Relatos Eróticos Nokomi

"El erotismo, ese triunfo del sueño sobre la naturaleza, es el refugio del espíritu de la poesía, porque niega lo imposible".
Emmanuelle Arsan.


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Importante: Esta es una reedición de mi serie de relatos titulada “Me niego a ser Lesbiana”. En esta nueva versión encontrarán una narrati...

domingo, 31 de marzo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 17 - Acechadora.

Capítulo 17.



Acechadora.



Lunes 9 de Junio de 2014.

―1―


Lo que hice con Sergio durante la tarde del domingo me ayudó a aplacar los nervios ante mi futura reunión con Samantha. Aún me costaba creer que yo, la Lucrecia que apenas salía de su casa, me hubiera vuelto sexualmente tan activa; y allí estaba, preparándome para perseguir una nueva presa.
Con Samantha acordamos encontrarnos en la Universidad. El punto exacto de reunión era un banco situado en el centro del patio posterior, a las cinco de la tarde. Mi instinto femenino me dijo que debía ir en auto, por si debíamos trasladarnos a otro lugar… o tal vez sea porque no tenía ganas de caminar. Maldito vehículo, se estaba volviendo adictivo. Me parecía demasiado cómodo el poder desplazarme con él a donde quisiera, sin tener que pedir permiso a nadie.
Opté por vestirme de forma casual: un pantalón de jean blanco, no tan llamativo como el que había usado Abigail la tarde anterior; y una linda blusa turquesa, esta sí era demasiado llamativa para mi gusto, pero sólo por lo incandescente del color.
Hecha un manojo de nervios me acerqué al patio de la universidad, a la hora acordada. Me detuve en seco en cuanto vi a una chica sentada en dicho banco. Todavía estaba lejos y aproveché para acercarme cautelosamente, sin que me viera. No quería generarme ninguna expectativa, nada de pensar si sería linda o fea, o creer que se acostaría conmigo a la primera ¿Tendría pechos grandes? ¿Cómo se vería desnuda? ¿Le gustará mi aspecto? Por suerte me propuse no hacerme la cabeza con planteos y preguntas absurdas que no podía responder.
Me acerqué flanqueando el patio todo lo que pude, noté que estaba leyendo un libro, eso me daría ventaja. Sin prisa, pero sin pausa, logré colocarme frente a ella, quedando a unos cinco o seis pasos de distancia. Tengo que admitir que la chica no cumplía con las expectativas… esas que yo nunca tuve. Su pelo parecía una esponjita de bronce, de esas que no uso, porque nunca lavo los platos. Llevaba unos grandes anteojos, que hacían parecer discretos y modernos los de Sor Francisca. Su rostro no tenía gracia alguna, demasiado estándar, demasiado común, demasiado… ¡Me vio! Ya no había tiempo de esconderse. “Como espía sos un fracaso, Lucrecia”, me dije. La chica me estaba sonriendo.
―Hola ―saludé, intentando parecer lo más simpática y divertida posible.
―Hola ―su sonrisa no estaba tan mal ¿o sí?
Vamos Lucrecia, no seas tan superficial, la chica parece ser simpática. ¡Hey miren! Está leyendo El Señor de los Anillos. Eso era un gran punto a favor.
―¡No lo puedo creer! Yo estoy leyendo el mismo libro ―esta vez mi simpatía fue sincera, leí bien el título en el dorso―. Ah no, ese es el tercero. Yo recién voy por el segundo.
―Hasta ahora el segundo es mi favorito ―la chica parecía cordial―. ¿Por qué parte vas?
Estuve a punto de responderle cuando alguien tocó mi hombro, me giré para ver de quién se trataba y allí me encontré con una muchacha preciosa, de cabello rojo carmesí y ojos verdes, parecía haberse escapado de un concurso de belleza, luego de haber ganado los tres primeros puestos a la vez. Me quedé boquiabierta.
―Hola Lucrecia, yo soy Samantha ―me dijo la recién llegada―. Perdón, se me hizo un poquito tarde.
¿Qué era “tarde”? ¿De qué Samantha me hablaba? Yo estaba perdida en sus ojos, y no me quería ir de allí.
―Ah… este… hola Samantha ―mi voz sonó como la de un camionero en celo, me faltaba babear y rascarme los huevos. Hasta tuve que reprimir el impulso de decirle “¿Qué hacé’ mamita?”.
―¿Vamos a sentarnos por allá? ―Señaló un banco vació al otro extremo del verde césped. Verde, como esos ojos que me derretían... casi literalmente, comenzando por mi entrepierna.
―Si obvio ―con vos a donde quieras, amor. Calmate Lucrecia, no la cagues.
Saludé con la mano a la chica del libro como para despedirme de ella y apenas noté su expresión de tristeza. Ni siquiera respondí a su pregunta, pero en ese momento estaba flotando en el aire detrás del manto de fuego que formaban esos finos cabellos. Aunque había que admitir que el rojo intenso era a base de tintura, un detalle que me importaba muy poco. Todo el resto de ella parecía cien por ciento auténtico.
Nos sentamos y me quedé mirándola en silencio.
―Me estás poniendo nerviosa ―me dijo la pelirroja.
―¡Ay perdón! Es que... no me di cuenta…
―Sí, todavía no dijiste que te parezco, al menos quiero saber qué tal fue la primera impresión; dicen que eso es lo que cuenta.
¿Qué le iba a decir? “Mi primera impresión fue que estabas re buena, te quiero arrancar la ropa con los dientes y comerte la vagina acá mismo, y que todo el mundo nos mire” Medité esa respuesta, y otro par de opciones igualmente inapropiadas, y al final me decidí por algo más suave.
―Sos muy linda, no tenés ni que preocuparte por la primera impresión ―me sonrió.
―Gracias, vos sos mucho más linda que yo ―¿Tendría problemas en la vista la pelirroja?
―Igual yo pienso que la apariencia física no es lo más importante. ―Me sentí una hipócrita. Lamentablemente soy un poquito más superficial de lo que me gustaría ser. Me costaba pensar en otra cosa, esa boquita rosada con labios carnosos me provocaba demasiado―. Todavía no sé nada de vos.
―No sé qué puedo contarte…
―¿Por qué me dejaste tu número en el baño?
―Es que te escuché diciendo esas cosas… y… y… ―bien, la puse nerviosa, punto a mi favor―, y me dieron ganas de conocerte mejor ―sus mejillas estaban tan rojas como su cabello.
―¿Conocerme en qué sentido? ― levanté una ceja, dejando salir la depredadora lésbica que habita en mí.
―Como amigas… supongo ―“Amigas son las tetas, vos me tenés ganas”, pensé. Pero debía mantenerme serena e impedir que mi ego se inflara demasiado. La colorada estaba muy buena, y tal vez ella lo sabía; pero no era infalibe. Ella estaba más nerviosa que yo.
―Me parece bien, igual no tomes tan en serio las cosas que te dije esa vez. Las dije sin pensar, en un momento de calentura.
―Todo bien, ¿estabas con la chica del video?
―Odio ese video… y a esa chica también ―miré el piso con el ceño fruncido.
―Perdón, no quise ser indiscreta ―al menos era educada.
―Nunca te vi en la universidad ―cambié de tema bruscamente― ¿Qué carrera cursás?
―Ninguna, yo trabajo acá. Soy secretaria administrativa ―algo similar a la carrera que yo cursaba, pero con menos “status”.
―¿Ah sí? ―Me di cuenta de que eso explicaba cómo obtuvo el número de Tatiana, mi amiga también trabaja aquí, y seguramente Samantha tenía sus datos en los archivos― ¿Qué edad tenés?
―Veinticinco. Soy cuatro años mayor que vos ―me quedé mirándola―. Es que tengo tu ficha académica. Sé más de vos que vos misma ―me guiñó un ojo.
―¿Entonces por qué nunca me llamaste?
―Lo pensé mil veces, pero esperaba que lo hicieras vos, valió la pena la espera ―me hizo sonreír como una estúpida. Yo tampoco soy infalible.
En ese momento nos percatamos de que el patio se estaba llenando de gente, y muchos nos estaban mirando. Al parecer había un receso entre materias para alguna facultad con muchos alumnos. Nos pusimos un poco incómodas, sabía muy bien que yo era como una oveja negra y toda mujer que se viera a mi lado quedaría marcada como “Lesbiana”, aunque a mis amigas eso no le importaba, mucho menos a Tatiana, que era más lesbiana que yo.
―¿Querés que vayamos a otra parte? ―Le pregunté―. Podríamos ir a mi casa, no creo que a mi familia le moleste que estemos ahí.
―También podemos ir a mi casa, no quiero ocasionarte problemas.
―No es problema, de verdad, no molestás.
―Preferiría que vayamos a mi casa.
―En serio, creeme, a mi familia no le va a joder que…
―En mi casa no hay nadie.
―Vamos a tu casa.
Antes de partir le pedí que me esperase un par de minutos, aunque no lo parezca me quedé pensando en esa chica con el libro de Tolkien. No fue muy cordial de mi parte dejarla hablando sola, además tenía que ver a las mujeres de forma objetiva; no todas eran para tener sexo, podía tener amigas, como Jorgelina, que estaba buena pero no me permitía acostarme con ella. O Daniela, que también es bonita, pero no tengo intenciones sexuales con ella. La chica de anteojos estaba sumergida entre las páginas del libro, parecía una estatua.
―Hola, perdoná que te moleste otra vez ―me miró con una linda sonrisa de rata de biblioteca. Tenía brackets, que la hacían ver un poco más nerd, pero también le daban mucha ternura.
―No me molestás.
―Disculpá que me haya ido sin responderte, es que justo llegó una amiga.
―Todo bien, no te hagas drama ―la chica era alegre, aunque su suave vocecita me indicaba que era muy tímida. Supuse que yo debía dar el siguiente paso.
―¿Querés que te deje mi número de teléfono? Así nos juntamos un día a charlar del libro… si no te molesta. Es que no conozco mucha gente que lo haya leído... ―Tenía miedo de que ella también hubiera visto mi video erótico y que eso la espantara.
―Me parece muy buena idea. Llamame cuando quieras ―sacó su celular, que era más antiguo que las puertas de Babilonia, y guardó mi número. Por un momento pensé que sacaría un cincel y lo tallaría en la pantalla, pero en contra de todo pronóstico, el modelo venía con teclas y botones.
―¿Cómo te llamás?
―Lucrecia ―Aparentemente no me conocía, eso fue un alivio― ¿Y vos?
―Lara.
―¿Me estás cargando flaca? ―se le borró la sonrisa en un parpadeo.
―¿Eh? No, para nada ¿Por qué?
―¿De verdad te llamás Lara?
―Creo que sí, ¿querés que me fije de nuevo en mi documento? ―Me sonrió una vez más, con cierta timidez―. ¿Tiene algo de malo mi nombre?
―Es que es el mismo nombre de… ―no digas ex novia―, de mi ex… amiga.
―Ah, ya veo. Pero Lara es un nombre bastante común.
―Supongo. ¿Tenés segundo nombre al menos?
―Edith.
―Bien. Entonces te voy a decir Edith.
―No me gusta.
―Qué lástima. Bueno Edith, nos vemos un día de estos, tengo que irme. Después escribime así guardo tu número. Pero de verdad escribime… voy a estar esperando tu mensaje.
―Sí, te prometo que te voy a escribir. Chau, nos vemos.
Caminé hasta mi auto y allí estaba Samantha esperándome, tal como le indiqué. Nos pusimos en marcha y me dio algunas indicaciones de cómo llegar hasta su casa, quedaba bastante cerca.
―¿Y esa chica? ―Me preguntó, mientras yo manejaba.
―¿Celosa?
―¿Eh? No, no. Para nada ―se sonrojó una vez más―, solamente preguntaba.
―No sé quién es, la conocí hoy. Parece simpática, además el gusta leer, como a mí.
―A mí también me gusta leer ―obviamente estaba celosa. Me causó cierta gracia, porque ella era mucho más hermosa que Edith, no debería sentirse inhibida por ella. Sin embargo tal vez quería demostrar que intelectualmente estaba a la altura―. Leo mucho Edgar Allan Poe, Stephen King, Lovecraft, Sheridan LeFanu, etc.
―No leí ninguno de esos ―Era cierto, los conocía de nombre; pero nunca los había leído―. ¿Son buenos?
―¿Buenos? ―Pensé que de sus ojos verdes saldría algún rayo mortal, que me fulminaría al instante― ¿No los conocés? –Negué con la cabeza―. Para mí son los maestros del terror. Escriben novelas y cuentos de terror, por decirlo en rasgos generales. ―Me agradaba su forma de hablar, parecía una chica inteligente. Ese era un factor muy importante en mis gustos por las mujeres, las que no me parecían inteligentes no me agradaban tanto, aunque fueran bonitas. De verdad, no miento...
―Lo mío es la fantasía, estilo Harry Potter, Narnia o El Señor de los Anillos. Me gusta más ese género, pero te prometo leer alguno de los que nombraste.
Llegamos a su casa, mejor dicho: departamento. El edificio era muy bonito, aunque tenía pocos pisos. Ella vivía en el cuarto, por suerte tenía ascensor, subir cuatro pisos en escalera no era uno de mis deportes predilectos. Al entrar me di cuenta de que era cierto que le gustaba leer, mucho más que a mí. Hasta me sentí avergonzada ante tanta cantidad de libros, la mayoría de los míos eran sobre la carrera de Administración; pero en cuanto a literatura general mi biblioteca era bastante pobre. Samantha tenía títulos y autores que yo jamás había oído nombrar, y otros de los que había escuchado hacía pocos minutos, en el auto. Al notar mi expresión me sonrió con un poco de malicia burlona. Los libros estaban esparcidos por todas partes, aunque no estaban desordenados. Había pilas de ellos sobre cualquier superficie plana capaz de resistir el peso.
Me señaló el sofá, para que me sentara, y trajo una jarra con jugo de naranja. Llenó dos vasos y se sentó muy cerca de mí. Le sonreí como boba por enésima vez en el día. Empezó diciendo:
―Este… quiero dejarte algo en claro primero ―estaba tan nerviosa como yo―, no pienses que va a pasar algo… algo como eso que hacías con tu amiga…
―Ah sí, quedate tranquila, no soy una loca que salta sobre la primer mujer que ve ―si lo soy, pero tampoco es necesario que ella lo sepa―. Además ni siquiera sé cuáles son tus… inclinaciones.
―De eso quería hablarte ―se me aceleró el pulso al tenerla tan cerca, sólo había unos veinte centímetros entre mi cara y la de ella―. A mí todo este asunto de las mujeres me da curiosidad, no te voy a mentir. Incluso corté con mi novio por ese tema.
―¿Le molestó que te gustaran las mujeres?
―Emm… al principio, no. Hasta me daba la impresión de que le gustaba un poco que yo tuviera ese tipo de inclinaciones. Una vez hasta le sugerí que podríamos hacer un trío, con otra mujer. Pero cuando se dio cuenta de que yo iba en serio, se negó.
―¿Él no quiso trío? ―ni yo me creía estar haciendo esas preguntas.
―No fue exactamente por eso, es que le daban muchos celos si yo miraba a una mujer, y se molestaba mucho si yo decía que me gustaban. Me di cuenta de que era un tipo muy posesivo y autoritario, eso no me gustó. Cortamos hace casi tres meses… y desde entonces no estuve con nadie ―Eso me sonó a indirecta, pero se lo dejé pasar.
―Qué tipo estúpido, se perdió la oportunidad de hacer un trío con vos y otra chica hermosa, sólo por ser prejuicioso y posesivo. ―Me quedé pensando en mi siguiente pregunta―. ¿Probaste alguna vez…?
―Solamente besos ―me interrumpió―. Nunca llegué más lejos que eso. Vos me parecés hermosa, pero no quiero que te hagas muchas ilusiones, no me animo a ir tan rápido. Solamente necesitaba a alguien con quién hablar del tema.
―Todo bien Sami. ¿Te puedo decir Sami? ―Asintió―. De hecho yo tampoco ando como ave en busca de presa. ―Si la hipocresía fuera un deporte, yo sería campeona olímpica―. Estoy tranquila en ese sentido… bueno, más que nada porque hace poco tuve relaciones con una mujer. ―¿Qué hacía contándole esas cosas?―. Me dejó bien satisfecha. Además yo también pasé por las mismas dudas que vos y…
Cerré los ojos automáticamente apenas sentí sus labios sobre los míos. Apresuré el beso por instinto. No podía creer que estuviera comiéndole la boca a una chica tan hermosa. Sentí una suave caricia en mi pecho izquierdo seguida de un firme apretón. Aventuré mi lengua en busca de la suya y la rocé con delicadeza, Sami inclinó la cabeza hacia el otro lado añadiendo intensidad a nuestra lésbica unión. La mano sobre mi teta me provocaba una tremenda calentura, más de la que ya hacía acto de presencia en mí. El beso se extendió a lo largo de varios segundos, estuve a punto de avanzar hacia el siguiente paso pero ella se apartó.
―Perdón, no me aguanté ―me dijo avergonzada.
―No pidas perdón, me encantó tu beso. Me tomó por sorpresa, y eso fue lo que más me gustó.
―Gracias ―una tímida sonrisa se dibujó en sus ahora húmedos labios―. Aunque te parezca una histérica, sostengo lo que te dije antes. No te hagas ilusiones.
―Comprendo perfectamente, voy a ir a tu ritmo, y si sólo vamos a ser amigas, está perfecto por mí ―no lo estaba, yo la quería desnuda y entre mis piernas.
El resto de la tarde estuvo plagada de dudas, a veces tenía la sospecha de que me estaba provocando, que en cualquier momento terminaríamos en la cama; para colmo mi calentura iba en aumento. La satisfacción que me dio acostarme con Tatiana quedó relegada en pocos minutos. Samantha no se apartaba de mí, siempre mirándome fijamente con esos poderosos ojos verdes. Hablamos de los libros que habíamos leído, era un tema interesante y divertido, pero yo tenía la mente puesta en otra cosa, y me costaba concentrarme. Ya muy entrada la tarde posó su mano sobre la mía. Ni siquiera presté atención a sus palabras, no aguanté más y me abalancé sobre ella. Busqué su boca y encontré sólo el aire.
―¡No, pará! ―me dijo apartándose. Eso me recordó amargamente a mi primer intento de besar a Lara.
―Perdón, es que estás tan cerca… no pude aguantarme.
―Todo bien, la culpa es mía. Yo te besé primero. Disculpame, es que estoy nerviosa… me gustó besarte… pero esto es muy nuevo para mí. Espero que no te ofendas.
―No me ofendo, sonsa. Te entiendo perfectamente, yo pasé por las mismas dudas que vos. Fue un momento muy difícil en mi vida… y no creo haberlo superado del todo.
Lo cierto es que me enfadé un poco con ella. Primero me invitó a su casa, luego se sentó a medio centímetro de mí y también me besó. Yo intento darle un pequeño besito en la boca… y tal vez algunos más entre las piernas, y la chica se pone histérica. En momentos como este comprendo por qué los hombres emplean tanto la frase “¿Quién entiende a las mujeres?”. Aunque también hay hombres histéricos y no hay nada peor que uno así.
Una cosa era segura, no la presionaría; porque si yo estuviera en su situación, no me agradaría que me siguieran insistiendo.
―Mejor me voy ―le dije en un tono neutro, pero ella notó mi enfado.
―Ay perdoname, en serio. Soy una boluda, pero es que tengo un quilombo bárbaro en la cabeza, me están pasando muchas cosas juntas.
―En serio te entiendo Sami, ya te dije, a mí me pasó igual que a vos, hace poco tiempo ―no podía creer cuánto había cambiado mi forma de pensar en un lapso tan corto―. Es sólo cuestión de que te quites los miedos, al menos te animaste a besarme ―le sonreí.
―Sí, eso es cierto. Supongo que es un avance. Es una pena que te vayas.
―No pienses que me voy por lo que pasó ―sí me iba por eso―. Es que hoy no avancé nada con el estudio ―eso también era cierto. Además creo que me estoy volviendo más loca de lo habitual, tengo que sacarme un poco el sexo de la cabeza―. Te prometo que otro día nos vemos otra vez.
―Bueno, así sí ―era muy hermosa cuando sonreía… y cuando no lo hacía, también.
Acordamos que nos mantendríamos en contacto por teléfono, o por internet. Nos estábamos despidiendo y justo antes de que abriera la puerta me empujó contra la pared y me estampó un beso en la boca. Me pareció aún más intenso que el primero, también duró más tiempo. Nos abrazamos con pasión y mis manos recorrieron toda su espalda. Con la lengua exploré toda su boca, tenía miedo de estar abusando un poco de ésto; pero ella después me metió la lengua de la misma manera.
―Para que veas que no me arrepiento ―me dijo abriéndome la puerta.
―Es bueno saberlo, lo peor que podés hacer es arrepentirte. Me gustan tus besos, sos muy… fogosa. ¿La gente sigue diciendo “fogosa”?
―No me importa, a mí me gusta que me lo digas. Gracias.

― 2 ―


Regresé a mi casa, donde mi familia me esperaba con la cena. No intercambiamos ni una sola palabra, cada uno estaba ensimismado en sus pensamientos; bueno Abigail siempre está metida en su propio mundo. Por mi parte no podía quitarme de la cabeza lo sucedido con Samantha. Después de comer me di una ducha y me metí en la cama a leer un libro. Tuve que esforzarme por no masturbarme, me dije a mi misma que de vez en cuando necesitaba controlarme un poco. Hoy no sólo me desesperé con la pelirroja, sino que hasta me enfadé con ella por no acostarse conmigo. No podía pretender que la chica estuviera dispuesta al sexo la primera vez que nos veíamos las caras. Me relajé de a poco hasta que por fin concilié el sueño.

― 3 ―


Supuse que al no toquetearme tanto, mis hormonas se calmarían; pero estaba equivocada. Me desperté con la vagina hecha un cuenco viscoso. Pasé la mano sobre ella y me estremecí de placer “Basta Lucrecia, no podés ser tan pajera”, me dije y fui al baño para lavarme. Tenía que pensar de otra forma con respecto al sexo ya que me estaba convirtiendo en una chica demasiado promiscua y eso no me agradaba.
Esa misma tarde llegó mi salvación para poder mantener la abstinencia sexual, al menos durante una semana: comenzó mi período. Nunca me tocaba cuando tenía el período, me daba mucho asco.

― 4 ―


Al día siguiente días hablé con Samantha y Tatiana utilizando sólo mensajes de texto, así no las tenía tan cerca y me era más fácil resistir la tentación. Fueron charlas sin mucha trascendencia, con Samantha intercambié opiniones sobre algunos libros; y a Tatiana la ayudé con un tema de la facultad, que ella no entendía muy bien.
Esa misma tarde recibí otro mensaje, se trataba de Lara Edith, la chica del libro de Tolkien. El mensaje decía:
―Hola, soy Edith… en realidad soy Lara, pero no quería generarte confusiones. ¿Te acordás de mí?
―Hola ―le respondí al instante―, ya te agendé como Edith… para no generar confusiones. ¡Qué bueno que me hayas escrito, estaba aburrida! ―De verdad lo estaba.
―Yo también, estaba leyendo un poco; pero ya me cansé de eso.
―¿Tenés que hacer algo hoy? Digo, porque podrías venir a mi casa, así charlamos un rato.
―¿A tu casa? ¿Segura?
―¿Tiene algo de malo? Vivo con una familia muy religiosa, a no ser que eso te de miedo… no te va a pasar nada malo.
―No es por miedo, lo que pasa es que me da vergüenza. No te conozco… y no sé, como que me da cosa caer en tu casa.
―A mí no me molesta; pero tampoco te voy a insistir―. Para que supiera que iba en serio, le mandé la dirección de mi casa.
―Ah, vivís cerca de mi casa. Hasta podría ir caminando. Está bien, si no te molesta, voy para allá.
―Claro que no me molesta; por eso te estoy invitando. Te espero.
Se ve que era cierto eso de que vivía cerca, yo aún estaba vistiéndome, y tenía el cuarto hecho un desastre, cuando mi madre me anunció la llegada de una chica que me buscaba. Me desesperé. Edith entró al cuarto mientras yo arrojaba ropa dentro del placard. La saludé con una sonrisa.
La chica estaba aún peor vestida que el día en que la conocí, me alegré ya que su apariencia no me excitaría en lo más mínimo. Su cabello rebelde me recordaba al de un viejo jugador de fútbol colombiano ¿Cómo era su nombre? Algo como con ramas... No importa; pero ese tipo tenía una enorme cantidad de pelo muy parecido al de Edith, sólo le faltaba el bigote.
Su atuendo no era desagradable, pero si muy pasado de moda: una pollera súper larga con un estampado horrible que me recordaba a las faldas alguna de mis bisabuelas, y una especie de camisa blanca demasiado grande. La saludé con simpatía, si ella no se molestaba en disimular el desorden ambulante que era, yo tampoco debía molestarme por hacerlo con mi montaña de ropa.
Le dije que se sentara junto a mi mesa de estudio, yo me senté frente a ella. Nos pusimos a tomar unos mates, algo que no suelo hacer sola; pero sí en compañía… como por ejemplo, la compañía de cierta monjita, de la que no debería estar acordándome.
Supe ella le agradaban los mismos personajes que a mí en el libro, los cuales no eran los típicos que solía preferir la gente. Por lo general muchos preferían a Legolas, Aragorn, Frodo, o Gandalf; pero a nosotras nos fascinaban Sam Gamyi y Pippin Tuk. Pippin por ser el más gracioso de todos; y Sam porque lo considerábamos el verdadero héroe de la historia, que dejaba todo de lado para ayudar a su amigo Frodo.
―Cuando llegues al tercer libro, Sam te va a caer todavía mejor ―me dijo―. Pero no te voy a hacer ningún spoiler, quedate tranquila.
―Mejor, porque hasta me estoy aguantando las ganas de mirar las películas. Con Harry Potter me pasó lo mismo, yo primero quería leer los libros.
―Nunca leí Harry Potter ―me confesó, mientras tomaba un mate.
―¿Por qué no? Se me hace raro que no lo hayas leído, si es que te gusta el género fantástico.
―Es que tenía miedo de que estuviera algo… mmm sobrevalorado. Que en realidad no fuera tan bueno como la gente dice.
―Para mí es una maravilla. Devoré los libros… esperá ―me puse de pie y busqué en mi pequeña estantería de libros―. Éste es el primero. Llevatelo y leelo, si te gusta, te presto los otros.
―¿Y me lo vas a prestar sin siquiera conocerme?
―Es un libro, no es para tanto. Si no me lo devolvés, te mato y listo…
Comenzó a reírse… tal vez se rió más de lo que el chiste ameritaba; pero eso me agradó, significaba que era una chica alegre.
―Te prometo que lo voy a leer, y después te lo voy a devolver… es más cortito de lo que me imaginaba.
―Sí, el primero es el más corto, pero los demás son cada vez más largos. Son siete en total, y si no viste las películas, te recomiendo que no lo hagas… al menos hasta que hayas leído los libros.
La charla siguió más o menos la misma línea, hablamos de muchas cosas que nos gustaban, como películas, libros, música, etc. Incluso llegamos a coincidir en gusto con un par de bandas, como Placebo y The Smashing Pumkins. Le recomendé encarecidamente que escuchara Radiohead. Me prometió que lo haría. Después de unas dos horas y media, ella volvió a su casa, llevándose el primer libro de Harry Potter.
El jueves de esa semana la invité otra vez, y volvimos a charlar de temas diversos. No me contó mucho de su vida personal, pero yo tampoco pregunté. No quería ser invasiva. Edith, a pesar de vestirse como mi bisabuela, era una chica muy simpática, divertida e inteligente.
La pasé bien en esa tarde, y me di cuenta de que podía ser amiga de ella, sin estar deseándola sexualmente. Además me servía para sacarme de la cabeza a la pelirroja, que no me había escrito desde la última vez… pero sospechaba que pronto recibiría un mensaje suyo, y que me haría una propuesta muy interesante.

jueves, 28 de marzo de 2019

Venus a la Deriva [Lucrecia] 16 - Cita para Dos.

Cita Para Dos.


Domingo 8 de Junio de 2014.

― 1 ―

Desde que el domingo comenzó, me sentí apenada al recordar mis encuentros con Anabella, los cuales solían tener lugar en el primer día de la semana. Me agobiaba saber que ya no podría visitarla, ni siquiera llamarla para preguntarle cómo estaba. Esta mujer se había ganado un lugar especial en mi corazón en poco tiempo y de pronto tenía que hacer de cuenta que había dejado de existir. Me había borrado de su vida en tan sólo unos minutos, pero yo no podía borrar a alguien como ella tan fácilmente. Tenía ganas de quedarme en cama durante todo el día esperando a que el domingo terminara de una vez, pero sabía que eso no me ayudaría en nada, de hecho sólo empeoraría las cosas.
Obtuve fuerzas para levantarme pensando en Tatiana y en todo lo que hicimos durante la noche anterior, esa fue mi primera sonrisa del día. Debía pensar en cosas bonitas y procurar mantener mi mente ocupada. Me di una buena ducha que logró traer un poco más de vida a mi cuerpo. Me esforzaba por moverme rápido, hacer las cosas con buen ánimo, no dejar que la depresión me tumbara, aunque todo me costara el doble de esfuerzo. Antes de vestirme decidí enviarle un mensaje de texto a Tati:
~Gracias por todo preciosa, me alegraste la noche. La pasé de maravilla con vos.
Apenas unos segundos después ella respondió:
~Las gracias te las tengo que dar yo a vos, recién me despierto y no puedo creer que todo haya sido real, lo que pasó anoche fue alucinante.
~Lo mismo digo, nunca creí que llegaría a tal punto, pero me alegra haberlo hecho.
Tuvimos una pequeña charla a través del celular que me ayudó a mantener la autoestima en un punto medio. Un tardío almuerzo me revigorizó casi por completo, mientras comía recordé la sugerencia de mi nueva compañera sexual, debía llamar por teléfono a la tal Samantha.
¡Esperen!
¡La tarjeta!
Recordaba haberla dejado junto al celular la noche anterior, pero al despertarme no estaba allí. Abandoné mi desayuno y corrí hasta mi dormitorio. El mayor de mis temores era que mi madre la hubiera entrado mientras dormía, y al ver esa extraña nota hubiese pensado mal. Bueno de hecho, pensando mal acertaría, mi intención era conocer a una nueva chica con fines posiblemente sexuales, si es que todo salía bien.
Agradezco que mi paranoia no siempre sea certera. Encontré la tarjeta debajo de la cama. Antes de perderla una vez más, guardé el número en mi teléfono, corroboré que estuviera bien y destruí toda evidencia; tiré la tarjetita a la papelera luego de haberla hecho añicos. Miré el número durante segundos, en esa pantalla de alta definición, que me rogaba que apretara el botoncito verde que iniciaría la llamada pero estaba demasiado nerviosa como para hacerlo. No sabía cómo encarar la situación.
¿Quién apretó el puto botón? Debí ser yo; en la pantalla apareció la aterradora palabra: “Llamando”. Estuve a punto de cortar cuando escuché una vocecita robótica en bajo volumen, sin duda era una mujer. Para no quedar como una maleducada coloqué el celular en mi oreja.
Hola –dije sin emoción alguna.
―Hola, ¿Quién habla?
―¿Samantha?
―¿De parte de quién? ―la chica parecía reacia a identificarse.
―Mi nomb… ―tragué saliva―, mi nombre es Lucrecia. Yo soy la…
―¡La chica del baño!
―¡Sí! ¿Cómo sabés?
―Porque vi tu video.
―¿Y eso qué tiene que ver? En el video nunca digo mi nombre ―fue una gran suerte que Lara tampoco lo dijera mientras grababa; así menos gente podía identificarme.
―Es que después de verlo te crucé en la Universidad y te escuché hablando con una amiga, me di cuenta enseguida de que tenías la misma voz que la chica del baño, aunque ya me lo imaginaba. Bueno después yo intenté contactarte…
―Sí, al resto de la historia ya me lo imagino ―no quería decirle lo buena que me pareció la foto de su vagina, me daba una vergüenza tremenda.
―Ah, perfecto. Me tomás por sorpresa, no creí que fueras a llamar ―su voz era suave y sensual, un punto a favor.
―Yo tampoco lo pensé ―me insulté mentalmente, esa no era la mejor forma de entablar una conversación de este tipo―. Este… quiero decir que no tenía en mente llamarte, pero hoy me decidí.
―¡Perfecto! ―Para esta chica todo parecía ser perfecto―. ¿Te gustaría que nos encontráramos para charlar un día de estos?
―Eso depende.
―¿De qué?
―Es que vos tenés ventaja, ya me conocés la cara… y más que eso. Yo no sé nada de vos ―“Solamente sé cómo sos entre las piernas”, pensé.
―¿Me estás pidiendo que te mande una foto mía?
―Sí, pero de tu cara. Nada más ―no quería quedar como una ladrona de contenido pornográfico, esos días delictivos ya los había dejado atrás.
―Veremos… a ver ¿Cuál te puedo mandar? ―Me dio la impresión de que estaba tocando la pantalla de su celular― ¡Ya sé, ésta!
Con los nervios carcomiéndome por dentro aguardé por la imagen, se demoró más de lo que yo podía tolerar. Miré fijamente la pantalla a la espera de que algún mensaje apareciera. Ya estaba pensando en que se había arrepentido, cuando apareció el ícono de “Mensaje Nuevo”. Lo abrí apresurada y vi aparecer una foto que ocupó toda la pantalla. Allí estaba ella, con sus gafas de culo de botella, su piel como vela derretida, una sonrisa de dientes amarillentos y un velo de monja.
¡Era Francisca, la Madre Superiora!
De pronto recordé que yo le había preguntado sobre el sexo entre mujeres y también rememoré las palabras del mensaje que incluía la foto de la vagina “Decile que me acuerdo de lo que me dijo una vez”.
Estuve a punto de arrojar el teléfono por la ventana y que cayera en la misma cabeza del Papa cuando escuché una risita proveniente del parlante del aparato.
―¿Te gustó? ―Samantha no dejaba de reírse.
―¡Desgraciada! Casi me matás de un infarto, por un momento creí que de verdad eras la viejita ―no tenía lógica alguna suponer eso, pero mi cerebro estuvo a punto de explotar.
―Si querés verme la cara va a tener que ser en persona.
―Está bien ―lo dije más por curiosidad que por otra cosa, cada día me parecía más a Pandora― ¿Dónde y cuándo?
―En la Universidad, pero hoy no puedo, tendrá que ser mañana.
Acordamos los últimos detalles para nuestro encuentro y me despedí de ella sabiendo que la conocería en persona al día siguiente. Esto no fue tan bueno para mi psiquis como yo esperaba, si bien me alegró el saber que existía la posibilidad de conocer a una persona simpática y agradable, no dejé de pensar en cómo sería; no sólo físicamente, sino en su vida diaria. ¿Por qué había decidido dejarme su número? ¿Sería realmente lesbiana y estaría en busca de nuevos amoríos? ¿De verdad me sentía preparada para estar viendo a una chica a la que no conocía, con claras intenciones lésbicas? Todas estas incertidumbres hacían que mis manos temblaran, ni siquiera podía distraerme ordenando mi cuarto y mucho menos estudiando. ¿Dónde habían quedado esos días en los que me negaba a aceptar que me gustaban las mujeres? Creo recordar dónde: en la casa de Lara.
Mientras estaba torturándome con miles de pensamientos, escuché que alguien llamaba a mi puerta. Al abrir vi a mi hermanita, Abigail, con una sonrisa de oreja a oreja y las manos cruzadas detrás de la espalda.
―Hola, hermanita querida ―me saludó.
―¿Qué necesitás ahora?
―¿Por qué lo decís? ―mantuvo su expresión alegre.
―Porque solamente me hablás así cuando necesitás algún favor.
―¿No puedo pasar sólo a saludarte? ¿Ese es el concepto que tenés de mí?
―No Abi, ese es el concepto que tengo de la realidad. Pasá y contame.
―Está bien. Sí necesito un favor ―me dijo mientras entraba a mi cuarto―, y uno bien grande.
―Supongo que todavía te debo un favor por lo que hiciste por mí anoche. Por cierto ¿cómo reaccionó mamá a todo eso, te castigó?
―No. Lo tomó como uno de mis típicos ataques, tuvo que salir a dar varias explicaciones a un par de vecinos; pero ellos ya sospechan que somos una familia de locos. Se quedó tranquila cuando supo que nadie iba a llamar a la policía y yo me fui a mi cuarto, simulando que nada había pasado.
―Sos de terror Abi, a veces pienso que ninguno de tus “ataques” son reales.
―Creeme que algunos lo son ―se puso triste al recordarlos―, pero no los puedo evitar.
―Ya está hermanita, no te preocupes. A veces tiene sus ventajas que todo el mundo crea que estás loca.
―Pero yo lo estoy de verdad.
―Un poquito nomás, también sos una chica muy simpática y divertida. Deberías hacer más amigos, ellos mismos te demostrarían que tengo razón.
―Justamente de eso se trata el favor que te vengo a pedir.
―Te escucho.
―Un “amigo” me invitó a salir.
―¡Qué bueno Abi, me alegro mucho por vos! Me imagino que le dijiste que sí
De verdad me alegraba porque siempre pensé que uno de los tantos problemas psicológicos de mi hermanita repercutía en sus relaciones sociales. Nunca le había conocido a un amigo, y estaba casi segura de que no los tenía (al menos no en el mundo real). Aunque ella me hubiera dado a entender que se veía con chicos, dudaba que éstos fueran realmente sus amigos.
―Sí, le dije que sí porque me pareció un lindo chico. Hace tiempo que me gusta. Cursa conmigo en el instituto de inglés.
―Perfecto, te repito, me alegro mucho por vos, ojalá te diviertas con él, pero tené cuidado con lo que hacés.
―Esperá Lucrecia, que todavía no te dije qué necesito de vos.
―Es cierto ¿qué necesitás? ―no veía en qué forma yo podía ayudarla.
―Necesito que me acompañes.
―¿Acompañarte, por qué?
―Es que le mentí al chico para que se animara a salir conmigo.
―¿Cómo que le mentiste?
―Sí, le dije que iba a ir con una amiga, porque él va a estar con un amigo. Algo así como una cita doble, en la que yo le tengo que presentar una chica linda a su amigo.
―¿Y por qué no…? ―me detuve en ese instante porque ya sabía la respuesta a mi pregunta.
―No tengo amigas. La única chica linda a la que le tengo confianza es a vos ―casi se me derrite el corazón por la pena y la ternura que me produjeron sus palabras.
―Pero Abi… yo no sé si quiero salir con ese chico. Ni siquiera lo conozco.
―No tenés que “salir” con él, solamente entretenerlo un rato. Además ya lo vi personalmente, es bastante lindo.
―Pero vos sabés cuál es mi… condición.
―Sí, ya sé que te gustan las mujeres, pero me imagino que todavía no descartaste a los hombres de tu lista.
―Es cierto, no lo hice. Quién sabe, puede que mi próxima pareja sea hombre ―eso lo dije más para convencerme a mí misma, que por cualquier otro motivo.
―Entonces ¿qué problema hay? Por ahí el chico te gusta y terminan juntos. ―En ese momento pensé que mi vida sería mucho más fácil si tuviera un novio, varón, común y corriente, como cualquier otra chica de mi edad. Un chico lindo, simpático y agradable. No más fantasías lésbicas.
―Está bien, voy con vos ―me decidí.
―¡Gracias hermanita, sos la mejor! ―me abrazó con fuerza―; pero te tengo que pedir dos favorcitos más, son chiquitos así que no te preocupes.
―Está bien.
―El primero es que vas a tener que manejar, yo no puedo… ya sabés por qué ―mis padres no consideraban apropiado permitirle manejar a mi hermanita, considerando que algún día podría tener alguno de sus ataques al volante y comenzara a atropellar personas como en un videojuego.
―Ok, eso no me molesta. ¿Cuál es el otro?
―No sé cómo decírtelo… es que vos… por lo general… a pesar de que sos una chica linda…
―¿Qué Abi? No te entiendo.
―Que te vestís para la mierda Lucre ―la miré sorprendida y comencé a reírme, me recordaba a alguna de mis charlas con Anabella.
―No creo que me vista tan mal.
―Puede que no “tan” mal… pero sí de forma poco atractiva… yo me visto mucho mejor que vos. ―Eso tenía que reconocerlo, mi hermana tenía buen estilo para vestirse, siempre parecía jovial, moderna y atractiva.
―No te entiendo Abi, sé que no me visto como vos; pero de verdad no veo nada de malo en mi ropa, a veces uso algo un tanto sensual y no me escandalizo.
―Tal vez… anoche estabas muy linda. Tampoco pido que vayas vestida así, pero no te mataría usar algún escote de vez en cuando.
―No me gustan mucho.
―Tenés más tetas que yo Lucre, si yo las tuviera así estaría todo el día mostrándolas.
―¿Y por qué debería hacerlo?
―Para que el chico te encuentre más atractiva, no es un favor para mí, es un favor que te hacés a vos misma.
―No, ni hablar. Te recuerdo que sólo voy para acompañarte, no tengo ninguna intención de llegar a algo con este chico, ni siquiera lo conozco.
―Vamos Lucre, por favor. Por una vez en tu vida, no te lo pido nunca más.
―No puedo hacerlo aunque quisiera, no tengo nada con escote. Lo único que tengo de ese estilo son un par de vestidos para salir de noche.
―Eso puedo solucionarlo yo. Esperá un momentito ―salió disparada de mi cuarto como si la casa estuviera en llamas, a continuación escuché un traqueteo de cajones de madera y alguna cosa que se caía al piso, ella insultando y justo antes de que fuera a verificar que estaba todo bien, regresó con una blusa color rojo intenso en la mano―. Probate esto ―me dijo alcanzándomela―, dale Lucre, por favor, quiero causarle buena impresión a este chico; creo que me gusta en serio, y si llego con una chica linda para su amigo, voy a sumar muchos puntos.
Recordé lo difícil que debía ser todo esto para ella, si fracasaba con este muchacho posiblemente no tendría otra oportunidad igual en mucho tiempo, decidí dejar mi pudor de lado y probarme la blusa que me ofrecía. Al fin y al cabo no podía estar haciéndome mucho la santa, ya me había acostado con mujeres… incluso tuve sexo con una desconocida ¿y pretendía hacer mucho escándalo por un simple escote? Di media vuelta, dándole la espalda a mi hermana, y me quité la remera que tenía puesta, dejándome el mismo corpiño me puse arriba la blusa roja. En cuanto me miré al espejo quedé impactada. No sólo el escote era mucho más indiscreto de lo que había imaginado, sino que además se me veía el ombligo.
―Esto me queda re chico Abigail, acordate que yo soy más alta que vos.
―No Lucre, se usa así. Te queda hermosa, creeme ―me estaba comprando con su sonrisa.
―Yo no voy a salir con esto a la calle.
―No seas exagerada, tampoco es para tanto. Dale hermanita, por favor, no te jodo nunca más.
―Bueno, está bien ―acepté mientras giraba para mirarme al espejo desde todos los ángulos, el escote era tan prominente que dejaba buena parte de mis pechos a la vista y un borde de tela de encaje negra que correspondía a mi corpiño―. Pero te aviso que si el chico se quiere pasar de vivo conmigo, le voy a pegar.
―Si se pasa de vivo, le pego yo primero.
―Está bien Abi ―suspiré resignada, ya no quería discutir más sobre el asunto― ¿A qué hora vamos?
―Ahora mismo.
―¿Ya?
―Sí, es que… te avisé a último momento… porque no me animaba. Es más, ya se nos está haciendo tarde y tenemos que salir ahora, mamá se fue. ―Eso significaba que ella no podría vernos salir, cosa que me aliviaba un poco.
―Ok, está bien Abi ―de nuevo la misma resignación―, voy al auto ―dije tomando mi celular y un monedero con algo de dinero―. Buscá lo que te haga falta y vamos.
Con una sonrisa y un saltito de algarabía me dio un fuerte abrazo.
―¡Gracias, Lucre! Sos la mejor hermana del mundo.

― 2 ―


Nos llevó veinte minutos llegar a la casa del amigo de Abigail. De entrada me di cuenta de que se trataba de un chico de clase media alta, algo que a mí no me importaba en absoluto; sin embargo, en el caso de que mi hermana iniciara una relación con él, su clase social sería un punto a favor a los ojos de nuestros padres.
Abi se apresuró a tocar timbre, y esperó caminando de un lado a otro.
―Tranquila, Abi ―le dije en voz baja―, que el chico no note tu desesperación.
Ella sonrió y se tranquilizó un poco, estaba muy linda, tenía una blusa similar a la mía, pero en color amarillo. Además tenía puesto un ajustado pantalón blanco que no sólo la hacía parecer más grande, sino que además resaltaba su cola y sus piernas.
La puerta se abrió y vi a un rico delgado, de mi estatura. Tenía el cabello castaño ondulado, algo desprolijo, y ojos verdes. Su sonrisa era agradable, al igual que el resto de las facciones en su rostro. No me sorprendía que mi hermana lo encontrara atractivo; de hecho hasta yo lo encontraba atractivo.
―Hola Sergio ―dijo Abi al verlo, me di cuenta de que estaba haciendo un gran esfuerzo para mantenerse calmada―. Ésta es mi hermana, Lucrecia. ¿Está Lucas, o te dejó sólo otra vez?
―No, está adentro, preparando algo para tomar. Pasen ―el chico nos saludó con un beso en la mejilla a cada una.
Entramos y nos sentamos en un sofá del living, el chico dijo que ya venía y desapareció por una puerta.
―¿Y? ¿Qué te parece? ―Me preguntó Abi.
―Es un lindo chico, tenés buen ojo.
―Ese no es “mi chico”, es el tuyo.
―¿Qué? ¿De verdad? Creí que era el dueño de casa…
―No, es el amigo de Lucas. ¿Así que te gustó?
―Bueno, no puedo negar que es lindo ―algo extraño se activó en mí; había bloqueado a ese chico porque pensé que era el que le gustaba a mi hermana; pero al saber que sería mi “pareja” durante esa tarde, sentí un agradable cosquilleo en la boca del estómago. De verdad me parecía lindo. “Tal vez no soy tan lesbiana como imaginé”, me dije.
Sergio volvió acompañado de otro chico, que debía ser Lucas. Éste no me pareció nada lindo. Era algo corpulento y tenía nariz de boxeador, además por su cara, no parecía ser un tipo muy inteligente. Mi hermana me miró como diciéndome “¿Y qué te parece mi chico?”. Tuve que sonreírle como si le contestara “Es muy lindo”, a pesar de que no lo fuera.
A partir de ese momento, todo fue muy rápido. Al parecer mi hermana había ido con una clara intención, y no quería perder el tiempo. Cuando Lucas le dijo a Abi que le quería mostrar la colección de esculturas que tenía en la pieza, ella aceptó de forma inmediata. Hice un leve amago de acompañarla, pero volví a sentarme porque ella me fulminó con la mirada. De haber tenido el poder de hacerlo, me hubiera prendido fuego. No soy muy despierta para ese tipo de situaciones, pero hasta yo entendí que lo de las esculturas no era más que una excusa.
Se encerraron en el cuarto de Lucas, y me dejaron sola con Sergio. El chico me miró con una atractiva sonrisa, tenía que admitir que el chico era encantador. Para evitar silencios incómodos, le pedí que me contara cómo había conocido a Abigail; aunque ya supiera la historia. De pronto empezamos a escuchar ruidos raros, como de muebles moviéndose. Me puse pálida, para colmo tenía a Lucas sentado al lado mío, y me miró con picardía. Me hice la boluda, y tomé un sorbo de jugo. Intenté disimular, sacando otro tema de conversación; pero mi hermanita estaba dispuesta a hacerme pasar un momento muy incómodo. Empezó a gemir de forma tan explícita, que no hubo ni una sola duda de que se la estaban cogiendo.
Me puse de pie de un salto… se estaban cogiendo a mi hermanita.
Sergio me tomó de la mano, sin hacer demasiada fuerza.
―Creo que tu hermana se enojaría mucho con vos, si la interrumpís ahora ―dijo.
Volví a sentarme.
―Tenés razón… lo que pasa es que…
―Es que es tu hermana, y te da miedo que pueda pasarle algo malo. Pero no te preocupes por eso, Lucas es un tipo que se sabe comportar.
―La que no se sabe comportar es Abigail ―le dije. Los gemidos de mi hermana seguían llegándonos como si estuviera cogiendo dentro de la misma habitación en la que estábamos―. Me imaginé que ella tenía estas intenciones, pero no creí que fuera a pasar a la acción tan rápido.
―No sé si fue tan rápido, esos dos llevan tiempo aguantándose las ganas.
―¿Ah sí? Eso no me lo contó.
―Sí, por lo que tengo entendido, se estuvieron mandando muchos mensajes, y varias fotos… ya sabés a lo que me refiero.
Entendí perfectamente. Mi hermana le había estado mandado fotos desnuda a Lucas, y él también le pasó unas cuantas. No podía enojarme con Abi sin ser la hermana más hipócrita del mundo, me bastaba con recordar lo que le había mandado a la monja para entender por qué Abi se animó a hacerlo.
―Está bien ―dije―, puedo entender que estos dos estén re calientes… ¿pero tienen que coger de esa manera?
―Emm… ¿y cómo lo harías vos si estuvieras por primera vez con una persona que te gusta desde hace tiempo? ―Lo miré, sorprendida. Seguramente él notó mi desconcierto, porque se apresuró a añadir―: No pido que me contestes, es que…
―Sí, ya entendí. Bueno, si de verdad se gustan tanto… no soy nadie para prohibirles que lo hagan. Además ―hice silencio para escuchar los gemidos que llegaban desde la pieza―, es obvio que Abigail la está pasando muy bien.
―Eso pensaba yo, se nota que lo está disfrutando… y mucho ―bajé la mirada y me encontré con el bulto en el pantalón de Sergio. Era obvio que tenía la verga muy dura―. Em… perdón… es que…
―Está bien, no pasa nada… Abi está gritando tanto que no me extrañaría que todos los tipos de la cuadra estén como vos. ―A pesar de mis palabras, me puse un poco incómoda. Había pasado mucho desde la última vez que había visto a un hombre con una erección. Aunque eso ya era historia pasada, y en ese momento, no me disgustó. Tal vez se deba a que Sergio me parecía un tipo atractivo, o a que él era muy amable, y eso me inspiraba cierta confianza―. Decime la verdad… la intención de ustedes, y en esto incluyo a Abi, no era que nosotros dos nos conozcamos; sino que terminemos… ya sabés…
Sergio empezó a mirar para todos lados, como si estuviera buscando una respuesta, o una ruta de escape.
―Puede ser… ―dijo―. ¿Te molestaría si así fuera?
―A ver, no me puedo enojar con mi hermana, porque ella seguramente lo hizo con buenas intenciones. Sabe que ahora estoy mal, porque hace poco corté una relación… y seguramente pensó que ésto me animaría un poco.
―Ah, no me dijo nada de eso…
―¿Y qué fue lo que te dijo de mí?
―Dijo que eras muy linda, eso es cierto… también me dijo que a vos te gusta mucho el sexo, y que no te ibas a negar.
―¿Que? ¡La voy a matar! ―Mi ira no era tan genuina; me causaba un poco de gracia que Abi hubiera dicho eso. Seguramente debía pensar que yo soy promiscua… y no puedo culparla, porque me estoy dando cuenta de que lo soy… al menos con mujeres―. ¿Y ella te contó algo sobre mis… preferencias sexuales?
―No… ¿a qué te referís con eso? ¿Es que no te acostas con gente que no conozcas?
―A ver… no puedo decir eso, la verdad es que sí lo hice con alguien que no conocía de nada. ―Sus ojos brillaron―. Pero me refería a que a mí me gustan las mujeres. ―Me miró, atónito.
―¿De verdad? No tenés pinta de…
―¿Lesbiana? No me acostumbro a esa palabra. A veces pienso que me queda bien, y otras veces, que no me define nada.
―¿Eso quiere decir que también te gustan los hombres?
Era obvio que él se estaba acalorando, por los incesantes gemidos de Abigail; y a mí me estaba pasando lo mismo. Si bien ella es mi hermana, y eso no me provoca nada; el saber que había dos personas teniendo sexo en ese momento, me estaba poniendo cachonda.
―No descarto los hombres… pero eso no significa que esté preparada para ascostarme con uno.
―¿Y qué haría falta para que te sintieras preparada?
―No sé… es que me da la sensación de que si estuviera a punto de hacer eso con un hombre… no me animaría. Ver un pene me pondría nerviosa.
―¿Eso quiere decir que si yo te mostrara el mío, te enojarías y te irías?
―Emm… no, creo que no. Pero eso no significa que vaya a hacer algo con vos.
Decir eso tal vez fue un error, porque provocó que Sergio se desprendiera el pantalón y exhibiera todo su grueso pene erecto. Me quedé helada, pero no podía enojarme con él, porque fui sincera con lo que dije. Además, aunque me costara admitirlo, me daba cierta curiosidad ver cómo era su verga. Ahora que en mi vida había pasado se ser la boluda que se la pasa estudiando, a una chica que se siente atractiva y es sexualmente activa, mi perspectiva ante el sexo era muy diferente. Sergio, sin decir nada, empezó a masturbarse lentamente. Desde la pieza nos seguía llegando el clímax sexual, los gemidos de mi hermana se habían vuelto más agudos. Por mi mente cruzó una pregunta: “¿Habría algo de malo en probar?”. Sergio estaba dispuesto a hacerlo, aunque yo tenía mis dudas.
Pasaron unos segundos, y yo no dije nada; no hice más que mirar cómo se acariciaba la verga. Debía admitir que era un buen ejemplar masculino. Llegaron a mi cuerpo los ecos de la calentura que me produjo ver algunos videos de Abigail, en los que había algunas escenas de sexo hétero, con hombres de vergas grandes. Recuerdo lo mucho que me calentó ver a una mujer chupándole la vagina a otra, mientras un hombre la penetraba. Me pregunté si debía ser ese mi camino a seguir en el sexo… no de estar con dos personas en la cama (aunque no lo descarto), sino a estar con hombres y mujeres por igual.
Estiré la mano lentamente, y cuando estuve a punto de tocar ese pene, me detuve.
―Perdón ―dije―, pero no lo voy hacer. Esto es algo que debería hacer sin tener ninguna duda, y ahora tengo muchas. ―Me puse de pie―. Decile a mi hermana que la espero en el auto.
Sergio fue lo suficientemente ubicado para volver a meter su verga en el pantalón, y dejarme salir, sin emitir ni una sola queja. Noté cierta desilusión en su rostro, pero no parecía enojado.
Me senté dentro del auto, y puse algo de música. Nada en especial, solamente dejé que sonaran canciones para cubrir el silencio.
Había intentado convencerme a mí misma de que debía estar con un hombre; y si lo iba a hacer, no debía ser bajo esas circunstancias. Si me acostaba con un hombre, debía ser con uno que pudiera provocarme tanta calentura como las mujeres con las que me acosté; de lo contrario prefería dedicar mi atención sólo en el sexo femenino.
Abigail tardó unos treinta minutos en salir. Vi una radiante sonrisa en sus labios, pero esto era lo único en su apariencia que me daba a entender que había pasado un gran momento sexual. Entró al auto y se sentó a mi lado.
Le sonreí de la misma manera, y le di un fuerte abrazo.
―Espero que la hayas pasado lindo ―le dije.
―Creí que ibas a estar enojada conmigo.
―¿Por qué? ¿Por haberle dicho a ese chico que me iba a acostar con él?
―Por eso… y por lo que hice con Lucas.
―No estoy enojada. No siempre comparto tus métodos, pero se notó que la pasaste muy lindo, y no quiero arruinarte el momento.
Esta vez fue ella la que me abrazó.
―Gracias, sos la mejor hermana del mundo, Lucre.
―Eso sí, la próxima vez me gustaría que fueras totalmente honesta conmigo. Si tenés ganas de coger con alguien, me lo decís y listo… yo te hago el aguante.
―¿De verdad? Me sorprende que me digas eso.
―Vos sabés muy bien que yo me estoy acostando con mujeres… y la estoy pasando de maravilla… bueno, a veces la paso mal; pero ese es otro tema. El punto es que las dos necesitamos salir un poco de casa, y disfrutar de la vida…
―Y del sexo…
―Sí, siempre que te cuides, y sepas lo que hacés; podés tener todo el sexo que quieras. De verdad. Yo te voy a apoyar, y te voy a ayudar cada vez que lo necesites. Pero te pido un favor…
―El que quieras.
―La próxima vez que organices una cita doble, buscá una chica linda para mí; nada de hombres.
―Entendido. Tomo nota. Conozco un par de chicas lindas que te podrían interesar.
―Genial, cuando quieras presentármelas, yo estoy disponible.
Volvió a abrazarme.
―Te quiero, hermana. Gracias por todo.
―Yo también te quiero, Abi.
Puse en marcha el auto, y volvimos a casa. Recordé que no debía esperar mucho para conocer a una nueva mujer; al día siguiente tendría mi primer encuentro con la misteriosa Samantha.