y la sostuvo, con una pierna levantada su concha quedaba muy abierta, pude ver como el pibe que tenía detrás le introducía el pene en la cola con gran facilidad, casi al mismo tiempo un tercer chico se arrodilló frente a ella y le introdujo su mano. Paola comenzó a dar gritos de placer mientras abusaban de ella.

Yo tenía la sensación de estar mirando una película porno, donde mi novia era la actriz principal. De hecho esa era una de sus fantasías más calientes. Que le hicieran esas cosas que tanto le gustaba ver en las películas porno. Le agradaba mucho el sexo duro, aunque no llegaba al sado, esas cosas no le parecían excitantes, pero si le agradaba el sexo en grupo con hombres. Tal y como lo estaba disfrutando ahora mismo. La tuvieron así por un rato y apenas la soltaron, uno de los chicos que observaba la escena la agarró de la mano y la llevó hasta el sofá que estaba transversal al que ocupaba yo. Él se sentó e hizo que Paola se sentara sobre él, la penetró por la vagina y le abrió las piernas, sosteniéndola desde debajo de las rodillas. Quedó abierta con el pene entrando y saliendo de ella, un segundo pibe se acercó con su pene en la mano y lo orientó hacia la concha de mi novia, lo que pasó después me sorprendió mucho, solo lo había visto en pocas películas porno. El segundo pene se le introdujo en la concha mientras ya tenía el otro adentro. El pibe se tendió sobre ella y empezó a darle. Tenía dos vergas metidas en el mismo agujero, ella me miró sorprendida pero por su expresión se  notaba que lo estaba disfrutando mucho. A los chicos no parecía importarle que sus vergas se rozaran mientras la cogían, lo importante era justamente eso, cogerla. Ella lo disfrutó por un rato y luego pidió que la dejaran levantarse.

Paola caminó sensualmente hasta donde yo estaba sentado con la verga completamente dura en la mano. No me dijo nada, no era necesario. Dio media vuelta dándome la espalda y con las piernas juntas comenzó a agacharse como queriendo sentarse sobre mí. Puse mi verga en la entrada de su culito y mientras ella bajaba lentamente yo disfrutaba de esa hermosa sensación, se sentía diferente a su vagina, podía sentir cómo se abría cuando mi glande penetraba más profundo, ella soltó un gemido cuando la verga entró completa, me di cuenta que estaba haciendo un gran esfuerzo, mi verga era bastante más grande que la de esos pibes y ella había perdido la virginidad anal poco tiempo atrás. Me agradó que haga ese esfuerzo por mí, no se quejó del dolor, inmediatamente comenzó a levantarse y sentarse con fuerza, yo movía mi pelvis para acompañar el movimiento, estaba muy caliente. Después de un rato apoyó su espalda contra mi pecho y abrió las piernas, yo me aferré a sus tetas con fuerza y enseguida vi cómo uno de los chicos se acercaba con la verga dura. No espero a que le diéramos permiso, se la metió en la concha a Paola y comenzó a cogerla con fuerza. Ella gemía de placer como si fuera la primera vez que la cogían en su vida. Disfruté mucho metiéndosela por atrás y mirando como uno a uno se la iban cogiendo esos pibes, a pesar de que todos estábamos muy tomados, sabíamos muy bien lo que hacíamos. Cada uno acabó dentro de la concha de mi novia, podía ver como el semen salía de ella justo antes de que llegara el próximo en la fila para clavársela. Ella se aguantó a los seis sin problemas, facilitó mucho que los pibes fueran bastante precoces y acabaran rápido. Cuando el último terminó de metérsela puse a Paola en cuatro patas sobre el suelo, toda la lechita chorreaba de su conchita abierta y me calentó mucho más. Volví a clavársela muy hondo en el culo y le di por atrás hasta que toda mi leche salió despedida con mucha presión, ella debió sentirla en sus entrañas porque comenzó a gemir de una forma diferente, como si le gustara mucho. Yo estaba sumamente feliz, no sólo por haberla visto cogiendo con otros hombres sino porque de ahora en más se la podría meter por el culo, cosa que me encantaba y aparentemente a ella también. Le saqué la verga y la leche comenzó a brotar en grandes cantidades de su colita, uniéndose a la que colgaba de su concha, la chica estaba muy enlechada.

Se puso de pie, pensé que estaría muy débil como para moverse, pero la vi caminar con normalidad, fue hasta la puerta ventana que daba al patio de la cabaña y salió. La fuerte lluvia cayó sobre ella bañándola en un segundo. Pude ver cómo se lavaba sus partes y luego se sentó en un sillón, debajo de la lluvia. Cerró los ojos e inclinó su cabeza hacia atrás, pensé que seguía lavándose la concha pero en realidad se estaba masturbando. Tuve el impulso de ir a ayudarla con eso pero supe que era mejor dejarla sola, estaba rememorando todo lo que le habían hecho en el transcurso de la noche y de paso se estaba refrescando. Un par de minutos después dejó de tocarse, ya había acabado. Se la veía en paz y sumamente satisfecha.


Fin.